LOS CIELOS ABIERTOS

 

Meditaciones sobre la epístola a los Hebreos

 

J. G. Bellett

 

 

 


 

Prólogo a la edición en castellano

 

John G. Bellett (1795-1864) fue particularmente utilizado por Dios, en medio de la luz que el Espíritu Santo dio a la Iglesia en el siglo XIX, para desenterrar los tesoros de las diversas glorias del Señor Jesús que yacían ocultos en las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Su ministerio se centró principalmente en la Persona del Señor Jesús. El agudo discernimiento espiritual que le fue dado le permitió penetrar en las profundidades de la Palabra y deleitar su corazón con las revelaciones que en ella encontraba acerca de las glorias de nuestro Señor, despertando, por medio de sus escritos, el asombro y la adoración en el corazón de los lectores. Sus escritos, de carácter meditativo, han sido las delicias de muchos hasta hoy; ellos dejan ver el conocimiento que este siervo de Dios tenía sobre los misterios de Dios; ciertamente, ningún creyente que ame verdaderamente a Cristo puede dejar de hallar un alimento espiritual sólido y nutritivo para su alma al leer obras tales como «Los evangelistas», «Los patriarcas», «El Hijo de Dios», «La gloria moral del Señor Jesucristo» y otras «Meditaciones».

 

La presente meditación sobre la epístola a los Hebreos («Musings on the Epistle to the Hebrews») apareció en el periódico inglés «The Present Testimony», en el año 1865, poco después de la muerte del autor. Se recopiló —como lo dice expresamente dicho periódico— a partir de notas que fueron tomadas durante conferencias dadas por él sobre esta epístola, notas que su enfermedad no le permitió corregir.

 

Rogamos a Dios que la presente traducción castellana sea de bendición para el lector, así como lo ha sido, en su edición original, para millares de creyentes de habla inglesa.

 


 

 

LOS CIELOS ABIERTOS

 

Meditaciones sobre la epístola a los Hebreos

 

J. G. Bellett

                             

«Hay algunos que, basándose en el hecho de que la epístola no habla de nosotros como iglesia, no ven en ella nada para nosotros. Cierto es que no versa sobre nosotros, sino sobre Cristo solamente.»

                                                                       G.V. Wigram

 


 

Capítulos 1 y 2

 

 

La epístola a los Hebreos ilustra de una manera notable uno de los caracteres del Libro de Dios. Se la puede leer con enfoques diferentes y, sin embargo, ninguno de ellos contraría otro. Esta epístola puede ser fácilmente leída de seis o siete maneras. Me propongo examinar ahora los dos primeros capítulos. Ella os abre los cielos tal como son actualmente.

 

¡Cuánta bendición halla el corazón al encarar tal tema! Si eleváis vuestras miradas veis el cielo físico; pero ése no es más que el cielo exterior. Esta epístola nos revela los cielos interiores, no bajo un carácter físico, sino moral. Despliega ante nosotros las glorias reservadas al Señor Jesús, a quien los cielos han recibido. Somos hechos aptos así para ver los cielos en los que Él se sentó, la ocupación de Él en los mismos y lo que habrá de seguirles. Cuando el Señor Jesús estuvo aquí, los cielos se abrieron para contemplarle, como lo vemos en el capítulo 3 de Mateo; había entonces en la tierra un objeto digno de la atención de los cielos. Él volvió a subir al cielo, y éste tuvo entonces un objeto que nunca había conocido antes: un hombre glorificado. Y ahora la función de nuestra epístola es la de mostrarnos los cielos como la mansión de este hombre glorificado. Así como el capítulo 3 de Mateo nos presenta los cielos abiertos para contemplar a Cristo aquí abajo, así también en la epístola a los Hebreos tenemos los cielos abiertos a fin de que podamos contemplar a Cristo allá arriba.

 

Pero tal vez me diréis: «¿Es ésa toda la historia de los cielos? ¿La ha considerado usted hasta su término?» ¡Por cierto que no! En los capítulos 4 y 5 del Apocalipsis hallamos a los cielos preparándose para el juicio de la tierra. Luego, hacia el final del libro, hallo a los cielos como residencia no sólo del hombre glorificado sino también de la Iglesia glorificada. ¡Es algo maravilloso que este libro nos pueda presentar semejantes secretos! Así es la biblioteca divina. Tomáis un volumen de vuestro propio estante y él os habla acerca de los cielos; otro volumen trata del hombre en su estado de ruina; sacáis un tercer volumen y el mismo os presenta a Dios en su gracia; y así podemos seguir, hallando seguramente una rica y maravillosa variedad.

 

Fijemos ahora nuestra atención en los capítulos 1 y 2. “Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (v. 3). Aquí tenemos la prueba de lo que yo había anticipado: la epístola a los Hebreos nos va a abrir los cielos. El Señor vino aquí abajo para efectuar la purificación de nuestros pecados y ascendió para ocupar su lugar en los cielos como el purificador de nuestros pecados. Suponed que yo hubiera viajado a un país lejano; podría tratar de describirlo de una manera que os encantara y despertara en vosotros el deseo de visitarlo. Pero, cuando el Espíritu Santo os muestra los lejanos cielos, hace más que esto: os muestra que allí se vela por vuestros intereses. Nuestro representante está sentado en el lugar más alto, y está sentado allí con ese mismísimo carácter. ¿Es posible tener un vínculo más íntimo con ese lugar? ¿No es sorprendente que no emprendamos el vuelo para estar allí cuanto antes? ¡Pensar que Él está sentado allá arriba porque vino a sufrir por nosotros una muerte infame! Os desafío a tener en el cielo un más rico objeto de interés que el que Dios puso allí para vosotros.

 

Ahora bien; en el versículo 4 vemos que Cristo no está allí, sentado por encima de las huestes angelicales, únicamente como el purificador de nuestros pecados, sino que lo está también con una real humanidad. Hemos visto ya cuán grande interés tenemos en Él como Aquel que hizo la purificación de nuestros pecados, y ahora el capítulo nos lo presenta como el Hijo del hombre que está por encima de los ángeles. El hombre fue preferido a los ángeles. La naturaleza humana, en la persona de Cristo, ha sido sentada en un lugar más exaltado que la naturaleza angélica, sea ésta la de Miguel o la de Gabriel. Todo el primer capítulo está consagrado así a daros dos visiones de Cristo en el cielo. ¡Dos maravillosos secretos! ¡Aquel que hizo la purificación de nuestros pecados, un hombre verdadero, semejante a nosotros, sentado a la diestra de la Majestad en las alturas!

 

Leo los cuatro primeros versículos del capítulo 2 como un paréntesis. ¿No os agradan estos paréntesis? El Espíritu Santo adopta nuestra manera de hablar. Ocurre a menudo que en el curso de una conversación dos amigos se desvíen un poco del tema para hablar el uno del otro. Así habla aquí el autor de la epístola: «Os estoy enseñando cosas maravillosas; cuidad que no caigan en oídos indiferentes.» No debemos ser simples escolares; si estamos verdaderamente en la escuela de Dios, si somos discípulos de un maestro viviente, tendremos nuestras conciencias ejercitadas mientras aprendemos nuestra lección. Esto es lo que el apóstol procura hacer aquí. Este paréntesis suena al oído de la manera más dulce y agradable.

 

Mas si bien es un paréntesis, nos revela, no obstante, una nueva gloria. ¡Qué abundancia de frutos hay en el campo de la Escritura! No se trata de un suelo que es necesario cultivar laboriosamente para no recoger más que una escasa cosecha. Este paréntesis (que contiene una exhortación de la que deberíamos no tener necesidad) implica otra gloria de Cristo. Él está sentado allí como apóstol, mi Apóstol. ¿Qué quiere decir eso? Que Él es un predicador para mí. Dios, en otro tiempo, habló por medio de los profetas; ahora nos habla por medio del Hijo; Cristo en los cielos es el apóstol del cristianismo. Y ¿cuál es su tema? La salvación, esa salvación que efectuó para nosotros como Aquel que hizo la purificación de nuestros pecados y que nos la hace conocer como apóstol de nuestra profesión. ¿No veis en ello una verdad más que concierne a los cielos?

 

Luego el versículo 5 vuelve al tema del capítulo 1 al presentarnos las glorias distintivas de Cristo en su preeminencia sobre los ángeles. “Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero.” ¿Cuál es “el mundo venidero”? Es la época milenaria de la que trata el Salmo 8. Tenemos aquí tres condiciones del Hijo del hombre: “Un poco menor que los ángeles”; “coronado de gloria y de honra”; y “puesto sobre las obras de las manos de Dios”. De manera que el mundo venidero no ha sido sujetado a los ángeles sino al Hijo del hombre. Ahora veis que tenéis un interés en este Hombre glorificado. Dije anteriormente que, si yo fuera a un país lejano y os describiera sus pintorescas maravillas, sentiríais el deseo de gozar viéndolas. Pero esta epístola hace más: os muestra que tenéis un interés personal en esas glorias que despliega ante vosotros. ¿Habrá una sola etapa del camino de este Hijo del hombre en la cual no estéis personalmente interesados? El apóstol nos subraya tal interés. De manera que, insisto, esta epístola descubre a vuestros ojos los cielos invisibles, os muestra las glorias referentes a Cristo y os enseña que tenéis un interés directo y personal en esas glorias.

 

En el versículo 10 aparece un nuevo pensamiento: “Porque convenía a aquel... que perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos.” Detengámonos aquí sólo un momento. Convenía a la gloria de Dios el daros un Salvador perfecto. ¿Lo creéis? ¡Qué pensamientos nacen en el alma cuando llegamos a ello! ¿Habéis asido a Cristo de tal manera que nunca, ni por un momento, os veríais tentados a quitar vuestros ojos de Él para fijarlos en otro objeto? Hemos obtenido una salvación incuestionable e infalible, a prueba de los embates que puedan sobrevenir.

 

A partir del versículo 11 se incrementan nuestros intereses en el hombre glorificado. “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos.” ¡No se avergüenza! ¡Publicadlo para que la tierra y el cielo lo oigan! Este hombre  glorificado llama “hermanos” a los elegidos de Dios. “No se avergüenza”, a causa de la dignidad de ellos. No sencillamente a causa de Su gracia sino de la dignidad personal de ellos. Él me ha asignado una parte en su propio trono. ¿Se avergüenza de su propia obra, de aquellos a quienes adoptó? Cuando leáis las Escrituras, rechazad todo pensamiento rastrero y frío. Nuestros pensamientos acerca de Cristo deberían ser tales que cautivasen todo nuestro ser, que nos llevasen en alas de águila. “En medio de la congregación te alabaré” (v. 12). ¡Cristo se levanta y conduce el canto de los redimidos, no avergonzándose de hallarse en su compañía! “Y otra vez: Yo confiaré en él.” Esto es lo que hizo cuando estuvo aquí y lo que nosotros hacemos ahora. “Y de nuevo: He aquí, yo y los hijos que Dios me dio.” He aquí el interés que tenemos en el hombre glorificado.

 

Seguidamente volvemos a contemplar lo que Él fue en su humillación. “Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (v. 16). Dejó a los ángeles donde se hallaban. Los ángeles eran superiores en fuerza; ellos conservaron su estado primitivo, y Él los dejó así. El hombre descendió a lo más bajo en la escala de la maldad; y Él vino a asociarse al hombre. Luego el versículo 17 nos introduce en otra gloria que concierne a Cristo en los cielos. Le vemos allí como nuestro sumo sacerdote siempre atento a su doble servicio: el de reconciliación respecto a los pecados y el de socorro en nuestros dolores. La epístola rebosa de glorias divinas, acumula un infinito de gloria y de pensamientos divinos en su limitado espacio.

 


 

Capítulos 3 y 4

 

Como ya lo hemos señalado, uno de los principales rasgos de esta epístola es que ella nos presenta una vista del cielo tal como está ahora, no como estaba en Génesis 1 ni como estará en los tiempos de Apocalipsis 4 ó 21. El cielo de Génesis 1 no tenía un hombre glorificado, no tenía ningún apóstol, ningún sumo sacerdote. El cielo de la epístola a los Hebreos tiene todo esto. Dado que ése es el carácter general de la epístola, hemos considerado al Señor Jesús como estando en ese cielo. A continuación hemos señalado que Él se halla allí como hombre glorificado, como Aquel que hizo la purificación de nuestros pecados, como el apóstol que anuncia la salvación y como el sumo sacerdote que hace propiciación por los pecados. Cada página es fértil en la enumeración de las glorias que el Señor Jesús tiene ahora en el cielo.

 

Ahora consideraremos los capítulos 3 y 4. Los dos capítulos precedentes nos introdujeron en los cielos, donde está Cristo, y nos presentaron al Cristo que está en los cielos. Los capítulos 3 y 4 se vuelven un poco hacia nosotros, considerándonos con cierta severidad y diciéndonos que debemos tener cuidado ahora que estamos andando el camino en compañía de Él.

 

El primer pensamiento es que debemos considerarle en su fidelidad. Esta exhortación, por lo general, es mal entendida. ¿En vista de qué debemos considerar al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión? ¿Para imitarle? El sentimiento religioso dice que sí, pero no es ése en absoluto el alcance del pasaje. Debo considerarle como fiel a Dios en lo que me atañe, fiel de tal manera que yo pueda ser salvo eternamente. Si no lo considero así, hago más que embotar el argumento del pasaje y pierdo el sentimiento de la gracia. La idea correcta no es que Él fue fiel cuando anduvo aquí abajo, sino que es fiel ahora que está en el cielo. Elevo mi mirada al cielo y le veo a Él desempeñando sus oficios, fiel a Aquel que lo designó. ¿Es asunto mío imitarle en su sumo sacerdocio? Lo que debo hacer es considerarle allí para mi dicha y aliento.

 

¡Qué constelación de gracia hay en todo esto! La gracia de Dios que designó a Cristo, la gracia del Hijo que se encarga de la obra y la gracia que abre el capítulo 3 son de una magnificencia infinita. ¿Podría haber una exhortación más sublime o una doctrina más divina? Tenemos al Hijo en lo más elevado de los cielos, sentado allí como Aquel que hizo la purificación de nuestros pecados, el apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión; y ¿podría haber una exhortación más divina que aquella que me invita a sentarme tranquilamente y considerarle a Él en su fidelidad allá arriba?

 

Seguidamente, en los versículos 3, 4 y subsiguientes, se nos corre el velo para que veamos otras glorias de Cristo en contraste con Moisés. La primera dispensación es llamada aquí una casa. Ella era como un servidor al servicio de un Cristo venidero. Moisés y la casa son idénticos. Todas las actividades de aquella dispensación no tenían otra razón de ser que la de dar testimonio de un Cristo por venir. Por ello fue un servidor. Por otro lado, cuando el Señor viene, lo hace como Hijo, para reivindicar lo que le pertenece como suyo. Y ahora todo se resume en esto: ¿Será fiel a Él la casa sobre la que está establecido? ¿Cuál es vuestra fidelidad? Perseverar con confianza y retener firme hasta el fin la gloria de la esperanza. «¡Cristo está por mí! ¡Cristo está por mí!» No quiero nada más que a este Cristo que basta para todo. Aferraos a Él día tras día hasta que finalice el viaje por el desierto. De modo que sois parte integrante de esa casa sobre la cual Él preside como Hijo. Y Él no sólo preside sobre ella ¡sino que la reclama como suya!, lo que es un pensamiento mucho más dulce. Estarle sujeto es perfectamente justo, pero Él os invita a recostaros cerca de su corazón. La fidelidad no consiste meramente en reconocer la soberana autoridad de Cristo. Ser fiel es reposar en su pecho. De manera que, cuando el Espíritu pasa a exhortarnos en los capítulos 3 y 4, no abandona el elevado y maravilloso terreno de los capítulos 1 y 2. Después, al llegar a este punto, se vuelve hacia el Salmo 95. Si comenzáis a leer el Salmo 92 y seguís hasta el final del Salmo 101, hallaréis en esa porción de la Escritura un pequeño y hermoso volumen sobre el milenio. Se trata de exhortaciones del Espíritu, hechas con el propósito de despertar la fe en Israel e invitar a este pueblo a mirar adelante, hacia el reposo de Dios.

 

¿Por qué este tema es presentado aquí? El viaje de Israel por el desierto es un bello y vívido cuadro del actual peregrinaje del creyente, desde la cruz hasta la gloria. Sucede que a veces las personas, al leer el comienzo del capítulo 4, se lo dirigen a sí mismas. Pero aquí no se trata del reposo para la conciencia. Este pasaje nos asegura que estamos fuera de Egipto y que vamos hacia Canaán. El peligro no está en que la sangre no se halle en el dintel, sino en que caigamos por el camino, como fue el caso de miles en el desierto. Nunca el apóstol nos invita a interrogarnos otra vez para saber si hemos hallado el descanso por medio de la sangre, sino a tener cuidado de cómo viajamos a lo largo del camino. Cuando habla de reposo, el Espíritu quiere significar el reposo del reino y no el reposo de la conciencia. Luego, a todo el período por el cual estamos pasando lo llama un día, un solo día: “Hoy” (v. 7). Para el ladrón moribundo fue un breve día, lo mismo que para Esteban, el mártir; en cambio fue un día más largo para Pablo, y uno aun más largo para Juan; pero, ya sea corto o largo, el viaje por el desierto no dura más que un día, y vosotros tenéis que asiros firmemente de Cristo hasta el fin. Si estáis destinados a ser compañeros de Cristo, debéis afirmaros tenazmente hasta el fin.

 

Ahora bien; ¿qué es el Cristo del versículo 14? ¿Un Cristo crucificado? No, es Cristo glorificado. Sois compañeros de Cristo en el reino si os aferráis a Cristo crucificado. Que este “hoy” no cese de resonar en nuestro corazón y en nuestra conciencia. Asirme a un Cristo crucificado es mi título para compartir el reposo de un Cristo glorificado. Dos cosas disputan con vosotros para privaros de esta bendición: el pecado y la incredulidad. ¿No reconocéis a estos dos enemigos a medida que avanzáis? ¿Continuaré pecando? ¿Debo dar cabida a un mal pensamiento? Puede que sea sorprendido, pero ¿debo tratar a uno o a otro de otra manera que no sea como a enemigos? La incredulidad es una acción del alma hacia Dios. Vosotros y yo ignoramos lo que es la santidad, lo que es estar entre Egipto y Canaán, si es que no sabemos que aquellas dos cosas se yerguen cada día para oponerse a nuestro paso.

 

El capítulo 4 prosigue con el tema. El Cristo del capítulo 3:14 es en sí mismo el reposo del que habla el capítulo 4, un Cristo glorificado, un reposo glorioso. Él nos ha sacado de Egipto. La exhortación se dirige a un pueblo que está fuera de Egipto. Hemos dejado atrás la sangre rociada en el dintel. La gloriosa Canaán está delante de nosotros. Tened cuidado, no sea que no la alcancéis. “Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos” (v. 2). La buena nueva, no de la sangre de Cristo, sino de la gloria de Cristo. Y ésta tomó cierta forma en los oídos de los israelitas, y toma otra forma para los nuestros; pero, tanto a ellos como a nosotros, el reposo ha sido predicado.

 

Luego el Espíritu Santo retrocede de una manera hermosísima al descanso sabático del Creador. El bendito Creador descansó después de la creación. Se había prometido un descanso en Canaán después que hubiera hecho atravesar el desierto a Israel. Adán perturbó Su descanso en la creación e Israel lo perturbó en Canaán. ¿Por tales motivos está Dios contrariado con su reposo? No; lo ha hallado en Cristo. El secreto de todo el Libro de Dios es éste: Dios se retira en Cristo después de no haber hallado más que decepción en el hombre. Cristo es el artesano de ese reposo, es quien lo sostiene actualmente, y ese reposo permanece con Él, tanto para Dios como para sus santos. “Por lo tanto... falta que algunos entren en él” (v. 6). Ya no se trata más de algo falible que dependa de Adán o de Israel; por lo tanto, esforcémonos para no dejar de alcanzarlo.

 

Ahora, tenemos dos maneras de hacer uso de Cristo. El final del capítulo 3 nos señaló dos enemigos; el final del capítulo 4 nos presenta dos recursos en Cristo: debemos echar mano de Él como la Palabra de Dios y como el sumo sacerdote de nuestra profesión. ¿Es ésta la manera en que hago uso de Él? Estos dos aspectos de Cristo hacen frente al pecado y a la incredulidad. Dejemos que la Palabra de Dios discierna los pensamientos y las intenciones de nuestro corazón. En vez de dar lugar a vuestras concupiscencias y vanidades, dejad que penetre la espada de dos filos, la que no consiente ni una jota de pecado. Y cuando hayáis desalojado al enemigo —después de haber hallado alguna concupiscencia predilecta situada en este rincón del corazón y alguna insospechada vanidad en aquel otro— ¿qué tenéis que hacer con ellas? Traerlas a Cristo y que su sumo sacerdocio disponga de ellas con la misericordia y gracia que caracterizan a esa función.

 

Y aquí nos detenemos por el momento. Hemos visto los cielos abiertos y contemplado el interior, y hallamos allí a un hombre adornado de glorias, en cada una de las cuales estamos interesados. Luego viene la exhortación. Dos enemigos os acosan. ¡Estad alertas! En vez de ceder a ellos, hagamos uso de la espada de dos filos; y, cuando los hayamos descubierto, llevémoslos a Jesús. Hay una admirable armonía entre el Cristo que nos es presentado en lo alto en los capítulos 1 y 2, y nosotros tal como somos presentados aquí abajo con todas las características de los capítulos 3 y 4.

 


 

Capítulos 5 y 6

 

Leamos ahora hasta el versículo 10 del capítulo 5. Podemos observar que, desde allí hasta el final del capítulo 6, el apóstol abre un paréntesis para hacernos algunas serias advertencias. Él utiliza mucho ese estilo parentético, y nosotros también hacemos bastante uso de él en las relaciones que tenemos los unos con los otros. Tales pequeños intervalos o interrupciones en un discurso nos son siempre gratos.

 

En los diez primeros versículos del capítulo 5 se presenta a nuestra consideración un asunto de bastante peso. En el primer versículo encontramos una idea general y abstracta del sacerdocio considerado como aquello que asegura a los hombres sus relaciones con Dios. Luego se nos presenta el carácter de este servicio: “Para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados”, esto es, para que Él conduzca tanto los servicios de adoración como los penitenciales o expiatorios delante de Dios. Cristo está en pie para conducir nuestros intereses junto a Dios, bajo cualquier forma. Él es “tomado de entre los hombres” para que sea capaz de tener compasión de los ignorantes y los extraviados. No es tomado de entre los ángeles, tal como lo leemos en Timoteo: “El hombre Cristo Jesús.” Dios, al ordenar un sacerdote para nosotros, ha elegido uno que pueda mostrarse indulgente. Vemos al final del capítulo 7 que el Señor Jesús estuvo exento de flaquezas, pero aquí el sacerdote era un hombre capaz de sentir simpatía, a causa de estar él mismo rodeado de debilidad. El Señor Jesús tuvo que aprender cómo sentir simpatía, como así también aprender la obediencia a través de lo que padeció.

 

En el Antiguo Testamento, dos personas son puestas distintamente en el oficio sacerdotal: Aarón, en los capítulos 8 y 9 del Levítico, y Finees en Números 25. La diferencia entre ellos era ésta: Aarón fue simplemente llamado al sacerdocio; Finees, en cambio, lo adquirió por derecho. Cuando venimos al Señor Jesús, vemos reunidos en su persona estos dos caracteres, el de Aarón y el de Finees. Él fue “llamado por Dios, como lo fue Aarón” (v. 4). Pero Aarón fue un mero sacerdote llamado. Finees, en cambio, no fue llamado como Aarón, sino que adquirió su título. ¿Cómo lo adquirió? Hizo expiación por los hijos de Israel el día en que cometieron grave violación en el asunto de las hijas de Baal-peor, de forma que el Señor pudo considerar de nuevo con satisfacción a su campamento errante en el desierto. Finees se apresura a ejecutar la venganza de la justicia y a hacer expiación por el pecado del pueblo. “Entonces Jehová habló a Moisés, diciendo: Finees hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, ha hecho apartar mi furor de los hijos de Israel... Por tanto diles: He aquí yo establezco mi pacto de paz con él... el pacto del sacerdocio perpetuo” (Números 25:10-13). Nada puede ser más excelente que esto. No podríais tener una luz más grandiosa para leer al Cristo de Dios que la de este acto de Finees. Aarón nunca tuvo semejante derecho a un pacto de paz. De manera que tenéis estas dos luces que os aporta el Antiguo Testamento para que podáis ver el sacerdocio del Señor Jesús[1]. Él fue el verdadero Aarón y el verdadero Finees, los cuales son presentados aquí.

 

   El bendito Señor Jesús fue llamado a desempeñar el oficio sacerdotal como lo fue Aarón; pero Él entró en funciones porque hizo expiación. Esta tierra era como el atrio del templo, donde se hallaba el altar de bronce. Y el Señor Jesús está sentado ahora en el santuario celestial que Dios levantó y no el hombre, por cuanto Él pasó por el altar de bronce en la tierra. Pasó por el altar y satisfizo sus exigencias. Nada puede ser más sencillo y, no obstante, nada puede ser más misteriosamente grandioso. ¿Cómo Dios dio testimonio de que su justicia estaba satisfecha a causa del altar de bronce? Rasgando el velo. De manera que ahora es fácil entrar. Si Dios ha rasgado el velo ¿debo considerarlo como rasgado en vano? Si ahora éste está rasgado, tengo tanto derecho a entrar como obligados estaban los israelitas de antaño a mantenerse fuera. Al haber satisfecho al altar, Cristo pasó, por el velo rasgado, al interior del santuario que está en los cielos. El pasaje que consideramos nos hace ver todo esto.

 

Cristo no se glorificó a sí mismo para ser hecho sumo sacerdote. ¿Por qué es un honor ser hecho sumo sacerdote? Me diréis que nada puede dignificar al Hijo de Dios; y lo admito. Pero yo les preguntaría: ¿No saben los hombres lo que es tener dignidades adquiridas así como dignidades hereditarias? El hijo de un noble que va a la guerra, ¿no puede adquirir honores que vengan a agregarse a las dignidades hereditarias de su familia? Y decidme: ¿Cuáles valorará más? Aquellas que ha adquirido. Él se ve más honrado por ellas. Sus dignidades hereditarias son suyas, pero no gracias a él; en tanto que sus honores adquiridos son suyos de una manera más especial y personal.

 

Las cosas divinas se hallan ilustradas por cosas humanas. ¿Quién podría añadir algo a Aquel que es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos? Pero el Hijo estuvo en la batalla y adquirió honores que nunca habrían sido suyos si no hubiese aceptado la causa de los pecadores; ¡y estos honores son caros y preciosos para Él! Él fue “llamado”, un término muy dulce en el original. Dios, cuando le hizo sentar en el santuario, lo «saludó», le «dio la bienvenida», igual que cuando le hizo sentar en el trono: “Siéntate a mi diestra.” La epístola a los Hebreos nos hace ver, en los cielos abiertos, tanto un trono como un santuario.

 

En los versículos 7, 8 y 9 hallamos algunas verdades de mucha monta que se relacionan con nosotros mismos. “Y Cristo, en los días de su carne” (notemos esto con santa reverencia), “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte...”. La escena de ese conflicto tuvo lugar eminentemente en Getsemaní. ¿Qué pasó allí? Propiamente Él se estremeció ante el pensamiento de arrostrar el juicio de Dios contra el pecado. Y “fue oído a causa de su temor reverente”. Fue oído porque la muerte, la paga del pecado, no tenía derecho sobre Él. Su derecho a la liberación fue reconocido y, en lugar de serle enviado el juicio de Dios para desecar su carne, le fue enviado un ángel para fortalecerlo.

 

Sin embargo, padeció la muerte. Él bien podía haberse prevalido de su derecho personal a ser eximido de ella; no obstante, la soportó. Aprendió lo que implicaba la obediencia a su misión, cumpliéndola desde Getsemaní hasta el Calvario, y ahora se presenta a la vista de todo pecador en la tierra como el autor de eterna salvación. En Getsemaní vemos al Señor —si me permiten expresarlo así— haciendo valer su derecho contra la muerte. Su derecho es reconocido; no obstante, aunque la muerte no tiene ningún derecho sobre Él personalmente, dice: “Hágase tu voluntad.” Él habría podido perfectamente ir de Getsemaní al cielo, pero prefirió ir de Getsemaní al Calvario, y así, habiendo sido perfeccionado allí, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen. Luego, habiendo sido satisfecho el altar, el santuario le recibió, y allí está.

 

En la creación Dios puso un hombre en el huerto en estado de inocencia. En la redención, Dios puso un hombre en el cielo, en la gloria. Hay una gloria que sobrepuja a toda otra: la gloria que brilla en la redención eclipsa totalmente la que otrora alumbró en la creación.

 

Llegamos ahora al versículo 10. Observad que el lenguaje del versículo 10 es retomado en el versículo 20 del capítulo 6 y que, entre los dos, la argumentación no ha avanzado. Hubo un paréntesis allí por cuanto era indispensable una exhortación para estos cristianos hebreos. Ocurre lo mismo en otros lugares. Suponed que fuésemos a meditar los capítulos 1, 2 y 3 de 1.ª Corintios; hallaríais allí al apóstol impedido en su enseñanza: «Vosotros sois carnales; yo no puedo iniciaros en los ricos tesoros que tengo acopiados para la Iglesia.» Lo mismo ocurre en nuestra epístola; la única diferencia es que el mal que obstruía en Corintios era moral, mientras que el de Hebreos era de naturaleza doctrinal.

 

Era muy difícil para el hebreo separarse de las cosas en que había sido educado. Él era “inexperto en la palabra de justicia” (5:13). La mente legalista es apta para concebir la justicia como Moisés lo hizo, es decir, como una cosa que nos es exigida, mientras que Dios la considera como una cosa que Él nos la quiere dar. Y es por ello que en el capítulo 6 el apóstol, descubriendo este obstáculo entre ellos, hace sonar la alarma, de la misma forma que al comienzo del capítulo 2 hizo resonar una palabra de exhortación. La mente carnal y la mente legalista son dos grandes villanos. Ambas son “zorras pequeñas que echan a perder las viñas” (Cantares 2:15).

 

«Ahora —dice el apóstol— debéis dejar estas cosas. Debo poneros en otro libro: el de la perfección.» “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados... etc. y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento...”. Es como si dijera: «No está a mi alcance renovaros.» Que ellos puedan ser traídos de vuelta o no, es algo que pertenece a Dios, algo que está entre ellos y Dios. Es algo terrible retroceder a las ordenanzas tras haber conocido a Cristo; pero no tengo seguridad alguna para decir que eso mismo no les sea perdonado a muchos que, después de haber caído así en una trampa, vuelvan otra vez.

 


 

Capítulo 7

 

Es importante para nuestras almas considerar cuidadosamente el sacerdocio de Cristo según Melquisedec. En consecuencia, por de pronto haremos a un lado el paréntesis inserto al final del capítulo 6 y leeremos parte del capítulo 5 y todo el capítulo 7. Estuvimos considerando el sacerdocio del Señor Jesús en las figuras de Aarón y Finees. Aarón, como lo hemos visto, fue simplemente llamado a ejercer su oficio, mientras que Finees lo ganó. Pasaremos ahora a considerar el mismo sacerdocio en su nueva fase: “según el orden de Melquisedec”.

 

Si yo os dijera que este mundo es el escenario de una vida perdida, vosotros me entenderíais. La vida terrenal no es más que una muerte en suspenso. Volver a la vida es volver a Dios. Dios no es Dios de muertos sino de vivos. El pecado produjo la pérdida de la vida; consecuentemente, si me es posible regresar a la vida, regresaré a Dios. Dios visita este mundo bajo un doble carácter: como vivificador y como juez; y el capítulo 5 de Juan nos declara que todos estamos interesados en una o en otra de estas visitas. Y el oficio de esta epístola es hacer saber al más débil creyente en Jesús que ha vuelto a la vida y que en la actualidad tiene que ver con el Dios vivo o, dicho de otro modo, con Dios como Aquel que vivifica. “El Dios vivo” es una expresión que se repite con frecuencia en esta epístola: “Apartarse del Dios vivo” (3:12), “servir al Dios vivo” (9:14), “la ciudad del Dios vivo” (12:22). El Dios vivo ocupa así mi campo visual, tanto ahora como en la gloria. Yo ahora tengo que evitar apartarme de Él, lo cual implica que he vuelto a Él. He escapado de la región de la muerte y retornado a la región de la vida; y pronto hallaré en la gloria “la ciudad del Dios vivo”. La pregunta es: ¿Cómo he vuelto a Él? La epístola nos da la respuesta de una manera admirable.

 

Es un magnífico tema moral seguir al Señor Jesús en su ministerio a través de los cuatro evangelios y verle desde el principio hasta el final de su historia revelándose como el Dios vivo en este mundo. Contemplarle en Getsemaní —contemplarle entregando su espíritu— y luego levantándose  de la tumba como el Dios vivo y dispensar el Espíritu Santo. En Él vemos al Dios vivo en medio de una escena invadida por la muerte. El propósito de esta epístola a los Hebreos es muy particularmente el de presentar a Cristo como el Dios vivo. El apóstol está imbuido del pensamiento de la muerte y de la cruz de Cristo. No sería la epístola a los Hebreos si no considerase a Cristo en su carácter de sustituto.

 

Pero, si bien vemos al Cordero sobre el altar, igualmente vemos el sepulcro vacío. Hemos señalado antes que el Señor mismo siempre vincula la historia de su muerte con la historia de su resurrección. “El Hijo del hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte... mas al tercer día resucitará” (Mateo 20:18-19). Esto mismo tenemos aquí, sólo que de una manera doctrinal, no histórica. La cruz es mencionada con frecuencia en la epístola, pero siempre en compañía de la ascensión. Tomad el principio de la epístola: “Habiendo hecho la purificación de nuestros pecados.” ¿Cómo es que los purificó? Por la muerte. Sois puestos frente a la muerte desde el principio mismo de esta epístola, pero en seguida leéis: “Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” Y de nuevo leemos: “Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (2:9). ¿Termina allí la historia? No; Él está “coronado de honra y de gloria”. Lo que los evangelios narran históricamente, la epístola a los Hebreos lo toma como doctrina.

 

El Espíritu Santo considera al Dios vivo en la persona de Jesús, así como Jesús manifestaba al Dios vivo en su persona. Igualmente en el capítulo 2: “por medio de la muerte” —la muerte es puesta de nuevo ante vosotros—, pero ¿qué es lo que sigue?: “destruir al que tenía el imperio de la muerte” (v. 14). ¿No tengo otra vez allí el sepulcro vacío así como el altar y el Cordero? Voy a encontrar en esta epístola una tumba vacía, pero no como “María Magdalena y la otra María”. Yo espero hallarla vacía. El error de esas queridas mujeres fue que ellas esperaban hallarla ocupada. Yo voy esperando hallarla vacía, y así la hallo. Cuando veo al Cordero sobre el altar y el sepulcro vacío, me apodero de la vida victoriosa e imperecedera. Ésta es la roca viviente de la cual el Señor habló a Pedro.

 

En el capítulo 5 vimos que, en Getsemaní, Jesús planteó la cuestión de su derecho moral a la vida, y que fue oído a causa de su temor reverente. Luego, y a pesar de tener este título moral, Él lo abandona y toma su lugar como sustituto. Desde Getsemaní, Él marchó al Calvario. Getsemaní fue un momento maravilloso. Allí la gran cuestión de la vida y de la muerte fue solucionada entre Dios y Cristo. En lugar de emprender el viaje al cielo, al cual tenía derecho, transitó por el funesto camino en el que nuestros pecados le pusieron aquí abajo. Todo esto es de un inmenso y precioso interés.

 

En el Calvario, de nuevo le hallamos en la muerte; pero, ni bien entregó el espíritu, todo experimentó el poder del Vencedor. Él descendió hasta las regiones más tenebrosas de la muerte, pero, en el momento en que las tocó, todas ellas sintieron este poder del Vencedor: la tierra tembló, las rocas se partieron, se abrieron los sepulcros y los cuerpos de santos que habían dormido se levantaron. Y, si consideramos el capítulo 20 de Juan, vemos no meramente la tumba vacía, sino la tumba cubierta por las señales de la victoria: los lienzos en tierra y el sudario que no estaba puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Nunca seremos capaces de leer el misterio del Cristo de Dios si no le recordamos como el Dios vivo en medio de la muerte, obteniendo victorias dignas de Él. Lo vemos en la muerte rasgando el velo. En el sepulcro, el sudario enrollado en un lugar aparte proclama la historia de la conquista. Él aparece en seguida en medio de sus discípulos, y es exactamente el Dios vivo de Génesis 1. Allí vemos a Dios insuflando vida en las narices del hombre, siendo así el principio y la fuente de la vida. En Juan 20 el Señor brilla a nuestros ojos como el principio y la fuente de una vida irrevocable e infalible cuando sopla en sus discípulos y dice: “Recibid el Espíritu Santo.”

 

Tal es el carácter bajo el cual nos lo presenta esta epístola, como teniendo derecho a la vida y como conservándola para nosotros. Ése es su sacerdocio según el orden de Melquisedec. Él no es meramente el Dios vivo. Podía haberlo sido igualmente si hubiese ido al cielo desde Getsemaní; pero Él fue al cielo desde el Calvario, y está ahora allí como el Dios vivo para nosotros; y Dios está satisfecho, plenamente satisfecho. ¿Cómo podría no estarlo? El pecado ha sido quitado y el Dios bendito sopla el principio de vida. Es, por así decirlo (y lo podemos expresar así con corazones prosternados en adoración), el elemento propio de su naturaleza, y Él está satisfecho. Y Dios expresó su satisfacción. ¿Cuándo y de qué manera? Cuando Cristo hubo resucitado a la faz del mundo que exclamaba: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lucas 19:14), Dios dijo: “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies” (Hebreos 1:13). Tal fue su satisfacción en un Cristo rechazado. Y cuando Cristo ascendió a los cielos bajo otro carácter, como habiendo hecho expiación, le colocó en lo más alto de los cielos con juramento, y edificó para Él un santuario: ”el verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Hebreos 8:2). ¿Podría Él mostrarnos en una forma más cautivante que está satisfecho con lo que Cristo hizo por nosotros?

 

¿Son suficientes para mí los oficios de tal sumo sacerdote? Deben serlo. Estoy en relación con la vida, y toda cuestión entre yo y Dios está totalmente resuelta. Cristo es Rey de justicia y Rey de paz, y dispensa todo lo que os hace falta, en virtud de la autoridad real de su propio nombre.

 

En el momento en que veis al Dios vivo desplegado en esta epístola, halláis que comunica, a todo lo que toca, la vida por la eternidad. El trono de Cristo permanece por los siglos de los siglos, como os lo dice el capítulo 1; su casa es por los siglos de los siglos, tal como lo dice el capítulo 3; su salvación es eterna, tal cual os lo dice el capítulo 5; su sacerdocio es inmutable, así como os lo dice el capítulo 7; su pacto es eterno, y el capítulo 9 os lo dice; su reino es inconmovible, y así os lo dice el capítulo 12. No hay nada que Él toque sin comunicarle eternidad. Para darle un título a la epístola a los Hebreos, podríamos decir que ella es «el altar ocupado y el sepulcro vacío».

 

Cristo se ha posesionado de la vida, pero no para guardarla para sí mismo. Este Jesús viviente dice en lo más alto de los cielos: «Ahora que he adquirido la vida, la compartiré con vosotros.» ¡Oh profundidad de las riquezas!

 


 

Capítulo 8

 

Habíamos estado considerando hasta el versículo 7 del capítulo 6, y nos detuvimos allí para considerar el capítulo 7. Ahora vamos a leer el final de los capítulos 6 y 7. Pero antes de proseguir la doctrina de la epístola meditaremos un poco lo que llamamos el paréntesis exhortatorio del capítulo 6. En el versículo 10 del capítulo 5 dejamos la doctrina, y desde allí hasta el final del capítulo 6 aparece un paréntesis. Cuando el apóstol se desvía de su argumento para exhortar a los hebreos, observamos que lo que temía en ellos no era la corrupción moral —como en el caso de los corintios— sino la corrupción doctrinal. Y ¿no vemos tales variedades morales a nuestro alrededor hoy en día? Una tiene una tendencia corintia, otra una tendencia gálata. Lo que él temía de los creyentes hebreos era que abandonaran a Cristo como el objeto de su confianza.

 

¿Qué es lo que Dios emplea hoy para cultivar nuestros corazones? (v. 7). No es más la ley, sino la gracia. Moisés estaba sobre el principio de la ley, el Señor Jesús estaba sobre el principio de la gracia; y corazones libres, felices y agradecidos, son los frutos propios —la “hierba provechosa”— de tal labranza. ¿Cómo está vuestra alma delante de Dios? ¿Pensáis encontrarlo en juicio o en gracia? ¿Vuestra alma está en comunión con Dios merced a la libertad de la gracia o teme un próximo día de juicio? En este último caso, ella no produce hierba provechosa a Aquel por quien es labrada, sino espinos y abrojos que son el producto natural de un escenario corrupto, ya sea la tierra que piso o el corazón que llevo dentro de mí. Si actúo con un espíritu legalista, con un espíritu de justicia propia, si mis relaciones con Dios son como las que mantengo con un juez, ¿no es eso actuar según la naturaleza y producir espinos y abrojos? Si, por el contrario, ando en la confianza filial de uno que ha confiado en la salvación de Dios, allí está la tierra que produce hierbas provechosas para Aquel por quien es labrada.

 

Ahora bien; ¿sobre qué se funda el apóstol para estar persuadido (v. 9) de “cosas mejores” en cuanto a ellos? No le basta la simplicidad con que ellos habían recibido la gracia, sino que los frutos de justicia se veían entre ellos, cosas hermosas que acompañan a la salvación pero que nunca la constituyen. Por tanto, al comprobar esta abundante y bella fertilidad, es como si les dijera: «Aunque estoy haciendo sonar una alarma, no es por vosotros que temo.» Después de colocarse sobre este terreno, prosigue en él hasta el final del capítulo y no retorna a lo doctrinal hasta llegar al capítulo 7. Les ruega que continúen sirviendo a los santos. El conocimiento que tenéis de Cristo ¿produce estos dos resultados: comunión secreta del alma con Él y energía práctica en una marcha cristiana fecunda? Ahora —dice él— perseverad en la hermosa actividad práctica que habéis comenzado, “no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”.

 

A continuación presenta a Abraham como uno que no aflojó su mano hasta el fin. Abraham no sólo obtuvo la promesa, en Génesis 15, sino que perseveró con paciencia hasta que le fue confirmada por juramento en Génesis 22. Nosotros no somos llamados a la fe solamente, sino también a la paciencia de la fe. Uno podría tener un consuelo y, sin embargo, no tener un fortísimo consuelo. Sí lo vemos en Abraham. Tuvo un consuelo en Génesis 15 y un fortísimo consuelo en Génesis 22. Un creyente me dijo una vez: «En esta última enfermedad el Señor me tuvo tan cerca de Él que sentí como si nunca antes hubiera creído.» El apóstol querría que fuésemos como Abraham en Génesis 22, para que “tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros” (v. 18). Generalmente se hace una falsa aplicación de este pasaje. No se trata de un pecador que corre a refugiarse en la sangre de Cristo, sino de un creyente que corre hacia la esperanza de la gloria para escapar del naufragio de todas las perspectivas terrenales. Esto basta para probarnos. ¿Nos aferramos al naufragio de todo aquí abajo? ¿Alimentamos esperanzas para mañana? Abraham fue un hombre que huyó de todas las perspectivas terrenales para asirse de la esperanza de la gloria. El apóstol dice: “asirnos de la esperanza”, no de la cruz. La Palabra de Dios tiene una intensidad tal que a menudo se nos escapa. Seguidamente vuelve a las figuras levíticas. Vuestra esperanza ¿penetra dentro del velo? ¿No tenéis una esperanza acerca de mañana, una esperanza aquí abajo? ¿Cuál es el objeto del que está pendiente la esperanza de vuestro corazón: el retorno de Cristo o lo que os promete el día de mañana en este mundo?

 

“Donde Jesús entró por nosotros como precursor.” El Señor Jesús es revelado aquí bajo un nuevo carácter. Lo vemos en el cielo no sólo como nuestro sumo sacerdote, sino que ascendió allí para asegurarnos un lugar con Él mismo. ¡Oh, si fuésemos capaces de descubrir las glorias de la dispensación actual! Ella está llena de glorias. Jesús está ahora en el cielo con la gloria de un precursor —de un sumo sacerdote—, de Aquel que hizo la purificación de nuestros pecados. Allí está sentado y adornado de glorias. Vestirá otras glorias en los cielos milenarios, pues también será Rey de reyes y Señor de señores en la tierra milenaria. No lo es actualmente, pero hay glorias en las cuales Él brilla a los ojos de la fe. Meditad con corazones sinceros y contritos en las glorias de “estos postreros días”, como se los llama en esta epístola (1:2).

 

Pasaremos ahora al capítulo 8. “Tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (v. 1-2). ¡Qué palabras tan exquisitas! ¿Qué glorias llenaron los cielos en los días de la creación? El sol, la luna y las estrellas fueron colocados allí. Los dedos de Dios los adornaron. Pero decidme: ¿no adornan los cielos actuales también? Si hubo glorias puestas en los cielos exteriores por los dedos de Dios, también las hay, por la gracia de Dios, en los cielos interiores. Una de estas glorias es un tabernáculo que el Señor levantó allí. Cristo descendió del seno eterno para glorificar a Dios en la tierra. ¿Podía haber, para adornar a una Persona tal, alguna gloria demasiado brillante? ¡Qué visión nos es presentada así sobre las relaciones entre Dios y su Cristo, entre el Padre y el Hijo! Y entre las glorias que le aguardaban a Jesús en lo alto, estaba un templo levantado por el Señor mismo. El sol sale como esposo de su tálamo para recorrer su camino; el Creador puso tabernáculo en los cielos para el sol (Salmo 19). Y en la redención, Dios edificó una habitación para el sumo sacerdote, quien está sentado allí en el más alto lugar de honor. Cristo no podía ser sacerdote aquí abajo, pues el lugar estaba ocupado según la institución divina. Se ha dicho neciamente que Él no habría podido entrar en el Lugar Santísimo. Seguramente que no, pues Él provenía de la tribu de Judá. ¿Vino para infringir las ordenanzas de Dios o para cumplir toda justicia? ¿Qué tenía que hacer en el Lugar Santísimo? Si se hubiese hallado allí un sacerdote de la tribu de Leví, éste habría tenido el derecho de expulsarlo. Él tenía derecho a todo, sin duda, pero había venido como siervo sumiso, como aquel que “se despojó a sí mismo”. ¿Se impuso por la fuerza a los dos pobres discípulos, en Emaús? Mucho menos, siendo, como era, un hijo de Judá, se habría introducido por la fuerza en la casa de Dios.

 

Nos detenemos aquí un momento. En esta epístola hallamos, del principio al fin, que el Espíritu toma una cosa tras otra y las pone a un lado para dar lugar a Cristo; y cuando ha dado lugar a Cristo y le introdujo, lo fija ante nosotros para siempre. Y todos nosotros debemos someternos a eso. ¿No os ha hecho Dios a un lado para introducir a Cristo en vuestro lugar? La fe se inclina ante esto. Es lo que Él ha hecho en toda alma que cree. En el capítulo primero, Dios hace a un lado a los ángeles: “Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?”. ¡Oh, cómo la fe condesciende a eso! ¡Cómo condescienden a ello los ángeles! Luego vemos a Moisés hecho a un lado: “Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo... pero Cristo como Hijo sobre su casa.” Podemos dejar a Moisés porque tenemos a Cristo, del mismo modo que el pobre eunuco se pudo desvincular de Felipe por cuanto había hallado a Cristo. Después, en el capítulo 4, aparece Josué, pero él también es hecho a un lado: “Si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día.” Cristo es puesto delante de mí como el verdadero Josué que realmente me da el reposo. Seguidamente Aarón es puesto a un lado para dar entrada al sacerdocio de Cristo; mas cuando tengo este sacerdocio delante de mí, lo tengo por la eternidad. Asimismo Él es el mediador de un mejor pacto; el viejo desapareció por cuanto el Señor no tiene nada que hacer con él. Y, al final, leemos esta magnífica declaración que podría ser el texto por excelencia de la epístola: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” Él, una vez que ha sido introducido, es “el mismo por los siglos”. ¡Qué magnífico pensamiento es ése por el cual Dios desaloja todas las cosas para introducir la bendita persona de Jesús! He aquí la perfección, porque Dios reposa en Él. Éste es exactamente el sábado de la antigüedad, cuando Dios reposó en la creación. Ahora Dios reposa en Cristo, y eso es la perfección; y si comprendemos realmente que nuestro lugar está allí, respiramos la atmósfera de la perfección: una obra cumplida, un sábado. No hay nada más fecundo en luminares gloriosos que la epístola a los Hebreos. Es una epístola de glorias incalculables y de inestimable valor para la conciencia de un pecador despertado. Ella es el título que tiene mi alma para respirar la atmósfera del cielo mismo; y si yo no lo hago, ¿habré de poner una nube sobre mi título porque mi experiencia sea tan pobre?

 

Al final del capítulo 8 vemos todavía otra cosa que es puesta a un lado: el primer pacto. El pacto del que Cristo es ministro no puede envejecer jamás. “Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades.” No hay una sola arruga en su faz, ni canas sobre su frente.

 

El Señor lo toca todo y lo coloca delante de Dios para siempre; y Dios reposa en ello. Él perfecciona todo lo que toca. Mientras que todo le hace lugar, Él no hace lugar a nada. Y ¿querríais que esto no fuese así? ¿No quiso Juan el Bautista que esto fuese así? Cuando fueron a él y le dijeron: “Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él”, él respondió: “El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, éste mi gozo está cumplido” (Juan 3:26, 29). Tal debería ser la expresión instintiva de vuestro corazón y del mío. Si el Espíritu ha actuado en vuestra alma, debéis decir: «¡Bendito sea Dios! Él me ha puesto a un lado para introducir a Jesús.» Hay una maravillosa armonía entre lo que descubrimos aquí y la experiencia de nuestras propias almas. ¡Nunca agotaremos la visión de estas glorias hasta que pronto estemos perdidos en su infinito: un océano sin ribera!

 


 

Capítulos 9 y 10:1-18

 

Hemos concluido el capítulo 8. Para continuar el estudio de nuestra epístola, leeremos ahora el capítulo 9 hasta el versículo 18 del capítulo 10. Ésta es la última sección de la parte doctrinal; luego, hasta el final, tenemos exhortaciones morales. Desde el comienzo del capítulo 9 hasta el versículo 18 del capítulo 10, el argumento es uno solo.

 

Sin embargo, demorémonos un instante para considerar la estructura de la epístola. ¿No os habéis representado alguna vez de manera un poco distinta las glorias que pertenecen al Señor Jesús? Hay tres formas de gloria en Él: la gloria moral, la gloria personal y la gloria oficial. Desde el pesebre hasta la cruz tuvo lugar la manifestación de sus glorias morales. En “estos postreros días” el Señor está manifestando algunas de sus glorias oficiales, y pronto exhibirá más, como por ejemplo en los días milenarios. Los profetas de antaño hablaron de Sus padecimientos y de las glorias que habrían de seguir, pero no de la gloria (1.ª Pedro 1:11). Pero su gloria personal constituye el fundamento de cada una de las otras glorias.

 

Tenemos aquí un gran tema para nuestra constante meditación: las glorias del Señor Jesús desde el seno de la virgen hasta el trono de su poder milenario. En todo el curso de su vida Jesús manifestó sus glorias morales. La escena en que éstas tuvieron lugar ha pasado ya, y Él se ha sentado en el cielo mismo; pero eso no hizo sino darle pie para desplegar otras. Los cuatro evangelios me ofrecen un cuadro de sus glorias morales aquí abajo. En la epístola a los Hebreos le veo sentado ahora en el cielo, con una constelación de glorias oficiales. Otras Escrituras nos presentan sus glorias venideras. Dondequiera lo veáis, no podéis sino verlo rodeado de un conjunto de variadas glorias.

 

Estos capítulos 9 y 10 nos presentan la obra de Cristo en la cruz como el fundamento de cada una de sus glorias presentes. En los primeros ocho capítulos hallamos un variado despliegue de las condiciones actuales del Señor Jesús en el cielo; y ahora, como base de todo eso, en los capítulos 9 y 10 tenemos una exposición de la perfección del Cordero en el altar.

 

¿Nunca habéis hecho de “estos postreros días” un tema de meditación? ¿Por qué el Espíritu Santo está habilitado a llamar a la época por la que estamos pasando los “postreros días”? Tendremos otros días después de éstos. ¿Por qué, pues, Él habla de “postreros días”? Porque Dios —y esto es hermosísimo— reposa, en lo que el Señor Jesús ha cumplido, tan plenamente como al final de la creación reposó en la perfección de su propia obra. No se trata de que en el desarrollo de las economías de Dios no tendremos otras edades; no obstante, el Espíritu no vacila en llamar a ésta en la que vivimos los “postreros días”. El Señor ha satisfecho a Dios en todo lo que ha hecho. Él perfecciona todo lo que toca, confiriéndole un carácter eterno; y Dios no mira más allá de eso. Todo es puesto a un lado hasta que Cristo sea introducido, pero no hay nada después de Él. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” Toda vez que Dios halla su reposo en alguna cosa, tenemos allí la perfección, es decir, el punto final; y dado que tenemos la perfección, estamos en los postreros días. Dios ha hallado su plena satisfacción, y lo mismo puedo decir con respecto a mí. Cristo puede ser manifestado en los días milenarios, pero es exactamente el mismo Cristo que tenemos ahora. ¿Me atendré, pues, a Moisés o a Josué? Considerados a la luz de Cristo, todos ellos son “pobres rudimentos” (Gálatas 4:9). Todos ceden el lugar, uno después del otro; pero ni bien Cristo es introducido según los pensamientos de Dios, Dios reposa en Cristo. Cuando realizáis vuestra posición, estáis en el segundo sábado de Dios, el que ¡cuánto excede al primero! El reposo del Redentor es incomparablemente más bendito que el reposo del Creador. En Cristo habéis hallado la perfecciónel reposo de Dios— y estáis así en los “postreros días.

 

Ahora bien; cuando llegamos a los capítulos 9 y 10 vemos a Cristo, no propia o característicamente en el cielo, sino en el altar. Las glorias que le rodean actualmente nos han sido presentadas una detrás de la otra: la gloria del sacerdocio; la gloria de Aquel que hizo la purificación de nuestros pecados; del predestinado heredero del mundo venidero; del apóstol de la salvación; del ministro del pacto que jamás envejece, del dador de la herencia eterna. Éstas son las glorias de los “postreros días”.

 

En el capítulo 9, versículo 11 y siguientes, vemos que la cruz las sostiene a todas. ¡Cuán precioso es seguir la huella, desde Mateo hasta Juan, de una senda de tanta belleza moral! ¿Estuvo el Señor Jesús desempeñando sus funciones oficiales aquí abajo? No; Él estuvo aquí en forma de siervo. Mas cuando le consideré así, se me invitó a mirar a lo alto, para contemplar no ya una persona que anda con perfecta belleza moral, sino a Quien fue invitado con juramento a sentarse a la diestra de la Majestad en medio de los esplendores gloriosos; a Quien el satisfecho corazón de Dios hizo sentar allí sin posibilidad de reconsideración. Dios había colocado a Adán en Edén con el objeto de ponerlo a prueba. Pero en los cielos hizo sentar a Cristo y no se arrepentirá de ello.

 

Y ahora leemos lo que revela la perfección de Su obra como Cordero de Dios, como el gran fundamento de todas esas glorias. Sus glorias morales aquí abajo no habrían tenido la perfección que mostraron si Él no hubiese ido a la cruz para morir allí. No habría tenido sus glorias oficiales en el cielo si no hubiese ido a la cruz. Cuando el Señor Jesús fue colgado en el madero maldito como el Cordero de Dios, se podía leer en todas las lenguas, por encima de su frente ensangrentada, la inscripción: “Éste es el Rey de los judíos.” Estos últimos procuraron borrarla, pero Dios no lo permitió. Él quiso que toda la creación supiese que la cruz era el título para su reinado. La inscripción que Pilato escribió en la cruz, y que Dios conservó allí, es excelentísima.

 

Y ahora, habiendo admitido que la cruz constituye el fundamento de la gloria, como lo afirma la inscripción de Pilato, decidme qué es lo que sostiene a la cruz misma. ¿Carece la cruz de fundamento? El secreto se revela en estos capítulos: como la cruz sostiene vuestras esperanzas, así es la Persona la que sustenta a la cruz. La gloria personal de Cristo es el sostén de la cruz. Si Él hubiese sido menos que Dios manifestado en carne, todo lo que hizo no tendría más valor que el agua derramada sobre la tierra. La cruz es el sostén de todo este inmenso misterio de glorias oficiales, milenarias y eternas, y la Persona es el sostén de la cruz. Es preciso que Él sostenga su propia obra y que su obra lo sostenga todo. Éste es precisamente el argumento de estos capítulos.

 

Un velo constituía separación entre el lugar donde ministraban los sacerdotes y el lugar místico de la habitación de Dios. Ese velo significaba que la época levítica no daba al pecador ningún acceso a la presencia de Dios. ¿No había sacrificios? Sin duda que sí, y el altar de Dios los aceptaba. Pero eran “ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto” (9:9). Entonces Cristo se presenta de una manera admirable a vuestro corazón y reclama una nota de admiración. “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos... santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (v. 13-14).

 

Tras examinar el antiguo tabernáculo, ver la miseria de sus elementos y comprobar que la sangre de los toros no puede introduciros en la presencia de Dios, desviad vuestras miradas de toda esta insuficiencia, dirigidlas a la perfecta suficiencia de la sangre de Jesús y exclamad a viva voz: «¡Cuánto más la sangre de Cristo limpiará nuestras conciencias!» Es así cómo debéis venir a la cruz, poniendo a un lado toda duda y razonamiento y abismándoos en admiración. Lo que el Espíritu hace es tomaros de la mano cariñosamente para conduciros al altar del Calvario y deciros quién es la víctima cuya sangre es derramada allí. Nadie más que Aquel que estaba personalmente libre podía decir: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad.” ¿Tenéis vosotros derecho a poseer una voluntad? ¿Lo tienen Miguel o Gabriel? La ocupación de éstos es hacer Su beneplácito, pero he aquí Uno que podía ofrecerse sin mancha a Dios. “Cuánto más”, pues, un sacrificio semejante limpiará nuestras conciencias y nos introducirá de inmediato a la presencia del Dios vivo. Esto es lo que me ha autorizado a decir que, cuando contemplamos sus glorias —sus glorias oficiales— vemos que la cruz es el sostén de todas ellas. Pero el alma que no conoce la gloria personal del Señor, no conoce positivamente nada. Ése es el secreto que halláis aquí. Aquel para el cual Dios había preparado un cuerpo, por el Espíritu eterno satisfizo el altar; sí, satisfizo las exigencias del altar de bronce antes de entrar en el santuario santo para desempeñar el oficio de Sacerdote de Dios. Y la expiación mana de la satisfacción. Si descubro que el sacrificio de Cristo ha respondido a las exigencias del altar de bronce, veo que mi reconciliación está sellada y arreglada por la eternidad.

 

La epístola a los Efesios os dice que os mantengáis sobre esta base y consideréis todas las glorias de vuestra condición celestial en Cristo. La epístola a los Hebreos os muestra las glorias de la condición presente de Cristo en unos trescientos versículos. ¡Qué mundo de maravillas abren éstos!: vosotros fundados sobre lo que Cristo ha hecho, y lo que Él ha hecho, fundado sobre lo que Él es.

 


 

Capítulo 10:19-39

 

Llegamos ahora a otra bella porción de la epístola, y, según lo dimos a entender, a una nueva división de la misma. Leeremos desde el versículo 19 hasta el final del capítulo 10. Habréis observado la estructura general de las epístolas. Considerad, por ejemplo, la epístola a los Efesios. Los tres primeros capítulos tratan de la doctrina y los tres últimos de su aplicación moral. Lo mismo ocurre en Colosenses, en Gálatas, en Romanos, etc. En la epístola a los Hebreos ocurre lo mismo, y precisamente ahora estamos abordando la aplicación práctica de lo que vimos anteriormente.

 

«Ahora adornan al trono celestial las plenas glorias del Cordero», como lo expresa un bellísimo himno del Dr. Watts. Hemos estado contemplando esto constantemente durante todo el curso de esta epístola. Pero, permitidme preguntaros: ¿Hay en “estos postreros días” alguna gloria que no se vincule con el Señor Jesús en el cielo? Me diréis que toda gloria le pertenece, y lo admito; mas yo os digo que debéis ver glorias que se conectan con vosotros mismos. Tal es la maravillosa obra de Dios que ha hecho del pobre pecador una criatura gloriosa. Estos postreros días que han puesto a Cristo en lo alto, en medio de las glorias, han puesto aquí abajo, en medio de las glorias, al pobre pecador que cree.

 

Es mi deseo que vosotros y yo ciñamos nuestros lomos para aprehender estas glorias. No esperamos el reino para verlas. ¿No es una gloria para vosotros tener la conciencia purificada? ¿No es una gloria tener pleno derecho a estar en la presencia de Dios sin el menor rubor? ¿No es una gloria llamar Padre a Dios, tener a Cristo como nuestro precursor en los lugares celestiales, penetrar en el Lugar Santísimo sin un escalofrío en la conciencia, ser introducidos en los secretos de Dios? Si podemos elevar nuestros corazones y decir: “Abba, Padre”; si podemos elevar nuestros corazones y exclamar: “¿Quién condenará?” o “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”; si podemos creer que somos hueso de sus huesos y carne de su carne; que somos parte de la plenitud de Cristo, ¿dirá alguno que no hay ninguna gloria en todo eso? De modo que esta epístola nos introduce en los pensamientos más preciosos. Ella me dice que eleve mi mirada al cielo para ver a Cristo adornando el trono y que la baje a la tierra para ver al pobre pecador brillando en el estrado de Sus pies.

 

El mundo no percibe nada de estas glorias. Nosotros las vemos solamente en el espejo de la Palabra, por medio de la fe; no obstante, afirmo con toda osadía que no aguardo el reino para saber lo que es la gloria. Miro hacia arriba y veo al Cordero en las glorias que ha adquirido; miro hacia abajo y veo al santo en las glorias que le han sido dadas. Y de allí parte la aplicación moral.

 

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo” (v. 19). Allí me veo a mí mismo; ¿y dirá alguien que no hay gloria en una condición semejante? Ése es mi título. La exhortación aquí es que disfrutéis de vuestro título. Hacerlo es obedecer. La primera cosa que le debéis a Dios es gozar de lo que Él os ha hecho y de lo que os ha dado. “Acerquémonos.” Haced uso de vuestro privilegio. Es el primer gran deber de la fe, y me atrevo a deciros que es el más agradable. ¡Qué estrechez la nuestra cuando se trata de gozar de estas glorias! ¿Jamás os contemplasteis en el espejo de la Palabra? Estamos muy acostumbrados, lamentablemente, a contemplarnos en el espejo de las circunstancias, en el espejo de nuestras relaciones. Mas si, en el secreto de nuestros corazones, podemos exclamar con un transporte de alegría espiritual: «¡Soy un hijo de Dios!»; si con la misma exultación de espíritu podemos exclamar: «¡Soy coheredero con Cristo!», entonces comenzamos a obedecer. Eso es exactamente lo que somos invitados a hacer: “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe.”

 

Debemos considerarnos a nosotros mismos como el sacerdocio de Dios. Los sacerdotes de la antigüedad eran lavados en el momento de entrar al tabernáculo para servir al Señor. El lugar de la propia presencia de Dios no debía ser manchado por el pie del sacerdote, el que entraba en una condición acorde con la dignidad del lugar. ¿Vivís en la presencia de Dios a lo largo de todo el día, conscientes de que sois dignos de tal lugar? ¿Cómo seréis presentados delante de Él dentro de poco? Judas os lo dice: “sin mancha delante de su gloria con gran alegría”. Sabed que estáis en Su presencia ahora irreprochables, sin mancha. No podríamos situarnos demasiado bajo en la carne y no podríamos situarnos demasiado alto en Cristo. Hallamos mucho más fácil —si uno puede hablar por los demás— rebajarnos en cuanto a la carne que magnificarnos en Cristo como el Espíritu lo hace aquí. Ahora, habiendo entrado en el Lugar Santísimo, Él me dice lo que debo hacer ahí. Si conozco mi derecho a estar en la presencia de Dios, es preciso que también yo sepa que estoy allí como heredero de la gloria prometida; estoy allí para ser guardado hasta que la gloria brille. Nosotros somos testigos de una categoría de glorias, así como el Señor Jesús es testigo de otra clase de glorias. Estamos en un lugar en el que abundan las riquezas; y, habiendo entrado allí, tenemos que asir nuestra esperanza sin vacilar: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza.” Si entramos sin ningún temblor, sin temblor también debemos asir nuestra esperanza. A eso nos ha llamado nuestro Dios. Estamos allí con plena confianza; y, hallándonos allí, debemos hablar de nuestra esperanza. Pero debemos hablar también el lenguaje de la caridad, “para estimularnos al amor y a las buenas obras”. ¡Qué servicio tan exquisito! ¿Quién puede expresar las bellezas de estas cosas?

 

“No dejando de congregarnos... sino exhortándonos.” Cuando entramos en la casa, ¿qué tenemos que hacer juntos? ¿Permanecer abatidos por el sentimiento profundo de nuestra ruina? No; sino exhortarnos unos a otros al amor y a las buenas obras. Éstas son las actividades de la casa. Habitamos juntos una casa feliz, exhortándonos los unos a los otros, y tanto más cuanto señalamos al cielo y decimos: «Mirad, la aurora se acerca; el cielo se esclarece.» Necesitamos exhortarnos mucho más unos a otros para conocer nuestra dignidad en Cristo que conocer nuestro degradante estado moral. Es muy necesario conocernos como pobres e indignas criaturas y es muy conveniente la confesión; pero ceñir nuestro entendimiento para comprender plenamente la dignidad de la que estamos revestidos, conviene muchísimo más a nuestra posición sacerdotal que estar siempre en lo profundo. “De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo” (Salmo 130:1). Pero aquí nos vemos aceptados, manteniendo nuestra esperanza sin fluctuar, exhortándonos unos a otros y diciendo, al mirar al oriente del firmamento: “el día viene”.

 

Después de haber sido conducidos así hasta el versículo 25, el apóstol introduce un pensamiento solemne que tiene que ver con el pecado voluntario. Leemos la contraparte de esto en Números 15, en donde se considera el pecado de soberbia (v. 30). Bajo la ley había dos tipos de ofensa. Un hombre podía hallar una cosa que pertenecía a su prójimo y comportarse deslealmente al respecto, o bien podía mentir a su prójimo; estaba prevista para los pecados de este tipo una ofrenda (el sacrificio por la culpa). Pero si un hombre recogía leña en día de reposo, debía ser apedreado de inmediato. No quedaba para él “sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego”. Era un pecado cometido con soberbia; insultaba al Legislador en su propia cara. Éste es el pecado voluntario del Nuevo Testamento; es ultrajar al Dios de esta dispensación como aquel que recogía leña ultrajaba al Dios de la ley. No debemos ser indiferentes en cuanto al pecado; si cometemos el menor pecado, debemos tener el corazón contrito y quebrantado. Pero no es eso lo que se contempla aquí. Aquí se trata de la apostasía del cristianismo.

 

Luego, tras llegar al versículo 31, el apóstol les exhorta a “traer a la memoria los días pasados”. Permitidme preguntaros si vosotros todos recordáis el día en el que fuisteis iluminados. Alguno quizá diga: «La luz alumbró progresivamente sobre mí.» Tal pudo haber sido el caso de Timoteo; he pensado a menudo que Timoteo, bajo la educación de su piadosa madre, pudo haber pasado inadvertidamente a formar parte del rebaño de Dios. Pero la mayoría de los creyentes conocen el día en que fueron iluminados. Si hay en la historia del alma un momento de energía moral, ese momento es el día en que ella recibió la vida. ¿Por qué vosotros y yo no hemos conservado la fuerza de ese momento? ¿Es un Jesús diferente el que tenemos ahora? Si yo sé que otrora hubo un día en que no había nada en común entre Dios y yo, y que ahora ha llegado el día en que todo terminó entre el mundo y yo, sé lo que es el cristianismo práctico. ¿Cuál era ese día que los hebreos eran invitados a traer a la memoria? El día en que, después de haber sido iluminados, “sufrieron con gozo el despojo de sus bienes”. Y ¿por qué sucedió esto? Los ojos de ellos estaban puestos en una mejor herencia. Dejad que me posesione del objeto más rico y poco me importará que el más pobre desaparezca.

 

Podemos dar cuenta de la victoria sobre el mundo tan fácilmente como la podemos dar del acceso a Dios. Allí está precisamente, diría yo, el nudo de la epístola. Ella os introduce dentro del velo y, por consecuencia, fuera del campamento. En el cristianismo, según su maravilloso y divino carácter moral, la gracia y la sangre de Cristo obran de una forma exactamente opuesta a la mentira de la serpiente. La mentira de la serpiente hizo de Adán un extranjero para Dios y le hizo tomar por patria este mundo contaminado: el hombre estaba en el campamento y fuera del velo. El cristianismo modificó esa situación. Él nos restablece en nuestra ciudadanía en la presencia de Dios y nos da el carácter de extranjeros en el mundo. El versículo 35 de este capítulo es precisamente el que liga estas cosas.

 

Mantened firme vuestra confianza y éste será el secreto de vuestra fuerza. ¿En quiénes vemos la victoria sobre el mundo? En aquellos que son los más felices en Cristo. ¿Por qué nos arrastramos tan miserablemente en los asuntos de este mundo? Porque no somos tan felices en Cristo como deberíamos serlo. Presentadme una alma que tenga plena libertad y gozo en la presencia de Dios y yo os mostraré que ella ha logrado vencer al mundo.

 

Luego el apóstol nos dice que entre el día en que hemos sido iluminados y aquel en que seremos glorificados debe transcurrir una vida de paciencia. No debo contar con una senda de placer, holganza y prosperidad; no debo contar con ser mañana más rico o más distinguido de lo que soy en este día, sino que debo contar con una senda de paciencia. Y ¿no hay gloria en eso? Sí, pues hallamos en ella la compañía de Cristo. No puede haber para nosotros mayor gloria que la de ser compañeros de nuestro Señor rechazado. Ésa es nuestra senda. “Y si (alguno) retrocediere, no agradará a mi alma.” Dios no se avergonzó de ser el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, pues ellos fueron extranjeros aquí; pero si nosotros nos convertimos en ciudadanos de este mundo en lugar de ser extranjeros, si concertamos alianza con él, Aquel que pudo decir: «Yo soy el Dios de mis extranjeros» dirá del ciudadano del mundo: “no agradará a mi alma”.

 

Dios quiera que nos exhortemos unos a otros al amor y a las buenas obras, y, señalando hacia el oriente del firmamento, digamos: “¡El día viene!” Amén.

 


 

Capítulo 11

 

Hemos llegado al capítulo 11. Creo que señalamos que el versículo 35 del capítulo 10 es un eslabón que vincula los dos grandes pensamientos de la epístola, a saber, que el cristianismo nos coloca dentro del velo y fuera del campamento, es decir, deshace la obra de Satanás, la cual nos había hecho extranjeros de Dios y ciudadanos de un mundo corrompido. La religión del Señor Jesús viene precisamente a desbaratar la obra de Satanás. Nada puede ser más bello que la antítesis entre la serpiente y Aquel que la hiere.

 

El “grande galardón” se revela en la vida de fe, la cual nos va a ocupar ahora. Nosotros somos llamados —como dice John Bunyan— a «desempeñar el papel de hombres» (cf. 1.ª Corintios 16:13). Si somos felices dentro, debemos combatir fuera. Este capítulo 11 nos muestra a los escogidos de todos los siglos «desempeñando el papel de hombres» con el poder de este principio de confianza. “No perdáis, pues, vuestra confianza”, pues muestra así que ella tiene “grande galardón”. La fe es un principio que distingue en Dios dos cosas diferentes. Ella lo ve como el que justifica al impío, como, por ejemplo, en Romanos 4; pero aquí ella ve en Dios al “galardonador de los que le buscan”. Ni bien captáis a Dios por medio de una fe que no hace obras, entráis en una fe que hace obras. Y mientras abrigamos con justicia una fe que salva nuestras almas, no seamos indiferentes a una fe que sirve a nuestro Salvador. Cuán intrépidamente a veces afirmamos nuestro derecho a la herencia, pero ¿valoramos nuestra herencia? Es una cosa muy infeliz y miserable jactarnos de nuestro título y, no obstante, mostrar que el corazón está poco impulsado por la esperanza de la herencia. De igual modo, si me jacto de una fe justificante, es una pobre cosa ser indiferente a la fe que tenemos aquí en el capítulo 11. “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” Se os dice seguidamente que ella, la fe, fue la fuerza de todas las personas eminentes de la antigüedad, quienes, por medio de ella, “alcanzaron buen testimonio”. Es otra prueba de que, como lo dijimos, todo en esta epístola concurre para poner de lado a la ley. Si tomo la ley como el poder secreto de mi alma para hacer lo que sea para Dios, no lo estoy haciendo para Dios sino para mí mismo. La ley puede castigarme, azotarme y conminarme a ganar el derecho a la vida; pero eso sería servirme a mí mismo. La fe pone a la ley a un lado. Seguidamente, tras haber establecido la fe como un principio activo, el apóstol comienza a desarrollar los diferentes aspectos de la misma desde el principio. Yo creo que el versículo 3 puede referirse a Adán. Si Adán fue un adorador en el huerto, lo fue por la fe, y por ella pudo haber mirado todas las maravillas que le rodeaban y haber comprendido al gran Artífice.

 

Algunos dicen que todavía pueden adorar a Dios en la naturaleza; pero, cuando perdemos la inocencia, perdemos la creación como templo y no podemos volver allí. La naturaleza fue un templo para Adán; pero, si vuelvo allí, vuelvo a Caín. Aquí llegamos a Abel y a la revelación. Nosotros somos pecadores, y la revelación —que hace conocer la redención— debe edificarnos un templo. Vosotros debéis tomar vuestro lugar como adoradores en el templo que Dios ha edificado en Cristo para vosotros.

 

Entonces llegamos a Enoc. Su vida no salió de lo común; pero él la pasó con Dios. En Génesis se nos dice que caminó con Dios, y aquí se nos dice que agradó a Dios. Como lo expresa el apóstol en 1.ª Tesalonicenses 4: “aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios”. Caminar con Dios es agradarle. ¿Hay algo que pueda ser más bienvenido para nosotros que el pensamiento de que podemos dar complacencia a Dios? No hubo nada en la vida de Enoc como para hacer una historia; pero, cualquiera sea nuestra condición de vida, nuestra ocupación es que en ella caminemos con Dios. Es hermoso ver cómo una vida, que no tiene nada notable para este mundo, precede a una vida plena de grandes acontecimientos. A veces se oye a alguien decir: «Soy un pobre ser inadvertido, mi vida es muy común comparada con la de otros creyentes que han sido distinguidos en el servicio del Señor.» «Pues bien —le respondería yo— ¡sois un Enoc!»

 

Pero la vida de Noé fue muy distinguida. Su fe captó la advertencia. La fe no espera el día de la gloria o el día del juicio para ver la gloria o el juicio. La fe, en el profeta, no demandaba que sus ojos fuesen abiertos. Aquí, la fe durante ciento veinte años parecía una insensatez. ¡Noé estaba construyendo una embarcación para tierra firme! Bien puede haber sido el hazmerreír de sus vecinos, pero veía lo que era invisible. ¡Qué reproche para nosotros! Suponed que vosotros y yo viviésemos toda una vida comandada por la gloria venidera, ¡de qué manera el mundo nos tendría por insensatos!

 

Mas no debo pasar por alto la frase que tomé por texto: “Dios es galardonador de los que le buscan.” Afirmo de nuevo, con plena certidumbre, que vosotros no habríais querido hallar esta definición de la fe en Romanos 4: un “galardonador de los que le buscan”. «¡Cómo! ¡Qué lenguaje legalista!», dirían algunos si leyesen esto en un libro. ¡Ah!, pero es hermoso con el sentido que tiene aquí. La fe de un santo es algo que actúa con fuerza. ¿Será Dios deudor de alguno? No. Él remunerará a los que siembran liberalmente.

 

Luego sigue la vida de Abraham, la que nos presenta un cuadro de los diversos ejercicios de la fe. Hubo en su fe una magnificencia especial, un carácter victorioso, un fino discernimiento, cualidades todas éstas que resaltan en la vida de Abraham. Él salió de Ur con los ojos vendados; pero el Dios de gloria lo condujo de la mano. Y así llegó a la tierra prometida; pero no le fue dado ni un solo pie de ella. Tuvo que tener la paciencia de la fe; pero cualquier cosa que viniera de los labios de Dios era algo precioso para Abraham. Él anduvo toda su vida merced al poder del recuerdo de lo que había visto bajo la mano del Dios de gloria.

 

Ahora, si os dijese que la visión de Esteban ha pasado ante cada uno de vosotros, no tendríais necesidad de esperar la misma visión que contempló Esteban, pues la habéis visto en él. Se os puede llevar a la hoguera, mas vosotros podéis decir: “Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios.” Si vosotros y yo somos sencillos, si somos de corazón sincero, iremos hacia adelante como lo hizo Abraham cuando hubo visto al Dios de gloria.

 

La fe de Sara fue diferente. Debemos ver a Dios como vivificador de los muertos. Noé comprendió así a Dios. Los israelitas, bajo el dintel ensangrentado, lo recibieron de la misma manera. La muerte estaba allí y hacía su obra en cada casa del país; pero los israelitas conocían a Dios como el vivificador de los muertos. Así fue cómo Noé, Abraham y Sara comprendieron a Dios. Si yo hago a Dios menos que el vivificador de los muertos, me hago a mí mismo más que un pecador muerto. Debo encontrarlo como vivificador de los muertos.

 

El versículo 13 es hermoso. Lo primero que hay que hacer con respecto a una promesa es apoderarse de ella; luego, ejercitar la fe a su respecto y, por último, recibirla con el corazón. “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo.” Sus corazones abrazaron las promesas. ¿Hasta dónde las ha abrazado mi corazón? Cada uno conoce su propia flaqueza. Pero seguramente cuanto más las abracemos, más dichosamente consentiremos en ser peregrinos y extranjeros en este mundo. Éste es un maravilloso retrato de un corazón arraigado en la fe. ¿Se consideraban extranjeros porque habían dejado la Mesopotamia? No; sino porque no habían llegado al cielo. Ellos habrían sabido hallar el camino de vuelta. Abraham podría habérselo indicado a Eliezer. Pero eso no habría modificado su condición de extranjeros.

 

Si sufrierais un cambio en vuestras circunstancias, ¿os despojaría ello de vuestra condición de extranjeros? No si sois parte del pueblo de Dios. Volver a la Mesopotamia no cambiaría en nada vuestra condición. Nada podía poner fin a su condición de extranjeros, salvo la posesión de la heredad. Ellos proseguían su camino al cielo, y Dios no se avergonzó de llamarse Dios de ellos.

 

En el capítulo 2 leímos que Cristo no se avergüenza de llamarnos hermanos, y ahora leemos que Dios no se avergüenza de llamar suyos a estos extranjeros. ¿Por qué razón Cristo no se avergüenza de llamarlos hermanos? Porque ellos están asociados con Él en el mismo propósito eterno de Dios. Cristo y sus elegidos están englobados en una misma familia. ¿Cómo podría avergonzarse de tal pueblo? Y si vosotros habéis dejado las filas del mundo, Dios no se avergüenza de vosotros, pues Él mismo ha roto con el mundo y no podría avergonzarse de vosotros por cuanto participáis de un mismo sentir con Él. Por tanto, cuando ellos se consideraron extranjeros, Dios se llamó a sí mismo Dios de ellos. Nuestros corazones reciben aquí durísimos reproches. ¡Cuán lentos son para terminar con toda alianza y toda amistad con el mundo!

 

En seguida vemos a Abraham bajo otro aspecto. Todas sus esperanzas dependían de Isaac. Dar por perdido a Isaac no sólo parecía un fracaso en el mundo sino también en cuanto a Dios. Él habría podido decir: «¿Voy a perderlo todo, las promesas de Dios y la heredad en Mesopotamia?» La fe no habría podido verse más apremiada. ¿Nunca habéis tenido temor de que fracasara lo que le habéis confiado a Dios? ¿Se ha alejado Él para no volver jamás? Pues bien, Abraham recobró a Isaac en figura, sellado como un nuevo testigo de la resurrección. ¿Hemos perdido algo alguna vez por confiar en Dios con los ojos cerrados? Si alguna vez hubo alguien que confió en Dios ciegamente, ése fue Abraham.

 

Después de él nos encontramos con Isaac. Éste mostró su fe bendiciendo a Esaú y a Jacob respecto de cosas por venir. Ésta es la única y pequeña instancia de su vida que el Espíritu considera. Si investigamos su vida, en ella hallaremos la obra eminente de la fe. Ese acto eclipsa todo lo demás a los ojos de Dios.

 

Jacob es más notable, así como Noé había sido más notable que Enoc. Su vida estuvo llena de acontecimientos; pero lo único que se señala aquí es que “por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José”. Esto es exquisitamente bello. Nos muestra cuántas cosas sin valor puede haber en la vida cristiana. Yo no creo que la vida de Jacob nos presente a un siervo de Dios; ella es el cuadro de un santo que se extravió y que dedicó toda su vida a volver. El acto de fe que nos es relatado acerca de él se sitúa al final de su vida, cuando “bendijo a cada uno de los hijos de José”. Entonces entró en contacto con las cosas invisibles, aquellas que se interpusieron al curso de la naturaleza. Su vida fue la de un hombre que se restablecía; y justo al final de ese largo camino de recuperación cumplió este hermoso servicio de fe hacia Dios, pese a los resentimientos de su propio corazón y a las protestas de su hijo José.

 

Pero la vida de José es una vida hermosa, una vida de fe desde el principio. José fue un hombre santo a través de toda su marcha; pero hubo un magnífico resplandor de fe justamente al final. Él tenía su mano sobre los tesoros de Egipto y su pie sobre el trono de ese imperio; sin embargo, en medio de todo eso habló de la partida de sus hermanos. Eso era ver las cosas invisibles, y es lo único que el Espíritu ha señalado como un acto de fe. ¿Por qué habló de esta manera? Es como si hubiese dicho a sus hermanos: «¡Ah! no ando por vista; sé lo que va a acontecer, y os hago saber que saldréis de esta tierra. Cuando partáis, llevadme con vosotros.»

 

El curso general de su vida fue intachable; no obstante, en las palabras que pronuncia en el momento de su partida hallamos la más excelente expresión de su fe. Y es lo que ahora necesitamos vosotros y yo. ¿Necesitamos ser justos solamente? Lo debemos ser; pero ¿constituirá eso una vida de fe? Debéis procurar estar bajo el poder de las cosas que se esperan, de lo que no se ve, esperando el retorno del Señor; y, si no lo hacéis con energía, podéis ser intachables, pero no estáis andando en esa vida de fe por la cual “alcanzaron buen testimonio los antiguos”. De modo que hasta allí vemos a la fe como un principio operante. No es la fe del pecador, la cual es una fe sin obras. Desde el momento en que la fe sin obras ha hecho de mí un santo, debo tomar posesión de la fe activa y vivir por el poder de ella.

 

Pero sigamos. No olvidemos lo que señalamos, a saber, que todo este capítulo 11 se vincula con el versículo 35 del capítulo 10, del cual es una ilustración. Cuanto más fuerte sea nuestra fe, más potente será también nuestra energía moral. Este capítulo nos muestra cómo el principio de la fe ganó la batalla. No lo leáis como si fuera para gloria de Noé, de Abraham, de Moisés y de otros: es para gloria de la fe tal como se desplegó en esos santos. ¡Qué cosa tan sencilla y bendita es el cristianismo! Me quedo admirado de él cuando veo cómo el diablo ha causado un doble daño al ponernos fuera del velo y dentro del campamento, y cómo la obra de Cristo ha provisto el doble remedio correspondiente. ¿Me regocijo con el pensamiento de que he ganado a Dios al perder al mundo? Eso es cristianismo.

 

“Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso.” ¿Qué significa esto? Significa que, cuando nació, había en su semblante una expresión que la fe leyó. “Hermoso para Dios” es la expresión[2]. Había cierta hermosura en él que despertó la fe de Amran y Jocabed, y ellos obedecieron. ¿No hubo hermosura en el rostro de Esteban, el mártir? ¿No debieron haberla obedecido sus asesinos? ¡Qué contraste moral con los padres de Moisés, quienes, bajo el dedo de Dios, discernieron Su propósito y escondieron al niño!

 

Moisés nos ofrece luego un bello cuadro del poder de la fe. Ésta logró una triple victoria —tres espléndidas victorias—, las mismas victorias que se nos exhorta a lograr.

 

En primer lugar, su fe obtuvo la victoria sobre el mundo. Fue un niño expósito, sacado del Nilo y adoptado como hijo por la hija de Faraón, lo cual le hizo pasar de una condición miserable a las magnificencias reales. ¿Qué hizo con ellas? Él “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón”. ¡Qué victoria sobre el mundo! A nosotros nos agradan las cosas que nos confieren honor en este mundo. Moisés no las quiso; y estoy seguro de que hoy todavía la fe es convocada a luchar en el mismo campo de batalla y es llamada a obtener la misma victoria.

 

Luego vemos a Moisés obteniendo la victoria en medio de las pruebas y las alarmas de la vida. “Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey.” ¡Qué cosa terrible para la naturaleza es la vida de fe! Habéis obtenido una victoria hoy y debéis estar firmes aún mañana. “Para que podáis resistir... y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:13). Después que Moisés le dio la espalda a los placeres de la vida, se abatieron sobre él las dificultades y los sufrimientos.

 

Después, en una tercera instancia, Moisés responde a las demandas de Dios. Es sublime ver una alma envuelta por el poder de una fe como ésta. “Por la fe celebró la pascua.” El ángel destructor pasaba por toda la tierra de Egipto, pero la sangre estaba en el dintel. Desde el principio mismo la gracia proveyó al pecador una respuesta a las demandas de Dios, y el simple oficio de la fe es prevalerse de esta respuesta. Dios proveyó la sangre y la fe echó mano de ella. Cristo es la provisión de Dios para el pecador, la gran ordenanza de Dios para la salvación, y la fe viaja junto con Él desde la cruz hasta los dominios de la gloria.

 

Luego, “por la fe pasaron el mar Rojo... por la fe cayeron los muros de Jericó... por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes”. Y ¿qué más diremos? Tal es la historia que anima toda la Escritura: la historia de la gracia y de la fe; la gracia de parte de Dios y la fe de nuestra parte. Nunca somos llamados a salir del campamento antes de estar dentro del velo.

 

Los primeros capítulos de esta epístola muestran al pecador su título para entrar y morar en la presencia de Dios; y luego, saliendo de esta morada, se nos insta a decirle al mundo que somos extranjeros en medio de él. Tal es la estructura de esta hermosa epístola. Ella nos señala nuestro derecho a estar en la presencia de Dios antes de hacernos oír el llamamiento que nos formula. Antes de que Abraham fuese llamado a salir de una tierra que le era desconocida, el “Dios de la gloria” se le apareció (Hechos 7:2). ¿Envió Él alguna vez a un hombre a la guerra por su propia cuenta y riesgo? ¿Os envía alguna vez a luchar con el mundo antes de que estéis en paz con Él mismo? Todo está a mi favor desde el momento en que me vuelvo hacia Dios. Dios me llama y en Él lo tengo todo. He venido “al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial”, etc. Éste es el capítulo 12. Antes de que David fuese perseguido como una perdiz, tenía sobre él el aceite de la unción de Dios.

 

Debemos detenernos un poco en los dos últimos versículos. Son muy importantes, preciosos y fecundos. Estos hombres de antaño alcanzaron buen testimonio, pero no recibieron lo prometido. Esto me recuerda al profeta Malaquías: “y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe” (3:17). Ellos no han sido constituidos todavía “su especial tesoro”, pero Él ha consignado sus nombres en su libro y pronto los manifestará públicamente como sus tesoros. Y lo mismo ocurre con estos antiguos. ¿Por qué no han obtenido todavía lo prometido? Porque nosotros debíamos entrar primero en los ricos ornatos de la actual dispensación, la del Evangelio, pues, de lo contrario, todo lo que ellos tenían en su pobre dispensación jamás les hubiera sido de provecho. La palabra “mejor” aparece constantemente en esta epístola. “Un mejor pacto”, “proveyendo Dios... cosa mejor para nosotros”, “la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”, etc. Y también se emplea constantemente el término “perfecto”, por cuanto ahora todo ha sido perfeccionado. Todo lo que contribuye al reposo de Dios ahora es perfecto, como lo hemos dicho ya, y Dios no espera ninguna otra satisfacción fuera de Cristo. Sus demandas han sido satisfechas, su gloria reivindicada, su carácter declarado, y todo eso en Cristo.

 

Ahora bien, ¿qué será esa “mejor cosa” del último versículo? Si no hubiéramos introducido a nuestro Cristo, por así decirlo, nada habría sido hecho. Al introducir Dios a Cristo en esta dispensación, todos los santos de antaño, que dependían de ella, pudieron ser perfeccionados. Dado que esta epístola, bajo uno de sus aspectos, se nos presenta como un tratado sobre la perfección, pasaremos a considerarlo ahora brevemente. Así, en el capítulo 2 leemos que convenía a la gloria de Dios darnos un Salvador perfecto. No sólo era una cuestión de mi necesidad, sino de lo que requería la gloria de Dios. “Convenía a aquel” —consultando Su propia gloria— dar al pecador un “autor” para comenzar la salvación, y un «capitán»[3] para terminarla. La diferencia entre un autor y un capitán es precisamente la que existe entre Moisés y Josué. Moisés fue el autor de la salvación cuando sacó de Egipto a los pobres cautivos. Josué fue el capitán de la salvación cuando condujo a aquéllos, a través del Jordán, a la tierra prometida. Cristo es Aquel que nos conduce tanto a través del mar Rojo como del Jordán, Aquel que hizo la obra inicial de Moisés y la obra consumadora de Josué.

 

Después, en el capítulo 5, leemos: “y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación”. No se trata de perfección moral todos sabemos que Él fue moralmente inmaculado sino de perfección como “el autor de la salvación”. Nunca hubiese sido perfecto en este sentido si no hubiese ido hasta la muerte, pero, así como convenía a Dios darnos un Salvador perfecto, de igual manera convenía a Cristo hacerse a sí mismo un Salvador perfecto. Luego, en el capítulo 6, leemos: “Vamos adelante a la perfección”; es como si el apóstol dijera: «Aprendamos nuestra lección sobre este tema.» Algunos interpretan esto como si debieran proseguir hasta no hallar más pecado en ellos. Aquí no se trata de eso. Es como si el apóstol dijese: «Os voy a leer un tratado sobre la perfección; venid, pues, y aprended esta lección conmigo.»

 

Luego, él prosigue con el tema en el capítulo 7. No podéis dice hallar esta perfección en la ley: “nada perfeccionó la ley”. Debéis mirar a otro lado. Por ley no se quiere significar aquí los diez mandamientos, sino las ordenanzas levíticas. En medio de estos “pobres rudimentos” debéis buscar la perfección en otra parte. En consecuencia, el capítulo 9 os muestra que ella está en Cristo, y os declara que, desde el momento que la fe tocó la sangre, la conciencia es purificada; y el capítulo 10 dice que, desde el momento que Cristo os toca, sois perfeccionados para siempre. No se trata de impecabilidad moral en la carne; aquí no hay nada de eso.

 

Ni bien Cristo toca el apostolado, lo perfecciona. Ni bien toca el sacerdocio, lo perfecciona. Ni bien toca el altar, lo perfecciona. Ni bien toca el trono, lo perfecciona. Y si Él perfecciona estas cosas, quiere también a vosotros, pobres pecadores, perfeccionaros en cuanto a vuestra conciencia. Esta epístola es, pues, considerada bajo este notable aspecto, un tratado sobre la perfección. Dios os dio un Salvador perfecto; Cristo se hizo a sí mismo un Salvador perfecto. Vamos adelante a la perfección. Si la busco en la ley, estoy en un mundo de sombras. Cuando vengo a Cristo, estoy en medio de la perfección, «y ahí permanezco yo, pobre gusano», como dice un poeta (Gambold).

 

Estos santos, pues, no pudieron obtener la herencia antes de que nosotros entrásemos, cargados de todas las glorias de la presente dispensación. Pero ahora ellos pueden participar de la herencia con nosotros, cuando llegue el momento. ¡Qué glorias brillan en esta epístola! ¡Qué glorias llenan los cielos, por cuanto Cristo está allí! ¡Qué glorias tienen que ver con nosotros, porque Cristo nos ha tocado! ¿No es una gloria tener la conciencia purificada, entrar con plena libertad al Lugar Santísimo, preguntarle a Satanás «quién es él para meter el dedo en el tesoro de Dios»? Nos arrastramos tímida y cautelosamente, cuando deberíamos penetrar en el seno de estas glorias para estímulo y consuelo de nuestros corazones.

 


 

Capítulo 12

 

Leeremos ahora el capítulo 12. Hemos considerado la doctrina de la epístola. Ahora estamos eminentemente en su parte práctica, sin que por ello deje de brillar la excelencia de la doctrina. Yo quisiera decir primeramente esto. Hemos contemplado los diversos caracteres con los que el Señor ha entrado en el cielo; ahora, en el versículo 1, le vemos en el cielo bajo otro carácter. ¿No es el poseedor de varias coronas? ¿No querríais poner sobre su cabeza una corona real y una corona sacerdotal? ¿Podría tener allí demasiadas coronas? ¡Qué cúmulo de glorias llenan la vista mientras contemplamos a Cristo en el cielo a la luz de esta magnífica epístola!

 

Ahora, entre otros caracteres, le vemos allí como Aquel que perfeccionó una vida de fe en la tierra: “el autor y consumador de la fe”. El consejo de Dios se dedica a coronar a Jesús. Es la delicia del consejo de Dios coronarle; el Espíritu de Dios encuentra su delicia en mostrarle coronado; y es la delicia de la fe verle coronado. Dios, el Espíritu y la fe del pobre pecador creyente se reúnen en torno a Él, ya sea para coronarle o para deleitarse viéndole coronado.

 

Le vemos ahora reconocido en el cielo como Aquel que perfeccionó la vida de fe. Él la recorrió con toda perfección, desde el pesebre hasta la cruz, y ha sido aceptado así en lo más alto de los cielos. Naturalmente que tal vida no podía sino ponerle en conflicto con el hombre. “Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo”, declaración magnífica, henchida del pensamiento de que estuvo “apartado de los pecadores”. Vosotros no os atreveríais a aplicaros este lenguaje a vosotros mismos. Es un estilo demasiado elevado para que convenga a otro que no sea el Hijo de Dios. ¿Se dijo algo parecido de Abraham o de Moisés? No; el Espíritu no habría hablado así de ninguno de ellos. De modo que, cuando ponéis al Señor Jesús en medio de las penas y los sufrimientos de la vida, en compañía de los mártires, le veis, como en todas las otras cosas, teniendo la preeminencia.

 

¡Es tan natural para el Espíritu glorificar a Cristo! Si lo considera desde el punto de vista oficial, como en la primera parte de esta epístola, es fácil verlo con muchas, muchas coronas sobre Él. O, si lo considera aquí, es fácil para el Espíritu poner sobre su cabeza esta corona de particular belleza: “Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo.” Aunque fueseis llamados a la hoguera, vuestro corazón os condenaría si os aplicarais una descripción tal.

 

La cruz, en cierto sentido, fue un martirio. Jesús fue tanto un mártir en las manos del hombre como una víctima en las manos de Dios. Aquí le vemos como mártir, y como tal estamos asociados con Él. “Todavía no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado.” No tenéis mayor enemigo contra el cual combatir que vuestro propio corazón. Fue el pecado en los fariseos, el pecado en la multitud, el pecado en los principales sacerdotes el que llevó al Señor a la cruz. Pero Él nunca tuvo en sí mismo ni pizca de pecado contra el cual combatir. Lo que tuvo que combatir fue el pecado en los demás.

 

El apóstol prosigue y os coloca, como quienes sufren bajo el castigo, en compañía del Padre. Aquí dejamos la compañía de Cristo, pues Él nunca estuvo bajo el castigo del Padre. En el momento en que estoy bajo el azote y la disciplina del Padre, dejo la compañía de Cristo. Estoy íntimamente en su compañía cuando camino en la senda del martirio. No doy un solo paso con Él cuando estoy bajo el castigo del Padre.

 

Así, a partir del versículo 5, estáis en compañía de vuestro Padre celestial. ¡Oh, estas pinceladas sagradas, divinas, que saben cuándo introducir a Cristo y cuándo hacerle desaparecer! ¡Cómo y bajo qué forma de excelencia revelarlo y cómo ocultarlo a nuestros ojos! ¡Hay una gloria, una plenitud en la manera misma en que el Espíritu Santo lleva a cabo su cometido! Cristo marchó a través de la vida sufriendo la contradicción de los pecadores contra sí mismo. En cambio yo la atravieso combatiendo contra el pecado, por lo que tengo que vérmelas con la corrección del Padre, todo lo cual para mí desemboca en una bendita participación de su santidad; pero Cristo no está allí conmigo; aun cuando reunieseis el ingenio de todas las inteligencias de la tierra, ¿podría daros estos toques divinos que relucen en el Libro de Dios?

 

En el versículo 12 somos exhortados a no dejar nuestras manos caídas. No hay razón para que esto ocurra. Aunque estéis bajo el azote, no hay una sola razón para que vuestras manos estén caídas o vuestras rodillas paralizadas. ¿El Espíritu no os ha mostrado en compañía de quién estáis? Primeramente en la de Cristo y seguidamente en la de vuestro Padre, quien os ama. ¿Hay alguna razón para que andéis como si no conocieseis el camino? Ésta es una hermosa conclusión. Todos sabemos la fuerte tendencia que tenemos a dejar caer nuestras manos, pero yo pongo mi sello a cada una de estas palabras, y digo: «Es la verdad, Señor.» No hay razón para estar pusilánimes. Tras llegar allí, el apóstol mira alrededor de sí. No dejéis caer vuestras manos, y, con respecto a los demás, seguid la paz; con respecto a Dios, seguid la santidad. “¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial?”. “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe.” Si consultáis Deuteronomio 29:18, hallaréis mencionada una raíz de amargura, pero diferente de ésta de la que se habla aquí. Allí, brotó de alguno que servía a falsos dioses; aquí, proviene de dejar de alcanzar la gracia de Dios. Toda la epístola tiene como blanco «clavar vuestro oído» (por utilizar el lenguaje de la Escritura) a la puerta de Aquel que habla de la gracia. No se escucha a un legislador, sino a Uno que publica la salvación desde lo más alto de los cielos. Angeles, principados y potestades están todos sujetos a Aquel que efectuó la purificación de nuestros pecados, el cual tomó consigo, en lo más alto de los cielos, nuestra conciencia purificada, y toda lengua que intentara acusarnos es silenciada de inmediato, como lo leemos en Romanos 8 (Ver también 1.ª Pedro 3:21-22).

 

Ahora tened cuidado, no sea que dejéis de alcanzar la gracia así publicada. Ella puede desembocar en el carácter profano de Esaú. Alguien ha dicho que esta referencia a Esaú debe haber sido muy impactante para la mente de un judío. «Si dejáis de alcanzar la gracia de Dios, seréis dejados en la posición de uno a quien vuestra nación repudia.» Poco importa lo que pongáis en el lugar de Cristo; si os apartáis de Él podéis estar mañana en la posición del reprobado Esaú. ¿Cómo se os representa Esaú? Como el tipo de esa generación que pronto dirá: “Señor, Señor, ábrenos.” Pero sus lágrimas serán tan inútiles como las que Esaú derramó junto al lecho de su moribundo padre. Llegó demasiado tarde. De igual modo, una vez que Dios se haya levantado y cerrado la puerta, no hallará eco el arrepentimiento de ellos. Este versículo 17 es muy solemne. Me dice que esa acción de Esaú es la presentación a nuestros pensamientos de lo que está por realizarse todavía en una generación animada por el espíritu de Esaú y en una generación tal solamente. “Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced” (Hechos 13:41). Esaú menospreció su primogenitura, y esta generación rehusó la gracia de Dios y menospreció al Cristo que pasó por este mundo y murió por los pecadores.

 

Después de esto, en el versículo 18 hallamos un magnífico cuadro de las dos dispensaciones. Es como si el apóstol hubiera dicho: «Os he mostrado un camino de martirio, pero ahora os digo que desde el momento que miráis a Dios, todo está a vuestro favor.» La senda de martirio y la disciplina del Padre no son más que adicionales pruebas de amor.

 

Ahora, dejando a Cristo y al Padre, venimos a Dios; y vosotros veis que todos los consejos eternos de Dios se reunieron para hacer de vosotros unos bienaventurados, como se reunieron para hacer de Cristo un glorificado. No tengáis temor. No os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego. Volved las espaldas a éste. Cuanto más resueltamente le haya vuelto yo la espalda, tanto más resueltamente habré satisfecho y respondido a la gracia y sabiduría de Dios y prestado la obediencia de la fe. ¿Debo volver mi cabeza hacia el monte, mirar por encima de mi hombro, echarle alguna ojeada? ¿Es ésa la obediencia de la fe? Entonces, ¿hacia dónde está vuelto mi rostro? Hacia un cúmulo de bendiciones. Yo había sido conducido a la ley por mi propia confianza en mí mismo, y no hallé nada para mí. Ahora he vuelto mi rostro ciento ochenta grados y veo todo para mí. “Os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos.” El Señor, aun en juicio, es por nosotros; pues es el oficio de un juez reivindicar los derechos de los oprimidos. Luego vemos “a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada”. Todo es para vosotros. Ésa es la dirección de la cual no debéis quitar la mirada. Si vuestro rostro está vuelto completamente hacia uno de estos dos montes, daréis enteramente la espalda al otro.

 

Pero este pasaje del capítulo 12 os retrotrae hasta el mismo principio de la epístola. Leemos en el capítulo 2: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor...”. Y ahora leemos: “Mirad que no desechéis al que habla.” Desde el principio hasta el fin el Espíritu está clavando vuestro oído a la puerta de la casa del Señor de gracia.

 

Luego este capítulo culmina de una manera muy solemne: “Nuestro Dios es fuego consumidor”, esto es, el Dios de esta dispensación. ¡Qué alivio escapar del fuego del Sinaí y hallar un refugio en Cristo! Pero no hay socorro alguno si la liberación de Dios es menospreciada. Si volvéis la espalda al refugio que proporciona esta dispensación, no hay más refugio. “Nuestro Dios es fuego consumidor.”

 

Os pregunto: ¿Qué es lo que os pone en compañía de Dios como la simplicidad de la fe? Como ya lo hemos dicho, el propósito de los consejos eternos de Dios y el gozo del Espíritu es poner coronas sobre la cabeza de Cristo; y si yo soy simple en la fe, hallo mis delicias al colmar mi campo visual de esas glorias. Así, me hallo situado en la compañía más excelente: Dios y el Espíritu Santo. ¡Quiera el Señor que vosotros y yo permanezcamos allí! Si sabemos estas cosas, felices, tres veces felices somos si permanecemos en ellas.

 


 

Capítulo 13

 

Estamos llegando al final de la epístola y encontramos allí lo que es común a todas ellas: cierto número de detalles. Es particularmente la estructura de todas las epístolas de Pablo comenzar por la doctrina y terminar con exhortaciones. Lo mismo ocurre aquí. “Permanezca el amor fraternal.” Después (como un hermano puede ser forastero): “No os olvidéis de la hospitalidad.” Y, para estimularlos a cumplir ese deber, el apóstol les recuerda que algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles. Luego sigue otro deber: “Acordaos de los presos”, y el estímulo sigue: “como si estuvierais presos juntamente con ellos”, es decir, tomad vuestro lugar en el cuerpo de Cristo como prisioneros Suyos, no prisioneros en cuanto al cuerpo, sino místicamente. Cuando el apóstol habla de sufrimientos soportados por causa de Cristo, apela a vosotros como miembros del cuerpo místico; pero, cuando se trata de sufrir la adversidad, de ser maltratados (v. 3), apela a la vida natural “como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo”.

 

Seguidamente tenemos los deberes divinos de pureza (v. 4) y de diferenciación con el mundo (v. 5). El carácter no mundano está expresado en las palabras: “contentos con lo que tenéis ahora”, no procurando ser más ricos mañana que hoy. Luego el Señor habla en el versículo 5 y vosotros le respondéis en el versículo 6. Ésta es la respuesta de la fe a la gracia, la respuesta del corazón del creyente al corazón de Dios el Señor. Después viene el deber de la sujeción: “Acordaos de vuestros pastores[4], que os hablaron la palabra de Dios.” No se trata de seguirlos ciegamente, como ocurría con los paganos, arrastrados tras los ídolos mudos (1.ª Corintios 12:2). ¿Debéis ser conducidos con los ojos vendados? No; lo debéis ser inteligentemente: “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.” Somos el pueblo vivo de un templo vivo. De modo que “considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe”, la fe que predicaron y en la cual murieron[5].

 

A continuación el apóstol deja todo eso y parte en el versículo 8 desde otro punto. Este versículo 8 (“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”) puede llamarse el emblema de la epístola. Lo digo bajo un aspecto solamente. Lo que quiero decir es que, como lo vimos antes, el Espíritu de Dios, en esta epístola, considera una cosa tras otra —echando un vistazo a los ángeles, a Moisés, a Josué, a Aarón, al antiguo pacto, a los altares con sus ofrendas— y sucesivamente las hace a un lado para dar lugar a Cristo. Y vosotros no querríais que fuese de otra forma. Ponéis vuestro sello a ese proceder con todo el corazón, con toda el alma. Que todo se desplace y haga lugar a Cristo, y cuando Cristo es introducido, no lo abandonéis por nada del mundo. Esto es lo que tenéis en el versículo 8. El apóstol considera por un instante el objeto de la epístola: «He desplazado todo para introducir a Cristo; ahora conservadlo delante de vosotros.» Ésta es la más preciosa conclusión de toda la enseñanza de la epístola.

 

Pero viene un corolario, una consecuencia: “No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas”, doctrinas ajenas a Cristo. Lo habéis obtenido todo en Cristo; tened cuidado, y aferraos a Él. Si me he apropiado de Cristo como mi religión, me he apropiado de la gracia. “Buena cosa es afirmar el corazón con la gracia.” El Señor está puesto delante de vosotros y delante de mí como la suma de nuestra religión, una religión que exhala gracia para el pobre pecador. Sobre todo, no leáis el versículo 9 como si en alguna medida pudierais afirmar vuestros corazones con “viandas”. Observad la puntuación: una coma después de la palabra “gracia” la separa del final del versículo. La “gracia” allí está en oposición a esas viandas que son los preceptos religiosos mencionados en otro pasaje: “No manejes, ni gustes, ni aun toques.” Ellos no os proporcionan nada, ni provecho ni honra. ¿Acumularíais preceptos religiosos carnales? El capítulo 2 de la epístola a los Colosenses declara que no hay valor alguno en ellos, y el versículo 9 de nuestro capítulo nos dice que “esas viandas nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas”. Cuando se las prueba y escudriña cuidadosamente, resulta que todas son para satisfacción de la carne. Desde el momento en que hallé al Señor, mi corazón se afirmó con la gracia. ¿Nunca habéis oído la observación de que de todas las religiones profesadas en la tierra la única que tiene por secreto la gracia es la religión de Dios? ¡Todas buscan apaciguar a Dios, como si ello fuese posible! La religión de Dios es la única fundada sobre la gracia. Esto es exactamente lo que nos es presentado aquí. No os dejéis llevar por doctrinas extrañas a Cristo.

 

“Tenemos un altar.” ¿Cuál es el altar de esta dispensación? Es un altar exclusivamente consagrado a holocaustos, a servicios de acción de gracias. Los judíos tenían un altar para el sacrificio expiatorio, pero nosotros no tenemos altar semejante. Cristo estuvo en el altar de la expiación, y ahora nosotros ministramos como sacerdotes en un altar de servicios de acción de gracias. Recordamos que la sangre del Hijo de Dios ha sido derramada y que servimos en un altar en el que sabemos que el pecado ha sido quitado, borrado y echado tras las espaldas; y allí, en vuestro altar, ofrecéis un constante servicio de alabanzas. Mas aquellos que vuelven a los servicios del tabernáculo no tienen derecho, no les compete estar como sacerdotes en el altar de esta dispensación. Muchas almas amadas —y que aman al Señor— luchan contra una mente legalista, pero eso es una cosa muy diferente a desplazar a Cristo por cualquier cosa, como lo hacían los gálatas, poniendo una muleta debajo de Él. En esta epístola, el Espíritu no disputa con las pobres almas que luchan, pero procurar la ofrenda de sacrificios expiatorios y no mantener celosamente nuestro altar para los servicios de alabanzas es blasfemar el sacrificio del Hijo de Dios.

 

Ahora, tras poneros ante vuestro altar, así como dentro del Lugar Santísimo, la epístola os muestra vuestro lugar fuera del campamento. Jesús fue aceptado en el Lugar Santísimo por Dios, y fue puesto fuera del campamento por los hombres. Precisamente ésas son las dos posiciones que debéis compartir con Cristo. Allí os coloca la actual dispensación; y ¿habéis visto alguna vez tal gloria moral, vinculada con una criatura de Dios? ¡Llamados a salir del campamento con Cristo para llevar su vituperio! ¿Están los ángeles en situación semejante? ¿Acaso Él les dijo alguna vez: «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis tentaciones»? Los ángeles jamás son invitados a ser los compañeros de Sus dolores. Él nunca confirió a los ángeles un honor semejante. Por lo tanto, pronto la Iglesia estará más cerca del trono que los ángeles. “No tenemos aquí ciudad permanente”, pues Cristo no la tuvo.

 

Pero vemos todavía, en el versículo 16, más cosas hermosas: hay otro carácter de servicio para nuestro altar, al cual somos llamados: “Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis.” En varios pasajes de la Escritura hallamos que, cuanto mayor es el gozo que tenemos en Dios, más magnánimos seremos los unos para con los otros. Es el carácter mismo del gozo ensanchar el corazón. En Nehemías 8 vemos al profeta diciéndole al pueblo: “Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza... Y todo el pueblo se fue a comer y a beber, y a obsequiar porciones, y a gozar de grande alegría.” Un hombre feliz no puede menos que mirar a su alrededor y hacer felices a otros con él.

 

Después de esto el apóstol se refiere a los que tienen el gobierno actualmente (v. 17). En el versículo 7 se refería a los que habían muerto. De nuevo pregunto: ¿Se trata de una sujeción ciega? No; debemos tener conocimiento de ellos. “Ellos velan por vuestras almas.” Un ministerio oficial sin el poder, sin la unción del Espíritu Santo, es una cosa que la dispensación actual desconoce; y reconocer un ministerio tal es entrar en un elemento corrupto y salir del elemento de Dios. Debemos mantener pura la dispensación con fidelidad a Dios. Una mera autoridad oficial no es más que un ídolo.

 

Este vaso del Espíritu Santo, este siervo, el más poderoso que jamás haya servido en el nombre de Dios, desciende al nivel del santo más débil: “Orad por nosotros”, y lo demanda en base a la autoridad de una buena conciencia. ¿Podríais pedirle a otro que orara por vosotros si os propusierais errar? Yo contestaré a ello: No podríais. Y aquí el apóstol pide que oren por él porque se sabe poseedor de una buena conciencia. Luego les presenta un tema de oración. ¡Oh, qué familiaridad hay en la Escritura! Ella no os saca de vuestro propio mundo de afectos y simpatías. Después el apóstol prorrumpe en su doxología.

 

Ahora, si recordamos lo que hemos hablado, hallaremos aquí una cosa nueva y extraña. El versículo 20 nos presenta al Señor en su resurrección, no en su ascensión. El gran tema de esta epístola, como lo hemos visto desde el principio, es Cristo visto en el cielo; pero aquí el apóstol no va más allá de la resurrección. ¿Por qué, al terminar, hace descender a Cristo del cielo? Él ha estado manteniendo nuestra vista fija en Cristo en el cielo, y justo al concluir lo hace descender a la tierra. Sí, pues es muy grato saber que no necesitamos pasar por la muerte y la resurrección para entrar en contacto con el Dios de paz. Habéis llegado al Dios de paz cuando llegasteis al Dios de resurrección. La resurrección prueba que la muerte está abolida. La muerte es la paga del pecado, y, si la muerte está abolida, el pecado está abolido, por cuanto la muerte depende del pecado así como la sombra depende de la materia.

 

El pacto es llamado “eterno” porque nunca ha de ser desplazado. El antiguo pacto lo fue definitivamente; el nuevo es siempre nuevo y nunca será abrogado. La sangre es tan fresca hoy para hablar de paz a la conciencia  como cuando rasgó el velo. Así, cuando venimos a la vida cotidiana, somos traídos aquí abajo para estar con toda simplicidad en compañía del “Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre” que selló para siempre la remisión de nuestros pecados. Podéis, pues, olvidaros del pecado. En un sentido elevado, nos acordaremos siempre de él, pero, en lo que respecta a vuestra condición delante de Dios, podéis olvidaros de él para siempre.

 

Después el apóstol ruega por que Dios nos forme y amolde para hacer Su voluntad. Este versículo 21 nos hace experimentar efectivamente cuán lejos estamos de ser “aptos en toda buena obra”, como si no nos sintiéramos en nuestro elemento cuando Dios obra para moldearnos así. Al fin, concluye solamente con una pocas palabras, las de costumbre al final de sus epístolas, dirigidas a los hermanos. “La gracia sea con todos vosotros. Amén.”

 


 

Conclusión

 

Recordemos las multiformes líneas de pensamiento que corren a través de toda esta epístola y que hemos ido señalando. Al despedirnos de ella, podemos repasarla y ver de qué manera estas varias líneas armonizan entre sí para darnos una conclusión infinitamente divina. Las líneas de pensamiento son éstas:

 

1 -  El Espíritu hace a un lado una cosa tras otra para dar lugar a Cristo.

 

2 - Tras haber introducido a Cristo, el Espíritu lo presenta en las múltiples glorias con las cuales llena actualmente los cielos.

 

3 - El Espíritu hace ver cómo Cristo, una vez introducido, actúa sobre todas las cosas para perfeccionarlas; os muestra que todo lo que toca un Cristo glorificado es hecho perfecto; y, entre otras cosas, Él perfecciona nuestras conciencias.

 

4 - En mérito a ello, soy introducido en un templo de alabanza sobre el principio de mi reconciliación como pecador.

 

Estas cuatro líneas pueden ser consideradas independientemente; no obstante, es muy dichoso ver que estos pensamientos, al ser considerados en conexión unos con otros, adquieren una nueva gloria. Y afirmo que en tal Escritura divina hay una magnificencia que se basta a sí misma para expresar su gloria. Me hallo en contacto con lo infinito de la mente de Dios, con algunas de las más maravillosas revelaciones que Dios me pueda hacer de Sí mismo.

 

Pero antes de concluir nuestra grata y feliz tarea, examinaremos un poco estas cuatro cosas en particular.

 

1. En los capítulos 1 y 2, el Espíritu desplaza a los ángeles para introducir a Cristo. En los capítulos 3 y 4, desaloja a Moisés y a Josué. En los capítulos 5, 6 y 7 hace a un lado a Aarón. En el capítulo 8, remueve el antiguo pacto con el que Cristo no tiene nada que ver. En el capítulo 9 pone a un lado las ordenanzas del antiguo santuario con sus altares y servicios, para introducir el altar sobre el que yace Jesús como el Cordero de Dios. Él toma y hace a un lado una cosa tras otra para dar lugar a Jesús. Es ésta una tarea deliciosa para el Espíritu. Dios conoce las propias delicias que tiene en Jesús. Si el Espíritu puede ser contristado, puede también deleitarse.

 

Luego, tras haber introducido a Cristo, ¿qué hace con Él? Lo mantiene allí para siempre. Cristo no tiene sucesor. Cuando el Espíritu ha hecho entrar a Cristo, lo contempla. Y ¿qué es ser espiritual? Ser espiritual es tener la mente del Espíritu Santo. ¿Os habéis deleitado alguna vez en salir de la casa para dar lugar a Jesús? El Espíritu habla con indignación de las cosas que hemos estado contemplando como “pobres rudimentos”. ¿Habéis tratado alguna vez a éstas como tales? El Espíritu no ve sucesor para Cristo. En los consejos de Dios no hay nadie después de Él. ¿Es así en los consejos y pensamientos de nuestras almas?

 

2. Así, tras haber introducido a Cristo y conservarle allí, Él lo contempla. Y ¿qué es lo que ve en Él? Gloria sobre gloria. En el capítulo 1 lo ve sentado a la diestra de la Majestad en las alturas, como Aquel que hizo la purificación de nuestros pecados, y oye una voz diciendo: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo.” En el capítulo 2, lo considera y lo ve como nuestro Apóstol, quien nos habla de salvación. Después lo halla como el Señor de una casa permanente, como el dador del reposo eterno, y le ve en el santuario celestial, sentado allí con juramento, y oye a Dios proferir salutación: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.” De estas varias maneras el Espíritu se deleita en Cristo. Después, en el capítulo 9, le vemos contemplado en los cielos como el dispensador de la herencia eterna, habiendo obtenido primero eterna redención.

 

En el capítulo 10 le vemos sentado allí con otro carácter, acogido con esta voz que le saluda así: “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” ¿Habéis seguido alguna vez a Cristo en espíritu hasta el cielo, y oído estas voces dirigiéndose a Él? Necesitamos considerar la verdad como una Persona. Somos terriblemente propensos a tratar con ella como un mero dogma. Temo tenerla delante de mí como una cosa que pudiera aprender intelectualmente. En esta epístola es la Persona la que se presenta delante de vosotros. Es con un viviente con quien tenéis que ver. Éstas son realidades celestiales. Moisés levantó un templo en el desierto; Salomón levantó un templo en la tierra prometida; Dios ha levantado un templo en el cielo. Cómo hace ver eso el profundo interés que Dios tiene en el pecador, puesto que Él ha edificado un santuario para nuestro Sacerdote, y eso porque Él es nuestro Sacerdote y se preocupa por nuestros intereses. Luego, en el capítulo 12, una vez que hubo ascendido, fue recibido y sentado en el cielo como autor y consumador de la fe.

 

Ésa es la segunda línea de pensamiento, y vemos cómo depende de la primera. Después de haber fijado a Cristo ante nosotros, el Espíritu despliega sus glorias ante nuestros ojos.

 

3. La tercera cosa que encontramos en esta epístola es la perfección. Si veo a Cristo perfecto como Salvador, me veo a mí mismo perfecto como salvado. Si no soy salvado, Cristo no es el Salvador. No estoy hablando ahora de una mente débil en conflicto con el legalismo, sino de mi título, y estoy totalmente seguro de que tengo derecho a considerarme como un pecador salvado tanto como de que Cristo tiene derecho a considerarse como el Salvador perfecto. La salvación es una cosa relativa. Acudir a Cristo como pecador, y dudar de que soy salvo, es cuestionar la perfección de su obra. Pero ya hemos considerado a la epístola como un tratado sobre la perfección. Convenía a Dios darnos nada menos que un Salvador perfecto. ¡Qué maravilla! Él ha ligado su gloria con la perfección de mi conciencia delante de Él. Ha condescendido a hacerme saber que eso le convenía. ¿Os convendría venir y servirme de alguna manera? Podríais hacerlo por bondad, pero yo no pensaría en hablar así. No obstante, ése es el lenguaje que Dios emplea.

 

Cuando decimos que esta epístola es un tratado sobre la perfección, entendemos que no se trata de la perfección de los días milenarios. Cristo será el reparador de todas las brechas. Pero la más grande de todas las brechas estaba en la conciencia del pecador. El mal y la confusión reinan todavía en la creación. El mal reina en la casa de Israel. Cristo todavía no ha puesto su mano para reparar eso. Hay una brecha en el trono de David, y Cristo todavía no se ha encargado de componerla. Pero la brecha más terrible se hallaba entre vosotros y Dios. Pronto tornará en alabanzas los gemidos de la creación; pero Él comenzó su obra de reparador al dedicarse a reparar la brecha que os separaba de Dios; y ahora tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo.

 

4. Luego, en cuarto lugar, hallamos en esta epístola al Espíritu que ahora no hace nada menos que edificar un templo para la alabanza. ¿Está Él por unir de nuevo el velo que la sangre del Cordero rasgó en dos? ¿Va a revivir las cosas de las que había hablado con indignación como de “pobres rudimentos”? Indeciblemente gloriosa es esta cuarta y última línea de pensamiento. El Espíritu de Dios ha edificado un templo para que vosotros alabéis a Dios, le ofrezcáis “fruto de labios que confiesan su nombre”.

 

¡Qué no tenemos en esta epístola! Aunque pudiéramos considerar cada línea de pensamiento por separado, no obstante cada una presta a la otra un exquisito incremento de gloria. El Espíritu está haciendo, si lo puedo decir así, un látigo de varias cuerdas y ordena a todos que se marchen para dar lugar a Cristo. Naturalmente, yo sé que todos lo hicieron gustosamente. Juan el Bautista expresó los sentimientos de todos ellos cuando dijo: “El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, éste mi gozo está cumplido” (Juan 3:29). Moisés, Aarón, los ángeles, todos se complacieron en ser puestos fuera de la casa para hacer lugar a Cristo.

 

Estas cosas sirven mancomunadamente a vuestra alma al introduciros a una inteligencia más profunda del Cristo de Dios. ¡Qué «siervo» es el Espíritu Santo para nuestras almas en la dispensación actual, así como el Señor Jesús fue Siervo desde el pesebre hasta el Calvario!

 

Creo que cada uno de nosotros necesita ser fortalecido con la verdad. No sabemos hasta dónde pueden llegar los infieles errores de Roma. Si no tenemos la verdad, podemos ser mañana el juguete de Satanás. Os daré un ejemplo de esto. Los gálatas eran gentes fervorosas, prontas a excitarse (y yo no tengo nada contra un fervor de avivamiento); ellos se habrían arrancado los ojos por el apóstol; pero llegó el día en que él tuvo que comenzar de nuevo con ellos desde el principio mismo. “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4:19). Hubo excitación sin el fundamento sólido de la verdad. Y cuando el mal sobrevino, los pobres gálatas estuvieron próximos a naufragar; y nuestra epístola atestigua el mismo peligro. Los santos hebreos eran inexpertos en la Palabra. Pero nosotros debemos ser fortalecidos por la verdad. Un estado de avivamiento necesita el fortalecimiento de la verdad de Dios.

Y ahora, ¿qué diremos? ¡Oh profundidad de las riquezas! ¡Oh altura de la gloria! ¡Profundidad de la gracia, maravilla de maravillas! ¡Dios revelándose de tal manera que bien podemos cubrir nuestros rostros a la vez que confiamos en Él en el silencio y le amamos con la emoción más profunda de nuestras almas! Pero algunos de nosotros seguramente podemos decir: «¡Qué flaqueza la mía! ¡Qué flaqueza!»

 

 


NOTAS

 

 

[1] N. del A.— Melquisedec fue una tercera luz (Hebreos 7).

 

[2] N. del T.— Tal es el sentido del original en Hechos 7:20 (cf. la revisión 1977 de la versión Reina-Valera).

 

[3] N. del T.— Así lo vierte la Versión Autorizada inglesa (que es la que utiliza Bellett) en 2:10. La misma palabra griega (archegós) es vertida como “autor” en 12:2. La misma incluye tanto la idea de origen como la de liderazgo: uno que empieza algo y lo lleva adelante. Aparece sólo cuatro veces en el Nuevo Testamento (estas dos en Hebreos y en Hechos 3:15 y 5:31) y es aplicada únicamente a nuestro Señor.

 

[4] N. del T.— Una mejor traducción es: “Acordaos de aquellos que os guiaron” —como en la Biblia de las Américas— o, como en la Versión Moderna: “Acordaos de los que en tiempo pasado tenían el gobierno de vosotros.”

 

[5] N. del A.— Como alguien dijo antes de morir: «He predicado a Jesús, he vivido a Jesús y anhelo estar con Jesús.»

 


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