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«La
enseñanza de los doce Apóstoles» o «Didaché» William Kelly |
Tal es el título
de un manuscrito griego recientemente descubierto que también es
conocido más literalmente en su forma más extensa y pretensiosa
como «La enseñanza del
Señor a los gentiles por medio de los doce apóstoles».
Magro e incorrecto, sirve para poner de manifiesto el melancólico y
rápido desvío del segundo siglo respecto de la verdad revelada en
el primero. El manuscrito data del siglo XI, y fue hallado hace unos años
por Filoteo Bryennios,
quien más tarde viniera a ser metropolita de Nicomedia,
en la biblioteca del patriarca de Jerusalén en Constantinopla. Cualquier
estudioso puede apreciar las fuertes analogías entre este documento y la
Epístola del Pseudo-Bernabé
así como del Pastor de Hermas, de las que generalmente se dice que
pertenecen a principios y a mediados del siglo II. Algunos han argüido que
son aún más antiguas, pero ni el descubridor más
entusiasta defiende una época tan temprana ni semejante.
El único valor de todos estos documentos patrísticos es que
constituyen una prueba uniforme e invariable de cuán gravemente la
iglesia cayó en el judaísmo. La exagerada estimación de
los últimos descubrimientos en nuestros días, formada por hombres
de diversas escuelas, demuestra lo mismo hoy.
Si examinamos los dieciséis capítulos que componen el
tratado, —exceptuando la oración del Señor y unos pocos
textos extraídos sustancialmente de las Escrituras— no
encontraremos ni una sola expresión de verdad de peso, nada que indique
el gozo de la libertad en Cristo, ninguna claridad en cuanto a la
redención, ninguna vaga noción de la presencia del
Espíritu Santo enviado del cielo, ni acerca de la relación
celestial de la iglesia ni de los privilegios especiales del cristiano. Es peor
que deficiente, como puede comprobarse con sólo echar una ojeada al
primer capítulo. En él, la ley usurpa el lugar del Evangelio
desde el principio hasta el final. Está claro que el autor tenía
ante sí, además del Antiguo Testamento, el Sermón del
Monte en Mateo, el Evangelio de Juan, las epístolas a los Romanos y a los Corintios y la epístola de Santiago;
pero, ¿dónde encontramos una verdadera inteligencia espiritual de
las cosas? Todo es pura letra, no espíritu. No hay ningún
testimonio de cómo las almas reciben la vida, de modo de tomar el camino
que conduce a la vida y de rechazar el camino ancho que conduce a la muerte; no
se expresa ningún sentido justo de esa gracia en la que solamente somos
guardados por el poder de Dios mediante la fe. Es notable el contraste con
Romanos capítulo 5 u 8, donde, en el último, queda claro que las
demandas justas de la ley están cumplidas en aquellos “que no
andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Y lo mismo
vemos en el capítulo 13 de esta epístola, donde el amor
—imposible en nosotros aparte de la fe y de la vida en Cristo— se
dice verdaderamente que es “el cumplimiento de la ley”, amor que
nunca la propia ley logró cumplir. Menos todavía la doctrina del
tratado es siquiera una aproximación a la doctrina enseñada en
las epístolas a los Efesios, a los Colosenses y la primera de Juan.
El autor, sin el menor respaldo, interpola «el ayuno» dentro
de su cita de Mateo 5:41, y ofrece una falsa promesa a aquellos que aman a
quienes los aborrecen («Vosotros amad a los que os aborrecen, y no
tendréis ya enemigos»). ¿Acaso el autor no sopesó
nunca la muerte de Esteban, o la de Santiago el hijo de Zebedeo,
o de otros que fueron muertos por causa de Cristo, por no mencionar a Aquel que
constituye la sustancia y la piedra de toque de toda verdad?
Es sorprendente que
algún cristiano fuese a creer que esta débil e incluso falsa
expectativa pudiese ser una probable tradición oral de las palabras del
Maestro. Sin duda, por regla general, aquellos que son celosos del bien
desbaratan a los que hacen daño, como lo muestra 1 Pedro 3 en referencia
al Salmo 34. Pero el mismo apóstol enseña que nuestra parte es
hacer el bien, padecer por causa de la justicia, y tomarlo con paciencia, lo
cual, de hecho, es gracia, no ley, porque también Cristo padeció
por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus pisadas.
Incluso esta «Enseñanza» a
continuación cita palabras
completamente incompatibles con sus comentarios precedentes; pues cuando agrega
repetidamente «No puedes esto o
aquello» el autor exagera, a menos que su intención guarde
consistencia con la gracia. Sus notas, por cierto, son singularmente pobres por
todas partes, y en ningún caso sugieren una sola tradición oral
digna del Salvador.
¡Qué
extraño, frente a Mateo 5:42, imaginarse algún mandamiento
tradicional del Señor sobre el tema de dar! ¡Y es algo realmente
demasiado malo que un cristiano sensible diga de la última frase del
primer capítulo —«Antes de dar limosna, déjala sudar en
tus manos, hasta que sepas a quien la das»— que ello
claramente se refiera a algún dicho oral de autoridad pronunciado por
nuestro Señor o por alguno de sus seguidores más cercanos!
Todos aquellos
instruidos en la verdad y familiarizados con las Escrituras más bien
juzgarán el documento como de estilo vulgar, completamente indigno del
más mínimo sentido de inspiración. Por cierto que es
prácticamente imposible de reconciliar con los auténticos
escritos que le preceden o con las mismas palabras del Señor.
Hay poco o nada digno de
destacar en los capítulos 2 y 3, salvo quizás la frase que
Clemente de Alejandría cita como escritura de este tratado, a saber: «Hijo mío, no seas mentiroso,
porque la mentira lleva al robo.» Hubiera sido lo mismo que decir «No seas ladrón, pues el robo
lleva a la mentira.» Ni uno ni otro pensamiento expresado es conforme
a las Escrituras, sino que están muy por debajo del carácter
distintivo de ellas.
Pero el capítulo
4 comienza con una exhortación a honrar a aquel que habla la Palabra de
Dios como al Señor, y por esta extraña razón: «porque donde se anuncia el
señorío, allí está el Señor». Poco
después, al urgir en dar con liberalidad, se dice: «Si adquieres algo por el trabajo de tus manos, darás de
ello como rescate o redención por tus pecados.»
¿Qué clase de doctrina es ésta? Seguramente que no
proviene de Dios, sino que es puramente humana. De nada sirve referirse a
Daniel 4:27, donde el profeta exhorta al vanidoso y caprichoso rey, no a la
redención, sino a romper con sus pecados por la justicia (la
versión de los LXX dice
«por limosna») y sus iniquidades haciendo misericordia para con los
pobres (o afligidos) “pues tal vez será eso una
prolongación de tu tranquilidad”. ¡Qué sobria es la
Palabra de Dios, en contraste con la falsa y extravagante palabra del hombre!
Estoy enterado de los esfuerzos por hacer que la versión caldea profiera
un error similar, y cómo los padres griegos y latinos, así como
otras mentes supersticiosas lo adoptaron. Pero De Dieu
y otros refutaron mucho tiempo atrás la heterodoxia, y sobre
sólidos fundamentos lingüísticos. La traducción hecha
tanto por la Versión Autorizada como por la Revisada, es correcta.
No vale la pena seguir
revisando el tratado y adentrarnos a considerar cuestiones de menor
importancia; pero en todos estos detalles también, el tratado se aparta
de las Escrituras.
(Bible Treasury Vol. 19, pág.
95-96)