EL P ASO QUE DI

 

         Cartas a un amigo

         acerca de la decisión de tomar lugar

         con los llamados «hermanos»

 

 

         Edward Dennett

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Antes de que el señor Dennett escribiera este folleto era un dedicado ministro de Dios que se hallaba en la misma posición religiosa en la que comúnmente se halla la mayoría de los cristianos hoy en día: estaba rodeado por la tradición religiosa y había aceptado lo que los hombres le decían acerca de la Biblia en lugar de aprender lo que Dios tenía que decirle a través del estudio directo de ella.

                                                 

Éstas son cartas auténticas, revisadas sólo para su mayor claridad. Las mismas conforman una autobiografía que comprende varios años de la vida del señor Dennett, durante los cuales aprendió una lección que todos nosotros haríamos bien en aprender desde temprano en nuestras vidas cristianas: que hombres cristianos, honestos y sinceros, pueden estar equivocados, pero Dios puede revelar —y revelará— Su mente a todos aquellos que la busquen honestamente recurriendo a Él mismo. También aprendió a actuar sobre un principio muy importante: cuando uno está equivocado, lo que debe hacer, según Dios, es confesarlo y en seguida apartarse del error.

 

Cuando Dios le mostró al señor Dennett que estaba en una posición equivocada, éste dejó un trabajo de toda la vida, trabajo que era muy querido para su corazón y acerca del cual creía honestamente que era para Dios. Al dejar este trabajo, simplemente se aferró a Dios en su Palabra y vio que Dios recompensaba tal fidelidad dispensándole gran gozo y bendición.

 

Hoy, cien años más tarde, muchos cristianos están aferrados a posiciones religiosas igualmente erróneas. Algunos son conscientes del error, pero otros no. Muchos, que no se dan cuenta de que su posición religiosa puede estar deshonrando a Dios, no se molestan en descubrir personalmente la voluntad de Dios, o bien no comprenden que tienen el poder, el privilegio y la responsabilidad de conocer la voluntad de Dios por sí mismos. Por otro lado, muchos de aquellos que están más o menos conscientes de su posición equivocada, la pasan por alto —considerándola como algo de poca monta— o bien, sencillamente, no se apartan o no desean apartarse de ella a causa de orgullo, de fuertes ataduras naturales o por temor a sufrir pérdidas mundanas.

 

Ruego que esta versión revisada del libro del señor Dennett ayude a muchos cristianos, jóvenes o no, a ver la senda de Dios para ellos respecto a su andar, tanto individual como colectivo. Ojalá que cada uno de los que lean este escrito se decida, con la ayuda del Espíritu Santo, a concluir por sí mismo si lo que se presenta aquí es correcto o no y a obrar conforme a lo que es verdadero, sin tener en cuenta las consecuencias, en el breve tiempo que resta hasta que nuestro Señor venga por nosotros.

 

                                                                               R. P. Daniel

 

(Editor de la versión inglesa)


 

 

ALGUNOS DATOS BIOGRÁFICOS

 

Edward Dennett nació en la isla de Wight (ubicada al sur de la costa inglesa) en 1831. Fue educado según la doctrina Episcopal y aceptó al Señor Jesucristo como su salvador personal en su juventud.

 

Joven aún, el señor Dennett llegó a ser pastor Bautista. Permaneció muchos años en esa posición hasta que los ejercicios detallados en esta obra lo forzaron a renunciar a su pastorado. A fines de 1874 se identificó con los llamados «hermanos», con quienes permaneció hasta su muerte.

 

El señor Dennett escribió más de veinte libros y muchos tratados que fueron de gran ayuda para el pueblo del Señor, tales como «Cristo como la Estrella de la mañana y el Sol de justicia», «Enseñanzas típicas del Éxodo», «El profeta Daniel», «La esperanza bienaventurada», «Riquezas inescrutables» y «Mensajes para creyentes». Partió para estar con el Señor, a quien había amado y servido fielmente, en 1914, a la edad de 83 años.

 


 

 

NOTA ACLARATORIA DEL AUTOR

 

                                                                 Blackheath, 1875

 

Las siguientes cartas, publicadas con el permiso del amigo a quien fueron dirigidas, sólo se difundieron después de impresas. Cuando llegó en un principio su afectuosa amonestación, procuré contestarle de inmediato, pero, como recibí muchas cartas similares y preguntas personales, decidí publicar mis respuestas, primero para explicar el paso que yo había dado, en segundo término para remover conceptos erróneos y, por último, para retirar públicamente el folleto que yo había escrito contra los llamados «hermanos», al cual se hace referencia en las cartas[1].

 

La razón para revocar mi folleto se debió a que descubrí que algunas fuentes de mi información —utilizadas cuando lo escribía— no eran dignas de confianza. Una información más auténtica me hizo interpretar los elementos de juicio de un modo completamente distinto. Asimismo, al reexaminar las declaraciones que había utilizado, y verlas en su contexto, me convencí de que yo les había dado un significado distinto del que había querido darle el autor. Además, una prolongada reconsideración de algunas de las opiniones que yo había condenado me llevaron a la conclusión de que eran conformes a la Escritura. Bajo estas circunstancias simplemente obedecí las directivas de la Palabra de Dios y los dictados de la conciencia para confesar mi error, y espero que la publicación de estas cartas ayude a anular los efectos de mi folleto.

 

Si el Señor condescendiera a utilizar estas cartas para guiar a los creyentes a una senda y posición correctas, nunca estaría yo suficientemente agradecido. Quiera Él que ellas sean utilizadas para Su gloria y para el bienestar de Sus santos.                  

                         

                                                                                               E. D.


 

PRIMERA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

 

Mi querido hermano:

 

Su carta estuvo tan llena de dulces y afables amonestaciones, y nuestra amistad ha sido tan profunda, que le debo una detallada explicación acerca de por qué he cambiado mi posición. En vista de que muchos otros preguntaron también por qué yo —quien había escrito un folleto en contra de los llamados hermanos[2]— había cambiado tanto mis puntos de vista hasta el extremo de llegar a identificarme con ellos, confío en que Ud. no tendrá inconveniente en que les conteste mediante estas cartas dirigidas a usted.

 

Antes que nada, permítame recordar nuestra pasada asociación. Cerca de seis años atrás surgió nuestra amistad, la que continuó y creció de un modo más profundo con el correr del tiempo, demostrando así que la bendición del Señor estaba sobre ella. Su mismo comienzo fue una predicción de su naturaleza y carácter, pues brotó fuera de comunión con lo que, en ese tiempo, creíamos que era la verdad. Nominalmente, éramos ministros bautistas, pero, en el espíritu y en la práctica, estábamos tan fuera de la denominación bautista que éramos mirados con desagrado. ¿Por qué? Porque nos habíamos liberado de restricciones teológicas y simplemente valorábamos las Escrituras como la verdadera Palabra de Dios. Al haber estado enseñando algunas de las verdades dispensacionales, la posición distintiva de la Iglesia de Dios y la posición perfecta del creyente delante de Dios a través de la muerte y la resurrección con Cristo, la naturaleza celestial de nuestro llamamiento, la morada personal del Espíritu Santo, el retorno del Señor por sus santos antes del milenio y el glorioso reino milenario del Mesías, etc., nos vimos en desarmonía con nuestros colegas ministros, por lo que teníamos reparos en pedirles que predicaran en nuestros púlpitos por temor a que contradijesen nuestras propias enseñanzas. En honesta disensión con todo denominacionalismo, no pudimos soportar nuestras sociedades y nos mantuvimos así alejados de los procedimientos políticos de tantas de las reuniones denominacionales. La consecuencia fue que tanto Ud. como yo, cuando asistíamos, estábamos solos en esas reuniones y bajo fuerte sospecha de tener una tendencia hacia el «Hermanismo»[3].Nuestra posición era bien conocida y nuestro aislamiento casi completo.

 

Como resultado, nos dedicamos más plenamente a la obra del Señor, esforzándonos, en lo posible, por proteger a nuestra gente de las «influencias denominacionales», entrenándola para que estudiasen las Escrituras por sí mismas y edificándolas en la verdad de Dios. El Señor bendijo gratamente nuestra labor. Nos animó mediante muchas pruebas de su favor. Por cierto que, al final de 1872, los dos tuvimos muchos motivos de gratitud, pues no pasaba un mes sin que hubiera gente llevada a Cristo por la predicación del Evangelio.

 

¡Cuán frecuentemente derramábamos nuestros corazones ante el Señor con gratitud por su gran misericordia al utilizarnos para Su gloria! En todas nuestras oraciones el único deseo era convertirnos en vasos “santificados y útiles al Señor” (2.ª Timoteo 2:21). Nuestras oraciones fueron oídas, pues veo la respuesta a nuestros clamores en las experiencias de los últimos dos años. Nuestro deseo era continuar con los nuestros y tener una mayor bendición sobre nosotros y sobre nuestra labor entre ellos. Orábamos por una mayor dedicación, pero estábamos cerrando nuestros ojos ante el hecho de que nuestra posición no era conforme a la mente de Dios (y había cosas en mi enseñanza que incluso no eran bíblicas). En consecuencia, si nuestras oraciones tenían que ser contestadas, sólo podían serlo si mediaba la separación de todo lo que —en posición o en enseñanza— era malo delante del Señor. Él nos respondió conforme a sus propios pensamientos de amor y no conforme a nuestros deseos.

 

Afectuosamente suyo en Cristo,

 

E. D.


 

SEGUNDA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

 

Mi querido hermano:

 

Cuán misericordioso es el Señor al ocultarnos el futuro. Me temo que, si hubiésemos visto la senda que teníamos por delante, nuestras oraciones habrían perecido en nuestros labios. ¿Cómo respondió el Señor a nuestras oraciones? En ambos casos fue permitiendo nuestra enfermedad. Yo fui el primero en ser afectado, en octubre de 1872. Después de recobrarme un poco, seguí luchando con mi trabajo hasta marzo de 1873. Este período de debilidad fue el más fructífero de mi ministerio en lo referente a la conversión de almas. Por tanto, mi honesto deseo era permanecer en mi puesto, pero el Señor tenía que enviarme lejos, al desierto, para que yo pasara una larga temporada de escudriñamiento del corazón en Su presencia. Cuando llegué a estar muy enfermo, fui enviado al continente para hacer un reposo de seis meses, los que se prolongaron a trece antes de que regresara. Si bien el Señor me había separado de mi grey[4], recuerdo gozosamente como ellos proveyeron a mis necesidades durante todo ese tiempo. Quiera el Señor recompensarlos abundantemente, pues ellos lo hicieron como a Él mismo en la persona de Su siervo. "Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" (Filipenses 4:19).

 

Antes de discutir los ejercicios espirituales que realicé durante mi estadía en Suiza, permítame adelantarme algunos meses. No mucho tiempo después de mi partida, su salud también decayó. Fue igualmente al continente, donde nos encontramos inesperadamente en Lausana. ¡Ud. sabe de qué manera quedé impresionado por estas «coincidencias» en los caminos de Dios acerca de nosotros!

 

En estas circunstancias sugerí que considerásemos si había habido alguna cosa en nuestra posición y enseñanza que hubiera producido el benigno castigo del Señor sobre nosotros y que pudiera ser el propósito del Señor corregirnos y conducirnos hacia un entendimiento más cabal de Su verdad y a una posición más acorde con Su mente.

 

Esta cuestión surgió después de mucho examen y juicio propios. Es natural para los hijos de Dios que las pruebas produzcan el escudriñamiento del corazón. Y así, tan pronto como llegué al continente, en mis paseos diarios y durante mis noches de desvelo la pregunta que estaba continuamente ante mí era: «¿Cuál es el propósito de Dios al permitir esta aflicción?» o «¿Qué es lo que Él desea enseñarme?». Decidí no descansar hasta conocer el significado de Su mano correctora. De ahí que examinara y reexaminara mis anteriores métodos de trabajo, las verdades que había enseñado y la posición que había ocupado. Permítame detallar brevemente los resultados de mi investigación.

 

En primer lugar, consideré mi libro contra los «hermanos». Poco después de ser puesto en circulación lamenté su publicación porque, si bien creía todo lo que había escrito, admiraba sinceramente aquello que conocía de los llamados «hermanos». Admiraba su andar en separación, su sencillez de vida y su amor por la Palabra de Dios y la Persona de nuestro bendito Señor. Sentí haberlos herido y que, por causa de mi libro, me hubiese excluido de toda comunión con ellos. Además, me preguntaba si había sido honesto al criticar citas sueltas; si, en realidad, había procurado determinar honestamente su significado real y si, a continuación, las había examinado mediante las Escrituras. En consecuencia, mucho tiempo antes de abandonar Inglaterra cesé de hacer propaganda a favor de mi libro. Con una información más auténtica sobre muchos de los puntos que había tratado, y habiéndome visto forzado a rechazar después de investigar las Escrituras algunas de las doctrinas que había defendido en él, fui compelido no sólo a retirar el libro, sino a confesar que no podía estar más tiempo de acuerdo con todas sus declaraciones. Resolví, además, que en  la primera oportunidad declararía esto públicamente y expresara mi pesar por su publicación.

 

Luego examiné mis prácticas a la luz de mis enseñanzas. ¿Había sido yo coherente? Tuve que admitir algunas discrepancias importantes. Había predicado durante muchos años que los creyentes debían reunirse como creyentes en el día del Señor para «partir el pan». Sabía también del, mal que significaba el alquiler de un lugar fijo en el banco de una iglesia. Aparte de su carácter no bíblico, había notado que los creyentes pobres tenían que sentarse donde les fuera posible, por más incómodo que les resultase, porque los incrédulos que podían pagar tenían el privilegio de elegir sus asientos. Yo había dado a conocer frecuentemente mis convicciones sobre estos puntos, y así me había satisfecho a mí mismo con mi testimonio.

 

Aquí estaba la falla. Yo era responsable por las verdades que el Señor me había revelado. En consecuencia, era responsable, en mi fidelidad a Dios, de llevarlas a la práctica. Había descuidado esto, pero Dios me dio gracia para que a mi retorno confesara mi error y procurara fuerza para mi fidelidad.

 

Después de esto examiné a la luz de las Escrituras las doctrinas que había predicado. Entonces también descubrí motivos para lamentarme. Yo había enseñado la mortalidad del cuerpo humano del Señor, en el sentido de que estaba bajo la necesidad de morir. No estaba consciente de los errores con los cuales esta doctrina había estado asociada; de lo contrario, me habría apartado de ella con horror. Estudios adicionales me mostraron que el cuerpo humano del Señor era mortal, pero sólo en el sentido de ser capaz de morir y de ninguna manera como estando bajo la necesidad de morir. Mantener esto último sería un ataque contra los mismos fundamentos del sacrificio expiatorio del Señor en la cruz.

 

La venida del Señor por sus santos también ocupó mi atención. Nosotros habíamos mantenido que, si bien Su venida sería premilenaria (antes del reinado del Señor por mil años sobre la tierra), habría de sobrevenir una serie de eventos antes del «arrebatamiento» de los santos. Por consiguiente, la Iglesia tendría que pasar a través de la gran tribulación y, por consecuencia, estar en la tierra durante el reinado del Anticristo. Dediqué todo el invierno a este tema. Escudriñé las Escrituras con otros cristianos y llegué finalmente a la conclusión de que la Iglesia no estaría en la «tribulación» (el tiempo que media entre la venida del Señor en las nubes por los creyentes el «arrebatamiento» y Su retorno a la tierra para reinar su aparición o manifestación. Por ejemplo, vi que Mateo 24 no es aplicable a la Iglesia. Con gran regocijo comprendí que el creyente tiene el privilegio de esperar diariamente el retorno del Señor. Durante mucho tiempo había tenido una convicción secreta de que, a menos que esto fuese así, muchas de las exhortaciones de las Escrituras referentes a «esperar» y «velar» tendrían poca fuerza, y que tal expectativa debe ejercer, con el poder del Espíritu Santo, una influencia más bendita y santificante sobre el alma el creyente.     

 

Mi cambio de parecer sobre este tema me ayudó a modificar varios otros puntos, lo cual me condujo hacia una comprensión más clara de la «naturaleza» y el «llamamiento» de la Iglesia, el contraste entre la esperanza terrenal de los judíos y la esperanza celestial del creyente y entre el «reino» y la «Iglesia». Todo esto me llevó a un reordenamiento de verdades relacionadas. Pero no fui más allá en ese tiempo.

 

Si bien a lo largo del invierno, durante las lecturas de la Biblia y las conversaciones con amigos hallé difícil defender las «prácticas eclesiásticas» con las cuales estaba asociado, permanecí firme en mi posición. Con las excepciones antedichas, no había alterado ningún principio fundamental, nada al menos, que hubiese afectado mi permanencia en el puesto que había ocupado durante tantos años. Si tuve algunos pensamientos acerca de cambiar mi posición, la expectativa de retornar pronto a mi amada grey los disipó y restableció así mi confianza. De este modo, cuando finalmente partimos de regreso a casa, el único temor que yo tenía era si mi salud me permitiría reanudar mi trabajo interrumpido por tanto tiempo.

 

Afectuosamente suyo en el Señor

E. D.


 

 

TERCERA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

 

Mi querido hermano:       

 

Al regresar a Inglaterra comencé nuevamente mi ministerio. Por el hecho de estar aún débil, mi amada grey me permitió bondadosamente predicar sólo una vez en el día del Señor; y por medio de las tiernas misericordias de nuestro Dios y Padre fui capaz de hacerlo con relativa facilidad y mucho regocijo. Quizás como nunca antes experimenté tanto la presencia de Dios y el poder del Espíritu Santo al predicar la Palabra. La razón, sin duda, fue que nunca antes fueron ofrecidas tantas oraciones para que la fuerza del Señor se perfeccionara en mi debilidad.      

 

A pesar de todas estas felices experiencias, el Señor estaba a punto de hacer que me retirara de mi trabajo. Apenas me había restablecido aparecieron indicios de que no era Su voluntad que yo continuara en mi puesto. Ud. está bien enterado de la senda peculiar a través de la cual fui conducido, de modo que sabe que yo no di el paso por mi propia voluntad, sino que fui impelido a actuar por influencias externas. Convoqué a una reunión de creyentes y les leí un escrito que contenía las principales verdades que yo sostenía en aquel entonces. Una parte de este documento es la que sigue, la cual ayudará a explicar el cambio que fui llevado a efectuar. Después de algunas referencias personales, continué así:

 

«Se dice que he enseñado las llamadas ‘doctrinas de Plymouth’ el último día del Señor. Sucede que en dos ocasiones previas yo había expresado exactamente los mismos puntos de vista y, que yo sepa, no hubo ni una sola queja. Pero la pregunta importante es: ¿Proclamé la verdad o el error? ¿Porque los católicos sostienen la divinidad del Señor Jesús tengo que rechazar esta gran verdad y bendita doctrina? Pero confieso que concuerdo en gran manera con las doctrinas usualmente asociadas con los llamados «hermanos». Cuando comencé mi ministerio aquí, hace más de trece años, yo era muy estudioso y leía muchos libros. Pero el Señor me fue mostrando gradualmente que, con el Espíritu Santo como guía y maestro, la Biblia es plenamente suficiente para la instrucción del hombre de Dios (Juan 14:16, 17 y 26; 16:13). En consecuencia, mis libros se fueron reduciendo más y más. Ahora, las Escrituras son mi principal acompañante y mi único libro de texto para el púlpito».

 

«El resultado fue que tuve que rechazar la mayoría de los puntos de vista que había estado enseñando anteriormente, y tuve que confesar que muchas de las doctrinas de los llamados «hermanos» eran conformes al pensamiento de Dios. Por ejemplo, vi que es correcto reunirse simplemente como cristianos en el día del Señor, para partir el pan. Asimismo, con relación a la verdad dispensacional, si bien no había estado de acuerdo con ellos en algunos puntos importantes, concordaba con su esquema general, como, por ejemplo, en lo tocante al retorno premilenario de Cristo, a la primera resurrección de los creyentes, al rapto de los santos y a la asociación de éstos con Cristo en las glorias de su reino milenario. También estaba de acuerdo con la restauración y conversión de los judíos y con la  conversión del mundo, no por la predicación del Evangelio antes de la segunda venida de Cristo, sino después del retorno del Señor, cuando Dios devolviese “a los pueblos pureza de labios, para que todos invoquen el nombre de Jehová, para que le sirvan de común consentimiento" (Sofonías 19). También coincidía con ellos, en términos generales, en su enseñanza sobre la posición y el andar de los creyentes, la separación con respecto al mundo y la morada del Espíritu Santo. Disentía con ellos en otros puntos. Si no hubiera disentido, posiblemente se me habría concedido la gracia de reunirme con ellos. Si hubiera estado plenamente convencido del fundamento que ellos adoptan respecto al ministerio y a la adoración, me habría complacido glorificar a Dios por la obediencia a su voluntad».

 

«Iré más lejos. He dicho frecuentemente, al hablar con amigos, que bajo ciertas circunstancias preferiría estar con los llamados «hermanos» que con otros cristianos. Aun ahora, si estuviera en un lugar donde no se enseñaran verdades concretas, buscaría el privilegio de la comunión con ellos en el partimiento del pan».

 

«Frecuentemente he expresado pesar por haber escrito alguna vez mi obra contra los llamados «hermanos» porque pronto advertí que unitarianos[5], clérigos y otros ministros, con quienes yo no simpatizaba en absoluto, estaban utilizando mi obra para apoyar su causa. Sentí, por tanto, que estaba en la posición equivocada y que había estado en el error. Se hizo también referencia a mi obra en los periódicos y revistas para apoyar puntos de vista que yo rechazaba por completo. Por lo tanto, manifiesto mi profundo pesar por haberlo publicado, aun cuando en ese tiempo contenía mis sinceras convicciones. En estos días de carácter mundano y error, preferiría mucho más ver a los cristianos con los llamados «hermanos» que verlos en la Iglesia establecida (la Iglesia de Inglaterra) o con muchos Independientes o Bautistas. Aprovecho esta oportunidad para decir que ahora no estoy de acuerdo con las declaraciones y puntos de vista contenidos en mi obra».

 

Tal, querido hermano, era la sustancia del escrito que leí en aquella ocasión. Anuncié entonces que, en vista de que mi enseñanza había sido puesta en duda, renunciaría a mi pastorado. Regresé a casa con más gozo de alma del que había experimentado en mucho tiempo, pues sentí que el Señor me había abierto una puerta para que declarara claramente toda la verdad que yo sostenía. Estaba seguro de que, cualesquiera fuesen las pruebas de fe conectadas con la separación de mi grey, Él, quien me había hablado tan claramente, me daría gracia para ser fiel, fuerza para dar el testimonio al que sería llamado y capacidad para perseverar, si bien el carácter de la senda a la cual iba entrando estaba enteramente encubierto.

 

Afectuosamente suyo en el Señor

E. D.


 

CUARTA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

 

Mi querido hermano:

 

El resultado de la reunión que describí en mi última carta fue inesperado y maravilloso. Me sentí como un pájaro recién escapado de una jaula. Así de grande era mi libertad y liberación de alma. Además, las verdades que no estaban claras en mi mente fueron, por la influencia de la reunión, solidificadas, y resplandecían como tesoros recientemente descubiertos. Por consiguiente, cuando fui instado a continuar con mi grey con la seguridad de que podría predicar todo aquello que el Señor me había revelado, no lo pude hacer, aun cuando estaba ansioso por las almas que me habían sido confiadas mediante el Evangelio. Los vínculos formados por la comunión cristiana me acercaban muy estrechamente a muchos creyentes. Incluso el sostén secular humanamente hablando dependía de que yo continuara en mi puesto. Pero todas estas cosas no pudieron hacerme retroceder o dar lugar a que revocase las palabras que yo había expresado.

 

Al proferir las verdades vertidas en mi escrito sentí que debía seguirlas. Comencé a añorar una posición que pudiera soportar la prueba de la Palabra de Dios. Además, una vez expresado públicamente mi pesar por la publicación de mi libro, sentí que también debía comunicarlo a aquellos contra los cuales había sido escrito. Por lo tanto, escribí una breve carta al señor William Kelly alguien muy conocido entre los llamados «hermanos» en la cual consignaba lo que yo había hecho y expresaba mi pesar por haber publicado mi obra.

 

Hecho esto, estaba libre de toda atadura. Entonces determiné, con la ayuda de Dios, que acudiría a las Escrituras para que juzgasen todo aquello relacionado con mi posición, para poder así reunirme correctamente en mi futura senda, pues todavía era incierta la posición exacta que asumiría respecto a mi separación de mi grey. Mi único deseo era conocer la voluntad del Señor.

 

La primera cosa que examiné fue el «ministerio» tal como era practicado por los «disidentes»[6]. Durante años Ud. y yo habíamos sido conocidos como ministros disidentes, si bien aceptábamos de mala gana el nombre. ¿Por qué? Puedo contestar sólo por mí mismo. Después de haber confesado a Cristo tuve un gran deseo de «entrar al ministerio». Era joven e indocto, y conforme a las prácticas de nuestra denominación (Bautista), acudí a uno de los seminarios para lograr la preparación necesaria. Como estaba yo recomendado por dos ministros si bien sólo había predicado una vez, y no en presencia de ellos, fui aceptado para cursar los acostumbrados cuatro años. Estudié duro, pero no las Escrituras, si bien éstas tenían un lugar secundario respecto de los demás estudios.

 

Fui preparado para el título de B. A. (Bachelor)[7] al final del tercer año, pero, mientras aguardaba los exámenes finales, contraje la fiebre tifoidea y me sentí incapaz de continuar en procura de la obtención de mi título. Después de meses de debilidad me recobré gracias a la bendición de Dios. Me faltaban cerca de seis meses de estudio. Al cabo de tres meses fui invitado a predicar, a modo de prueba. Después que lo hube hecho, la «iglesia» se reunió para discutir mis méritos como predicador. Luego, por voto, fui unánimemente elegido para ser su pastor.

 

No quiero discutir aquí el método de preparación de jóvenes para el ministerio, si bien está plagado de males y carece completamente de aprobación bíblica. Me limitaré a una pregunta: ¿Hay alguna autoridad bíblica que justifique la elección de un «ministro» por el voto de la iglesia? Ésta es la pregunta que, con la Biblia en la mano, procuré contestar.

 

Me dirigí primero a Hechos 6, donde por cierto hallamos algo parecido a la «elección» de oficiales eclesiásticos por los creyentes en comunión (v. 5). Pero note Ud. varias cosas. En primer lugar, si bien ellos fueron elegidos por la multitud, lo fueron por indicación de los apóstoles, y el nombramiento fue confirmado —si no hecho— por los apóstoles (v. 6). En segundo lugar, si bien aquéllos fueron elegidos por la multitud, la palabra utilizada para indicar el acto de su elección señala simplemente selección, no votación (voto por sufragio). En tercer lugar, los «oficiales» elegidos no eran ancianos u obispos, sino que fueron designados sólo para atender la ministración diaria de ayuda para las viudas para servir a las mesas (v. 1-3). Después, Esteban predicaba la Palabra con el poder del Espíritu Santo, pero ninguno afirmaría que esto resultó de su designación para servir a las mesas. De manera que en este capítulo no hay nada que tenga que ver con la elección de «pastores» o «ministros».

 

Luego examiné Hechos 14:23, el que se relaciona más con la cuestión. Allí leemos que Pablo y Bernabé “les designaron ancianos en cada iglesia”[8]. "Ancianos" y "obispos" son lo mismo en las Escrituras. Los dos términos señalan el mismo oficio, y el oficio de ministro disidente se apoya o pretende corresponderse con éste. Si tales "ancianos" hubiesen sido designados por votación eclesiástica, entonces podría haber justificación para la práctica de los disidentes. La prueba de que las palabras "ancianos" y "obispos" señalan el mismo oficio se encuentra en Hechos 20:17, donde Pablo “hizo llamar a los ancianos de la iglesia". Y al dirigirse a ellos les dice: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos" (v. 28).

 

Volvamos a Hechos 14:23 y veamos cuáles son las palabras exactas que se utilizan. Literalmente dice: "Y habiendo elegido para ellos ancianos"[9]. Hasta ahora yo había creído lo que me había sido enseñado, a saber, que la palabra traducida por "designado" o "constituido" ("ordenado", en la versión inglesa King James), significaba «nombrado por el voto de la iglesia» es decir, «a mano alzada» y que, por consiguiente, significaba que la iglesia había seleccionado primero a estos ancianos por voto, y luego los apóstoles habían confirmado o ratificado la elección hecha por la iglesia.

 

Si admitimos por un instante que éste sea el significado de la palabra utilizada, yo le pregunto, querido hermano: ¿Es éste el método ordinario para interpretar una lengua? El contexto muestra que el participio traducido por "habiendo designado" se refiere únicamente a la acción de los apóstoles y que el pronombre traducido por "para ellos" —o "les"— se refiere a los discípulos. Es evidente, por lo tanto, que, cualquiera sea el significado exacto del término “designado", aquí se nos dice algo que los apóstoles hicieron para las iglesias. Pero, si Ud. insiste en que la palabra conlleva el significado de «votar por parte de la iglesia», de inmediato contestaría, por la autoridad que confiere este pasaje, que, si la iglesia hubiese votado, ¡no habría podido haber ningún escogimiento válido sin la presencia y actuación de los apóstoles! Pero ¿es éste el significado de la palabra “señalados" u "ordenados"? La misma palabra griega aparece solamente en otros dos lugares en el Nuevo Testamento: una vez en la misma forma y la otra compuesta con una preposición de «tiempo» que deja el significado de la palabra sin alteración. En 2.ª Corintios 8:19 el apóstol Pablo habla de un hermano cuya alabanza en el Evangelio era oída por todas las iglesias, y dice: "Y no sólo esto, sino que también fue designado (la palabra traducida por “constituido” en el pasaje anterior RVR 1960) por las iglesias como compañero de nuestra peregrinación...". Aquí fueron las iglesias las que designaron, pero no tenemos nada excepto la palabra misma que indique el método de elección. No obstante, aquí no se trata del nombramiento o designación de un anciano, sino sólo de alguien enviado por las asambleas para actuar con el apóstol en el manejo de los donativos de aquéllas, lo que es algo completamente diferente.

 

El otro pasaje es Hechos 10:40-41: "A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado (la misma palabra griega) de antemano...". ¿Acaso el uso que aquí seda a la palabra no prueba su significado? Usada en conexión con Dios, es imposible asignarle cualquier otra idea fuera de selección o designación. Por lo tanto, este pasaje debe regir nuestra interpretación de los más ambiguos pasajes anteriores.

 

Repito, entonces, que la palabra "constituido" es utilizada sólo en un lugar en conexión con la designación de ancianos u obispos (el oficio o cargo pretendido por los ministros disidentes), e incluso en ese lugar la acción de la palabra está aplicada a los apóstoles y no a las iglesias. Por lo tanto, ¿puede alguna mente sin prejuicios creer todavía que la Biblia da alguna autorización a la elección de «ministros» (ancianos) por el voto de la iglesia, o que en la palabra "constituido" hay contenida alguna idea fuera de la de simple «designación»?

 

Por consiguiente, en los versículos a los que hemos hecho referencia los ancianos fueron designados por los apóstoles. Ésta fue la conclusión a la que la Palabra de Dios me compelió y que debí admitir de muy mala gana. Ni pude lograr consuelo alguno a partir de la orden que Pablo le dio a Tito en cuanto a que estableciese ancianos en cada ciudad, así como le había mandado (Tito 1:15). En primer lugar, la palabra que la versión inglesa King James vierte por "ordenar" no es la misma discutida anteriormente, sino que significa «establecer»; y en segundo lugar, lo que Tito hizo, lo hizo sólo bajo la dirección y autoridad del apóstol.

 

Éstos son los resultados de mi investigación. Mi conclusión es que el método de nuestro nombramiento carece de autoridad bíblica. Si Ud. quisiera profundizar aún más sobre este tema, permítame recomendarle las NOTAS sobre Hechos 14:23 en la obra «La Iglesia de Dios, seis conferencias», por William Kelly. Pero Ud. hallará que las Escrituras son ampliamente suficientes para demostrar la exactitud de las conclusiones anteriores.

 

Afectuosamente suyo en el Señor

 

E. D.


 

 

QUINTA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

 

Mi querido hermano:

 

Para clarificar las cosas antes de proseguir, resumiré las conclusiones de mi última carta. Hemos visto que:

 

1. La Escritura contiene un solo ejemplo de designación absoluta efectuada por la iglesia. No obstante, el individuo designado no era un anciano, sino simplemente un hermano que fue delegado por varias asambleas para ir con los apóstoles a fin de ayudar a administrar los donativos de las asambleas (2.ª Corintios 8:18-19).

 

2. Hay una sola oportunidad en que la asamblea selecciona «oficiales eclesiásticos», cuya tarea consistía en "servir a las mesas" Si bien fue la iglesia la que los seleccionó, en realidad fueron los apóstoles los que les pusieron a arte para cumplir ese oficio (Hechos 6).

 

3. No hay absolutamente ningún caso que tenga que ver con la selección de ancianos por parte de la iglesia, mediante votación u otro medio. En cada caso, ellos fueron designados o bien por los apóstoles o bien bajo la dirección o autoridad de los mismos (Hechos 14:23; Tito 1:5; etc.).

 

4. La conclusión que emana de estos hechos es que, a menos que tengamos apóstoles o autoridad apostólica, no tenemos ninguna autorización bíblica para designar ancianos u obispos.

 

Ud. me podrá decir que en 1.ª Timoteo 3 y en Tito 1 tenemos las instrucciones y autoridad apostólicas que se requieren para tal fin. Pero estas «instrucciones» no fueron enviadas a las iglesias, sino a individuos que, como Timoteo y Tito, estuvieron actuando bajo la dirección del apóstol y que por eso necesitaban las instrucciones dadas. Es muy significativo que, en Tito, las cualidades que debía reunir el obispo (anciano) siguen a la orden dada de establecer "ancianos en cada ciudad". De modo que la misma ubicación de estas instrucciones demuestra que, en lugar de ser nuestra la autorización para designar ancianos, la iglesia, al proceder de este modo, está asumiendo una función que estuvo conectada únicamente con el oficio apostólico. Por lo tanto, debemos concluir que el método de designar ministros Disidentes no es bíblico.

 

Estoy convencido de que entre los «disidentes» hay cientos de hombres piadosos que estarían agradecidos de conocer esta conclusión. Si bien han aceptado las tradiciones de los «disidentes» en cuanto a este tema, han hallado dificultad en conciliarlas con su fe en la sabiduría divina.

 

Suponga Ud., ahora, una «iglesia» sin un ministro. ¿Qué tendrá que hacer? Ante todo, se consultará a personas de importancia para ver si conocen a alguno que agrade a la iglesia. Asimismo, llegarán solicitudes de ministros «vacantes». A su debido tiempo se hará una selección de uno o más candidatos, los cuales serán invitados a venir a predicar, a modo de prueba, por varias semanas. Luego, la iglesia se reunirá y discutirá los méritos del candidato o de los candidatos. Finalmente, ante el creyente maduro y el bebe en Cristo todos jueces colocados al mismo nivel se emitirá un juicio sobre las cualidades espirituales de los candidatos. Luego tendrá lugar una votación. Si hay mayoría en favor de un candidato, le será enviada la invitación para ejercer el pastorado (si bien él fue probado sólo como predicador) y el candidato aceptará o rechazará la invitación, como guste.

 

Todo esto estaba en mi mente mientras reexaminaba este tema. Quizás esto me ayudó a llegar a una conclusión imparcial. Digo «imparcial» porque estaba en juego mi propio cargo. Concluí que el ministro, como se designa entre los disidentes, carece por completo de la aprobación de la Escritura. Hasta aquí actué con la presunción de que hay similitud entre el oficio de un ministro disidente y el de un anciano u obispo de la Escritura. Pero pronto vi que existe poca o ninguna similitud entre estas dos cosas, pues en la Escritura existe siempre la mayor distinción entre oficio y don. Si bien hubo una designación, emanada de los apóstoles, para desempeñar el oficio, el poseedor de un don utilizaba este último con absoluta responsabilidad ante el Señor y jamás era designado para usarlo, ni por los apóstoles ni por la asamblea. Vea Romanos 12:6-8 y 1.ª Pedro 4:10-11. En consecuencia, jamás se dice en la lista de dones de Efesios 4:11-12 que el Señor dio "ancianos", aun cuando todos —apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros— son mencionados. Los ancianos fueron designados para gobernar, de modo que ocuparon un cargo u oficio, pero los poseedores de dones recibieron éstos para la edificación de los santos y fueron constreñidos a utilizarlos para este fin, con obediencia a Dios, de quien habían procedido.

 

Pero esto no puede ser así entre los Disidentes porque, en oposición a la clara distinción de la Escritura, el uso del don está conectado con la elección para desempeñar el oficio. En consecuencia, un ministro disidente se dice que es un anciano u obispo. Él también es llamado pastor. Asimismo, es maestro; y también se supone que es evangelista, vale decir, es, en realidad, una suma de todos los dones y oficios, excepto el de diácono. ¿No es extraño que hayamos estado tanto tiempo satisfechos con semejante sistema?

 

Encontré otra dificultad: la del «ministerio de un solo hombre». Aun cuando todo el resto hubiese sido claro, éste habría sido un problema insuperable. Hallé que no hay un solo versículo que hable de un solo anciano u obispo de la iglesia; y en ningún caso la palabra se halla en singular, excepto en las epístolas pastorales, en las cuales se detallan las cualidades para desempeñar el oficio. En Hechos 20:17 se dice: “...hizo llamar a los ancianos de la iglesia"; en Hechos 14:23: “ancianos en cada iglesia", en Filipenses 1: 1: “con los obispos”; en Tito 1:5: "establecieses ancianos en cada ciudad"; en 1.ª Pedro 5:1: “los ancianos que están entre vosotros"; etc.

 

Por tanto, es imposible justificar con la Escritura el método de los disidentes para designar a un anciano u obispo que «presida una iglesia». En realidad, la práctica no es ni siquiera defendida con seriedad, pues recuerdo que, almorzando con algunos ministros congregacionalistas, uno de ellos comenzó a condenar las prácticas de los llamados «hermanos». Lo interrumpí y le pregunté: «¿Está Ud. seguro de su propia posición? Muéstreme su justificativo bíblico del ministerio unipersonal.» Contestó: «Eso puede hacerse fácilmente». Pero, al verse apremiado, el único pasaje que pudo hallar fue: “las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias" (Apocalipsis 1:20). Los otros también fueron impotentes. Este ejemplo muestra no sólo cuán indefendible es la práctica, sino también cuán fácilmente somos guiados a tomar posiciones solemnes y responsables sin la dirección de la Palabra de Dios.

 

Seguramente, si anhelamos la gloria de Dios, procuraremos estar separados del mal de corazón y del de posición, y hacer de la Palabra de Dios la lámpara para nuestros pies y a para nuestra senda, tanto en lo que se refiere a nuestro andar diario como a nuestras prácticas y asociaciones eclesiásticas. Establecer cualquier cosa en la casa de Dios que no tenga la dirección y aprobación de la Escritura es desobediencia práctica al Señor como Cabeza de la Iglesia. Estoy seguro de que Ud. estará de acuerdo con estas conclusiones de la Escritura, pues recuerdo cómo en tiempos pasados añorábamos algún cambio a fin de que, juntos, pudiéramos realizar nuestro trabajo sin impedimentos de ninguna otra autoridad que no fuese la de las Escrituras. Decíamos frecuentemente que, si ocurriera algo que nos separase de nuestra grey, no podríamos ofrecernos concienzudamente para el pastorado de cualquiera de las comunes «iglesias» denominacionales. La realidad era que habíamos aprendido mucho más de lo que estábamos dispuestos a confesar. De ahí que estuviésemos descontentos e incómodos en medio de los métodos y actividades «eclesiásticos» usuales. Ya estábamos fuera en espíritu y para estar fuera en la práctica sólo necesitábamos comprender nuestra responsabilidad ante Dios por lo que Él nos había enseñado.

 

Afectuosamente suyo en el Señor

E. D.


 

 

SEXTA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

 

Mi querido hermano:

 

El análisis hecho en mi carta anterior fue realizado entre el anuncio de mi renuncia y el momento de mi partida. Por tanto, prescindiendo completamente de la verdad que enseñaba —la cual había sido cuestionada, mis conclusiones referentes al cargo que ocupaba me forzaron a persistir en mi decisión. Si quería ser fiel al Señor no tenía otra opción que hacer oídos sordos a las muchas súplicas por que continuara con mi grey. Todos mis intereses, humanamente hablando, estaban condicionados a mi permanencia en el puesto, pero no me atreví a dar lugar a tales consideraciones frente a las claras indicaciones de la Palabra de Dios. En consecuencia, prediqué ante mi amada grey por última vez el 27 de septiembre. Al final del sermón matutino les dije que «ahora, con una conciencia libre de ofensas para con Dios, no podía continuar, pues, desde que había anunciado mi retiro, había vuelto a la Palabra de Dios y me sentía compelido a decir que ya no podía sostener nuestras prácticas relativas al ministerio y a la adoración». Cuatro días más tarde me dirigí a Escocia para tener tranquilidad y para poner en claro otras cuestiones que tenía en mi mente. No olvidaré con facilidad nuestras conversaciones sobre las inusuales «coincidencias» visibles en los designios que el Señor tenía a nuestro respecto. No sólo habíamos ocupado la misma posición acerca del denominacionalismo, sino que ambos habíamos sido afligidos y enviados al continente, habíamos regresado la primavera pasada para continuar con nuestra grey y, por diferentes causas, habíamos sido compelidos a renunciar a nuestros puestos. Sin ningún acuerdo mutuo, ambos predicamos nuestros sermones de despedida en la misma fecha, y en el espacio de una semana nos encontramos juntos en una ciudad desconocida. ¡Quiera el Señor darnos gracia y fuerza para ser obedientes a toda su voluntad!

 

Pero sigamos. Ya que no podía aceptar yo un pastorado entre los disidentes, me planteaba esta pregunta: «¿Con qué cristianos debía estar identificado?». Ud. recordará que yo ya creía que los cristianos debían congregarse el primer día de la semana para partir el pan. Por lo tanto, mi atención se dirigió nuevamente hacia los llamados «hermanos», pues sabía que, a pesar del generalmente aceptado carácter bíblico de esta práctica, ellos eran los únicos cristianos (excepto algunas congregaciones particulares) que se reunían semanalmente alrededor de la mesa del Señor

 

Por lo tanto, la primera cosa que me dispuse a examinar más profundamente fue su doctrina o fundamento de la adoración. Ella está en contraste directo con aquella que sustentan los disidentes. Durante mi pastorado, la adoración, como se la llamaba, estaba completamente bajo mi dirección, y el programa dentro del cual caímos era casi el mismo que el de las capillas en general. Comenzábamos con oración y canto; luego teníamos un par de lecturas bíblicas divididas por cantos y oración; luego venía el sermón y concluíamos con canto y oración.

 

Nunca creí que esto fuera adoración. Creyentes individuales frecuentemente sentían y gozaban la presencia del Señor, pues la fe puede contar siempre con Su ayuda. Pero pocos de nosotros pensamos alguna vez que estábamos adorando como asamblea, pues sabíamos que nuestra «asamblea» no estaba compuesta exclusivamente por gente de Dios. Además, la mayoría de los creyentes que se reunían con nosotros nunca buscaban alguna operación del Espíritu Santo mientras estaban así reunidos, excepto a través del ministro. Por consiguiente, si el ministro estaba lleno del Espíritu Santo, él era el medio para ministrar "ríos de agua viva" a los hijos de Dios; pero, si no, había una casi total ausencia de bendición. Así, el estado espiritual de cualquier congregación de este tipo está determinado en gran manera por el estado espiritual de su ministro ¡porque el sistema hace depender todo de ese único hombre!

 

Consideremos ahora lo que descubrí que era el principio o fundamento de la adoración como lo entendían los llamados «hermanos». Ellos se congregan hacia el Nombre de Cristo, alrededor de Su mesa, para partir el pan, conforme a Su mandamiento, cada día del Señor (Mateo 18:20; 1.ª Corintios 11:23-26; Hechos 20:7; etc.). Se reúnen simplemente alrededor del Señor mismo, en dependencia y sumisión a Él como Señor, sabiendo que Él, con fidelidad a sus promesas, está presente en medio de ellos cuando se congregan así, para anunciar la muerte del Señor hasta que Él venga (1.ª Corintios 11:26). Luego y esto es de vital importancia—, ellos creen que el Espíritu Santo enviado después de la ascensión del Señor Jesús mora actualmente en la Iglesia de Dios. Y así, Él es el poder, tanto para la adoración como para el ministerio. Muchos cristianos creen que el Espíritu Santo mora en el creyente individual, y esta es una muy bendita verdad. No obstante, la verdad que se asevera es que El mora también en la Iglesia.

 

Los versículos siguientes pueden ser de ayuda. El apóstol Pablo, al escribir a la asamblea de Éfeso, dice: "En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu" (Efesios 2:22). Aquí, Pablo no está hablando del Espíritu Santo como "Espíritu de adopción" en los creyentes, pues él dice: "vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu" es decir que, juntos, ellos formaban el lugar de habitación de Dios. Pablo nos dice que “la casa de Dios... es la Iglesia del Dios viviente" (1.ª Timoteo 3:15). Pablo, al escribir a los corintios, también dice: "Vosotros (nótese el plural) sois el templo del Dios viviente" (2.ª Corintios 6:16). En 1.ª Corintios 6:19 encontramos la otra verdad: los cuerpos individuales de los creyentes son el templo del Espíritu Santo.

 

Tenemos, por tanto, la solemne verdad de que el Espíritu Santo está ahora en la tierra, morando en la Iglesia de Dios; que, tal como el Señor lo prometió, el Consolador ha venido para permanecer con nosotros por siempre (Juan 14:16-17). Por lo tanto, todas las veces que los creyentes están congregados hacia el Nombre de Cristo, discerniendo que el Señor considera toda asamblea en estas condiciones como una expresión local de la Iglesia toda, saben basados en el testimonio de la Escritura que el Espíritu Santo está en medio de ellos, guiando y controlando todo para la gloria de Dios a través de Jesucristo.

 

Finalmente, los llamados «hermanos» enseñan otra cosa en común con la mayoría de los cristianos, salvo en su aplicación: en vista de que el velo está ahora rasgado, tenemos "libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo". Por lo tanto, nuestro lugar de adoración es el recién mencionado dentro del velo (Hebreos 9:11-14; 10:1-22), donde Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, ha entrado ya para presentarse ante Dios por nosotros (Hebreos 9:24), como el "ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre" (Hebreos 8:2).

 

Varias consecuencias emanan de estos principios fundamentales. En primer término, los creyentes están congregados no por estar de acuerdo acerca de ciertas doctrinas o por pertenecer a la misma denominación, sino sencillamente como miembros del cuerpo de Cristo. Cualquier cosa diferente de esto fracasa como expresión de la Iglesia de Dios, pues debería haber un lugar a la mesa del Señor para todo creyente que no esté bajo disciplina bíblica. Al efectuarle esta declaración, querido hermano, admito que nosotros aspirábamos a esto, pero por mi parte jamás pude lograrlo porque algunos de aquellos con quienes estaba asociado tenían una fuerte objeción para con cualquiera que partiese el pan con nosotros sin ser miembro de otras «iglesias». Ellos no reconocían que ser miembros de Cristo era el único título para estar a la mesa Señor[10].

 

En segundo lugar, cuando nos reunimos como miembros del cuerpo de Cristo, el sacerdocio de todos los creyentes es reconocido porque el Señor mismo es el Centro de la reunión. Frecuentemente he leído 1.ª Pedro 2:5, que dice: "Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo". Yo pensaba que el apóstol hacía alguna alusión al uso de nuestro sacerdocio cuando estábamos congregados. Yo sabía que todo creyente podía actuar como sacerdote en privado, pero también veía que si un hombre era designado para orar por aquellos congregados, esto era, en la práctica, una negación de nuestro sacerdocio en común y una sutil forma de clericalismo. Estoy seguro de que muchos ministros disidentes confesarían que ellos sintieron frecuentemente como una carga intolerable la necesidad de ser los portavoces de la congregación.

 

Por otro lado, cuando nos reunimos alrededor del Señor, con espíritus dependientes del Espíritu Santo, y cuando nos postramos juntos en común adoración, el Espíritu Santo abre los labios de uno y otro como Él quiere, para derramar ante el trono de la gracia los sentimientos que Él mismo ha colocado en nuestros corazones. De este modo, teniendo un Sumo Sacerdote no uno de nosotros mismos sobre la casa de Dios, y sabiendo que el Espíritu Santo está dentro de nosotros como el poder para la adoración, “acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe", etc. (Hebreos 10:19-22).

 

En tercer lugar, cuando nos reunimos sobre este fundamento para la adoración, el único Ministro reconocido es el mismo Señor Jesús dentro del velo. Sólo a través de Él nuestra adoración y alabanza ascienden a Dios el Padre. De este modo, nuestros ojos son dirigidos hacia Él. Cada uno es llevado a sentir que, como sólo el Señor es el Centro de la reunión, Él es también el único Mediador de la adoración ofrecida en espíritu y en verdad mientras sus redimidos se gozan juntos, delante de Dios, en la perfecta salvación con que Dios los ha bendecido a través del don y de la obra de su amado Hijo.

 

En síntesis, la diferencia entre los dos principios es ésta: los llamados «hermanos» se congregan como miembros del cuerpo de Cristo, hacia Su Nombre, y reconociendo la presencia y el poder del Espíritu de Dios. Por otro lado, los disidentes se reúnen como quienes concuerdan acerca de ciertos puntos de vista tocantes a la verdad o posición eclesiástica, con inconsciente negación de la presencia y del poder del Espíritu Santo. (Sus arreglos humanos impiden necesariamente la acción del Espíritu Santo conforme a Su soberana voluntad, excepto cuando a Él en su tierna misericordiale plazca obrar por medio de tales sistematizaciones para bendición de las almas). En otras palabras, las Escrituras enseñan que los creyentes deben reunirse como miembros de Cristo, en la dependencia del poder del Espíritu Santo, quien está presente en medio de ellos, pero los disidentes se reúnen como disidentes, esperando bendición a través del ministro que ellos mismos han designado. Si se los reduce a sus más simples componentes, los dos principios se limitan a creer en la presencia y acción del Espíritu Santo o a negar prácticamente esta preciosa verdad.

 

Tengo dificultad para esperar que Ud., querido hermano, pero le aseguro que las he hallado absolutamente bíblicas. Si, de cualquier modo, he pasado por alto algún pasaje concerniente a este asunto, estaré agradecido si Ud. lo señalara, pues lo único que deseo es encontrar el pensamiento de Dios sobre este tema. De ahí que mi oración sea: "Dame entendimiento conforme a tu palabra” (Salmo 119:169).

 

                     

Afectuosamente suyo en el Señor

 

                                       E. D.


 

 

SÉPTIMA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

Mi querido hermano:

 

 

La cuestión del «ministerio», tal como es sostenida por los llamados «hermanos», ocupó luego mi atención. Encontré nuevamente que la verdad sobre este tema está conectada con el Espíritu Santo en la asamblea. Cuando este hecho es claramente entendido, muchas dificultades son dilucidadas.

 

Advertí que los llamados «hermanos» sostienen que el Espíritu Santo debe tener libertad para ministrar en la asamblea por medio de quien Él desee, y que quienquiera que posee un don sea grande o pequeño es responsable de usarlo para el Señor. Por ende, escudriñé las Escrituras para descubrir si estos dos principios expresaban el pensamiento del Señor.

 

Me dirigí a 1.ª Corintios 12 y 14. Jamás en mi propio ministerio había leído o explicado estos capítulos a mi grey porque sentía que ellos no armonizaban con las prácticas existentes. Trataba de creer que se aplicaban a un estado de cosas que ya había pasado. Quizás ésta es la creencia general entre los disidentes, pues yo he razonado y he oído razonar a otros que «el Nuevo Testamento no existía aún. Por lo tanto, esta "diversidad de dones" fue dada para la edificación temporal de la Iglesia hasta que ésta recibiera la mente del Espíritu a partir de las Escrituras del Nuevo Testamento». Pero ¿es esto así? Yo sentía que todo dependía de la respuesta a esta pregunta. Por eso procuré luz y guía más cuidadosa y piadosamente.

 

Ud. sabe que, al explicar y aplicar la verdad, siempre damos gran importancia a la cuestión «¿Para quién fue destinada originalmente?». Por ejemplo, las instrucciones impartidas a un judío no siempre pueden ser aplicadas a un cristiano. Por lo tanto, consideré el comienzo de 1.ª Corintios para ver a quiénes había sido dirigida la epístola, y hallé lo siguiente: "A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro" (1.ª Corintios 12). Es muy evidente, merced a esta «salutación», que las instrucciones de esta epístola no estaban destinadas a ser restringidas a la asamblea local de Corinto. Más bien fueron destinadas a todos los creyentes. Cuando pensé en el carácter permanente de las Escrituras y, tuve que creer que estas instrucciones fueron destinadas a los creyentes en todo lugar y de todos los tiempos.

 

Esta conclusión fue fortalecida por un pasaje de Efesios en el que tenemos una lista de dones, entre ellos el de los profetas, a quienes se refiere tan extensamente el apóstol Pablo en 1.ª Corintios 14. Luego se nos dice que estos dones son dados “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Efesios 4:11-13). Obviamente no hemos llegado aún a la unidad de la fe. Por lo tanto, Dios determinó la continuación de los dones y la consecuente aplicación permanente de las instrucciones contenidas en 1.ª Corintios 12 y 14.

 

De este modo, «la libertad del Espíritu Santo para ministrar por quien Él quiera» es una verdad bíblica. De lo contrario, sería imposible comprender una declaración tal como: "los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviese sentado, calle el primero. Porque podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados” (1.ª Corintios 14:29-31).

 

Muchos llegan a la apresurada conclusión de que un «profeta» es uno que predice cosas aún futuras y desconocidas. Luego preguntan: «¿Qué lugar hay para los profetas en la Iglesia de Dios desde que la revelación de la voluntad y propósito divinos están completos en las Escrituras?». Pero la verdadera definición de «profeta» es: «uno que comunica la mente y la voluntad de Dios a aquellos a quienes es enviado» Samuel y Elías eran profetas y, no obstante, ambos tuvieron muy poco que ver con la predicción de eventos futuros. Más bien su principal trabajo era presentar la voluntad de Dios, ya revelada en la Ley, para actuar sobre los corazones y las conciencias de su pueblo. Así ocurre con los profetas del Nuevo Testamento. Su ocupación consiste en aplicar verdades conocidas a los corazones de los santos. Por lo tanto, hay una constante necesidad de su ministerio.

 

Lo mismo se ve en otra epístola. En Romanos 12:6-8 Pablo dice: "De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme ala medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza...". Estas exhortaciones fueron dirigidas a la asamblea local de Roma, pero, si esa asamblea hubiera estado bajo el cuidado pastoral de un solo hombre, no hubiera habido ninguna oportunidad para la obediencia de aquellas instrucciones en el uso de los varios dones mencionados. Más bien el apóstol contemplaba la más plena libertad para el Espíritu Santo de ministrar por medio de quien Él quisiera. Ésta, por cierto, es una consecuencia necesaria de las palabras de Pablo: "Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo espíritu;... a otro, profecía... pero todas estas cosas las hace (opera) uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere" (1.ª Corintios 12:8-11).

 

Pocos discuten que tal era el orden en la Iglesia primitiva, pero es un argumento común que todos los dones cesaron al finalizar la era apostólica, de modo que estas instrucciones respecto de los dones no tienen ninguna aplicación para el tiempo actual. He anticipado parcialmente mi objeción mostrando la continua aplicación de las Escrituras según lo expresado en 1.ª Corintios, pero quisiera completar mi respuesta mediante dos consideraciones.

 

En primer lugar, si aquel argumento fuese probadamente verdadero (que no lo es), no afectaría el principio de reunión. Nuestro deber sería reunirnos aún sobre el terreno bíblico, dejando lugar para el uso de los dones cuando el poder del Espíritu nos fuese restituido; y si nunca nos lo fuese, igualmente nuestro deber seguiría siendo el de reunirnos alrededor de nuestro Señor para adoración y alabanza, sumisos a su voluntad en nuestra falta de dones.

 

En segundo lugar, si todos los dones hubieran sido retirados, tal como se arguye, no estaríamos en libertad para compensar nuestra condición de debilidad sustituyéndola por un orden humano. Si el Señor nos ha castigado así, no estamos en libertad para establecer ministros y oficiales eclesiásticos de conformidad con los deseos de nuestros propios corazones. No, querido hermano, no podemos suponer que esta libertad es nuestra; y el mismo hecho de que es reclamada, muestra tan sólo que la convicción acerca de la presencia y del poder del Espíritu Santo en la asamblea está rápidamente desapareciendo de las mentes de los creyentes.

 

Lo restante del tema puede ser abordado con menos palabras. En vista de que debe haber libertad para que el Espíritu Santo ministre por medio de quien Él desee, es una simple consecuencia que ¡el don es la medida de responsabilidad! Digo don y no oficio, porque el poseedor del don es responsable ante el Señor solamente por su uso en favor de los santos. Así, por ejemplo, si Ud. tiene el don de la exhortación, Dios espera que Ud. lo use sin esperar que la iglesia lo apruebe eligiéndolo para desempeñar un oficio.

 

El ya citado pasaje de Romanos 12:6-8 prueba esto. Pablo escribe: “teniendo diferentes dones" (no puestos oficiales) que sean utilizados. 1.ª Corintios 12 y 14 enseñan lo mismo, así como Efesios 4:8-13, donde se nos dice claramente que el Señor dio dones a los hombres, y, como lo dice en la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30), Él espera el crecimiento. Tenemos el mismo principio declarado en 1.ª Pedro 4: 10-11: "Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” Así, el Señor nos hace, a todos sus siervos, responsables por el uso de nuestros dones para edificar a su pueblo. Repito que esto es totalmente imposible bajo el «gobierno eclesiástico» de los disidentes. En realidad, su política eclesiástica menosprecia el don de profecía y, por consiguiente, apaga al Espíritu (1.ª Tesalonicenses 5:19-20). De modo, querido hermano, que tengo que concordar con el carácter bíblico del «ministerio» tal como es practicado por los llamados «hermanos».

 

He oído la objeción de que por muy bíblico que pueda ser, no funciona, y que los maestros son tristemente escasos entre los llamados «hermanos», de modo que debemos adoptar otros planes. No estoy aún preparado para emitir juicio sobre la primera parte de esta objeción, y no tengo ningún deseo de hacerlo porque estoy satisfecho respecto de la voluntad del Señor acerca del ministerio, tal como está revelada en las Escrituras. Estoy completamente seguro de que Su camino para el ministerio, como en todas las cosas, es mejor que el camino del hombre. Tampoco estoy en condiciones de decir si la segunda parte de la objeción es verdadera. No obstante, sé que aquellos creyentes que están con los llamados «hermanos» se encuentran mucho mejor instruidos que aquellos que están entre los disidentes. Confío querido hermano, que Ud. estará de acuerdo conmigo en esto también, pues una de las mayores dificultades que tuvimos en nuestros esfuerzos por instruir a los cristianos que estaban bajo nuestro «cuidado pastoral» ha sido su falta de conocimiento de la Palabra de Dios, debiéndose mayormente a su costumbre de hacer suyas las «opiniones» de sus predicadores favoritos.

          

Sea como fuere, yo estoy satisfecho de apoyar mis conclusiones sobre la Escritura solamente, pues no tenemos ninguna otra guía. Si alguna vez permitimos la adición de sabiduría humana, abrimos la puerta a todas las corrupciones que han afligido y debilitado a la Iglesia de Dios. Si me adhiero estrictamente a la Palabra de Dios, tengo una guía segura e infalible y al mismo tiempo, un medio para probar todo «sistema eclesiástico» que procure mi lealtad a él. Tengo también la espada del Espíritu, con la cual puedo librar las batallas del Señor en este tiempo de oscuridad y desviación de la verdad.

 

Afectuosamente suyo en el Señor

 E.D


 

 

OCTAVA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

 

Mi querido hermano:

 

Cuando hube aclarado las cuestiones del «ministerio» y de la «adoración» tal como eran sostenidas por los llamados «hermanos», sentí la necesidad de tener en claro la cuestión de la disciplina antes de tomar cualquier determinación. Hay muchos cristianos —y nosotros estábamos entre ellos— que creen que la mesa del Señor está abierta a todos los creyentes.

 

Esto, por supuesto, es básicamente cierto, pues de lo contrario la mesa no sería del Señor. No obstante, ¿existen algunas limitaciones dadas por el Señor mismo en su Palabra? Se dan diferentes respuestas a esta pregunta. En la Iglesia Anglicana no existe la menor intención de usar la disciplina. Cualquier feligrés, excepto en una o dos instancias específicas de pecado burdo, tiene el derecho, por sus leyes, sea salvo o no, de ser «comulgante». Dado que tanto una como otra excepción rara vez se presentan a la «baranda del altar», no hay esencialmente ninguna restricción en la Iglesia.

 

Entre los disidentes, las prácticas varían. Los congregacionalistas o independientes frecuentemente son tan irrestrictos como los episcopales. Todos los que se consideran a sí mismos creyentes son invitados al «servicio de comunión». Éste también es el caso de algunos bautistas, si bien no es su regla habitual. En realidad, ellos están divididos en varias clases. Algunos hacen del bautismo la condición para comulgar; a otros les basta con ser miembros de una iglesia; pero casi todos profesan la exclusión de aquellos que andan desordenadamente. Pero, que yo sepa, la doctrina nunca es una cuestión que deba ser tenida en cuenta. Tomo, por ejemplo, la Asociación de Iglesias Bautistas de Londres, a la cual pertenecíamos. Un miembro muy prominente ha negado por escrito la completa pecaminosidad de la naturaleza humana; otro ha enseñado la no eternidad del castigo, pero esto no afecta su posición como miembros. Nosotros dos deplorábamos esto. En una ocasión nos abstuvimos de asistir a una reunión porque temíamos que, en caso de ir, a vista de Dios estuviésemos respaldando opiniones del hermano en cuya capilla estaba reunida la «Asociación».

 

Volvamos a los llamados «hermanos». Hallé que había habido una división sobre este mismo tema. Por eso tuve que examinar con mucho cuidado este asunto a la luz de las Escrituras. Mi pregunta era: «¿Enseña la Biblia que las falsas doctrinas doctrinas que atañen a la Persona y la obra del Señor lo descalifican a uno para participar de la mesa del Señor?». Para decirlo de otro modo: «¿Debemos tener comunión con los maestros y con aquellos que sostienen una falsa doctrina?». Para responder a esta pregunta no citaré el Antiguo Testamento (si bien el principio de la separación de enseñanzas perversas enseñado en él), a fin de evitar que su aplicación sea negada. Más bien apelaré a las epístolas, por ser más aplicables a la Iglesia de Dios. Vayamos a Gálatas 1:8-9. Aquí se hace referencia a evangelistas que predicaban otro evangelio. ¿En qué consistía ese otro evangelio? Se trataba de adicionar, al único medio de salvación que es la fe en Cristo, algunas observancias rituales. Éste es un «evangelio» común en la actualidad. Si no hubiera ninguna disciplina para reprimir las falsas doctrinas, esos predicadores gálatas deberían haber recibido la diestra de comunión, como lo hacen en casi todas partes en la actualidad. Pero ¿qué dice el apóstol?: "¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!" (Gálatas 5:12).

 

Al final de la epístola, Pablo declara el principio que  compromete a la Iglesia: "Y a todos los que anden conforme a esta regla" —la verdadera doctrina de la cruz de nuestro Señor Jesucristo"—, "paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios" (Gálatas 6:14-16). La inferencia,  entonces, es que no tenemos que tener comunión con aquellos que no andan conforme a esta regla[11]. Pablo también dice: "Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad... apártate de los tales" (1.ª Timoteo 6:3-5). Lea también las declaraciones aún más fuertes de 2.ª Timoteo 2:15-21 y de 2.ª Juan 9-11. Las epístolas a las siete iglesias de Apocalipsis 2 y 3 también están llenas de una enseñanza similar. Considere la porción dirigida a la iglesia de Éfeso". Nuestro Señor, con aprobación, dice: “has probado a aquellos que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos” (Apocalipsis 22). Por otro lado, Él condena a Pérgamo y a Tiatira por tolerar falsas doctrinas en la Iglesia (Apocalipsis 2:14 y 20).

 

Estos pasajes me convencieron de que era el pensamiento del Señor que debe haber disciplina para reprimir las falsas doctrinas. La razón es obvia. Si uno que “anda desordenadamente" tiene que ser retirado de la comunión de los santos, mucho más debe serlo el maestro que enseña falsa doctrina, porque "un poco de levadura (pecado) leuda toda la masa" (1.ª Corintios 5:6). De modo que, si un andar desordenado leuda, mucho más lo hará una falsa doctrina. Si un creyente cae en la embriaguez o en otro tipo de abierto pecado, trae deshonra sobre su Señor, pero los creyentes con quienes aquél está asociado seguramente no habrán de seguir su ejemplo obviamente malo. Por otro lado, si un santo es llevado a aceptar una falsa doctrina, comenzará a enseñarla, y muchos llegarán a contaminarse (leudarse). Daré un ejemplo de esto por ser de mi propio conocimiento. Cierto ministro adoptó «puntos de vista» que desacreditaban la Persona y la obra del Señor Jesucristo. Muchos de los creyentes que estaban conectados con él le siguieron en estas doctrinas perversas. Por algún tiempo, el remanente piadoso fue impotente. Pero el ministro, demasiado confiado en su propia influencia, no estaba satisfecho con el apoyo que recibía. Por eso propuso que sus doctrinas se convirtiesen en el fundamento de la congregación. Esto abrió los ojos de algunos que habían estado en silencio, pero, cuando el asunto fue llevado a votación (los estatutos de la iglesia establecían que la mayoría debía resolver tales cuestiones), la propuesta del ministro fue rechazada por el margen de un solo voto. Así, la "levadura" fue detenida, ya que el ministro fue forzado a renunciar. Pero, de haber recordado aquel ministro el verdadero carácter de la levadura —que obra silenciosamente— toda la masa pronto se habría leudado, como por cierto ya había llegado a serlo a los ojos de Dios antes de que se comenzara a actuar.

¡Es fatal que sea tolerada la enseñanza de una falsa doctrina! La condición de la Iglesia en la actualidad es el resultado de esta terrible debilidad. En lugar de estar fundados en la verdad, los santos se preguntan: «¿Qué es la verdad?», pues la opinión humana es frecuentemente su única norma.

 

Una vez que estuve satisfecho con respecto al principio, tuve que rever de mala gana la «controversia de Betesda», la cual dividió a los llamados «hermanos» en dos grupos: uno comúnmente conocido como «hermanos libres»[12] y el otro como «hermanos exclusivo»[13]. Algunos años atrás únicamente examiné un solo lado del caso. Recientemente investigué también el otro lado y hablé con algunos que estaban familiarizados con él desde el principio.

 

Concluí que toda la dificultad surgió a causa de la cuestión de la disciplina por falsa doctrina y por lo tocante a si la acción disciplinaria de una asamblea debía ser respetada y mantenida por otras asambleas. Por ejemplo, suponga Ud. que un maestro de falsa doctrina es apartado de la comunión en una localidad. ¿Es correcto recibirlo en otra? El caso no debería presentar ninguna dificultad, pues con la más pequeña cantidad de inteligencia espiritual cualquier creyente vería que si la asamblea de Liverpool fuese a revocar la acción de la asamblea de Manchester en un asunto de disciplina, con ello negaría la verdad de la unidad del cuerpo de Cristo. Sería también declarar que lo que fue hecho rectamente por los santos de una localidad podría ser deshecho por los de otra.

 

No estoy afirmando que nunca se hayan cometido errores en la aplicación de los verdaderos principios de la disciplina. Esto escapa a mi capacidad de decisión. Mi tarea consistió en decidir si los principios estaban basados en la Palabra de Dios. Es mi deseo que todos cuantos estén interesados en este tema se despojen a sí mismos de cualquier prejuicio y se limiten simplemente al examen de los principios de disciplina en disputa, no preguntando nada excepto: «¿Es esto según la Escritura, o no?». En tanto una persona no esté dispuesta a ello, no podrá juzgar sobre los méritos de la «controversia de Betesda». Quiero quitar una dificultad de la senda de los inquiridores. Se pregunta con frecuencia: «¿Puede ser correcto excluir a tal o cual persona de la comunión con la asamblea? Considere su vida santa y su devoción. ¿Pretende Ud. sentarse a juzgar sobre sus cualidades para la mesa del Señor?». Tales preguntas son comunes y, para algunos, muy importantes. Pero ¡estas preguntas sencillamente no tienen nada que ver con el asunto! La única pregunta que tenemos que responder es si la disciplina tiene que ser mantenida conforme a la Palabra de Dios. Si es así, ella se convierte en simple obediencia al Señor y no en «pronunciar juicio contra otros creyentes». El apóstol Juan nos dice: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos" (1.ª Juan 5:2). De modo que mostramos amor a los santos, no por admitirlos a la mesa del Señor en contra de la expresa voluntad de Dios, sino guardan do los mandamientos de Dios. Permítame aconsejar a todos los creyentes por medio de esta carta dirigida a Ud., querido hermano, que mantengan sus ojos lejos de los hombres y fijos en el Señor Entonces advertirán que la senda que conduce a disciplinar por el sostenimiento de una falsa doctrina, si bien algunas veces resulta muy estrecha, es la senda de la obediencia debida a Dios.

 

La enseñanza de este principio de «disciplina» suscitará la más firme oposición, porque cualquier cosa que ayude a mantener a la Iglesia de Dios como "columna y baluarte de la verdad" (1.ª Timoteo 3:15), conforme al propósito divino, con seguridad excitará la rabia de Satanás. De ningún otro modo puede Satanás llevar a cabo sus propósitos más satisfactoriamente que destruyendo la línea demarcatoria entre la verdad y el error. Ud., querido hermano, está familiarizado con la Historia de la Iglesia. ¿No es cierto que el desliz y la corrupción de la Iglesia siempre fue el resultado de la indiferencia por mantener la verdad concerniente a la permisividad de "levadura" —pecado— tanto en la enseñanza como en la vida? El hecho es que, si Ud. deja una vez de administrar la disciplina, toda la seguridad respecto de la verdad se pierde en seguida en el conflicto de las confusas opiniones de los hombres.

 

Cualquiera sea la oposición que este principio de disciplina pueda suscitar, nadie tiene derecho a tildar de «sectarismo» a aquellos que lo sostienen.

 

 Una «secta», o partido, en el sentido bíblico, está integrada por aquellos que se reúnen o asocian porque concuerdan en una cierta verdad o doctrina, o porque sostienen una forma particular de política eclesiástica. De ahí que congregacionalistas, bautistas, wesleyanos (metodistas), clérigos de la iglesia oficial y presbiterianos constituyen «sectas». En realidad, ellos frecuentemente hablan de sí mismos como de diferentes secciones de la Iglesia. Pero cuando los creyentes simplemente se congregan como miembros de Cristo, alrededor de Él como Cabeza, con obediencia a Él como Señor, y procuran —por el Espíritu Santo— hacer todas las cosas con sujeción a la Palabra de Dios y mantener la disciplina que ésta requiere, etc., ellos no son de ningún modo una «secta», porque hay un lugar a la mesa del Señor para todo creyente que no esté descalificado por el Señor mismo a causa de un andar impío o una falsa doctrina. Esto, pienso, será claro para toda mente sin prejuicios.

 

Afectuosamente suyo en el Señor

E. D.


 

 

NOVENA CARTA

 

Blackheath, enero de 1875

 

Mi querido hermano:

 

Seguramente Ud. no se sorprenderá al oír que, cuando llegué a las conclusiones indicadas en mis cartas anteriores, sentí que debía tomar mi lugar con los llamados «hermanos» para ser consistente y honesto delante del Señor. Pero no me fue fácil apartarme de mis convicciones. Eludía renunciar a mi posición. Eludía aún más romper las ataduras que a través de años de afectuosa asociación me habían ligado a muchos queridos amigos cristianos. No podía soportar la idea de herir a alguno, como a Ud. mismo, con quien había gozado de una comunión tan estrecha.

 

También estaba asustado ante la posibilidad de la tormenta que ese paso indudablemente produciría en ciertas partes. Además, cuando recordaba el fuerte antagonismo que en el pasado había yo sostenido con los llamados «hermanos», no me fue fácil confesar a todo el mundo el error que yo había cometido. Recibí también muchas cartas muy afectuosas, pero con ruegos y advertencias apremiantes acerca del «engaño» que se había posesionado de mi mente. Otros me dijeron sencillamente que, si me unía a los llamados «hermanos», perdería rápidamente toda independencia de pensamiento y acción, y vendría a ser partícipe de las malas obras de aquellos cuyas enseñanzas estaban supuestamente trastornando los mismos fundamentos del Evangelio. De modo que comprenderá Ud. algunas de las dificultades que me perturbaban en este paso final.

 

Dios me permitió apartar mi vista de los hombres y, a instancias de su poderoso amor, fui y solicité partir el pan para recordar al Señor con los santos de Blackheath. Ese permiso me fue concedido. Como creyente, como miembro del cuerpo de Cristo y únicamente sobre este terreno y no sobre la base de alguna doctrina o cualesquiera doctrinas[14], tomé mi lugar a la mesa del Señor con los creyentes que se reunían sobre aquel terreno en obediencia a su Señor (2 Timoteo 2:22).

 

No tengo ningún deseo de extenderme acerca de las «tergiversaciones» (para no usar una palabra más fuerte) que siguieron al paso que di, pues yo ya las esperaba. Ellas me ayudaron a comprender muchas porciones de las Escrituras, como las que hablan de cargar nuestra cruz en pos de Cristo y de soportar persecuciones o tribulaciones. Yo no entendía estos versículos con igual efecto cuando mi posición y profesión de fe en Cristo hallaban favor más bien que oposición. Además, recordaba la abierta oposición que había practicado anteriormente contra los llamados «hermanos». Por ello aguardo tranquilo, alimentando la esperanza de que mis adversarios puedan también llegar a tener sus ojos abiertos y hallarse sentados conmigo alrededor de la mesa de nuestro Señor.

 

Antes de concluir, me gustaría hablar acerca de los resulta dos. El primer día del Señor noté, para gozo mío, que existe una auténtica distinción (en pro de la cual los llamados «hermanos» siempre han contendido) entre la adoración y las reuniones para escuchar sermones. Fue una bendita experiencia sentir que el Señor estaba en medio de nosotros, de acuerdo con su promesa (Mateo 18:20). Fue un nuevo gozo penetrar en esta verdad al comulgar juntos en el cuerpo partido (tal como se manifiesta en el pan partido) y en la preciosa sangre (así como se representa en el vino) de nuestro bendito Señor. Nuestros corazones estaban forzosamente ocupados en Él, en lo que El fue aquí abajo, en lo que Él fue en la cruz, en todo lo que Él es ahora a la diestra de Dios y en todo lo que Él fue y es para Dios el Padre. De modo que, mientras estábamos postrados en adoración dentro del velo, nuestra comunión verdaderamente era con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Al decir esto no niego que haya individuos que puedan realizar la presencia del Señor, aun de un modo significativo, en «iglesias» de diversos orígenes, pues el Señor siempre está presente para la fe. Pero, por lo que yo contiendo, es por esto: que, a menos que estemos congregados hacia su Nombre, no tenemos ningún derecho a esperar la presencia del Señor en medio de nosotros. Sus propias palabras son: “Porque donde están dos o tres congregados en (o, mejor, hacia) mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:20). Así, la condición para que sea real Su presencia en medio de la congregación, es que ellos estén congregados hacia su Nombre, ¡algo posible sólo para creyentes!

 

Oh, hermano mío, deseo que Ud. y todos los santos puedan ver este bendito privilegio de reunirse, de conocer la dichosa libertad del alma que inspira la seguridad de la presencia del Señor en medio de nosotros y de conocer el gozo del corazón forjado en nosotros por el Espíritu Santo mientras nos gozamos juntos en Dios a través de Jesucristo. Estoy convencido de que, si Ud. goza esta experiencia una vez, su único asombro sería haber estado satisfecho tanto tiempo con asambleas de distintas clases y extracciones.

 

Otra cosa que atrajo en seguida mi atención fue que a la Palabra de Dios le era dado el lugar que le correspondía. Su autoridad era aceptada como suprema. Una de nuestras mayores dificultades entre los «disidentes» había sido la de obtener un reconocimiento real y práctico de este principio porque prevalecían demasiado las «opiniones» vagas en lo tocante a la inspiración. Fuera de Ud., jamás encontré un ministro disidente que sostuviera la plena inspiración verbal de las Escrituras. Por consiguiente, cada uno se sentía más o menos en libertad para erigirse en juez de la revelación que Dios ha hecho al hombre, en lugar de permitir que ella juzgue al hombre y sus caminos.

 

Bajo tales condiciones, la mente no puede tener ninguna certeza respecto a cualquier verdad. De este modo, las congregaciones recibirán en sucesión, sin vacilación o duda alguna, a ministros con opiniones diferentes y opuestas. En una capilla hubo tres ministros en los pasados doce años. El primero enseñaba que la muerte de Cristo no era más que un autosacrificio. El segundo enseñaba el aceptado punto de vista de la redención, pero negaba la total pecaminosidad del hombre. El tercero enseñaba, hasta cierto punto, verdades dispensacionales. Pese a estas diferencias, la congregación jamás pensó en decir que alguno de estos  tres hombres estuviese equivocado. Ella podrá decirle a Ud. cuál de esos ministros le gustaba más, ¡pero eso será todo!

 

Apenas podría imaginarse Ud. un más triste estado de cosas, todo lo cual procede de un conocimiento incorrecto del verdadero carácter de la Palabra de Dios. Por lo tanto, sentí gran placer cuando advertí que la autoridad de la Palabra de Dios era continuamente recalcada y que el deber de una completa sumisión a ella era comúnmente reconocido.

 

«Pero ¿qué pasa con las doctrinas?» es una pregunta que se que Ud. se formulará. Sin procurar responder plenamente ahora, he aprendido una lección: no tomar las declaraciones o frases sueltas de los adversarios como expresión correcta de las enseñanzas de los llamados «hermanos» (o de cualquiera). La opinión común acerca de sus doctrinas es enteramente falsa, inspirada por malas interpretaciones, sin duda. El hecho es que la mente del escritor debe dirigir la interpretación de un pasaje, aun cuando su estilo defectuoso o su vaguedad de expresión parecieran permitir otro significado. Pero la controversia teológica frecuentemente procede según un principio exactamente opuesto: ¡que la mente del escritor es justamente lo que sus palabras pueden hacer significar!

 

Yo no digo que los llamados «hermanos» no hayan enseñado ningún error, ya que ellos son tan capaces de cometer equivocaciones como otros. Pero sostengo que, aunque se enseñe algún error, yo no soy responsable de atacarlo (si bien debo procurar señalar por la Palabra de Dios lo que yo creo que es la verdad) a menos que el mismo sea de una naturaleza tal que requiera disciplina porque, como lo he dicho antes, nosotros no estamos reunidos sobre el terreno de doctrinas en absoluto, sino como miembros del cuerpo de Cristo, como aquellos que han sido hechos perfectos para siempre por la ofrenda que Él hizo en la cruz (Hebreos 10:14).

 

Me gustaría formularle a Ud. algunas preguntas: ¿Hay o no instrucciones precisas en la Biblia referentes a la Asamblea de Dios? ¿Se nos enseña o no cuál es la voluntad de Dios respecto al terreno sobre el cual los miembros del cuerpo de Cristo deben reunirse para la adoración, para el mantenimiento de la unidad del Espíritu, para el ministerio, etc.? Si las respuestas fueran negativas, entonces a todos les es lícito hacer lo que es correcto a sus propios ojos. Pero si hay instrucciones concernientes a estos asuntos, entonces Dios requiere a todo creyente que obedezca a su Palabra. "Si me amáis, guardad mis mandamientos" (Juan 14:15) todavía se aplica para todo, y toda la confusión que nos rodea no excusa al más débil o joven de los creyentes de la obligación de presentarse perfecto y completo según toda la voluntad de Dios.

 

La senda de Dios es estrecha y difícil, pero, si cada uno estuviese ansioso por glorificar a Dios y por dar un testimonio fiel en estos días de oscuridad y comenzara por separarse de todo aquello que no está autorizado por la Palabra de Dios o que está condenado por ella, pronto vería que resplandece "en las tinieblas luz a los rectos" (Salmo 112:4). Por lo tanto, procurando hacer la voluntad de Dios, conocería si la doctrina es de Dios (Juan 7:17) y sería guiado por el poder del Espíritu Santo a toda verdad (Juan 16:13).

 

Querido hermano, ¿quién mejor que Ud. conoce la necesidad de tomar nuestra posición únicamente fundados sobre la Palabra de Dios? ¿Por qué, entonces, pese a ver cómo el mal aumenta por todos lados y se lanzan ataques contra los mismos fundamentos de la fe, aun hombres piadosos titubean en separarse completamente del mal y en encomendarse a sí mismos, tanto en sus asociaciones eclesiásticas como en su andar individual, a la guía de la infalible Palabra de Dios? Semejante negligencia es meramente una falsa santidad que tiene que ver con experiencias superficiales y que abandona a la Iglesia de Dios a la voluntad y designios del hombre. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y, como tal, nuestro Señor "la amó y se entregó a sí mismo por ella para santificarla,  habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha" (Efesios 5:25-27). Entonces ¿no debemos procurar tener comunión con nuestro bendito Señor en lo tocante a su propio cuerpo, la Iglesia, del cual, merced a la gracia, somos miembros?

Ruego que Dios quiera abrir los ojos de su pueblo para que ellos salgan y se mantengan separados de todo lo que es contrario a Su voluntad, como así también que se hallen con los pocos que, a pesar de las muchas dificultades y oposición, mantienen Su honor a través de un testimonio sumiso a la autoridad de su Palabra en este día malo.

 

Afectuosamente suyo en Cristo,

 

E. D.


 

NOTAS

 

[1] N. del E.— Podemos aprender valiosas lecciones del error que cometió el señor Dennett. Reparemos en el siguiente párrafo de su folleto. Los cristianos, por lo general, somos rápidos para atacar y condenar a otros cristianos sobre la base de sentimientos personales o de informaciones provenientes de segunda o tercera mano. Antes de condenar o atacar pública o aun privadamente cualquier cosa acerca de otro cristiano o grupo de cristianos, nuestro claro deber, según las Escrituras, es investigar los hechos reales. Esto puede implicar que uno se dirija a la persona o personas involucradas y se discutan a fondo los asuntos en cuestión. Luego, nuestro propio juicio puede estar errado, de modo que deberíamos acudir a otros que pudieran ayudarnos a confirmar los hechos, Finalmente, si hallamos que el asunto en cuestión está equivocado, nuestra oposición al error debería ser hecha tan bondadosamente como fuera posible aunque, no obstante, poniendo sobre aviso a otros del error, pues debemos tratar de ayudar a nuestros compañeros creyentes a conocer y practicar la verdad de Dios en su totalidad. Dennett ha llenado todos estos requisitos en este folleto.

 

[2] N. del E.— Estos cristianos a quienes se refiere como «llamados hermanos» —frecuentemente conocidos como «Hermanos de Plymouth»— rechazan tales títulos porque los colocan aparte de otros cristianos. Ellos se reúnen simplemente como cristianos, no congregados hacia ningún otro nombre que no sea el del Señor Jesús (Mateo 18:20). No obstante, la frase anterior se utiliza aquí como asunto de conveniencia para distinguir a estos creyentes de aquellos que están en las diversas denominaciones.

 

[3] N. del T.— Del inglés, «Brethrenism», a veces también «Plymouthismo», es una voz sajona empleada en círculos protestantes para identificar al conjunto de creencias (especialmente las dispensacionales y las que atañen a la Iglesia) que sustentan aquellos conocidos como «hermanos».

 

[4] N. del A.— Esta frase «mi grey» —o «mi pueblo»— se utiliza en las presentes cartas sencillamente como expresión de antiguas asociaciones y no como justificándolas ahora.

 

[5] N. del T. Nombre dado a ciertos miembros de diversas denominaciones religiosas que, además de rechazar la doctrina de la Trinidad, enfatizan la completa libertad de opinión religiosa, promueven la exaltación del género humano y de la sociedad, etc. Sin duda, hay una estrecha conexión entre unitarianismo, modernismo y liberalismo: todas estas filosofías humanas (Colosenses 2:8) tienen al hombre como centro y medida de todas las cosas.

 

[6] N. del E.— Un «disidente» era una persona que había abandonado la Iglesia Anglicana (la Iglesia de Inglaterra) o en un sentido más general cualquiera de las iglesias «oficiales», como la Bautista, las Independientes, la Congregacionalista, etc. Dennett fue un ministro bautista.

 

[7] N. del T. El título de Bachelor, que, como es sabido, no es nuestro título de bachiller de la enseñanza secundaria, sino un título universitario, no tiene equivalente en nuestro idioma español. Para aclarar el concepto, podemos decir que esta palabra no tiene equivalente en nuestro idioma debido a la falta de coincidencia entre los títulos académicos del sistema anglosajón y el nuestro. Las universidades y escuelas universitarias anglosajonas suelen conceder tres niveles de títulos académicos: Bachelor (B. A.), Master (M. A.) y Phylosophy doctor (Ph. D.). Es difícil establecer equivalencias académicas entre ese sistema y el sistema de títulos del mundo hispano, pero en principio, el Master y el Phylosophy Doctor (este último sin relación necesariamente con la Filosofía), coinciden, a los efectos prácticos, con bastante exactitud con nuestras licenciatura y doctorado. Pero Bachelor —que es el primer título académico que otorgan las universidades anglosajonas—, queda flotante, y no es posible darle un equivalente (Alfonso Torrents dels Prats, Diccionario de dificultades del inglés).

 

[8] N. del T. Así consta en la versión Reina-Valera, revisión 1977, y básicamente es igual en la revisión de 1909 ("Y habiéndoles designado..."). En la revisión de 1960, los revisores suprimieron la correspondiente traducción del pronombre griego «autois» «a» o «para» ellos que confiere al sentido una fuerza adicional para una mejor comprensión del versículo, aunque la acción del verbo «constituir» se aplica claramente a los apóstoles.

 

[9] N. del T. Se traduce literalmente del inglés, partiendo de la traducción interlineal «The Englishman's Greek New Testament» (Newberry). Véase también de A. Marshall: «The Interlinear Greek-English New Testament» y de Francisco Lacueva: «Nuevo Testamento interlineal».

 

[10] N. del E. Para una discusión detallada de las calificaciones bíblicas de esta declaración «general», véase la octava carta.

 

[11] N. del E. — En realidad —vuélvase a Gálatas 1:8-9— Pablo dice que tales falsos predicadores deben ser "anatema".

 

[12] N. del T. Los llamados «Hermanos Libres» (del inglés «Open Brethren») se separaron en 1848 como un grupo de asambleas independientes durante la conocida «controversia de Betesda». Entre los «nuevos» principios que adoptaron, los cuales los apartaron de los lineamientos originales del movimiento, podemos mencionar los dos más característicos: la independencia (o «autonomía», como prefieren) de la asamblea local respecto de las acciones de las demás asambleas (es decir, que cada asamblea local es libre de recibir o rechazar a quien ella considere conveniente sin tener en consideración las acciones tomadas por las demás asambleas), y la indiferencia respecto de las asociaciones con el mal, ya doctrinal, ya moral. Este último principio se formalizó al principio de la división en la llamada «carta de los diez», firmada por diez líderes de la asamblea de Betesda, en la que uno de los párrafos consta así:

 

«Supóngase que el autor de los tratados [B. W. Newton], fuese un falso maestro de doctrina fundamental; esto no nos autorizaría a rechazar a aquellos que vienen a nosotros y están de alguna manera asociados con él, pues lo que vale es si ellos comprendieron y adoptaron sus falsas doctrinas que trastornan los fundamentos de la fe cristiana, y no si están asociados o no con ello.»

 

Los «Hermanos Libres», siguieron hasta hoy llevando adelante este falso principio según el cual se consideran «libres o abiertos» para recibir en comunión a cristianos asociados a falsos maestros, con tal que no hayan «asimilado» el mal por sí mismos. Pero no tienen en cuenta que la asociación per se es bíblicamente inaceptable, por más que quienes estén asociados a falsos maestros no declaren adherir a las perversas enseñanzas. La asociación con el mal, cuando se tiene conciencia de este último, pero se es indiferente a él, contamina. Véase el principio bíblico en 2.ª Juan 9-11, donde se les ordena a la señora y a sus hijos que no reciban ni saluden a los herejes, porque si fuesen a hacerlo, aunque no adoptasen la herejía, se hacían cómplices con él de sus malas obras por el solo hecho de saludarlo o recibirlo. Asimismo en 1.ª Corintios 5:3-5 tenemos otro caso de contaminación por asociación con el mal sin que uno mismo practique el mal del otro, pero tolerándolo o siendo indiferente ante él: el apóstol dice a los corintios que por el hecho de seguir asociados con el que cometía la inmoral acción, ellos ya no podían ser considerados una “nueva masa”, sin levadura, en la práctica, sino que debían limpiarse de la levadura “para ser” nueva masa (si bien lo eran posicionalmente en Cristo, pero ya no en la práctica). El mal moral de toda la asamblea de Corinto, no consistía en que todos al unísono practicaban la fornicación a la par del que tendría que haber sido expulsado por ellos, y así contaminarse, sino en que todos, conscientes del mal en su entorno, toleraban la mala acción o eran indiferentes a ella al no haberla juzgado oportunamente, lo cual los hacía partícipes del mal por asociación, no por practicar cada uno la fornicación para ser recién ahí contaminados. No se trata de contaminación por algún misterioso contacto exterior, como algunos han propuesto, y que el mal se transmitiera de esa forma, sino que el mal por asociación consiste en una contaminación del corazón a causa de una actitud indiferente o neutral frente al mal de otro que toma lugar dentro del ámbito en que uno está asociado, ya en la esfera local, ya en la esfera universal (pues no hay más que una sola Casa de Dios en la tierra, la cual no se limita a la esfera puramente local según las Escrituras), y que requiere ser juzgado. Si el mal es juzgado, la asamblea o el individuo como en 2.ª Timoteo 2, se limpia; si el mal es tolerado, por el contrario, se contamina. La Escritura indica claramente la separación del creyente respecto de las malas asociaciones, y que la indiferencia con respecto al mal contamina. Véase también en relación con estos principios de separación, 2.ª Timoteo 2:19-22 y 1.ª Corintios 10:14-22.

 

Quienes quieran ver más detalles sobre la división con los «Hermanos Libres» y sus principios, pueden leer en español:

 

«Los fundamentos sometidos a discusión, Betesda» de A. Ladrierre en «El tiempo del despertar» («En esto pensad» N.º 2 de 2000).

 

C. H. Mackintosh escribió una breve carta en la cual explica el desvío de los líderes de Betesda, y el abandono del terreno de la unidad práctica hacia el camino de la independencia eclesiástica:

 

Surgimiento de los «Hermanos Libres» C. H. Mackintosh (en castellano)

 

Quienes sepan inglés pueden consultar estas excelentes obras:

 

«The Origin of so-called Open-Brethrenism, The Whole Case of Plymouth and Bethesda», W. Trotter

 

«OPEN BRETHREN, Their Origin, Principles, and Practice», HAMILTON SMITH

 

«THE DOCTRINE OF CHRIST AND BETHESDAISM» W.Kelly

 

The Present Question; 1848-1849 G. V. Wigram

 

 

[13] N. del T.— Del inglés «exclusive brethren». No tiene equivalente en español. No se refiere, como algunos se imaginan, a una elite o grupo especial de cristianos que no reconocen a los demás hijos de Dios como tales. Se refiere específicamente al aspecto práctico de la comunión eclesiástica, es decir, que estos hermanos reciben únicamente a verdaderos miembros del Cuerpo de Cristo —la única base escrituraria para la recepción— sobre la base de esa condición de miembros, y que andan fielmente como tales (y un andar fiel comprende que el creyente no esté en comunión con falsos maestros o con mal moral). La comunión «abierta» o «libre», recibe abiertamente a todos los que profesan ser cristianos sin tener en cuenta sus asociaciones, y la recepción a la comunión sólo queda supeditada a la responsabilidad individual del que se allega a la asamblea. Los otros hermanos creen que la comunión y la recepción al partimiento del pan, es una cuestión de responsabilidad colectiva, y no meramente individual, es decir, que practican una recepción responsable —no sectaria— a la Mesa del Señor.

 

[14] N. del E.— Este punto ha sido tratado tanto en la carta sexta como en la octava, pero, para evitar malentendidos, unas pocas observaciones suplementarias pueden servir de ayuda. El autor no está infiriendo que los llamados «hermanos» permitan o permitirían falsas doctrinas fundamentales, falsos principios o mala conducta. Todas estas cosas descalificarían bíblicamente a una persona para participar de la comunión, y debemos velar por que la propia disciplina del Señor respecto a su Iglesia sea llevada a cabo. No obstante, la Escritura en ningún lado requiere acuerdo sobre todo versículo o tema como condición para la comunión. Como ejemplo bien conocido, tome el bautismo en agua. En muchas congregaciones, a menos que uno esté de acuerdo con todos los demás respecto a un cierto método de bautismo, le es negado el permiso para “partir el pan". Eso es reunirse hacia una doctrina, de lo cual las Escrituras nunca hacen una «prueba de comunión», a menos que la doctrina sea falsa en su carácter fundamental. Nos debemos reunir hacia Cristo, y no hacia cierto conjunto de doctrinas.

 


 

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