Eusebio de Cesarea

 

versus

 

Los Hechos de los Apóstoles

 

Breves notas

 

William Kelly

 

 

 

 

 

 

Con referencia a Hechos 21:8

 

“Y al otro día partimos[1], y vinimos a Cesarea; y entrando en la casa de Felipe el evangelista, que era [uno] de los siete, nos quedamos con él” (Hechos 21:8).

 

«Las palabras del inspirado escritor son completas y claras. Por su precisión, sería prácticamente imposible creer que una mente inteligente no fuese capaz de discernir a la persona que tiene en vista; sin embargo, nada menos que el padre de la historia eclesiástica contribuyó con su ocurrencia a mal entender el versículo, y a confundir a Felipe el evangelista con Felipe el apóstol[2]. No causa ningún placer el hecho de señalar una falta tan extraña e irresponsable en cualquier lector inteligente de la Escritura; pero es un deber el hacer notar el error, y urgir su importancia como advertencia a aquellos que ensalzan a todo pulmón la autoridad de los antiguos escritores patrísticos.

 

Sin duda que Eusebio no fue mejor ni peor que la mayoría de los «Padres cristianos». Para los ojos supersticiosos, él tiene la ventaja de ocupar un lugar decididamente antiguo entre ellos, porque floreció en los días del Emperador Constantino (306-337 A. de C.). Ningún manuscrito griego antiguo del Nuevo Testamento griego que sobreviva se escribió antes de su época, y tan sólo dos pueden pretender ser tan antiguos. Sin embargo, es claro que, con el texto que tenía ante sí, cometió un grosero error, no en un punto de delicada doctrina, sino en un claro asunto de hechos. Pues aquí en los Hechos de los Apóstoles se nos dice que el Felipe, con quien se quedaron Pablo y compañía, no sólo era el evangelista, sino también “uno de los siete”, es decir, uno de los siete varones designados por los apóstoles para el servicio diaconal durante los días del primer amor, poco después del día de Pentecostés.

 

Si el incuestionable significado de la Escritura pudo ser así pasado por alto tan ligeramente, y tan serio error fue incorporado en la historia de Eusebio, ¿qué confianza podemos tener entonces en cualquier hecho o declaración que se pueda alegar fuera de las Escrituras? No estamos imputando ningún propósito malo a este historiador, pero las circunstancias demuestran que en aquellos días —como en los nuestros— existía una deplorable ignorancia de la palabra de Dios allí donde uno menos lo esperaría. La autoridad patrística en las cosas de Dios no es más confiable que la teología sistemática moderna. El valor de la Escritura tanto en lo práctico como en lo dogmático, es incalculable. Ella sola es tanto la norma como la fuente de la verdad.»

 

An Exposition of The Acts of the Apostles, pág. 321-322

 

Con referencia a Hechos 8:5-8

 

«La falta de valor de la tradición se hace manifiesta —aunque no intencionalmente— por Eusebio (H.E. III:31; ed. Heinichen, I, 261-263), quien cita una carta de Polícrates, obispo de Éfeso, dirigida a Víctor, obispo de Roma, antes del fin del segundo siglo, hablando de Felipe como ‘uno de los doce apóstoles’, ‘y de sus hijas’. Pero ¿qué otra cosa podría esperarse de un hombre que en la misma carta fue capaz de citar la descripción bíblica de Juan, para interpolar ‘que fue sacerdote portador de la mitra’, o de la lámina del sumo sacerdote? (véase también a Eusebio en HE V:24)[2]. Fue tan súbita la pérdida de la verdad de Cristo como inexcusable debido a la presencia de los claros hechos bíblicos al alcance de todos los lectores. Ellos pueden ridiculizar a Papías; pero ¿qué podemos decir de un obispo que reseña la fábula, y de otro (de entre los más eruditos de su tiempo) que la emplea más de una vez en su «Historia de la Iglesia»?[3]. Tales son los más antiguos ‘Padres de la Iglesia’, ignorantes de las Escrituras en sumo grado, pero idolatrados por hombres supersticiosos que profesan recibir las Escrituras como inspiradas por Dios.»

 

 W. Kelly, An Exposition of The Acts of the Apostles, cap. 8:5-8, pág. 109

 

Con referencia a Hechos 8:1

 

“Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles” (Hechos 8:1, versión Reina-Valera 1960).

 

«…la ira contra la asamblea en Jerusalén era tan intensa y extendida entonces que todos fueron esparcidos salvo los apóstoles. Era de conformidad con la palabra del Señor que el testimonio del Evangelio de la gracia comenzase “en Jerusalén”, y así fue. Era necesario que la palabra de Dios sea primero anunciada a los judíos, y así fue… “y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles”: una persecución tan notable por el éxito alcanzado en dispersar a los objetos de su furia, como por la excepción que se especifica (de los apóstoles); pues éstos, que permanecieron en Jerusalén, eran sin duda los más detestables de todos. Y esto es tanto más sorprendente por cuanto el mandato en Mateo 10:23 (“cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra”) fue primeramente dirigido a los doce, y resulta pues muy extraño que el canónigo Humphry tome nuestro capítulo como un cumplimiento del mandamiento de nuestro Señor, si bien las palabras finales de Mateo señalan más bien a un testimonio futuro en el país antes del fin del siglo. Tampoco es más feliz la idea de Calvino de que los apóstoles se quedaron en Jerusalén como buenos pastores para el cuidado del rebaño, pues es evidente que el rebaño se había ido de Jerusalén en su totalidad. Y menos tolerable todavía es la idea del obispo Pearson (Lect. in Acta App. iv. x. p. 62, Opera Posth. 4to. Lond. 1698), de que la explicación para entender la permanencia de los apóstoles en Jerusalén la da la tradición del segundo siglo, mencionada por Clemente de Alejandría y por Eusebio de Cesarea (H.E. V 18:14)[4], a saber, ¡que nuestro Señor prohibió a los apóstoles dejar Jerusalén por doce años! Pero este mismo capítulo 8 de Hechos un poco más adelante descalifica esta tradición. El Señor los mandó a ir y hacer discípulos a todas las naciones, a ir al mundo y predicar el Evangelio a toda la creación. El perdón de pecados debía ser predicado en Su nombre a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Ellos debían demorarse en la ciudad, pero expresamente hasta que fuesen investidos de poder de lo alto, sin ningún pensamiento de ¡doce años!

 

W. Kelly, An Exposition of The Acts of the Apostles, cap. 8, pág. 105-106

 


 

Con referencia a Gálatas 2:11

 

«No podemos hacer algo mejor que introducir aquí un incidente del más vivo, pero a la vez penoso, interés: el enfrentamiento entre el gran apóstol de la circuncisión y el más joven pero, sin embargo, mayor apóstol de los gentiles (Gálatas 2:11-16). No parece existir ninguna razón valedera para dudar de que el hecho tuvo lugar en Antioquía alrededor de este mismo tiempo después del concilio de Jerusalén (Hechos 15) y antes de la partida de Bernabé, y así lo entendió Ussher (Works, XI:51), al igual que otros de mucho peso tanto antiguos como modernos. Sin embargo, muchos, y hombres respetables, han procurado pervertir la fecha, prefiriendo algunos una anterior, otros una más tardía… No menos que uno de los principales de los doce, después de todo lo que la gracia había obrado, falló en andar rectamente según la verdad del Evangelio… “Pero cuando Pedro (Cefas) vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar? Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo…” (Gálatas 2:11-16, versión Reina-Valera 1960)… Es humillante para un cristiano serio la manera en que —salvo unas pocas excepciones— se evade la verdad, cómo Eusebio de Cesarea (H. E. I 12)[5] menciona a Clemente de Alejandría como autoridad para la noción de que el Cefas de que se habla aquí no era el apóstol Pedro, ¡sino uno de los setenta!: una noción que se difundió desde antiguo y que no ha desaparecido del todo en los tiempos modernos.»

 

W. Kelly, An Exposition of The Acts of the Apostles, cap. 15, pág. 220-221

 


 

Lucas y Marcos, ¿autores no inspirados?

 

«Para escribir las Escrituras, lo que en realidad se pone en ejercicio es especialmente el carácter profético del don (Romanos 16:26). Los apóstoles como tales gobernaron además de iniciar la Iglesia. Pero había algunos profetas que no eran apóstoles; y la Iglesia o asamblea era edificada sobre el fundamento de ambos (Efesios 2:20). Este evangelista —Lucas— mencionado conjuntamente en 2 Timoteo 4:11, era sin duda un profeta. Esto explica la verdadera fuente de la autoridad en los santos escritos de Marcos y de Lucas. Atribuir la autoría del evangelio de Marcos a Pedro, y la del evangelio de Lucas a Pablo, tal como aparece en las especulaciones de Eusebio de Cesarea[6], no hace sino poner al desnudo el indigno carácter de la antigua tradición. Porque cualquiera que sea el valor de la «Historia» de Eusebio de sus propios tiempos, o la de aquellos que vivieron no tanto tiempo antes que él, su relato de la época apostólica sólo tiene más valor como contraste con los escritos inspirados —concisos y concretos como son— que como una verdadera reflexión. Incluso su «Historia» está plagada de cuantiosos errores y demuestra crasa ignorancia, y jamás se eleva a la altura del sentido espiritual que debería transmitir en lo que él nos presenta. El relato inspirado, en lo que se conoce como “Los Hechos de los Apóstoles”, está impregnado de la dignidad, profundidad, poder y designio divino de la Escritura, tan decidida y claramente como todos los demás libros de la Biblia. La misma observación se aplica al evangelio de Lucas así como al de Marcos. Ambos son “Escritura” y, por ende, “inspiradas por Dios” (2 Timoteo 3:16-17), y cada cual tiene un propósito que se deja ver a través de su contenido, completamente distinto del propósito de Mateo y de Juan, pero no menos ciertamente divino.» 

The Epistles to Timothy, pág. 138, 172

 

El ángel por el búho (Hechos 12:23)

 

«Eusebio prosigue y hace notar la coincidencia de la narración de Josefo con la de la Escritura (en Hechos 12:23), pero al citar formalmente al historiador judío[7] , omite «el búho» de los manuscritos de Josefo, y lo cambia por «un ángel que planeaba por encima de su cabeza». Tal es la honestidad del «padre cristiano». Es probable que «el búho» haya sido introducido una vez, o quizás, ambas veces, en el relato de Agripa para satisfacer el gusto de los romanos por los augurios, pero no podemos tener la menor duda en tildar la mala fe con que actuó el «Obispo de Cesarea» al omitir, sin dar la menor explicación, «el búho» del escrito que cita de Josefo. Es fácil, después de estos cambios previos, hacer que las historias coincidan, y expresar la admiración de uno por ellas; pero una falsa manipulación como ésa —algo no poco común en los antiguos historiadores, y plenamente floreciente entre los medievales— merece la reprobación de todos los que aman la verdad.»

 

 An Exposition of The Acts of the Apostles, pág. 177


 

¿Estuvo Pedro en Roma alguna vez?

 

«(Hechos 12:1-19). El Cardenal Baronius trata con prudente reserva la historia que se halla en el Breviario de la predicación de Santiago en España (donde la ciudad de Compostela ¡reclama su sepultura!), y con una igualmente breve referencia en lo que se halla indicado en el martirologio romano ('quae consulat qui haec cupit'); pero él tiene mucho que decir acerca de la alegada historia de los otros apóstoles, y sobre todo de Pedro en este momento crítico, dada su implicancia práctica para el papado. Decir que Pedro fue a Roma entonces, y que comenzó el primero de sus veinticinco años de reinado como papa allí, es el más disparatado de los sueños, el que no sólo carece de un solo ápice de autoridad bíblica, sino que, tal noción queda desbaratada, de la manera más enérgica, por todo lo que nos dice la Escritura. Pues Dios, quien conocía de antemano los vanos y egoístas deseos de los hombres, ha previsto las cosas, no ciertamente, por decirlo así, para que la superstición y la infidelidad no puedan seguir las variadas sendas de su propia voluntad desvergonzada y calamitosa, sino para dar a los creyentes fieles amplias pruebas a fin de refutar a los adversarios y de establecer en la verdad y en paz a todos aquellos que honran Su propia palabra escrita.

 

El apóstol Pablo, mucho tiempo después del año 44 D. de C. (15 ó 16 años), escribe a los romanos en términos que implican que ningún apóstol había aún visitado la capital del mundo gentil, en términos expresivos de su propio deseo ardiente de comunicar algún don espiritual a los santos en Roma, como uno que no edificaba sobre el fundamento de otro hombre, sino que reconocía en Roma parte de esa mesurada provincia que Dios le había adjudicado. Esto —que no es más que uno de entre varios testimonios— es suficiente para desvanecer por completo dicha leyenda. ¿Cómo pueden cristianos rectos atribuir algún grado de veracidad al mismo Eusebio de Cesarea, quien vende la fábula de ‘otro Cefas’ (en Gálatas 2) a fin de proteger al apóstol de la circuncisión de la renuente pero necesaria e instructiva censura impuesta por el apóstol de los gentiles? Y esto no es más que uno de entre los muchos ejemplos de cómo Eusebio se aparta de la clara Escritura o hasta la contradice. La Palabra guarda silencio acerca del lugar adonde fue Pedro; y aunque uno puede no estar de acuerdo con el deán Alford en cuanto a que la expresión al final del v. 17 sólo implica que Pedro dejó la casa de María y pudo haber permanecido secretamente en Jerusalén, podemos pensar en una cantidad de posibles lugares —no sólo en Palestina, sino entre los gentiles—, donde el apóstol, conforme al Nuevo Testamento, era conocido. Pero es más que inútil que los creyentes se basen en conjeturas, y ello tiende a hacer vacilar la sólida verdad en manos de aquellos que serían los últimos en permitirse semejante licencia. Uno bien puede comprender que hombres incrédulos tengan mucho que decir sobre aquellas partes en donde la Escritura guarda silencio, pues ellos no reciben las cosas que son del Espíritu de Dios, y no las pueden entender por cuanto se disciernen espiritualmente (1 Corintios 2).»

 

W. Kelly, An Exposition of The Acts of the Apostles, cap. 12:1-19, pág. 174-175

 

 

«Se advertirá que no existe el menor rastro de Pedro, ni ahora ni después, al igual que en la epístola a los Romanos, más llena de noticias personales en su último capítulo que ninguna otra en el Nuevo Testamento. ¡Sería absolutamente inexplicable, pues, que el gran apóstol de la circuncisión estuviese entonces en Roma, en el carácter que fuere, y más impensable aún si allí él ocupase el puesto asignado por algunos tradicionalistas! Y si Pedro no fundó la iglesia en Roma, ciertamente ningún otro apóstol puso su mano en ello. Pablo, de hecho, tanto al principio como al final de su epístola a los Romanos, nos da dos declaraciones irreconciliables con esa antigua fábula. En Romanos 1:13 él evidentemente considera la cabecera del mundo gentil como parte de su jurisdicción, no menos que las tierras paganas que se extienden hacia el este de allí; y la Epístola misma, desde el primero hasta el último capítulo, constituye la prueba más plena de la existencia de un gran número de santos que ya estaban presentes en Roma, tanto judíos como gentiles. De nuevo, en el penúltimo capítulo, Pablo establece cuál era el objeto regular y constante de su ministerio: sus labores allí donde Cristo no hubiese sido nombrado, así como evitar edificar sobre fundamento de otros (Romanos 15:20). Porque, como ya se ha hecho notar, en Roma había una falta de lo que un apóstol podía suministrar (Romanos 1:11), lo cual es inconcebible suponer que ello haya tenido lugar si Pedro o cualquier otro apóstol hubiesen visitado la ciudad antes que Pablo hubiera escrito la epístola o haya ido. Debemos, pues, descartar por completo lo que Eusebio de Cesarea declara en el texto armenio de su «Crónica», seguida sustancialmente por Jerónimo (Catal. 1) y por multitudes de católicos, en cuanto a que Pedro visitó Roma ¡en una fecha tan temprana como en el año 42 D. de C., y que permaneció allí durante veinte años! (Jerónimo et al. dicen veinticinco años): una afirmación tan imposible de sostenerse con lo que la Escritura declara de Pedro, como con lo que aprendemos allí de Pablo.»

 

W. Kelly, An Exposition of The Acts of the Apostles, cap. 28:11-15, pág. 393

 


NOTAS

 

[1] N. del A.— «Pablo y los que con él estábamos» es una glosa tardía, que se deslizó dentro del Textus Receptus, de la Versión Autorizada inglesa, etc.

 

[2] N. del T.— Así consta en la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea (destacamos en bastardillas la mención de Felipe como uno de los doce apóstoles):

 

«2 Pero de Juan sólo mencionamos el tiempo. En cuanto al lugar de sus restos, se indica en la carta de Polícrates —obispo de la región de Éfeso— que escribió a Víctor, obispo de Roma. Menciona, junto con Juan, al apóstol Felipe y a sus hijas, en los siguientes términos:

3 «Porque también en Asia reposan grandes luminarias, que resucitarán el último día de la venida del Señor, en la que vendrá de los cielos con gloria para buscar a todos los santos. Entre ellos, Felipe, uno de los doce apóstoles, que reposa en Hierápolis, y dos de sus hijas que llegaron vírgenes a la vejez y otra hija suya que, tras vivir en el Espíritu Santo, duerme en Éfeso. También reposa en Éfeso Juan, el que se reclinó sobre el pecho del Señor y que fue sacerdote portador del pétalon (la mitra), mártir y maestro» (H.E. III 31:2-3).

 

[3] N. del T.— Véase HE III:39.

 

[4] N. del T.— H.E. V 18:14 consta así: «Dice además, como proveniente de una tradición, que el Salvador ordenó a sus apóstoles no alejarse de Jerusalén por doce años…»

 

[5] N. del T.— H.E. I 12:1-2 consta así: «De los setenta discípulos, en cambio, por ninguna parte aparece lista alguna; sin embargo, se dice al menos que Bernabé era uno de ellos… La referencia se encuentra en Clemente, en el libro V de las Hypotyposeis, en el cual afirma que también Cefas —del que Pablo dice: Pero cuando Cefas vino a Antioquía, me enfrenté con él—, era uno de los setenta discípulos y que su homonimia con el apóstol Pedro era casual.»

 

[6] N. del T.— Véase HE II 15 1-2; III 39:14-15; III 4:7. W. Kelly también dice respecto a esto: «El gran apóstol Pablo, en su primera epístola a Timoteo, cita Deuteronomio 25:4 y Lucas 10:7 como “la Escritura” (5:18). Podría haber citado Mateo 10:10 de uno que era apóstol como él; fue guiado por Dios para citar a uno que era profeta, no apóstol —Lucas—. Pues somos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (Efesios 2:20). La cita de Timoteo acuña a Lucas no como un mero amanuense que expresa el pensamiento de Pablo (de acuerdo con la tradición de Eusebio), sino como un autor inspirado a quien el apóstol cita cuando escribe por el Espíritu» (God’s Inspiration of the Scriptures).

 

[7] N. del T.— Eusebio dice citar a Josefo de la siguiente manera: «2 Mas es de admirar cómo también concuerdan en este extraño suceso la Escritura divina y la narración de Josefo. Es evidente que Josefo atestigua la verdad en el libro XIX de su Antigüedades, donde explica el portento con las palabras que siguen: …6 ‘El rey no los reprendió ni trató de rechazar la impía adulación. Mas de allí a poco, alzando la mirada vio a un ángel planear por encima de su cabeza, y en seguida pensó que aquel ángel era causa de males…’» HE II 10:1-6.

 

 


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