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EL SACRIFICIO
DE ABEL Génesis 4; Hebreos 11:4 William Kelly |
Si tomamos la historia del jardín de Edén en su conjunto,
veremos en ella un todo en el más pleno sentido, y un sucinto pero completo cuadro
de los caminos de Dios. El hombre puesto bajo responsabilidad, e incluso bajo
la ley, fue pecaminoso, y mostró ser un verdadero pecador; y fue echado fuera
del lugar de residencia, donde Dios lo visitaba para tener comunión con Él.
Pero Dios no lo envió fuera para comenzar un nuevo mundo lejos de Él mismo sin
dar el más pleno testimonio a la soberana gracia que hizo frente al mal. La
desnudez del hombre era la expresión de la inocencia que se había perdido. La
vergüenza y la culpa, y un temor culpable de la presencia de Dios, constituían
ahora el estado del hombre: Dios en su soberana gracia resolvió esto. Vistió a
Adán con aquello que provino de la muerte, y Sus ojos tenían Su propia obra
ante Él. Esto no decía que el hombre estuviese desnudo en sí mismo, sino que
Dios mismo, habiendo tomando conocimiento de ello en gracia, había cubierto su
desnudez. El presente estado fue perfecta y plenamente provisto, y el poder del
mal juzgado en el futuro. De aquí en adelante el poder de la simiente de la
serpiente sería destruido.
Pero el hombre, echado fuera así de delante de Dios, con
la inocencia perdida, comenzó un nuevo mundo, y entonces surgió necesariamente
la pregunta: «¿Puede tener el hombre algo que decir a
Dios?; y ¿cómo?» Ahora bien, es claro que si Dios obró en el hombre, Él no
podía ni por un momento ser indiferente a lo que había sucedido; y más claro
aún es el hecho de que Dios no podía ser indiferente al estado del mal que
había llevado al hombre adonde se encontraba ahora, y que fue expresado por lo
que él era en pecado y lejos de Dios. Aquello que era el triste resultado para
el hombre, Dios lo vio como el mal estado en él.
La expulsión del paraíso puso al hombre en una vía
judicial fuera de aquel lugar, aunque no de manera irrecuperable. Él estaba
allí moralmente, y surgió la pregunta: «¿Podía
acercarse a Dios?» En realidad, ahora no podía, mientras fuere insensible al
estado en el cual había entrado; en éste permanecería aún tan alejado de Dios
como siempre, y Dios, en Su gobierno y testimonio públicos, no podía dar
testimonio de recibir al hombre en ese
estado. Y ésta es la nueva plataforma sobre la que se hallan Caín y Abel:
la de un acercamiento a Dios hallándose en un estado que fue el resultado de la
expulsión de Su presencia. ¿Nos acercamos a Dios como si nada hubiese pasado,
en relación con las circunstancias y los deberes cotidianos del lugar en el
cual hemos entrado, o, en cambio, conscientes de la pecaminosidad de este
estado, conscientes de nuestra caída, y elevando nuestras miradas a Dios en
nuestras conciencias como aquellos que las hemos adquirido por el pecado? Todo
cristiano lo sabe. Y nótese bien aquí, que no se trata de pecado cometido, sino
de la conciencia de nuestra verdadera condición delante de Dios.
Caín va a Dios con el fruto de su esforzada labor (el
hombre había sido enviado para cultivar la tierra). Tal es el verdadero estado
práctico del hombre echado fuera. En Abel, en cambio, la fe tenía sus
percepciones. El pecado había entrado, y, por el pecado, la muerte; y la fe lo
reconocía. “Ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para
siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”
(Hebreos 9:26). Esto no era la purificación de los pecados actuales cometidos
por el individuo. De éstos se habla inmediatamente después como un tema aparte
y distinto, que agrega el juicio, pero un juicio ya pronunciado para aquellos
que miran a Él como Aquel que llevó nuestros pecados, Aquel que vino a ser Él
mismo el Juez (Hebreos 9:26-28).
Tenemos cuatro
mundos, por así decirlo, en este aspecto:
1.
El
huerto de Edén
2.
Un
mundo ya no más inocente, sino un hombre apartado de Dios y echado fuera hacia
un lugar donde el pecado y Satanás reinan.
3.
Un
mundo en el cual Cristo reina en justicia, y
4.
Los
nuevos cielos y la nueva tierra, donde mora
la justicia.
Tenemos un mundo inocente (que ahora ya pasó) donde el
hombre fue probado sin el mal en él por la simple obediencia. El mundo final,
basado en la justicia, que nunca cambia en su naturaleza, y que no puede
cambiar en su estabilidad moral
Pero tan pronto como el pecado había entrado y
caracterizado el mundo y el estado del hombre, los términos sobre los cuales el
hombre podía estar con Dios debían ser cambiados, por cuanto Dios no podía
cambiar. El hecho de que un Dios santo y una creación pecaminosa tuviesen que
estar en los mismos términos, como si ésta fuese inocente, simplemente no podía
ser. La libre y feliz comunión sería imposible. Podía haber un clamor por
gracia de parte del hombre (un reto por el terreno sobre el cual el hombre se
hallaba), pero no una libre relación. Que Dios sea amor, no altera este hecho.
Su amor es un amor santo, pues Él es luz; pero “los hombres amaron más las
tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19).
Admito y creo que el libre y soberano amor de Dios
originado por sí mismo, constituye la fuente de todo nuestro gozo, esperanzas y
bendiciones, eternos e infinitos como lo son. Pero Dios ejerce ese amor
mediante la introducción de un Mediador en la muerte: no aquí mediante el
derramamiento de sangre para pagar la culpa, sino en la perfecta entrega de Sí
mismo a Dios en lo que era la muerte, como tal, y el fruto del pecado. Se
ofreció la gordura (Génesis 4:4) así como la sangre, pero no ofrecida como tal
para perdón, sino para aceptación en Otro, el cual se dio a sí mismo
completamente a Dios en la muerte, la cual había entrado. Y adviértase que las
almas podían acercarse a Dios: cada cual venía con su ofrenda.
Caín vino como si nada hubiese pasado, y tanto así que
trajo a Dios como ofrenda lo que era señal del estado arruinado en el cual
había entrado, pero que él no reconocía como de ruina. No había fe en ello. En
Abel sí la había. Él ofreció por la fe ―la cual reconocía que la muerte
había entrado por el pecado―, pero que Otro se había dado a Sí mismo por
él, una ofrenda hecha por fuego de olor grato. Porque hay dos cosas: “Al que
nos amó, y nos lavó de nuestros pecados” (Apocalipsis 1:5) y “Cristo nos amó, y
se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor
fragante” (Efesios 5:2). La primera había de purificar los pecados precedentes;
la otra señalaba el valor y la preciosura de Aquel en quien somos aceptos,
“aceptos en el Amado” (Efesios 1:6). Ahora bien, se trataba de una cuestión de
aceptación al venir delante de Dios; y Dios no aceptó a Caín. Él aceptó a Abel;
pero el testimonio fue dado de sus dones. Abel fue acepto, pero el testimonio
de Dios era respecto a lo que él trajo:
la vida de otro en todas sus energías y perfección entregada a Dios en la
muerte.
Otra cosa debemos observar aquí: no se trataba de Dios que
presentaba algo al pecador. Eso era una “propiciación (ιλαστήριον) por medio de la fe en su sangre”
(Romanos 3:25). Aquí se trata de Abel que se presenta a sí mismo a Dios, pero
viniendo mediante la aceptación y perfección de Otro que se había dado a sí
mismo por él. Y esto es propiciación. Ahora, decir que Dios podía recibir a un
pecador tal como si recibiera a una persona inocente, equivale a decir que Dios
es indiferente al bien y al mal. Y adviértase aquí que no se hizo una diferencia conforme a un cambio interior que los ojos de
Dios hayan visto (aunque sí había tal cambio, pues la fe estaba obrando en
el corazón de Abel), sino una estimación
judicial de parte de Dios, de los dones que Abel trajo, de Cristo en figura, de
Cristo ofrecido en sacrificio; y para esto tenemos la expresa autoridad de la
Epístola a los Hebreos. Se trataba de un sacrificio propiciatorio como
fundamento de la aceptación delante de Dios; de lo contrario, faltaría toda la
base de la posición de un mundo caído, toda la base moral de la preferencia de
Abel a Caín.
Se admite que el amor, el amor que elige, puede haber
estado allí; pero el fundamento de la aceptación, tal como la Escritura lo declara
(véase Hebreos 11) faltaría si el sacrificio propiciatorio no fuese aceptado.
Para ganar la justicia segura delante de Dios, y para la aceptación del
creyente, conforme al valor que es en Cristo, Él se ofreció a sí mismo
absolutamente sin mancha para gloria de Dios. “Ahora es glorificado el Hijo del
Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también
le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará” (Juan 13:31-32). La fe
creyó en esto entonces, y halló se fruto. Abel fue acepto, y lo fue
distintivamente sobre la base de lo que trajo, de sus dones. Caín no trajo
ninguna de esas ofrendas; él tenía que ser aceptado en sí mismo solamente, y no
lo fue. La fe mira a este sacrificio, y encuentra aceptación y bendición conforme
al valor de Cristo a los ojos de Dios.
Sólo quisiera agregar ahora que Dios nos dio a Cristo para
este fin. Él “envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1.ª Juan
4:10). En ello está la obra del amor que se genera a sí mismo, pero la obra efectiva
del sufrimiento consiste en llevar a cabo en justicia ese amor. Dios no permita
que debilitemos la confianza en el amor del Padre. “El que permanece en amor,
permanece en Dios, y Dios en él.” “Y nosotros hemos conocido y creído el amor
que Dios tiene para con nosotros” (1.ª Juan 4:16).
Es, pues, cierto que Abel ―estando el hombre
caído― buscó el rostro de Dios y su aceptación delante de Él mediante un
sacrificio, de cuyo valor Dios dio testimonio, “por lo cual alcanzó testimonio
de que era justo” (Hebreos 11:4). Fue un sacrificio que reconoció que la muerte
había entrado, pero que, como fue presentado, llevaba el carácter de Aquel que
se ofreció a sí mismo para gloria de Dios. No estaban en tela de juicio los
pecados actuales, sino el estado del hombre y su aceptación delante de Dios
sobre la base de la muerte mediatoria, en la cual la propia gloria de Dios
solamente fue buscada por parte del hombre en obediencia, y en la cual el don
más elevado de la gracia resplandeció por parte de Dios en amor.
Pero aquí, en directa relación con nuestro tema, hay otro
punto, menos abstracto, posiblemente más estrecho en cuanto a sus resultados,
pero que trata más directamente con la conciencia, y de ahí su necesidad
actual. Si un hombre cree de corazón (es decir, convencido de su culpa) en el
Señor Jesucristo, no vendrá a juicio; sabe que es perdonado y justificado, que
tiene paz con Dios, y se regocija en la esperanza de Su gloria, y confía en
Dios para toda su senda hasta el fin. “Bienaventurado el hombre a quien Jehová
no culpa de iniquidad” (Salmo 32:2): no que no haya cometido ninguna, sino que
ha sido llevada por Otro. Otro ha sido sustituido en su lugar por gracia, El
cual tomó el cargo de la culpa sobre sí mismo, “quien llevó él mismo nuestros
pecados en su cuerpo sobre el madero” (1.ª Pedro 2:24). No se trata aquí de la
base sobre la cual se halla el género humano delante de Dios, como en el caso
de Abel, y que, como principio general, reconoce toda la verdad; sino de
pecados actuales cometidos, con los cuales trató y los cuales quitó de la
presencia de Dios Aquel que fue “molido por nuestros pecados; el castigo de
nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías
53:5).
Ahora bien, esto, llámelo por la palabra que le plazca,
era Una persona puesta en el lugar de otra, y que luego de esa manera toma los
pecados y sus consecuencias sobre Sí mismo para que éstos no recaigan en lo más
mínimo sobre la persona, que era ella la culpable, en juicio o en consecuencias
penales. Pero ellos sí recaen sobre todos aquellos que no se hallan bajo este
beneficio sustitutorio, y con los tales Dios entra en juicio respecto de ellos.
Pues del pueblo de Dios será dicho: “Como ahora”, no lo que los hombres han
hecho, sino “¡Lo que ha hecho Dios!” (Números 23:21-23).
La sustitución, pues, es una verdad que la Escritura
enseña con máxima certeza; es decir, una persona asumiendo el lugar de otra,
Cristo llevando los pecados del individuo en Su propio cuerpo sobre el madero,
siendo molido por ellos en lugar del culpable, el cual es curado por las llagas
que Cristo recibió. Pues “todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada
cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos
nosotros” (Isaías 53:6).
William
Kelly
(Bible
Treasury vol. 17, p. 321-323)