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LA EPÍSTOLA DE SANTIAGO J. N. Darby |
Introducción
La
epístola de Santiago no se dirige a la Iglesia ni se inviste de
autoridad apostólica sobre las personas a quienes es enviada. Es una
exhortación práctica que reconoce aún a las doce tribus y
la conexión que con ellas tienen los cristianos de origen judío,
tal como Jonás se dirige a los gentiles, aunque el pueblo judío
tuviera ante Dios su carácter de pueblo apartado por Él. De tal
manera, el Espíritu de Dios todavía reconoce aquí la
relación de Dios con Israel, tal como en el caso de Jonás
reconoce relaciones con los gentiles y los inalterables derechos de Dios, sean
cuales fueren los privilegios especiales concedidos a la Iglesia o a Israel,
respectivamente. Se sabe que, históricamente, los cristianos de origen
judío siguieron siendo judíos hasta el final de la historia que
de ellos nos ofrece el Nuevo Testamento. Ellos eran, incluso, celosos por la
ley, cosa extraña para nosotros, pero que Dios soportó por un
tiempo.
La
doctrina del cristianismo no es el tema de la epístola de Santiago. Esta
carta da a Dios su lugar en la conciencia y con respecto a todo lo que nos
rodea. Ciñe así los lomos del cristiano al mostrarle la cercana
venida del Señor y la presente disciplina que Él ejerce, ya que
la Iglesia de Dios debía comprender esta disciplina y desarrollar una
actividad fundada en ella. También el mundo y todo lo que en él
exalta y da esplendor es juzgado desde el punto de vista de Dios.
Unas
pocas observaciones sobre la posición de los cristianos (esto es, sobre
la manera en que esta posición es considerada con respecto a Israel) nos
ayudarán a entender esta porción de la Palabra.
Israel
conserva aún el carácter de pueblo de Dios. Para la fe de
Santiago, la nación aún tiene la relación que Dios le
había dado consigo mismo. Santiago se dirige a los cristianos como
integrantes de un pueblo cuyos vínculos con Dios todavía no
estaban judicialmente rotos; pero de entre ellos solamente los cristianos poseían
la fe en el verdadero Mesías, dada por el Espíritu. Tan
sólo éstos entre el pueblo, juntamente con el apóstol,
reconocían a Jesús como Señor de gloria. Con
excepción de los versículos 14 y 15 del capítulo 5, esta epístola
no contiene ninguna exhortación que, en su elevación espiritual,
vaya más allá de lo que podría ser dicho a un judío
piadoso. Ella supone que las personas a las cuales se dirige tienen fe en el
Señor Jesús; pero no les llama a aquello que es exclusivamente
propio del cristianismo y que depende de los particulares privilegios de
éste. Las exhortaciones fluyen de aquella fuente más elevada y
exhalan un aire más celestial, pero el efecto que procuran producir son
pruebas reales, propias de la religión terrenal; las exhortaciones son
las que podrían oírse en la iglesia profesante, vasto cuerpo,
semejante a Israel, en medio del cual existen algunos cristianos.
La
epístola no se basa, para impartir sus enseñanzas, en las
relaciones cristianas de aquí abajo; las reconoce, pero como un hecho
particular entre otros que tienen derechos sobre la conciencia del escritor. El
autor inspirado supone que aquellos a quienes se dirige mantienen una conocida
relación con Dios, de la que no duda, una relación que es de
antigua data. Él supone que el cristianismo se ha introducido en medio de
aquellos que mantienen tal relación con Él.
Es
importante hacer notar cuál es el nivel moral de la vida que nos es
presentada en esta epístola. En cuanto captamos la posición en la
que ella considera a los creyentes, el discernimiento de la verdad sobre este
punto no resulta difícil. Vemos, en efecto, que el nivel moral que la
epístola nos muestra es el manifestado por Cristo cuando andaba en medio
de Israel, haciendo brillar ante sus discípulos la divina luz y las
relaciones con Dios, las que manaban para ellos de Su presencia. Por supuesto
que al escribirse la epístola él estaba ausente, pero aquella luz
y aquellas relaciones de las cuales hablamos son mantenidas cual medida de
responsabilidad, medida que será aplicada en juicio, al regreso del
Señor, contra aquellos que no quisieron aceptarla y que no anduvieron de
acuerdo con esas relaciones. Hasta ese día los fieles tenían que
tener paciencia frente a la opresión que sufrían de parte de los
judíos, quienes todavía blasfemaban el santo Nombre por el que
eran llamados.
Es lo
inverso de la epístola a los Hebreos, en cuanto a la relación de
los fieles con el pueblo judío; no moralmente, sino a causa de la
proximidad del juicio en la época en que la epístola a los
Hebreos fue escrita.
Los
principios fundamentales de la posición de la que acabamos de hablar son
éstos: la ley, en su espiritualidad y perfección, tal como Cristo
la explicó y la resumió; una vida conferida, la que tiene los
principios morales de la ley misma, es decir, la vida divina; la revelación
del nombre del Padre. Todo esto era verdad en vida del Señor, y era por
cierto el terreno en el cual él había colocado a sus
discípulos —por escasa que haya sido la comprensión de
éstos a ese respecto—, ya que les había dicho que
debían ser los testigos de ello después de Su muerte,
distinguiendo ese testimonio del que daría el Espíritu Santo.
Tal es
Santiago aquí, si se agrega aun la promesa del Señor acerca de su
retorno. Es la doctrina de Cristo con respecto al andar en medio de Israel,
según la luz y las verdades que él había introducido; y,
ya que él todavía estaba ausente, incluye una exhortación
a perseverar y tener paciencia en ese andar, aguardando el momento en que
él aplique, mediante el juicio que ejecutará sobre los que
oprimían a los fieles, los
principios según los cuales éstos andaban.
Aunque
el juicio ejecutado sobre Jerusalén haya cambiado la posición del
remanente de Israel a este respecto, así y todo
la vida de Cristo siempre sigue siendo nuestro modelo, y tenemos que aguardar
con paciencia hasta que venga el Señor.
La
epístola no se refiere a la asociación del cristiano con Cristo
exaltado en lo alto ni, por consiguiente, al pensamiento de que iremos a su
encuentro en el aire, como Pablo lo enseñó. Pero lo que ella
contiene siempre sigue siendo verdad; y aquel que dice que mora en él
(en Cristo) debe andar como él anduvo.
El
juicio que debía llegar nos hace comprender la manera en que Santiago
habla del mundo, de los ricos que se regocijan en su porción en el mundo
y de la posición del remanente creyente, oprimido, en medio de una
nación incrédula; comprendemos por qué él comienza
por la cuestión de las tribulaciones y habla de ellas tan a menudo, como
así también por qué insiste en las pruebas
prácticas de la fe. Ve a todo Israel aún en su conjunto; pero
algunos habían recibido la fe del Señor de gloria, y se
sentían tentados a valorar a los ricos y a los grandes de Israel. Al
seguir siendo todos ellos judíos, fácilmente comprendemos el
hecho de que, mientras algunos creían y confesaban que Jesús era
el Cristo, no obstante, ya que estos cristianos seguían las ordenanzas
judías, los meros profesantes podían hacer otro tanto sin que
hubiera en ellos el menor cambio vital demostrado por sus obras. Resulta
evidente que semejante fe, una fe muerta como ésta, no tiene valor
alguno. Eso es precisamente la fe de los que ahora ensalzan las obras: una
muerta profesión de la verdad cristiana. Ser engendrado por la Palabra
de verdad es algo tan ajeno y extraño para ellos como lo era para los
judíos de quienes habla Santiago.
Capítulo 1
El
hecho de que los creyentes estuviesen aún en medio de Israel con algunos
que se decían creyentes y no eran más que simples profesantes,
permite comprender fácilmente, por una parte, por qué el apóstol
se dirige a la masa del pueblo como siendo aquellos que pudiesen participar de
los privilegios acordados a este último —suponiendo que la fe en
el Mesías existiera—; por otra parte, por qué se dirige a
los cristianos como si tuvieran un sitio especial; y finalmente, por qué
advierte al mismo tiempo a aquellos que profesaban creer en Cristo. La
aplicación práctica de la epístola en todos los tiempos, y
en particular en aquellos en los cuales un cuerpo numeroso pretende tener
derecho hereditario a los privilegios del pueblo de Dios, es de lo más
fácil debido a su perfecta claridad. Por lo demás, la
epístola tiene una fuerza muy peculiar para la conciencia individual;
ella juzga la posición, los pensamientos y las intenciones del
corazón.
La
epístola empieza entonces con una exhortación a gozarse en las
pruebas, las que son un medio para producir la paciencia (v. 2-3). En el fondo,
este tema de las pruebas, y del espíritu que conviene a quienes son
ejercitados por ellas, prosigue hasta el final del versículo 20 de este
primer capítulo, en el cual el pensamiento del pasaje se vuelve hacia la
necesidad de poner freno a todo lo que se opone a la paciencia y hacia el
verdadero carácter de alguien que se mantiene en la presencia de Dios.
Tal dirección, como conjunto, termina al finalizar el capítulo.
El hilo del razonamiento del apóstol no es siempre fácil de
reconocer; la llave del mismo se halla en la condición moral a la que
él se refiere. Trataré de hacer que la comprensión de esa
llave sea lo más accesible que se pueda.
Lo
sustancial del tema consiste en que debemos andar ante Dios y mostrar la
realidad de nuestra profesión, en contraste con la unión con el
mundo, es decir, dar prueba de la religión práctica. La
paciencia, pues, tiene que tener su obra completa (v. 4); así la
voluntad es subyugada y sometida, y se acepta toda la voluntad de Dios; por
consiguiente, nada le falta a la vida práctica del alma. Uno sufre, pero
se atiene pacientemente al Señor. Es lo que Cristo hizo; ésta era
su perfección: aguardaba la voluntad de Dios y nunca hacía la
suya propia; así la obediencia era perfecta aun cuando el hombre fuera
puesto a prueba. Pero, de hecho, a menudo carecemos de sabiduría para
saber lo que deberíamos hacer. Para ello, dice el apóstol, el
recurso es evidente: pedimos a Dios sabiduría y él da a cada uno
liberalmente (v. 5); solamente que tenemos que contar con su fidelidad y con
una respuesta a nuestras oraciones. De otra manera hay doblez de
corazón; la dependencia no está sujeta a Dios; nuestros deseos
tienen otro objeto (v. 6). Si únicamente buscamos lo que Dios quiere y
lo que Dios hace, dependemos de él con un corazón seguro del
cumplimiento de Su voluntad. En cuanto a las circunstancias de este mundo, las
que podrían hacer creer que es inútil depender de Dios, se
desvanecen como la flor del campo. Deberíamos tener conciencia de que
nuestro lugar, según Dios, no es el de este mundo. Aquel que es de
condición humilde debe regocijarse de que el cristianismo le exalte (v.
9), y el rico, de que a él le humille (v. 10). No debemos gozarnos en
las riquezas, pues éstas pasan (v. 11), sino en el ejercicio de
corazón del que habla el apóstol, porque después que
hayamos sido probados gozaremos de la corona de vida (v. 12).
La
vida de quien es probado y en el cual esta vida se desarrolla con obediencia a
toda la voluntad de Dios, vale más que la de un hombre que se entrega a
todos los deseos de su corazón por el lujo.
Con
respecto a estas tentaciones, a las cuales uno se deja llevar por las codicias
del corazón, no se debe decir que vienen de Dios. El corazón del
hombre es la fuente de la codicia que conduce al pecado, y por éste a la
muerte (v. 13-15). ¡Que nadie se engañe a este respecto! Lo que en
lo íntimo tienta al corazón procede de uno mismo. Todos los dones
buenos y perfectos vienen de Dios, y él nunca cambia, sólo hace
lo bueno. Por eso nos ha dado una nueva naturaleza, fruto de su propia
voluntad, la que obra en nosotros mediante la Palabra de verdad para que seamos
primicias de sus criaturas (v. 16-18). Como es Padre de las luces, lo que es
tiniebla no viene de él. Él nos engendró por la Palabra de
verdad para ser los primeros y más excelentes testigos de este poder
bienhechor que resplandecerá más tarde en la nueva
creación, de la cual somos las primicias. Esto es lo opuesto al falso
pensamiento que querría hacer de Dios la fuente de las codicias y
atribuirle las tentaciones, las que tienen su origen en el corazón del
hombre.
La
Palabra de verdad es la buena semilla de la vida; la propia voluntad es la cuna
de nuestras codicias. La energía de esta voluntad nunca puede producir
los frutos de la naturaleza divina, como tampoco la ira del hombre cumple la
justicia de Dios. Por eso somos exhortados a ser dóciles, dispuestos a
oír, lentos para hablar, lentos para airarnos; exhortados a poner a un
lado todas las sucias codicias de la carne, toda energía de iniquidad, y
a recibir con mansedumbre la Palabra (v. 19-20), una Palabra que, como es de
Dios, se identifica con la nueva naturaleza que está en nosotros (la
Palabra está implantada en nosotros; v. 21), formándola y
desarrollándola según su propia perfección, porque incluso
esta nueva naturaleza tiene su origen en ella.
Esta
Palabra de verdad no es como una ley que está fuera de nosotros y que,
al oponerse a nuestra naturaleza pecaminosa, nos condena. Ella salva al alma;
es viva y vivificadora; obra vitalmente en una naturaleza que es fruto de ella,
y a la que forma e ilumina.
Pero
es necesario que la Palabra obre realmente en nosotros; es preciso que no sólo
seamos oidores de ella, sino que ésta produzca frutos prácticos
que sean la prueba de que obra real y vitalmente en el corazón (v. 22).
De otra manera, la Palabra es tan sólo como un espejo en el que
quizás nos podemos ver por un momento, y luego olvidamos lo que hemos
visto (v. 23-24). Aquel que escudriña la ley perfecta, que es la de la
libertad, y persevera haciendo la obra que ella indica, será bendecido
en la actividad real y obediente que se desarrolla en él (v. 25).
Esta
ley es perfecta, pues la Palabra de Dios, todo lo que el Espíritu de
Cristo ha manifestado, es la expresión de la naturaleza y del
carácter de Dios, de lo que él es y de lo que él quiere,
pues él quiere lo que él es, y esto necesariamente.
Esta
ley es la ley de la libertad, porque la misma Palabra, que revela lo que Dios
es y lo que él quiere, nos ha hecho partícipes, por gracia, de la
naturaleza divina; de manera que el hecho de no andar según esa Palabra
sería no andar de conformidad con nuestra propia naturaleza nueva. Y
andar según una regla que exprese los deseos de esta nueva naturaleza
que es de Dios, y los dictados de su Palabra, esto es la verdadera libertad.
La ley
dada en el Sinaí reprime y condena todos los
movimientos del viejo hombre, y no puede permitirle tener una voluntad, pues
debe hacer la voluntad de Dios. Pero tiene otra voluntad, de modo que la ley le
es una esclavitud, una ley de condenación y de muerte. Mas, como Dios nos ha engendrado por medio de la Palabra de
verdad, la naturaleza que tenemos en virtud de haber nacido así posee
gustos y deseos conformes a esa Palabra: ella es de esa misma Palabra. La
Palabra, merced a su propia perfección, desarrolla esta naturaleza, la
forma, la ilumina, como lo hemos dicho; pero la naturaleza misma tiene su
libertad en el acto de seguir lo que esta Palabra expresa. Así
sucedió con Cristo; si se hubiera podido quitarle su libertad (lo que
espiritualmente era imposible), ello habría sido impidiéndole
hacer la voluntad de Dios, su Padre.
Lo
mismo ocurre respecto al nuevo hombre en nosotros (el que es Cristo, como vida
en nosotros), el cual es creado en nosotros según Dios, revestido de
justicia y verdadera santidad, producidas en nosotros por la Palabra, que es la
perfecta revelación de Dios, del conjunto de la naturaleza divina en el
hombre, de la cual Cristo —la Palabra viviente, la imagen del Dios
invisible— fue la manifestación y el modelo. La libertad del nuevo
hombre es la libertad de hacer la voluntad de Dios, de imitar a Dios en su
carácter, como querido hijo suyo, tal como ese carácter fue
manifestado en Cristo. La ley de la libertad es este carácter, tal como
es revelado en la Palabra, y la nueva naturaleza halla su gozo y
satisfacción en ese carácter de Dios revelado en Cristo,
así como ella extrae su existencia de la Palabra que Le revela y del
Dios que en ella es revelado.
Tal es
“la ley de la libertad” (v. 25), el carácter de Dios mismo
en nosotros, formado por la operación de una naturaleza engendrada por
medio de la Palabra que Le revela a él y que usa como molde esta misma
Palabra.
El
primer elemento que traiciona al hombre interior es la lengua (v. 26). Un
hombre que parece estar relacionado con Dios y honrarle, y que no sabe reprimir
su lengua, se engaña a sí mismo, y su religión es vana.
La
religión pura ante Dios, el Padre, es la de cuidar de aquellos que,
alcanzados en las relaciones más tiernas por la paga del pecado, se ven
privados de sus sostenes naturales; y de guardarse sin mancha del mundo (v.
27). En vez de destacarse y figurar en un mundo de vanidad, alejado de Dios,
uno debe volverse, tal como lo hace Dios, hacia los afligidos, hacia los que
precisan socorro, y guardarse de un mundo en el que todo contamina, en el que
todo es contrario a la nueva naturaleza que es nuestra vida y al desarrollo y
manifestación en nosotros del carácter de Dios, tal como lo
conocemos por la Palabra.
Capítulo 2
El
apóstol entra ahora en el tema de aquellos que profesaban creer que
Jesús era el Cristo, el Señor. Antes, en el capítulo 1,
él había hablado de la nueva naturaleza en conexión con
Dios; aquí la profesión de fe en Cristo es puesta en presencia de
la propia piedra de toque, es decir, de la realidad de los frutos producidos
por ella, en contraste con este mundo. Todos estos principios —el valor
del Nombre de Cristo, la esencia de la ley tal como Jesús la
manifestó, la ley de la libertad— son
considerados para juzgar la realidad de la vida espiritual, o para convencer al
profesante de que no la poseía. Dos cosas son reprobadas: la consideración
de la apariencia exterior de las personas (v. 1-13), y la ausencia de obras
como prueba de la sinceridad de la profesión (v. 14-26).
En
primer lugar, pues, el apóstol censura la consideración de la
apariencia exterior de las personas (v. 1-4): se profesa que se tiene fe en el
Señor Jesús (v. 1) y, no obstante, ¡se está animado
por el espíritu del mundo! El Espíritu responde: Dios ha escogido
a los pobres para que sean ricos en fe y herederos del reino (v. 5). Los
profesantes les habían menospreciado; estos hombres ricos blasfemaban el
Nombre de Cristo y perseguían a los cristianos (v. 6-7).
En
segundo lugar, Santiago apela al resumen práctico de la ley de la que
Jesús había hablado, la ley real (v. 8). Se violaba la ley misma
al favorecer a los ricos (v. 9), y la ley no consentía ninguna
infracción de sus mandamientos, porque estaba en juego la autoridad del
legislador (v. 10-11). Si uno menosprecia a los pobres, por cierto que no ama
al prójimo como a sí mismo.
En
tercer lugar, se debe andar como aquellos cuya responsabilidad es medida por la
ley de la libertad, como aquellos que, teniendo una naturaleza que saborea y
gusta lo que es de Dios, están liberados de todo lo que le era contrario
a él; de manera que no pueden excusarse si admiten principios que no son
los de Dios mismo. Esta participación de la naturaleza divina introduce
naturalmente el pensamiento de la misericordia, merced a la cual Dios mismo se
glorifica. El hombre que no muestra misericordia se verá objeto del
juicio sin misericordia (v. 12-13).
La
segunda parte del capítulo se relaciona con este pensamiento acerca de
la misericordia, pues Santiago inicia su disertación sobre las obras,
como pruebas de la fe, hablando de esta misericordia que responde a la
naturaleza y al carácter de Dios, atributos de los cuales el verdadero
cristiano, como nacido de Dios, ha sido hecho partícipe. La
profesión de tener fe sin esta vida —cuya existencia se prueba por
obras— no puede beneficiar a nadie. Esto es muy sencillo. Digo la
profesión de tener fe, porque la epístola lo dice: “Si
alguno dice que tiene fe” (v. 14). He ahí la llave de esta parte
de la epístola: se dice tener fe, pero ¿dónde está
la prueba de ella? En las obras. De esta manera las emplea el apóstol.
Un hombre dice que tiene fe. Pero la fe no es una cosa que podamos ver. Por eso
decimos con razón: “Muéstrame tu fe” (v. 18). Lo que
el hombre requiere es la evidencia de la fe; solamente por sus frutos podemos
hacer visible ante los hombres la existencia de la fe, pues la fe en sí
misma no se ve. Pero si tengo esos frutos, entonces seguramente tengo la
raíz, sin la cual no podría haber frutos. De modo que la fe no se
muestra a los demás ni puede ser reconocida sin que medien las obras,
pero las obras, frutos de la fe, prueban la existencia de la fe (v. 14-18).
Lo que
sigue muestra que la fe muerta de la que habla Santiago es la profesión
de una doctrina, quizás verdadera en sí misma. Él supone
que se reconocen ciertas verdades, pues es una verdadera fe la que tienen los
demonios en cuanto a la unidad de Dios; ellos no dudan al respecto, pero no hay
nada que ligue sus corazones a Dios por medio de una nueva naturaleza.
¡Muy lejos de ello!
Pero
el apóstol confirma esto por el caso de hombres en quienes la
oposición con la naturaleza divina no es tan evidente. La fe, esa fe que
reconoce solamente la verdad con respecto a Cristo, está muerta sin
obras, es decir, que una fe que no produce frutos está muerta (v. 20).
Vemos
(v. 16) que la fe de la cual habla el apóstol es una profesión
desprovista de realidad; el versículo 19 muestra que puede ser una
certidumbre, sin fingimiento, de que lo que se cree es verdad; pero la vida
engendrada por la Palabra, vida por la cual queda establecida una
relación entre el alma y Dios, falta por completo. Como esta vida
proviene de la simiente incorruptible que es la Palabra, es de la fe afirmar
que, habiendo sido engendrados por Dios, tenemos una nueva vida. Esta vida
actúa, es decir, la fe actúa conforme a la relación con
Dios en la cual ella nos coloca, generando obras que emanan naturalmente de
ella y que dan testimonio de la fe que las produjo.
Desde
el versículo 20 hasta el final del capítulo, él presenta
una nueva prueba de su tesis, fundada en el último principio que acaba
de enunciar. Y las pruebas que da de la demostración de la fe por las
obras nada tienen que ver con los frutos de una naturaleza amable, porque hay
frutos amables que produce la propia criatura pero que no provienen de una vida
que tenga su origen en la Palabra de Dios, mediante la cual él nos
engendra. Los frutos de los que habla el apóstol dan testimonio, por su
propio carácter, de la fe que las produjo. Abraham ofrendó a su
hijo (v. 21); Rahab recibió a los mensajeros
de Israel, asociándose así al pueblo de Dios cuando todo se le
oponía y separándose de su propio pueblo por la fe (v. 25). Todo
sacrificado por Dios, todo abandonado por Su pueblo antes de que éste
hubiera obtenido tan sólo una victoria, y ello mientras el mundo
tenía su pleno poder: así son los frutos de la fe.
El uno
se atenía a Dios y le creía de la manera más absoluta, en
contra de todo lo que hay en la naturaleza o en aquello en lo cual la
naturaleza puede apoyarse; la otra reconocía al pueblo de Dios cuando
todo estaba en contra de éste; pero ni el uno ni la otra eran el fruto
de una naturaleza amable o de por sí naturalmente buena, según lo
que los hombres llaman buenas obras. El uno era un padre a punto de dar muerte
a su hijo; la otra era una mujer pecadora que traicionaba a su patria. Por
cierto cumplióse la Escritura que dice que
Abraham creyó a Dios (v. 23; véase también Génesis
15:6). ¿Cómo habría podido obrar como lo hizo, si no le
hubiese creído? Las obras pusieron el sello sobre su fe, y la fe sin
obras sólo es, como un cuerpo sin alma, una forma exterior desprovista
de la vida que la anima. La fe actúa en las obras (pues sin ella las
obras son una nulidad, no son las de una vida nueva), y las obras completan la
fe que actúa en esta vida, produciéndolas; porque a pesar de la prueba,
y en la prueba, la fe está activa en esta nueva vida. Las obras de ley
no tienen parte alguna en la vida. La ley exterior que exige no es una vida que
produce (aparte de esta naturaleza divina) esas santas y amantes disposiciones
que tienen por objeto a Dios y a su pueblo y para las cuales nada más
tiene valor.
Se
notará que Santiago nunca dice que las obras nos justifican ante Dios,
porque Dios puede ver la fe sin sus obras. Cuando está la vida,
él lo sabe. La fe se ejerce con respecto a él, hacia él,
por la confianza en su Palabra y en él mismo, recibiendo su testimonio a
través de todo, a pesar de todo, por dentro y por fuera. Ésta es
la fe que Dios reconoce. Pero cuando se trata del hombre, cuando tiene que
decirse “muéstrame” (v. 18), entonces la fe, la vida, se
muestran por medio de las obras.
Capítulo 3
En
este capítulo la epístola vuelve a referirse a la lengua, el
índice más dispuesto a revelar el estado del corazón y que
muestra si el nuevo hombre actúa, si la naturaleza y la voluntad propia
están refrenadas (v. 1-2). Pero en este capítulo no hay casi nada
que precise comentario, aunque sí mucho que requiere un oído
atento. Si la vida divina está en una alma, los
conocimientos no se manifestarán en palabras, sino por el andar y por
obras en las que será vista la mansedumbre de la verdadera
sabiduría (v. 13). La amargura y la contención no son los frutos
de una sabiduría que viene desde lo alto, sino de una sabiduría
terrenal, de la naturaleza del hombre y del enemigo (v. 14-16).
La
sabiduría que viene desde lo alto, la que posee su sitio en la vida, en
el corazón, tiene tres características (v. 17). En primer lugar,
es pura, pues el alma está en comunión con Dios, tiene
intercambios con él (por eso tiene que haber esta pureza). Seguidamente
es apacible, mansa, lista para ceder a la voluntad ajena, luego, activa para el
bien y movida por un principio que extrae su origen y sus motivos de lo alto;
ella actúa sin parcialidad, es decir, la acepción de personas y
las circunstancias que influyen en la carne y en las pasiones no influyen en
ella. Por la misma razón, la sabiduría es sincera y sin
fingimiento.
Las
instrucciones para refrenar la lengua como primer impulso y expresión de
la voluntad del hombre natural, se extienden en su aplicación a los
creyentes. No ha de haber, en cuanto a la disposición interior del
hombre, muchos maestros. Todos fracasamos, de manera que enseñar a otros
y fracasar nosotros mismos es algo aun más digno de ser condenado, pues
la vanidad puede alimentarse fácilmente al enseñar a los
demás, lo que es muy diferente de una vida animada por el poder de la
verdad. El Espíritu Santo da como le place. El apóstol se refiere
aquí a la disposición en aquel que habla, no al don que puede
haber recibido para hablar.
Capítulo 4
En
todo lo que sigue, la epístola se refiere al juicio sobre la naturaleza
no refrenada, de la voluntad en sus diferentes formas: conflictos provenientes
de las codicias (v. 1-2); peticiones hechas a Dios que proceden de la misma
fuente (v. 3); deseos de la carne y de la mente que se desarrollan y encuentran
su esfera en la amistad con el mundo, la que es así enemistad contra
Dios (v. 4). La naturaleza del hombre codicia con envidia, está llena de
envidia con respecto a otros. Pero Dios da mayor gracia (v. 6). Hay una fuerza
que actúa contra esta naturaleza si uno se contenta con ser
pequeño y humilde, con no ser nada en el mundo. La gracia y el favor de
Dios están con nosotros para liberarnos de las perniciosas influencias
de la carne, porque él resiste a los orgullosos y da gracia a los
humildes. Sobre esto, el apóstol despliega la acción del alma
dirigida por el Espíritu de Dios, en medio de la incrédula y
egoísta masa de los judíos con la que estaba asociada (v. 7-10),
porque supone que los creyentes a quienes se dirige están aún
relacionados con la ley. Al hablar mal de su hermano, al cual la ley le daba un
lugar ante Dios, se hablaba mal de la ley1,
según la cual ese hermano tenía muy grande valor (v. 11-12). Ese
juicio pertenecía a Dios, quien había dado la ley y quien
sabía preservar su autoridad, como así también conceder
liberación y salvación.
En los
versículos 13-16, la misma propia voluntad y olvido de Dios son
censurados; la falsa confianza fundada en el hecho de contar con la propia
capacidad para hacer lo que se quiera y la ausencia de dependencia respecto de
Dios son puestas de manifiesto. El versículo 17 es una conclusión
general, fundada en el principio ya enunciado en el capítulo 3,
versículo 1, y en lo que se dice con respecto a la fe. El conocimiento
del bien, sin su puesta en práctica, hace que la propia ausencia de la
obra que se sabe hacer sea un pecado positivo. La acción del nuevo
hombre está ausente, el viejo hombre está presente; como el bien
está ante los ojos, se sabe lo que se debería hacer, pero no se
lo hace; no hay disposición a ello, no se quiere hacerlo.
Capítulo 5
Las
dos clases que hay en Israel están aquí nítidamente
destacadas, en contraste la una con la otra, luego de lo cual el apóstol
habla de la marcha que el cristiano debe seguir cuando es disciplinado por el
Señor.
La
venida del Señor es presentada como final de su situación, tanto
para los ricos opresores incrédulos de Israel como para el remanente
pobre que es creyente. Los ricos han acumulado tesoros para los últimos
días (v. 3); los pobres oprimidos han de tener paciencia hasta que el
Señor mismo venga para liberarles (v. 7). Por eso la liberación
no tardará. El labrador aguarda la lluvia y el tiempo de la cosecha; el
cristiano espera la venida de su Señor. Esta paciencia caracteriza, como
lo hemos visto, la vida de fe. Se la ha visto en los profetas; y cuando las
pruebas y la persecución caen sobre otros, tenemos por dichosos a
aquellos que las soportan por amor al Señor (v. 11). Job nos
enseña los caminos del Señor: él tuvo que tener paciencia,
pero el fin del Señor era bendición y tierna compasión.
Esta
espera de la venida del Señor es una solemne advertencia, un
estímulo precioso, pero asimismo es lo que mantiene el verdadero carácter
de la vida práctica del cristiano. Ella muestra también en
qué terminará el egoísmo de la propia voluntad, y refrena
toda acción de esta voluntad en los creyentes. Los mutuos sentimientos
de los hermanos son puestos bajo la salvaguardia de esta misma verdad. No se
debe tener un espíritu de descontento y de queja contra otros
quizás más favorecidos en sus circunstancias exteriores:
“El juez está delante de la puerta” (v. 9).
Los
juramentos revelan aun más que se olvida a Dios y, por consecuencia, la
acción de la propia voluntad de la naturaleza. El
“sí” debe ser sí y el “no”, no (v. 12).
La acción de la naturaleza divina que es consciente de la presencia de
Dios y la represión de toda voluntad humana y de su naturaleza
pecaminosa, es lo que desea el escritor de esta epístola.
El
cristianismo tiene recursos tanto para la dicha como para la desdicha. Si
alguien está afligido, que ore. Dios es la fuerza; él contesta
(v. 13). Si se siente dichoso, que cante; si está enfermo, llame a los
ancianos de la Iglesia, a fin de que oren por él y le unjan con aceite;
el castigo será quitado y los pecados por los que ha sido castigado,
según el gobierno de Dios, serán perdonados en cuanto se refiere
a ese gobierno, porque sólo de eso se habla aquí (v.14-15).
Aquí no se trata de la imputación de pecado para
condenación.
Ahora
nos es mostrada la eficacia de la oración de fe; pero ella está
supeditada a la sinceridad de
corazón (v. 15). El gobierno de Dios se ejerce con respecto a su pueblo.
Lo castiga por medio de la enfermedad, si es preciso; y es importante que la
verdad en el hombre interior sea mantenida. Se ocultan las faltas, se desea
andar como si todo fuera bien, pero ¡Dios juzga a su pueblo! Prueba el
corazón y las entrañas. El creyente es mantenido en lazos de
aflicción. A veces Dios le muestra sus faltas, a veces su propia
voluntad sin quebrantar; sus huesos son castigados con fuertes dolores:
“También sobre su cama es castigado con dolor fuerte en todos sus
huesos” (Job 33:19). Entonces la Iglesia de Dios interviene por caridad
y, según el orden establecido, por medio de los ancianos; el enfermo se
encomienda a Dios al confesar su estado de necesidad; la caridad de la Iglesia
actúa y pone ante Dios a aquel que es castigado, según la relación
en la cual ella misma se encuentra según esta caridad, ya que la Iglesia
goza de relaciones con Dios en las cuales se despliega el amor de Dios. La fe
aduce esta relación de gracia; el enfermo es sanado. Si los pecados
—y no meramente la necesidad de disciplina— fueran la causa de su
castigo, esos pecados no impedirán que sea sanado, sino que ellos le
serán perdonados.
Santiago
presenta seguidamente el principio, en general, como la dirección para
todos, según el cual los cristianos deben abrir sus corazones los unos a
los otros, para mantener la verdad en el hombre interior en cuanto a uno mismo,
y orar los unos por los otros para que la caridad esté en pleno
ejercicio con respecto a las faltas ajenas (v. 16). La gracia, la verdad y una
perfecta unión de corazón entre los cristianos son así
espiritualmente formadas en la Iglesia, de modo que aun las faltas mismas dan
ocasión para el ejercicio de la caridad, así como ellas lo son
para que Dios la ejerza a nuestro favor. Una entera confianza de los unos en
los otros, conforme a esta caridad, como así también en un Dios
que restaura y da gracia, es establecida en medio de los santos.
¡Qué hermoso cuadro de principios divinos que animan a los hombres
y les hacen actuar según la naturaleza de Dios mismo y la influencia de
su amor sobre el corazón!
Se
puede notar que no se trata de hacer confesión a los ancianos. Esta
confesión habría sido confianza en algunos hombres, una confianza
oficial. Dios desea la operación de la caridad divina en todos. La
confesión recíproca de los unos a los otros muestra el estado que
Dios desea para la Iglesia, y era el que realmente existía en el
principio de ella. Dios quiere que el amor reine de tal manera que se
esté lo bastante cerca de él como para tratar al pecador conforme
a la gracia que se sabe que hay en Él, y que este amor divino en el
corazón de los hermanos sea conocido de tal manera que la sinceridad
perfecta e interior sea producida por medio de la confianza y la
operación de esta gracia. La confesión oficial se opone a todo
esto y lo destruye. ¡Qué sabiduría divina la que
omitió la confesión cuando se refirió a los ancianos, pero
que la prevé más adelante como la viva y voluntaria
expresión del corazón!
Esto
nos conduce también al valor de la enérgica oración del
hombre justo (v. 16). Es la cercanía respecto de Dios y, por
consiguiente, la conciencia que se tiene acerca de lo que Dios es, lo que (por
medio de la gracia y la operación del Espíritu) da su fuerza a
esta oración. Dios tiene en cuenta a los hombres; tiene en cuenta,
según lo infinito de Su amor, la confianza depositada en él, la
fe que le merece su Palabra a un corazón que piensa y actúa
según una justa apreciación de lo que Él es. Es siempre la
fe lo que hace sensible aquello que no se ve —a Dios mismo—, y que
obra en consonancia con la revelación que Dios ha dado de sí
mismo. El hombre que en el sentido práctico es justo por medio de la
gracia, está cerca de Dios; como justo, personalmente no tiene que ver
con Dios respecto del pecado que mantendría su corazón a
distancia; su corazón es libre de acercarse a Dios —según
la naturaleza de Dios mismo— en favor de otros; es movido por la
naturaleza divina que le anima y que le hace apreciar a Dios; procura, conforme
a la actividad de esa naturaleza, de hacer prevaler sus oraciones ante Dios,
sea para el bien de otros, sea para la gloria de Dios mismo, en su servicio. Y
Dios responde, según esa misma naturaleza, bendiciendo esta confianza y
respondiendo a ella para manifestar lo que él es para la fe, a fin de
alentar a ésta a legitimar la actividad cristiana del amor y para poner
su sello sobre el hombre que anda por fe2.
El
Espíritu de Dios, sin duda, obra en nosotros cuando el corazón es
así activado, pero aquí el apóstol no habla del
Espíritu, sino que se refiere al efecto de la fe práctica en el
alma y presenta al hombre tal como es, actuando bajo la influencia de esta
naturaleza, aquí en su energía positiva con respecto a Dios y
cerca de Él, de manera que ella obra en toda su intensidad, movida por
el poder de esa cercanía. Pero si consideramos la acción del
Espíritu, esos pensamientos son confirmados. El hombre justo no
contrista al Espíritu Santo, y el Espíritu obra en él
según Su propio poder, al no tener que poner su conciencia en regla ante
Dios, sino actuando en el hombre conforme al poder de la comunión de
éste con Dios.
Finalmente,
tenemos la seguridad de que la ardiente y enérgica oración del
hombre justo tiene gran eficacia: es la oración de la fe que conoce a
Dios, que cuenta con él y se le acerca.
El
ejemplo de Elías, mencionado aquí, es interesante porque nos
muestra (y hay otros ejemplos semejantes) cómo el Espíritu Santo
actúa en un hombre en el cual vemos la manifestación exterior del
poder (v. 17-18). La historia nos refiere la declaración de
Elías: “Vive Jehová... que no habrá lluvia ni
rocío en estos años, sino por mi palabra” (1 Reyes 17:1.)
Ésta es la autoridad, el poder, ejercido en el Nombre de Dios. En
nuestra epístola, la operación secreta (lo que pasa entre el alma
y Dios), es manifestada: el hombre justo oró, y Dios le oyó.
Tenemos el mismo testimonio de parte de Jesús junto a la tumba de
Lázaro, sólo que en este último caso tenemos reunidas la
oración secreta y la autoridad personal, si bien la oración del
Salvador no nos es dada, a menos que fuera ese suspiro inexpresable que
subió del corazón de Jesús (Juan 11:41-44).
Al
comparar Gálatas 2 con la historia de Hechos
15, vemos que es una revelación de Dios la que determinó la
conducta de Pablo cuando subió a Jerusalén, cualesquiera hayan
sido los motivos exteriores que todos conocían. Por medio de casos tales
como los que el apóstol propone a la Iglesia, y los de Elías y
del Señor Jesús, nos es revelado un Dios viviente, actuante, que
se interesa en todo lo que ocurre en medio de su pueblo.
La
epístola nos muestra también la actividad del amor en favor de
aquellos que se extravían (v. 19-20). Si alguien se aparta de la verdad,
y alguno le vuelve a traer por medio de la gracia, éste debe saber que
el hecho de hacer volver a un pecador del error de sus caminos es el ejercicio
(por sencilla que sea nuestra acción) del poder que libera a una alma de
la muerte; por ello todos esos aborrecibles pecados que se exhiben tan
odiosamente ante los ojos de Dios y ofenden su gloria y su corazón
mediante su presencia en Su universo, quedan cubiertos. En cuanto una alma es llevada a Dios por la gracia, todos sus pecados
son perdonados, desaparecen, son borrados de delante de la faz de Dios. La
epístola (del principio al fin) no habla aquí del poder que
actúa en esta obra de amor, sino del hecho en sí; lo aplica a los
casos que habían ocurrido entre los cristianos; pero establece un
principio universal en cuanto al efecto de la actividad de la gracia en el alma
por él animada. El alma que se descarriaba es salvada, pues sus pecados
son quitados de delante de Dios.
La
caridad en la Iglesia suprime, por así decirlo, los pecados que de otra
manera destruirían la unión, vencerían esa caridad en la
Iglesia y aparecerían en toda su fealdad y malignidad ante Dios,
mientras que, enfrentados por el amor en la Iglesia, no van más lejos,
siendo disueltos —por así decirlo— y hechos a un lado por la
caridad a la que no han podido vencer. El pecado es vencido por el amor que
actuó contra él; los pecados desaparecen, son tragados por este
amor. La caridad cubre así una multitud de pecados. Aquí se trata
de su acción en la conversión de un pecador.
J.N.D.
Études sur la Parole de J.N. Darby (Traducidos al inglés bajo
el título de Synopsis; traducido del original en francés): ÉPÎTRE de
JACQUES
NOTAS
1 Compárese con 1 Tesalonicenses
4:8, en donde el Espíritu toma el lugar de la ley aquí.
2 Es bueno recordar que esto se lleva
a cabo según los designios gubernamentales de Dios, en orden al
título de Señor (dignidad que Cristo detenta de modo especial),
aunque aquí el término se emplee en forma general.
Compárese con el versículo 11 y con la referencia general
judía del pasaje. Para nosotros tenemos un Dios y Padre, y un
Señor Jesucristo. Él ha llegado a ser Señor y Cristo, y
toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor.