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JESÚS DESAMPARADO DE DIOS Y sus
consecuencias Salmo 22 |
Este salmo es, por excelencia, el salmo de Aquel
que fue desamparado de Dios. En esto es único. Ello no significa que otros
salmos no hagan referencia a la hora solemne de la cruz, o a la bendita Persona
que se dirige aquí a Dios, sino que este salmo nos habla más que todos los
demás de ello.
Aquí no encontramos solamente al Señor tomando
lugar entre los hombres, como Aquel que confiaba en Dios, tal como lo describe
el salmo 16, en su inquebrantable confianza, mirando a la resurrección a través
de la muerte, a la gloria a la diestra de Dios, sino que hallamos también un
contraste. Es desamparado de Dios, pero se aferra tenazmente a Él y lo
reivindica plenamente. No son sus enemigos los que afirman ahora que sea
desamparado de Dios, aunque lo hayan dicho también, sino que es el Señor mismo,
y lo dice a Dios. Jamás un creyente fue desamparado así, ni podría serlo. “En
ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y
fueron librados; confiaron en ti, y no fueron avergonzados. Mas yo soy gusano,
y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me
ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: se encomendó a
Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía” (v. 4-8).
Jamás hubo semejante hora para Jesús, ni podrá
haber nunca otra igual. El bien y el mal, en esa hora, fueron puestos en
presencia uno del otro en la única persona que podía resolver el enigma. Ambos
se encontraron en Aquel que era perfectamente bueno, y que, no obstante,
cargaba el mal de parte de Dios. Era la expiación. Este pensamiento no es el
único que encontramos en este salmo, sino que Jesús hecho pecado es el primer y
más profundo pensamiento. No hubo dolor que no conociera, ni vergüenza de la
que haya sido librado. Los toros de Basán estaban allí, así como el león rapaz
y rugiente; los perros lo rodearon (v. 12-13, 16). Estas cosas no son naturalmente
sino figuras, y el hombre fue el más cruel de todos, el más vil e implacable,
él solo por cierto fue el verdadero culpable, conducido por un enemigo más
poderoso y sutil. Pero, cosa maravillosa, Dios estaba allí primero que todos;
no podía no estar, ya que era el juez del pecado, el que hizo que su Hijo,
quien no conoció pecado, fuese hecho pecado por nosotros.
En primer lugar, pues, repito, está ese juicio
misterioso del mal ejecutado sobre la persona del Santo, de Cristo. Y no por
ser simplemente lo primero en una serie de eventos, sino porque permanece
inconmovible por sí solo como lo único y más solemne de todo para Dios y para
el hombre, tanto en el tiempo presente como en la eternidad, en la tierra, en
el cielo o en el infierno. El salmo, pues, empieza convenientemente con este
gran hecho, porque ¿con qué otra cosa podría compararse en el pasado, el
presente o el futuro? El Señor Jesús había encontrado a Satanás al principio en
el desierto, y al final en Getsemaní. Destruyó el poder que tenía tanto sobre
la tierra como sobre el hombre, al “saquear los bienes del hombre fuerte”
(véase Mateo 12:29). Pero en este salmo se trata de algo infinitamente más
profundo. Era el pecado ante Dios. Ya no era un simple combate, ni nada para
destruir o ganar por el poder de la obediencia. Durante su vida él fue la
bondad misma, y tuvo el sello de Dios sobre ella. Jesús glorificó al Padre
durante toda su vida, pero entonces se trataba de glorificar a Dios en su
muerte, porque Dios es el juez del pecado. La cuestión no era con el Padre como
tal, sino con Dios, con Dios en relación con el pecado. Aquel que había
glorificado al Padre en una vida de obediencia, glorificó a Dios en la muerte,
en la cual precisamente esta obediencia fue consumada; y no sólo esto, sino que
el mal fue puesto sobre Él en quien todo era bien. El mal y el bien se
encontraron. ¡Qué encuentro!
Dios estaba allí, no sólo como Aquel que aprobaba
lo que era bueno, sino como Juez de todo el mal que fue puesto sobre la bendita
cabeza del Señor en la cruz. Era Dios desamparando al Siervo fiel y obediente;
sin embargo, era su Dios: esto no debía ni podía jamás olvidarse; al contrario,
aun allí lo proclama diciendo: “Dios mío, Dios mío”. Pero debe agregar
entonces: “¿Por qué me has desamparado?” Era el Hijo del Padre que, como Hijo
del hombre, clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Entonces,
y sólo entonces, Dios desamparó a su Siervo fiel, al hombre Cristo Jesús. Nos
inclinamos ante este misterio de los misterios en su Persona: Dios manifestado
en carne.
Si no hubiese sido hombre ¿en qué nos habría
servido? Si no hubiese sido Dios, nada habría podido dar a sus sufrimientos por
el pecado su valor infinito. Tal es la expiación. Y la expiación tiene dos
aspectos en su carácter y en su alcance. Es la expiación ante Dios, y es
también la sustitución por nuestros pecados (Levítico 16:7-10, “una suerte por
Jehová, y otra suerte por Azazel”: el pueblo), aunque este último aspecto no
sea el tema más desarrollado por el salmista, y no nos detendremos en él en
esta ocasión. Aunque todo es de infinita importancia, el lado más importante de
la expiación, el fundamento, es la “suerte por Jehová”.
Aquí vemos a Dios en su majestad y en su justo
juicio del mal, a Dios desplegando su ser moral para tratar con el pecado, allí
donde solamente podía tener que ver con él a fin de hacer salir bendición y
gloria, en la persona de su propio Hijo; Aquel que, cuando Dios lo desamparó,
hecho pecado por nosotros en la cruz, alcanzó el punto más bajo de la
humillación, pero moralmente el más elevado en el cual Dios pudo ser
glorificado. La perfección misma de la manera en que llevó el pecado hizo que
no fuese oído. Allí, en el grado más elevado, el dolor, la angustia y la
amargura del rechazo tuvieron lugar; ¿acaso no lo sentía? La gloria de su
persona ¿acaso lo volvía incapaz de sufrir? Esta idea negaría su humanidad. Y
podemos agregar que su divinidad le hizo soportar y sentir como ningún otro
hubiese podido hacerlo. “He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se
descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis
entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y
me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros me han rodeado; me ha cercado
cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis
huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis
vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Mas tú, Jehová, no te alejes;
fortaleza mía, apresúrate a socorrerme. Libra de la espada mi alma, del poder
del perro mi vida. Sálvame de la boca del león, y líbrame de los cuernos de los
búfalos” (v. 14-21).
No obstante, el Señor Jesucristo reivindica
perfectamente a Dios quien lo desamparó. Otros habían clamado antes y todos
habían sido librados. Pero no debía ser así para él, porque el sufrimiento
debía ir hasta lo sumo, el pecado debía ser expiado justamente, y no por el
poder sino por medio del sufrimiento.
Pero, ¿qué es lo que resuena en nuestros oídos
cuando la última gota de la copa se ha vaciado?: “Líbrame de los cuernos de los
búfalos. Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te
alabaré” (v.21- 22). Ahora que ha resucitado de entre los muertos, dice:
“Anunciaré tu nombre a mis hermanos”. Ya lo había anunciado: tal fue su
ministerio aquí abajo, pero ahora era sobre un fundamento completamente nuevo.
La muerte, y solamente la muerte, podía solucionar la cuestión del pecado; la
muerte, pero sólo Su muerte, podía
hacerlo, a fin de que el pecador pudiese descansar en la justicia de Dios
referente a esto, y ser introducido sin pecado en la presencia de Dios. Esto lo
declara Dios mismo.
Notemos aquí cuál es la consecuencia de esto:
“Anunciaré tu nombre a mis hermanos”. En los evangelios, el Señor Jesús nos
muestra la maravillosa adaptación de la verdad del Antiguo Testamento. “Tu
nombre”. ¿Qué nombre? Cuando lleva el pecado en la cruz, Él habla de Dios. El israelita piadoso, cuando mira
a la liberación, o cuando goza de su relación con Dios, habla de Jehová. Pero en el Nuevo Testamento, en
el cual Dios subsiste como Dios y siempre debe ser el juez del pecado, “Padre” es el término que caracteriza
la relación conocida por el Hijo de Dios desde la eternidad, relación que
conocía también como hombre, pero en la plenitud de verdad que le pertenecía
sólo a él. Esta relación, en toda su realidad e intimidad, fue la que el Señor
tuvo a bien dar a sus discípulos, en redención, y muchos de los lectores ya la
conocen con gozo. Pero lo repito para aquellos que no conocen el verdadero
significado de ese bendito y tan dulce nombre para sus almas. Jesús puede
enseñárselos ahora.
“Anunciaré tu nombre a mis hermanos”; y por eso
dice: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan
20:17). Nunca había hablado así antes. Notemos bien que ya había pronunciado la
palabra «Padre» antes, pero nunca lo había presentado de esta manera.; y llamo
particularmente la atención sobre este hecho. Este término supone el amor, pero
sobre el fundamento de la justicia. Sin duda la gracia es la que dio a Jesús, y
por él obró a favor del hombre pecador. Pero aquí Él nos enseña que, cuando el
pecado fue juzgado y quitado de en medio, su Dios es el nuestro, y cuando la
vida llevó mucho fruto en resurrección, su Padre es nuestro Padre.
La gloria del Padre y la naturaleza misma de Dios
nos traen ahora la bendición con él, mientras que tan sólo un instante antes,
por decirlo así, la santa venganza de Dios se ejecutó contra el pecado. Era la
gloria en los lugares altísimos, la gracia aquí abajo, pero todo estaba fundado
sobre la justicia, sin la cual el alma no haría más que enorgullecerse,
quedando expuesta a ser arrastrada hacia las peores profundidades. Esta base de
la justicia de Dios es necesaria para el pecador, y aquel que en sí mismo no
era sino un pecador perdido, ahora tiene el derecho de conocer a Dios no sólo
como Dios, sino además como Padre. “Anunciaré tu nombre a mis hermanos”. Ahora
hay perdón y paz; y no solamente eso, sino también asociación con Cristo mismo.
Veamos ahora cómo es introducida la declaración de
Su nombre. “Dios mío, Dios mío”, dice Jesús en el momento en que es desamparado
sobre la cruz, cuando es hecho pecado, y cuando llevó nuestros pecados en su
cuerpo sobre el madero. Ésta es la verdadera respuesta, simple y rotunda, a
aquellos que erróneamente sostienen que él llevó nuestros pecados durante toda
su vida aquí abajo. Si hubiese sido así, Jesús habría tenido que ser
desamparado por Dios durante todo ese tiempo, a menos que se suponga que Dios
habría podido complacerse entretanto juzgaba el pecado. Esto sería negar el
hecho de que Jesús gozaba perfectamente del amor y de la comunión de su Padre
durante su vida. El Hijo de Dios aquí abajo, anduvo siempre en el conocimiento
íntimo y perfecto de la presencia de su Padre y de su relación con él, y, por
consecuencia, sintió aún más el hecho de ser desamparado.
Pero ahora, el pecado que había sido puesto sobre
él, fue quitado por su muerte; y, como testimonio de que todo ha sido quitado,
él resucitó de entre los muertos, y entonces declara ese nombre, sin decir
primero vuestro Padre o nuestro Padre (esto no hubiese estado a
la altura de su gloria, al margen de cuál haya podido ser su amor), sino “a mi
Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Así, lo que Dios es como
Padre para él, descansa ahora sobre aquellos por los cuales murió, sobre
aquellos cuyos pecados fueron borrados por la sangre de la cruz.
Pero esto no es todo. La aceptación perfecta y
manifiesta del Hombre que Dios hizo pecado, ahora les pertenece por completo;
no sólo el amor del Padre, sino la gloria y la luz de Dios. Es, pues, el amor,
no solamente en cuanto a la relación, sino en su misma naturaleza; sí, y más
aún: todo lo que Dios siente como Dios, todo lo relativo a él que fue
reivindicado para siempre, no sólo pertenece a Cristo, sino que, como
consecuencia de su obra, pertenece también a aquellos que descansan en esta
persona y en esta obra. Tal es la fuerza y el resultado de la expiación. Y no
sólo es para el cielo, porque él
mismo lo dijo cuando estaba en la tierra.
Iba al cielo; pero por sabias y serias razones, esto expresamente estaba
revelado aquí a las personas que más lo necesitaban: a los pobres en espíritu,
a los mansos, a sus discípulos a los cuales se dio a sí mismo como ejemplo de
dependencia y de obediencia, de gracia y de justicia, de comunión feliz y
apacible con su Padre. Pero si no los hubiese librado por gracia, todo esto
sólo habría agravado la condición de ellos, que era tan inferior a
¡Con qué fuerza, pues, la bendita verdad irrumpe en
sus corazones! Dios mismo, el Padre del Señor Jesús, era el Padre de ellos, así
como su Dios; todo lo que es en Dios como tal, estaba, por la obra de la cruz,
tan completamente a favor de ellos, como todo lo que es en él como Padre. Y
notemos que no es solamente “como el Padre que se compadece de los hijos”, sino
que ahora se trata de algo incomparablemente superior a esto. Es el Padre tal
como Cristo lo conoció. “Anunciaré tu nombre a mis hermanos”, hermanos traídos
—y traídos con justicia— a la misma relación, de manera que toda la
satisfacción y el gozo de Dios mismo en Cristo (no sólo del Padre, relación que
nos concedió gozar, sino de Dios), son compartidos con nosotros, porque somos aceptos
en Cristo nuestro Señor.
Sin embargo, todavía tenemos más que escuchar. “En
medio de la congregación te alabaré”. No es simplemente: “te alabaré”, ni “en
la congregación”, sino “en medio de la congregación”. El apóstol Pablo cita
este pasaje en la epístola a los Hebreos (2:12), y encontramos su cumplimiento
en la pequeña compañía reunida ese día (Juan 20:19). El Señor se encuentra en
medio de ellos. No les reprocha la cobardía que acababan de demostrar, la
incredulidad ni la infidelidad, sin mencionar la falta de amor por Su persona y
del padecimiento por Su nombre. No digo que él no tuviera Sus caminos para con
uno o para con otro; pero él los lleva inmediatamente a la relación más elevada
y a las bendiciones más excelentes por Su sacrificio. Sabemos que se ocupó de varios de entre ellos, pero Sus
caminos para con cada uno no impidieron ni pospusieron en absoluto la obra de
su gracia.
“En medio de la congregación te alabaré”. Pensemos
un instante en lo que fue la alabanza de Cristo en tal momento, en lo que
debieron de ser sus sentimientos, ¡cuando salía de las tinieblas, del polvo de
la muerte, del desamparo de Dios! Él solamente podía estimar en su justo valor
la inmensidad de estas cosas, quien, habiendo sufrido una vez por los pecados,
ahora descansa en una victoria ganada a tan alto precio. Llevó nuestros
pecados; aquel que no conoció pecado, fue hecho pecado. Una vez que resucitó de
entre los muertos, no lleva más los pecados; ahora alaba, y no lo hace solo,
sino “en medio de la congregación”.
Y agrego algo más todavía. Viene el día en el cual
esta tierra no estará más llena de gemidos, sino de aleluyas, día en el cual
toda criatura tendrá parte en el coro de bendiciones, en el cual el cielo y la
tierra estarán llenos de gozo y de gloria. Pero jamás vendrá un día en el cual
irrumpa una alabanza como la que Él comenzó aquel día. No es posible que
aquellos que alaban con Cristo, habiendo sido llevados a tal asociación de
bendición, puedan perderla —jamás la perderán—; pero si la alabanza comenzó con
él, entonces ella será la de ellos para siempre, pero solamente será suya con
Él en medio de ellos; y este salmo lo prueba de una manera tanto más llamativa
por cuanto fue escrito especialmente en vista del pueblo terrenal. La alabanza
del día de la resurrección es particular, porque es la de Cristo en medio de la
congregación, es decir, en medio de sus hermanos.
¿Quién podría anunciarlo como Él? ¿Cuándo habría
podido anunciarlo, sino cuando resucitó de entre los muertos por la gloria del
Padre, y después de haber estado en el polvo de la muerte por el pecado? Nadie
más que él podía sentir hasta lo más profundo lo que fue ser desamparado por
Dios y no ser oído cuando clamaba a él. Pero ahora, habiendo sido oído “desde
los cuernos de los búfalos”, entra como el hombre resucitado en la luz y la
gloria de Dios, brillando para siempre en virtud de su propio sacrificio
aceptado por Dios, y anuncia a sus hermanos el nombre (y nosotros mismos
podemos decirlo ahora) de su Padre y el de ellos, de su Dios y el de ellos.
Así, en medio de
Queridos lectores, ¿están sus pensamientos a tono
con esto? ¿Es ésta la medida con la cual prueban sus corazones y sus labios
cuando presentan sus sacrificios espirituales a su Dios y Padre? Estemos
seguros de que él no estima ninguno de los sacrificios más que aquellos del
Cristo resucitado, de Aquel que se digna a ser el conductor de los que se unen
a él en este tiempo en que aún es rechazado, aunque esté, como lo sabemos,
glorificado en lo alto.
Lo que Cristo canta es ciertamente, en el sentido
más elevado, un cántico nuevo. Él solo sufrió así; pero en la alabanza no está
solo; está en medio del coro de los redimidos. ¡Qué cosa maravillosa que aquí
no sólo cante la alabanza “en” la congregación, sino “en medio de” ella! En el
día de su poder, no será así para “la gran congregación” (v. 25). No significa
que su alabanza haya de faltar en aquel día, ni que los grandes y pequeños no
lo vayan a alabar en la tierra cuando todas las obras de Dios lo alaben y todos
sus redimidos lo bendigan. Sin embargo, no es menos cierto que entre Él y
aquellos que, desde su resurrección, son llamados y reunidos, hay una
asociación revelada por él, que sobrepasa en intimidad el gozo de aquellos que
participarán en ese hermoso día. Él no anuncia a la gran congregación el nombre
de Su Dios y Padre. Es cierto que alabará a Dios en ella, pero no en medio de
ella como en el día de la resurrección.
Pues lo que se dice de ese jubileo para Israel y
para la tierra sería todavía cierto si él alabara solo por su lado, y ellos lo
hicieran por el suyo. Tampoco los llama sus hermanos como ahora, aunque pague
sus votos (otra señal distintiva en sí misma) delante de aquellos que temen a
Dios (v. 25), cuando toda rodilla se doble y “toda lengua confiese que
Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:10-11), hasta
los confines de la tierra, y entre todas las familias de las naciones.
Todo esto, ¿no es acaso la gracia para con
nosotros, quienes nada merecíamos, “la verdadera gracia de Dios, en la cual
estamos”? ¡Que podamos apreciar los consejos y los caminos del “Dios de toda
gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo! ¡A él sea la gloria y
el imperio por los siglos de los siglos!” (1 Pedro 5:10-12). ¡Que nuestras
alabanzas abunden! ¡Pero que sean las alabanzas de Cristo en medio de nosotros, de Aquel que se digna a estar allí
en medio de dos o tres congregados en su nombre! (Mateo 18:20). Él está con
nosotros cuando somos llevados por alguna circunstancia a defender la verdad o
la santidad de Dios: ¿Podría estar ausente acaso cuando nos reunimos para
adorar a su Dios y a nuestro Dios, a su Padre y a nuestro Padre? “Así que,
ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir,
fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15).
Los versículos siguientes del salmo 22 contienen un
llamamiento fundado en la resurrección del Mesías sufriente: “Los que teméis a
Jehová, alabadle; glorificadle, descendencia toda de Jacob, y temedle vosotros,
descendencia toda de Israel. Porque no menospreció ni abominó la aflicción del
afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó” (v.
23-24). Podemos notar, de paso, que el Señor anticipó estas palabras cuando
pronunció al morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).
Cuando Dios lo resucitó de entre los muertos hallamos la respuesta pública a su
clamor.
Así, encontramos al Mesías, ya no sufriendo, sino
siendo librado (“oído”), anunciado el nombre de su Dios y Padre a sus hermanos,
y alabando él mismo en medio de la congregación. Y luego hay un llamamiento
dirigido a todos aquellos que temen a Dios, para que lo alaben sobre la base de
la expiación. Porque por la cruz de Cristo, toda la cuestión del pecado y de
los pecados, delante de Dios y para el creyente, está resuelta para siempre.
Esto nos lleva a una nueva escena, en los
versículos siguientes, que nos ayudará a comprender mejor lo que ya he tratado
de explicar. El Mesías dice aquí: “De ti será mi alabanza en la gran
congregación” (v. 25). Así pues, la “gran congregación” se distingue de “la
congregación” del versículo 22 en la cual vemos claramente que es
En el capítulo 20 del Evangelio de Juan 20
encontramos también lo que corresponde a la gran congregación. Este capítulo ya
nos dio la ilustración y también el cumplimiento del anuncio de su nombre a sus
hermanos, y de la congregación en medio de la cual Él alaba. En efecto, Tomás
vino ocho días después y, cuando su incredulidad fue puesta de manifiesto,
exclamó: “Señor mío, y Dios mío”. No se insinúa ni una palabra acerca de “mi
Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios”. Ya no se describe más aquí la
asociación de Cristo con sus discípulos, sino otra confesión que la gracia
sacará de la “gran congregación”, como lo hizo de Tomás, cuando el remanente
del pueblo de Israel se arrepienta y confiese a su Mesías despreciado y
rechazado durante tan largo tiempo. Este remanente también dirá entonces:
“¡Señor mío, y Dios mío!”. Es una sorprendente imagen de lo que Israel conocerá
y confesará en aquel día (compárese con Zacarías 12:10-14).
¡Qué grande será la alabanza! Pero, lo repito, en
el versículo 25 del salmo 22 no se trata de la asociación con Cristo, pues no
lo vemos alabando en medio de la congregación. No hay allí esa bendita comunión
con él. De Cristo en aquel día se dice: “Mis votos pagaré delante de los que le
temen”. ¿Qué otra cosa podría mostrar más claramente que esto se halla sobre un
terreno judío? Y más adelante, no es tanto lo que se dice de ellos lo que los distingue de aquellos de los cuales se
habla en el versículo 22, sino lo que no
se dice. Aquí no se trata de anunciar el nombre de su Dios y Padre, tampoco son
llamados sus hermanos. Habrá un pueblo bendecido, pero como pueblo, alrededor
de Aquel que es al mismo tiempo el Mesías que reina y Jehová su Dios. En aquel
día, Él también alaba y paga sus votos.
Vimos la alabanza de Cristo en medio de la
congregación de sus hermanos, Jefe de ellos, cuando resucitó de entre los
muertos; luego, el testimonio de Dios para los que le temen (compárese Hechos
10:35), así como a toda la simiente de Jacob o de Israel. El día cuando la
gracia reúne a los hijos de Dios es también un día de Buenas Nuevas para toda
criatura, judío o gentil, para que crean. Pero ahora hay más que un testimonio.
Las alabanzas del Mesías vienen de Jehová en la gran congregación; el Mesías
paga sus votos delante de aquellos que le temen. Éste es el cumplimiento cierto
y público de todas las promesas. Toda la profecía concerniente a la gloria
venidera para la tierra y las naciones se cumple. Así “comerán los humildes, y
serán saciados; alabarán a Jehová los que le buscan; vivirá vuestro corazón
para siempre. Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la
tierra, y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti. Porque de
Jehová es el reino, y él regirá las naciones” (v. 26-28).
Ni una palabra de todo esto se encuentra en el
pasaje precedente. No solamente invita a todos los confines de la tierra a acordarse,
sino que realmente “se acordarán”. No será el Evangelio de la gracia, como hoy,
ni
Hoy día, por el contrario, la suya es tan sólo una
“manada pequeña”, y todo lo que es grande entre los hombres es contrario a
Dios. No será así en el futuro. Cristo tendrá la “gran congregación”, y él
mismo dominará sobre todas las naciones. Entonces “comerán y adorarán todos los
poderosos de la tierra; se postrarán delante de él todos los que descienden al
polvo”. Será un día en el cual confesarán su dependencia, a pesar de la más
rica bendición, porque nadie podrá “conservar la vida a su propia alma”. Él es
la vida y la fuerza de todos, por cuanto es exaltado entre todos. “La
posteridad le servirá; esto será contado de Jehová hasta la postrera generación”.
La antigua generación que rechazó a Cristo pasó, pero el remanente vuelto,
después de haber pasado por el juicio, será una simiente santa y una vid nueva.
“Vendrán, y anunciarán su justicia” (despojados ahora de toda presunción) “a
pueblo no nacido aún, anunciarán que él hizo esto” (v. 29-31). No se trata del
cielo ni de la eternidad, como tampoco del presente siglo malo, sino del santo
y magnífico siglo venidero, cuando el Señor Jehová haya de ser bendecido y
bendecirá: el Dios de Israel que sólo obra maravillas; y en aquel día su nombre
glorioso será bendito para siempre, y toda la tierra será llena de su gloria.
Amén.
William Kelly
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Traducido
de: Jesus Forsaken of God, and the consequences. Psalm 22. The
substance of a lecture in Ryde in 1873 by W. Kelly.
Publicado en francés, en LE MESSAGER ÉVANGÉLIQUE, 1930, pág. 14,
bajo el título: JÉSUS ABANDONNÉ DE DIEU,
Psaume XXII.
Publicado en español por ©CRECED, (http://www.creced.ch/),
Derechos reservados.