Artículo N.º 52

 

LA UNIDAD

 

(Respuesta a una carta)

 

          Creemos que todos los que creen en Cristo, habiendo muerto y resucitado en él, fueron sellados por el Espíritu Santo y forman parte de su cuerpo. Al cuerpo se lo considera como estando en la tierra. Hay “un cuerpo” (Efesios 4:4). Esto es tan cierto ahora como cuando el apóstol escribió la epístola a los Efesios. Este cuerpo es indisoluble. Su unidad no puede resquebrajarse. No hay tal cosa como «desgarrar el cuerpo de Cristo» o «amputar miembros del cuerpo». Éstas son expresiones que se utilizan sin prestar la debida atención a la Escritura. Estamos obligados a reconocer, como una gran verdad fundamental, la unidad del cuerpo. No somos llamados a formar una unidad, sino a reconocer la unidad que Dios el Espíritu Santo ha formado. Es tan contrario a la verdad poner manos a la obra para formar una unidad como emprender la tarea de lograr una justicia para nosotros mismos. Dios revela su justicia sobre el principio de la fe; creemos y la poseemos. Así también, Dios revela su unidad; creemos y andamos a la luz de la misma. Lamentablemente, los hombres rehúsan someterse a la justicia de Dios y toman entre manos el establecimiento de la suya propia; asimismo, rehúsan la unidad de Dios y toman entre manos la formación de la suya propia. Pero, tanto la justicia del hombre como la unidad del hombre habrán de esfumarse como la niebla de la mañana; en tanto que la justicia y la unidad divinas soportarán el paso de los siglos.

          Estamos plenamente de acuerdo con usted al decir que nuestra divisa siempre debe ser: «La verdad, primero; la unidad, si se puede; pero la verdad sobre todo». Si la unidad fuese lograda a costa de la verdad, no podría ser “la unidad del Espíritu” (Efesios 4:3). Muchos, no obstante, caen en el error de pensar que la unidad es algo que ellos mismos tienen que establecer; mientras que la unidad del cuerpo es una gran realidad, una verdad sustancial, a la luz de la cual somos llamados a andar y a juzgarnos a nosotros mismos y a todos cuantos nos rodean. No tenemos más competencia para formar esa unidad que la que tenemos para expiar nuestros pecados o conseguir con nuestros esfuerzos nuestra propia justicia. Esta última, del principio al fin, es la obra de Dios. Él reveló su justicia; la recibimos por la fe. Él reveló su unidad; la recibimos por la fe; y, así como seguramente sería un grave error que intentáramos lograr con nuestros esfuerzos nuestra propia justicia, del mismo modo es un grave error procurar hacer nuestra propia unidad. Cristo es el centro de la unidad de Dios; el Espíritu Santo, el poder; y la verdad, la base. En cuanto a la unidad dispuesta por el hombre, usted se encontrará con todo tipo de centros: un hombre, una ordenanza, una doctrina, cualquier cosa que no sea Cristo. Esta unidad puede ser mantenida por los esfuerzos de la voluntad humana, y se basa en la tradición, la conveniencia o la razón. En resumidas cuentas, no es ni Cristo, ni el Espíritu ni la verdad; no es de Dios; y el que con Dios no recoge, desparrama (Mateo 12:30).

C. H. M.


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