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EL P
ASO QUE DI Cartas a un amigo acerca de la decisión de tomar lugar con los llamados «hermanos» Edward Dennett |
INTRODUCCIÓN
Antes de que el señor Dennett escribiera este
folleto era un dedicado ministro de Dios que se hallaba en la misma posición
religiosa en la que comúnmente se halla la mayoría de los cristianos hoy en
día: estaba rodeado por la tradición religiosa y había aceptado lo que los hombres
le decían acerca de la Biblia en lugar de aprender lo que Dios tenía que
decirle a través del estudio directo de ella.
Éstas son cartas auténticas, revisadas sólo para su
mayor claridad. Las mismas conforman una autobiografía que comprende varios
años de la vida del señor Dennett, durante los cuales aprendió una lección que
todos nosotros haríamos bien en aprender desde temprano en nuestras vidas
cristianas: que hombres cristianos, honestos y sinceros, pueden estar
equivocados, pero Dios puede revelar —y
revelará— Su mente a todos aquellos que la busquen honestamente recurriendo a
Él mismo. También aprendió a actuar sobre un principio muy importante:
cuando uno está equivocado, lo que debe hacer, según Dios, es confesarlo y en
seguida apartarse del error.
Cuando Dios le mostró al señor Dennett que estaba
en una posición equivocada, éste dejó un trabajo de toda la vida, trabajo que
era muy querido para su corazón y acerca del cual creía honestamente que era
para Dios. Al dejar este trabajo, simplemente se aferró a Dios en su Palabra y
vio que Dios recompensaba tal fidelidad dispensándole gran gozo y bendición.
Hoy, cien años más tarde, muchos cristianos están
aferrados a posiciones religiosas igualmente erróneas. Algunos son conscientes
del error, pero otros no. Muchos, que no se dan cuenta de que su posición
religiosa puede estar deshonrando a Dios, no se molestan en descubrir
personalmente la voluntad de Dios, o bien no comprenden que tienen el poder, el
privilegio y la responsabilidad de conocer la voluntad de Dios por sí mismos.
Por otro lado, muchos de aquellos que están más o menos conscientes de su
posición equivocada, la pasan por alto —considerándola como algo de poca monta—
o bien, sencillamente, no se apartan o no desean apartarse de ella a causa de
orgullo, de fuertes ataduras naturales o por temor a sufrir pérdidas mundanas.
Ruego que esta versión revisada del libro del señor
Dennett ayude a muchos cristianos, jóvenes o no, a ver la senda de Dios para ellos respecto a su andar,
tanto individual como colectivo. Ojalá que cada uno de los que lean este
escrito se decida, con la ayuda del Espíritu Santo, a concluir por sí mismo si lo que se presenta aquí
es correcto o no y a obrar conforme a
lo que es verdadero, sin tener en cuenta las consecuencias, en el breve tiempo
que resta hasta que nuestro Señor venga por nosotros.
R. P. Daniel
(Editor de la versión
inglesa)
ALGUNOS DATOS BIOGRÁFICOS
Edward Dennett nació en la isla de Wight (ubicada
al sur de la costa inglesa) en 1831. Fue educado según la doctrina Episcopal y
aceptó al Señor Jesucristo como su salvador personal en su juventud.
Joven aún, el señor Dennett llegó a ser pastor
Bautista. Permaneció muchos años en esa posición hasta que los ejercicios
detallados en esta obra lo forzaron a renunciar a su pastorado. A fines de 1874
se identificó con los llamados «hermanos», con quienes permaneció hasta su
muerte.
El señor Dennett escribió más de veinte libros y
muchos tratados que fueron de gran ayuda para el pueblo del Señor, tales como
«Cristo como la Estrella de la mañana y el Sol de justicia», «Enseñanzas
típicas del Éxodo», «El profeta Daniel», «La esperanza bienaventurada»,
«Riquezas inescrutables» y «Mensajes para creyentes». Partió para estar con el
Señor, a quien había amado y servido fielmente, en 1914, a la edad de 83 años.
NOTA ACLARATORIA DEL AUTOR
Blackheath, 1875
Las siguientes cartas, publicadas con el permiso
del amigo a quien fueron dirigidas, sólo se difundieron después de impresas.
Cuando llegó en un principio su afectuosa amonestación, procuré contestarle de
inmediato, pero, como recibí muchas cartas similares y preguntas personales,
decidí publicar mis respuestas, primero para explicar el paso que yo había
dado, en segundo término para remover conceptos erróneos y, por último, para
retirar públicamente el folleto que yo había escrito contra los llamados «hermanos»,
al cual se hace referencia en las cartas[1].
La razón para revocar mi folleto se debió a que
descubrí que algunas fuentes de mi información —utilizadas cuando lo escribía—
no eran dignas de confianza. Una información más auténtica me hizo interpretar
los elementos de juicio de un modo completamente distinto. Asimismo, al
reexaminar las declaraciones que había utilizado, y verlas en su contexto, me
convencí de que yo les había dado un significado distinto del que había querido
darle el autor. Además, una prolongada reconsideración de algunas de las
opiniones que yo había condenado me llevaron a la conclusión de que eran
conformes a la Escritura. Bajo estas circunstancias simplemente obedecí las
directivas de la Palabra de Dios y los dictados de la conciencia para confesar
mi error, y espero que la publicación de estas cartas ayude a anular los
efectos de mi folleto.
Si el Señor condescendiera a utilizar estas cartas
para guiar a los creyentes a una senda y posición correctas, nunca estaría yo
suficientemente agradecido. Quiera Él que ellas sean utilizadas para Su gloria
y para el bienestar de Sus santos.
E.
D.
PRIMERA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
Su carta estuvo tan llena de dulces y afables
amonestaciones, y nuestra amistad ha sido tan profunda, que le debo una detallada
explicación acerca de por qué he cambiado mi posición. En vista de que muchos
otros preguntaron también por qué yo —quien había escrito un folleto en contra
de los llamados hermanos[2]— había cambiado tanto mis puntos de vista hasta el extremo de llegar a
identificarme con ellos, confío en que Ud. no tendrá inconveniente en que les
conteste mediante estas cartas dirigidas a usted.
Antes que nada, permítame recordar nuestra pasada
asociación. Cerca de seis años atrás surgió nuestra amistad, la que continuó y
creció de un modo más profundo con el correr del tiempo, demostrando así que la
bendición del Señor estaba sobre ella. Su mismo comienzo fue una predicción de
su naturaleza y carácter, pues brotó fuera de comunión con lo que, en ese
tiempo, creíamos que era la verdad. Nominalmente, éramos ministros bautistas,
pero, en el espíritu y en la práctica, estábamos tan fuera de la denominación
bautista que éramos mirados con desagrado. ¿Por qué? Porque nos habíamos
liberado de restricciones teológicas y simplemente valorábamos las Escrituras
como la verdadera Palabra de Dios. Al haber estado enseñando algunas de las
verdades dispensacionales, la posición distintiva de la Iglesia de Dios y la
posición perfecta del creyente delante de Dios a través de la muerte y la
resurrección con Cristo, la naturaleza celestial de nuestro llamamiento, la
morada personal del Espíritu Santo, el retorno del Señor por sus santos antes
del milenio y el glorioso reino milenario del Mesías, etc., nos vimos en
desarmonía con nuestros colegas ministros, por lo que teníamos reparos en
pedirles que predicaran en nuestros púlpitos por temor a que contradijesen
nuestras propias enseñanzas. En honesta disensión con todo denominacionalismo,
no pudimos soportar nuestras sociedades y nos mantuvimos así alejados de los
procedimientos políticos de tantas de las reuniones denominacionales. La
consecuencia fue que tanto Ud. como yo, cuando asistíamos, estábamos solos en
esas reuniones y bajo fuerte sospecha de tener una tendencia hacia el
«Hermanismo»[3].Nuestra posición era bien
conocida y nuestro aislamiento casi completo.
Como resultado, nos dedicamos más plenamente a la
obra del Señor, esforzándonos, en lo posible, por proteger a nuestra gente de
las «influencias denominacionales», entrenándola para que estudiasen las
Escrituras por sí mismas y edificándolas en la verdad de Dios. El Señor bendijo
gratamente nuestra labor. Nos animó mediante muchas pruebas de su favor. Por
cierto que, al final de 1872, los dos tuvimos muchos motivos de gratitud, pues
no pasaba un mes sin que hubiera gente llevada a Cristo por la predicación del
Evangelio.
¡Cuán frecuentemente derramábamos nuestros
corazones ante el Señor con gratitud por su gran misericordia al utilizarnos
para Su gloria! En todas nuestras oraciones el único deseo era convertirnos en
vasos “santificados y útiles al Señor” (2.ª Timoteo 2:21). Nuestras oraciones
fueron oídas, pues veo la respuesta a nuestros clamores en las experiencias de
los últimos dos años. Nuestro deseo era continuar con los nuestros y tener una
mayor bendición sobre nosotros y sobre nuestra labor entre ellos. Orábamos por
una mayor dedicación, pero estábamos cerrando nuestros ojos ante el hecho de
que nuestra posición no era conforme a la mente de Dios (y había cosas en mi
enseñanza que incluso no eran bíblicas). En consecuencia, si nuestras oraciones
tenían que ser contestadas, sólo podían serlo si mediaba la separación de todo
lo que —en posición o en enseñanza— era malo delante del Señor. Él nos
respondió conforme a sus propios pensamientos de amor y no conforme a nuestros
deseos.
Afectuosamente suyo en Cristo,
E. D.
SEGUNDA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
Cuán misericordioso es el Señor al ocultarnos el
futuro. Me temo que, si hubiésemos visto la senda que teníamos por delante,
nuestras oraciones habrían perecido en nuestros labios. ¿Cómo respondió el
Señor a nuestras oraciones? En ambos casos fue permitiendo nuestra enfermedad. Yo
fui el primero en ser afectado, en octubre de 1872. Después de recobrarme un
poco, seguí luchando con mi trabajo hasta marzo de 1873. Este período de
debilidad fue el más fructífero de mi ministerio en lo referente a la
conversión de almas. Por tanto, mi honesto deseo era permanecer en mi puesto,
pero el Señor tenía que enviarme lejos, al desierto, para que yo pasara una
larga temporada de escudriñamiento del corazón en Su presencia. Cuando llegué a
estar muy enfermo, fui enviado al continente para hacer un reposo de seis
meses, los que se prolongaron a trece antes de que regresara. Si bien el Señor
me había separado de mi grey[4], recuerdo gozosamente como ellos proveyeron a mis necesidades durante
todo ese tiempo. Quiera el Señor recompensarlos abundantemente, pues ellos lo
hicieron como a Él mismo en la persona de Su siervo. "Dios, pues, suplirá
todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús"
(Filipenses 4:19).
Antes de discutir los ejercicios espirituales que
realicé durante mi estadía en Suiza, permítame adelantarme algunos meses. No
mucho tiempo después de mi partida, su salud también decayó. Fue igualmente al
continente, donde nos encontramos inesperadamente en Lausana. ¡Ud. sabe de qué
manera quedé impresionado por estas «coincidencias» en los caminos de Dios
acerca de nosotros!
En estas circunstancias sugerí que considerásemos
si había habido alguna cosa en nuestra posición y enseñanza que hubiera
producido el benigno castigo del Señor sobre nosotros y que pudiera ser el
propósito del Señor corregirnos y conducirnos hacia un entendimiento más cabal
de Su verdad y a una posición más acorde con Su mente.
Esta cuestión surgió después de mucho examen y
juicio propios. Es natural para los hijos de Dios que las pruebas produzcan el
escudriñamiento del corazón. Y así, tan pronto como llegué al continente, en
mis paseos diarios y durante mis noches de desvelo la pregunta que estaba
continuamente ante mí era: «¿Cuál es el propósito de Dios al permitir esta
aflicción?» o «¿Qué es lo que Él desea enseñarme?». Decidí no descansar hasta
conocer el significado de Su mano correctora. De ahí que examinara y
reexaminara mis anteriores métodos de trabajo, las verdades que había enseñado
y la posición que había ocupado. Permítame detallar brevemente los resultados
de mi investigación.
En primer lugar, consideré mi libro contra los
«hermanos». Poco después de ser puesto en circulación lamenté su publicación
porque, si bien creía todo lo que había escrito, admiraba sinceramente aquello
que conocía de los llamados «hermanos». Admiraba su andar en separación, su
sencillez de vida y su amor por la Palabra de Dios y la Persona de nuestro
bendito Señor. Sentí haberlos herido y que, por causa de mi libro, me hubiese
excluido de toda comunión con ellos. Además, me preguntaba si había sido
honesto al criticar citas sueltas; si, en realidad, había procurado determinar
honestamente su significado real y
si, a continuación, las había examinado mediante las Escrituras. En consecuencia,
mucho tiempo antes de abandonar Inglaterra cesé de hacer propaganda a favor de
mi libro. Con una información más auténtica sobre muchos de los puntos que
había tratado, y habiéndome visto forzado a rechazar —después de investigar las Escrituras— algunas de las doctrinas
que había defendido en él, fui compelido no sólo a retirar el libro, sino a
confesar que no podía estar más tiempo de acuerdo con todas sus declaraciones.
Resolví, además, que en la primera
oportunidad declararía esto públicamente y expresara mi pesar por su
publicación.
Luego examiné mis prácticas a la luz de mis enseñanzas. ¿Había sido yo coherente?
Tuve que admitir algunas discrepancias importantes. Había predicado durante
muchos años que los creyentes debían reunirse como creyentes en el día del Señor para «partir el pan». Sabía
también del, mal que significaba el alquiler de un lugar fijo en el banco de
una iglesia. Aparte de su carácter no bíblico, había notado que los creyentes
pobres tenían que sentarse donde les fuera posible, por más incómodo que les
resultase, porque los incrédulos que podían pagar tenían el privilegio de
elegir sus asientos. Yo había dado a conocer frecuentemente mis convicciones
sobre estos puntos, y así me había satisfecho a mí mismo con mi testimonio.
Aquí estaba la falla. Yo era responsable por las
verdades que el Señor me había revelado. En consecuencia, era responsable, en
mi fidelidad a Dios, de llevarlas a la práctica. Había descuidado esto, pero
Dios me dio gracia para que a mi retorno confesara mi error y procurara fuerza
para mi fidelidad.
Después de esto examiné a la luz de las Escrituras
las doctrinas que había predicado.
Entonces también descubrí motivos para lamentarme. Yo había enseñado la
mortalidad del cuerpo humano del Señor, en el sentido de que estaba bajo la necesidad de morir. No estaba consciente
de los errores con los cuales esta doctrina había estado asociada; de lo
contrario, me habría apartado de ella con horror. Estudios adicionales me
mostraron que el cuerpo humano del Señor era mortal, pero sólo en el sentido de ser capaz de morir y de ninguna manera como
estando bajo la necesidad de morir. Mantener esto último sería un ataque
contra los mismos fundamentos del sacrificio expiatorio del Señor en la cruz.
La venida del Señor por sus santos también ocupó mi
atención. Nosotros habíamos mantenido que, si bien Su venida sería premilenaria
(antes del reinado del Señor por mil años sobre la tierra), habría de
sobrevenir una serie de eventos antes del «arrebatamiento» de los santos. Por consiguiente,
la Iglesia tendría que pasar a través de la gran tribulación y, por
consecuencia, estar en la tierra durante el reinado del Anticristo. Dediqué
todo el invierno a este tema. Escudriñé las Escrituras con otros cristianos y
llegué finalmente a la conclusión de que la Iglesia no estaría en la
«tribulación» (el tiempo que media entre la venida del Señor en las nubes por
los creyentes el «arrebatamiento» y Su retorno a la tierra para reinar —su aparición o
manifestación—. Por ejemplo, vi que Mateo
24 no es aplicable a la Iglesia. Con gran regocijo comprendí que el creyente
tiene el privilegio de esperar diariamente
el retorno del Señor. Durante mucho tiempo había tenido una convicción secreta
de que, a menos que esto fuese así, muchas de las exhortaciones de las
Escrituras referentes a «esperar» y «velar» tendrían poca fuerza, y que tal
expectativa debe ejercer, con el poder del Espíritu Santo, una influencia más
bendita y santificante sobre el alma el creyente.
Mi cambio de parecer sobre este tema me ayudó a
modificar varios otros puntos, lo cual me condujo hacia una comprensión más
clara de la «naturaleza» y el «llamamiento» de la Iglesia, el contraste entre
la esperanza terrenal de los judíos y la esperanza celestial del creyente y
entre el «reino» y la «Iglesia». Todo esto me llevó a un reordenamiento de
verdades relacionadas. Pero no fui más allá en ese tiempo.
Si bien a lo largo del invierno, durante las
lecturas de la Biblia y las conversaciones con amigos hallé difícil defender
las «prácticas eclesiásticas» con las cuales estaba asociado, permanecí firme
en mi posición. Con las excepciones antedichas, no había alterado ningún
principio fundamental, nada al menos, que hubiese afectado mi permanencia en el
puesto que había ocupado durante tantos años. Si tuve algunos pensamientos
acerca de cambiar mi posición, la expectativa de retornar pronto a mi amada
grey los disipó y restableció así mi confianza. De este modo, cuando finalmente
partimos de regreso a casa, el único temor que yo tenía era si mi salud me
permitiría reanudar mi trabajo interrumpido por tanto tiempo.
Afectuosamente suyo en el Señor
E. D.
TERCERA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
Al regresar a Inglaterra comencé nuevamente mi
ministerio. Por el hecho de estar aún débil, mi amada grey me permitió
bondadosamente predicar sólo una vez en el día del Señor; y por medio de las
tiernas misericordias de nuestro Dios y Padre fui capaz de hacerlo con relativa
facilidad y mucho regocijo. Quizás como nunca antes experimenté tanto la
presencia de Dios y el poder del Espíritu Santo al predicar la Palabra. La
razón, sin duda, fue que nunca antes fueron ofrecidas tantas oraciones para que
la fuerza del Señor se perfeccionara en mi debilidad.
A pesar de todas estas felices experiencias, el
Señor estaba a punto de hacer que me retirara de mi trabajo. Apenas me había
restablecido aparecieron indicios de que no era Su voluntad que yo continuara
en mi puesto. Ud. está bien enterado de la senda peculiar a través de la cual
fui conducido, de modo que sabe que yo no di el paso por mi propia voluntad,
sino que fui impelido a actuar por influencias externas. Convoqué a una reunión
de creyentes y les leí un escrito que contenía las principales verdades que yo
sostenía en aquel entonces. Una parte de este documento es la que sigue, la
cual ayudará a explicar el cambio que fui llevado a efectuar. Después de
algunas referencias personales, continué así:
«Se dice que he enseñado las llamadas ‘doctrinas de
Plymouth’ el último día del Señor. Sucede que en dos ocasiones previas yo había
expresado exactamente los mismos puntos de vista y, que yo sepa, no hubo ni una
sola queja. Pero la pregunta importante es: ¿Proclamé la verdad o el error?
¿Porque los católicos sostienen la divinidad del Señor Jesús tengo que rechazar
esta gran verdad y bendita doctrina? Pero confieso que concuerdo en gran manera
con las doctrinas usualmente asociadas con los llamados «hermanos». Cuando
comencé mi ministerio aquí, hace más de trece años, yo era muy estudioso y leía
muchos libros. Pero el Señor me fue mostrando gradualmente que, con el Espíritu
Santo como guía y maestro, la Biblia es plenamente suficiente para la
instrucción del hombre de Dios (Juan 14:16, 17 y 26; 16:13). En consecuencia,
mis libros se fueron reduciendo más y más. Ahora, las Escrituras son mi
principal acompañante y mi único libro de texto para el púlpito».
«El resultado fue que tuve que rechazar la mayoría
de los puntos de vista que había estado enseñando anteriormente, y tuve que
confesar que muchas de las doctrinas de los llamados «hermanos» eran conformes
al pensamiento de Dios. Por ejemplo, vi que es correcto reunirse simplemente
como cristianos en el día del Señor, para partir el pan. Asimismo, con relación
a la verdad dispensacional, si bien no había estado de acuerdo con ellos en
algunos puntos importantes, concordaba con su esquema general, como, por
ejemplo, en lo tocante al retorno premilenario de Cristo, a la primera
resurrección de los creyentes, al rapto de los santos y a la asociación de
éstos con Cristo en las glorias de su reino milenario. También estaba de
acuerdo con la restauración y conversión de los judíos y con la conversión del mundo, no por la predicación
del Evangelio antes de la segunda venida de Cristo, sino después del retorno
del Señor, cuando Dios devolviese “a los pueblos pureza de labios, para que
todos invoquen el nombre de Jehová, para que le sirvan de común
consentimiento" (Sofonías 19). También coincidía con ellos, en términos
generales, en su enseñanza sobre la posición y el andar de los creyentes, la
separación con respecto al mundo y la morada del Espíritu Santo. Disentía con
ellos en otros puntos. Si no hubiera disentido, posiblemente se me habría
concedido la gracia de reunirme con ellos. Si hubiera estado plenamente
convencido del fundamento que ellos adoptan respecto al ministerio y a la
adoración, me habría complacido glorificar a Dios por la obediencia a su
voluntad».
«Iré más lejos. He dicho frecuentemente, al hablar
con amigos, que bajo ciertas circunstancias preferiría estar con los llamados
«hermanos» que con otros cristianos. Aun ahora, si estuviera en un lugar donde
no se enseñaran verdades concretas, buscaría el privilegio de la comunión con
ellos en el partimiento del pan».
«Frecuentemente he expresado pesar por haber
escrito alguna vez mi obra contra los llamados «hermanos» porque pronto advertí
que unitarianos[5], clérigos y otros ministros, con quienes yo no simpatizaba en absoluto,
estaban utilizando mi obra para apoyar su causa. Sentí, por tanto, que estaba
en la posición equivocada y que había estado en el error. Se hizo también
referencia a mi obra en los periódicos y revistas para apoyar puntos de vista
que yo rechazaba por completo. Por lo tanto, manifiesto mi profundo pesar por
haberlo publicado, aun cuando en ese tiempo contenía mis sinceras convicciones.
En estos días de carácter mundano y error, preferiría mucho más ver a los
cristianos con los llamados «hermanos» que verlos en la Iglesia establecida (la
Iglesia de Inglaterra) o con muchos Independientes o Bautistas. Aprovecho esta
oportunidad para decir que ahora no estoy de acuerdo con las declaraciones y
puntos de vista contenidos en mi obra».
Tal, querido hermano, era la sustancia del escrito
que leí en aquella ocasión. Anuncié entonces que, en vista de que mi enseñanza
había sido puesta en duda, renunciaría a mi pastorado. Regresé a casa con más
gozo de alma del que había experimentado en mucho tiempo, pues sentí que el
Señor me había abierto una puerta para que declarara claramente toda la verdad
que yo sostenía. Estaba seguro de que, cualesquiera fuesen las pruebas de fe
conectadas con la separación de mi grey, Él, quien me había hablado tan
claramente, me daría gracia para ser fiel, fuerza para dar el testimonio al que
sería llamado y capacidad para perseverar, si bien el carácter de la senda a la
cual iba entrando estaba enteramente encubierto.
Afectuosamente suyo en el Señor
E. D.
CUARTA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
El resultado de la reunión que describí en mi
última carta fue inesperado y maravilloso. Me sentí como un pájaro recién
escapado de una jaula. Así de grande era mi libertad y liberación de alma.
Además, las verdades que no estaban claras en mi mente fueron, por la
influencia de la reunión, solidificadas, y resplandecían como tesoros
recientemente descubiertos. Por consiguiente, cuando fui instado a continuar
con mi grey con la seguridad de que podría predicar todo aquello que el Señor
me había revelado, no lo pude hacer, aun cuando estaba ansioso por las almas
que me habían sido confiadas mediante el Evangelio. Los vínculos formados por
la comunión cristiana me acercaban muy estrechamente a muchos creyentes.
Incluso el sostén secular —humanamente hablando— dependía de que yo continuara en mi puesto. Pero todas estas cosas no
pudieron hacerme retroceder o dar lugar a que revocase las palabras que yo
había expresado.
Al proferir las verdades vertidas en mi escrito
sentí que debía seguirlas. Comencé a añorar una posición que pudiera soportar
la prueba de la Palabra de Dios. Además, una vez expresado públicamente mi
pesar por la publicación de mi libro, sentí que también debía comunicarlo a
aquellos contra los cuales había sido escrito. Por lo tanto, escribí una breve
carta al señor William Kelly —alguien muy conocido entre
los llamados «hermanos»— en la cual consignaba lo
que yo había hecho y expresaba mi pesar por haber publicado mi obra.
Hecho esto, estaba libre de toda atadura. Entonces
determiné, con la ayuda de Dios, que acudiría a las Escrituras para que
juzgasen todo aquello relacionado con mi posición, para poder así reunirme
correctamente en mi futura senda, pues todavía era incierta la posición exacta
que asumiría respecto a mi separación de mi grey. Mi único deseo era conocer la
voluntad del Señor.
La primera cosa que examiné fue el «ministerio» tal
como era practicado por los «disidentes»[6]. Durante años Ud. y yo habíamos sido
conocidos como ministros disidentes, si bien aceptábamos de mala gana el
nombre. ¿Por qué? Puedo contestar sólo por mí mismo. Después de haber confesado
a Cristo tuve un gran deseo de «entrar al ministerio». Era joven e indocto, y
conforme a las prácticas de nuestra denominación (Bautista), acudí a uno de los
seminarios para lograr la preparación necesaria. Como estaba yo recomendado por
dos ministros —si bien sólo había
predicado una vez, y no en presencia de ellos—, fui
aceptado para cursar los acostumbrados cuatro años. Estudié duro, pero no las Escrituras, si bien éstas
tenían un lugar secundario respecto de los demás estudios.
Fui preparado para el título de B. A. (Bachelor)[7] al final del tercer año,
pero, mientras aguardaba los exámenes finales, contraje la fiebre tifoidea y me
sentí incapaz de continuar en procura de la obtención de mi título. Después de
meses de debilidad me recobré gracias a la bendición de Dios. Me faltaban cerca
de seis meses de estudio. Al cabo de tres meses fui invitado a predicar, a modo
de prueba. Después que lo hube hecho, la «iglesia» se reunió para discutir mis
méritos como predicador. Luego, por voto,
fui unánimemente elegido para ser su pastor.
No quiero discutir aquí el método de preparación de
jóvenes para el ministerio, si bien está plagado de males y carece
completamente de aprobación bíblica. Me limitaré a una pregunta: ¿Hay alguna
autoridad bíblica que justifique la elección de un «ministro» por el voto de la
iglesia? Ésta es la pregunta que, con la Biblia en la mano, procuré contestar.
Me dirigí primero a Hechos 6, donde por cierto
hallamos algo parecido a la «elección» de oficiales eclesiásticos por los
creyentes en comunión (v. 5). Pero note Ud. varias cosas. En primer lugar, si
bien ellos fueron elegidos por la multitud, lo fueron por indicación de los
apóstoles, y el nombramiento fue confirmado —si no hecho— por los apóstoles (v.
6). En segundo lugar, si bien aquéllos fueron elegidos por la multitud, la
palabra utilizada para indicar el acto de su elección señala simplemente
selección, no votación (voto por sufragio). En tercer lugar, los «oficiales»
elegidos no eran ancianos u obispos, sino que fueron designados sólo para
atender la ministración diaria de ayuda para las viudas para servir a las mesas
(v. 1-3). Después, Esteban predicaba la Palabra con el poder del Espíritu
Santo, pero ninguno afirmaría que esto resultó de su designación para servir a
las mesas. De manera que en este capítulo no hay nada que tenga que ver con la
elección de «pastores» o «ministros».
Luego examiné Hechos 14:23, el que se relaciona más
con la cuestión. Allí leemos que Pablo y Bernabé “les designaron ancianos en
cada iglesia”[8]. "Ancianos" y
"obispos" son lo mismo en las Escrituras. Los dos términos señalan el
mismo oficio, y el oficio de ministro disidente se apoya o pretende
corresponderse con éste. Si tales "ancianos" hubiesen sido designados
por votación eclesiástica, entonces podría haber justificación para la práctica
de los disidentes. La prueba de que las palabras "ancianos" y
"obispos" señalan el mismo oficio se encuentra en Hechos 20:17, donde
Pablo “hizo llamar a los ancianos de
la iglesia". Y al dirigirse a ellos les dice: “Por tanto, mirad por
vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos" (v. 28).
Volvamos a Hechos 14:23 y veamos cuáles son las
palabras exactas que se utilizan. Literalmente dice: "Y habiendo elegido
para ellos ancianos"[9]. Hasta ahora yo había creído lo que me había sido enseñado, a saber,
que la palabra traducida por "designado" o "constituido"
("ordenado", en la versión inglesa King James), significaba «nombrado
por el voto de la iglesia» —es decir, «a mano alzada»— y que, por consiguiente, significaba que la iglesia había seleccionado
primero a estos ancianos por voto, y luego los apóstoles habían confirmado o
ratificado la elección hecha por la iglesia.
Si admitimos por un instante que éste sea el
significado de la palabra utilizada, yo le pregunto, querido hermano: ¿Es éste
el método ordinario para interpretar una lengua? El contexto muestra que el
participio traducido por "habiendo designado" se refiere únicamente a
la acción de los apóstoles y que el
pronombre traducido por "para ellos" —o "les"— se refiere a los discípulos. Es evidente, por lo
tanto, que, cualquiera sea el significado exacto del término “designado", aquí se nos dice algo que los apóstoles
hicieron para las iglesias. Pero, si Ud. insiste en que la palabra conlleva
el significado de «votar por parte de la iglesia», de inmediato contestaría,
por la autoridad que confiere este pasaje, que, si la iglesia hubiese votado, ¡no habría podido haber ningún escogimiento
válido sin la presencia y actuación de los apóstoles! Pero ¿es éste el
significado de la palabra “señalados" u "ordenados"? La misma
palabra griega aparece solamente en otros dos lugares en el Nuevo Testamento:
una vez en la misma forma y la otra compuesta con una preposición de «tiempo»
que deja el significado de la palabra sin alteración. En 2.ª Corintios 8:19 el
apóstol Pablo habla de un hermano cuya alabanza en el Evangelio era oída por
todas las iglesias, y dice: "Y no sólo esto, sino que también fue designado (la palabra traducida por
“constituido” en el pasaje anterior — RVR 1960) por las iglesias
como compañero de nuestra peregrinación...". Aquí fueron las iglesias las
que designaron, pero no tenemos nada —excepto la palabra misma— que indique el método de
elección. No obstante, aquí no se trata del nombramiento o designación de un
anciano, sino sólo de alguien enviado por las asambleas para actuar con el
apóstol en el manejo de los donativos de aquéllas, lo que es algo completamente
diferente.
El otro pasaje es Hechos 10:40-41: "A éste
levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo,
sino a los testigos que Dios había
ordenado (la misma palabra griega) de antemano...". ¿Acaso el uso que
aquí seda a la palabra no prueba su significado? Usada en conexión con Dios, es
imposible asignarle cualquier otra idea fuera de selección o designación. Por lo tanto, este pasaje debe regir
nuestra interpretación de los más ambiguos pasajes anteriores.
Repito, entonces, que la palabra
"constituido" es utilizada sólo en un lugar en conexión con la
designación de ancianos u obispos (el oficio o cargo pretendido por los
ministros disidentes), e incluso en ese lugar la acción de la palabra está aplicada a los apóstoles y no a las
iglesias. Por lo tanto, ¿puede alguna mente sin prejuicios creer todavía
que la Biblia da alguna autorización a la elección de «ministros» (ancianos)
por el voto de la iglesia, o que en la palabra "constituido" hay
contenida alguna idea fuera de la de simple «designación»?
Por consiguiente, en los versículos a los que hemos
hecho referencia los ancianos fueron designados por los apóstoles. Ésta fue la
conclusión a la que la Palabra de Dios me compelió y que debí admitir de muy
mala gana. Ni pude lograr consuelo alguno a partir de la orden que Pablo le dio
a Tito en cuanto a que estableciese ancianos en cada ciudad, así como le había
mandado (Tito 1:15). En primer lugar, la palabra que la versión inglesa King
James vierte por "ordenar" no es la misma discutida anteriormente,
sino que significa «establecer»; y en segundo lugar, lo que Tito hizo, lo hizo
sólo bajo la dirección y autoridad del apóstol.
Éstos son los resultados de mi investigación. Mi
conclusión es que el método de nuestro nombramiento carece de autoridad
bíblica. Si Ud. quisiera profundizar aún más sobre este tema, permítame
recomendarle las NOTAS sobre Hechos 14:23 en la obra
«La Iglesia de Dios, seis conferencias», por William Kelly. Pero Ud. hallará
que las Escrituras son ampliamente suficientes para demostrar la exactitud de
las conclusiones anteriores.
Afectuosamente suyo en el Señor
E. D.
QUINTA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
Para clarificar las cosas antes de proseguir,
resumiré las conclusiones de mi última carta. Hemos visto que:
1. La Escritura contiene un solo ejemplo de
designación absoluta efectuada por la iglesia. No obstante, el individuo
designado no era un anciano, sino simplemente un hermano que fue delegado por
varias asambleas para ir con los apóstoles a fin de ayudar a administrar los
donativos de las asambleas (2.ª Corintios 8:18-19).
2. Hay una sola oportunidad en que la asamblea
selecciona «oficiales eclesiásticos», cuya tarea consistía en "servir a
las mesas" Si bien fue la iglesia la que los seleccionó, en realidad
fueron los apóstoles los que les pusieron a arte para cumplir ese oficio
(Hechos 6).
3. No hay absolutamente ningún caso que tenga que
ver con la selección de ancianos por
parte de la iglesia, mediante votación u otro medio. En cada caso, ellos fueron
designados o bien por los apóstoles o bien bajo la dirección o autoridad de los
mismos (Hechos 14:23; Tito 1:5; etc.).
4. La conclusión que emana de estos hechos es que,
a menos que tengamos apóstoles o autoridad apostólica, no tenemos ninguna
autorización bíblica para designar ancianos u obispos.
Ud. me podrá decir que en 1.ª Timoteo 3 y en Tito 1
tenemos las instrucciones y autoridad apostólicas que se requieren para tal
fin. Pero estas «instrucciones» no fueron enviadas a las iglesias, sino a
individuos que, como Timoteo y Tito, estuvieron actuando bajo la dirección del
apóstol y que por eso necesitaban las instrucciones dadas. Es muy significativo
que, en Tito, las cualidades que debía reunir el obispo (anciano) siguen a la
orden dada de establecer "ancianos en cada ciudad". De modo que la
misma ubicación de estas instrucciones demuestra que, en lugar de ser nuestra la autorización para designar
ancianos, la iglesia, al proceder de este modo, está asumiendo una función que
estuvo conectada únicamente con el oficio apostólico. Por lo tanto, debemos
concluir que el método de designar ministros Disidentes no es bíblico.
Estoy convencido de que entre los «disidentes» hay
cientos de hombres piadosos que estarían agradecidos de conocer esta
conclusión. Si bien han aceptado las tradiciones de los «disidentes» en cuanto
a este tema, han hallado dificultad en conciliarlas con su fe en la sabiduría
divina.
Suponga Ud., ahora, una «iglesia» sin un ministro.
¿Qué tendrá que hacer? Ante todo, se consultará a personas de importancia para
ver si conocen a alguno que agrade a la
iglesia. Asimismo, llegarán solicitudes de ministros «vacantes». A su
debido tiempo se hará una selección de uno o más candidatos, los cuales serán
invitados a venir a predicar, a modo de prueba, por varias semanas. Luego, la
iglesia se reunirá y discutirá los méritos del candidato o de los candidatos.
Finalmente, ante el creyente maduro y el bebe en Cristo —todos jueces colocados al mismo nivel— se emitirá un juicio sobre
las cualidades espirituales de los candidatos. Luego tendrá lugar una votación.
Si hay mayoría en favor de un candidato, le será enviada la invitación para
ejercer el pastorado (si bien él fue probado sólo como predicador) y el
candidato aceptará o rechazará la invitación, como guste.
Todo esto estaba en mi mente mientras reexaminaba
este tema. Quizás esto me ayudó a llegar a una conclusión imparcial. Digo
«imparcial» porque estaba en juego mi propio cargo. Concluí que el ministro,
como se designa entre los disidentes, carece por completo de la aprobación de
la Escritura. Hasta aquí actué con la presunción de que hay similitud entre el oficio de un ministro disidente y el de un
anciano u obispo de la Escritura. Pero pronto vi que existe poca o ninguna
similitud entre estas dos cosas, pues en
la Escritura existe siempre la mayor distinción entre oficio y don. Si bien
hubo una designación, emanada de los apóstoles, para desempeñar el oficio, el poseedor de un don utilizaba este
último con absoluta responsabilidad ante el Señor y jamás era designado para
usarlo, ni por los apóstoles ni por la asamblea. Vea Romanos 12:6-8 y 1.ª
Pedro 4:10-11. En consecuencia, jamás se dice en la lista de dones de Efesios
4:11-12 que el Señor dio "ancianos", aun cuando todos —apóstoles,
profetas, evangelistas, pastores y maestros— son mencionados. Los ancianos fueron designados para
gobernar, de modo que ocuparon un cargo u oficio, pero los poseedores de dones
recibieron éstos para la edificación de los santos y fueron constreñidos a
utilizarlos para este fin, con obediencia a Dios, de quien habían procedido.
Pero esto no puede ser así entre los Disidentes
porque, en oposición a la clara distinción de la Escritura, el uso del don está
conectado con la elección para desempeñar el oficio. En consecuencia, un
ministro disidente se dice que es un anciano u obispo. Él también es llamado
pastor. Asimismo, es maestro; y también
se supone que es evangelista, vale decir, es, en realidad, una suma de todos
los dones y oficios, excepto el de diácono. ¿No es extraño que hayamos
estado tanto tiempo satisfechos con semejante sistema?
Encontré otra dificultad: la del «ministerio de un
solo hombre». Aun cuando todo el resto hubiese sido claro, éste habría sido un
problema insuperable. Hallé que no hay un solo versículo que hable de un solo anciano u obispo de la iglesia;
y en ningún caso la palabra se halla en singular, excepto en las epístolas
pastorales, en las cuales se detallan las cualidades
para desempeñar el oficio. En Hechos 20:17 se dice: “...hizo llamar a los ancianos de la iglesia"; en
Hechos 14:23: “ancianos en cada
iglesia", en Filipenses 1: 1: “con los
obispos”; en Tito 1:5: "establecieses ancianos en cada ciudad"; en 1.ª Pedro 5:1: “los ancianos que están entre
vosotros"; etc.
Por tanto, es imposible justificar con la Escritura
el método de los disidentes para designar a un
anciano u obispo que «presida una iglesia». En realidad, la práctica no es ni
siquiera defendida con seriedad, pues recuerdo que, almorzando con algunos
ministros congregacionalistas, uno de ellos comenzó a condenar las prácticas de
los llamados «hermanos». Lo interrumpí y le pregunté: «¿Está Ud. seguro de su
propia posición? Muéstreme su justificativo bíblico del ministerio
unipersonal.» Contestó: «Eso puede hacerse fácilmente». Pero, al verse
apremiado, el único pasaje que pudo hallar fue: “las siete estrellas son los
ángeles de las siete iglesias" (Apocalipsis 1:20). Los otros también
fueron impotentes. Este ejemplo muestra no sólo cuán indefendible es la
práctica, sino también cuán fácilmente
somos guiados a tomar posiciones solemnes y responsables sin la dirección de la
Palabra de Dios.
Seguramente, si anhelamos la gloria de Dios,
procuraremos estar separados del mal de corazón y del de posición, y hacer de
la Palabra de Dios la lámpara para nuestros pies y a para nuestra senda, tanto
en lo que se refiere a nuestro andar diario como a nuestras prácticas y
asociaciones eclesiásticas. Establecer cualquier cosa en la casa de Dios que no
tenga la dirección y aprobación de la Escritura es desobediencia práctica al
Señor como Cabeza de la Iglesia. Estoy seguro de que Ud. estará de acuerdo con
estas conclusiones de la Escritura, pues recuerdo cómo en tiempos pasados
añorábamos algún cambio a fin de que, juntos, pudiéramos realizar nuestro
trabajo sin impedimentos de ninguna otra autoridad que no fuese la de las
Escrituras. Decíamos frecuentemente que, si ocurriera algo que nos separase de
nuestra grey, no podríamos ofrecernos concienzudamente para el pastorado de
cualquiera de las comunes «iglesias» denominacionales. La realidad era que
habíamos aprendido mucho más de lo que estábamos dispuestos a confesar. De ahí
que estuviésemos descontentos e incómodos en medio de los métodos y actividades
«eclesiásticos» usuales. Ya estábamos fuera en espíritu y para estar fuera en
la práctica sólo necesitábamos comprender nuestra responsabilidad ante Dios por
lo que Él nos había enseñado.
Afectuosamente suyo en el Señor
E. D.
SEXTA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
El análisis hecho en mi carta anterior fue
realizado entre el anuncio de mi renuncia y el momento de mi partida. Por
tanto, prescindiendo completamente de la verdad que enseñaba —la cual había sido cuestionada—, mis conclusiones
referentes al cargo que ocupaba me forzaron a persistir en mi decisión. Si
quería ser fiel al Señor no tenía otra opción que hacer oídos sordos a las
muchas súplicas por que continuara con mi grey. Todos mis intereses,
humanamente hablando, estaban condicionados a mi permanencia en el puesto, pero
no me atreví a dar lugar a tales consideraciones frente a las claras
indicaciones de la Palabra de Dios. En consecuencia, prediqué ante mi amada
grey por última vez el 27 de septiembre. Al final del sermón matutino les dije
que «ahora, con una conciencia libre de ofensas para con Dios, no podía
continuar, pues, desde que había anunciado mi retiro, había vuelto a la Palabra
de Dios y me sentía compelido a decir que ya no podía sostener nuestras
prácticas relativas al ministerio y a la adoración». Cuatro días más tarde me
dirigí a Escocia para tener tranquilidad y para poner en claro otras cuestiones
que tenía en mi mente. No olvidaré con facilidad nuestras conversaciones sobre
las inusuales «coincidencias» visibles en los designios que el Señor tenía a
nuestro respecto. No sólo habíamos ocupado la misma posición acerca del
denominacionalismo, sino que ambos habíamos sido afligidos y enviados al
continente, habíamos regresado la primavera pasada para continuar con nuestra
grey y, por diferentes causas, habíamos sido compelidos a renunciar a nuestros
puestos. Sin ningún acuerdo mutuo, ambos predicamos nuestros sermones de
despedida en la misma fecha, y en el espacio de una semana nos encontramos
juntos en una ciudad desconocida. ¡Quiera el Señor darnos gracia y fuerza para
ser obedientes a toda su voluntad!
Pero sigamos. Ya que no podía aceptar yo un
pastorado entre los disidentes, me planteaba esta pregunta: «¿Con qué
cristianos debía estar identificado?». Ud. recordará que yo ya creía que los
cristianos debían congregarse el primer día de la semana para partir el pan.
Por lo tanto, mi atención se dirigió nuevamente hacia los llamados «hermanos»,
pues sabía que, a pesar del generalmente aceptado carácter bíblico de esta
práctica, ellos eran los únicos cristianos (excepto algunas congregaciones
particulares) que se reunían semanalmente alrededor de la mesa del Señor
Por lo tanto, la primera cosa que me dispuse a
examinar más profundamente fue su doctrina
o fundamento de la adoración. Ella está en contraste directo con aquella
que sustentan los disidentes. Durante mi pastorado, la adoración, como se la
llamaba, estaba completamente bajo mi dirección, y el programa dentro del cual
caímos era casi el mismo que el de las capillas en general. Comenzábamos con
oración y canto; luego teníamos un par de lecturas bíblicas divididas por
cantos y oración; luego venía el sermón y concluíamos con canto y oración.
Nunca creí que esto fuera adoración. Creyentes
individuales frecuentemente sentían y gozaban la presencia del Señor, pues la
fe puede contar siempre con Su ayuda.
Pero pocos de nosotros pensamos alguna vez que estábamos adorando como asamblea,
pues sabíamos que nuestra «asamblea» no estaba compuesta exclusivamente por
gente de Dios. Además, la mayoría de los creyentes que se reunían con nosotros
nunca buscaban alguna operación del Espíritu Santo mientras estaban así
reunidos, excepto a través del ministro. Por consiguiente, si el ministro
estaba lleno del Espíritu Santo, él era el medio para ministrar "ríos de
agua viva" a los hijos de Dios; pero, si no, había una casi total ausencia
de bendición. Así, el estado espiritual de cualquier congregación de este tipo
está determinado en gran manera por el estado espiritual de su ministro ¡porque el sistema hace depender todo de ese
único hombre!
Consideremos ahora lo que descubrí que era el
principio o fundamento de la adoración como lo entendían los llamados
«hermanos». Ellos se congregan hacia el Nombre de Cristo, alrededor de Su mesa,
para partir el pan, conforme a Su mandamiento, cada día del Señor (Mateo 18:20;
1.ª Corintios 11:23-26; Hechos 20:7; etc.). Se reúnen simplemente alrededor del
Señor mismo, en dependencia y sumisión a Él como Señor, sabiendo que Él, con
fidelidad a sus promesas, está presente en medio de ellos cuando se congregan
así, para anunciar la muerte del Señor hasta que Él venga (1.ª Corintios
11:26). Luego —y esto es de vital
importancia—, ellos creen que el
Espíritu Santo —enviado después de la
ascensión del Señor Jesús— mora actualmente en la Iglesia de Dios. Y así, Él es el poder, tanto
para la adoración como para el ministerio. Muchos cristianos creen que el
Espíritu Santo mora en el creyente individual, y esta es una muy bendita
verdad. No obstante, la verdad que se asevera es que El mora también en la Iglesia.
Los versículos siguientes pueden ser de ayuda. El
apóstol Pablo, al escribir a la asamblea de Éfeso, dice: "En quien
vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el
Espíritu" (Efesios 2:22). Aquí, Pablo no está hablando del Espíritu Santo
como "Espíritu de adopción" en los creyentes, pues él dice:
"vosotros sois juntamente edificados
para morada de Dios en el Espíritu" es decir que, juntos, ellos formaban el lugar de habitación de Dios. Pablo nos
dice que “la casa de Dios... es la Iglesia del Dios viviente" (1.ª Timoteo
3:15). Pablo, al escribir a los corintios, también dice: "Vosotros (nótese
el plural) sois el templo del Dios
viviente" (2.ª Corintios 6:16). En 1.ª Corintios 6:19 encontramos la otra
verdad: los cuerpos individuales de los creyentes son el templo del Espíritu
Santo.
Tenemos, por tanto, la solemne verdad de que el Espíritu Santo está ahora en la
tierra, morando en la Iglesia de Dios; que, tal como el Señor lo prometió,
el Consolador ha venido para
permanecer con nosotros por siempre (Juan 14:16-17). Por lo tanto, todas las
veces que los creyentes están congregados hacia el Nombre de Cristo,
discerniendo que el Señor considera toda asamblea en estas condiciones como una
expresión local de la Iglesia toda, saben —basados en el testimonio de
la Escritura— que el Espíritu Santo está
en medio de ellos, guiando y controlando todo para la gloria de Dios a través
de Jesucristo.
Finalmente, los llamados «hermanos» enseñan otra
cosa —en común con la mayoría de los cristianos, salvo en
su aplicación—: en vista de que el velo
está ahora rasgado, tenemos "libertad para entrar en el Lugar Santísimo
por la sangre de Jesucristo". Por lo tanto, nuestro lugar de adoración es
el recién mencionado —dentro del velo— (Hebreos 9:11-14; 10:1-22), donde Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, ha
entrado ya para presentarse ante Dios por
nosotros (Hebreos 9:24), como el "ministro del santuario, y de aquel
verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre" (Hebreos 8:2).
Varias consecuencias emanan de estos principios fundamentales. En primer
término, los creyentes están congregados no por estar de acuerdo acerca de
ciertas doctrinas o por pertenecer a la misma denominación, sino sencillamente
como miembros del cuerpo de Cristo. Cualquier cosa diferente de esto fracasa
como expresión de la Iglesia de Dios, pues
debería haber un lugar a la mesa del Señor para todo creyente que no esté bajo
disciplina bíblica. Al efectuarle esta declaración, querido hermano, admito
que nosotros aspirábamos a esto, pero por mi parte jamás pude lograrlo porque
algunos de aquellos con quienes estaba asociado tenían una fuerte objeción para
con cualquiera que partiese el pan con nosotros sin ser miembro de otras
«iglesias». Ellos no reconocían que ser miembros de Cristo era el único título para estar a la mesa Señor[10].
En segundo lugar, cuando nos reunimos como miembros
del cuerpo de Cristo, el sacerdocio de todos los creyentes es reconocido porque
el Señor mismo es el Centro de la reunión. Frecuentemente he leído 1.ª Pedro
2:5, que dice: "Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como
casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales
aceptables a Dios por medio de Jesucristo". Yo pensaba que el apóstol
hacía alguna alusión al uso de nuestro sacerdocio cuando estábamos congregados. Yo sabía que todo creyente podía
actuar como sacerdote en privado, pero también veía que si un hombre era
designado para orar por aquellos
congregados, esto era, en la práctica, una negación de nuestro sacerdocio en
común y una sutil forma de clericalismo. Estoy seguro de que muchos ministros
disidentes confesarían que ellos sintieron frecuentemente como una carga
intolerable la necesidad de ser los portavoces de la congregación.
Por otro lado, cuando nos reunimos alrededor del
Señor, con espíritus dependientes del Espíritu Santo, y cuando nos postramos
juntos en común adoración, el Espíritu Santo abre los labios de uno y otro como
Él quiere, para derramar ante el trono de la gracia los sentimientos que Él
mismo ha colocado en nuestros corazones. De este modo, teniendo un Sumo
Sacerdote —no uno de nosotros mismos— sobre la casa de Dios, y sabiendo que el Espíritu Santo está dentro de
nosotros como el poder para la adoración, “acerquémonos con corazón sincero, en
plena certidumbre de fe", etc. (Hebreos 10:19-22).
En tercer lugar, cuando nos reunimos sobre este
fundamento para la adoración, el único Ministro reconocido es el mismo Señor
Jesús dentro del velo. Sólo a través de Él nuestra adoración y alabanza
ascienden a Dios el Padre. De este modo, nuestros ojos son dirigidos hacia Él.
Cada uno es llevado a sentir que, como sólo el Señor es el Centro de la
reunión, Él es también el único Mediador de la adoración ofrecida en espíritu y
en verdad mientras sus redimidos se gozan juntos, delante de Dios, en la
perfecta salvación con que Dios los ha bendecido a través del don y de la obra
de su amado Hijo.
En síntesis, la diferencia entre los dos principios
es ésta: los llamados «hermanos» se congregan como miembros del cuerpo de Cristo,
hacia Su Nombre, y reconociendo la presencia y el poder del Espíritu de Dios.
Por otro lado, los disidentes se reúnen como quienes concuerdan acerca de
ciertos puntos de vista tocantes a la verdad o posición eclesiástica, con
inconsciente negación de la presencia y del poder del Espíritu Santo. (Sus
arreglos humanos impiden necesariamente la acción del Espíritu Santo conforme a
Su soberana voluntad, excepto cuando a Él —en su tierna misericordia— le plazca obrar por medio de tales sistematizaciones para bendición de
las almas). En otras palabras, las Escrituras enseñan que los creyentes deben
reunirse como miembros de Cristo, en la dependencia del poder del Espíritu
Santo, quien está presente en medio de ellos, pero los disidentes se reúnen
como disidentes, esperando bendición a través del ministro que ellos mismos han
designado. Si se los reduce a sus más simples componentes, los dos principios
se limitan a creer en la presencia y acción del Espíritu Santo o a negar
prácticamente esta preciosa verdad.
Tengo dificultad para esperar que Ud., querido
hermano, pero le aseguro que las he hallado absolutamente bíblicas. Si, de
cualquier modo, he pasado por alto algún pasaje concerniente a este asunto,
estaré agradecido si Ud. lo señalara, pues lo único que deseo es encontrar el
pensamiento de Dios sobre este tema. De ahí que mi oración sea: "Dame
entendimiento conforme a tu palabra” (Salmo 119:169).
Afectuosamente suyo en el Señor
E. D.
SÉPTIMA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
La cuestión del «ministerio», tal como es sostenida
por los llamados «hermanos», ocupó luego mi atención. Encontré nuevamente que
la verdad sobre este tema está conectada con el Espíritu Santo en la asamblea.
Cuando este hecho es claramente entendido, muchas dificultades son dilucidadas.
Advertí que los llamados «hermanos» sostienen que
el Espíritu Santo debe tener libertad para ministrar en la asamblea por medio
de quien Él desee, y que quienquiera que posee un don —sea grande o pequeño— es responsable de usarlo
para el Señor. Por ende, escudriñé las Escrituras para descubrir si estos dos
principios expresaban el pensamiento del Señor.
Me dirigí a 1.ª Corintios 12 y 14. Jamás en mi
propio ministerio había leído o explicado estos capítulos a mi grey porque
sentía que ellos no armonizaban con las prácticas existentes. Trataba de creer
que se aplicaban a un estado de cosas que ya había pasado. Quizás ésta es la
creencia general entre los disidentes, pues yo he razonado —y he oído razonar a otros— que «el Nuevo Testamento
no existía aún. Por lo tanto, esta "diversidad de dones" fue dada
para la edificación temporal de la Iglesia hasta que ésta recibiera la mente
del Espíritu a partir de las Escrituras del Nuevo Testamento». Pero ¿es esto
así? Yo sentía que todo dependía de la respuesta a esta pregunta. Por eso
procuré luz y guía más cuidadosa y piadosamente.
Ud. sabe que, al explicar y aplicar la verdad,
siempre damos gran importancia a la cuestión «¿Para quién fue destinada
originalmente?». Por ejemplo, las instrucciones impartidas a un judío no
siempre pueden ser aplicadas a un cristiano. Por lo tanto, consideré el
comienzo de 1.ª Corintios para ver a quiénes había sido dirigida la epístola, y
hallé lo siguiente: "A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los
santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro
Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro" (1.ª Corintios 12). Es muy
evidente, merced a esta «salutación», que las instrucciones de esta epístola no
estaban destinadas a ser restringidas a la asamblea local de Corinto. Más bien fueron destinadas a todos los
creyentes. Cuando pensé en el carácter permanente de las Escrituras y, tuve
que creer que estas instrucciones fueron destinadas a los creyentes en todo
lugar y de todos los tiempos.
Esta conclusión fue fortalecida por un pasaje de
Efesios en el que tenemos una lista de dones, entre ellos el de los profetas, a quienes se refiere tan extensamente
el apóstol Pablo en 1.ª Corintios 14. Luego se nos dice que estos dones son
dados “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la
edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la
fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo" (Efesios 4:11-13). Obviamente no hemos
llegado aún a la unidad de la fe. Por lo
tanto, Dios determinó la continuación de los dones y la consecuente aplicación
permanente de las instrucciones contenidas en 1.ª Corintios 12 y 14.
De este modo, «la libertad del Espíritu Santo para
ministrar por quien Él quiera» es una verdad bíblica. De lo contrario, sería
imposible comprender una declaración tal como: "los profetas hablen dos o
tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviese
sentado, calle el primero. Porque podéis profetizar todos uno por uno, para que
todos aprendan, y todos sean exhortados” (1.ª Corintios 14:29-31).
Muchos llegan a la apresurada conclusión de que un
«profeta» es uno que predice cosas aún futuras y desconocidas. Luego preguntan:
«¿Qué lugar hay para los profetas en la Iglesia de Dios desde que la revelación
de la voluntad y propósito divinos están completos en las Escrituras?». Pero la
verdadera definición de «profeta» es: «uno que comunica la mente y la voluntad
de Dios a aquellos a quienes es enviado» Samuel y Elías eran profetas y, no
obstante, ambos tuvieron muy poco que ver con la predicción de eventos futuros.
Más bien su principal trabajo era presentar la voluntad de Dios, ya revelada en
la Ley, para actuar sobre los corazones y las conciencias de su pueblo. Así
ocurre con los profetas del Nuevo Testamento. Su ocupación consiste en aplicar
verdades conocidas a los corazones de los santos. Por lo tanto, hay una
constante necesidad de su ministerio.
Lo mismo se ve en otra epístola. En Romanos 12:6-8
Pablo dice: "De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que
nos es dada, si el de profecía, úsese conforme ala medida de la fe; o si de
servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza...". Estas
exhortaciones fueron dirigidas a la asamblea local de Roma, pero, si esa
asamblea hubiera estado bajo el cuidado pastoral de un solo hombre, no hubiera
habido ninguna oportunidad para la obediencia de aquellas instrucciones en el
uso de los varios dones mencionados. Más bien el apóstol contemplaba la más
plena libertad para el Espíritu Santo de ministrar por medio de quien Él
quisiera. Ésta, por cierto, es una consecuencia necesaria de las palabras de
Pablo: "Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a
otro, palabra de ciencia según el mismo espíritu;... a otro, profecía... pero
todas estas cosas las hace (opera) uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él
quiere" (1.ª Corintios 12:8-11).
Pocos discuten que tal era el orden en la Iglesia
primitiva, pero es un argumento común que todos los dones cesaron al finalizar
la era apostólica, de modo que estas instrucciones respecto de los dones no
tienen ninguna aplicación para el tiempo actual. He anticipado parcialmente mi
objeción mostrando la continua aplicación de las Escrituras según lo expresado
en 1.ª Corintios, pero quisiera completar mi respuesta mediante dos
consideraciones.
En primer lugar, si aquel argumento fuese
probadamente verdadero (que no lo es), no afectaría el principio de reunión.
Nuestro deber sería reunirnos aún sobre el terreno bíblico, dejando lugar para
el uso de los dones cuando el poder del Espíritu nos fuese restituido; y si
nunca nos lo fuese, igualmente nuestro deber seguiría siendo el de reunirnos
alrededor de nuestro Señor para adoración y alabanza, sumisos a su voluntad en
nuestra falta de dones.
En segundo lugar, si todos los dones hubieran sido
retirados, tal como se arguye, no estaríamos en libertad para compensar nuestra
condición de debilidad sustituyéndola por un orden humano. Si el Señor nos ha
castigado así, no estamos en libertad para establecer ministros y oficiales
eclesiásticos de conformidad con los deseos de nuestros propios corazones. No,
querido hermano, no podemos suponer que esta libertad es nuestra; y el mismo
hecho de que es reclamada, muestra tan sólo que la convicción acerca de la
presencia y del poder del Espíritu Santo en la asamblea está rápidamente
desapareciendo de las mentes de los creyentes.
Lo restante del tema puede ser abordado con menos
palabras. En vista de que debe haber libertad para que el Espíritu Santo
ministre por medio de quien Él desee, es una simple consecuencia que ¡el don es
la medida de responsabilidad! Digo don y no oficio, porque el poseedor del don
es responsable ante el Señor solamente por su uso en favor de los santos. Así,
por ejemplo, si Ud. tiene el don de la exhortación, Dios espera que Ud. lo use
sin esperar que la iglesia lo apruebe eligiéndolo para desempeñar un oficio.
El ya citado pasaje de Romanos 12:6-8 prueba esto.
Pablo escribe: “teniendo diferentes dones" (no puestos oficiales) que sean
utilizados. 1.ª Corintios 12 y 14 enseñan lo mismo, así como Efesios 4:8-13,
donde se nos dice claramente que el Señor dio dones a los hombres, y, como lo
dice en la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30), Él espera el crecimiento.
Tenemos el mismo principio declarado en 1.ª Pedro 4: 10-11: "Cada uno
según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios.” Así, el Señor nos hace, a
todos sus siervos, responsables por el uso de nuestros dones para edificar a su
pueblo. Repito que esto es totalmente imposible bajo el «gobierno eclesiástico»
de los disidentes. En realidad, su política eclesiástica menosprecia el don de
profecía y, por consiguiente, apaga al Espíritu (1.ª Tesalonicenses 5:19-20).
De modo, querido hermano, que tengo que concordar con el carácter bíblico del
«ministerio» tal como es practicado por los llamados «hermanos».
He oído la objeción de que por muy bíblico que
pueda ser, no funciona, y que los maestros son tristemente escasos entre los
llamados «hermanos», de modo que debemos adoptar otros planes. No estoy aún
preparado para emitir juicio sobre la primera parte de esta objeción, y no
tengo ningún deseo de hacerlo porque estoy satisfecho respecto de la voluntad
del Señor acerca del ministerio, tal como está revelada en las Escrituras.
Estoy completamente seguro de que Su camino para el ministerio, como en todas
las cosas, es mejor que el camino del hombre. Tampoco estoy en condiciones de
decir si la segunda parte de la objeción es verdadera. No obstante, sé que aquellos
creyentes que están con los llamados «hermanos» se encuentran mucho mejor
instruidos que aquellos que están entre los disidentes. Confío querido hermano,
que Ud. estará de acuerdo conmigo en esto también, pues una de las mayores
dificultades que tuvimos en nuestros esfuerzos por instruir a los cristianos
que estaban bajo nuestro «cuidado pastoral» ha sido su falta de conocimiento de
la Palabra de Dios, debiéndose mayormente a su costumbre de hacer suyas las
«opiniones» de sus predicadores favoritos.
Sea como fuere, yo estoy satisfecho de apoyar mis
conclusiones sobre la Escritura solamente, pues no tenemos ninguna otra guía.
Si alguna vez permitimos la adición de sabiduría humana, abrimos la puerta a
todas las corrupciones que han afligido y debilitado a la Iglesia de Dios. Si
me adhiero estrictamente a la Palabra de Dios, tengo una guía segura e
infalible y al mismo tiempo, un medio para probar todo «sistema eclesiástico»
que procure mi lealtad a él. Tengo también la espada del Espíritu, con la cual puedo
librar las batallas del Señor en este tiempo de oscuridad y desviación de la
verdad.
Afectuosamente suyo en el Señor
E.D
OCTAVA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
Cuando hube aclarado las cuestiones del
«ministerio» y de la «adoración» tal como eran sostenidas por los llamados
«hermanos», sentí la necesidad de tener en claro la cuestión de la disciplina antes de tomar cualquier
determinación. Hay muchos cristianos —y nosotros estábamos entre ellos— que
creen que la mesa del Señor está abierta a todos los creyentes.
Esto, por supuesto, es básicamente cierto, pues de
lo contrario la mesa no sería del Señor.
No obstante, ¿existen algunas
limitaciones dadas por el Señor mismo en su Palabra? Se dan diferentes
respuestas a esta pregunta. En la Iglesia Anglicana no existe la menor
intención de usar la disciplina. Cualquier feligrés, excepto en una o dos
instancias específicas de pecado burdo, tiene el derecho, por sus leyes, sea
salvo o no, de ser «comulgante». Dado que tanto una como otra excepción rara
vez se presentan a la «baranda del altar», no hay esencialmente ninguna
restricción en la Iglesia.
Entre los disidentes, las prácticas varían. Los
congregacionalistas o independientes frecuentemente son tan irrestrictos como
los episcopales. Todos los que se consideran a sí mismos creyentes son
invitados al «servicio de comunión». Éste también es el caso de algunos
bautistas, si bien no es su regla habitual. En realidad, ellos están divididos
en varias clases. Algunos hacen del bautismo la condición para comulgar; a
otros les basta con ser miembros de una iglesia; pero casi todos profesan la
exclusión de aquellos que andan desordenadamente. Pero, que yo sepa, la doctrina nunca es una cuestión que deba
ser tenida en cuenta. Tomo, por ejemplo, la Asociación de Iglesias Bautistas de
Londres, a la cual pertenecíamos. Un miembro muy prominente ha negado por
escrito la completa pecaminosidad de la naturaleza humana; otro ha enseñado la
no eternidad del castigo, pero esto no afecta su posición como miembros.
Nosotros dos deplorábamos esto. En una ocasión nos abstuvimos de asistir a una
reunión porque temíamos que, en caso de ir, a vista de Dios estuviésemos
respaldando opiniones del hermano en cuya capilla estaba reunida la
«Asociación».
Volvamos a los llamados «hermanos». Hallé que había
habido una división sobre este mismo tema. Por eso tuve que examinar con mucho
cuidado este asunto a la luz de las Escrituras. Mi pregunta era: «¿Enseña la
Biblia que las falsas doctrinas —doctrinas que atañen a la
Persona y la obra del Señor— lo descalifican a uno para
participar de la mesa del Señor?». Para decirlo de otro modo: «¿Debemos tener
comunión con los maestros y con aquellos que sostienen una falsa doctrina?».
Para responder a esta pregunta no citaré el Antiguo Testamento (si bien el principio de la separación de enseñanzas
perversas enseñado en él), a fin de evitar que su aplicación sea negada. Más
bien apelaré a las epístolas, por ser más aplicables a la Iglesia de Dios.
Vayamos a Gálatas 1:8-9. Aquí se hace referencia a evangelistas que predicaban
otro evangelio. ¿En qué consistía ese otro evangelio? Se trataba de adicionar,
al único medio de salvación que es la fe en Cristo, algunas observancias
rituales. Éste es un «evangelio» común en la actualidad. Si no hubiera ninguna
disciplina para reprimir las falsas doctrinas, esos predicadores gálatas
deberían haber recibido la diestra de comunión, como lo hacen en casi todas
partes en la actualidad. Pero ¿qué dice el apóstol?: "¡Ojalá se mutilasen
los que os perturban!" (Gálatas 5:12).
Al final de la epístola, Pablo declara el principio
que compromete a la Iglesia: "Y a
todos los que anden conforme a esta regla" —la verdadera doctrina de la
cruz de nuestro Señor Jesucristo"—, "paz y misericordia sea a ellos,
y al Israel de Dios" (Gálatas 6:14-16). La inferencia, entonces, es que no tenemos que tener comunión con aquellos que no andan conforme a esta regla[11]. Pablo también dice: "Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma
a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es
conforme a la piedad... apártate de los
tales" (1.ª Timoteo 6:3-5). Lea también las declaraciones aún más
fuertes de 2.ª Timoteo 2:15-21 y de 2.ª Juan 9-11. Las epístolas a las siete
iglesias de Apocalipsis 2 y 3 también están llenas de una enseñanza similar.
Considere la porción dirigida a la iglesia de Éfeso". Nuestro Señor, con
aprobación, dice: “has probado a aquellos que se dicen ser apóstoles, y no lo
son, y los has hallado mentirosos” (Apocalipsis 22). Por otro lado, Él condena
a Pérgamo y a Tiatira por tolerar falsas doctrinas en la Iglesia (Apocalipsis
2:14 y 20).
Estos pasajes me convencieron de que era el
pensamiento del Señor que debe haber disciplina para reprimir las falsas
doctrinas. La razón es obvia. Si uno que “anda desordenadamente" tiene que
ser retirado de la comunión de los santos, mucho más debe serlo el maestro que
enseña falsa doctrina, porque "un poco de levadura (pecado) leuda toda la
masa" (1.ª Corintios 5:6). De modo que, si un andar desordenado leuda,
mucho más lo hará una falsa doctrina. Si un creyente cae en la embriaguez o en
otro tipo de abierto pecado, trae deshonra sobre su Señor, pero los creyentes con
quienes aquél está asociado seguramente no habrán de seguir su ejemplo
obviamente malo. Por otro lado, si un santo es llevado a aceptar una falsa
doctrina, comenzará a enseñarla, y muchos llegarán a contaminarse (leudarse).
Daré un ejemplo de esto por ser de mi propio conocimiento. Cierto ministro
adoptó «puntos de vista» que desacreditaban la Persona y la obra del Señor
Jesucristo. Muchos de los creyentes que estaban conectados con él le siguieron
en estas doctrinas perversas. Por algún tiempo, el remanente piadoso fue
impotente. Pero el ministro, demasiado confiado en su propia influencia, no
estaba satisfecho con el apoyo que recibía. Por eso propuso que sus doctrinas
se convirtiesen en el fundamento de
la congregación. Esto abrió los ojos de algunos que habían estado en silencio,
pero, cuando el asunto fue llevado a votación (los estatutos de la iglesia
establecían que la mayoría debía resolver tales cuestiones), la propuesta del
ministro fue rechazada por el margen de un
solo voto. Así, la "levadura" fue detenida, ya que el ministro
fue forzado a renunciar. Pero, de haber recordado aquel ministro el verdadero
carácter de la levadura —que obra silenciosamente— toda la masa pronto se
habría leudado, como por cierto ya había llegado a serlo a los ojos de Dios antes
de que se comenzara a actuar.
¡Es fatal que sea tolerada la enseñanza de una
falsa doctrina! La condición de la Iglesia en la actualidad es el resultado de
esta terrible debilidad. En lugar de estar fundados en la verdad, los santos se
preguntan: «¿Qué es la verdad?», pues la opinión humana es frecuentemente su
única norma.
Una vez que estuve
satisfecho con respecto al principio,
tuve que rever de mala gana la «controversia de Betesda», la cual dividió a los
llamados «hermanos» en dos grupos: uno comúnmente conocido como «hermanos
libres»[12] y el otro como «hermanos exclusivo»[13]. Algunos años atrás
únicamente examiné un solo lado del caso. Recientemente investigué también el
otro lado y hablé con algunos que estaban familiarizados con él desde el
principio.
Concluí que toda la dificultad surgió a causa de la
cuestión de la disciplina por falsa doctrina y por lo tocante a si la acción
disciplinaria de una asamblea debía ser respetada y mantenida por otras
asambleas. Por ejemplo, suponga Ud. que un maestro de falsa doctrina es
apartado de la comunión en una localidad. ¿Es correcto recibirlo en otra? El
caso no debería presentar ninguna dificultad, pues con la más pequeña cantidad
de inteligencia espiritual cualquier creyente vería que si la asamblea de
Liverpool fuese a revocar la acción de la asamblea de Manchester en un asunto
de disciplina, con ello negaría la verdad de la unidad del cuerpo de Cristo.
Sería también declarar que lo que fue hecho rectamente por los santos de una
localidad podría ser deshecho por los de otra.
No estoy afirmando que nunca se hayan cometido
errores en la aplicación de los
verdaderos principios de la disciplina. Esto escapa a mi capacidad de decisión.
Mi tarea consistió en decidir si los principios
estaban basados en la Palabra de Dios. Es mi deseo que todos cuantos estén
interesados en este tema se despojen a sí mismos de cualquier prejuicio y se limiten simplemente al examen de los
principios de disciplina en disputa, no preguntando nada excepto: «¿Es esto
según la Escritura, o no?». En tanto una persona no esté dispuesta a ello,
no podrá juzgar sobre los méritos de la «controversia de Betesda». Quiero
quitar una dificultad de la senda de los inquiridores. Se pregunta con
frecuencia: «¿Puede ser correcto excluir a tal o cual persona de la comunión
con la asamblea? Considere su vida santa y su devoción. ¿Pretende Ud. sentarse
a juzgar sobre sus cualidades para la mesa del Señor?». Tales preguntas son
comunes y, para algunos, muy importantes. Pero ¡estas preguntas sencillamente no tienen nada que ver con el asunto! La
única pregunta que tenemos que responder es si la disciplina tiene que ser
mantenida conforme a la Palabra de Dios. Si es así, ella se convierte en
simple obediencia al Señor y no en «pronunciar juicio contra otros creyentes».
El apóstol Juan nos dice: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios,
cuando amamos a Dios, y guardamos sus
mandamientos" (1.ª Juan 5:2). De modo que mostramos amor a los santos,
no por admitirlos a la mesa del Señor en contra de la expresa voluntad de Dios,
sino guardan do los mandamientos de Dios. Permítame aconsejar a todos los
creyentes por medio de esta carta dirigida a Ud., querido hermano, que mantengan
sus ojos lejos de los hombres y fijos en el Señor Entonces advertirán que la
senda que conduce a disciplinar por el sostenimiento de una falsa doctrina, si
bien algunas veces resulta muy estrecha, es la senda de la obediencia debida a
Dios.
La enseñanza de este principio de «disciplina»
suscitará la más firme oposición, porque cualquier cosa que ayude a mantener a
la Iglesia de Dios como "columna y baluarte de la verdad" (1.ª
Timoteo 3:15), conforme al propósito divino, con seguridad excitará la rabia de
Satanás. De ningún otro modo puede Satanás llevar a cabo sus propósitos más
satisfactoriamente que destruyendo la línea demarcatoria entre la verdad y el
error. Ud., querido hermano, está familiarizado con la Historia de la Iglesia.
¿No es cierto que el desliz y la corrupción de la Iglesia siempre fue el
resultado de la indiferencia por mantener la verdad concerniente a la
permisividad de "levadura" —pecado— tanto en la enseñanza como en la
vida? El hecho es que, si Ud. deja una vez de administrar la disciplina, toda
la seguridad respecto de la verdad se pierde en seguida en el conflicto de las
confusas opiniones de los hombres.
Cualquiera sea la oposición que este principio de
disciplina pueda suscitar, nadie tiene derecho a tildar de «sectarismo» a aquellos
que lo sostienen.
Una «secta»,
o partido, en el sentido bíblico, está integrada por aquellos que se reúnen o
asocian porque concuerdan en una cierta verdad o doctrina, o porque sostienen
una forma particular de política eclesiástica. De ahí que congregacionalistas,
bautistas, wesleyanos (metodistas), clérigos de la iglesia oficial y
presbiterianos constituyen «sectas». En realidad, ellos frecuentemente hablan
de sí mismos como de diferentes secciones
de la Iglesia. Pero cuando los creyentes simplemente se congregan como miembros
de Cristo, alrededor de Él como Cabeza, con obediencia a Él como Señor, y
procuran —por el Espíritu Santo— hacer todas las cosas con sujeción a la
Palabra de Dios y mantener la disciplina que ésta requiere, etc., ellos no son
de ningún modo una «secta», porque hay un
lugar a la mesa del Señor para todo creyente que no esté descalificado por el
Señor mismo a causa de un andar impío o una falsa doctrina. Esto, pienso,
será claro para toda mente sin prejuicios.
Afectuosamente suyo en el Señor
E. D.
NOVENA CARTA
Blackheath, enero de 1875
Mi querido hermano:
Seguramente Ud. no se sorprenderá al oír que,
cuando llegué a las conclusiones indicadas en mis cartas anteriores, sentí que
debía tomar mi lugar con los llamados «hermanos» para ser consistente y honesto
delante del Señor. Pero no me fue fácil apartarme de mis convicciones. Eludía
renunciar a mi posición. Eludía aún más romper las ataduras que a través de
años de afectuosa asociación me habían ligado a muchos queridos amigos
cristianos. No podía soportar la idea de herir a alguno, como a Ud. mismo, con
quien había gozado de una comunión tan estrecha.
También estaba asustado ante la posibilidad de la
tormenta que ese paso indudablemente produciría en ciertas partes. Además,
cuando recordaba el fuerte antagonismo que en el pasado había yo sostenido con
los llamados «hermanos», no me fue fácil confesar a todo el mundo el error que
yo había cometido. Recibí también muchas cartas muy afectuosas, pero con ruegos
y advertencias apremiantes acerca del «engaño» que se había posesionado de mi
mente. Otros me dijeron sencillamente que, si me unía a los llamados
«hermanos», perdería rápidamente toda independencia de pensamiento y acción, y
vendría a ser partícipe de las malas obras de aquellos cuyas enseñanzas estaban
supuestamente trastornando los mismos fundamentos del Evangelio. De modo que
comprenderá Ud. algunas de las dificultades que me perturbaban en este paso
final.
Dios me permitió apartar mi vista de los hombres y,
a instancias de su poderoso amor, fui y solicité partir el pan para recordar al
Señor con los santos de Blackheath. Ese permiso me fue concedido. Como
creyente, como miembro del cuerpo de Cristo y únicamente sobre este terreno y
no sobre la base de alguna doctrina o cualesquiera doctrinas[14], tomé mi lugar a la mesa
del Señor con los creyentes que se reunían sobre aquel terreno en obediencia a
su Señor (2 Timoteo 2:22).
No tengo ningún deseo de extenderme acerca de las
«tergiversaciones» (para no usar una palabra más fuerte) que siguieron al paso
que di, pues yo ya las esperaba. Ellas me ayudaron a comprender muchas
porciones de las Escrituras, como las que hablan de cargar nuestra cruz en pos
de Cristo y de soportar persecuciones o tribulaciones. Yo no entendía estos
versículos con igual efecto cuando mi posición y profesión de fe en Cristo
hallaban favor más bien que oposición. Además, recordaba la abierta oposición
que había practicado anteriormente contra los llamados «hermanos». Por ello
aguardo tranquilo, alimentando la esperanza de que mis adversarios puedan
también llegar a tener sus ojos abiertos y hallarse sentados conmigo alrededor
de la mesa de nuestro Señor.
Antes de concluir, me gustaría hablar acerca de los
resulta dos. El primer día del Señor noté, para gozo mío, que existe una
auténtica distinción (en pro de la cual los llamados «hermanos» siempre han
contendido) entre la adoración y las reuniones para escuchar sermones. Fue una
bendita experiencia sentir que el Señor estaba en medio de nosotros, de acuerdo
con su promesa (Mateo 18:20). Fue un nuevo gozo penetrar en esta verdad al
comulgar juntos en el cuerpo partido (tal como se manifiesta en el pan partido)
y en la preciosa sangre (así como se representa en el vino) de nuestro bendito
Señor. Nuestros corazones estaban forzosamente ocupados en Él, en lo que El fue
aquí abajo, en lo que Él fue en la cruz, en todo lo que Él es ahora a la
diestra de Dios y en todo lo que Él fue y es para Dios el Padre. De modo que,
mientras estábamos postrados en adoración dentro del velo, nuestra comunión
verdaderamente era con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Al decir esto no
niego que haya individuos que puedan
realizar la presencia del Señor, aun de un modo significativo, en «iglesias» de
diversos orígenes, pues el Señor siempre está presente para la fe. Pero, por lo
que yo contiendo, es por esto: que, a
menos que estemos congregados hacia su Nombre, no tenemos ningún derecho a
esperar la presencia del Señor en medio de nosotros. Sus propias palabras
son: “Porque donde están dos o tres congregados en (o, mejor, hacia) mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos" (Mateo 18:20). Así, la condición
para que sea real Su presencia en medio de la congregación, es que ellos estén
congregados hacia su Nombre, ¡algo
posible sólo para creyentes!
Oh, hermano mío, deseo que Ud. y todos los santos
puedan ver este bendito privilegio de reunirse, de conocer la dichosa libertad
del alma que inspira la seguridad de la presencia del Señor en medio de
nosotros y de conocer el gozo del corazón forjado en nosotros por el Espíritu
Santo mientras nos gozamos juntos en Dios a través de Jesucristo. Estoy
convencido de que, si Ud. goza esta experiencia una vez, su único asombro sería
haber estado satisfecho tanto tiempo con asambleas de distintas clases y
extracciones.
Otra cosa que atrajo en seguida mi atención fue que
a la Palabra de Dios le era dado el lugar que le correspondía. Su autoridad era
aceptada como suprema. Una de nuestras mayores dificultades entre los
«disidentes» había sido la de obtener un reconocimiento real y práctico de este
principio porque prevalecían demasiado las «opiniones» vagas en lo tocante a la
inspiración. Fuera de Ud., jamás encontré un ministro disidente que sostuviera
la plena inspiración verbal de las
Escrituras. Por consiguiente, cada uno se sentía más o menos en libertad para
erigirse en juez de la revelación que Dios ha hecho al hombre, en lugar de
permitir que ella juzgue al hombre y
sus caminos.
Bajo tales condiciones, la mente no puede tener
ninguna certeza respecto a cualquier verdad. De este modo, las congregaciones
recibirán en sucesión, sin vacilación o duda alguna, a ministros con opiniones
diferentes y opuestas. En una capilla hubo tres ministros en los pasados doce
años. El primero enseñaba que la muerte de Cristo no era más que un
autosacrificio. El segundo enseñaba el aceptado punto de vista de la redención,
pero negaba la total pecaminosidad del hombre. El tercero enseñaba, hasta
cierto punto, verdades dispensacionales. Pese a estas diferencias, la
congregación jamás pensó en decir que alguno de estos tres hombres estuviese equivocado. Ella podrá
decirle a Ud. cuál de esos ministros le gustaba
más, ¡pero eso será todo!
Apenas podría imaginarse Ud. un más triste estado
de cosas, todo lo cual procede de un conocimiento incorrecto del verdadero
carácter de la Palabra de Dios. Por lo tanto, sentí gran placer cuando advertí
que la autoridad de la Palabra de Dios era continuamente recalcada y que el
deber de una completa sumisión a ella era comúnmente reconocido.
«Pero ¿qué pasa con las doctrinas?» es una pregunta
que se que Ud. se formulará. Sin procurar responder plenamente ahora, he
aprendido una lección: no tomar las declaraciones o frases sueltas de los
adversarios como expresión correcta de las enseñanzas de los llamados
«hermanos» (o de cualquiera). La opinión común acerca de sus doctrinas es
enteramente falsa, inspirada por malas interpretaciones, sin duda. El hecho es
que la mente del escritor debe dirigir la
interpretación de un pasaje, aun cuando su estilo defectuoso o su vaguedad de
expresión parecieran permitir otro significado. Pero la controversia
teológica frecuentemente procede según un principio exactamente opuesto: ¡que
la mente del escritor es justamente lo que sus palabras pueden hacer significar!
Yo no digo que los llamados «hermanos» no hayan
enseñado ningún error, ya que ellos son tan capaces de cometer equivocaciones
como otros. Pero sostengo que, aunque se enseñe algún error, yo no soy
responsable de atacarlo (si bien debo
procurar señalar por la Palabra de Dios lo que yo creo que es la verdad) a menos que el mismo sea de una naturaleza
tal que requiera disciplina porque, como lo he dicho antes, nosotros no estamos
reunidos sobre el terreno de doctrinas en absoluto, sino como miembros del
cuerpo de Cristo, como aquellos que han sido hechos perfectos para siempre por
la ofrenda que Él hizo en la cruz (Hebreos 10:14).
Me gustaría formularle a Ud. algunas preguntas:
¿Hay o no instrucciones precisas en la Biblia referentes a la Asamblea de Dios?
¿Se nos enseña o no cuál es la voluntad de Dios respecto al terreno sobre el
cual los miembros del cuerpo de Cristo deben reunirse para la adoración, para
el mantenimiento de la unidad del Espíritu, para el ministerio, etc.? Si las
respuestas fueran negativas, entonces a todos les es lícito hacer lo que es
correcto a sus propios ojos. Pero si hay instrucciones concernientes a estos
asuntos, entonces Dios requiere a todo creyente que obedezca a su Palabra.
"Si me amáis, guardad mis mandamientos" (Juan 14:15) todavía se
aplica para todo, y toda la confusión que nos rodea no excusa al más débil o
joven de los creyentes de la obligación de presentarse perfecto y completo
según toda la voluntad de Dios.
La senda de Dios es estrecha y difícil, pero, si
cada uno estuviese ansioso por glorificar a Dios y por dar un testimonio fiel
en estos días de oscuridad y comenzara por separarse de todo aquello que no
está autorizado por la Palabra de Dios o que está condenado por ella, pronto
vería que resplandece "en las tinieblas luz a los rectos" (Salmo
112:4). Por lo tanto, procurando hacer la voluntad de Dios, conocería si la
doctrina es de Dios (Juan 7:17) y sería guiado por el poder del Espíritu Santo
a toda verdad (Juan 16:13).
Querido hermano, ¿quién mejor que Ud. conoce la
necesidad de tomar nuestra posición únicamente fundados sobre la Palabra de
Dios? ¿Por qué, entonces, pese a ver cómo el mal aumenta por todos lados y se
lanzan ataques contra los mismos fundamentos de la fe, aun hombres piadosos
titubean en separarse completamente del mal y en encomendarse a sí mismos,
tanto en sus asociaciones eclesiásticas como en su andar individual, a la guía
de la infalible Palabra de Dios? Semejante negligencia es meramente una falsa
santidad que tiene que ver con experiencias superficiales y que abandona a la
Iglesia de Dios a la voluntad y designios del hombre. La Iglesia es el cuerpo
de Cristo y, como tal, nuestro Señor "la amó y se entregó a sí mismo por
ella para santificarla, habiéndola
purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a
sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa
semejante, sino que fuese santa y sin mancha" (Efesios 5:25-27). Entonces
¿no debemos procurar tener comunión con nuestro bendito Señor en lo tocante a
su propio cuerpo, la Iglesia, del cual, merced a la gracia, somos miembros?
Ruego que Dios quiera abrir los ojos de su pueblo
para que ellos salgan y se mantengan separados de todo lo que es contrario a Su
voluntad, como así también que se hallen con los pocos que, a pesar de las
muchas dificultades y oposición, mantienen Su honor a través de un testimonio
sumiso a la autoridad de su Palabra en este día malo.
Afectuosamente suyo en Cristo,
E. D.
NOTAS
[1] N. del E.—
Podemos aprender valiosas lecciones del error que cometió el señor Dennett.
Reparemos en el siguiente párrafo de su folleto. Los cristianos, por lo
general, somos rápidos para atacar y condenar a otros cristianos sobre la base
de sentimientos personales o de informaciones provenientes de segunda o tercera
mano. Antes de condenar o atacar pública o aun privadamente cualquier cosa acerca
de otro cristiano o grupo de cristianos, nuestro claro deber, según las
Escrituras, es investigar los hechos reales. Esto puede implicar que uno se
dirija a la persona o personas involucradas y se discutan a fondo los asuntos
en cuestión. Luego, nuestro propio juicio puede estar errado, de modo que
deberíamos acudir a otros que pudieran ayudarnos a confirmar los hechos,
Finalmente, si hallamos que el asunto en cuestión está equivocado, nuestra
oposición al error debería ser hecha tan bondadosamente como fuera posible
aunque, no obstante, poniendo sobre aviso a otros del error, pues debemos
tratar de ayudar a nuestros compañeros creyentes a conocer y practicar la
verdad de Dios en su totalidad. Dennett ha llenado todos estos requisitos en
este folleto.
[2]
N. del E.— Estos cristianos a quienes se
refiere como «llamados hermanos» —frecuentemente conocidos como «Hermanos de
Plymouth»— rechazan tales títulos porque los colocan aparte de otros
cristianos. Ellos se reúnen simplemente como cristianos, no congregados hacia
ningún otro nombre que no sea el del Señor Jesús (Mateo 18:20). No obstante, la
frase anterior se utiliza aquí como asunto de conveniencia para distinguir a
estos creyentes de aquellos que están en las diversas denominaciones.
[3] N. del T.— Del inglés, «Brethrenism», a veces también «Plymouthismo»,
es una voz sajona empleada en círculos protestantes para identificar al
conjunto de creencias (especialmente las dispensacionales y las que atañen a la
Iglesia) que sustentan aquellos conocidos como «hermanos».
[4] N.
del A.— Esta frase «mi grey» —o «mi pueblo»— se utiliza en las presentes cartas
sencillamente como expresión de antiguas asociaciones y no como justificándolas
ahora.
[5] N.
del T.— Nombre dado a ciertos miembros de diversas
denominaciones religiosas que, además de rechazar la doctrina de la Trinidad,
enfatizan la completa libertad de opinión religiosa, promueven la exaltación del
género humano y de la sociedad, etc. Sin duda, hay una estrecha conexión entre
unitarianismo, modernismo y liberalismo: todas estas filosofías humanas
(Colosenses 2:8) tienen al hombre como centro y medida de todas las cosas.
[6] N.
del E.— Un «disidente» era una persona que había abandonado la Iglesia
Anglicana (la Iglesia de Inglaterra) o —en un sentido más general— cualquiera de las iglesias «oficiales», como la Bautista, las
Independientes, la Congregacionalista, etc. Dennett fue un ministro bautista.
[7] N. del
T.— El título de Bachelor,
que, como es sabido, no es nuestro título de bachiller de la enseñanza
secundaria, sino un título universitario, no tiene equivalente en nuestro idioma
español. Para aclarar el concepto, podemos decir que esta palabra no tiene
equivalente en nuestro idioma debido a la falta de coincidencia entre los
títulos académicos del sistema anglosajón y el nuestro. Las universidades y
escuelas universitarias anglosajonas suelen conceder tres niveles de títulos
académicos: Bachelor (B. A.), Master (M. A.) y Phylosophy doctor (Ph. D.). Es difícil establecer equivalencias
académicas entre ese sistema y el sistema de títulos del mundo hispano, pero en
principio, el Master y el Phylosophy Doctor (este último sin
relación necesariamente con la Filosofía), coinciden, a los efectos prácticos,
con bastante exactitud con nuestras licenciatura
y doctorado. Pero Bachelor —que es el primer título
académico que otorgan las universidades anglosajonas—, queda flotante, y no es
posible darle un equivalente (Alfonso Torrents dels Prats, Diccionario de dificultades del inglés).
[8] N.
del T.— Así consta en la versión Reina-Valera,
revisión 1977, y básicamente es igual en la revisión de 1909 ("Y habiéndoles
designado..."). En la revisión de 1960, los revisores suprimieron la
correspondiente traducción del pronombre griego «autois» —«a» o «para» ellos— que confiere al sentido
una fuerza adicional para una mejor comprensión del versículo, aunque la acción
del verbo «constituir» se aplica claramente a los apóstoles.
[9] N.
del T.— Se traduce literalmente del inglés,
partiendo de la traducción interlineal «The
Englishman's Greek New Testament» (Newberry). Véase también de A. Marshall:
«The Interlinear Greek-English New
Testament» y de Francisco Lacueva: «Nuevo
Testamento interlineal».
[10] N.
del E.— Para una discusión detallada de las
calificaciones bíblicas de esta declaración «general», véase la octava carta.
[11] N.
del E. — En realidad —vuélvase a Gálatas 1:8-9— Pablo dice que tales falsos
predicadores deben ser "anatema".
[12] N.
del T.— Los llamados «Hermanos Libres» (del inglés «Open
Brethren») se separaron en 1848 como un grupo de asambleas independientes
durante la conocida «controversia de Betesda». Entre los «nuevos» principios
que adoptaron, los cuales los apartaron de los lineamientos originales del
movimiento, podemos mencionar los dos más característicos: la independencia (o «autonomía», como prefieren) de la asamblea local respecto de las
acciones de las demás asambleas (es decir, que cada asamblea local es libre de
recibir o rechazar a quien ella considere conveniente sin tener en
consideración las acciones tomadas por las demás asambleas), y la indiferencia respecto de las asociaciones
con el mal, ya doctrinal, ya moral. Este último principio se formalizó al
principio de la división en la llamada «carta de los diez», firmada por diez
líderes de la asamblea de Betesda, en la que uno de los párrafos consta así:
«Supóngase que el autor de los tratados [B. W.
Newton], fuese un falso maestro de doctrina fundamental; esto no nos
autorizaría a rechazar a aquellos que vienen a nosotros y están de alguna
manera asociados con él, pues lo que vale es si ellos comprendieron y adoptaron
sus falsas doctrinas que trastornan los fundamentos de la fe cristiana, y no si
están asociados o no con ello.»
Los «Hermanos Libres», siguieron hasta hoy llevando
adelante este falso principio según el cual se consideran «libres o abiertos»
para recibir en comunión a cristianos asociados a falsos maestros, con tal que
no hayan «asimilado» el mal por sí mismos. Pero no tienen en cuenta que la
asociación per se es bíblicamente
inaceptable, por más que quienes estén asociados a falsos maestros no declaren
adherir a las perversas enseñanzas. La asociación con el mal, cuando se tiene
conciencia de este último, pero se es indiferente a él, contamina. Véase el
principio bíblico en 2.ª Juan 9-11, donde se les ordena a la señora y a sus
hijos que no reciban ni saluden a los herejes, porque si fuesen a hacerlo,
aunque no adoptasen la herejía, se hacían cómplices con él de sus malas obras por el solo hecho de saludarlo o recibirlo.
Asimismo en 1.ª Corintios 5:3-5 tenemos otro caso de contaminación por asociación con el mal sin que uno mismo practique
el mal del otro, pero tolerándolo o siendo indiferente ante él: el apóstol dice
a los corintios que por el hecho de seguir asociados con el que cometía la
inmoral acción, ellos ya no podían ser considerados una “nueva masa”, sin levadura,
en la práctica, sino que debían limpiarse de la levadura “para ser” nueva masa (si bien lo eran posicionalmente en Cristo,
pero ya no en la práctica). El mal moral de toda la asamblea de Corinto, no
consistía en que todos al unísono practicaban la fornicación a la par del que
tendría que haber sido expulsado por ellos, y así contaminarse, sino en que
todos, conscientes del mal en su entorno, toleraban
la mala acción o eran indiferentes a
ella al no haberla juzgado oportunamente, lo cual los hacía partícipes del mal
por asociación, no por practicar cada uno la fornicación para ser recién ahí
contaminados. No se trata de contaminación por algún misterioso contacto
exterior, como algunos han propuesto, y que el mal se transmitiera de esa
forma, sino que el mal por asociación
consiste en una contaminación del corazón a causa de una actitud indiferente o neutral frente al mal de otro que toma lugar
dentro del ámbito en que uno está asociado, ya en la esfera local, ya en la
esfera universal (pues no hay más que una sola Casa de Dios en la tierra, la
cual no se limita a la esfera puramente local según las Escrituras), y que
requiere ser juzgado. Si el mal es juzgado, la asamblea o el individuo como en
2.ª Timoteo 2, se limpia; si el mal es tolerado, por el contrario, se
contamina. La Escritura indica claramente la separación del creyente respecto de las malas asociaciones, y que
la indiferencia con respecto al mal contamina. Véase también en relación con
estos principios de separación, 2.ª Timoteo 2:19-22 y 1.ª Corintios 10:14-22.
Quienes quieran ver más detalles sobre la división
con los «Hermanos Libres» y sus principios, pueden leer en español:
«Los fundamentos sometidos a discusión, Betesda»
de A. Ladrierre en «El tiempo del despertar» («En esto pensad» N.º 2 de
2000).
C. H. Mackintosh escribió
una breve carta en la cual explica el desvío de los líderes de Betesda, y el
abandono del terreno de la unidad práctica hacia el camino de la independencia
eclesiástica:
Surgimiento
de los «Hermanos Libres» C. H. Mackintosh (en castellano)
Quienes sepan inglés
pueden consultar estas excelentes obras:
«The Origin of so-called Open-Brethrenism, The Whole Case of Plymouth
and Bethesda», W. Trotter
«OPEN BRETHREN, Their Origin, Principles, and
Practice», HAMILTON SMITH
«THE DOCTRINE OF CHRIST AND
BETHESDAISM» W.Kelly
The
Present Question; 1848-1849 G. V. Wigram
[13] N.
del T.— Del inglés «exclusive brethren». No tiene equivalente en español. No se
refiere, como algunos se imaginan, a una elite o grupo especial de cristianos
que no reconocen a los demás hijos de Dios como tales. Se refiere
específicamente al aspecto práctico de la comunión
eclesiástica, es decir, que estos hermanos reciben únicamente a verdaderos
miembros del Cuerpo de Cristo —la única base escrituraria para la recepción—
sobre la base de esa condición de miembros, y que andan fielmente como tales (y
un andar fiel comprende que el creyente no esté en comunión con falsos maestros
o con mal moral). La comunión «abierta» o «libre», recibe abiertamente a todos
los que profesan ser cristianos sin tener
en cuenta sus asociaciones, y la recepción a la comunión sólo queda
supeditada a la responsabilidad individual del que se allega a la asamblea. Los
otros hermanos creen que la comunión y la recepción al partimiento del pan, es
una cuestión de responsabilidad colectiva,
y no meramente individual, es decir,
que practican una recepción responsable
—no sectaria— a la Mesa del Señor.
[14] N.
del E.— Este punto ha sido tratado tanto en la carta sexta como en la octava,
pero, para evitar malentendidos, unas pocas observaciones suplementarias pueden
servir de ayuda. El autor no está infiriendo que los llamados «hermanos»
permitan o permitirían falsas doctrinas fundamentales, falsos principios o mala
conducta. Todas estas cosas descalificarían bíblicamente a una persona para
participar de la comunión, y debemos velar por que la propia disciplina del
Señor respecto a su Iglesia sea llevada a cabo. No obstante, la Escritura en
ningún lado requiere acuerdo sobre todo versículo o tema como condición para la
comunión. Como ejemplo bien conocido, tome el bautismo en agua. En muchas
congregaciones, a menos que uno esté de acuerdo con todos los demás respecto a
un cierto método de bautismo, le es negado el permiso para “partir el
pan". Eso es reunirse hacia una doctrina, de lo cual las Escrituras nunca
hacen una «prueba de comunión», a menos que la doctrina sea falsa en su
carácter fundamental. Nos debemos reunir hacia Cristo, y no hacia cierto
conjunto de doctrinas.