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El
libre albedrío Cartas por J. N. Darby |
1.ª Carta
Elberfeld, 23 de octubre de 1861
Querido hermano,
El gran número de mis ocupaciones me hizo perder un poco
de vista un tema importante de su carta. La doctrina del libre albedrío, que
vuelve a resurgir en nuestros tiempos, equivale a afirmar que el hombre
natural, según se pretende, no está totalmente
perdido. Todos los que no han estado nunca profundamente convencidos de pecado,
o aquellos para los cuales esta convicción se basa tan sólo en gruesos y
manifiestos pecados, admiten más o menos el libre albedrío. Es la doctrina de
todos los arminianos, de todos los razonadores, de todos los filósofos. Ahora
bien, esta doctrina cambia completamente la idea del cristianismo y lo
pervierte enteramente.
Si Cristo vino para salvar lo que está perdido, el libre
albedrío no tiene razón ser. No es que Dios impide al hombre recibir a Cristo;
lejos de eso. Pero entonces incluso cuando Dios emplea todos los medios posibles,
todo lo que es capaz de actuar sobre el corazón del hombre, eso sólo sirve para
demostrar que el hombre no quiere a Cristo, que su corazón es tan corrompido, y
su voluntad tan determinada a no someterse a Dios (independientemente del hecho
de que el diablo le anima a pecar), que nada puede llevarlo a recibir al Señor
y a abandonar el pecado. Si por esta expresión: «libertad del hombre», se
entiende que nadie puede forzarle a rechazar al Señor, esta libertad existe
plenamente. Pero si se admite que, a causa de la soberanía del pecado de que es
esclavo, y eso voluntariamente, no puede escapar de su estado y elegir el bien
(incluso reconociendo que es el bien y aprobándolo), entonces no tiene ninguna
libertad. No se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede; de modo que aquellos que están en la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8).
Ahora bien, es aquí donde tocamos más de cerca el fondo de
la cuestión. Para ser salvos, ¿es necesario que el viejo hombre sea cambiado,
instruido y santificado, o más bien que recibamos una nueva naturaleza? El carácter general de la incredulidad de este
tiempo, no consiste en negar formalmente el cristianismo, como era el caso
antes; no se rechaza abiertamente a Cristo, sino que se lo recibe como una
persona, e incluso se dirá divina, inspirada (pero en cierta medida), y que
restablece al hombre en su posición de hijo de Dios. Pero cuando los wesleyanos
son enseñados por Dios, la fe les hace sentir que sin Cristo están perdidos, y
que se trata de una cuestión de salvación. Solamente su repugnancia respecto a
la pura gracia, su deseo de ganar a los hombres, una mezcla de caridad y del
espíritu del hombre; en una palabra, su confianza en sus propias capacidades,
hace que tengan confusión en su enseñanza y les lleva, como a otros, a no
reconocer la caída total del hombre.
En cuanto a mí, veo en la Escritura, y reconozco en mí
mismo, la ruina total del hombre. Veo que la cruz es el fin de todos los medios
que Dios empleó para ganar el corazón del hombre; y, por tanto, demuestra que
ello era imposible. Dios agotó todos sus recursos; el hombre probó que es
irremediablemente malvado; la cruz de Cristo lo condena, condena el pecado en
la carne. Pero esta condena, que se manifestó en el hecho de que otro la
sufrió, es la perfecta salvación de los que creen; ya que la condena, el juicio
del pecado, está detrás de nosotros; la vida fue la salida de ella en la
resurrección. Hemos muerto al pecado y somos hechos vivos para Dios en Cristo
Jesús Señor nuestro. La redención, la palabra misma, pierde su fuerza cuando
uno conserva respecto del viejo hombre las ideas de que hablé más arriba. La
redención se convierte en una mejora, una liberación práctica de un estado
moral, y no es ya la redención cumplida por la obra de otro. El cristianismo
enseña la muerte del viejo hombre y su justa condenación, luego la redención
cumplida por Cristo, y una nueva vida, la vida eterna, descendida del cielo en su Persona, y que se nos comunica cuando
Cristo entra en nosotros por la Palabra. El arminianismo, o más bien el
pelagianismo, pretende que el hombre puede
elegir, y que el viejo hombre es así mejorado por aquello que aceptó. El primer
paso se da sin la gracia, y es realmente, en este caso, el primer paso que
cuesta.
Creo que debemos atenernos a la Escritura, pero según la
opinión filosófica y moral, el libre albedrío es una teoría falsa y absurda. El
libre albedrío es un estado de
pecado. El hombre no debiera tener que elegir, puesto que está fuera del bien.
¿Por qué se halla en este estado? No debería tener voluntad, ni ninguna
elección que hacer. Debería obedecer y gozar en paz. Si debe elegir el bien, es
porque no lo tiene aún. En todo caso, no tomó su decisión, puesto que, en sí
mismo, carece de lo que es el bien. Pero, en realidad, el hombre está dispuesto
a seguir el mal. ¡Qué crueldad es proponer un deber a una criatura que ya se
volvió hacia el mal! Además, filosóficamente hablando, para elegir, es
necesario que el hombre sea indiferente, de otro modo ya eligió en cuanto a su
voluntad; debe ser, pues, absolutamente indiferente. Ahora bien, suponiendo que
sea absolutamente indiferente, ¿qué es lo que determinará su elección? Una
criatura debe tener un motivo, pero el hombre no tiene ninguno, puesto que es
indiferente; y si no lo es, es porque eligió.
Al final de cuenta, no es nada así. El hombre tiene una
conciencia, pero tiene también una voluntad y concupiscencias, y ellas son lo
que lo conducen. El hombre era libre en el paraíso, pero entonces gozaba del
bien. Elegía libremente, y la consecuencia fue que se volvió pecador. Dejarlo
librado a su libre elección, ahora que está dispuesto a hacer el mal, sería una
crueldad. Bajo la ley, Dios le presentó la elección, pero eso fue para convencer su conciencia del hecho
de su estado, debido a que en ningún caso
el hombre quiere ni el bien, ni a Dios.
Creer que Dios ama al mundo, está perfectamente bien; pero
el no creer que el hombre es en sí mismo irremediablemente perverso (y que lo
está a pesar del remedio), eso es muy malo. Los que piensan así no se conocen a
sí mismos y no conocen a Dios… El Señor viene, querido hermano; el tiempo que
le queda al mundo se acaba. Que Dios nos encuentre velando y pensando en una
sola cosa: en Aquel que ocupa Sus propios pensamientos, Jesús, nuestro precioso
Salvador.
Con afectuosos saludos, su hermano
J. N. D.
2.ª Carta
Querido hermano,
Acabo de recibir su carta y le escribo unas líneas en
respuesta a ella. Empleamos a menudo las palabras de una manera tan inexacta
que es necesario definirlas si no queremos tener interminables discusiones.
Generalmente, cuando se habla de libertad y de poder, es
decir, de ausencia de presiones sobre nosotros y de la presencia de poder en
nosotros, ambas cosas se confunden. Si dijera: «todos pueden venir a la
reunión», eso significa que la reunión es abierta, que el acceso es libre al público. Pero alguno me dice
que no es cierto, porque uno se rompió la pierna y no puede venir. Tomo un ejemplo simple para hacer comprender lo que
quiero decir. Así, cuando el Señor dice: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan
6:44), esto no significa que Dios impida o prohíba a alguno que venga; pero el
hombre es tan malo en su voluntad, y tan corrupto, que a menos que un poder
fuera de él actúe sobre él, no podrá venir; el hombre nunca está moralmente dispuesto a venir. En lo que a Dios respecta,
el hombre es perfectamente libre para venir, y no sólo eso, sino que es también
invitado a venir e incluso se le ruega hacerlo; la sangre preciosa de Cristo
está sobre el propiciatorio, de manera que la dificultad moral es removida por
la gracia de Dios en cuanto a la recepción del pecador por parte de Aquel que
es Santo. En este sentido, el hombre es libre de venir. Pero hay otro lado de
la cuestión, esto es, el estado de la
voluntad del hombre. No hay en él ninguna voluntad para venir, sino más bien
todo lo contrario. La vida estaba en Cristo, pero él dijo: “No queréis venir a mí para que tengáis
vida” (Juan 5:40). “Venid, que ya todo está preparado”, dice a los convidados
en la parábola (Lucas 14:17), pero “todos a
una comenzaron a excusarse”. El hombre no desea estar con Dios. “No hay quien entienda”, y aún dice: “No hay quien busque a Dios” (Romanos 3:11).
“¿Por qué cuando vine, no hallé a nadie?”
dijo el Señor a Isaías, “¿y cuando llamé, nadie
respondió?” (50:2) “Por cuanto los designios (lit.: ‘el pensamiento’) de la
carne son enemistad contra Dios” (Romanos 8:7), he aquí la respuesta. La
crucifixión del Señor es la prueba de que el hombre no quiso a Dios cuando Él
vino en misericordia, y para aliviar todas las miserias. “Me devuelven mal por
bien, y odio por amor” (Salmo 109:5). “Sin causa me aborrecieron” (Juan 15:25),
“pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” (Juan 15:24). Tales
son las declaraciones del Señor. Y él da la razón. Cualquiera que fuese el
amor, —y es perfecto e infinito—, Dios es luz así como amor, y “los hombres amaron más las tinieblas que la luz”
(Juan 3:19). Rechazan un amor que humilla su orgullo, y detestan una luz que
despierta su conciencia. Por eso está escrito: “Mas a todos los que le
recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos
de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad
de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Es simplemente absurdo hablar de
libertad cuando se aplica esta palabra a la condición actual del hombre, que se
ha vuelto hacia el mal. Admitiendo que es totalmente libre de venir, que es
invitado y que se le ruega venir de todas las maneras posibles, porque todo
está preparado, la prueba está de que no
quiere, y que ningún motivo es capaz de obligarlo a venir. “Tengo aún un
Hijo”, dijo Dios en la parábola (Marcos 12:6); el Hijo fue enviado, pero el
hombre no lo quiso. Decir que el hombre no es propenso al mal, es negar toda la
Escritura y todos los hechos. Para que sea libre de elegir, es necesario que el
hombre sea indiferente, indiferente al bien y al mal, es decir, sin preferencia
por uno ni por lo otro. Ahora bien, no es cierto que lo sea, ya que los malos
deseos (la concupiscencia) y la propia voluntad —estos dos grandes elementos
del pecado—, están en él; y si fuera cierto que fue indiferente, sería
horrible.
Pero hay más; cuando el hombre quiere el bien, el mal está
con él; ¿cómo puede realizar el bien? No lo encuentra. Hay en sus miembros una
ley que lo vuelve cautivo de la ley
del pecado que existe en sus miembros (Romanos 7:23). Sin duda, gracias a Dios,
que hay una liberación, pero una
liberación por y en otro. Ahora bien, liberación no es libertad; es lo que se
concede y se efectúa por medio de otro y de lo que uno tiene necesidad, porque
uno aprende por la experiencia y por la enseñanza divina que no se es libre y que no se puede volver libre uno mismo. Por eso en
Romanos 6, donde esta cuestión se trata con profundidad, él encuentra la
libertad en la muerte, donde la naturaleza adámica es crucificada con Cristo. Entonces, pero no antes, el apóstol
puede decir: “libertados”, principio verdadero y precioso cuando me considero
como muerto al pecado y vivo para Dios, no en Adán, sino en Cristo Jesús.
Encontramos este tema resumido en los versículos 2 y 3 del capítulo 8: “Porque
la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado
y de la muerte”, lo que prueba que el
hombre no era libre antes de poseer a Cristo. El apóstol añade: “Porque lo
que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios,
enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado,
condenó al pecado en la carne.”
La libertad es el fruto de la liberación por Cristo. En
primer lugar, en Su muerte, el viejo hombre, el pecado en la carne, está muerto
para la fe; hemos sido crucificados con Cristo, y tenemos la vida en el poder
del Espíritu en Cristo; ahora somos libres. Pero los hechos que demuestran el
estado del hombre, y su historia dada por la Escritura cuando es puesto bajo su
responsabilidad, nos introducen sobre un terreno totalmente diferente. Y primeramente
tenemos esta historia que manifiesta más claramente lo que resulta de su
estado. El consejo de Dios tuvo por objeto el último Adán, y no el primero. La
primera promesa fue hecha a la simiente de la mujer, y no a Adán que no era su
simiente. Adán había sucumbido al poder de Satanás, y la simiente de la mujer
debía destruirlo. Todas las promesas son hechas a Cristo, a Israel como pueblo
elegido, o a Abraham y a su simiente. Ninguna fue hecha al hombre como tal.
Dios comenzó con la responsabilidad del hombre, primeramente con el primer
Adán, pero sin que hubiese un designio o una promesa al respecto. Esta
responsabilidad del hombre en Adán fue puesta plenamente a prueba y de todas
las maneras (quiero decir, después de la caída); primeramente sin ley; luego
bajo la ley y, después de los profetas, por la venida de Cristo en gracia,
según la Palabra: “Por último, teniendo aún un hijo suyo, amado, lo envió
también a ellos, diciendo: tendrán respeto a mi hijo” (Marcos 12:6). Así el
hombre responsable fue enteramente puesto a prueba, y el Señor muestra el fin
de ello cuando dice: “Ahora es el juicio de este mundo” (Juan 12:31). Esteban
resume todo ello con estas palabras (Hechos 7): “Vosotros que recibisteis la
ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis. ¿A cuál de los profetas no
persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la
venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores.
Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también
vosotros.” Y así lleno del Espíritu Santo, Esteban va al cielo, y se cierra la
historia de la tierra.
Se dirá: «Sí, pero la muerte de Cristo ha puesto un nuevo
fundamento de responsabilidad.» Es cierto; pero ello es al poner al hombre
sobre esta base fuera de la cual estaba perdido, y cuando, estando sin fuerza,
Cristo murió por los impíos (Romanos 5:6). No hay quien quiera venir, no hay quien entienda, no hay quien responda. No
podemos nosotros mismos darnos la vida, ni engendrarnos para Dios.
No pongo en duda que la puerta esté libremente abierta y
que la sangre esté sobre el propiciatorio, pero eso es lo que prueba, en última
instancia, que el hombre no quiere
venir a Dios en tanto tiene la oportunidad: Dios así demostró que ningún motivo es suficiente para obligar
al hombre a venir. Es menester que haya nacido enteramente de nuevo. La
Escritura nos da la historia de todos los medios que Dios empleó para con el
hombre, de todos los motivos que le presentó, y el resultado final fue el
rechazo del Hijo de Dios y el juicio.
El caso de Adán era
un poco diferente, porque no había aún en él ni concupiscencia, ni voluntad
propia. El hombre no era entonces cautivo de una ley de pecado en sus miembros,
el pecado no estaba en él, no había necesidad de liberación; el hombre en la
inocencia estaba con Dios. Está claro que Dios no ejercía sobre él ningún
apremio para impedir que lo abandone y lo desobedezca. Su obediencia era puesta
a prueba. No se trataba, como ahora, de venir a Dios, en su condición de
maldad; la defensa era simplemente la prueba de la obediencia; si la defensa no
hubiese sido hecha, el acto defendido era inocente. El hombre no tenía, como al
presente, una conciencia en el sentido de conocer por sí mismo el bien y el
mal; sólo tenía que permanecer en el estado en el que se hallaba, y no
desobedecer. No había nada en él, ni en Dios —no tengo que decirlo— que lo
impidiera: en eso, era libre. Su caída probó, no que la criatura fuese mala,
sino que, librada a sí misma, no podía permanecer de pie. Pero en este estado
de inocencia, lejos de ser la elección o la libertad de elegir lo que tenía que
hacer para caminar rectamente, desde el momento que hubo elección y voluntad,
pecó. Su lugar era simplemente obedecer, y en cuanto se plantea la cuestión de
si debe obedecer, el pecado está allí. Desde el momento que se sentía libre de
elegir, dejó la posición de simple obediencia. Represéntese un niño que
pretenda ser libre de elegir si debe obedecer, ¡aun cuando eligiere bien!
Niego que la moralidad dependa de la libertad de elegir.
El hombre fue creado en una determinada relación con Dios; la moralidad
consistía en andar según esta relación. Ahora bien, esta relación era la de la
obediencia. Si no se hubiera colocado como libre respecto a Dios, él habría
podido seguir siendo simple y feliz. Es lo que Cristo hizo. Vino para hacer la
voluntad de Dios y tomó la forma de siervo. En la tentación en el desierto,
Satanás pretendió hacerle abandonar esta posición para ser libre y hacer su
voluntad, tan sólo comiendo cuando tuviese hambre. ¿Qué mal había en eso? Era
darse como libre y hacer su propia voluntad. La respuesta del Señor fue que el
hombre vivirá de toda palabra que sale de la boca de Dios. No había en su
corazón o en su voluntad ningún movimiento que no procediera de la voluntad de
Dios, o que no fuese esa voluntad, y tal es la perfección. No es una regla que
pone un freno a la propia voluntad, aquello de lo cual, lamentablemente,
tenemos a menudo necesidad, sino que es la voluntad de Dios como motivo de
nuestra acción, de la acción de nuestra voluntad. Es lo que la Escritura
menciona como la obediencia de Cristo para la cual somos santificados (1.ª
Pedro 1:2). En un sentido, el hombre se volvió libre, pero libre respecto de
Dios, y cayó así en la apostasía moral y en la esclavitud del pecado. De eso
Cristo nos libera plenamente, y nos santifica para la obediencia, habiendo
sufrido la pena debida a los frutos de nuestra voluntad. ¿Cómo vine a tener que
elegir? Si debo elegir, no poseo el bien, y ¿que me hará elegir el bien?
Uno confunde también la conciencia del bien y del mal con
la voluntad. El hombre adquirió la conciencia por la caída; ella está así en
ejercicio en el inconverso que se encuentra en un estado de alejamiento
respecto de Dios: la voluntad es una cosa distinta. En la carne, está la
enemistad contra Dios, la concupiscencia y la iniquidad, y si la ley
interviene, está la trasgresión. Si tengo el Espíritu de Dios, la carne tiene
su deseo contra él. Este estado es expresado por un pagano en estas palabras:
«Veo el bien y lo apruebo, y practico el mal.» La conciencia actúa por una
parte, y, por otra, se encuentra la concupiscencia que controla la voluntad. El
hombre tenía, pues, perfecta libertad en cuanto a lo que debía hacer estando puesto
a prueba, pero el ejercicio de la voluntad o la elección era precisamente el
pecado, la obediencia pura y simple tenía su lugar ante Dios. El hombre fue
creado bueno, y no tenía que elegir el bien; ahora ama el pecado y su propia
voluntad, y tiene entonces necesidad de ser liberado de este estado.
Con afectuosos saludos,
J. N. D.
3.ª Carta
Mi querido hermano,
Me agradó mucho su artículo sobre el libre albedrío; no
encuentro que haya mucho que añadir. Todo depende de la profundidad de convicción
que tenemos de nuestra condición de pecado; nuestra seguridad y nuestro gozo
dependen también de ello. “Perdidos” y “salvados” responden uno al otro:
nuestra condición en el viejo hombre, y nuestra condición en Cristo. Los arminianos sostienen que nuestra
responsabilidad depende de nuestro poder. Si yo le presté 100.000 dólares a
alguien, y esa persona se los malgastó en su totalidad, es obvio que no puede pagar, pero ¿acaso su incapacidad de pagar lo exime de su responsabilidad? ¡No! La responsabilidad
depende del derecho de la persona que
le ha prestado el dinero, y no de la
capacidad del que ha malgastado injustamente el dinero. Si el hombre puede
hacer uso de su libre albedrío, lo será o guardando la ley, o recibiendo a
Cristo. La salvación no es por la ley, Cristo, entonces, habría muerto en vano.
Pero se dice expresamente que la carne no se somete a la ley de Dios y que
tampoco puede (Romanos 8:7). La
conciencia ciertamente reconoce que la ley es justa y buena, pero someterse y
guardarla, es otra cosa totalmente diferente. Aunque el quererlo está allí, el
hombre es esclavo, y el hacerlo no es la consecuencia. Pero la voluntad no está
allí. La aprobación dada al bien por la conciencia existe, pero no la voluntad;
ésta desea ser independiente de Dios. ¿Acepta la ley tal disposición? Libre,
sí; uno lo está del lado de Dios, quien no impide al hombre elegir el bien,
pero el hombre desea ser libre, es decir, poder hacer su propia voluntad. Ahora
bien, eso no es la obediencia. La ley lo exige, pero “los designios (lit.: ‘el
pensamiento’) de la carne son enemistad contra Dios” (Romanos 8:7). Un pagano
hasta podía decir: «Video meliora proboque; deteriora sequor» (es decir, «veo
el bien y lo apruebo; sigo el mal»). Todos los hombres tienen una conciencia
desde la caída, es decir, el conocimiento del bien y del mal; saben hacer la
distinción, pero eso no dice nada en cuanto a la voluntad, de manera que,
puesto que la ley demanda la obediencia y la carne no puede someterse, recibir
la ley es, de hecho, una imposibilidad. No que Dios impida al hombre, como ya
lo dije, sino que el hombre no lo desea.
Además, la ley defiende la concupiscencia, pero el hombre caído tiene la
concupiscencia en su carne, y por la concupiscencia precisamente el apóstol
dice haber conocido el pecado. El hombre debe perder su naturaleza antes de
estar dispuesto a obedecer la ley, y por eso es necesario «nacer de nuevo». El
hombre no puede darse a sí mismo una vida divina y eterna. ¿Por qué, pues, la
ley ―se dirá—? Fue dada a fin de que la falta abunde, es la respuesta.
Por la ley, el pecado se volvió en exceso pecador. La ley provocó la justa ira
de Dios contra nosotros, y no el temor de Dios en nosotros. Ella no da una
nueva vida, y la vida que tenemos es enemistad contra Dios. El hombre en la
carne no puede recibir la ley de Dios en su corazón.
¿Es, pues, cierto que el tal puede recibir a Cristo? Aquí,
todo es gracia. Ya citamos los pasajes: “a todos los que le recibieron... los
cuales no son engendrados… de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Juan
1:12-13). Si el pensamiento de la carne es enemistad contra Dios, cuanto más
Dios sea manifestado, tanto mayor será la enemistad. Esto es lo que la
presencia de Dios en Cristo hizo evidente: “Ahora han visto y han aborrecido a
mí y a mi Padre” (Juan 15:24), dice el Señor. Vino, y no hubo nadie que lo
recibiese; dio testimonio, y nadie recibió su testimonio. El hombre en la carne
no puede ver ninguna belleza en Cristo, no más de lo que no puede guardar la
ley. ¿Puede la carne recibir a Cristo? ¿Puede encontrar su placer en el Hijo de
Dios? Entonces no sería ya la carne; ella tiene así el pensamiento del propio
Padre. Si hay en él algo distinto que la carne, entonces el hombre es ya nacido
de Dios, puesto que lo que es nacido de la carne, carne es. Si la carne puede
hallar su placer en Cristo, entonces posee lo más excelente que se pueda
encontrar, no solamente en la tierra, sino en el cielo mismo. Encuentra su
placer allí donde el Padre encuentra el suyo: no sería, pues, necesario haber
nacido de Dios. ¡La cosa más excelente que el hombre posee ahora, por gracia,
como cristiano, él ya la poseía, supuestamente, antes de recibir la vida al
recibir a Cristo! Con un pensamiento análogo, la certeza de la salvación se
destruiría: si la salvación es el fruto de mi voluntad, entonces ¡depende de
ella!; si puede ser tan fácilmente producida, no podría decirse: “Porque yo
vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19). Se dice que la fe no es más que
la mano que recibe la salvación, pero, ¿qué es lo que nos dispone a extender la
mano? La gracia que opera en nosotros.
“Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y
obedeceremos” (Éxodo 24:7). Israel había respondido “a una voz” estas palabras
cuando Moisés había hecho la lectura del libro del pacto. Al hablar así, el
pueblo realizaba una completa confusión entre la responsabilidad y el poder,
dos principios muy distintos que el hombre ha continuamente confundido e
ignorado desde la caída de Adán. El hombre es responsable de guardar
perfectamente la ley, pero por la caída perdió el poder. El corazón natural no
puede comprenderlo. Un hombre negará su responsabilidad, otro afirmará su
poder; la gracia solamente pone al hombre en claro sobre estos dos puntos.
Con afectuosos saludos,
Su hermano,
J. N. Darby