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EL RACIONALISMO El abuso de la razón humana 1 Corintios
2:6-16 William Kelly |
1. Uso y abuso de la razón con respecto a
las Escrituras
Mi objetivo, al
escribir estas líneas, no es rebajar el lugar de la razón, tal como ha sido
dada por Dios al hombre. Ella es un admirable y bello instrumento que Dios puso
en las manos del hombre, pero cuya acción no debe salir de su propia esfera. El
racionalismo es el abuso de la razón,
pero de ninguna manera su resultado necesario. El racionalismo es la razón que
se introduce en la esfera de Dios y de Su revelación para negar tanto al uno
como a lo otro, de hecho, si bien no abiertamente. Y esto es precisamente lo
que me propongo combatir, no exponiendo, como sería fácil hacerlo, la necedad
de las pretensiones de este sistema y el peligro de sus conclusiones, sino, en
la medida de lo posible, mediante la presentación de la verdad. El racionalismo
no aspira a la verdad; al contrario, su objetivo constante es hacer incierta la
adquisición de la verdad. Tiende, pues, a volver a sumergir al hombre en esas
mismas tinieblas de donde la revelación de Dios lo saca con absoluta certeza.
El apóstol, en el
pasaje que acabamos de leer (1 Corintios 2:6-16), ataca la raíz misma de esta
trampa para el espíritu del hombre, y el mismo principio, no hace falta
decirlo, se encuentra casi por todas partes en las Escrituras. El hecho mismo de la existencia de una
Biblia testifica contra las propias aserciones de la sabiduría humana,
puesto que, de un extremo al otro, la Biblia afirma que ella es la Palabra de
Dios, y no solamente que hay en sus páginas un elemento divino que la razón
debe descubrir y separar de los elementos humanos que lo envuelven. En ninguna
parte de su Palabra, Dios enseña, ni da a entender, ni admite semejante
aserción.
2. Problemas a nivel de la autoridad de la
Escritura
Cristo cita la Escritura como autoridad suprema
Felizmente también,
vivimos en una época de la revelación divina en la que podemos introducir lo
que todos, excepto incrédulos declarados, deben reconocer como una autoridad
decisiva. No hago alusión a las hipótesis de los hombres, quienesquiera que
sean. Hablo del más santo y humilde de entre los nacidos de mujer, de Aquel
que, verdaderamente hombre, no consideró como un objeto de rapiña el ser igual
a Dios. Ahora bien, la autoridad del Señor Jesucristo debe ser ciertamente
definitiva. Siempre que el Señor Jesucristo cita la Escritura, es como una
norma suprema contra la cual no se puede apelar. Mantiene tan plenamente su
autoridad, de manera que excluye toda idea de que pudiese encontrarse en la
Palabra de Dios alguna cosa que pueda poner de manifiesto la debilidad de los
instrumentos de barro que la gracia de Dios empleó.
Aunque dada por medio
del hombre, jamás ella se llama la «palabra del hombre», sino la palabra de Dios. Pero aunque Dios
empleó instrumentos humanos para escribirla, éstos fueron inspirados por Dios de tal modo que, a la vez que conservaron su
carácter individual, presentaron de una manera perfecta la verdad de Dios y sólo eso. Así se manifiesta en parte
la sabiduría de Dios en la inspiración. No deja al hombre de lado, sino que
introduce a Dios con una perfección invariable, ya que si lo introdujese de
manera parcial habría dejado subsistir el viejo elemento de las dificultades y
la incertidumbre[1].
Ninguno de los que
reciben las palabras del Señor Jesús tal como fueron dadas por sus discípulos
puede negar este hecho. En efecto, es evidente que él mismo habla siempre como
alguien que nos da las palabras de Dios, y que él prometió a sus discípulos el
poder del Espíritu Santo, para que puedan también comunicar la palabra de Dios.
Uno de sus principales discípulos fue el gran apóstol Pablo, quien sin duda no
conoció a Jesús en los días de Su carne, pero que afirma que él no es en nada
inferior al los más excelentes en palabras y obras. (Juan 3:34; 7:16; 14:26; 1
Corintios 2:13; 2 Timoteo 3; 2 Pedro 3:15-16).
El racionalismo rebaja a Cristo
Consideremos un momento
la importancia de este hecho. No puedo admitir que después de haber reconocido
la bondad, la humildad, la perfección de Jesús, se discutan sus palabras. Es lo
que hace el racionalismo, el cual pone así al desnudo toda su insensatez. Nada
puede ser más injurioso que hablar del Señor Jesús de una manera patrocinadora
—por decirlo así—, reconocer la intachable integridad del Salvador y, al mismo
tiempo, negarse a sacar la inevitable conclusión que se deriva de sus palabras
y de sus actos. Sé que algunos estilan insinuar que el Señor Jesús no estaba
por arriba de los prejuicios de su tiempo, y que compartía las ideas de los
judíos. ¿Puede alguno hablar así y admitir que Jesús es Dios? ¿Acaso tiene Dios
prejuicios? ¿Acaso Él no se mueve por encima de las variables nociones del
hombre en la tierra? Ahora bien, el Señor Jesús, durante todo el curso de su
ministerio, se ocupó reiteradamente en poner en evidencia de la manera más
simple y clara, un tema que no cede a ningún otro en importancia vital, que
concierne a usted, a todo hijo de hombre, no solamente al creyente, sino
también al incrédulo; tema por el cual toda alma deberá dar cuenta a Dios. Es,
pues, imposible hallar otra cosa que nos afecte de manera más práctica, más
inmediata, más solemne.
Por todas partes, vemos
al Señor Jesús, primero de una manera general y luego también en los menores
detalles, en el gozo y en el dolor, en lo que concierne a los demás y en lo que
concierne a sí mismo, en su vida y hasta en su muerte, en todo momento y en
cualesquiera circunstancias, le vemos por todas partes mostrando la estima que
tiene —la estima que Dios tiene— de la Escritura, de la Palabra escrita de
Dios. Y esto resalta de una manera notable en una época en la que incluso
aquellos que manipulan libremente la Escritura con un espíritu que no es el
conveniente, deben sin embargo aceptarla como una autoridad decisiva. Digo esto
para los que querrían insinuar que nuestro Señor Jesús, “en los días de su
carne”, podía haber estado bajo la posibilidad de verse afectado por las pasajeras
opiniones de su siglo.
Pero, suponiendo que
así fuese, ¿dirían lo mismo de Jesús resucitado? ¿Se pretenderá que la
resurrección no libere ni siquiera a Jesús de lo que pertenece a un mundo en el
que los sentidos, la imaginación y las tradiciones ejercen sin duda sus
diversas influencias en la mente y el lenguaje del hombre? Ahora bien, el Señor
resucitado aparece a aquellos que lo amaban y que, no habiendo comprendido las
Escrituras, eran probados profundamente por su muerte. En una de las conversaciones
más dulces e interesantes, Jesús parte del punto donde estaban. Y ¿de qué arma
hace uso para convencerlos? Ciertamente habría podido extraer Sus palabras de
las profundidades insondables de Su mente; habría podido abrir esas ricas y
poderosas fuentes de verdad divina que, saliendo de Su corazón, habrían
arrancado todas las dificultades del alma de aquellos que se aferraban a él y
que estaban abatidos por el pensamiento de la cruz (esa misma cruz donde Él
realizaba su redención). Pero no, nuestro Señor toma las Escrituras, la simple
palabra escrita de Dios.
Jesús apela a Moisés, los Salmos y los Profetas
Comienza por Moisés,
cita los Salmos, y los remite a los profetas, recordando así esta división tan
conocida del Antiguo Testamento en tres partes. Indico este hecho porque prueba
de la manera más decisiva que las dificultades de especulación, sobre las
cuales un número tan grande de individuos han hecho naufragio, no son en
realidad más que sus prejuicios, las nubes pasajeras de la opinión del día y no
la verdad de Dios. Es falso, es blasfemo pensar que el Señor, el Creador
eterno, cediera a los prejuicios de Su
tiempo; lo que es cierto, es que los hombres que hacen estas objeciones son
arrastrados por los pensamientos profanos de su época. El Señor marcó con el sello de su divina autoridad la
Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia. Nos la da precisamente tal
como los judíos la poseían entonces.
El pueblo de Israel
había pasado por grandes revoluciones y por profundas pruebas. En ese tiempo,
las Escrituras del Antiguo Testamento tendrían que haber sufrido algún error de
transmisión. Era imposible que, sin los más inmediatos cuidados de Dios, las
Escrituras transcritas en hebreo solamente, hubieran escapado a toda alteración
durante estas terribles crisis. Hasta el tiempo del Señor, como se recordará,
sólo se las había traducido a una lengua y de ahí que no se tuviera este
control que proporcionan las distintas versiones; porque, aunque las
traducciones en diferentes lenguas puedan, además de difundir la palabra de
Dios, poner en evidencia más o menos la debilidad humana, sin embargo, la
comparación de estas diferentes versiones hechas en diferentes lenguas
testifica justamente lo contrario. El resultado es que, cuando estas diversas
versiones hechas en diferentes tiempos y por personas tan distintas concuerdan
entre sí, ello presenta, en favor del texto, un tan unido testimonio, que sería
necesaria una mente singularmente constituida para escapar de su poder. Ahora
bien, en un tiempo como éste precisamente, cuando no existía ni podía existir
este tan vasto y unido testimonio que tenemos hoy —resultado de la difusión de
las Escrituras en todo el mundo y existente en tan grande número de lenguas—,
nuestro Señor apela a Moisés, a los Salmos y a los profetas como testigos.
Jesús respondió a Satanás sólo con las Escrituras, y este
último nunca osó esgrimir el pretexto que los hombres de hoy sugieren
Este tema no debe ser
considerado simplemente desde un punto de vista general, sino también en sus
aplicaciones prácticas. Sigamos, por ejemplo, a nuestro Señor en todas las
circunstancias de su vida, tanto en las más ordinarias como en las más
notables; él emplea siempre la misma arma. En el desierto, cuando es atacado
por Satanás, la palabra de Dios es el único medio que Jesús emplea para repeler
su ataque; y el mismo Satanás, en ese momento, no se aventura a emplear el
artificio del que algunos se sirven hoy día: no insinúa que la divina autoridad
de las Escrituras está comprometida por errores de copista, por la dificultad
de conservar la integridad del texto, etc. El resultado de la lucha entre el
Salvador y el enemigo fue evidente; pero todo dependía de la obediencia, de una
fe constante en la palabra de Dios. Más tarde, en el curso de su ministerio, en
su marcha de cada día, el Señor hace constante referencia a las Escrituras,
como el árbitro que debe aclarar toda duda y poner fin a toda controversia,
como a la verdadera, divina y única solución de todo enigma en este mundo de
oscuridad.
3. La revelación de Dios responde a las
necesidades del hombre
El relato de las Escrituras y la caída del hombre
Como primer punto, he
abordado el tratamiento de estas aplicaciones prácticas; detengámonos aún unos
instantes más a considerar el principio general. Veremos así cuán
admirablemente la revelación responde a las necesidades del hombre y a las
exigencias de la gloria de Dios.
Dios no creó al hombre
en el estado en que está ahora. No arrojó al mundo dentro de la confusión moral
en que lo vemos sumido, sin hablar de todas las miserias físicas que encierra.
Aquel que pueda concebir que un ser supremo haya hecho al hombre y al mundo tal
como son, debe tener la idea de un demonio, de un Ahrimán, y no la del
verdadero Dios. Causa asombro que un poder infinito haya creado al hombre para
ser víctima de tantos dolores; para tener el corazón rasgado por tan diversos,
intensos e incesantes males; para que el mal moral, según la propia palabra de
Dios, fuese inherente a su naturaleza (doctrina que los hechos confirman cada
día). Para aceptar un hecho semejante sería necesario tener de Dios un concepto
menos digno aún que el que el mismo racionalismo puede concebir. La palabra de
Dios sola proporciona la clave de este enigma insoluble sin ella. Según la
Escritura, Dios creó al hombre recto; cuando salió de Sus manos, el mundo y
todo lo que en él hay, eran buenos. Pero el hombre se apartó de Dios y
moralmente perdió a Dios. Los fundamentos fueron trastocados, Dios fue
abandonado y el hombre caído por su orgullosa rebelión, ¡cómo no asombrarnos si
la miseria se introdujo en el mundo! puesto que la única fuente posible de
felicidad para las criaturas radica en su comunión con Dios. El pecado destruye
necesariamente esta comunión; y el hombre, que pierde así a Dios, pasa a ser la
presa de todo el mal que el enemigo de Dios fue capaz de introducir en el mundo
para separar más profundamente y, en lo posible, de una manera más irreparable,
a la criatura de su Creador. Tal es el relato de las Escrituras. Ningún otro
puede comparársele ni explicarlo todo, de manera de justificar a Dios y dar
cuenta del estado del hombre. Hacer de Dios el autor del mal moral que se
encuentra en el hombre es una odiosa impiedad; la conciencia del hombre lo
reconoce, aun cuando éste, para excusarse, deseare que fuese así. Desde el
principio, pues, se muestra el inmenso y singular valor de la palabra de Dios.
Y sobre esto, una observación de importancia general será oportuna aquí.
Digo «la palabra de
Dios», y no en principio «la Escritura», sino la palabra de Dios, porque, antes de ser escrita, la palabra de Dios
fue dirigida verbalmente al hombre. Entonces, como siempre, ella era el único
vínculo entre él y Dios, de quien se había separado. El pecado había roto la
relación que existía entre el Creador y la criatura; la palabra de Dios viene a
establecer nuevas relaciones. Tan pronto como el hombre cayó en pecado, Dios
aparece sobre la escena, y anuncia de la manera más conmovedora, no que él
mismo destruiría a aquel que había introducido el mal, sino que la Simiente de
la mujer heriría la cabeza de la serpiente. Esta palabra de Dios vino a ser el
recurso, aunque no todavía el reposo, de la fe. Otras palabras fueron agregadas
a su debido tiempo, pero la primera promesa de gracia bastaba para que la fe
recibiese y hallase en ella la fuente de una nueva naturaleza al contemplar a
la Simiente de la mujer, al Señor Jesucristo. La palabra de Dios fue revelada
antes que la bendición pudiese venir y para que ella viniese para el hombre
separado de Dios.
Revelación oral cuando el hombre vivía mucho tiempo
En aquel tiempo, la
sabiduría y la bondad divinas no se manifestaban de la misma manera que lo
hacen ahora. La duración de la vida humana en la tierra era considerable;
alcanzaba casi los mil años, y así difería poco del término al cual deberá
llegar (si bien entonces tenía lugar la disolución del cuerpo) cuando el
Segundo hombre tome el gobierno del mundo. Entonces la bendición del hombre en
la tierra será completa y la vida llegará a su más alto desarrollo. Pero de
ninguna manera el hombre lo deberá a sus ingeniosas invenciones, ni a ninguna
panacea que haya descubierto; esta gloria está reservada a la Simiente de la
mujer, a Jesús. Se comprenderá fácilmente, pues, por qué no era necesario que
en esa época se escribiese la palabra de Dios. Pero cuando la vida del hombre
se redujo a proporciones mucho menores, cuando Dios dejó de tener sus
comunicaciones de gracia con individuos, pero eligió a un pueblo entero,
entonces su perfecta sabiduría se manifestó al confiar Su palabra a la
escritura.
Una revelación de Dios escrita y confiada a un pueblo
particular
El conjunto de estos
escritos se llamó la ley, contenida
en cuanto a sus rasgos generales y a sus fundamentos en todo el Antiguo
Testamento, pero más particularmente en los cinco libros de Moisés. A éstos se
adjunta el notable libro de Job, el
testigo de lo que Dios es para un hombre, no para un judío, sino para uno de
afuera. Lo asombroso es que los judíos, ignorantes del valor de este tesoro sin
igual, son sin embargo a quienes debemos este libro. Nos lo transmitieron sin
ver que el libro condena su estrechez, sin percibir hasta qué punto en él se
supone e incluso se afirma la misericordia de Dios hacia un extranjero, y sin
concluir que el Dios de Israel es el Dios que tuvo compasión del hombre sumido
en la miseria y en la iniquidad, del hombre que era juguete del poder de
Satanás, pero que sin embargo permanece siempre en la mano de Dios, quien
cumple Sus propios designios de elección y de gracia, designios ya determinados
antes que Satanás introduzca la tentación, y que no hace más que llevar a cabo
al tratar de estorbar, de corromper y de destruir.
Los libros de Moisés
son seguidos por múltiples testimonios más, todos a su debido tiempo. De esta
colección de escritos, llamada la
Escritura, nuestro Señor habla siempre, y de ella toma las distintas citas,
cuando la ocasión lo requería, pero en todos los casos en que la citó, él
siempre la consideró como la autoridad decisiva. Es el principio que él mismo
sienta en el capítulo 5 del evangelio de Juan en su discusión con los judíos.
Allí él justifica el juicio venidero por el peso y la variedad de los
argumentos dirigidos a sus conciencias. Apela en primer lugar al testimonio de
Juan el Bautista, a quien los judíos reconocían como un profeta. Había luego un
testimonio aún mayor: las obras de Jesús, sus milagros, los que nunca antes
tuvieron parangón en cuanto a magnitud y carácter, ya que las obras de Jesús
tenían un alcance muy especial y mucho más extendido. A continuación, el Padre
mismo dio testimonio de Jesús. Pero ¿cuál es el testimonio que el Señor reserva
para lo último y, por consecuencia, el mayor de todos moralmente? ¿Sus
palabras? No, sino los escritos de este mismo hombre que, si fuésemos a creer
al presente siglo, no hubiese escrito ninguno de los libros que llevan su
nombre, sino a lo sumo algunas leyendas fragmentarias reunidas varios siglos
más tarde en lo que se llama la ley de Moisés. Tal no era el lenguaje del Señor
de gloria. Él recomendó la lectura de los libros de Moisés, se sirvió de ellos
e hizo razonar a los demás a base de ellos como una autoridad revestida de un
carácter superior a toda palabra que pudiera pronunciarse. Éste es un punto de
capital importancia. Jesús censura a los judíos que menospreciaban a Moisés en
vez de creerle, y les dice positivamente que si no creían a sus escritos, en
vano se podía esperar que recibiesen Sus palabras (Juan 5:47). Esto no implica
de ninguna manera que los escritos de Moisés tuvieran en sí mismos alguna cosa
más divina que las palabras de Jesús; Dios nos guarde de tal pensamiento. Pero
el Señor asigna a los escritos de Moisés una autoridad que ninguna palabra
hablada podría tener. ¿Quién negará que ésta sea la doctrina del capítulo 5 de
Juan y la clara y evidente conclusión a la que se debe llegar legítimamente?
4. Las supuestas oscuridades de la
Escritura en relación con su comunicación
Dios comunica la verdad de manera apropiada al hombre
Esto me conduce a otro
punto sobre el cual deseo detenerme un momento. Se habla de «la oscuridad» de
la Escritura. No es asombroso que la Escritura sea profunda, y que la
revelación de Dios esté infinitamente por encima del hombre. Pero, ¿es por eso
oscura? Ciertamente no en el sentido de esta vaga y sombría incertidumbre de la
que padecen los hombres que tienen conciencia de su propia debilidad. Comprendo
que un hombre oscurezca la expresión de su pensamiento por una nube de
palabras, precisamente porque la materia le falta, o porque, sin que quizá se
dé cuenta, las ideas estén poco nítidas en su mente; pero para la Escritura, lo
contrario es lo verdadero. No sólo Dios ve todas las cosas tal como son
realmente, sino que él quiso comunicar la verdad (pues tal es el objeto de la
revelación) de la manera más apropiada para el hombre y mediante los
instrumentos que mejor convenían a Su gloria. Es lo que hizo. El corazón, las
costumbres, el carácter de cada autor inspirado se halla estampado en las
Escrituras; cada uno tiene su estilo y su manera, y esta variedad que Dios
quiso poner en su revelación constituye una de sus grandes bellezas. Pero la
característica esencial y distintiva que niega el racionalismo, es que este
libro que lleva el nombre elegido, el nombre específico y muy apropiado de
Escritura, sea la Palabra de Dios.
Distinción entre la Palabra escrita y Jesús “el Verbo” o
“la Palabra”
Hay otros, asimismo,
que querrían aplicar exclusivamente a Jesús la expresión: “Palabra de Dios”. Es
cierto que Jesús es el Verbo o la Palabra de Dios y que, por tal motivo, existe
entre Jesús y la Escritura un vínculo muy estrecho y característico. Hago esta
observación porque, como se ve a menudo, se halla en estas mismas oposiciones
un vínculo que las reconcilia. Es cierto que las Escrituras se llaman ellas
mismas la Palabra de Dios, y que, por otra parte, Jesús lleva el nombre de
Palabra de Dios; pero la Escritura es la palabra de Dios en un sentido muy
especial, por cuanto Dios tiene continuamente ante él a Jesús como el objeto de
la palabra escrita. Jesús es desde toda eternidad y personalmente, la Palabra
de Dios; la Escritura es la palabra de Dios escrita en el tiempo, pero el hilo,
por decirlo así, que une todas las partes, desde el Génesis hasta el
Apocalipsis, es el Señor Jesucristo, a quien, directa o indirectamente, el
Espíritu Santo nos lo presenta por todas partes.
Jesús es la verdad
La razón de este hecho
tiene un alcance de lo más profundo, y, puesto que es de un carácter general,
le echaremos un vistazo. Jesús es la
verdad. La verdad no se encuentra en ninguna otra parte. Se pueden
descubrir muchas cosas en toda clase de ámbitos, pero la verdad está en él y, separada de él, no se halla en ninguna otra
parte. Es una cosa notable que nunca la Escritura dice que el Padre es la
verdad, y que ella jamás emplea esta expresión favorita del racionalismo, a
saber, que «Dios es la verdad», expresión de la que se sirven también un gran
número de teólogos, sin reflexionar que hablan así como racionalistas. Ellos,
sin duda, no tienen ninguna mala intención, pero ciertamente están equivocados. La Escritura tiene
razón, y ella sola tiene autoridad divina. ¿De dónde viene, pues, que ella
llama a Jesús la verdad, y que nunca aplica este nombre a Dios, ni al Padre? La
razón es ésta : no puede decirse que Dios sea la verdad por cuanto “la
verdad” revela y expresa plenamente lo que es realmente una persona o una cosa.
Ahora bien, Dios es Aquel que subsiste por sí mismo, el único que puede decir:
“Yo soy”. Él tuvo a bien revelarse no solamente en la palabra escrita, sino en
Aquel y por Aquel que, siendo Dios, se hizo hombre, y que sólo así pudo ser
para el hombre la expresión misma de Dios. Así, la verdad es la expresión de lo que Dios es, y no
solamente el ser mismo de Dios. Grande es, pues, la bendición que nos aporta la
revelación que Él hizo de sí mismo por “la Palabra” en persona, por el Hijo,
quien nos dio a conocer como Padre a Dios, a quien nadie vio jamás. Esta es la
razón por la cual la Escritura llama a Cristo “la imagen del Dios invisible”
(Colosenses 1:15).
No se puede conocer a Dios directamente
Los racionalistas que
se apoyan en la expresión de que «Dios es la verdad», retroceden ante las
declaraciones de la Escritura que asignan este nombre a Cristo. ¿A qué se debe
esto? A que pretenden poder conocer a Dios directa e inmediatamente por sí
mismos y, de esta manera, lo que hacen realmente, si no formalmente, es excluir
la idea de un Mediador. Afirman que el hombre tiene la capacidad de hallar a
Dios sin ayuda exterior, sin una revelación, sin una expresión personal de sí
mismo. Tal es el vicio fatal de su sistema. Puede que no en todo sea puesto en
el mismo grado: la piedad, el respeto y la tradición impiden a veces su pleno
desarrollo. Sin embargo, si el racionalismo es considerado en su principio y es
seguido hasta sus últimas consecuencias lógicas, conduce a la exclusión
absoluta de la verdad tal como se revela en la persona de Cristo. O bien afirma
que el hombre tiene la facultad de conocer a Dios en sí mismo, o bien priva de
toda esperanza de llegar a la verdad. Por eso, o bien conduce al panteísmo, que
hace del hombre una parte de la Divinidad, o al ateísmo que niega al Dios que
no puede llegar a conocer. Tal es la filosofía del día bajo sus variadas
formas.
Dios el Padre sólo es conocido mediante Aquel que es Dios
y Hombre
La Escritura corta el
principio en su raíz, al revelarnos a Cristo como la única Persona que presenta
objetivamente la verdad, esa verdad que fue revelada en las palabras de la
Escritura. Ella aumenta así la dificultad que resulta de la imposibilidad en
que se halla el hombre como tal de conocer a Dios. En efecto, la criatura, que
sólo tiene una existencia dependiente y relativa, no puede por sí misma llegar
al conocimiento de Dios, el Ser absoluto. Una distancia infinita existe
necesariamente entre el Dios creador como tal y la criatura considerada como
tal. Y es infinitamente peor aún, cuando el pecado entra en la escena, porque
ya no se trata de una mera diferencia de naturaleza, sino que hay que agregar
ahora un abismo de separación moral entre Dios y el hombre que nadie puede
atravesar. Ahora bien, ¿cómo se cierra esta inconmensurable brecha que el
pecado abrió entre Dios y el hombre? Mediante Aquel que, descendiendo de Dios
hacia el hombre, se dignó humillarse por amor, y no solamente puso a la
Divinidad en contacto con el hombre, sino que vino para ser un hombre entre los
hombres. Aquí se muestra la gran verdad fundamental que está en el fondo de
toda verdad que viene de Dios y de toda esperanza para el hombre, verdad en la
cual la ortodoxia insiste con justicia —y no podría insistir demasiado—: que la
misma Persona bendita que descendió de lo alto para revelar a Dios y al hombre,
es a la vez tan verdaderamente Dios como hombre. Tenemos pues, por un lado, a
Aquel que es en sí mismo el Ser absoluto, ya que es Dios; pero que, por otro
lado, al ser hombre, pudo entrar en relación con los hombres, llenar el espacio
que los separaba de Dios, y dar a conocer a Dios. Pero el que fue hecho hombre
sin dejar de ser Dios, y el que une a Dios y al hombre en la misma persona, es
precisamente Aquel que podía darnos la verdad que de otra manera hubiera sido
imposible conocer. El Padre permanece en su inaccesible Divinidad; el Hijo, el
hombre Cristo Jesús, es el que viene a ser el Mediador entre Dios y el hombre.
El Espíritu trae la verdad en gracia al corazón del
hombre
Pero el conocimiento de
Dios no es la única necesidad del hombre; porque todavía su corazón permanece
rebelde. Ni el amor, ni la bondad ni la verdad que Dios revela en Cristo, ni el
sentimiento de sus necesidades, de su miseria y de su culpa, pueden por sí
solos traer al hombre a Dios y vencer la resistencia de su mente carnal contra
Dios. ¿Cómo se superará esta dificultad? Por otro gran hecho de la naturaleza
divina claramente puesto en evidencia en la palabra de Dios. No sólo vemos a
Aquel que es la verdad objetivamente, el Señor Jesús, sino también a Aquel que tiene el poder de hacer penetrar la verdad, en
gracia, en el corazón del hombre, en virtud de los consejos de Dios y de la
redención de Cristo, comunicando así al hombre una naturaleza totalmente nueva.
¿Quién es? Es el Espíritu; y por eso se dice de él, lo mismo que del Hijo, que
“es la verdad”, en 1 Juan 5:6. El Hijo es así nombrado porque aporta la verdad
en su propia persona, el Espíritu porque hace que nos apropiemos de esa verdad.
El Espíritu, que nos aporta la palabra escrita y que la mezcla con la fe en
aquellos que la oyen, viene a ser así el vínculo inmediato entre Dios y el
hombre. Tal es la manera en que Dios resuelve el asunto, y nada muestra de
manera más clara y bendita su sabiduría y su gracia. ¿Quién podrá quejarse de
falta de claridad, incluso en esta exposición de la verdad más abstracta?
Difícilmente se podría hallar, de un extremo al otro de la palabra revelada de
Dios, comunicaciones hechas con una mayor simplicidad. Sin embargo, se trata de
la verdad más elevada, de la naturaleza misma de Dios, así como de las
necesidades más profundas del hombre; sin embargo, ¿qué puede ser más claro?
5. Las supuestas oscuridades de la
Escritura en relación con su comprensión
La Escritura no se comprende si la voluntad es contraria
a Dios
Es bueno establecer
otro hecho. La razón por la cual el hombre no comprende la palabra de Dios, no
radica en el hecho de que se halle alguna oscuridad en la palabra, sino en la voluntad del hombre alejado y separado
de Dios por su propia naturaleza. Al contrario, la palabra de Dios es demasiado
clara para él; allí radica la verdadera dificultad si quisiera reconocerlo.
Reconozco que hay casos en que una duda honesta produce más trabajo de
conciencia que una fe puramente tradicional. El que acepta las cosas simplemente
porque son generalmente admitidas, cree al hombre y no a Dios; y bajo la menor
presión abandonará lo que había recibido. Dejará lo que llama su fe con la
misma facilidad con que la había aceptado: ella nunca penetró en el fondo de su
alma, nunca fue plantada por Dios allí. Cuando una cosa provoca un profundo
interés, uno nunca recibe con tanta presteza lo que se dice, en tanto que uno
puede creer o negar cualquier cosa si no tiene el menor interés en cuanto a
ella. Una fe que viene y se va tan fácilmente no es otra cosa que mera
indiferencia.
La fe supera las verdaderas dificultades
Si una persona nos
relata cierta cosa, y nosotros no mostramos ningún interés en ella y
respondemos: «puede que así sea», es porque no nos preocupa demasiado comprobar
la veracidad de un relato que no nos importa en lo más mínimo, aun cuando
parezca sospechoso. Por eso lo dejamos pasar, simplemente porque nuestro
corazón no está interesado en el asunto. Pero distinto es el caso si un hombre
viene a decir que en un país lejano alguien nos acaba de dejar una gran
fortuna: de inmediato ello atrae fuertemente nuestra atención. «No puedo
creerlo», decimos en seguida, «no tengo parientes allí». En este asunto sí
estaríamos profundamente interesados, y nos gustaría sobremanera que el relato
fuese verídico, pero las dificultades que encontramos y el tremendo interés que
despierta en nosotros, hacen que dudemos en creer y que pidamos claras pruebas
para estar plenamente convencidos del hecho. Tal es precisamente el caso de las
personas que se interesan por el testimonio de la Escritura, y es lo que ocurre
cuando el Espíritu de Dios no halla ningún obstáculo para obrar en el corazón
de ellas, de manera de hacerles realmente desear que lo que dice la Palabra de
Dios es verdad. Entonces tales hombres buscan, creen de corazón y son salvos.
El hombre se opone a la Palabra porque ella pone al
descubierto su estado
Pero la verdadera causa
de la oposición del hombre a la palabra de Dios es que le muestra y juzga su
verdadera condición, y pone enteramente al desnudo todas sus miserias. No hay
nada que el hombre deteste tanto, y contra lo cual luche con más energía, como
verse expuesto de esta manera. Sé perfectamente que un hombre endurecido en el
mal es insensible a todo reproche y que no conoce ni siquiera la vergüenza;
pero, en su estado ordinario, lo último que el hombre aceptará es el hecho de
la entera corrupción de su naturaleza. Ahora bien, la Escritura en su conjunto
apunta necesariamente a este hecho. Nunca, desde la caída, hallamos una sola
palabra de Dios referente al estado primitivo del hombre, sin que tenga esto en
vista. Una sola palabra le fue dada al hombre como norma de conducta en el
huerto de Edén —Adán y Eva no debían comer del árbol de la ciencia del bien y
del mal; cualquier otra cosa, podían comer, pero esto les estaba prohibido.
Ellos comieron, y cayeron—. Pero desde la caída, toda palabra revelada, para el
descanso de la fe, tuvo por objeto abatir al primer hombre y exaltar al
Segundo, mostrar al hombre desnudo, tal como es, caído ante Dios, pero también
presentar al Segundo hombre, al Señor Jesús, como el único libertador.
El hombre no ve las bellezas y perfecciones de la Escritura
Tal es, pues, la gran
dificultad que el corazón humano encuentra en la Escritura. No sólo ella
contiene la verdad, sino que, en todas sus partes, tiene un carácter moral:
condenar la naturaleza del hombre e introducir la voluntad de Dios. Todo, en
ella, tiende a tal efecto. No hay una sola porción de las Escrituras que no
contenga un elemento moral. Si se trata de una simple genealogía, Dios no
separa la verdad de lo que no parece ser sino una seca nomenclatura. Tomemos
por ejemplo el primer capítulo del Evangelio de Mateo. Los racionalistas, como
algunos sabrán, podrán decir que el sagrado escritor ni siquiera sabía contar
hasta catorce y que, conforme a sus propias conclusiones, su ciencia era
inferior a la del más mediocre escolar. He aquí lo que discerniría la sabiduría
humana. Pero, en cualquier caso, afirmo que este capítulo —y me refiero a esta
lista de nombres que es la parte más seca, como osan decir— lleva la marca y el
sello de Dios tan realmente, aunque menos evidentemente, como el capítulo 17 de
Juan. En cada detalle está como revestido de un designio divino lleno de
profundidad. Por no citar más que un ejemplo, ¿quién, sino Dios, habría tenido
el pensamiento de comenzar este Evangelio por los nombres de David y de
Abraham, y habría puesto en evidencia estos dos puntos capitales a partir del
primer versículo? ¿Por qué no remontarse hasta Adán, como lo hizo Lucas? David
y Abraham solos, evidentemente, convenían en el Evangelio de Mateo; mientras
que si Lucas hubiera comenzado con ellos, o si hubiese terminado allí, el plan
que el Espíritu de Dios se había propuesto en su Evangelio, no habría aparecido
con la misma perfección.
Indiqué estos hechos
para mostrar que la Escritura, en todas sus partes, está animada por un
designio lleno de poder moral, de gracia divina y de profunda sabiduría. ¿Cuál
es este designio? ¿Acaso Mateo lo conocía enteramente? No es ésta la cuestión;
el gran asunto para nosotros consiste en saber que este designio era de Dios, y que esta sabiduría estaba muy
por encima de la de Mateo. ¡Cuántos entre nosotros, sin embargo, hemos pasado
por alto estas líneas, las primeras del Evangelio, sin observar lo que
contienen! Ello se debe a que penetramos muy poco en los tesoros de sabiduría
que Dios ocultó en las Escrituras. Y su belleza es tal, que el maestro más
iluminado y el predicador más elocuente no pueden agregar nada, sino solamente
ayudar a descubrir la riqueza que en ellas se encuentran. Esto también, dicho
sea de paso, muestra que el verdadero ministerio, así como la autoridad de la
Iglesia, no se ven de ninguna manera debilitados por la afirmación de la divina
inspiración de las Escrituras. Al contrario, la Escritura es la que da
autoridad a la Iglesia; y también ella es la que proporciona todos los
materiales necesarios para el ministerio. En realidad, el ministerio en sí
mismo no es una autoridad, puesto que implica la idea de servicio, aun si se
tratare del don de presidir o estar a la cabeza (Romanos 12:8); pues admito que
entre aquellos que ejercen el ministerio, hay quienes llevan la delantera o
están a la cabeza. Lo que quiero mostrar es que la Escritura, lejos de estorbar
o de debilitar, en aquellos que sirven al Señor, lo que es bueno y de Dios, no
sólo les proporciona los más excelentes y abundantes materiales, sino que
presenta otro uso de carácter aún más distintivo e incluso único. No es
solamente una fuente de verdad, una fuente infinitamente más rica que todas las
demás minas de ciencia espiritual que se encuentran en el mundo, sino que,
sobre todo, cualquiera sea el tema de que trata, ella da la pura verdad, sin ningún error. No enseña ni la
ciencia de este último siglo ni la del primero, ni la de ningún otro, y allí
precisamente está la sabiduría de Dios. Difiere completamente de toda ciencia
humana en cuanto a su origen, su naturaleza, su carácter y su objetivo. En la
opinión de todos, el lenguaje de la ciencia a menudo ha cambiado; a menudo ha
debido modificarse debido a que es imperfecto, como todo lo que es humano. Pero
la palabra de Dios, que condesciende hasta los más humildes, nunca cambia, ni
aun para los más elevados. Ella es la expresión del único Ser inmutable; es la
permanente comunicación de la verdad para todas las almas, para todos los
lugares y para todos los tiempos. Fuera de ella no existe nada similar; nada
incluso que se le acerque.
6. Cristo en su persona, y la Escritura,
son la medida de toda verdad
Si, como lo indicamos,
ni la Iglesia, ni el ministerio son, ni pueden ser, la verdad, lo que también
deseo mostrar es que la Escritura es la verdad, porque no es solamente la pura
fuente de la verdad, sino también su única medida. Por ella podemos probar toda
aserción hecha por el hombre; y en eso se muestra, sobre todo, su carácter
divino. Como Cristo, la palabra escrita es la verdad. Si Cristo no fuese la
verdad, la Escritura no lo sería de la misma manera que lo es. Cristo en su
persona, la palabra escrita como medida de toda verdad: he aquí, en las manos
de aquellos que temen al Señor, ministros o no, la piedra de toque para juzgar
respecto de todo lo que pueda decirse o escribirse. ¡Qué tesoro inestimable es
tener la perfecta norma de verdad, y no sólo un medio de conocimiento! Podemos
tener este medio los unos de los otros: un hombre, una mujer, un niño, hasta un
tratado, como lo hemos señalado, bien pueden ser el medio de comunicar la
verdad; pero ninguno de estos medios constituye la norma: sólo la palabra de
Dios lo es. Ahora bien, la Escritura lleva este carácter porque, de una manera
directa o indirecta, tiene por objeto constante a Cristo que es la verdad. Por
eso, cualquiera que sea el tema que consideremos, sólo por medio de Cristo lo
conoceremos en su realidad. Por ejemplo, si deseamos conocer a Dios, saber
quién es y lo que es, sin duda podemos estudiar y profundizar todas las obras
que señalan una inteligencia y una mano divina, pero ¿quién nos dará una
concepción plena, clara y adecuada de lo que Dios es? Cristo solamente; sus
palabras, sus caminos, sus obras, eran las de Dios. No puedo conocer a Dios a
no ser que lo contemple en Cristo. El propio Señor dijo: “El que me ha visto a
mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). No se trataba en ningún sentido de que la
persona del Hijo fuese la misma que la del Padre, sino de que él solo era capaz
de revelar al Padre. Un ángel no hubiese sido suficiente para eso, porque un
ángel no podría darme a conocer sino a una criatura. Una persona divina, el
Hijo, la imagen del Dios invisible, es el único que me da el conocimiento de lo
que Dios es.
¿Cómo tener una justa idea del hombre?: Por Cristo
Supongamos ahora que se
trate de una investigación totalmente diferente y que parece incluso
incompatible con el desarrollo de lo que Dios es en la persona de Cristo.
Supongamos que quiero formarme una verdadera idea de lo que debe ser el hombre;
¿Dónde la buscaré? ¿En usted, en mí, en algún otro incluso de los más
excelentes que existen o que hayan existido? Pero ¿no sería afligente pensar
que no existe para la humanidad un ideal más elevado, un modelo más excelente,
que aquel que hallamos en nosotros mismos? ¿Nos remontaremos hasta Adán, hasta
el primer hombre? No, porque si bien es cierto que fue el primer hombre, veo en
él a un hombre puesto bajo la prueba de la obediencia, pero un hombre que cae y
abandona a Dios para disfrutar de un fruto. Nada en Adán me da la idea de la verdadera
grandeza del hombre. Pero el ideal, el perfecto modelo, existió, existe.
Contemplemos a Cristo: ¡He aquí el hombre! En él, encuentro todo lo que
satisface las demandas de mi corazón, en él veo la verdadera nobleza y la
perfección del hombre; en él puedo hallar reposo.
Podríamos ir en busca
de cualquier otro tema, pues no importa lo que se quiera investigar. Supongamos
que quiera saber, ahora ya no lo que debiera ser el hombre, sino lo que él es
realmente, y ver el alcance de su perversidad. Seguramente no puedo encontrarlo
en Cristo y, sin embargo, debo introducir a Cristo para ver su plena
manifestación en los demás. Al considerar al hombre en todos los tiempos,
hallaremos, sin duda, toda especie de mal en él. Lo veo perverso en el paraíso
cuando cae en la desobediencia; no menos malvado cuando, fuera del paraíso,
mata a su hermano. Más tarde aparece en toda su corrupción y violencia hasta
que Jehová lo barre de la tierra. Antes que la ley fuese dada, erige ídolos y
adora demonios; y, bajo la ley, se rebela de la manera más criminal. ¿Dónde,
pues, hallaremos al hombre tal como es? ¿Cuándo podemos ver toda su
corrupción?: Sólo cuando aparece en el mundo, en la persona de Cristo, la
bondad, la pureza perfectas. Así Cristo es siempre y en todo la verdadera
piedra de toque. Él es la verdad; y jamás obtendremos toda la verdad de una
cosa hasta que la hayamos comparado con Cristo. Además, el hecho de introducir
honestamente a Cristo, hace que tengamos la verdad como jamás la podríamos
tener de otra manera. Fuera de él, todo lo que podemos tener es sólo
fragmentario; podemos hallar sobre el hombre, unas veces alguna idea parcial,
otras veces, otra consideración de algún otro aspecto, pero, delante de Cristo,
el hombre en su totalidad aparece tal como realmente es. Cristo no fue
solamente con los pobres, sino también con los ricos; apareció no sólo ante los
profanos, sino también ante los hombres religiosos, ante los fariseos y los
saduceos, ante Herodes y Pilato. Así pues, ante él, toda alma es puesta a prueba,
ya que Cristo, y sólo Cristo, es la verdad.
¿Cómo tener una justa idea del cielo?: Por la Escritura
De la misma manera
adquiriremos una justa idea de lo que será el cielo. ¿Es acaso un lugar donde
brillan el oro y las piedras preciosas? ¡De ninguna manera! El Apocalipsis, es
cierto, emplea estas expresiones como figuras, hablando de la Esposa o la
Iglesia glorificada. Pero el que no tendría otra concepción del cielo que ésta,
sería un musulmán más bien que un cristiano, y todo creyente sabe bien que tal no
es el sentido de la Escritura. Dios, en su palabra, se sirve del lenguaje
figurado y simbólico, y nos da al mismo tiempo todas las directivas necesarias
para reconocer cuándo lo emplea y cuándo no. No hay pues allí ninguna de las
dificultades que la incredulidad pretende hallar. En el lenguaje cotidiano
vemos que la gente en principio hace lo mismo casi todos los días. Si alguien
nos dice, por ejemplo, «bajé por la calle volando», nadie va a suponer que
consiguió un par de alas, sino que entendemos perfectamente lo que quiso decir;
simplemente estamos empleando una muy inteligible y expresiva figura de
lenguaje, y siempre, cualquiera que sea la figura utilizada, existen señales
por las cuales uno puede orientarse para saber si el significado de algo es literal
o si se trata de de un método figurado empleado para describir un determinado
pensamiento de manera sorprendente. Esto no ofrece la menor dificultad. Sólo
gente necia y obstinada halla tropiezo con estas expresiones. Si la Biblia
fuese aceptada como la palabra de Dios, aquellos que profesan creer en Él se
acercarán a su palabra con un espíritu dócil, no indómito. Dios tiene en cuenta
a toda clase de personas. Nada es más bello que la manera en que Dios, en la
Escritura, adapta su lenguaje al alma más débil, al más humilde, al niño mismo;
pero solamente en Cristo sale todo a la luz. Así sé que el cielo es el lugar
donde Dios despliega su propia gloria al coronar al Hombre que fue rechazado de
este mundo y por el mundo. Es el lugar donde Cristo es exaltado, donde ha sido
recibido en la luz, el amor y la gloria, donde Dios mismo honra a su Hijo.
Cristo es la medida del estado de toda alma
Pero así como Cristo
nos enseña lo que constituye el cielo, así también al contemplarlo a él podemos
saber porqué y cómo el alma más simple que recibe el Evangelio estará en el
cielo, en el círculo más cercano al Hijo de Dios. Entonces también comprendemos
otra cosa que es un tema de perplejidad para algunas almas: cómo es posible que
un hombre amable, de elevados principios morales, benévolo, pueda sin embargo
perderse en vez de ir al cielo. ¡Cuántas personas hay que no comprenden esto!
¿No es Dios justo? Ciertamente lo es. ¿Cómo, pues, puede arrojar al infierno a
una persona concienzuda, benévola, llena de amabilidad, de delicadeza y de todo
lo que hace al encanto de la sociedad humana? Por esta simple razón: porque
Cristo es la medida de toda alma; y si el hombre más irreprochable, el más
correcto y elegante, el más inteligente en todo otro respecto, empleara todas
sus cualidades para hacer de ellas, como generalmente se hace, la razón para
rechazar a Jesús y rehusar ser salvo como un miserable pecador, afirmo que tal
hombre es condenado con perfecta justicia, puesto que él menosprecia la gracia
de Dios.
La verdad sobre la justicia es medida por el hecho de
aceptar o rechazar a Cristo
Afirmo aquí
solemnemente esta verdad: la salvación dimana de la gracia; la salvación es
para los que se pierden; la salvación es para los que tienen necesidad. No es
solamente una ayuda, la salvación es mucho más que eso. Cuando Dios reconoce a
los judíos como su pueblo, les da ayuda, ordenanzas, un sacerdocio, una ley y
todo un conjunto de instrucciones rituales. ¿Cuál fue el resultado? En las
manos del hombre, débil y culpable, todas estas ayudas concluyeron en el
rechazo del Señor de gloria, en la crucifixión del Hijo de Dios. Y cuando el
hombre consumó el más perverso de sus actos, Dios, por decirlo así, manifestó
toda la extensión de su gracia. Porque, por más bendito que fuese dar a Jesús,
enviarle al mundo como mensajero de amor, era un acto aún más bendito darlo
para que muriese por sus enemigos, y convertir esa muerte —su más horrible
pecado— en la única puerta, no de esperanza solamente, sino de salvación para
el más miserable de los pecadores. He aquí lo que Dios hizo, he aquí la verdad,
y en eso, a menos que seamos ciegos, debemos ver también la más elevada
expresión de la justicia, de la justicia
de Dios ahora revelada en el Evangelio. En efecto, ahora ya no es más una
cuestión de reclamar la justicia de parte del hombre, como lo había hecho la
ley, sino de revelarla de parte de Dios; tal es el significado preciso de lo
que todos hemos leído en los capítulos 1, 3 y 10 de la epístola a los Romanos.
Detengámonos un momento a considerar este tema a fin de aprender a conocer de
Dios mismo, en su propia palabra, “la justicia de Dios”. Ésta es una nueva
especie de justicia, la justicia justificadora de Dios, mediante la redención
que es en Cristo Jesús nuestro Señor, en virtud de su sangre y de su muerte. Es
la justicia de Dios, que justifica ahora al pecador por la fe en Jesús. Ella es
para el hombre perdido que cree en Jesús, por quien Dios halló el medio de
reconciliar a sus enemigos consigo mismo. Es la justicia de Dios por la obra de Cristo. He aquí la verdad. En consecuencia,
resulta claro que no tiene importancia si consideramos la salvación o la
perdición, el motivo del rechazo del hombre más moral, o la aceptación del más
depravado, todo halla su explicación en este hecho: que Dios lo mide todo por
Cristo. Si Cristo es rechazado, todo está perdido: si es recibido, todo es
cambiado, las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas.
Contraste con aquellos para quienes el hombre es la
medida de todas las cosas
¡Cuán esencialmente
diferente es el término de comparación entre Dios y entre los filósofos que
afirman que «el hombre es la medida de todas las cosas»! Nada puede ser más
falso que esta gran máxima fundamental de la filosofía griega. Ningún hombre es
la medida de todas las cosas; sólo Cristo lo es, porque sólo él es la verdad.
La palabra de Dios es la forma escrita de ésta, su perfecta expresión. Pero a
través de todo el santo libro, en todas sus páginas, ¿no vemos a una persona a
la que podemos y debemos amar por sobre todo? Comprendo que un libro sea
apreciado y honrado; pero uno ama a una persona muy diferentemente de un libro.
Por eso no se puede tener una fe real en Jesús, sin amar su Persona, porque él
es la plena expresión del amor de Dios, amor cuya perfección no se encuentra en
ninguna otra parte. Porque aunque alrededor de nosotros haya por todas partes
manifestaciones de la gracia y de la bondad de Dios, vemos también por todas
partes una triste y estrepitosa decadencia, ¡y qué lleno también está este mundo,
para el pensador, de perplejidades y de contradicciones morales! Seguramente
hay en la primavera una espléndida exuberancia de vida, pero hojas y frutos
desaparecieron antes de que se acabe el invierno. De igual modo, si hay en la
vida del hombre una flor de juventud, pronto llega la decrepitud y, finalmente,
la muerte. Así todas las cosas en este mundo se marchitan y caen, porque el
hombre se apartó de Dios. Pero otro Hombre subió hacia Dios y fue
inmediatamente glorificado, no en el cielo solamente, sino en Dios mismo. Y
allí es ahora el verdadero lugar donde debemos contemplar al hombre: en la
persona de Cristo. No sólo vemos en él la perfecta imagen del hombre, sino que
aprendemos cuál es el lugar que Dios dio al hombre, a su diestra en el cielo, lugar
que Cristo fue a preparar para nosotros.
La verdad sobre el estado del hombre y del mundo se mide
según Cristo
Hay más aún; sólo al
observar a Cristo conozco lo que será, según Dios, el futuro, así como conozco
el lugar presente del cristiano. Las propias naciones se consumen vanamente,
tratando, por uno u otro medio, de mejorar el mundo. No me asombro si los
estadistas se cansan y se devanan los sesos en medio de continuos cambios y
decepciones, porque, al fin de cuentas, en todos sus esfuerzos, sólo veo al
hombre tratando de reparar lo que no tiene arreglo. Pero he aquí lo que Dios
quiere hacer: para él, no es cuestión de reparar lo que está arruinado, sino de
introducir lo que él llama una nueva
creación. Su propósito no es solamente glorificarse transportando hombres
al cielo para estar con Cristo, y para reinar con él, sino también bendecir al
hombre bajo el reino de Cristo en la tierra. Dios prometió a Cristo que la
tierra y todo lo que en ella hay le estará sujeta, pues la reconciliación no se
extiende solamente a los que creen, sino a todas las cosas. La verdad pues
triunfa sobre todos los razonamientos del hombre. El racionalismo no quiere
juzgar nada excepto por la experiencia del hombre. Conforme al racionalismo, el
hombre no puede hace milagros, y, por
consiguiente, ¡no hubo milagros! El hombre no puede profetizar, y, por consiguiente, ¡no podía haber
profecías! En esta escuela todo se funda en lo que se halla dentro del pequeño
círculo del poder, el conocimiento y la experiencia del hombre. Pero el hombre,
lejos ser la medida de todas las cosas, en realidad no es la medida de ninguna.
Cristo solamente es la medida de todas las cosas. Cristo es la verdad; y esto
es precisamente lo que quise urgir en los lectores.
7. Conclusión: nuestra salvaguardia es la
Palabra de Dios
Bueno, no quisiera extenderme más. He
intentado mostrar, en oposición al racionalismo, los grandes rasgos distintivos
de la verdad en Cristo. Los hombres pueden decir, en cuanto a la palabra de
Dios, que ella contiene una poesía sublime, maravillosas biografías, admirables
máximas, una sabiduría que no se encuentra en ninguna otra parte y la más
profunda moralidad. Todo eso es muy cierto, pero inútil; pues ¿de qué sirven la
más exquisita poesía, la historia más verdadera, las máximas más sanas y la
visión más penetrante en el corazón, si después de todo viene la perdición, la
parte asegurada de aquellos que no recibieron la verdad, y sobre todo de
aquellos que salieron del seno de la cristiandad? En efecto, fue el gran crimen
de los judíos rechazar a Cristo; pero ¡cuánto mayor es la apostasía y la
culpabilidad de aquellos que gozaron de privilegios más excelentes y de un más
entero conocimiento de la verdad! De ahí que el racionalismo sea una de las más
poderosas corrientes que arrastran consigo a todos aquellos que confían en él.
¡Que el Señor nos libre de lo que no puede sino llevarnos a la destrucción; de
este sistema que exalta al hombre y rebaja al Cristo a quien profesa honrar,
pero que en realidad no recibe como la verdad!
¡Que el Señor dé a
todos aquellos que oyen, en primer lugar la fe para recibir a Jesucristo, el
Hijo de Dios, y luego para leer la palabra de Dios como la divina expresión de
Jesús, el Verbo en persona, puesto ante nosotros en la palabra escrita! Nuestra
salvaguardia —que Dios nos ha dado especialmente para los últimos días— no son
los ministros fieles (aunque estoy seguro de que Dios los dará todo el tiempo
que reúna su Iglesia en la tierra); no es la Iglesia (ya que ella misma tiene
necesidad de ser guardada, y no puede ser, pues, nuestra seguridad), sino que
es la palabra de Dios. No es siquiera el Espíritu, aunque la Palabra no pueda
tener poder sin el Espíritu, y no se pueda conocer el valor de Cristo que es la
verdad sin tener el Espíritu que es también la verdad. Pero para reconocer que
uno tiene el Espíritu de verdad y que no es presa del fanatismo, es necesario
que el alma se apegue y se someta al Señor Jesús, al Hijo de Dios, y esto no
puede existir sin la fe producida y nutrida por la palabra de Dios.
NOTAS
[1]
N. del T.— Sobre esto, véase, por el mismo autor, La divina inspiración de las Escrituras .