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EL TEXTO GRIEGO DEL NUEVO TESTAMENTO Y SU TRADUCCIÓN J. N. Darby Prefacio
de la edición de 1872 del Nuevo Testamento de la versión
francesa de J. N. Darby |
El Textus Receptus y generalidades sobre los manuscritos
La investigación en busca del original del
Nuevo Testamento
¿Tres textos en litigio en el Nuevo Testamento?
La Providencia de Dios veló sobre su
Palabra
El Textus Receptus. Cómo se utilizaron los manuscritos
Mayúsculas y minúsculas - El nombre de
Cristo - El nombre de Señor - Logos: Verbo o Palabra – La palabra
evangelio - Hades, Gehena, Infierno – El camino
– Rendir
homenaje - que sirve a Dios – Llamado de Dios
- Animal,
moral y corporal - Corchetes para
los textos no originales – bajo el pecado - muerto con Cristo – La
asamblea adquirida por la sangre de Su propio Hijo (Hechos 20:28)
– Bajo el
título de Abiatar, de la zarza - venir, salir
- Asunto - Apocalipsis 17:1 - Presidir - Bautizar para - En casa
1° Fuentes del NT: principales manuscritos
de cartas unciales
2° Fuentes del NT: Versiones antiguas
3° Fuentes del NT: Principales Padres
Griegos y Latinos en cuyos escritos se encuentran citas de la Escritura
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PREFACIO de JND |
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Al presentar al lector esta nueva edición de nuestra traducción de la
segunda parte de las Santas Escrituras, llamada Nuevo Testamento, es preciso
recordar los principios que nos guiaron en nuestro trabajo, y que
proporcionemos algunos datos acerca del plan que hemos seguido en esta
segunda edición. Profundamente convencidos de la divina inspiración de las Escrituras,
procuramos traducirlas reproduciendo lo más exactamente posible, en francés,
lo que Dios nos dio en otra lengua, desconocida para la mayoría de los
lectores de la Biblia. Hemos vertido el griego tan literalmente como lo
demandaba la claridad necesaria para la inteligencia de lo que está dicho. La
profundidad de la Palabra divina es infinita, y el encadenamiento que existe
entre todas las partes del misterio divino no es menos admirable, aunque este
misterio no esté revelado como un todo, pues “conocemos en parte y
profetizamos en parte”. Por eso encontramos a menudo en la Palabra
expresiones que desde el fondo del misterio emanan en la mente del escritor
inspirado, y que, con el auxilio de la gracia, abren la puerta a la conexión
de las distintas partes entre sí y a la de cada una de estas partes con el
todo. Conservar estas expresiones del texto griego perjudica a veces el
estilo de la versión; pero cuando la claridad de la frase no se veía
afectada, dejamos subsistir expresiones que podían contribuir a hacer
comprender todo el alcance de lo que se lee en el texto griego. Pero en los
casos en los cuales el francés no permitía traducir el griego literalmente, y
la forma de la frase griega parecía contener pensamientos que en alguna
medida podían perderse o verse modificados en la expresión francesa, hemos
puesto la traducción literal en una nota. |
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Hay una cuestión que
atañe al texto griego mismo, que consideramos importante señalar al lector.
Hasta el final del siglo XV, tiempo en el cual se
inventó la imprenta, las Santas Escrituras, al igual que los demás libros,
sólo existían bajo la forma de manuscritos. La primera impresión de la Biblia
se debe al cardenal Francisco Ximénez de Cisneros, pero se conocen aún poco las
fuentes a las cuales consultó. Dos años antes de esta publicación, Erasmo ya
había sacado a luz una pequeña edición del texto griego, pero no había podido
consultar sino muy pocos manuscritos, y aún para el Apocalipsis había tenido a
su disposición un solo manuscrito, muy incorrecto e incompleto, cuyo texto
venía acompañado de un comentario en forma intercalada, y Erasmo tuvo que
poner lo mejor de él para separar el texto del comentario. Más tarde, hacia
mediados del siglo XVI, Robert
Estienne (Stephanus)
publicó en París una edición del texto griego, basada en una comparación que
hizo de 13 manuscritos que había encontrado en la biblioteca real, y de un
14º, examinado por su hijo Henri, y que más tarde, de manos de Teodoro de Beza, pasó a la biblioteca de Cambridge.
Teodoro de Beza mismo publicó por el mismo tiempo
una edición del Nuevo Testamento con una nueva traducción latina. Todas las traducciones de
las Iglesias de la Reforma están basadas en estos textos, y ya habían
aparecido cuando los Elzevirios de Holanda, que habían adoptado el texto de
Teodoro de Beza como tipo de sus numerosas
ediciones, fueron bastante intrépidos para decir en el prólogo de su edición
de 1633, que el texto que presentaban, era: «textus ab omnibus receptus», es
decir, texto recibido por todos.
Este texto, que fue llamado desde entonces «Texto Recibido», ejerció autoridad, en el seno del
protestantismo, hasta la llegada de los trabajos críticos modernos, y ha sido
generalmente seguido por algunos traductores protestantes modernos. Las
traducciones católicas son hechas siguiendo la Vulgata latina. En cualquier caso, todos
los textos de que acabamos de hablar sólo se basan en un número muy limitado
de manuscritos. La crítica sagrada también estaba muy poco avanzada en la
época en que se publicaron. Luego los temores de las personas que deseaban
que la fe no fuese trastornada, impidieron que se suscitara la cuestión de la
exactitud del texto así presentado. Pero desde entonces, se examinaron e
incluso se descubrieron varios centenares de manuscritos, algunos de los
cuales eran de mucha antigüedad. Desde la publicación de mi primera edición,
se descubrió el Sinaítico, se publicó el del
Vaticano, el de Porfirio (que comprende los Hechos, las epístolas de Pablo, la
mayoría de las epístolas universales y el Apocalipsis), y otros más todavía
en los «Monumenta
Sacra Inedita» de Tischendorf
quien empleó varios de ellos para sus ediciones 7ª y 8ª de su Nuevo
Testamento. Se examinaron y se compararon con cuidado un gran número de estos
manuscritos, pudiéndose así corregir las faltas que los copistas habían
introducido en los 13 manuscritos de Estienne (Stephanus), o que, de cualquier otra manera, habían
pasado al «Texto Recibido». Los eruditos que emplearon así su tiempo y
sagacidad para purificar el texto de las faltas que se deslizaron por el
descuido o la presunción de los hombres, formaron un texto corregido,
clasificando, según diversos sistemas, y juzgando, cada uno desde su punto de
vista particular, los numerosos manuscritos actualmente conocidos. Más
adelante damos una lista resumida de los más importantes de ellos. |
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Recordaremos aquí a los principales de estos eruditos. El primero que
quizá se deba señalar es Mill, que acumuló un número muy grande de variantes,
examinando los manuscritos que encontró en las diversas bibliotecas de
Europa. A continuación viene Bengel quien
propuso el principio, bien aprovechado más tarde, de una clasificación de los
manuscritos en diversas familias. Después de él, Wetstein añadió aún muchas
variantes, y publicó una edición de gran valor crítico. Luego Griesbach, Scholz, Lachmann y Tischendorf aprovecharon los recursos proporcionados
por sus antecesores en este campo de trabajo, haciendo ellos mismos también
nuevas investigaciones. Griesbach,
crítico perspicaz, de juicio sobrio y fino, se basa principalmente en los
antiguos manuscritos de letras unciales, cuyo mayor
número es de la familia alejandrina; pero consideró otras fuentes y sopesó
las distintas autoridades. Distingue tres familias o clases de lecciones o de
manuscritos: los manuscritos alejandrinos, los manuscritos bizantinos y los
manuscritos occidentales. Su edición, publicada después de los trabajos de Mill, Bengel y Wetstein, asentó ciertamente las bases de la crítica
moderna. Scholz
imprimió su texto con gran negligencia, presentando una edición desfigurada
por muchísimos errores de imprenta. Pretendió basarse en las lecciones de los
manuscritos bizantinos, que son seguidos por la masa de manuscritos modernos
u occidentales, los que, mucho más que los manuscritos alejandrinos, apoyan
el «Texto Recibido» Sin embargo, en realidad, a menudo se apartó de aquella
familia, de modo que su texto difiere poco del de Griesbach.
En una conferencia que dio en Inglaterra, anunció públicamente que abandonó
su sistema, y declaró que en una nueva edición adoptaría preferentemente las
lecciones alejandrinas que había rechazado. Lachmann adoptó su propio
método, estableciendo de antemano como principio que no podían ser hallados
los autógrafos originales del texto; buscó no precisamente acercarse lo más
posible a él, sino que, teniendo por cierto que los manuscritos de los cuatro
primeros siglos deben ser los más exactos, no quiso examinar ninguno que no
perteneciera a esos cuatro siglos. Este sistema es demasiado absoluto para
ser seguro. Tischendorf, de
una capacidad de primer orden e infatigable en sus investigaciones, sigue,
como Griesbach, principalmente los manuscritos en
letras unciales. En su primera edición es un tanto
temerario, pero se volvió mucho más sobrio en las ediciones subsiguientes y
restableció muchas lecciones que primero había rechazado. Matthaei, contemporáneo de Griesbach, fundó su edición sobre los manuscritos que se
encuentran en posesión del sínodo ruso y que pertenecen a la familia
bizantina. Siguió también un sistema absoluto, e incluso mantuvo una guerra
encarnizada contra aquellos que se ajustaron preferentemente al texto
alejandrino. Se puede añadir a los nombres precedentes, los de Birch,
Alford, Meyer, de Wette, Tregelles, que también
aportaron de lo suyo a esta obra de la reconstrucción del texto. Otros
hombres, sin duda, se han ocupado del mismo trabajo, pero basta con indicar
aquí a los principales de entre ellos. Como decíamos, los eruditos hicieron del texto de los diversos
manuscritos, conocidos hasta la fecha, el objeto de un estudio meticuloso y
profundo: los clasificaron, y parece que con razón, en dos grandes familias o
escuelas de lecciones: los manuscritos orientales o bizantinos, y los
manuscritos denominados alejandrinos, pudiendo, sin embargo, el mismo
manuscrito variar en sus diferentes partes en cuanto a la escuela que sigue.
Por eso, según Griesbach, el manuscrito alejandrino
(designado por A) es bizantino en los evangelios y alejandrino en las
epístolas; por eso también Porfirio, en 6 u 8 capítulos de los Hechos va tan
invariablemente junto con el «Texto
Recibido», que apenas lo consultamos después, mientras que en las epístolas
pertenece más bien a la escuela alejandrina, aunque no de una manera
absoluta. Los manuscritos Sinaítico (À),
Vaticano (B) y Dublín (Z), son los más perfectos ejemplos de la familia
alejandrina, siendo de éstos el de Dublín, por lejos, la copia más correcta
(no hemos encontrado en él más que una sola falta de este género), pero sólo
contiene el Evangelio de Mateo con muchas lagunas. Como copia, el manuscrito
del Vaticano es muy superior al de Sinaí, el cual
está lejos de ser uno correcto, particularmente en el Apocalipsis donde es
todo lo contrario, aun cuando es valioso por contener todos los libros del
Nuevo Testamento y por ser probablemente la copia más antigua de todas las
que tenemos; pero debemos recordar que no tenemos ningún manuscrito que sea
anterior al tiempo en que el imperio se había vuelto cristiano, y que Diocleciano había destruido todos los manuscritos que
había podido encontrar. El texto llamado alejandrino es el manuscrito griego
más antiguo que tenemos en existencia. El manuscrito «Alejandrino» (llamado A), no es uniformemente alejandrino
en su texto; pero, si hemos de confiar en Scrivener,
la versión siríaca llamada Peshitta concuerda más bien con él que con B, y esta
versión es la más antigua que conocemos, hecha alrededor de dos siglos antes
que los más antiguos manuscritos que conocemos, probablemente a fines del
primer siglo o al principio del segundo. No es el caso respecto de la antigua
versión latina, bajo sus diferentes formas. Esta versión, llamada bastante
incorrectamente «Itala», se acerca aún más al texto
alejandrino. Pero aquí se presenta entonces un fenómeno singular: uno de los
antiguos manuscritos de esta versión, llamado Brixianus,
siempre concuerda con el «Textus Receptus», todas las veces que lo hemos consultado (con
una sola excepción). ¿De dónde vino esto? La Vulgata lleva el sello de
numerosas correcciones según el texto alejandrino, aunque no siempre lo siga.
Podemos pues poner los manuscritos alejandrinos en el siguiente orden: À, B, Z y L que sigue a B continuamente. Luego viene A y una larga
serie de manuscritos unciales que lo acompañan, no
tan antiguos ni del mismo valor que los demás, de modo que Alford dijo solamente «A, etc.». Hay otra clase de
manuscritos que datan de alrededor del siglo VI, al
cual se atribuye Z también. C es independiente, así como Porfirio (P), que en
las epístolas sigue principalmente los alejandrinos, pero con bastante
frecuencia se aproxima al «Texto Recibido» y a A,
particularmente en los Hechos, hasta donde lo hemos examinado. D tiene un
lugar peculiar, aunque es característicamente alejandrino. Cuando, en los
evangelios, A y B van juntos, podemos estar bastante seguros de la lección,
teniendo en cuenta, naturalmente, los otros testimonios. Cuando por el
contrario se tiene, por una parte À, B,
L ó B, L, y, por otra A, etc.,
confesamos que no estamos absolutamente seguros de que B, L sean justos. Los
manuscritos bizantinos son de una fecha más reciente que los alejandrinos;
son generalmente de los siglos VIII, IX y X, mientras que los primeros se remontan a los
siglos IV, V, VI, VII y VIII. Las variaciones del texto no arrojan resultados nada inciertos sobre el
conjunto de este texto, aunque en algunos casos muy raros, puedan suscitarse
cuestiones sobre algunos pasajes aislados. Nadie, que sepamos, hasta ahora,
ha podido dar la historia y el secreto de estas variaciones: el fenómeno
permanece sin resolver. Sólo proporcionamos aquí ideas totalmente generales sobre estos puntos,
remitiendo a aquellos que quieran estudiar el tema a los libros y a los
prolegómenos, de donde hemos extraído lo que se encuentra en estas breves
observaciones. Como resultado, todos estos eruditos ayudaron al perfeccionamiento del
texto del Nuevo Testamento, y demostraron su certeza. La intervención de los
eclesiásticos, cosa triste que debe decirse, fue una de las principales
causas de los textos dudosos, en parte voluntariamente, en parte inocentemente.
Se quiso armonizar los Evangelios;
y luego, con menos premeditación, con motivo de la lectura de las distintas
partes de las Santas Escrituras en los servicios eclesiásticos, se
introdujeron, para mayor claridad, cambios tales como «Jesús» en lugar de «Él o le»
cuando se consideró necesario; se quiso hacer concordar el texto de la
oración dominical del Señor en Lucas con el de Mateo; se omitió, si creemos a
Alford y a la mayoría de los demás editores,
“primogénito” (Mateo 1:25), en los manuscritos Sinaítico
y Vaticano (y me refiero a ellos porque se trata aquí de los más antiguos
manuscritos), porque se temió que se pudiera suponer así que la madre de
nuestro Señor tuvo otros hijos; y así para otros errores de distintas clases.
Todo eso sin embargo no trajo ninguna gran dificultad: otros manuscritos y
versiones (las que son más antiguas que todos los manuscritos), comparados
con cuidado, vienen a aclarar los textos. Sin embargo, ningún manuscrito es
lo suficientemente antiguo para haber escapado de estas funestas
intervenciones; de modo que el sistema que no quiere como autoridades en sí
mismas sino los manuscritos más antiguos, sin tener en cuenta ninguna
comparación adecuada y sin sopesar la evidencia interna, falla necesariamente
en resultado. Las conjeturas no merecen ninguna confianza; pero sopesar la
evidencia respecto a los hechos, no es hacer conjeturas. |
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Las tres cuestiones más graves que se suscitan con respecto al texto son:
1ª Timoteo 3:16, los primeros versículos de Juan 8 y la
última parte de Marcos 16. No pronuncio ningún juicio en cuanto a la
primera, porque fue objeto de largas disertaciones escritas por un gran
número de críticos. Por lo que respecta al principio de Juan 8, no tengo ninguna duda sobre su autenticidad.
Agustín nos dice que el pasaje fue omitido en algunos manuscritos poco dignos
de confianza, porque se lo consideraba contrario a la moral. Podemos añadir,
según nuestro propio examen del texto, que en uno de los mejores manuscritos
de la antigua versión latina, se arrancaron dos páginas de este manuscrito
que lo contenían, junto con una parte del texto que precede y que sigue. En
cuanto al final de Marcos y a su
aparente independencia, señalaré que los evangelios nos presentan dos finales
distintos de la vida del Señor, a saber: su manifestación a sus discípulos en
Galilea, consignada por Mateo, sin ninguna mención de su ascensión, lo que
está en perfecto acuerdo con el carácter general de este evangelio; y su
manifestación en Betania, donde tuvo lugar su
ascensión, que es la parte que Lucas nos relata, lo que corresponde al
carácter de su evangelio. Una de las escenas nos muestra al remanente judío
reconocido y al evangelio enviado sobre la tierra a las naciones; la otra, al
hijo del Hombre elevado al cielo y el mensaje que viene del cielo y que se
dirige a todo el mundo comenzando por Jerusalén misma; la una, mesiánica, si
podemos decirlo así; la otra, celestial. Ahora bien, Marcos, hasta el final
del versículo 8 del capítulo16, nos da la escena final de Mateo; desde el
versículo 9, un resumen de Betania y de la
ascensión, que forma así una parte distinta, una especie de apéndice. |
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Si hemos entrado en alguno de estos detalles, muy sumarios por otra
parte, con respecto a la crítica del texto, lo hicimos para disuadir a las
personas no versadas en estas materias de aventurarse a sacar conclusiones, y
también con el objeto de tranquilizar perfectamente a aquellos que podrían
verse perturbados por las cuestiones del texto suscitadas por los eruditos o
por pretendidos eruditos. «Las variantes ―dice
un entendido traductor moderno―, son no sólo
en su mayor parte carentes de interés, sino que se puede decir que ninguna de
entre ellas, si fuese admitida como auténtica, introduciría en el texto del
Nuevo Testamento algo, ni haría desaparecer nada, que afectara en lo más
mínimo ni las verdades de hecho, ni las verdades de dogma que constituyen la
esencia del Evangelio.» Queda así bien establecido que el resultado de todos los trabajos de los
eruditos fue más dichoso para todos aquellos que conceden una justa
importancia a la integridad de la Palabra. Sin duda, lo repito, la debilidad
humana dejó sus rastros aquí también, como en todos los casos en que se
confió algo al hombre, pero la providencia de Dios veló sobre su Palabra, de
modo que, a pesar de la gran diferencia de los sistemas que los eruditos han
seguido para la revisión del texto, ellos, sin embargo, llegaron a resultados
casi enteramente idénticos. Aparte de uno o dos pasajes, las diferentes
ediciones que se publicaron del texto griego están de acuerdo entre sí casi
en todo, por lo que se refiere a las variantes que podrían tener alguna
importancia; las variantes que se encuentran, son relativamente poco numerosas,
de un carácter secundario y a menudo apenas perceptibles en una traducción,
y, como lo dijimos, los trabajos de los eruditos que compararon los numerosos
manuscritos actualmente conocidos, tuvieron como feliz efecto descartar las
faltas con que las primeras ediciones del texto griego se hallaban
contaminadas. |
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Unas pocas palabras harían comprender al lector porqué, ya en nuestra
primera edición, abandonamos un texto reconocidamente inexacto en más de un
lugar, aunque nosotros mismos no hayamos querido entonces librarnos a una
crítica del texto; así, allí donde las principales ediciones ―como las de Griesbach, Scholz, Lachmann, Tischendorf y otras a menudo menos conocidas―
se encontraban de acuerdo, hemos seguido el texto tal como ellas nos lo dan,
no teniendo ningún motivo para atarnos a un texto menos puro. Por otra parte,
no queriendo hacer la crítica, habíamos pura y simplemente conservado el
«texto recibido» allí donde estos principales editores no estaban de acuerdo.
Al mismo tiempo, tuvimos cuidado de indicar cada vez, en notas, los pasajes
de los cuales nos apartábamos del «texto recibido», del cual dábamos también
cada vez la traducción; y si en el Apocalipsis ello fue diferente, ello se
debe a que, como ya lo dijimos, el Apocalipsis fue impreso por Erasmo de
acuerdo con un solo manuscrito muy inexacto, y al cual le faltaba incluso una
parte que este erudito tradujo del latín, mientras que en nuestra primera
edición, se habían cotejado con más o menos cuidado 93 manuscritos,
incluyendo tres con letras unciales, a los cuales
se puede añadir ahora el manuscrito Sinaítico y el
de Porfirio. No pensábamos que fuera necesario recordar todas las faltas de
un solo manuscrito imperfecto. Erasmo hizo lo que pudo, pero no era necesario
reproducir, siquiera en nota, errores que no pudo evitar. En la edición que presentamos, nos remitimos a un estudio detenido del
texto; aprovechamos los nuevos e importantes manuscritos que se descubrieron
y publicaron (dejando un poco de lado a Scholz,
quien dio un paso al costado tras juzgarse a sí mismo), y consultamos a Tischendorf (la 7ª edición), a Alford,
a Meyer y a de Wette.
Hemos comparado, además, para todos los textos controvertidos, los
manuscritos Sinaítico, Vaticano, Dublín, el
manuscrito Alejandrino, el de Beza, el manuscrito
de Ephraemi, San Gall, Claromontanus, el manuscrito llamado de Laud en los Hechos, Porfirio en gran parte, la antigua
versión latina en Sabatier y Bianchini.
Para la versión siríaca, debimos informarnos por medio de otros, no
conociendo esta lengua nosotros mismos, y no recurriendo, además, a esta
fuente más que para constatar la presencia o la ausencia de palabras o de
pasajes. Consultamos también el Zacynthius de
Lucas, y ocasionalmente a los padres; así como a Estienne,
Bezae y Erasmo, y hemos comparado todos los
manuscritos que han sido publicados. Sólo aquellos que se ocuparon de
similares trabajos saben los cuidados y las penas que demandan. No obstante,
nuestro objetivo no es hacer una obra erudita o una edición crítica, sino
proporcionar una traducción correcta del texto lo más cierta a la que fue
posible llegar; y este trabajo y estos cuidados, los debemos a la Palabra de Dios
y a aquellos amados del Señor que se someten a ella. En la traducción misma, nuestra nueva edición sufrió pocos cambios.
Algunos pasajes fueron traducidos con mayor claridad; algunos detalles de
inexactitud que la debilidad humana había dejado introducirse, fueron
corregidos; algunas palabras similares o pasajes correspondientes se los ha
vuelto uniformes allí donde lo estaban en el griego. Este trabajo de detalle
y de crítica ha sido enorme y no ofreció a nuestra alma el mismo alimento que
la traducción en sí, la cual nos lleva más cerca de Dios. Sin embargo, hemos
puesto todos nuestros cuidados, esperando que el lector cristiano recoja el
fruto en una mayor exactitud de la nueva edición. |
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Tenemos que ofrecer ahora algunas explicaciones sobre puntos de detalle.
Y, en primer lugar, podrá parecer singular que, excepto lo que depende de la
puntuación, hayamos excluido las mayúsculas iniciales en todos los casos en
que no se trata de un nombre propio como tal. Así escribimos: nuestro dios,
nuestro padre, el hijo, la palabra, el espíritu, etc. |
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Deseamos que nuestros lectores comprendan bien el motivo que nos obligó a
imprimir estas palabras de una manera que a duras penas nos resulta
agradable, y que tal vez sea una ocasión de sorpresa para ellos. Hemos
adoptado este plan para evitar un inconveniente que nos pareció aún mayor. Al
hablar del espíritu, hallamos más de un pasaje en el cual el estado del alma
y el Espíritu de Dios están unidos y mezclados de tal manera, que habría sido
aventurado o incluso imposible decidir entre una «e» minúscula y una «E»
mayúscula. Ahora bien, si hubiéramos puesto una «e» minúscula a la palabra espíritu, y una «D»
mayúscula a la palabra Dios, el resultado habría sido más molesto, y, en
apariencia al menos, una negación de la divinidad del Santo Espíritu. No
teníamos otro recurso que seguir el ejemplo del griego, y no poner mayúsculas
excepto a los nombres propios; así pues, cuando la palabra «Dios» es nombre
propio, tiene una mayúscula; cuando es apelativo, tiene una «d» minúscula.
Seguimos la misma regla en cuanto a la palabra «Cristo», que puede ser nombre
propio, o tener el sentido de “ungido”. Este sistema de ortografía, lo
repetimos, nos fue desagradable, pero mantiene el fondo de la verdad, lo que
hubiese sido imposible si hubiésemos seguido otro. Para los lectores que
están habituados a leer el Nuevo Testamento en griego, no encontrarán ningún
tropiezo con esto. Los pasajes de Romanos 8:15 y Juan 4:24 (y hay muchos
otros) bastarán para hacer comprender la dificultad; en estos dos pasajes, en
efecto, hacer la diferencia entre Espíritu con «E» mayúscula y espíritu con «e»
minúscula, y luego poner uno u otro, en cualquier caso falsearía el sentido. |
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Intencionalmente algunas veces hemos escrito Cristo, y otras el Cristo,
es decir, el Ungido, el Mesías. Un examen atento de la Palabra hará ver que,
en los Evangelios, la palabra Cristo casi
siempre está precedida del artículo, y expresa generalmente lo que un judío
hubiese llamado «el Mesías». En las epístolas, al contrario, el uso del
artículo es raro y, en la mayoría de los casos, puede depender simplemente de
las exigencias gramaticales de la lengua griega, no privando a la palabra Cristo del carácter de nombre propio.
En este último caso, el francés rechaza el artículo, y el traductor tiene,
pues, que pronunciarse respecto de la intención del escritor sagrado. No
podemos afirmar que siempre hayamos logrado discernirla; pero en la mayoría
de los pasajes el lector sabrá distinguir fácilmente entre el oficio y el nombre de la persona. |
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La Septuaginta empleó la palabra kurioV
para “Jehová”, traducida habitualmente por “El Eterno” en el Antiguo
Testamento. Esta palabra se traduce en francés por “Señor” en el Nuevo
Testamento, y se confunde con el mismo nombre aplicado a Jesús, visto como
hombre. “Dios le ha hecho”, es dicho, “Señor y Cristo” (Hechos 2:36). No
dudando que esta palabra sea a menudo el nombre propio de “Jehová”, creemos
que brindamos un servicio al lector, si le proporcionamos una lista de los
pasajes en los cuales kurioV presenta este sentido; los pasajes que,
a este respecto, parecen más o menos dudosos, van seguidos de un punto de
interrogación.
En los Hechos, la palabra se emplea de una manera absoluta y general, y
se aplica a Cristo. Lo mismo ocurre en las epístolas en general. Véase 1
Corintios 8:5,6. |
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Vacilamos si debíamos traducir la palabra logoV por verbo o por palabra, al ser el empleo de un nombre femenino no deseable cuando
se habla de Dios, de la encarnación, de la Creación y de cosas similares. Por
otra parte, la conexión que existe entre la palabra de la revelación y la
Palabra personal —tal como se encuentra [en] Hebreos 4:12,13—, corre el
riesgo perderse si se utiliza la palabra verbo.
Esta última consideración nos obligó a emplear el término “palabra”, a pesar
de su forma femenina; además, el uso, en gran parte, elimina el inconveniente
que puede tener esta forma. |
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Tras algunas vacilaciones, conservamos la palabra griega euaggelion (evangelio), en vez de emplear las
expresiones buenas nuevas o feliz mensaje, que, aunque hubiesen
dado más exactamente el sentido del griego, nos parecieron demasiado duras y demasiado
familiares a la vez. Pero este empleo que hicimos de la palabra evangelio, no está libre de peligro y
exige que llamemos la atención del lector sobre el sentido literal de esta
palabra, así como sobre algunos hechos en relación con ello. Comúnmente
decimos: «predicar el Evangelio», «esto o aquello no es el Evangelio»; y por “evangelio” se entiende un determinado
sistema de doctrina. Sin embargo, esta palabra significa propiamente un
“feliz mensaje”, “buenas nuevas” dadas por alguien. Así pues, cuando Timoteo
dio a Pablo buenas nuevas de la fe y el amor de los tesalonicences
(1 Tesalonicenses 3:6), se dice que él εὐαγγελισαμένου (evangelizó) a Pablo respecto de la fe y el amor
de los tesalonicences. Por otra parte, de la misma
manera que la palabra Cristo
—empleada al principio como título en el sentido de “el Ungido”— se convirtió
más tarde en un nombre propio, así también, las buenas nuevas por excelencia,
las buenas nuevas del amor de Dios y de su intervención en Cristo para salvar
a los hombres, es llamada “las buenas nuevas”, “el Evangelio”. Es importante
que el lector, cuando encuentra esta expresión, no pierda de vista la idea de
la comunicación de una buena y feliz nueva por parte de Dios, y que también
recuerde que la palabra euaggelion, evangelio, se emplea para designar distintas buenas
nuevas o felices mensajes. Cuando, por ejemplo, leemos “del evangelio del
reino” (es decir, de las buenas nuevas de que Dios iba a establecer su reino
sobre la tierra), se trata de una buena nueva totalmente diferente de la de
la intervención de Dios en gracia para la salvación. Debe observarse también
que, cuando encontramos la expresión “el Evangelio de Dios”, la palabra
quiere hablarnos de Dios como la fuente de la buena nueva, mientras que,
cuando encontramos la expresión “el evangelio de Cristo”, Cristo es
presentado como el tema de este evangelio. Otras frases similares no pasarán
inadvertidas para el lector atento. Debemos añadir que la palabra euaggelion,
evangelio, no es común a todos los escritores sagrados, y que no se la
encuentra en el texto griego de Lucas, de Juan, de Santiago ni de Judas.
Pedro sólo lo emplea una vez. En Pablo, por el contrario, ese gran heraldo de
las buenas nuevas, la encontramos muy frecuentemente, pero con acepciones
diferentes. Mateo la emplea cuatro veces, y siempre añadiendo las palabras
“del reino”. De todos los evangelistas, Marcos es el único que emplea esta
palabra varias veces en el sentido que nos resulta más familiar hoy, y esto
se explica fácilmente por el hecho de que Marcos se ocupa especialmente de
Cristo como anunciando la Palabra, y de que no hace ninguna mención de las
circunstancias que acompañaron el nacimiento del Salvador, comenzando por el
evangelio mismo, y terminando su relato con la comisión que el Señor confió a
sus discípulos, sin dar, como los otros evangelistas, un carácter particular
a esta misión. Dice simplemente: “Id por todo el
mundo, predicad el evangelio a toda la creación”. El lector observará, no
obstante, que, incluso en Marcos, la expresión “evangelio” no se emplea
independientemente de la idea de la venida del reino, ya que está escrito
allí: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado;
arrepentíos y creed al evangelio.” Esta venida del reino es algo muy
diferente de la muerte y la resurrección de Jesucristo, aunque estos
acontecimientos tuvieron lugar antes del establecimiento del reino, y fueron,
de hecho, necesarios para ello. Es evidente que antes de su cumplimiento, la
muerte y la resurrección del Señor Jesús no podían predicarse como buenas
nuevas; se debía creer entonces en un Cristo vivo. En resumen, y de manera
general, se puede decir que la palabra evangelio,
teniendo en sí misma el significado de una buena nueva dada, sirve para
designar la predicación de la verdad, así como la verdad predicada, y que
esta palabra se emplea a veces en uno, a veces en otro de estos dos sentidos.
Así, el examen del texto mostrará, que hay, tanto en Marcos como en las
epístolas de Pablo, algunos pasajes en los cuales la palabra evangelio se emplea para designar un
sistema de doctrina, el contenido del mensaje de la buena nueva, y no para
indicar el acto mismo por el cual esta buena nueva es anunciada. Por otra
parte, cuando Pablo nos dice (1 Corintios 9:14) que “el Señor ordenó a los
que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”, estos hombres predican
una doctrina, pero no viven de la doctrina, viven de su servicio, predicando
la doctrina. En el versículo 18 del mismo capítulo, Pablo habla de su derecho
“en el Evangelio”, es decir, en su servicio como predicador; y también, en
Filipenses 4:15, por la expresión “el principio del Evangelio”, él designa el
principio de la predicación de esta buena nueva. |
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Era importante conservar la distinción que hace la Palabra entre la
expresión —excesivamente vaga del resto— adhV, el lugar invisible
adonde las almas de los hombres van después de la muerte, de geenna, gehena, el lugar de los tormentos infernales. Hemos,
pues, conservado la palabra griega “hades”. |
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El lector encontrará la inusitada expresión “el camino” en Hechos 9:2;
19:9,23 y 24:22. La tradujimos literalmente del griego, no dudando que se trataba
de un apodo que se daba al cristianismo, como en todos los siglos el mundo
inventó alguno para la verdadera piedad. |
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Hemos traducido el término griego proskunew por
rendir homenaje. Esta expresión se
aplica, en griego, a toda clase de actos de respeto, desde el simple acto de
reverencia hacia un superior, hasta la adoración de Dios mismo. El lector
decidirá fácilmente el alcance del homenaje rendido, según la persona a quien
se lo rinde y aquel que lo rinde; comp. 1 Crónicas 29:20. |
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Se encuentra frecuentemente en los Hechos el participio del verbo sebesqai con
el sentido de “que sirve a Dios”. Señalamos esta expresión, porque designa
una clase de personas que, aunque no eran judíos, huían de la vanidad y de
las manchas del paganismo, y participaban en el culto judío (véase Hechos
13:43,50; 16:14; 17:4,17; 18:7,13). La misma expresión se encuentra en Mateo
15:9; Marcos 7:7 y Hechos 19:27, en el sentido ordinario de rendir culto, ya sea como judío a
Jehová, o como pagano a un falso dios. |
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El sentido ambiguo de la palabra “llamar”, que significa tanto “dar un nombre”
como “invitar a una persona a venir a nosotros o a una posición cualquiera”,
dificulta el empleo de esta palabra cuando se la asocia al vocablo “santo” o
“apóstol”. A falta de una expresión más clara, sin embargo, lo hemos
conservado, Romanos 1:1,6,7; 8:28; 1 Corintios
1:1,2,24; Judas 1; Apocalipsis 17:14. Traducir el vocablo, como se lo ha
hecho, por “llamados a ser santos”, es desvirtuar el sentido; “los que son
llamados santos” es aún peor. Para traducir exactamente el sentido, sería
necesario decir “santos por llamamiento”; las personas en cuestión habían
venido a ser tales por el llamado de Dios; y el lector hará bien en recordar
esto en los pasajes indicados. |
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El sentido del adjetivo yucikoV,
animal, que el lector encontrará en 1 Corintios 2:14; 15:44,46, y Santiago
3:15, puede presentar alguna dificultad cuando es así aplicado o bien al
estado moral o al cuerpo del hombre. Creemos, pues, que debemos señalar que,
en estos pasajes, la palabra indica aquello que, como el primer Adán, vive en
virtud de la posesión de un alma, y no por la poderosa energía del Espíritu
Santo. La misma palabra griega yucikoV, se
encuentra también en Judas 19 donde difícilmente podíamos emplear el término
“animal” —que debimos así relegar a una nota al pie de página—,
reemplazándolo, en el texto, por la palabra “natural”. |
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El lector debe recordar que las palabras encerradas entre corchetes [],
no se encuentran en el griego, y que se adjuntan al texto. El carácter de la
lengua francesa exigía esta adición. Pero deseamos llamar la atención del
lector más particularmente sobre algunos de estos casos, especialmente en las
epístolas de Pablo y en particular en Romanos y Gálatas, en las cuales la introducción del artículo corre
el riesgo de cambiar el sentido. Así, por ejemplo, delante de la palabra
“ley”, el artículo tiende a hacer pensar al lector que se trata de la ley de
Moisés. En estos casos, y otros similares, el lector tendrá que tener cuidado
con los corchetes que indican que el artículo no se encuentra en el original.
Eso es sobre todo necesario, cuando encuentre frases tales como: “bajo [la]
ley” o “bajo [una] ley”, “por [la] ley”, etc. Colocamos también entre corchetes [], los textos dudosos, teniendo
cuidado, en este caso, de indicar el hecho por una nota. |
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La expresión, “bajo [el] pecado” que se encuentra en Romanos 3:9, no es
de un francés muy correcto, pero la hemos conservado para no debilitar la
fuerza moral de la frase que, en el texto, designa el estado de pecado (como
Dios lo ve), que pesa sobre nosotros, un peso, un poder y por todos lados; el
sentido se perdería si tradujéramos “en el pecado” o “sujeto al pecado”. |
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En el capítulo 6 de la epístola a los Romanos y en otros lugares, hemos
traducido “si
nous sommes morts avec Christ”
(“si somos muertos con Cristo”), y
no “si
nous mourûmes avec Christ” (“si
morimos con Cristo”). Tenemos la convicción de verter así más exactamente el
pensamiento del apóstol, aunque la verdadera forma del verbo falta absolutamente
en francés: “Nous mourûmes” (morimos), como tiempo histórico, sólo
presenta a la mente un acto que se realizó en un momento dado. |
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La
asamblea adquirida por la sangre de su propio Hijo (Hechos 20:28) |
El versículo 28 de Hechos 20 atormentó bastante a los críticos y a los
traductores. Nos parece que ello se debe al hecho de que no se ha prestado
suficiente atención a uno de los sentidos ordinarios de tou idiou.
Leemos con todos los editores modernos: dia tou aimatoV tou idiou, no
tomando esta última palabra como adjetivo acorde con aimatoV,
sino como un genitivo gobernado por aimatoV. IdioV es lo que pertenece a uno,
y, por lo tanto, su familia, la gente de su casa: to aima tou idiou, es la
sangre de alguien que pertenece a una persona, como un hijo a su padre. La
lengua francesa requiere la adición de un nombre a las palabras: su propio. En consecuencia, dijimos
“su propio [hijo]”, porque sabemos que aquel que pertenecía a Dios, y a quien
Dios dio, era su Hijo. |
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|
Al comparar las expresiones epi Abiaqar (Marcos 2:26), epi tou batou (Marcos 12:26), y el giro
análogo en Ηlia (Romanos 11:2), llegamos a la conclusión,
evidente al menos para nosotros, de que no es necesario traducir la primera
por en tiempo de Abiatar,
sino que, todas, designan una sección o título de un libro, sección o título
en el cual se encuentra el relato del hecho de que se trata. Nos hemos
apartado, pues, aquí de la traducción ordinaria y hemos dicho: “en [la
sección de] Abiatar”, “en [bajo el título (o en la
sección) de] la zarza”, etc. |
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Hay una expresión del Evangelio de Juan, sobre la cual creemos que es
útil llamar la atención del lector, porque es difícil verter en francés la
fuerza del griego. Así la palabra “venu” (venido), en la frase “venu de Dieu”
(“venido de Dios”) de Juan 16:30, es la misma que la palabra “sorti” (salido) de los versículos 27 y 28 del mismo capítulo, donde
leemos: “Je suis sorti d'auprès de Dieu” (“salido de al lado de Dios”), con la
única diferencia de la preposición que la acompaña. Los versículos 27 y 28
expresan la conciencia que el Salvador tenía de su posición al lado del Padre
antes de venir aquí abajo; el versículo 30, el conocimiento que tenían los
discípulos del hecho de que él había venido de Dios. Sin pretender que
hayamos alcanzado el objetivo, hemos al menos procurado expresar la
diferencia que acabamos de señalar y que es del mayor interés. |
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Las palabras pleonektew, pleonekthV, pleonexia, tienen a veces un sentido muy particular que conviene
destacar. La idea general expresada por el verbo pleonektew, es que uno saca su
provecho en detrimento de otro, que se apropia del bien de otros; es el deseo
de poseer para sí algo, y a menudo con la idea adicional de que se han
utilizado medios torcidos para alcanzar su objetivo; y este deseo puede
aplicarse a la mujer tanto como a los bienes de otros propiamente dichos.
Tenemos la convicción de que tal es el sentido de Efesios 4:19, de 1
Tesalonicenses 4:6 y quizás todavía de otros pasajes, como Efesios 5:3. Sin embargo,
como no pudimos basarnos, para esta interpretación, en ninguna autoridad
reconocida, no nos atrevimos a introducirlo en el texto; nos limitamos a
señalar nuestra convicción sobre este punto, añadiendo que se trata, en
cualquier caso, de un deseo ilícito de apropiarse de algo contrariamente a la
integridad de las costumbres, y que la palabra “asunto” de 1 Tesalonicenses
4:6, se refiere exclusivamente a las relaciones con las mujeres. |
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“Muchas aguas” de Apocalipsis 17:1, es débil; pero no supimos expresarlo
mejor. El griego reza “las muchas aguas”, es decir, la gran extensión con
todas sus sinuosidades y mares diferentes. |
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En 1 Timoteo 5:17, no encontramos mejor palabra para traducir proisthmi que
“presidir”, aunque esta expresión vierte muy mal el sentido del griego, que
no implica ninguna relación con una asamblea, como lo hace la palabra
francesa “presidir”. La palabra se emplea para designar la dirección o guía
que un padre da a su familia, y se aplica en general a todos aquellos que se
encargan de dirigir a los demás, de la manera que sea. Véase Romanos 12:8; 1
Tesalonicenses 5:12; 1 Timoteo 3:4, 5,12, y, en un sentido diferente, Tito
3:8 y 14. |
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|
Una dificultad se presenta con respecto a la preposición griega que sigue
a la palabra baptizw, bautizar, que es imposible solucionar de
una manera satisfactoria en francés como tampoco en alemán: por eso llamamos
aquí la atención del lector sobre esta expresión. Uno es bautizado eiV, se asocia a algo, se agrega, se reúne, se
adhiere a una persona por el bautismo. Así, es bautizado eiV la
muerte de Cristo, eiV Cristo mismo, y así también eiV Moisés,
eiV la remisión de los pecados. El eiV
expresa el objeto propuesto en el bautismo. Se ha dicho “baptiser dans sa mort” (“bautizar
en su muerte”), pero no se podría decir bautizado en Cristo o en Moisés; y, además, “en su muerte”
no es el significado. Hemos empleado la palabra “pour” (“para”), pero no es
completamente satisfactoria en algunos casos; por ejemplo, “baptisés pour Moïse” (“bautizados para Moisés”), aunque la cual puede
emplearse en todas partes para dar la idea más exacta de la palabra eiV. |
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|
Existe otra forma de expresión en griego, que demanda algunas palabras,
por ser el sentido difícil de traducir en francés. Nos referimos al empleo
del artículo delante de las palabras ploion, oroV, oikoV: literalmente, en español,
“la barca, la montaña, la casa”. La expresión “à la maison”
(él está “en la casa”), y la locución
suiza “à
la montagne”, (“en la montaña”),
presentan el mismo idiotismo en francés: “à la maison”
(“en la casa”) en esta frase no significa
ninguna casa en particular, sino “en casa”, “no afuera”. De la misma manera,
“en la montaña”, en Suiza, significa “en las montañas” en general, en
contraste con la llanura. Estamos convencidos de que ésta es ususalmente la fuerza del artículo en las frases de las
que hablamos: “la casa, la barca, la montaña”. Él estaba en la montaña, no en
la llanura; en una barca, a bordo, no sobre tierra firme; en casa, y no
afuera. |
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|
Antes de terminar, pensamos que podría ser útil para muchos que digamos
unas palabras sobre el orden cronológico de las epístolas.
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|
En cuanto al contenido de los distintos libros del Nuevo Testamento, es
necesario buscarlo en otra parte; no podemos dar aquí sino un sumario muy
general.
|
||||||
|
Habiendo hecho las observaciones precedentes, ponemos, querido lector,
esta nueva edición de nuestra traducción en sus manos. Si ella puede
contribuir a una inteligencia más exacta de Palabra, ello se deberá a que la
bendición de Dios estuvo con nosotros en nuestro trabajo, y a Dios
también encomendamos el fruto, para
que lo bendiga: le pedimos insistentemente que, por la gracia de su Espíritu,
le ayude a sacar provecho de su santa y buena Palabra. Sentimos, lo
esperamos, la gran responsabilidad que asumíamos al emprender esta obra
difícil; pero tenemos bastante confianza en la gracia divina, para osar
trabajar en lo que puede ser útil a las almas y tender a glorificar Aquel que
solamente puede bendecir. Quiera Él dignarse a poner su bendición sobre su
propia Palabra y sobre usted mismo. |
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|
PRINCIPALES MANUSCRITOS UNCIALES |
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|
|
Designación |
Nombre (manuscrito llamado…) |
Fecha (siglo) |
Contenido |
Localización (1872) |
|
|
א |
Sinaítico |
4° |
todo el NT |
S. Petersburgo |
||
|
A |
Alejandrino |
5° |
Casi todo el NT |
Londres |
||
|
B |
Vaticano |
4° |
Casi todo el NT |
Roma |
||
|
B |
Vaticano |
7° |
Apocalipsis |
Roma |
||
|
C |
Ephraemi |
5° |
5/8 del NT |
París |
||
|
D |
Cantabrigiensis |
6° |
los Evangelios y gran parte
de los Hechos, con traducción latina |
Cambridge
(donado por Beza) |
||
|
D |
Claromontanus |
6° |
trece cartas de Pablo, con traducción
latina |
París |
||
|
E |
Basiliensis |
8° |
los Evangelios, con algunas
lagunas |
Basilea |
||
|
E |
Laudianus |
7° |
los Hechos, más o menos
entero, con traducción latina |
Oxford |
||
|
E |
Sangermanensis |
Siglo 10° ó 11° |
las epístolas de Pablo, es
una copia de D (Claromontanus) |
S. Petersburgo |
||
|
F |
Boreeli-Batavi |
9° |
los Evangelios, con lagunas |
Utrecht |
||
|
F |
Augiensis |
7° |
Las epístolas de Pablo,
grecolatino |
Cambridge |
||
|
G |
Harlejanus |
9° ó 10° |
Los Evangelios, con lagunas |
Londres |
||
|
G |
Boernerianus |
9° |
parte de las epístolas de Pablo, grecolatino |
Dresde |
||
|
H |
Seidelianus |
9° ó 10° |
parte de los Evangelios |
Hamburgo |
||
|
H |
Mutinensis |
9° |
fragmentos de los Hechos |
Módena |
||
|
H |
Coislianus |
6° |
fragmentos de las epístolas
de Pablo |
S. Petersburgo, París |
||
|
I ó II |
Fragmenta Palimps. Tischendorf |
5° ó 7° |
fragmentos de los
Evangelios, los Hechos, y las epístolas de Pablo |
S. Petersburgo |
||
|
K |
Cyprius |
9° |
los Evangelios |
París |
||
|
K |
Mosquensis |
9° |
las epístolas católicas |
Moscú |
||
|
L |
Regius |
8° |
les Evangelios, más o menos
enteros |
París |
||
|
L |
Angelicus Romanus |
9° |
los Hechos y las epístolas
católicas (antes G, Boerner) y las epístolas de
Pablo |
Roma |
||
|
M, S, U, V, P |
|
9° y 10° |
los Evangelios |
|
||
|
D |
Sangallensis |
9° |
los Evangelios, con
traducción latina interlineal |
|
||
|
L |
|
9° (?) |
Lucas y Juan |
|
||
|
N, O, P, Q, R, T, X, Y, Z, G, Q, X |
|
|
fragmentos de los Evangelios |
|
||
|
|
manuscrito publicado por Tischendorf y cedido
por el archimandrita ruso Porfirio |
6° y 9° |
Hechos, epístolas,
Apocalipsis |
|
||
|
VERSIONES ANTIGUAS |
||||||
|
|
La antigua versión LATINA (muy incorrectamente llamada ITALA), del segundo siglo, en manuscritos, la mayoría de
los siglos 5° y 6°, a saber: Vercellensis - Veronensis
- Colbertinus - Cantabr.
- Palatinus Vindobonensis
- Brixianus - Petrop. - Corbej. - Sangermanensis - (Claromontanus) Vatic. - Vindobonensis - (Bobb.) Taur. - Rehdigerianus Vratislay, - Vatic. - Sangallensis - Monacensis. La VULGATA LATINA, traducción hecha por Jerónimo, al final del 4° siglo,
en manuscritos de los siglos 6°, 7° y 8°. La version SIRÍACA de una parte de los
Evangelios, descubierta por el Dr. Cureton, de
fecha muy antigua; - la versión SIRÍACA conocida como PESHITA,
del 2° siglo. Las versiones TEBAICA o SAHÍDICA, de fines del
2° siglo; MENFITA o COPTA, del 3° siglo. La versión GÓTICA, de fines del 4° siglo. Las versiones ETIÓPICA y ARMENIA, de alrededor del 5° siglo. |
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|
PRINCIPALES PADRES GRIEGOS y LATINOS en cuyos escritos se hallan citas de la Escritura |
||||||
|
GRIEGOS |
LATINOS |
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|
Siglos 1°, 2° y 3° |
||||||
|
CLEMENTE de Roma; IGNACIO (Antioquía);
POLICARPO (Esmirna); JUSTINO MÁRTIR (Roma); TEÓFILO
(Antioquía); IRENEO (Lyon); CLEMENTE, ORÍGENES y DIONISIO (Alejandría);
HIPÓLITO (Roma) |
TERTULIANO y CIPRIANO (Cártago) |
|||||
|
Siglos 4° y 5° |
||||||
|
METODIO (Olimpo y Tiro); EUSEBIO (Cesarea); ATANASIO (Alejandría); BASILIO (Cesarea); EFRÉN (Edesa), quien
escribió en siríaco; CIRILO (Jerusalén);
EPIFANIO (Chipre); GREGORIO de Nacianzo
(Constantinopla); GREGORIO de Nisa; CIRILO (de Alejandría); CRISÓSTOMO (Constantinopla); TEODORETO (Ciro) |
LACTANCIO; HILARIO (Poitiers); LUCIFER (Cagliari);
AMBROSIO (Milán); HILARIO, el diácono (Roma); JERÓNIMO (Roma y Palestina);
AGUSTÍN (Hipona); RUFINO (Aquileya
y Jerusalén); FULGENCIO (Ruspe); SEDULIO |
|||||
|
Siglo 6° |
||||||
|
HESIQUIO (Jerusalén); ANDRÉS
(Capadocia) |
CASIODORO; PRIMASIO |
|||||
|
Siglos 7° y 8° |
||||||
|
ANDRÉS (Creta); JUAN DAMASCENO |
BEDA, el
venerable, (Inglaterra) |
|||||
|
Siglos 9° y 10° |
||||||
|
ECUMENIO; TEOFILACTO;
EUTIMIO |
|
|||||