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El Sermón del Monte Cristo y la ley de Moisés William Kelly |
La autoridad de la ley es plenamente mantenida
“No
penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para
abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el
cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que
todo se haya cumplido” (Mateo 5:17-18).
En esta sección que sigue del Sermón
del Monte, entramos en un muy importante tema. El Señor había
declarado el carácter de los herederos del reino de los cielos y luego
la posición propia que les corresponde como tales. Él
declaró
“bienaventurados” a aquellos a quienes los hombres
habrían considerado necio calificarlos de ese modo. Declaró
bienaventurados y felices a aquellos que fueran menospreciados, aborrecidos,
perseguidos, etc., por causa de la justicia y por amor a Su nombre, algo que
sonaba extraño a oídos de un judío que esperaba la venida
del Mesías para recibirlo conforme a las promesas hechas a los padres, y
según los profetas, el cual pondría a Israel en una
posición de preeminencia sobre el mundo, lo cual comprendería la
destrucción de sus enemigos, la humillación del gentil y la
gloria de Israel. Sin embrago, el Señor insiste en declarar
bienaventurados únicamente a los primeros, bienaventurados con un nuevo
tipo de bendición muy superior a la que un judío pudiese
concebir. Y esto es parte de los privilegios en los que nosotros también
somos introducidos por la fe de Cristo.
Ahora bien, si había esta nueva y
sorprendente clase de bendición —tan extraña para los
pensamientos del Israel según la carne—, ¿cuál era la relación de la doctrina de Cristo, y
del nuevo estado de cosas que estaba por ser introducido, con la ley? Si el
Mesías vino de Dios, ¿acaso la ley no? Ésta fue dada
ciertamente por Moisés, pero procedía de la misma fuente. Si
Cristo introdujo aquello que fue tan inesperado incluso para los
discípulos, ¿cómo habría afectado esta verdad a
aquello que habían recibido previamente por medio de inspirados siervos
de Dios, y para lo cual ellos tenían la propia autoridad de Dios? Si se
debilita la autoridad de la ley de Dios, claramente se destruirían los
fundamentos sobre los que descansa el Evangelio, porque la ley era de Dios, tan
ciertamente como el Evangelio. Por esa razón, se suscitó una
pregunta de trascendental importancia, en especial para un israelita:
¿cuál era el impacto del reino de los cielos, de la doctrina de
Cristo acerca de él, sobre los preceptos de la ley?
El Señor inicia este tema (desde el v. 17
hasta el fin del capítulo tenemos la cuestión abordada) con estas
palabras:
“No penséis que he venido para
abrogar la ley o los profetas” (v. 17).
Ellos podrían haber pensado que
Jesús había venido para eso por el hecho de que había
introducido algo que no estaba mencionado en la ley ni en los profetas; pero
“No penséis” —dice— que he venido para abrogar
la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir”.
Tomo este vocablo “cumplir” en su más amplio sentido
posible. El Señor, en su propia persona, cumplió la ley y los
profetas, en justa sujeción y obediencia en Sus propios caminos. Su vida
aquí abajo manifestó su belleza desde el comienzo sin ninguna
imperfección. La muerte del Señor fue la más solemne
sanción que la ley jamás recibió o pudo recibir; por
cuanto la maldición que ella pronunció sobre el culpable, el
Salvador la llevó sobre sí mismo. Antes que Dios reciba deshonra,
no hubo nada que el Señor no tuviese que padecer. Pero, además,
creo que las palabras de nuestro Señor permiten una aplicación
adicional. Hay una expansión de la ley, o
δικαίωμα (dikaioma), que confiere a su
elemento moral el más amplio alcance, de modo que todo lo que honraba a
Dios en ella, debía ser puesto de manifiesto en su poder y
extensión más plenos. Ahora se dejaba a la luz del cielo caer
sobre la ley, y la ley interpretada, no por el hombre débil y falible,
sino por Aquel que no tenía ninguna razón para pasar por alto una
sola jota de sus demandas; cuyo corazón, lleno de amor, sólo
pensaba en la honra y en la voluntad de Dios; cuyo celo por la casa de su Padre
lo consumía; y quien devolvió lo que no había quitado
(Salmo 69:4). ¿Quién sino Él podía exponer la ley
de esta manera, no como los escribas, sino en la luz celestial? Porque el
mandamiento de Dios es sobremanera amplio, ya sea que veamos el fin de toda
perfección en el hombre, o la suma de ella en Cristo.
La justicia práctica del creyente
Lejos de anular la ley, el Señor, por el contrario,
la ilustró de la manera más brillante que nunca, y le dio una
aplicación espiritual, para la cual el hombre no estaba preparado en
absoluto antes que Él viniese. Y esto es lo que el Señor procede
a hacer en una parte del maravilloso discurso que sigue. Después de
decir “hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde
pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (v. 18),
agrega: “De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos
muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy
pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera
que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el
reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que
la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los
cielos” (v. 19-20).
Nuestro Señor va a abordar ahora con
más detalle los grandes principios morales de la ley en mandamientos que
emanan de Él mismo y no meramente de Moisés, y muestra que
éste es el medio principal por el cual los hombres serían
probados. Ya no se trata más meramente de una cuestión de los
diez mandamientos pronunciados en Sinai; sino que, a la vez que reconoce el
pleno valor de los tales, Él habría de desplegar todo el
pensamiento de Dios de una manera muchísimo más profunda de lo
que jamás se habría podido imaginar antes, a fin de que
ésta fuese, desde entonces, la gran prueba.
Luego, cuando se trata del uso práctico de estos mandamientos Suyos, Él dice: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (v. 12). Esta expresión no hace la menor referencia a la justificación delante de Dios, sino a la apreciación práctica de las justas relaciones del creyente hacia Dios y hacia los hombres, así como a la marcha práctica en ellas. La justicia de la que se habla aquí es enteramente de una naturaleza práctica. Esto puede resultar bastante chocante para muchas personas, las cuales pueden quedar algo perplejas tratando de entender cómo la justicia práctica es convertida en el medio de entrar en el reino de los cielos. Pero, permítaseme repetir, el Sermón del Monte nunca nos muestra la manera en que un pecador ha de ser salvo. Si hubiese la menor alusión a la justicia práctica en lo que respecta a la justificación de un pecador, habría un motivo para alarmarnos; pero no puede haber ninguna confusión para el creyente que entiende y que está sujeto a la voluntad de Dios. Dios insiste en que haya piedad en su pueblo. Sin santidad “nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). No puede haber duda de que el Señor, en el capítulo 15 de Juan, muestra claramente que las ramas que no lleven fruto habrán de ser cortadas, y que así como las ramas secas de la vid natural son echadas en el fuego y arden, así también los que profesan el nombre de Cristo pero no dan fruto, no pueden esperar mejor suerte.
Llevar fruto es la prueba de vida. Por todas las Escrituras se
declaran estas cosas en los más enérgicos términos. En
Juan 5:28-29 se dice: “Vendrá
hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y
los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas
los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” o
de “juicio”. Claramente, no hay ningún ocultamiento de la
solemne verdad de que Dios tendrá, y tiene que tener, lo que es bueno, santo y justo en los
suyos. Quienes no se hallan caracterizados como hacedores de lo que es
aceptable a los ojos de Dios, no son para nada parte del pueblo de Dios. Pero
si estos frutos fuesen puestos ante un pecador como medio de reconciliación
con Dios, o de tener los pecados borrados delante de Él, ello
sería la negación de Cristo y de Su redención. Pero basta
sostener que todos los medios de ser llevados cerca de Dios se hallan en Cristo
—que la única manera por la cual un pecador es introducido dentro
de la esfera de bendición de Cristo es por la fe, sin las obras de la
ley—, basta sostener esto y se verá que no queda lugar para la
menor incoherencia ni ninguna dificultad para entender que el mismo Dios que
confiere a un alma la facultad de creer en Cristo, obra en esa alma por el
Espíritu Santo para producir todo lo que es según Él en la
práctica. ¿Para qué da Él la vida de Cristo y el
Espíritu Santo, si tan sólo la remisión de los pecados
fuera necesario? Pero Dios no está satisfecho con esto. Él
comunica la vida de Cristo a un alma y da a esa alma una persona divina para
morar en ella; y, como el Espíritu no es fuente de debilidad ni de
temor, “sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:
6), Dios busca caminos en los suyos acordes con Su santidad y espera que
ejerzan discernimiento y sabiduría espiritual mientras atraviesan la
presente escena de prueba.
Si bien los ojos ignorantes miraban con
admiración y con respeto la justicia de los escribas y fariseos, nuestro
Señor declara que una justicia de tan baja estofa no es suficiente. La
justicia que asiste al templo cada día, que se enorgullece de hacer
largas oraciones, de dar grandes limosnas, y de anchas filacterias, no
podrá permanecer en la presencia de Dios. Debe haber algo más
profundo y más acorde con la santa y amorosa naturaleza de Dios. Ya que
con toda esa apariencia de religiosidad exterior, lo más probable es que
falte —como generalmente era el caso— conciencia de pecado y de la
gracia de Dios.
Esto demuestra la suprema importancia de tener, como primera cosa, nuestros pensamientos en orden acerca de Dios; y sólo podemos tener la noción justa de las cosas una vez que recibimos el testimonio de Dios acerca de su Hijo. En el caso de los fariseos, vemos hombres pecaminosos que niegan sus pecados, oscureciendo y negando por completo el verdadero carácter de Dios como el Dios de gracia. Estas verdades eran rechazadas por los religiosos de entonces, y su justicia era tal como se podía esperar de gente que ignoraba a Dios y su propia condición ante Él. Con eso ganaban reputación, pero nada más que eso. Ellos buscaban su recompensa ahora, y la tuvieron. Pero el Señor dice a los discípulos: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.”
El
fundamento de la justicia práctica
Permítaseme formular la pregunta aquí: ¿De qué manera Dios cumple esto en relación con un alma que cree ahora? Hay un gran secreto que no sale a luz en este sermón. En primer lugar, hay un enorme peso de injusticia en el pecador. ¿Cómo hay que hacer para tratar esa situación, y cómo un pecador es hecho apto para ser introducido en el reino de los cielos? El pecador tiene que nacer de nuevo; adquiere así una nueva naturaleza, una vida que fluye tan plenamente de la gracia de Dios, como el hecho de llevar sus pecados dependió de la cruz de Cristo. La justicia práctica tiene su fundamento. El verdadero principio de toda bondad moral en un pecador —como ya se ha dicho, y como es menester reiterarlo una y otra vez— es la conciencia y la confesión de su falta de ella, o, si se prefiere, de su maldad. Nunca hallaremos nada justo para con Dios en un hombre hasta que él reconozca que en sí mismo está todo mal. Cuando él desciende hasta sus propias miserias, entonces es llevado a acudir a Dios, y Dios le revela entonces a Cristo como Su don para el pobre pecador. Moralmente, está destruido, sintiendo y reconociendo que está perdido, a menos que Dios se haga presente para tratar su caso; recibe a Cristo, y entonces ¿qué?: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47).
¿Cuál es la naturaleza de esa vida? Es perfectamente justa y santa en carácter. El hombre es hecho en seguida apto para el reino de Dios. “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Pero, en lo que respecta a cuándo se nace de nuevo, el Señor no entra en detalles aquí tampoco. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6). Los escribas y los fariseos solamente obraban por la carne y en el poder de ella; no creían estar muertos a los ojos de Dios, como tampoco lo creen los hombres hoy. Pero el que cree, empieza por creer que es un hombre muerto, que necesita una nueva vida, y que la nueva vida que recibe en Cristo es apta para el reino de los cielos. Dios actúa precisamente en esta nueva naturaleza, y opera por el Espíritu Santo esta justicia práctica; de modo que permanece totalmente cierto, en el más pleno sentido, el hecho de que “si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Pero el Señor aquí no explica cómo tiene lugar esto. Él simplemente declara que lo que iba acorde con la naturaleza de Dios, no debía hallarse en la justicia humana, judía, y que debía ser para el reino.
W. Kelly