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LA
SEPARACIÓN DEL MAL ES EL
PRINCIPIO DIVINO DE LA UNIDAD J. N.
Darby |
La unidad es una necesidad presente ante el avance
del mal
Todo cristiano
sensato siente hoy la falta de unidad. Todos sentimos el poder del mal que nos
acecha. Las seducciones del pecado se aproximan tan cerca, sus rápidos y
gigantescos progresos son tan evidentes, y afectan de una manera tan íntima los
sentimientos particulares que caracterizan a toda clase de cristianos, que no
es posible que sean ciegos a lo que pasa alrededor de ellos, por poco que
aprecien la verdadera fuerza y el carácter de este mal. Mejores y más santos
sentimientos también despiertan en ellos la conciencia de un peligro común que
los amenaza, peligro que amenaza la causa de Dios —en tanto ésta es confiada a
la responsabilidad del hombre— por parte de aquellos que nunca ahorraron ni
ahorrarían esfuerzos por destruirla. Y dondequiera que el Espíritu de Dios obre
para hacer apreciar a los santos la gracia y la verdad, esta acción tiende y
conduce a la unión, porque no hay más que un solo Espíritu, una sola verdad y
un solo cuerpo.
Los sentimientos que
produce la conciencia del progreso del mal, pueden ser diversos. Algunos,
aunque sean pocos en número, tal vez todavía confían en los baluartes en que
tanto tiempo se han apoyado, baluartes cuya fuerza residía solamente en el
respeto que demandaban, el cual ya no existe más. Otros confían en un poder
imaginario de la verdad, poder que la verdad nunca ha ejercido sino en una manada pequeña, porque
Dios y la obra de su Espíritu estaban allí. Otros pusieron su esperanza en una
unión que jamás ha sido todavía un instrumento de poder a favor del bien, es
decir en una unión por acuerdo y de convención. Otros todavía se sienten
obligados a abstenerse de participar en una unión semejante, por motivo de
acuerdos ya existentes, o de ciertos prejuicios, de manera que la unión tienda
a formar nada más que un partido. Pero el sentimiento de peligro es universal.
Uno siente que aquello que por mucho tiempo fue tenido en menos como mera
teoría, ahora se hace, prácticamente, sentir demasiado como para poder ser
negado; si bien la inteligencia de la Palabra, que había hecho prever el mal a
aquellos que fueron objetos de esta burla, puede ser todavía rechazada y
despreciada.
Dónde se encuentra la verdadera unidad
Pero este estado de
cosas conlleva dificultades y peligros de una clase particular para los santos,
y conduce a buscar dónde está el camino del fiel, y dónde se encuentra la
verdadera unidad. Debido a la excelencia misma y al precio de la unidad,
aquellos que por mucho tiempo apreciaron el valor y comprendieron la obligación
de mantenerla, que pesa sobre los santos, corren peligro de dejarse guiar por
el impulso de aquellos que se negaron a ver estas cosas cuando les fueron
presentadas a la luz de las Escrituras; están expuestos a dejarse inducir a
abandonar los principios y el camino mismo que su comprensión más clara de la
Palabra divina los había conducido a abrazar, previendo la tormenta venidera.
Esta preciosa Palabra les había enseñado que la tormenta se aproximaba, y,
mientras la estudiaban con calma, les había mostrado el camino que ella traza
para el creyente en ese tiempo, y la verdad para todos los tiempos. Ahora se
les insta a abandonar este camino para seguir la vía que sugiere a la mente del
hombre el peso de los temores que habían anticipado; se los quiere empujar a
una vía que, aunque pueda tener su fuente en un impulso bueno, no era trazada
por la Palabra de Dios cuando ésta era escudriñada en paz. Pero ¿debían los
fieles desviarse de la senda que la inteligencia, generalmente rechazada, de la
Palabra les enseñó, para seguir la luz de aquellos que no quisieron ver?
Los peligros de la unidad a cualquier costo
Éste, sin embargo,
no es el único peligro al cual están expuestos los santos; mi objetivo tampoco
es detenerme en los peligros, sino considerar el remedio. Hay en la mente del
hombre una tendencia constante a caer en el sectarismo, y a establecer una base
de unión que es exactamente lo contrario a lo que acabo de hacer alusión, a
saber, un sistema de una clase o de otra, al cual la mente se aferra y
alrededor del cual los fieles y otros se reúnen, un sistema que, pretendiendo
estar basado en el verdadero principio de la unidad, considera como cisma todo
lo que se separa de él, asociando el nombre de unidad a lo que no es el centro
y plan divinos de la unidad. Dondequiera que esto suceda, se verá que la
doctrina de la unidad se convierte en la sanción de alguna especie de mal
moral, de algo contrario a la Palabra de Dios; y la autoridad de Dios mismo,
que se vincula a la idea de unidad, viene a ser, merced a este último
pensamiento, un medio de comprometer a los santos a permanecer en el mal.
Además, uno es forzado a perseverar en este mal a causa de todas las
dificultades que encuentra la incredulidad para separarse de aquello en que
está establecida, de aquello a lo que se aferra el corazón natural, y que, en
general, es la esfera en que los intereses temporales encuentran su
satisfacción.
Ahora bien, la
unidad es una doctrina divina y un principio de Dios; pero como el mal es
posible dondequiera que la unidad se asume por sí misma a fin de constituir una
autoridad decisiva, en cuanto el mal entre, la obligación forzosa de unidad
liga al mal, porque la unidad, donde existe el mal, no debe ser quebrantada.
Tenemos de esto un ejemplo notorio en el catolicismo. La unidad de la Iglesia,
allí, constituye el gran fundamento del razonamiento papista, y esta unidad
sirvió de pretexto para mantener el mundo, podemos decirlo así, en todas las
atrocidades que fueron sancionadas, prevaliéndose del nombre del cristianismo, de
una autoridad para asociar a las almas con el mal, hasta que su propio nombre
se volvió vergonzoso para la conciencia natural del hombre. La base de la
unidad puede pues, encontrarse, en alguna medida, en el liberalismo que surge
como consecuencia de la falta de principios; o en la estrechez de una secta
formada sobre la base de una idea; o, tomada en sí misma, puede basarse en la
pretensión de ser la Iglesia de Dios, y así, en principio, favorecer tanta
indiferencia respecto del mal como convenga al cuerpo o a sus dirigentes
tolerar, o hasta donde Satanás los pueda arrastrar.
¿Qué unidad es la que Dios realmente reconoce?
Si, pues, el nombre
de unidad es tan poderoso en sí mismo, y en virtud de las bendiciones que
también Dios mismo ha vinculado a ella, nos conviene comprender cuál es la
unidad que Dios realmente reconoce. Esto es lo que me propongo examinar,
reconociendo que el deseo de esta unidad es algo bueno, y que varias de las
tentativas hechas para llegar a ella, contienen elementos de piedad, aun cuando
los medios empleados no aporten a nuestro juicio la convicción de que son de
Dios.
Nadie puede negar
que es necesario que Dios mismo sea el centro y la fuente de la unidad, y que
sólo él puede serlo tanto en poder como por derecho. Un centro de unidad fuera
de Dios, cualquiera que sea, es por ende una negación de su Deidad y de su
gloria, un centro independiente de influencia y de poder, y Dios es el justo,
verdadero y único centro de toda verdadera unidad. Todo lo que no depende de
este centro es rebelión. Pero esta verdad tan simple, y tan necesaria para el
cristiano, ilumina inmediatamente nuestro camino.
La caída del hombre
es lo contrario de esto. El hombre era una criatura subordinada, y, además,
“figura de aquel que había de venir”; quiso ser independiente, y es, en el
pecado y la rebelión, el esclavo de un rebelde más poderoso que él, ya en la
dispersión de las voluntades propias particulares, ya en la concentración de
estas voluntades en el dominio del hombre en la tierra. Es menester, pues, que
demos un paso más; es necesario que Dios sea un centro de bendición, así como
de poder, cuando se rodea de huestes o multitudes unidas y moralmente
inteligentes. Sabemos que castigará a los rebeldes con eterna destrucción fuera
de Su presencia, abandonándolos al tormento sin esperanza de su odio y de su
egoísmo individuales y privados de todo centro; pero es necesario que el mismo
Dios sea un centro de bendición y santidad, ya que él es un Dios santo, y es
amor. La santidad en nosotros —a la vez que, por su naturaleza, es separación
del mal—, consiste precisamente en tener a Dios, al Santo —que también es amor—
por objeto, centro y fuente de nuestros afectos. Él nos hace participantes de
su santidad (porque él es esencialmente separado de todo mal, que él como Dios
conoce, pero como lo contrario de lo que él mismo es); pero en nosotros, la
santidad debe consistir en que nuestros afectos, nuestros pensamientos y toda
nuestra conducta tengan su centro en él, y deriven de él, manteniendo esta
posición en una entera dependencia de él. Más tarde me referiré al
establecimiento y al poder de esta unidad en el Hijo y en el Espíritu: pero
hago hincapié aquí en la grande y gloriosa verdad misma que constituye el
objeto de estas páginas.
El gran principio de la unidad es verdadero incluso en
cuanto a la Creación.
El gran principio de
la unidad es verdadero incluso en cuanto a la Creación. Ella fue formada en la
unidad, y Dios era el único centro posible. Será nuevamente restaurada a la
unidad, teniendo a Cristo, su centro, por Cabeza: el Hijo, por quien y para
quien fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:16). La gloria del hombre (y
también su miseria como hombre caído) es ser hecho así un centro, en la
posición que se le asignó —”la imagen de Aquel que ha de venir”—;[1] pero, lamentablemente, una
vez que cayó, la falsificación de aquél en un estado de rebelión en esta misma
posición. Que yo sepa (y no me atrevo a decir más), los ángeles nunca fueron
constituidos el centro de ningún sistema; pero el hombre, sí. Era su gloria ser
el señor y el centro de este mundo inferior —teniendo a Eva asociada, pero
dependiente, como compañera y ayuda—. Él era la imagen y la gloria de Dios (1.ª
Corintios 11:7). Su dependencia le hacía mirar hacia arriba, y en esto está la
verdadera gloria y la bienaventuranza para todos, excepto Dios. La dependencia
mira hacia arriba, y es así exaltada por encima de sí misma; la independencia
no puede sino mirar hacia abajo (porque no puede, en una criatura, llenarse de
sí misma), y se degrada. La dependencia es la verdadera grandeza de una
criatura, cuando el objeto de que depende es el que corresponde. El estado
primitivo del hombre no era la santidad en el sentido propio de esta
palabra, porque el mal no era conocido. El estado del hombre (aunque un estado
de creación feliz y bendecida) no era un estado divino; era un estado de inocencia.
Pero esta inocencia se perdió cuando el hombre quiso ser independiente. Si el
hombre vino a ser como Dios, conociendo el bien y el mal, se volvió como tal
con una conciencia culpable, el esclavo del mal que conocía, y en una
independencia en la cual no podía mantenerse, al tiempo que había perdido
moralmente a Dios para depender de Él.
La unidad, tras la entrada del pecado, se basa en la
separación del mal
Con este estado
—pues debemos volver ahora a la presente cuestión práctica de la unidad— con el
hombre en este estado, Dios tiene que tratar, si se ha de alcanzar una unidad
real y verdadera que Dios pueda reconocer. Ahora bien, es necesario aún aquí
que Dios sea el centro, no solamente en poder creador, pues el mal existe, el
mundo yace en maldad, y el Dios de unidad es el Dios santo. La
separación, la separación del mal, viene a ser, pues, la base necesaria y el
único principio —no digo el poder— de la unidad. Porque es necesario que Dios
sea el centro y el poder de esta unidad, y el mal existe, y es necesario que
aquellos que deben formar parte de la unidad de Dios estén separados de esta
corrupción, porque Dios no puede unirse de ninguna manera al mal.
No hay unidad práctica sin separación del mal
La separación del
mal, insisto, es, pues, el gran principio fundamental de toda unidad verdadera.
Sin esta separación, la unidad asocia más o menos la autoridad de Dios al mal,
y es rebelión contra Su autoridad, como lo es toda autoridad independiente de
Él. Bajo sus formas más modestas, es una secta;
bajo su forma más completa, es la gran
apostasía, y una de las características de esta apostasía, ya como poder
eclesiástico, ya como poder secular, la constituye la unidad; pero una unidad
basada en la sujeción del hombre a lo que es independiente real o abiertamente
de Dios, porque lo es de su Palabra; una unidad que no está basada en la
sujeción a Dios, al Dios santo, según su Palabra[2], y por el poder del Espíritu que actúa en aquellos que son unidos, y por
la presencia de aquel que es el poder personal de la unión en el cuerpo. Pero
esta separación de la que hablo, aún no está establecida por el poder
judicial de Cristo, que separa, no el bien del mal, ni lo precioso de lo vil,
sino lo vil de lo precioso, desterrando el mal de delante de él por un juicio
que ata la cizaña en manojos y los echa en el horno de fuego, recogiendo de Su
reino a todos los que sirven de tropiezo: Satanás mismo y sus ángeles serán
arrojados, y todas las cosas a continuación serán reunidas en uno en Cristo, en
los cielos y en la tierra. Entonces el mundo, no la conciencia, será librado
del mal, no por el poder y el testimonio del Espíritu de Dios, sino por el
juicio que no permitirá el mal, sino que en seguida cortará a todos los malos.
No estamos ahora, lo
repito, en los días de esta separación judicial del mal respecto del bien en el
mundo, como el campo que pertenece a Cristo, mediante el exterminio y la
destrucción de los malos. Pero la unidad no es por eso abandonada ni borrada
del pensamiento de Dios, ni tampoco puede Dios reconocer la unión entre el bien
y el mal. Hay un solo Espíritu y un solo cuerpo. Él congrega en uno a
los hijos de Dios que estaban dispersos (Efesios 4:4; Juan 11:52).
Ahora bien, el
principio general es éste: Dios obra en medio del mal para producir una unidad
de la cual Él es el centro y la fuente, y que, en la dependencia, reconoce Su
autoridad. No realiza aún esta unidad por la expurgación judicial de los malos.
Él no puede unirse con los malos, ni reconocer una unidad que les sea de
provecho.
¿Cómo, pues, se lleva a cabo el principio de separación
para la unidad?
¿Cómo, pues, se
formará esta unidad? Dios separa a “los llamados”, del mal: “salid de en medio
de ellos, y apartaos..., y yo os recibiré... y vosotros me seréis hijos e
hijas, dice el Señor Todopoderoso”, como está escrito: “habitaré y andaré entre
ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2.ª Corintios 6:16-18).
El principio de
unión se pone de relieve claramente aquí. Dios dice: “salid de en medio de
ellos, etc.” No habría podido formar una verdadera unidad en torno a él de otra
manera. Puesto que el mal existe —y que incluso es nuestra condición natural—
no puede haber unión que tenga por centro y poder al Dios Santo, sino por la
separación del mal. La separación es el primer elemento de unidad y de unión,
como ya lo venimos repitiendo.
Veamos ahora más de
cerca la manera en que esta unidad se efectúa y en qué se basa. Es necesario,
para formarla, que haya un poder intrínseco de unión, que la mantenga unida a
un centro, así como un poder que separa del mal, y, una vez determinado este
centro, rehusar todos los otros. El centro de unidad es necesariamente único y
sin rival. El cristiano no tiene que buscar mucho aquí; este centro, es Cristo,
el objeto de los consejos divinos, la manifestación de Dios mismo, el único y
solo vaso de poder mediatorio, teniendo el derecho de unir la Creación, como
aquel por quien y para quien todas las cosas fueron hechas, y de unir la
Iglesia, por ser su Redentor, su Cabeza, su gloria y su vida (compárese
Colosenses 1). Cristo tiene una doble primacía: es “cabeza sobre todas
las cosas a la iglesia, la cual es su
cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23). Esto se cumplirá en su
tiempo.
Nos ocupamos, por el
momento, del período intermedio, de la unidad de la propia Iglesia, y de su
unidad en medio del mal. Ahora bien, no puede haber ningún poder moral que sea
capaz de unir lejos del mal, excepto Cristo. Él solo, quien es la gracia y la
verdad perfectas, descubre todo el mal que separa de Dios, y del cual Dios
separa. Él solo, de parte de Dios, puede ser el centro de atracción que atrae a
sí mismo a todos en los cuales Dios actúa así. Dios no reconocerá ningún otro.
No hay otro de quien se pueda dar testimonio, que esté moralmente calificado
para concentrar todos los afectos que son de Dios y que tienen a Dios por
objeto. La misma redención hace este hecho necesario y evidente: No puede haber
sino un solo Redentor; no puede haber sino uno solo a quien un corazón redimido
pueda entregarse, y sobre el cual un corazón divinamente regenerado pueda
concentrar todos sus afectos, Él solo, el centro y la revelación del amor del
Padre. También Él es el centro del poder para realizar todo esto. “En él mora
toda la plenitud” (Colosenses 1:19). El amor, y Dios es amor, se conoce en él.
Él es la sabiduría de Dios y el poder de Dios, y más aún, es el poder separador
de atracción, porque Él es la manifestación de todo esto y el que lo cumple en
medio del mal. Y esto es lo que nosotros, pobres y miserables seres que estamos
en este mal, necesitamos; y es esto, si podemos expresarnos así, lo que Dios necesita para su gloria separadora
en medio del mal. Cristo se sacrificó a sí mismo para establecer a Dios, en
amor separador, en medio del mal. Había más que eso: la obra de Cristo tenía un
alcance mucho mayor; pero hablo aquí de lo que se relaciona con mi tema
actual.
Así Cristo viene a
ser, no solamente el centro de unidad para el universo en su glorioso título de
poder, sino —como el revelador de Dios, como el que ha sido reconocido y
establecido por el Padre y como el que atrae a los hombres— que viene a ser un
centro especial y particular de afectos divinos en el hombre, un centro
alrededor del cual, como único centro divino de unidad, los hombres están
reunidos; pues, en efecto, si Cristo es el centro, es necesariamente el único centro: “El que conmigo no
recoge, desparrama.”
Tal era, en cuanto
al tema que nos ocupa, el objeto mismo y el poder de la muerte de Cristo: “Y
yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32).
De una manera más especial, él se dio a sí mismo no solamente para “la
nación”, sino “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”
(Juan 11:51-52). Pero, aquí también, encontramos esta separación de un pueblo
particular: “Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda
iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito
2:14). Él era el modelo mismo de la vida divina en el hombre, en la separación
del mal que lo rodeaba por todas partes. Era el amigo de los publicanos y los
pecadores, haciendo oír a los hombres los dulces acentos de la gracia por un
amor tierno y familiar; pero Él fue siempre el hombre separado; y es tal como
centro y Sumo Sacerdote de la Iglesia: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía:
Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores”, y agrega la
Escritura: “hecho más sublime que los cielos”.
La unidad une a un Cristo celestial
Podemos observar
aquí de paso que el centro y objeto de esta unidad es celestial. Un Cristo vivo
sobre la tierra vino a ser un instrumento para mantener la enemistad, dado que
se sometió él mismo a la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas
(Gálatas 4:4; Efesios 2:15). Así pues, aunque la gloria divina de su persona se
extendiera necesariamente sobre este muro de separación, como una rama fértil
de gracia hacia los pobres gentiles que pasaban por afuera (Génesis 49:22;
Marcos 7:27) (y no podía ser de otra manera, ya que allí donde había fe, Cristo
no podía negar que él mismo era Dios; ni podía negar lo que Dios era, es decir,
amor), sin embargo, como hombre nacido de mujer, nació “bajo la ley”. Pero por
su muerte, derribó la pared intermedia de separación, e hizo de ambos, judíos y
gentiles, uno solo, reconciliando a ambos en un solo cuerpo a Dios, haciendo la
paz. Por lo tanto, Cristo vino a ser el centro y el único objeto de unidad, por
el hecho de haber sido “levantado”, y finalmente “hecho más sublime que los
cielos.”
Observemos de paso
aquí, que la mundanalidad destruye siempre la unidad. La carne no puede
ascender al cielo, ni descender en amor a todas las necesidades. Ella anda en
la comparación separadora de su propia importancia: “Yo soy de Pablo...” (1.ª
Corintios 1:12). “¿No sois carnales y andáis como hombres?” (1.ª Corintios 3:3).
Pablo no había sido crucificado por los corintios; ni habían sido bautizados
ellos en el nombre de Pablo. Sus pensamientos habían descendido al nivel
terrenal, y esto mismo había sido hecho de la unidad. Pero el glorioso Cristo
celestial los abrazó a todos en una sola palabra: “¿Por qué me persigues?”
(Hechos 9:4). Esta separación de todo lo que no era él, fue más lenta entre los
judíos, porque habían sido exteriormente el pueblo de Dios, un pueblo separado;
pero después de haberles mostrado todo lo que eran, el inspirado apóstol dijo a
los discípulos: “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su
vituperio” (Hebreos 13:13). El Señor quería que hubiese, como resultado, un
solo rebaño y un solo Pastor, y Él llevó afuera a sus propias ovejas y fue
delante de ellas (Juan 10).
De hecho, tan pronto
como mostramos que la unidad es el pensamiento de Dios, la separación del mal
será la consecuencia necesaria; pues ella existe como principio en el llamado
de Dios antes de la propia unidad. La unidad es Su propósito, y puesto que Dios
es el único centro legítimo, la unidad debe ser el resultado de un santo poder;
pero la separación del mal es la naturaleza misma de Dios. Así cuando Dios
llama a Abraham públicamente, le dice: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y
de la casa de tu padre” (Génesis 12:1).
Pero prosigamos.
Según lo que vimos, es evidente que el Señor Jesús ascendido es el objeto
alrededor del cual la Iglesia se agrupa en la unidad: Él es la cabeza y el
centro de la Iglesia. Éste es el carácter de la unidad de los que son de Cristo
y su separación del mal y de los pecadores. Sin embargo, no habían de ser
retirados del mundo, sino guardados del mal, y santificados por la verdad,
habiendo sido el mismo Jesús puesto aparte con este fin (Juan 17). Por eso, el
Espíritu Santo fue enviado aquí abajo, no solamente para la manifestación
pública del poder y la gloria del Hijo del Hombre, sino para identificar a los
llamados con su Cabeza celestial, y para separarlos del mundo en el cual debían
permanecer; y el Espíritu Santo vino a ser aquí abajo el centro y el poder de
la unidad de la Iglesia en nombre de Cristo, habiendo Cristo derribado la pared
intermedia de separación, reconciliando a ambos en un cuerpo mediante la cruz.
Los santos, así “congregados en uno”, formaron la morada de Dios por el
Espíritu (Efesios 2). El Espíritu Santo mismo vino a ser el poder y el centro
de la unidad —aunque en el nombre de Jesús— de un pueblo separado tanto de
entre los judíos como de los gentiles, y librado de este presente siglo malo,
para estar unido a su Cabeza gloriosa. Por medio de Pedro, Dios visitó a los
gentiles para sacar de ellos un pueblo para Su nombre; y en medio de los
judíos, había un remanente según la elección de la gracia, como Pablo mismo,
uno de ellos, fue separado de Israel y de los gentiles, a quienes fue enviado.
La realización práctica de la unidad y el poder del
Espíritu Santo
Tal invariablemente
fue el testimonio. “Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en
tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). La separación
del mal es necesariamente el primer principio de comunión con Él. Cualquiera
que ponga esto en tela de juicio es mentiroso y, por tanto, del maligno;
contradice el carácter de Dios. Si la unidad depende de Dios, debe ser
separación de las tinieblas. Sucede lo mismo con nuestra comunión los unos con
los otros. “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión
unos con otros” (1.ª Juan 1:7). Notemos que no hay aquí ningún límite; la
Escritura dice: “como Dios está en luz”. En esta luz el bendito Señor nos
colocó mediante su preciosa redención, y por ella ha de formarse todo el
carácter de nuestra marcha y de nuestra unión. No podemos tener ninguna
comunión con Dios fuera de la luz. Para los judíos era diferente, porque su
separación —aunque fue una verdadera separación y, por lo tanto, la misma en
principio—, fue solamente una separación exterior
en la carne, el camino del Lugar Santísimo aún no se había manifestado, ni
siquiera para los santos, aunque, según los consejos de Dios, debían tener su
lugar allí en virtud del sacrificio que debía ofrecerse.
Sucede lo mismo con
la “comunión los unos con los otros”. “¿Qué compañerismo tiene la justicia con
la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia
Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo
hay entre el templo de Dios y los ídolos?” Y luego, dirigiéndose a los santos,
el Espíritu Santo agrega: “Porque vosotros sois el templo del Dios viviente,
como Dios dijo: habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo” (2.ª Corintios 6:14 y siguientes). De otra manera, provocamos a celos
al Señor, como si fuésemos más fuertes que él. Agregaré que la Cena del Señor es el símbolo y la
expresión de esta unidad, porque “siendo uno solo el pan, nosotros, con ser
muchos, somos un cuerpo: pues todos participamos de aquel mismo pan” (1.ª
Corintios 10:17). Vemos aquí muy claramente que, como la unidad de Israel estaba
basada en la liberación y en el llamamiento que separó a Israel de los gentiles
y en el mantenimiento de esta separación, así también la unidad de la Iglesia
está basada en el poder del Espíritu Santo descendido del cielo, que aparta del
mundo, para Cristo, a un pueblo particular en medio del cual mora: Dios mismo
habita así y anda en medio de ellos, pues hay “un cuerpo, y un Espíritu, como
fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación” (Efesios
4:4). El nombre mismo de Espíritu Santo, ¿no nos enseña la misma lección? Pues la
santidad, es la separación del mal. Además, cualquiera que sea nuestra
imperfección en la realización práctica de esta separación, ella tiene siempre
necesariamente su principio y su medida en la “luz”, “como Dios está en luz”,
habiéndose manifestado el camino del Lugar Santísimo, y descendido el Espíritu
Santo para permanecer en la Iglesia aquí abajo, en poder de separación
celestial, como centro y poder presente de unidad, exactamente lo que había
sido antes el “Shekinah” —la nube de la presencia divina— en Israel. Él
establece la santidad de la Iglesia y su unidad en su separación para Dios,
según Su propia naturaleza divina, y según el poder de esta presencia. Tal es
la Iglesia, y tal es la verdadera unidad. Un santo no puede, inteligentemente,
reconocer ninguna otra, aunque pueda reconocer deseos y esfuerzos para hacer el
bien, allí donde no se logra el bien.
La unidad y la disciplina
Podría terminar aquí
mis observaciones, habiendo desarrollado el grande, aunque sencillo principio,
que deriva de la misma naturaleza de Dios, a saber, que la separación del mal es el principio divino de unidad. Sin
embargo, una dificultad que se vincula a mi tema principal se presenta aquí.
Suponiendo que el mal se introduzca en el cuerpo así formado ahora en la
tierra, el principio ¿seguiría siendo igualmente verdadero? Y en este caso,
¿cómo podrá la separación del mal mantener la unidad? Aquí podemos mencionar el
misterio de la iniquidad (2.ª Tesalonicenses 2); pero el principio de que
hablamos, que deriva de la naturaleza misma de Dios que es santo, no
puede abrogado. La separación del mal es la consecuencia necesaria de la
presencia del Espíritu de Dios, en toda circunstancia, en lo que concierne a la
conducta y a la comunión; pero aquí sufre una determinada modificación. La
presencia revelada de Dios es siempre judicial, allí donde existe, porque el
poder contra el mal se vincula con la santidad que lo rechaza. Asimismo, en
Israel, la presencia de Dios era judicial; el gobierno de Dios, que no permitía
el mal, se ejercía. Así también, aunque de otra forma, en la Iglesia. La
presencia de Dios allí también es judicial; “ellos no son del mundo”, excepto
en testimonio, porque Dios aún no está revelado en el mundo, y, por lo tanto,
no arranca la cizaña de ese campo (Mateo 13); mas ella juzga “a los que están
dentro”. Por eso la Iglesia debe quitar de en medio de ella al malo (1.ª
Corintios 5:13), y mantener así su separación del mal. La unidad es mantenida
por el poder del Espíritu Santo y por una buena conciencia; y para que el
Espíritu no sea contristado, y la bendición práctica no se pierda, se exhorta a
los santos a que miren bien, no sea que “alguno deje de alcanzar la gracia de
Dios” (Hebreos 12:15). Cuán dulce y bendito es este huerto del Señor cuando es
mantenido en este estado, y florece exhalando el perfume de la gracia de
Cristo. Pero, lamentablemente, sabemos que la mundanalidad se introduce y el
poder espiritual declina; el gusto por esta bendición se debilita porque no se
disfruta en el poder del Espíritu Santo; la comunión espiritual con Cristo, la
Cabeza celestial, decae, y cesa el ejercicio vivo del poder que rechaza el mal
de la Iglesia. El cuerpo no es suficientemente vivificado por el Espíritu Santo
para responder al pensamiento de Dios. Pero Dios no se deja nunca sin
testimonio. Él conduce al cuerpo a la conciencia del mal mediante uno u otro
testimonio, por la Palabra o por juicios o por ambos medios sucesivamente, para
recordarle su energía espiritual, y llevarle a mantener la gloria de Dios y el
lugar de esta gloria. Si el cuerpo rehusara responder a la verdadera naturaleza
y al carácter de Dios, y a la incompatibilidad de esta naturaleza con el mal,
de modo que viniera a ser realmente un falso testigo para Dios, entonces el
primero e inmutable principio reaparece: es necesario separarse el mal.
La unidad que se
mantiene después de una separación como ésa, se convierte en un testimonio de
la compatibilidad del Espíritu Santo con el mal, lo que equivale a decir que
ella, en su naturaleza, es “la apostasía”; ella mantiene el nombre y la
autoridad de Dios en su Iglesia y lo asocia con el mal. No es la apostasía
abierta y profesada de la incredulidad reconocida y confesada, sino la negación
de Dios según el verdadero poder del Espíritu Santo, al tiempo que se hace uso
de su nombre. Esta unidad es el gran poder del mal, indicado en el Nuevo
Testamento, vinculado a la Iglesia profesante y a la apariencia de piedad.
Debemos apartarnos de esta iniquidad. Este poder del mal en la Iglesia se
discierne espiritualmente, y es abandonado cuando se tiene la conciencia de la
imposibilidad de efectuar cualquier remedio, o bien, si hay un testimonio
público visible, este testimonio es entonces la condenación abierta de ello.
Así pues, antes de la Reforma, Dios arrojó luz a muchos que mantuvieron un
testimonio respecto de este mismo mal en la Iglesia profesante, manteniéndose
aparte de ella; algunos dieron testimonio y, sin embargo, permanecieron en su
seno. Cuando surgió la Reforma, este testimonio fue dado abierta y
públicamente, y el cuerpo profesante del catolicismo romano se volvió abierta y
confesadamente apóstata, lo cual se hizo evidente en el Concilio de Trento, y
tan apóstata como le fuera posible serlo a un cuerpo cristiano profesante. Pero
dondequiera que el cuerpo rehúse poner fuera el mal, este cuerpo, en su unidad,
niega el carácter santo de Dios, y entonces la separación del mal es el camino
del fiel, y la unidad que haya abandonado es el mayor mal que pueda existir
allí donde se invoca el nombre de Cristo. Es probable que algunos santos
permanezcan en los sistemas unidos al mal, como algunos, de hecho,
permanecieron en el Catolicismo, allí donde no hay poder para reunir a todos
los santos juntos; pero el deber del fiel, en casos como éstos, le está
claramente trazado por los principios elementales del cristianismo, aunque, sin
duda, su fe pueda verse ejercitada por ello. “Apártese de iniquidad todo aquel
que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19). Es posible que “el que se
aparta del mal se hace presa de todos” (Isaías 59:15, versión JND); pero queda
claro que eso no cambia en nada el principio; es cuestión de fe. El que se
separa en semejantes casos, está en el verdadero poder de la unidad según Dios.
Conclusión
Así pues, la Palabra
de Dios nos enseña cuál es la verdadera naturaleza, objeto y poder de la
unidad; nos da así la medida por la cual podemos juzgar lo que tiene la
pretensión de ser esta unidad y por la cual distinguimos el carácter; y, además,
nos proporciona el medio de mantener los principios fundamentales de la unidad,
según la naturaleza y el poder de Dios, por el Espíritu Santo, en la
conciencia, allí donde esta unidad pueda no realizarse al mismo tiempo en
poder.
La naturaleza
de la unidad surge de la naturaleza de Dios; porque Dios debe ser el centro de
la verdadera unidad, y Dios es santo; y él nos introduce en la unidad
separándonos del mal. Su objeto es Cristo: él es el único centro de la
unidad de la Iglesia, objetivamente como su Cabeza. El poder reside en
la presencia del Espíritu Santo aquí abajo, enviado como el Espíritu de verdad,
de parte del Padre por Jesús (Juan 14). Su medida, es una marcha en la
luz, como Dios está en luz, la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo;
y, podemos añadir: por el testimonio de la Palabra escrita,
especialmente la Palabra apostólica y profética del Nuevo Testamento. Esta unidad está edificada sobre
el fundamento de los apóstoles y profetas (del Nuevo Testamento), siendo
Jesucristo mismo la piedra del ángulo. El medio de conservarla, es
echando fuera el mal, judicialmente si fuera necesario, para mantener por el
Espíritu, la comunión con el Padre y con el Hijo. Si el mal no es quitado,
entonces la separación de aquellos que no lo quitan, viene a ser un asunto de
conciencia. Es necesario volver, aunque fuese solo, a la unidad esencial e
infalible del cuerpo, en sus principios eternos de unión con la Cabeza, en una
naturaleza santa por el Espíritu. El camino del fiel se torna así claro. Sin
duda Dios asegurará, por su eterno poder (no aquí abajo, quizás, sino ante sus
ángeles) la justificación de aquellos que han reconocido debidamente Su
naturaleza y Su verdad en Jesucristo.
Creo que estos
principios fundamentales, que he tratado de sacar a luz aquí, son de la más
imperiosa necesidad para el creyente que desea andar fiel y enteramente con
Dios. Puede ser doloroso y difícil mantenerse alejados de la unidad
latitudinaria [3]; ella, en general, tiene una apariencia agradable; es, en determinadas
condiciones, respetable en el mundo religioso; no pone a prueba la conciencia
de nadie, y permite la voluntad de todos. Es mucho más difícil llegar a una
decisión en cuanto a ella, por cuanto a menudo está acompañada de un verdadero deseo del bien, y asociada a la
naturaleza amable. Rehusarse a andar en ese camino, parece ser rígido, estrecho
y sectario; pero cuando el fiel tiene la luz de Dios, debe andar claramente en
esa luz. Dios justificará sus caminos a su debido tiempo. El amor hacia todos
los santos es un deber (Efesios 1:15); andar en sus propios caminos, no lo es;
y el que no recoge con Cristo, desparrama. No puede haber sino una sola unidad;
una confederación o alianzas, incluso para bien, no son esta unidad, aunque
puedan tener la apariencia. La unidad que profesa ser la de la Iglesia de Dios,
mientras el mal existe y no es quitado, es algo todavía más serio. Se la verá
siempre asociada al principio clerical,
porque el clero es imprescindible para mantener la unidad cuando el Espíritu
Santo no es su poder, y de hecho que el clero toma el lugar del Espíritu, guía,
manda, gobierna en Su lugar, bajo el nombre de sacerdocio o de ministerio,
reconocido como un cuerpo distinto, como una institución aparte. Esta falsa unidad
no se mantendría sin el apoyo del clero.
J.N.D.
NOTAS
[1] N. del A.— Véase Efesios 1. Nos dio a conocer el misterio
de su voluntad: reunir todas las cosas en Cristo, en quien hemos recibido
herencia.
[2] N. del A.— Esto es característico de la unidad independiente. Creo que
llegará a un estado de abierta infidelidad, y que será una manifestación del
poder de Satanás. Pero supongamos que no lo sea así abiertamente: es evidente
que la sujeción a Dios se demuestra por la sujeción a su Palabra. Ahora bien,
la autoridad de la Iglesia en el catolicismo romano es, por confesión propia,
precedente a la autoridad de la Palabra, y no se le permite al conjunto de los
santos ser los objetos inmediatos de la Palabra de Dios, ni conducirse según
ella (es decir, someterse a directamente ella). Ellos deben estar sujetos a la
iglesia: que la iglesia lo permita o no, no hace ninguna diferencia. Pues quien
lo permite, también lo puede impedir —impedir que Dios se dirija en forma
directa a los santos—. Pues ésta es la verdadera controversia dentro del
Protestantismo: no simplemente el derecho que tiene el hombre de acceder a la
Biblia, sino el derecho de Dios de dirigirse al hombre de forma directa a
través de su Palabra; y más particularmente de dirigirse a cada uno de Sus
siervos, o a aquellos que lo profesan ser.
[3] N. del T.— Unidad representada hoy día por el movimiento
ecuménico (en el cual la verdad de Dios se compromete).