“LA IGLESIA” EN UN LUGAR O CIUDAD

 

Serie de cartas por

 

William Kelly

 

 

La Biblia no enseña que haya “iglesias” o “asambleas” — y menos independientes—, en una ciudad, sino que ella habla de “la iglesia o asamblea” en un lugar o ciudad, con todas sus acciones hechas en plena comunión, aunque hubiere muchos lugares de reunión en esa ciudad.

 

 

1.      PRIMERA CARTA: El principio bíblico de la unidad de acción

2.      SEGUNDA CARTA: Respuesta a objeciones al principio de la acción en común que pretenden basarse en las Escrituras

3.      TERCERA CARTA: Refutación de la teoría de que la unidad se logra sólo dentro de un recinto que agrupe a todos.

4.      CUARTA CARTA: Pruebas de que la condición de ruina generalizada en la cristiandad no afecta en absoluto nuestro deber de actuar sobre el principio de la comunión de acción.

5.      QUINTA CARTA: Aplicación del principio a recientes acontecimientos que prueban su vital importancia

6.      SEXTA CARTA: Examinación de diversos medios sugeridos para llevar a cabo el principio de la unidad de acción

7.      SÉPTIMA CARTA: Un llamado a la conciencia de los hermanos que esgrimen objeciones sin un fundamento sólido

8.       APÉNDICE I: Disciplina y unidad de acción

 

 

 

PRIMERA CARTA

 

Al hermano R. S. A.,

 

Querido hermano,

 

Por medio de la presente cumplo su deseo de tener de forma clara e impresa no sólo para Ud., sino también para otros, en común con aquellos a quienes hemos considerado muy ciertamente enseñados por Dios, lo que yo creo que es el pensamiento de Dios revelado en su Palabra sobre el tema de la Iglesia en una ciudad o localidad.

 

El principio surge de la grande y preciosa verdad de que somos llamados por Dios a andar sobre el fundamento del “un solo cuerpo” de Cristo. Si no andamos así en la práctica, entonces de hecho no podemos ser celosos en “guardar la unidad del Espíritu” (Efesios 4:3-4).

 

Si, como ocurre a menudo, los santos que, por fe, asumen este único terreno divino, congregados al nombre de Cristo (Mateo 18:20), son solamente una compañía en un lugar, todo está claro. Nadie entre nosotros pone en tela de juicio su derecho o su competencia, como tampoco su responsabilidad. Aun cuando fueren tan solamente dos o tres, el privilegio permanece.

 

Ellos no son la asamblea ni pretenden serlo, en la presente ruina de la iglesia, en donde muchos miembros de Cristo se hallan dispersos por todas partes en las múltiples sociedades religiosas, establecidas o no, grandes o pequeñas. Pero ellos están obligados, sin embargo, a caminar juntos sobre la base de ese principio, que es según el pensamiento del Señor, en el poder del bendito Espíritu que permanece para siempre, alentados y sostenidos por este recurso de gracia para el día malo: la seguridad de la presencia del Señor en medio de los dos o tres para convalidar sus actos tan verdaderamente como cuando la iglesia permanecía aún inamovible e inquebrantable (Mateo 18:18-20).

 

Puede ser que tengan que esperar en él en la debilidad, y seguramente también en humildad, paciencia y amor, pero esperando confiados en Su guía mediante su Palabra y su Espíritu. Es imposible que el Señor pueda fallar a aquellos que están así congregados en dependencia y fe. Si la voluntad propia o el apresuramiento personal actúan en los conductores o en los que son conducidos, no hay garantía de que el error, o aun la iniquidad, no vayan pronto a sobrevenir, para dolor y vergüenza de todos los que aman al Señor, y para la deshonra de Su propio nombre.

 

La cuestión de la unidad surge necesariamente, no sólo de una manera general del hecho de que la Escritura no reconoce sino “un solo cuerpo” —la iglesia, a lo largo de todo el mundo— sino, de una manera práctica, del hecho de que nunca ella habla de asambleas, o de iglesias, en una ciudad o lugar. Sí leemos de “iglesias” en un país o en una provincia (como Galacia), pero se habla de “la iglesia” en Jerusalén (Hechos 8:1, 3; 11:22), en Antioquía (Hechos 11:26; 13:1), en Éfeso (Hechos 20:17, 28) o en cualquier otro lugar. Incluso las disensiones o los cismas dentro, son fuertemente denunciados; y todavía más solemnemente lo son las “herejías” o sectas, como la Escritura llama a los partidos de afuera. La unidad se debe guardar, y es algo del más alto precio, con tal que no sea carnal ni mundana, sino la unidad proveniente “del Espíritu”. Esta unidad se halla íntimamente vinculada con el nombre y la gloria de Cristo, sin hablar de la abundante bendición espiritual que comunica a la mente, el corazón y la conciencia también de los santos que caminan juntos conforme a ella.

 

Ahora bien, las circunstancias de los santos primitivos llamados a andar conforme a esta verdad, pusieron la unidad a prueba de una manera muy manifiesta. Pues por el incomparable poder del Espíritu Santo, miles de almas fueron traídas al nombre de Cristo en un solo día, y de tal manera que las diferenció muy particularmente para el Señor más allá de los tiempos ordinarios (Hechos 2:41). Ellos, por la naturaleza del caso, no podían poseer edificios públicos, por más que desearan tales medios de congregarse mucho más ampliamente, teniendo en cuenta que muchos de los primeros creyentes poseían tierras o casas que prefirieron venderlas, para la distribución a los necesitados. Si bien continuaron todavía en el templo, no estando aún absolutamente desligados de sus viejas asociaciones, partían el pan “en casa”, y no “de casa en casa” (lit.: “from house to house”) como erróneamente vierte la Versión Autorizada inglesa en Hechos 2:46, lo cual dejaría amplio lugar para la noción de un descuidado desorden. Los aposentos estaban disponibles, a menudo los “aposentos altos”, y no de un tamaño desconsiderable. Pero aunque ellos —judíos que ahora eran cristianos de toda nación bajo el cielo—, se reunían de esta manera, y lo hacían sin duda alguna en muchas casas diferentes, el lenguaje uniforme que emplea el Espíritu Santo es: “la Iglesia” o la asamblea, y nunca “las asambleas”. Con toda seguridad, a “toda la multitud” de los creyentes se los muestra expresamente en el capítulo 6 de los Hechos hallando medios de acción en común, aunque se nos dice antes de esto que el número de los varones (ανδρων) había llegado a ser cerca de cinco mil (Hechos 4:4). ¿Es demasiado suponer que las mujeres creyentes pudieron incluso entonces haber duplicado ese número?

 

Admito que la designación de “los siete” (Hechos 6) no fue un asunto ordinario; y más extraordinaria aún fue la ocasión que convocó a “toda la multitud” en Hechos 15. Cito ambos eventos como revelaciones indiscutibles de esa acción común —asegurada de la manera que sea— de “la asamblea” en una ciudad, por más que concierna a muchos millares de creyentes, lo cual es la práctica que la Escritura aprueba desde el principio.

 

Ahora bien, si hay algún deber que ataña a la asamblea más inalienablemente que cualquier otro, es el de la recepción, como lo llamamos, o la exclusión, según la palabra, de aquellos que confiesan el nombre del Señor. ¿Acaso lo lleva a cabo «una» asamblea? ¿O, en cambio, es llevado a cabo sobre el principio de “la” asamblea? No hablo de un lugar donde todos los santos congregados están realmente bajo un mismo techo, sino de un pueblo o toda una ciudad donde son bastante numerosos, como en Jerusalén, para partir el pan en muchísimas casas diferentes. La Escritura nunca reconoce una acción de la iglesia excepto que se realice en la unidad. 1.ª Corintios 5 no está escrito para Corinto solamente, sino para “todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1.ª Corintios 1:2). Reconozco e insisto de la manera más vigorosa en la responsabilidad local donde el caso ocurre y se conoce, pero no para la negación práctica de la unidad en toda la ciudad. Para que la acción sea de Dios, debe ser llevada a cabo realmente —y no de una manera puramente formal—, a menos que permitamos la infalibilidad local, por todos los santos congregados sobre el terreno divino. Si participan todos conjuntamente de esta manera, sería injusto compartir la responsabilidad de la acción sin una oportunidad de un consentimiento hecho a conciencia, y la consiguiente libertad de investigar o incluso el deber de reconvenir de una manera piadosa.

 

Pero la acción aislada de algunos santos, o de “una” asamblea sin la plena comunión de todas las demás en una ciudad o lugar, es independencia práctica, y algo totalmente opuesto tanto al espíritu como a la letra de la Palabra de Dios. En una provincia, región, o todo un país, las diversas asambleas de tan amplio radio actúan cada una; y todos los santos aceptan prima facie la acción de cada una. Pero, dada la naturaleza del caso, según la Palabra, no existe ninguna acción común. No son “la asamblea en Galacia”, sino “las” asambleas de ese país (Gálatas 1:2; 1.ª Corintios 16:1). Nunca es éste el caso cuando se trata de una ciudad, donde, si una compañía local tiene la responsabilidad del caso y de llevar a cabo el acto Escriturario, todos los santos de la ciudad tienen el privilegio y el deber de unirse en una acción común. Si no se actúa de esta manera, ya no es más “la asamblea en Jerusalén o en Londres”, sino una especie de unión congregacional humana tras el acto, el cual, en este asunto, constituye una negación de la unidad.

 

Es todo lo que tengo que decir por ahora,

 

Afectuosamente en Cristo,

 

W. Kelly


 

SEGUNDA CARTA

 

Al hermano R. S. A.,

 

Querido hermano,

 

Objeciones de diversa naturaleza esgrimen aquellos que siguen en mayor o menor medida las tradiciones de la cristiandad. Pero no puede, honestamente, clasificarse bajo esta categoría la acción común que fluye de la unidad que tanto urge el Espíritu Santo a lo largo de todo el Nuevo Testamento, y que reluce con todo vigor por medio de esa notable frase de la Escritura: “la iglesia en Jerusalén”, en Antioquía, en Corinto, en Éfeso o en cualquier otra parte. Pero las razones que incluso parecen estar basadas en la palabra de Dios tienen derecho a ser escuchadas seriamente. Pues la Escritura debe concordar seguramente con la Escritura, aunque uno de ninguna manera pretenda resolver, para la satisfacción de cada objetor, todas las dificultades que se puedan plantear sobre ésta o cualquier otra materia. 

 

Se arguye así que la iglesia “en la casa” (κατ οικον) de ésta o aquella persona, de Aquila y de Prisca (1.ª Corintios 16:19), de Ninfas (Colosenses 4:15) o de Filemón (Filemón 2), constituye una prueba de la existencia de “iglesias” en una ciudad. De ningún modo es así, sino que más bien, cuando se lo compara debidamente con otras Escrituras, constituye una clara prueba en contra de semejante idea divisiva. Viene a ser entonces parte de la evidencia para la unidad; porque, si bien nadie niega que exista “la iglesia” en tantísimas casas de una ciudad, los santos allí son no obstante invariablemente designados en todo el Nuevo Testamento como “la” asamblea en (εν) la ciudad. La noción de algunos padres griegos, y de Calvino, etc. desde entonces, de que la expresión significa solamente una casa o un hogar cristiano da la impresión de ser no más que una simple escapatoria a causa de sus prejuicios tradicionales. Neander, aunque correcto en lo más importante, manifiesta su falta de atención a la precisión de la Escritura al citar el concepto de esta manera: η εκκλησία εν τω οικω αυτου («la iglesia en su casa»). Ahora bien, si leemos con atención el griego, nunca en la Escritura aparece escrito de esta manera, aunque podría tal vez haber sido así si todos los santos se hubiesen reunido en una sola casa. El Espíritu utiliza la preposición εν (en) solamente cuando se refiere a todos los santos en una ciudad. La expresión inspirada que vamos a encontrar siempre en el Nuevo Testamento es κατ οικον “en la casa”, en términos absolutos como en Hechos 2:46 (“en casa”), o relativamente como en las cuatro casas que estamos ahora examinando.

 

Ningún investigador imparcial e inteligente cuestionará el hecho de que la iglesia en Éfeso, la metrópoli de Asia, había sido establecida antes de que la primera epístola a los Corintios fuese escrita desde allí. Evidentemente también “la iglesia en casa de Aquila” (1.ª Corintios 16:19) existía entonces en esa ciudad. “Todos los hermanos os saludan”, en el versículo 20, supone que había almas congregadas en otras partes, y el cuerpo principal también. La gracia activa de Dios congrega libremente y en toda simplicidad; pero así como el Espíritu Santo es uno e inculca la unidad en todos los santos aquí abajo, así también hay cuidado en un lugar como Éfeso, no seguramente para impedir la reunión de los santos al nombre del Señor en más casas que en una, sino también para guardarlos a todos en la unidad. Puede estar la asamblea aquí o la asamblea allá; pero el conjunto de los santos en el lugar era “la asamblea en Éfeso” (Hechos 20:17, 28), y nunca “las” asambleas en Éfeso ni de Éfeso. La unidad es la verdad rectora según la voluntad de nuestro Señor, la Cabeza de la Iglesia. Así lo manda Su Palabra, la cual “no puede ser quebrantada”. Tener a todos ellos reuniéndose bajo un mismo techo, es una noción terrenal: la presencia y el poder del Espíritu se elevan completa y esencialmente sobre la diversidad de lugar. La única condición indispensable es que, como Cuerpo de Cristo, todos ellos estén congregados a su Nombre en la libertad y la unidad del Espíritu.

 

De la lectura de Romanos 16:3-5 parece que Aquila y su esposa estaban en Roma cuando el apóstol escribió su gran epístola a los santos allí desde Corinto (57 ó 58 A.D.); y aquí de nuevo leemos “de la iglesia en casa de ellos”. Puede decirse sin duda que los santos en Roma son mencionados bajo ese carácter en todas partes, y nunca en la Escritura se habla de ellos como «la iglesia en Roma». Por mi parte admiro la perfección de la Escritura y la sabiduría de Dios al hablar en estos términos. Pero a la vez es una débil inferencia humana aseverar que los santos no eran la iglesia de Dios allí, por el simple hecho de que no se hable así de ellos. Tan sólo consideremos a los santos en Filipos o en Colosas, ciudades respecto de las cuales nadie sería tan intrépido como para negarles el carácter de iglesia. ¿Por qué entonces —se puede preguntar— no eran los santos en esos lugares, llamados “la iglesia”? No porque no lo fueran; porque sería ridículo negar tal cosa en lugares tales como Filipos, donde oímos de “obispos, o supervisores, y diáconos” (Filipenses 1:1), lo que indica una plenitud de orden que muchas verdaderas asambleas aún no podían poseer (véase Hechos 14:23 y Tito 1:5). La verdad enseñada en la epístola a los Filipenses ponía de relieve la experiencia individual y la vida cristiana, y no hacía referencia a relaciones eclesiásticas; así como el asunto principal en la epístola a los Colosenses no trata de la regulación de la iglesia, sino que remite a los santos a Cristo, la Cabeza, cuando se hallaban en peligro de perder el verdadero sentido de Su gloria. El apóstol, asimismo, se dirige a los discípulos de Éfeso como a “los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso”, más bien que como “la asamblea” en ese lugar, lo cual —y podemos estar absolutamente seguros de ello— ya lo eran desde mucho tiempo antes (Hechos 20:17, 28). La razón de ello es que, aunque la iglesia es tratada en esta epístola desde el punto de vista más elevado y en toda la extensión de sus privilegios, se toma primero el máximo cuidado para tratar de las bendiciones de los santos en Cristo, lo que conduce a la individualidad de su título cuando el apóstol se dirige a ellos en la salutación.

 

Más evidente todavía es la clave que nos dilucida por qué el apóstol se dirige a los santos en esos términos en la epístola a los Romanos. Ello se debe al carácter de la Epístola, en donde se establece, no el orden para la iglesia, sino los amplios y profundos fundamentos de la justicia divina en el Evangelio (presentándose asimismo la culpabilidad y el mal del hombre que requieren dicha justicia), su consistencia con las promesas especiales hechas a Israel, y la vida práctica de los cristianos que fluye de esa justicia, que conviene a ella y que se debe a ella. La mente espiritual siente que dirigir una epístola así “a la iglesia” en Roma estaría fuera de armonía con la verdad en cuestión. Para Pablo, apóstol por llamamiento, dirigirse a todos los que estaban en Roma como santos por llamamiento, parece ser la perfección; no porque ellos no compusieran la asamblea o la iglesia allí, sino porque el estilo adoptado guarda armonía —como “la asamblea” habría sido absolutamente incongruente—, con el objeto de la epístola. Hubiera sido de hecho sorprendente si el inspirado apóstol hubiese escrito de otra manera.

 

Que no eran la iglesia en Roma es una deducción infundada o una doctrina extraña. Que hayan podido ser varias compañías en esa gran ciudad incluso entonces, no es de manera alguna improbable: los versículos 14 y 15 parecen indicar grupos; y hay, además, muchos nombres registrados en el capítulo, no relacionados ni con estos versículos ni con el versículo 5, donde oímos expresamente de la asamblea en la casa de Prisca (o Priscila) y Aquila. Sin embargo, la analogía de Jerusalén —sin mencionar ninguna otra—, no sólo autorizaría sino que requeriría la conclusión de que, cualquiera haya sido el número de compañías que se reunían en Roma, todos los santos en ella formaban la asamblea allí. Por supuesto que se trataba de “la asamblea” en esta casa, y de “la asamblea” en aquella otra; pero los santos en su totalidad constituían “la asamblea en Jerusalén”, en Éfeso, en Roma, etc., según el caso. Todos estaban emplazados sobre un único terreno divino; y lo mismo se aplica a nosotros hoy. Si hubiese habido “iglesias” en Jerusalén sin una acción común, no habría sido “la” asamblea, sino “una” asamblea aquí y otra allá, no habría sido unidad sino independencia, la cual, de todos los principios, es el más opuesto al de la iglesia de Dios.

 

Todavía más manifiesto, y que toca directamente el tema, es la evidencia suministrada por Colosenses 4:15: “Saludad a los hermanos que están en Laodicea, y a Ninfas, y a la asamblea que está en casa de él” (o, según algunas de las copias más antiguas, “en casa de ellos”). Es en vano suponer que ésta era la única reunión de los santos en Laodicea. Correctamente considerado, ello hasta por sí solo implicaría lo contrario; pues si hubiese sido la única compañía congregada al nombre del Señor en la ciudad, ella habría sido naturalmente llamada la iglesia “en Laodicea” más bien que la iglesia que está “en la casa de Ninfas”.

 

Puede argüirse naturalmente que el versículo 13 nos habla de “los que están en Laodicea”, como si ellos fuesen solamente muchos santos individuales pero sin estar congregados en absoluto. Pero no hay realmente lugar para tal especulación; porque en el versículo siguiente (16) leemos acerca de “la asamblea (o iglesia) de laodicenses”, de la misma manera que cuando hablamos de la asamblea de londinenses, queriendo significar la asamblea en Londres. Téngase en cuenta que en el original no aparece el artículo, como lo ponen las versiones ordinarias: “los laodicenses”, lo cual llevaría el sentido más allá de su alcance; y lo mismo podemos decir con respecto a “los” tesalonicenses en 1 Tesalonicenses 1:1 y 2.ª Tesalonicenses 1:1. Pero el caso es importante, por el hecho de que nos obliga a llegar hasta una clara definición en cuanto a la unidad de la iglesia en una ciudad, contra la independencia de las iglesias allí. El apóstol no identifica en absoluto a la iglesia en casa de Ninfas con la asamblea de laodicenses. Tampoco habla de “las iglesias”, sino de “la” iglesia de laodicenses, lo que sugiere una acción común, y no de las acciones de cada una en particular.

 

Por consiguiente, la “asamblea de laodicenses” es algo que supera a aquellos que se reúnen en esa casa; mientras que la unidad de todos los santos en Laodicea de ninguna manera impide o niega la asamblea en la casa de cierto santo. ¿Acaso esto no se corresponde perfectamente bien con lo que tan felizmente se ha mantenido entre nosotros hasta ahora, a saber, la unidad de los santos en una ciudad con reuniones locales en varios lugares en ella? Que todos ellos se reunían bajo un mismo techo (excepto en ocasiones extraordinarias), y que la unidad sólo puede verse asegurada de esta manera material, es bastante natural para aquellos que no creen en la unidad del Espíritu; pero en realidad es una crasa idea y un error engañoso opuesto a la Escritura. Los hermanos pudieron haberse congregado en la casa de éste o de aquel hermano; pero estaba también la verdad capital de la asamblea “de laodicenses” o “en Laodicea” (véase Apocalipsis 3:14, donde la lectura comúnmente recibida “de laodicenses” cuenta, hasta donde se sabe, solamente con el apoyo del Codex Reuchlini, empleado por Erasmo, en contra de todos los mejores manuscritos). Cada reunión tenía sin duda su responsabilidad local: pero sin embargo había unidad para todas en la ciudad. ¿Y quién que sabe lo que es la iglesia de Dios podría dudar de que lo que aparece en Colosenses 4:15 y 16, era igualmente verdadero en todo otro lugar, aunque hubiere más de una sola reunión?

 

Falta que consideremos brevemente Filemón 2: “la iglesia, o asamblea, en tu casa”. Si lo comparamos con Colosenses 4:9 y con otras pruebas confirmativas, no puede admitirse ninguna duda de que la casa de Filemón estaba en Colosas. Pero sería una extravagante conclusión aseverar que ésta era la única reunión de los santos en la ciudad. Era “la iglesia en la casa de Filemón”; pero no podía ser, ni tampoco habría sido llamada, “la iglesia en Colosas”. Otras congregaciones, una o más, existían en esa ciudad. De nuevo aquí, si bien tenemos una prueba de la existencia de una reunión local y, naturalmente, de responsabilidad local, no obstante no encontramos una sola palabra que debilite la unidad de la asamblea de Dios en la ciudad, sino más bien aquello que claramente la implica.

 

Así pues, cada caso de la iglesia en una casa falla como objeción sólida, y más bien tiende a confirmar por otros hechos relacionados (que el Espíritu Santo cuidadosamente declara como para excluir la independencia), que la unidad junto con la responsabilidad local es de Dios, y sostener ambas es esencial para todo concepto sano y espiritual de la iglesia de Dios. Uno está lejos de referirse al difunto A. Neander como un intérprete fiel del pensamiento de Dios, revelado en su Palabra, acerca de la constitución de la iglesia. Pero él honestamente declara aquí, en general por encima de otros, lo que se encuentra en la Escritura, aun a pesar de que ello condena su propio luteranismo así como al resto de la cristiandad. Y así, en su «History of the Planting and Training of the Christian Church by the Apostles» (Libro III, capítulo 3, un capítulo muy perjudicial para los usos y costumbres tradicionales), él admite que si bien se reunían compañías en casas particulares, sin separarse del conjunto, las «epístolas del apóstol Pablo proporcionan la más clara prueba de que todos los cristianos de una ciudad formaban originalmente una sola iglesia entera».

 

Otro pasaje de la Escritura ha sido citado con una cierta confianza, no precisamente para probar que haya asambleas con acciones independientes en una ciudad, sino para destruir la fuerza de la verdad de “la” asamblea en una ciudad por medio de una cita cuyo propósito es mostrar su aplicación a las provincias. Lo que se quiere, pues, insinuar, es que, si la expresión “la iglesia” puede referirse tanto a una provincia como a una ciudad, la frase no puede llevar consigo una unidad tal que conduzca a la acción común en una ciudad, porque ésta es claramente inadmisible en una provincia. Pero ¿es cierto que haya un solo ejemplo de semejante equivalencia? El pasaje que se alega es Hechos 9:31, donde la Versión Autorizada inglesa, basada en el Texto Recibido, dice que “entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria…” (N. del T.— ídem la versión española Reina-Valera, de donde se cita).

 

Ahora bien, puesto que cuenta con las evidencias de los mejores y más antiguos testimonios, la lectura de “la iglesia”, a mi juicio, debiera, pues, ser francamente aceptada como la verdadera lectura. El cambio posterior al plural se debió probablemente a escribas que se vieron sorprendidos con la particularidad de la expresión y que no entendieron su fuerza, en conformidad con Hechos 16:5, donde el plural “las iglesias” es tan correcto como aquí, en Hechos 9:31, parece más débil que el singular. “La iglesia, pues, por (καθ’ con el genitivo) toda la Judea y Galilea y Samaria tenía paz…”. Es una frase completamente distinta de lo que quisieran aquellos que abogan por una acción separada en una ciudad; y por tal motivo carece absolutamente de valor para el propósito que los tales buscan. Porque lo único que hace esta frase es insinuar que la iglesia, considerada en su conjunto, dondequiera que se hubiese extendido por estas tierras, tenía paz.

 

Si la frase hubiese sido “la iglesia (o asamblea) de Judea y Galilea y Samaria”, o “la iglesia en Judea…”, podría haber sido, de hecho, legítimamente utilizada para neutralizar el lenguaje en el que tanto insisten con pleno derecho aquellos que se aferran tenazmente a la Palabra escrita tanto para la verdad como para la práctica. Así como está escrita, la marcada diferencia de la frase destruye la aplicación que se le pretende dar; mientras que su sentido no forzado y natural, encaja exactamente con la verdad de los hechos y de la interpretación recién dados. Se trata de la iglesia hasta donde entonces existía, la iglesia por las tierras señaladas, la iglesia como una unidad en esta región: un sentido que ninguno de nosotros cuestiona en otra parte, y que es de la mayor importancia sostener con la mayor firmeza, aunque no sea el punto de discusión actual. Solamente la ignorancia podría citarlo para debilitar “la asamblea” en una ciudad o “las asambleas” de una provincia. La unidad en el sentido amplio y comprensivo es admitida por todos lados. 

 

Me siento agradecido por esta modesta investigación hecha en la maravillosa Palabra de Dios, cuya perfección siempre va en aumento en el cristiano que excava en ella con fe. Ojalá que usemos cada una de sus palabras para la gloria del Señor Jesús “de hecho y en verdad”.  

 

 

Afectuosamente en Cristo,

W. Kelly

 


 

TERCERA CARTA

 

Al hermano R. S. A.,

 

Querido hermano,

 

En esta carta me propongo presentar tan claramente como me sea posible las pruebas bíblicas de la Escritura sobre la cuestión de si los santos en una ciudad eran llamados a reunirse en la misma sala, a fin de que de tal modo mantuviesen esa unidad, la que de nombre es universalmente admitida en medio de nosotros, tal como la Palabra escrita la afirma o la supone de hecho y en verdad. Hay una frase que aparece no infrecuentemente en el Nuevo Testamento, a partir de la cual se ha supuesto que implica el hecho, y, por lo tanto, el deber de que los santos se congreguen en una y en la misma compañía. ¿Es ésta, pues, la única manera escrituraria de expresar la unidad en una ciudad?

 

Vamos a examinar la expresión επι το αυτό[1] en los Hechos y en las epístolas a fin de poder deducir si el uso en estos lugares requiere que sea necesario que la reunión se tenga en un solo lugar para que haya una acción común. A la vista de tales palabras, no se enseña ninguna restricción semejante de su significado; porque su sentido primitivo o literal es “para lo mismo”. La frase no expresa igualdad de lugar, sino más bien de objeto; aunque se admite plenamente que el mismo propósito bien podía llevarse a cabo en el mismo lugar, o al mismo tiempo, e implicarse esto según la aplicación de la frase en el contexto. De ahí que “juntos” sea un significado legítimamente derivado, y sin duda el sentido más habitual con el que aparece esta expresión en el Nuevo Testamento. Solamente la naturaleza particular del caso determina si se llevaba a cabo también en el mismo tiempo o lugar. Es probable, pues, que los fariseos se hayan reunido “juntos” (επι το αυτό) en un mismo lugar para interrogar al Señor (Mateo 22:34), como difícilmente podría ser de otra manera al tratarse de dos mujeres moliendo “juntas” (Lucas 17:35). Pero esto, como veremos, no necesariamente es siempre así. Las palabras por sí solas no lo establecen, sino las circunstancias o el contexto en que aparecen. La frase misma, pues, de ninguna manera nos confina a un solo “lugar” en el sentido físico. Una fuerza moral prevalece generalmente, si no siempre, excepto en meros hechos exteriores.

 

El primer ejemplo es Hechos 1:15, donde el paréntesis nos informa que había una multitud de nombres “juntos” como de ciento veinte. Ahora bien, no hay nada aquí que impida suponer que los 120 estaban reunidos en el mismo aposento; pues el hecho de que Pedro se parase en medio de los hermanos se había dicho apenas un momento antes, e inmediatamente después tenemos su discurso. La inferencia natural es que estaban todos allí para oír. Pero el verdadero significado de las palabras es una reseña de nombres “juntos”, y no que estén “congregados”, como lo pone la Versión Revisada inglesa.

 

La segunda vez que aparece la expresión que estamos considerando es en Hechos 2:1, en donde no veo ninguna razón para dudar de que los discípulos estaban reunidos en el mismo lugar juntos. Pero aquí, además, encontramos el vocablo ομου (omou), es decir, “juntos” (que viene a ser la corrección crítica del término ομοθυμαδόν «de común acuerdo», carente de autoridad), el cual se utiliza propiamente de lugar —“en el mismo lugar”—, aunque adquiere también el significado de “juntos” cuando se pierde la noción de lugar. Los hermanos esperaban así la promesa del Padre, como lo había mandado el Señor; y todos los hechos indican que estaban reunidos en un mismo lugar en esa ocasión, cuando eran bautizados por el Espíritu en la maravillosa gracia de Dios.

 

Pero la frase vuelve a aparecer en el v. 44: “Y todos los que creyeron estaban juntos, y tenían todas las cosas comunes.” Ahora bien, sabemos cómo la verdad se extendió tan repentina e inmensamente tan sólo en ese día. ¿Debemos concebir que todos estuvieran congregados dentro de un mismo salón? El Espíritu de Dios está describiendo su vida habitual en la unidad, no el hecho de que ellos meramente estuviesen congregados aquí, como parecería. En el versículo 42 encontramos el hecho general y el principio formal —como el versículo 46 indica los detalles—, que comunicaban un carácter brillante y bendecido a su vida diaria[2].

 

Al final del versículo 47 de Hechos 2 tenemos otra prueba  más concluyente en contra de la noción de que la frase griega signifique una mera reunión tenida bajo un mismo techo, a lo cual algunos quisieran limitar la frase. Es perfectamente sabido que el texto verdadero de la última cláusula es: “Y el Señor añadía cada día juntos (επι το αυτο) a aquellos que debían ser salvos.” Por falta de entendimiento de esto, la expresión τη εκκλησία “a la iglesia” se infiltró subrepticiamente como una explicación; y επι το αυτο quedó relegada al principio de Hechos 3. Pero, como quiera que sea tomado, está claro que las palabras no significan “en el mismo lugar”. El Señor añadía a los suyos “juntos”, absolutamente aparte de que sean reunidos en “un mismo lugar”. El hecho de que ellos se hubieren congregado juntos tanto como les fuere posible y gozaran de la comunión de los santos, es algo que está más allá de toda controversia; pero éstos eran los resultados prácticos de lo que el Señor hacía entonces en su gracia. Porque hay “un cuerpo y un Espíritu” (Efesios 4:4).

 

Es cierto que el partimiento del pan —que era el testimonio más solemne y el símbolo más dulce de su comunión en uno— no era celebrado en un lugar extenso capaz de albergar a los millares que participaban, sino κατ οικον “en casa”, en contraste con el templo. Ellos tomaban la cena del Señor en las casas de uno u otro de los santos. Veamos de nuevo Hechos 5:42, donde vuelve a aparecer un contraste similar, aunque aquí no es la cena del Señor lo que está en vista, sino más bien la enseñanza y la predicación. Ellos no tenían entonces ningún edificio público adaptado a tal propósito, sino que simplemente utilizaban sus casas privadas por toda la ciudad. El pórtico de Salomón pudo ser excelente mientras estuvo disponible para hablar y testificar a la masa de los judíos que asistían al lugar con frecuencia como una especie de salón y de paseo religioso; pero es tan infundado como ridículo suponer que todos los santos podían o querrían encontrarse allí para tener las reuniones de la asamblea. Es cierto, pues, que el contexto refuta la idea de que “juntos” aquí tiene algo que ver con el hecho de que la asamblea se reúna en un solo “lugar”. Porque si se hubiese buscado tal cosa, debía de haber sido preeminentemente en el partimiento del pan, y aquí aprendemos expresamente que no fue así.

 

El hecho es que la frase es utilizada de forma adverbial por los escritores griegos clásicos u ordinarios, al igual que como lo hemos visto en el Nuevo Testamento, para “juntos”. Tucídides, por ejemplo, aunque no usa a menudo la frase, expresa con ella concurrencia en el sentimiento o en la falsedad sin referencia al lugar (1. 79, volumen VI, pág. 106). Para otros propósitos él, con notable precisión, emplea εις το αυτο, εν τω αυτω, κατα το αυτο, εκ του αυτου, κ. τ. λ. Polibio (vol. II, pág. 326) usa la frase para “juntos”; así también Dionisio de Halicarnaso (Ant. rom. volumen III), Cl. Ptolomeo (Geografía, vol. I, pág. 12), y Plutarco lo hace frecuentemente, sin mencionar otros autores paganos.

 

Pero es evidentemente en la Septuaginta, en Filón y en Josefo donde debemos buscar ejemplos más directos y seguros de la fraseología del Nuevo Testamento; y en ellos la fórmula aparece libre y habitualmente para “juntos”, etc. En ocasiones, por supuesto, el lugar o el tiempo pueden ser los mismos; pero, al igual que en el Nuevo Testamento, el uso es más amplio y a menudo admite diferencias en estos respectos cuando hay un acto o un propósito en común. Compare Éxodo 26:9, Éxodo 36:13; Deuteronomio 22:10; Deuteronomio 25:5, 11; Josué 9:2, Josué 11:5; Jueces 6:33, Jueces 19:6; 2.º Samuel 2:13, 2.º Samuel 10:15, 2.º Samuel 12:3, 2.º Samuel 21:9; Esdras 4:3; Nehemías 4:8, Nehemías 6:2, 7; Salmo. 2:2, Salmo. 4:9, Salmo 18: (Heb. 19 y lo mismo en el siguiente) 10, Salmo 33:3, Salmo 36:40, Salmo 40:7, Salmo 47:4, Salmo 48:2, 9, Salmo 54:15, Salmo 61:9, Salmo 70:11, Salmo 73:7, 9, Salmo 82:15, Salmo 101:23, Salmo 121:2, Salmo 132:1; Eclesiastés 11:6, Isaías 66:17; Jeremías 3:18, Jeremías 6:12, Jeremías 46:12, 1. 4; Oseas 1:11; Amós 1:15, Amós 3:3; Miqueas 2:12. El comentario sobre estas apariciones de la frase en la Septuaginta es innecesario. Aunque serán naturalmente de mayor interés para el estudiante de la Biblia en griego, se espera que el lector inglés pueda encontrar la búsqueda con provecho; pues confirma plenamente el hecho que la frase admite igualdad de propósito para varias compañías en muchos lugares.

 

Aquí podríamos abandonar el tema con la decisiva respuesta que nos brinda la palabra de Dios; pero puede ser de ayuda a mentes que aún se quedan con dudas si seguimos un poco más. El ejemplo siguiente lo hallamos en Hechos 4:26: “Los reyes de la tierra se alzaron, y los gobernantes se reunieron juntos (επι το αυτο) contra el Señor y contra su Cristo.” Tenemos la aplicación de esto revelada en los versículos siguientes: “Porque en verdad, en esta ciudad, contra tu santo Siervo Jesús a quien tú ungiste, tanto Herodes como Poncio Pilato, con los gentiles y los pueblos de Israel, se reunieron juntos para hacer cuanto tu mano y tu consejo predestinó que sucediera” (v. 27-28). Resulta muy cierto ahora que esta reunión επι το αυτο (“juntos”, v. 26) de Herodes, de Pilato, de los gentiles y de Israel, no comunica ni conlleva la inferencia (como lo aclaran los v. 27 y 28) de que todos se hubiesen reunido “en un mismo lugar”.

 

La Escritura declara que estaban reunidos “juntos”, επι το αυτο. Sin embargo, la Escritura expresamente demuestra, como bien lo sabe todo lector de los Evangelios, que ellos se juntaron en lugares completamente diferentes. Los principales sacerdotes y escribas llevaron a Cristo a su propio concilio: primeramente a Anás, y luego a Caifás; toda la multitud de ellos lo llevaron a Pilato y al Pretorio; entonces Pilato lo remitió a Herodes; y finalmente Pilato lo castigó en su propio lugar antes de la cruz. El argumento, pues, fundado en esta frase es una probada falacia, y la deducción que se saca cae a tierra, por cuanto no solamente carece de realidad sino que se opone a la enseñanza segura de la Escritura.

 

1.ª Corintios 7:5 constituye también otra prueba en contra del pretendido sentido “en un solo lugar”, y muestra claramente que el significado allí es la unión regular de la vida matrimonial. Ellos podían también estar “en un mismo lugar”, cuando no estuviesen επι το αυτο. De cualquier manera la noción es incorrecta.

 

De ahí que no haya una razón sólida para deducir de 1.ª Corintios 11:20 más de lo que se limitan a decir los traductores de la Versión Revisada inglesa: “Cuando, pues, os reunís juntos”, etc. Esto sería cierto si los santos en Corinto se reunían en más de un solo edificio, aunque estas palabras se dirigían seguramente a toda la asamblea en la ciudad, y no a una parte en un mismo lugar.

 

Otro pasaje que se ha manipuleado mucho para servir a la presuposición de que todos se reunían en un solo lugar es 1.ª Corintios 14:23-25. Pero parece sorprendente que alguien falle en ver que el apóstol no está describiendo los hechos tal como eran o como debieran ser, sino que simplemente está suponiendo un caso hipotético en el cual “la asamblea entera” se hubiesen de reunir “juntos” (επι το αυτο), y aquí implícitamente estaría en un mismo lugar. Si todos hablaran en lenguas, ello los expondría al cargo de locura; si todos profetizaran, ello infundiría, hasta en un incrédulo o en un hombre simple que entraran, la convicción de que Dios está verdaderamente en o entre ellos. Pero como sabemos expresamente por 1.ª Corintios 12:29, 30, que “todos” no son profetas, y que no todos “hablan en lenguas”, así también este pasaje correctamente entendido conduciría más bien a la conclusión de que “la iglesia entera” no se reunía, de hecho, en un solo lugar. En este lugar únicamente se pone la frase, y solamente como una hipótesis para corregir la falta de espiritualidad de los santos corintios al preferir los dones señales más llamativos, a ese ejercicio de poder divino realmente más elevado que introduce al alma moralmente en la presencia de Dios bajo Su gracia y verdad.

 

El mismo principio se aplica a 1.ª Corintios 5, salvo que realmente se trata de un caso más débil. Si bien la asamblea corintia se reunía en varias casas, ellos no obstante estaban congregados juntos, y nadie quedaba excluido en la decisión de poner fuera de en medio a la persona perversa: el acto de uno era el acto de todos. La iglesia en Jerusalén tenía unidad de la misma manera que la iglesia en Corinto; no obstante, es cierto que se reunían en muchas casas para partir el pan. Así, pues, bien pudo haber sido en Corinto sin el menor perjuicio a su unidad. La unidad del Espíritu es una realidad tanto en principio como para la práctica, y no una mera esperanza para el cielo, como lo sostiene la independencia; sino que es absolutamente superior a los accidentes de tiempo y de lugar. ¿Es una suposición seria proponer que para poner fuera a una persona perversa todos los hermanos de Corinto abandonaban temporalmente los varios lugares de reunión de la ciudad, y que todos se reunían en un mismo edificio para un propósito como éste, siempre que tuviera lugar algún caso de acción eclesiástica? La Escritura no da ninguna indicación de ese tipo para la disciplina, sino que muestra que partían el pan en las casas distribuidas por toda una ciudad.

 

Ya vimos en el capítulo 4 de la epístola a los Colosenses la prueba clara, por un lado, de la existencia de más de una única reunión en Laodicea, y, por otro, de la unidad de todos los santos en la ciudad como la asamblea de laodicenses. La responsabilidad local es de sumo valor práctico; pero nunca debe ejercerse de manera que haga zozobrar la verdad rectora de la unidad en una ciudad. Y la expulsión se establece indiscutiblemente en 1.ª Corintios 5 como algo que incumbía a “la asamblea en Corinto” y no solamente a la iglesia en la casa de alguien, la que naturalmente era (o podía ser) solamente parte. Los hermanos locales podían ocuparse naturalmente con los detalles, y esto, si la gracia obraba, no debía hacerse ni celosamente ni de tal manera que diese lugar a sospechas o a la desconfianza. Pero —y esto la Escritura lo determina con una certeza inigualable— el deber de mostrarse claros (o ser puros) en el asunto (2.ª Corintios 7:11), recae sobre la asamblea en la ciudad. El aislamiento de la asamblea en casa de uno, de la asamblea en otra parte de la ciudad, es una idea que nunca ocurre en la mente del apóstol; y debemos considerar que el Señor tenía “mucho pueblo” en la ciudad de Corinto (Hechos 18:10). La idea de independencia local es el fruto de viejos hábitos o del error tradicional, fortalecida por la cada vez más creciente voluntad propia del tiempo presente, y pretendiendo ser “la voz de Dios” para las circunstancias del momento, tal como lo hace el clericalismo para su trabajo de partido.

 

Una mera notificación después del acto de expulsión, por ejemplo, de ninguna manera satisface los requerimientos de la Palabra de Dios, sino que es absolutamente consistente con el sistema congregacional. La Escritura requiere que “la” asamblea en la ciudad sea la que ponga fuera, y no la reunión local independientemente del resto. Notificar el hecho a otros santos no comprometidos en ese solemne deber, es un asunto secundario, y no lo que la Escritura demanda; pero la Escritura es imperativa en señalar que la asamblea en la ciudad, y no la reunión local solamente, debe limpiar el nombre del Señor. Naturalmente que “las iglesias” de la provincia o del país, de una u otra manera, habrán de enterarse del hecho y tomarán parte en la decisión, y lo harán de igual modo en todas partes, a menos que se renuncie a la unidad en todo respecto. Pero la unidad sería abandonada en una ciudad, si los santos congregados en ella al nombre de Cristo (ya sea que se reúnan en un solo salón o en diez lugares diferentes) no actuasen conjuntamente en poner fuera a la persona perversa. La acción independiente de la reunión en la casa de alguien, en donde podría estar el ofensor, no es lo que demanda el Espíritu Santo, sino su exclusión por todos los santos congregados, como en Corinto. El hecho de que haya una pluralidad de lugares de reunión en una ciudad no cambia el principio divino, sino que hace de la unidad algo más grandioso y solemne.

 

Pero aquí debo detenerme por el momento

 

 

Afectuosamente en Cristo,

W. Kelly

 

 

P.S.— Puesto que algunos lectores de la segunda Carta publicada en la revista «The Bible Treasury» piensan que había pasado por alto el hecho de los discípulos en Damasco (Hechos 9:19, 25), pueden estar seguros de que no es así: la carta demuestra lo contrario. Pero “discípulos” no necesariamente significa “asamblea” ni hoy ni entonces. Incluso suponiendo, sin embargo, que los discípulos en Damasco o en otras partes se congregaban y andaban εν εκκλησία (en o como iglesia), esto sólo modificaría algunas palabras independientemente del argumento, pero no removería el gran hecho sustancial en el cual se insiste, que la frase es absolutamente peculiar como expresiva de otro pensamiento. De ninguna manera debilita la diferencia entre la asamblea en una ciudad y las asambleas de un país, lo cual se verá siempre que una noción falsa de la unidad quiere confundir o destruir. Esa importante y marcada diferencia no es más indeleble en la Escritura que lo vinculada que está con la naturaleza esencial de la asamblea de Dios en la tierra; y cada santo es responsable por lo menos de no oponerse ni de frustrar la autoridad del Señor comprometida en ella, aun cuando la persona no sea lo suficientemente inteligente para comprenderla y apreciarla debidamente. Estoy plenamente satisfecho con dejar la expresión en Hechos 9:13 significando no más que la asamblea a través de estas tierras, es decir, la iglesia dentro de ese límite; pero la diferencia permanece intacta, aun si se hubiese dicho —lo que no se hizo— que la iglesia hubiese existido entonces en otra parte.

 


 

CUARTA CARTA [3]

 

Al hermano R. S. A.,

 

Querido hermano,

 

El principio, entonces, sobre la base del cual tiene lugar una acción de asamblea dentro de una determinada esfera conforme a la Escritura, es el de la unidad de los santos en ese respecto. Es a la asamblea (es decir, de todos los santos congregados) en la ciudad, a la que se le manda que ponga fuera de entre ellos a la persona perversa. 1.ª Corintios 5 es concluyente en cuanto a esto, especialmente según lo confirmado por Colosenses 4:15-16. En esos días tempranos, reunirse en casas privadas era aún más común que en épocas posteriores. Los santos congregados, algunos aquí y otros allá, y la Palabra hacen notar este hecho; pero en ninguna parte de la Escritura existe la menor insinuación de alguna reunión en la ciudad que tome una acción y el resto no. La Escritura, como hemos visto —a la vez que reconoce a los santos reunidos en una u otra casa particular—, es cuidadosa al hablar de la asamblea en su conjunto en el lugar, y en señalar que la obligación de expurgar la vieja levadura recae en la asamblea en su totalidad. Nadie imagina una reunión semanal central que realiza cualquier labor de ese tipo; su ocupación es facilitar, de una manera sabia y piadosa, la acción común de todos los santos en el lugar.

 

El hecho de si los santos en Corinto se reunían efectivamente en un solo recinto o en varios salones, es un detalle que la Escritura no indica, pero no tiene absolutamente la menor importancia en cuanto al principio; y puede ser peligroso y arriesgado afirmar que haya sido de una u otra forma. Este mismo silencio de la Escritura debe, sin duda alguna, ser respetado, y podemos hacer así que el mandamiento del Señor redunde en una obediencia tanto más diligente y universal, puesto que no hay ninguna mención de esa diferencia circunstancial. Se trata de la asamblea en Corinto, y no hace ninguna diferencia si los santos se congregaban en varios salones más pequeños o en un solo recinto lo suficientemente grande que albergara a todos bajo un mismo techo. Pero si los santos se reunían en varios lugares, no era la reunión particular adonde solía asistir el hombre incestuoso la que actuaba sola en poner fuera a la persona contaminada, sino todos los santos en Corinto. La orden apostólica le fue dada a la asamblea en Corinto, y no sólo a la porción de los santos que podían estar más directamente familiarizados y comprometidos con los detalles del caso. Los que son llamados, y están obligados por el Señor, a actuar en Su nombre, tal como lo muestra la Escritura, es la asamblea en su conjunto.

 

Una vez más aquí, como antiguamente, la incredulidad no permanece inactiva; y después de arruinar el testimonio práctico de Cristo en la iglesia, viene a negar que usted pueda llevar a la práctica este pasaje de la Escritura o cualquier otro referente a la Asamblea, porque en este tiempo de ruina —se alega— sólo quedan unos pocos dispersos que se congregan a Su nombre. Eclesiásticamente, es el viejo enemigo de la desesperación. Pero Mateo 18:20 refuta esta objeción de forma absoluta y precisa. Antes de que la iglesia comenzara, la gracia y la sabiduría de Cristo en este pasaje derriban a tierra todo este argumento en contra del principio, dando la autoridad de Su presencia a aquello que es llevado a cabo incluso por “dos o tres” congregados de esta manera. ¡Qué gracia tierna, y qué cuidados providenciales! Pero esto solamente tiene lugar donde los santos están congregados a Su nombre. Tienen justamente la misma ratificación del cielo, como si todos los santos estuviesen allí; pues aun entonces, ¿qué puede compararse con la presencia del Señor en medio de ellos? Y el Señor declara expresamente que Su presencia está absolutamente garantizada aun cuando no fueren más de “dos o tres” los que estuvieren congregados a Su nombre. Sentir y reconocer el estado de ruina, es de Dios. Debilitar la Palabra o Su autoridad práctica por causa de este estado, es perverso y del enemigo. Lo que se precisa no es el «despliegue» de algo grande, ni «organización», sino la “obediencia de la fe”, sin la cual todo es inútil.

 

Jamás se nos ocurra que Su presencia en medio está garantizada a expensas de su Palabra, o cuando Su Espíritu es deshonrado. Estar congregados a Su nombre, es la condición indispensable para obtener la bendición prometida; pero no están así congregados aquellos que se reúnen sobre un principio diferente del único que la Palabra reconoce: el “un solo cuerpo de Cristo”. El hecho de estar congregados sobre este principio, hace que toda la verdad sea obligatoria para todos. No hay ninguna licencia para dispersar a los santos ni para ser indiferente ante determinado mal o sus consecuencias. Aquellos que caminan sin tener en cuenta el “un cuerpo” sobre la tierra, no pueden estar “guardando la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3-4).

 

Voy a darle un ejemplo práctico que me resulta familiar. En Londres, donde siempre hubo un gran número de reuniones, la práctica reconocida e invariable era que todos los santos allí actuaran simultáneamente en asuntos de asamblea, tanto en lo que se refiere a la recepción como en la excomunión. Ninguna reunión allí, que yo sepa, jamás se arrogó la pretensión de actuar aparte de todos los santos en Londres congregados al nombre del Señor. El reconocido principio era que todos, sobre la base de la una Iglesia de Dios, se unían en el acto. La asamblea de Dios en ese lugar —y no tan sólo una parte de ella sin el resto igualmente congregados al nombre del Señor—era llamada por el Señor a reivindicar Su voluntad.  

 

Ahora bien, pretender que cada reunión local de una ciudad sea competente para actuar independientemente de todos los demás santos congregados, al recibir o al excomulgar, no es una mera innovación ni un detalle que corregir, sino otro principio diferente y opuesto a la verdad de las Escrituras. Si los hermanos fueran bastante impetuosos para permitir un cambio tan radical, ello sería nada menos que una revolución. Restringir la presencia del Señor a la reunión local, cuando una pluralidad de reuniones existe en un lugar o ciudad, no es seguramente fe en Mateo 18 y en 1.ª Corintios 5, ni tampoco un sano entendimiento de estos pasajes. Esto es igual y divinamente verdadero, ya sea que haya una sola reunión en un lugar o treinta reuniones; y esto es así “cuando” y “donde” los santos —lo mismo es que sean dos o tres, como dos mil o tres mil—, están congregados a Su nombre. Establecer acciones de asamblea independientes para cada reunión local, en un lugar donde hay varios lugares de reunión, es destruir la fuerza de la Escritura, la cual ordena esta acción a la asamblea en el lugar, y nunca a alguna en particular, sino a todos los santos congregados al nombre de Cristo. Lo contrario a esto último es negar la asamblea en una ciudad —lo cual es conforme a las Escrituras—, e implicar asambleas de una ciudad, el cual es un concepto contrario a las Escrituras. Es independencia —no unidad— propia de la voluntad del hombre y algo opuesto a la Palabra de Dios. “¿Acaso la palabra de Dios provino de vosotros, o vino a vosotros solos? Si alguno piensa ser profeta o espiritual, que reconozca que las cosas que os escribo son mandamiento del Señor. Pero si alguno es ignorante, que sea ignorante” (1.ª Corintios 14:36-38).

 

Es verdad que a veces sucede que no se tiene en claro el límite de las reuniones de la ciudad y se incluyen reuniones de otras provincias, con el deseo de colaboración y de comunión, fuera del círculo de la ciudad, que actúan conjuntamente con todos los santos congregados de la ciudad. Ahora bien, la acción conjunta es lo que constituye el punto esencial, aun cuando algunos de fuera de la ciudad hayan actuado junto con ellos, lo cual sería un acto de supererogación, aunque éste es un detalle insignificante —que igualmente, de ocurrir, habría que corregir— al lado de la gran cuestión de la acción común. Pero todo conocedor de la Escritura sabe que hay un límite en lo que se refiere a la iglesia en Londres, así como en Roma, en Éfeso o en cualquier otra ciudad. Dentro de los límites de una ciudad, los santos congregados alrededor del Señor tienen la obligación de actuar juntos, tal como lo están igualmente también en todo otro lugar conforme a las Escrituras.

 

La acción común de la asamblea en un lugar o ciudad, pues, es el punto vital. Una vez un hermano sugirió la idea de que debería existir un único lugar físico en el cual se deberían reunir todos los hermanos de la ciudad para decidir los asuntos comunes. Esto es propio de alguien acostumbrado a lugares donde no existe sino una sola reunión. Se basaba en que en los Hechos de los Apóstoles vemos varios lugares de una gran ciudad en los que muchos santos partían el pan, pero no obstante que el Señor había señalado un lugar específico que todos en el mundo entero reconocían, y que constituía el centro o asamblea para todos los propósitos de administración (una especie de «centralización»). Pero esto atenta contra la misma naturaleza, dignidad y responsabilidad de la iglesia de Dios. Dios ha tenido cuidado, en Colosenses 4:16, de refutar este dañino absurdo basado en un mal uso del versículo 15 y de otros casos similares.

 

Estamos así en presencia de dos esfuerzos de Satanás por dañar o destruir: Uno es la forma radical de independencia, que implicaría un abuso de la responsabilidad local con el objeto de tirar abajo la verdadera unidad de la iglesia como una realidad práctica presente, que siempre es de carácter obligatorio para la fe y la práctica, por más que la cristiandad se haya apartado de la Palabra de Dios. Pero por otro lado tenemos después, no simplemente un partido que cae en la acción independiente, contraria a su propia confesión de la unidad, y cuya voluntad impaciente llevará a la división, sino el esfuerzo de otros que intentan justificar la resignación de la acción a un solo lugar en una ciudad grande, «como centro y asamblea para todos los propósitos de la administración», como alguien lo expresó. Si bien ésta no es la forma clerical de la independencia, que adultera las Escrituras para sus propósitos ambiciosos y perversos, será difícil encontrar una cosa así en la cristiandad. Los órganos o periódicos oficiales tanto de la Iglesia Anglicana como de los diversos sistemas denominacionales nunca han propuesto un esquema más ambicioso para privar a los santos, e incluso a reuniones enteras, de su responsabilidad. ¿Qué espíritu puede estar operando para sugerir tales pensamientos? No ciertamente el Espíritu Santo.

 

Puede que sorprenda a algunos (aunque debería ponerlos en alerta) enterarse de que un argumento similar al de ellos es adoptado por el Dr. S. Davidson («Ecclesiastical Polity of the New Testament unfolded»), quien se pasó de las filas del Presbiterianismo a la Independencia. No es que uno supone que los escritores u oradores, para defender la acción separada de cada asamblea local en un lugar donde hay varias, hayan sacado sus flechas de esa aljaba. Es una consideración mucho más seria, en el sentido de que se trata de la misma raíz de incredulidad en cuanto a la verdadera unidad de la iglesia de Dios para la acción práctica y presente. El teólogo congregacionalista, con el mismo y extraño uso erróneo que hace del pórtico de Salomón, impulsa igualmente el hecho de que todos estaban necesaria y literalmente juntos en un mismo lugar, e igualmente se engaña a sí mismo al sostener que la unidad de la iglesia es compatible con ese sistema humano. No es extraño que la imputación de independencia se haga sentir, lo cual, si no fuera el hecho, seguramente no lo haría, aunque, por supuesto, se lo hace inconscientemente.

 

Afectuosamente en Cristo,

W. Kelly


 

QUINTA CARTA [3]

 

Al hermano R. S. A.,

 

Querido hermano

 

En esta carta seré muy breve. Es bueno poner a prueba el principio divino de la unidad de acción que siempre hemos profesado seguir —y que yo creo que es el único principio Escriturario, cualesquiera sea el número de las reuniones en un lugar o ciudad—, confrontándolo con tantos procedimientos que tienen lugar en la práctica, y que, por no seguirlo, se obtienen las más graves consecuencias. Algunos parecen no tomar conciencia en absoluto del valor vital del principio que está en juego. Hay lugares donde los hermanos están acostumbrados a una sola reunión. Ellos pueden fácilmente cometer un error si juzgaran a partir de sus propias circunstancias que no suscitaron la cuestión; pero otros creyentes pueden errar también al dejarse guiar por sus propios sentimientos en contra de aquellos que los afectaba en lo personal, o que despertaba su indignación. Pero la verdad no se aprende ni se guarda de esta manera.

 

Voy a darle un ejemplo práctico de lo que es un camino independiente que niega el principio de la unidad de acción entre las reuniones de distintos lugares. Una reunión de la ciudad de Londres (Park Street)[4] propinó un duro golpe contra el discernimiento espiritual e incluso contra las conciencias de los hermanos en general cuando envió una «Declaración» independientemente del resto de los santos congregados en los distintos lugares de Londres. En ese documento esa reunión local declaró que ellos no sólo no iban a reconocer la comunión de un hermano cuyo caso estuvo bajo la consideración de otra reunión, sino también la comunión de esa reunión, y la de todos aquellos individuos o reuniones que mantuviesen una asociación, directa o indirecta, con el hermano o con la reunión en cuestión. Además, ellos añadieron en la «Declaración» que desconocían el acuerdo alcanzado en la reunión semanal central de la ciudad que tiene lugar todos los sábados por la tarde, y también el hecho de que exista esa reunión de hermanos de toda la ciudad, la cual cumple un mero rol de comunicación entre las reuniones locales de la ciudad.

 

Ahora bien, una acción de esta naturaleza, es opuesta a lo que hemos practicado uniformemente desde el principio. Podría citar muchos casos de independencia de acción desde el que tuvo lugar en Plymouth en 1845-46, aunque el mal allí fue mucho peor que el mal del acto independiente que tiene lugar con esta «Declaración» unilateral hecha aparte de todas las reuniones de la ciudad, y que es el resultado de un fuerte espíritu de partido.

 

Ahora bien, la «Declaración» de esta reunión de Londres fue enviada a todas partes como si fuese la única o representativa reunión al nombre del Señor de la ciudad. ¿Puede algún creyente espiritualmente inteligente negar que esta acción viola directamente el principio de unidad de acción que siempre los hermanos hemos reconocido? Para mantener “la unidad del Espíritu”,los hermanos que enviaron la independiente «Declaración», tenían la obligación, si pretendían (como lo hacían) tener carácter de asamblea, de haber sometido su propuesta a la consideración de todos los santos congregados al nombre del Señor en Londres, aun cuando se arrogaran para sí el precipitado derecho de borrar de un plumazo la reunión semanal intermediaria, la que ninguna persona sobria lo podría imaginar como algo justificado. Se trata de un acto, no sólo de independencia, sino revolucionario, a menos que se de por sentado que la asamblea incluso en una pequeña esquina de la ciudad no puede cometer ningún error, o que el pecado de la independencia es algo imposible entre creyentes porque ellos no se autodenominen «Independientes»

 

Cuando una asamblea, pues, como la descripta, actúa sola por sí misma, sin tener el consentimiento de todas las demás, no es otra cosa que una simple muestra de la triste realidad de la levadura de la independencia. Y digo levadura, porque la «Declaración» fue más tarde revocada por la misma reunión diciendo que sólo era aplicable a sí misma y que no obligaba a los demás, no dando así ningún fruto. Todo esto es una subversión de la acción unida de la Asamblea de Dios, pues nunca hubo ninguna propuesta a todos los santos de la misma ciudad, y mucho menos halló aceptación, cuando se trataba en realidad del juicio de la asamblea en Londres. Se trató de una reunión aislada de la ciudad actuando por propia cuenta, y notificando su decisión independiente por escrito a los demás solamente después que el hecho fue consumado. La unidad de acción ya no era más la regla a seguir.

 

Y muchos luego siguieron este pecado de independencia, el cual se reprodujo en muchas otras reuniones esparciendo su veneno por todas partes. Una acción en común de todos los santos, si es conforme a las Escrituras, debe alcanzar la conciencia de todos en forma real.

 

La independencia es el sustituto de la unidad, y es un camino que se aparta abiertamente de la verdad y que no debe ser seguido por aquellos santos que adhieren al fundamento sobre el cual los hermanos desde el principio se mantuvieron por la gracia de Dios: el de guardar la unidad del Espíritu.

 

Todo hermano, no obstante, que en medio de esta seria prueba, se aferra a la verdad tal como la hemos aprendido por las Escrituras y la hemos puesto en práctica, sabe que, conforme a la Palabra de Dios, una decisión no tiene derecho a ser aceptada por los santos hasta que no sea verdaderamente, y en piadoso orden, el juicio de la asamblea en toda la ciudad, y no sólo en una parte de ella. Aquel que emplea Mateo 18:20 para justificar una acción independiente no sólo comprende mal la promesa del Señor, sino que ya en su corazón ha abandonado el fundamento divino de la Iglesia de Dios por una unidad que es sólo invisible, como los Protestantes generalmente la consideran.

 

Afectuosamente en Cristo,

W. Kelly

 


 

SEXTA CARTA [3]

 

Al hermano R. S. A.,

 

Querido hermano,

 

Cuando consideramos los medios de llevar a cabo la unidad en un lugar, no debemos sorprendernos de que la Escritura, si bien no conoce otro principio que la unidad, deja abiertos los medios que deben necesariamente aplicarse con algunas diferencias de forma según las diferentes circunstancias. ¡Qué poco nos es dicho en la Palabra en cuanto al modo de recepción de las almas! Sin embargo, ésta es con toda seguridad una cuestión de la mayor importancia, que pone ciertamente a prueba la inteligencia espiritual y el corazón de todos aquellos que aman la Iglesia de Dios, especialmente teniendo en vista el presente estado de ruina y confusión en que se halla la Cristiandad, y los hábitos sectarios de muchos santos. Pero a pesar de la infinita variedad de circunstancias —ya en cuanto a los individuos que se presentan por sí mismos, o a lugares grandes o pequeños donde coexisten reuniones—, existen sin embargo límites de la verdad divina que deben ser celosamente respetados y mantenidos si, en el curso de nuestra marcha, queremos evitar chocar contra las rocas del sectarismo o contra los bancos de arena de la independencia.

 

Ocurre a veces que los dos extremos de la independencia —clerical y radical, estricta y relajada— se juntan en la aversión por una reunión conjunta de santos de diversos lugares de reunión, tenida a menudo con el propósito de promover la acción común de los creyentes congregados al nombre de Cristo. Hermanos conductores, por lo general se inquietan cuando sus opiniones son retadas, e impacientes, o peor aún, son también aquellos que, conscientes de su debilidad, tienden siempre a luchar por los resultados a fuerza de ejercer presión en forma privada sobre algunos generando diligentemente prejuicios mancomunados, pues temen poner sus propuestas bajo la consideración de otros hermanos, que las oirían a conciencia, por más que los tales tengan los mismos intereses y responsabilidad que ellos mismos. La cuestión de fondo aquí es que si sólo tenemos confianza en nuestro círculo íntimo, el vínculo de la comunión ya ha sido roto. Ninguna alma sabia y fiel puede confiar en aquellos que sólo confían en sí mismos.

 

La gracia es necesaria para que estas reuniones, o cualquier otra de acción común, puedan prosperar. Cuando los hermanos se encuentran en buen estado espiritual, como lo han estado en tantas ocasiones, todo resultará en bendición; pero si caen en maniobras de violencia o de partidismo, el sufrimiento será grande. Si el amor no obra activamente y no es guiado por la Palabra del Señor, los propósitos locales habrán seguramente de fallar o tal vez resulten en algo peor. Si los hermanos de las otras localidades no sienten ni obran con la mima sujeción de gracia, sus sugerencias podrían ser de poco valor, e incluso dañinas. Tanto en las reuniones locales, como en las reuniones generales de hermanos de todas partes, existen trampas debido a la falta de vigilancia y a otras causas. Es de vital importancia, por un lado, que el exacto conocimiento de los hechos y de las personas que puedan poseer las reuniones locales, sea plenamente apreciado, y, por otro lado, los hermanos no deben sentir ninguna envidia si Dios hace que dependamos de otras reuniones que están más directamente familiarizadas con el caso en sí, y que, por ende, tomarán la delantera para su examinación madura y rigurosa, a fin de que la decisión sea para la gloria del Señor y para la piadosa satisfacción de todos los que son llamados por Él para tener parte en el asunto. Dios permanece fiel a su propio orden, y es fiel a Su promesa: Donde hay “dos o tres” congregados a Su nombre en un lugar, ellos, conscientes de su propia debilidad, esperarán más en Él; y de la misma manera contarán con Su guía y Su plena aprobación. Si fueran dos mil o tres mil, necesitarían de Él de la misma manera. Pero ninguno de ellos querrá menospreciar la voluntad del Señor, de modo que todos los santos de la ciudad, congregados a Su nombre, ya sea en uno o en veinte lugares, lleven a cabo esa voluntad en unidad conforme a su Palabra. A fin de hacer esto, no como un formalismo muerto, sino como algo vivo —como está obligado a ser todo lo que concierne a la asamblea de Dios—, un requisito importante para que ellos puedan actuar juntos, no en las tinieblas, sino con santa inteligencia, es contar con medios apropiados y suficientes de conocer las circunstancias de antemano; y el medio que ha probado ser el más eficaz es el de una reunión semanal de hermanos de todas partes, por sobre todo otro esquema propuesto, los cuales, cuando fueron examinados, fallaron por cuanto siempre requerían el sacrificio de algún principio divino, reduciendo la acción común desde una realidad práctica a un simple «show» o algo peor; o bien querían introducir una maquinaria aun más lenta, más engorrosa y pesada, y menos satisfactoria que aquel medio que, a pesar de sus defectos, había servido de buena forma a los intereses de Cristo y de Sus santos por tantos años.

 

No precisamos añadir más palabras acerca del camino abiertamente independiente, el cual niega la acción simultánea en un lugar en el cual coexisten varias reuniones. Los hermanos en general están muy decididamente en contra de este error eclesiástico. Cuando tiene lugar una acción eclesiástica, el hecho de ignorar a otros santos en el lugar, igualmente congregados al nombre de Cristo, es pecar contra el Señor y contra su Palabra en los principios fundamentales. Pensemos en la indignación del apóstol, si la iglesia en casa de Ninfas hubiese actuado sola sin asegurar la acción conjunta de la asamblea de laodicenses. A la asamblea en Corinto se le mandó obedecer la Palabra del Señor —y no meramente a algunos de los santos en un lugar particular de la ciudad— para que pusiesen fuera de entre ellos a la persona perversa (1.ª Corintios 5). El solo hecho de notificar los hechos después de decidirlos independientemente, implica el abandono de la unidad práctica de los santos en un lugar, y es algo que guarda plena armonía con la más rígida independencia, especialmente si se tomase cuidado en hacerlo saber tanto fuera como dentro de la ciudad. Nadie pone ninguna objeción al hecho de notificarlo fuera si se mantuviesen la realidad práctica y la envergadura Escrituraria de la acción común. Pero dicha notificación es una mera información completamente aparte de la cuestión. Se ha sugerido, no obstante, que se envíen todos los nombres propuestos para la recepción o la exclusión, a la reunión de hermanos semanal conjunta, sin traerlos a la consideración de los santos congregados en las varias reuniones de la misma ciudad. Pero si se diera este caso, haría de la iglesia una quimera, e investiría a la reunión general de hermanos de la autoridad que sólo pertenece a la asamblea que tiene al Señor en medio; ¿podría, pues, haber algo más objetable? La iglesia quedaría reemplazada así por un clero constituido en el sentido más dominante, si los hermanos que se reúnen allí de distintos lugares decidieran quién debiera ser recibido y quién excluido. Y, en el caso contrario, si ellos simplemente aceptaran sin reparos las propuestas locales hechas en forma independiente, ¿cuál sería, pues, el valor de tales reuniones? Porque, en este caso, todo realmente es hecho de forma independiente, y ni siquiera se ha anunciado a los santos en su extensión. Difícilmente se podría concebir así un plan más destructivo de la verdad bíblica, a pesar de que en teoría se reconozca la unidad de los santos en una ciudad y una reunión conjunta semanal. Se descarta el hecho de que esto no es más que un abandono del deber que tienen los santos congregados en una ciudad de actuar en unidad.

 

En las reuniones generales de hermanos, los defectos son siempre posibles. Si simplemente vienen hermanos dependientes u oficiales, o —peor aún— mensajeros jóvenes para traer una nota y enviar el escrito, ¿de quién es la falta? Naturalmente que uno desea ardientemente que vengan de las respectivas reuniones (sin impedir a nadie) los hermanos más sabios, al menos uno o más, no sólo para declarar las circunstancias cuando surge una dificultad, sino para dar serios y santos consejos conforme a las Escrituras, y para promover así la comunión y el andar piadoso en común de todos los santos. Para una plena bendición en todo respecto de estas reuniones comunes, se requiere la fe que obra por el amor, así como muy particularmente sabiduría, devoción y humildad.

 

En lugares donde no hay sino una sola reunión, lo usual es presentar ante los hermanos el nombre de aquel que busca la comunión, ya sea al final de la reunión de oración ordinaria, o en una reunión apropiada para tales asuntos, con el testimonio adecuado de aquellos hermanos que han visitado a la persona. Si nadie presenta ninguna objeción, se propone a la persona el siguiente día del Señor, y ella es recibida el próximo. Pero qué bueno es comunicar antes el caso a todos los santos congregados al nombre del Señor en el lugar si hubiese más de una reunión en la ciudad, sin que esto implique que se retrase la recepción, puesto que se puede hacer antes del domingo en que se va a presentar a la reunión particular. Si hubiese alguna demora, ella sólo podría emanar, por regla general, en la reunión particular de donde emanó la propuesta, y raramente surgiría de otros sin que mediaran las más poderosas razones, las que ninguna conciencia recta podría subestimar, por lo que, la convicción general de todos los hermanos es imperativa.

 

Jamás vi la menor razón sana para poner en tela de juicio la propiedad y el valor de una reunión general de hermanos de una ciudad, como la de Londres. No pocos errores surgieron naturalmente durante su curso, y justas correcciones se hicieron también luego en cuanto a su composición, carácter y obra. Incluso en su condición menos feliz, jamás ninguna reunión de la ciudad la repudió. Por años, ella jamás olvidó su debida relación con la asamblea en la ciudad, y nunca usurpó ninguna de las funciones que son propias de la asamblea, actuando saludablemente y sin ninguna presunción, para la ayuda tanto de las reuniones locales como de los santos en su totalidad, para glorificar al Señor en la unidad, cuando surgen tantas ocasiones que causan confusión o ruptura, y más especialmente en vastas regiones.

 

Se infringe un duro golpe a la presunción local cuando los hermanos procedentes de todas otras partes desean (en amor y en comunión) conocer cada caso para la recepción y la exclusión a tal punto como si tuviera lugar en su propia reunión particular. De esta manera, la unidad de acción se vuelve llena de interés y de vitalidad. Quienes aman, no la unidad, sino la independencia, son los que más se resienten de esta acción común, y cuando mucho aceptan alguna notificación por escrito, y tratarán de ridiculizar cualquier medio que tienda a familiarizarse en forma real y profunda con cada asunto común. Una vez uno alegó que ello sería como «esas clases metodistas en las que se relatan experiencias». Todas estas actitudes siguen un curso independiente y divisionista.

 

De mi parte, por la gracia de Dios, yo no saldría jamás fuera del terreno divino de la unidad de acción; no osaría ser ni retrógrado ni innovador, sino que deseo seguir, hasta que Cristo venga, dentro del terreno de principios de acción común que, según mi convicción, Dios nos concedió para que lo ocupemos, tal como lo hemos hecho por tantos años para el consuelo, la edificación, la bendición y el orden de todos los santos.

 

Afectuosamente en Cristo,

W. Kelly

 


 

SÉPTIMA CARTA [3]

 

Al hermano R. S. A.,

 

Querido hermano,

 

Debo concluir ahora brevemente esta serie de cartas con un llamado a la conciencia de los hermanos que esgrimen objeciones a la unidad de acción sin tener el menor fundamento para hacerlo. Objetar es fácil, pero ¿acaso es sabio, apropiado o fruto de la gracia?

 

No existe —como algunos pretenden establecer— un nuevo fundamento de comunión que el que presenta la Escritura. No hay tal cosa como una reunión actuando de forma independiente; sin embargo, muchos tienen arraigado este espíritu de independencia. El principio contrario —el de la unidad— es divino. Muchos tienen sus propios pensamientos que van más lejos que las Escrituras, pero no son más que pensamientos. De hecho, toda tradición en “el campamento” se opone a este principio de acción común, y ningún cristiano lo quiere, salvo aquellos que creen que hay “un cuerpo y un Espíritu” (Efesios 4). Pero es fundamental reconocer que la unidad es un principio divino; y es mejor aún ponerlo en práctica fielmente; pero él no se torna eficaz en la práctica cuando cada reunión actúa independientemente de las demás en la práctica; mientras que una reunión conjunta de hermanos de varias reuniones contribuye a realizar esta unidad práctica. Con Hechos 21:18 ante mí, no me atrevería a decir que una reunión conjunta va más allá de los límites de la Escritura. Todo desvío en este sentido conduce a la independencia práctica, la cual desemboca en una hermandad más floja en principios, o en el mismo mundo religioso. Ninguna persona justa puede continuar en paz diciendo una cosa y haciendo otra. Lo que practicamos tiene un carácter de mayor peso que lo que meramente profesamos en palabras y negamos en la práctica. Es un evidente y habitual compromiso, que si tiende a minar y debilitar la honestidad eclesiástica, causa deshonra al Señor y nos degrada a nosotros mismos y a nuestros hermanos, quienes mientras públicamente aparentan estar de acuerdo sobre un asunto tan importante, en realidad tienen un pensamiento diferente. Porque seguramente todo se acabó con nosotros y con la gloria del Señor si fallamos, no meramente en nuestra inteligencia espiritual de Sus pensamientos al respecto y en nuestra devoción santa hacia Él y los suyos, sino también en sinceridad y en verdad, pues sólo con este pan sin levadura tenemos el inalienable deber de celebrar la fiesta (1 Corintios 5:6-8).

 

Vuelvo a insistir que la acción común de los santos es el principio divino; lamentablemente muchos hermanos de varios países de Europa quisieran evitar que la fuerza de lo que ha sido escrito en estas páginas y en otros ministerios, recaiga en sus conciencias; pues ellos confiesan que no creen en la acción unida de los santos congregados en una ciudad, sino que justifican la decisión independiente de una reunión como si fuese un verdadero juicio de asamblea.

 

Es difícil concebir que algunos aceptados como guías, regentes o “varones principales entre los hermanos” pudiesen estar tan lejos de la verdad, o tan extraordinariamente obtusos e insensibles al punto de no sentir la evidente falsedad de tal posición. Y no me refiero ahora a su presunción en contradecir abiertamente así las bien conocidas convicciones de aquellos a quienes siempre parecieron venerar en el pleno, libre y feliz ejercicio de su juicio espiritual a través de toda su vida. Pero no se puede pensar en atribuir a una reunión aislada ni a ninguna reunión sola de entre varias en un lugar, el derecho de una decisión de asamblea independientemente de todos los demás santos congregados al nombre de Cristo en este lugar. Se debe mantener la obligación, como siempre se ha hecho correctamente, de que todos los santos congregados a lo largo de la ciudad, deban actuar juntos, a fin de juzgar con la autoridad del Señor y su Palabra: una unidad imposible de poner en práctica sin el Espíritu Santo enviado del cielo; y solamente posible ahora para tales santos que, congregados al nombre de Cristo, creen en Su presencia y buscan Su libre acción mediante la Palabra en la asamblea. Mateo 18:20 no trata de esta unidad, ni tampoco como consecuencia la abandona en absoluto; sino que provee el gran recurso de la gracia para un día de ruina, no ciertamente como excusa para el desorden ni para dejar de lado otros pasajes bíblicos igualmente necesarios en su tiempo.

 

Las formas de acción común en unidad que algunos buscan por medio de la reunión conjunta de la ciudad es una mera tradición de hombres, y, por ende, no sólo desprovista de autoridad sobre toda conciencia como procedente de Dios, sino que debe ser evitada como un pecado contra la Palabra y el Espíritu de Dios. Si una reunión toma un caso que afecta a todos, y lo decide por su propia cuenta aparte de todas las demás reuniones de la ciudad, y además, cada reunión por separado saca sus propias conclusiones sobre el asunto, es decir, el asunto decidido por la primera reunión sola es o bien aceptado sobre la base de la responsabilidad de la reunión que lo hizo circular, o bien es juzgado independientemente por cada reunión, según lo prefieran las autoridades locales por todo el mundo, no es otra cosa que independencia práctica.

 

Pero la reunión que decidió por su propia cuenta un asunto que afecta a todos, no puede pretender la fuerza o el nombre de un juicio de asamblea a menos que los hermanos abandonen el principio de unidad y se entreguen al congregacionalismo. Todo esto termina en desastre y en amargos resultados.

 

Creo que los hermanos deben procurar tanto aquí como en cualquier parte del mundo, ser guiados por Dios para mantener la unidad (Efesios 4), como siempre lo han procurado hacer, y no como una teoría muerta, sino como una realidad práctica viviente, y un medio práctico y útil lo ha demostrado ser una reunión conjunta de todos los hermanos de la ciudad tenida regularmente y reconocida por las varias reuniones coexistentes. Y cuando se abandona esta acción común y se la reemplaza por reuniones independientes en el mismo lugar, el principio divino es abandonado, y estas congregaciones independientes, no sólo que ya no inspiran mi plena confianza, sino que ya no pueden ser consideradas más como congregadas de corazón al nombre de Cristo en unidad, sino como un simple agregado de sociedades cristianas y ya no más santos congregados sobre el terrenos de la Iglesia de Dios en el lugar. A este principio de unidad de acción yo adhiero de todo corazón, seguro de que es el único que guarda conformidad con la Palabra de Dios, y creo firmemente que el Espíritu Santo está aquí para darle eficacia en la práctica para la gloria de Cristo dentro de un ámbito escriturario, al margen de que se halle circunscrito dentro de la incredulidad de la Cristiandad, y que se vea afectado también por nuestras propias faltas. Pero sentir y estar conscientes del fracaso es el llamado más imperativo y urgente para todos los que temen a Dios y se aferran a Cristo y a la verdad en dependencia de Su gracia

 

Afectuosamente en Cristo,

W. Kelly

 

 

W. Walters. Printer & Publisher, 26, Islington Row, Birmingham.

 


 

APÉNDICE I

 

DISCIPLINA Y UNIDAD DE ACCIÓN

 

Unidad de acción entre asambleas:

sus interacciones recíprocas

 

J. N. Darby

 

Comienzo por establecer lo que se admite como una base común de acción, esto es, que toda asamblea de cristianos reunidos al nombre del Señor Jesucristo, y sobre la base de la unidad de Su cuerpo, desde el momento que actúa como el cuerpo, lo hace bajo su propia responsabilidad hacia el Señor, como, por ejemplo, cuando ejerce un acto de disciplina o cuando lleva a cabo cualquier otra cosa de esta naturaleza, así como también cuando recibe en el  nombre del Señor a los que vienen en medio de ellos para participar de Su Mesa. Cada asamblea, en tal caso, actúa por iniciativa propia y en su esfera, al decidir cosas puramente locales, pero que, sin embargo, tienen un alcance que se extiende a toda la Iglesia.

 

Los hombres espirituales que se entregan a esta obra y se ocupan en todos sus detalles, antes de que el caso sea llevado ante la asamblea para que la conciencia de todos sea ejercitada en el asunto, pueden, sin duda, penetrar en los detalles con mucho provecho y cuidado piadoso; pero si vinieran a decidir algo aparte de la asamblea de los santos, incluso en las cosas más ordinarias, su acción dejaría de ser la de la asamblea y debería ser desoída.

 

Cuando tales asuntos locales son así tratados por una asamblea que actúa en su esfera como asamblea, todas las demás asambleas de los santos —al estar en la unidad del cuerpo— están obligadas a reconocer lo que se hizo, dando por sentado (a menos que se demuestre lo contrario) que todo se ha llevado a cabo rectamente y en el temor de Dios, en el nombre del Señor. El cielo, estoy seguro, reconocerá y ratificará esta santa acción, y el Señor dijo que así sería (Mateo18:18).

 

A menudo se ha dicho y se ha reconocido, que la disciplina que consiste en “quitar de entre vosotros” (1.ª Corintios 5:13), debiera ser el último medio al cual tuviéramos que recurrir, y sólo cuando se han agotado toda paciencia y toda gracia, y cuando dejar que el mal persista por más tiempo no sería otra cosa que una deshonra al nombre del Señor, y prácticamente asociar el mal con Él y la profesión de su nombre. Por otra parte, la disciplina de “poner fuera” siempre es hecha con vistas a la restauración de la persona que fue sometida a ella, y nunca con el objeto de librarse de ella. Así es en los caminos de Dios con nosotros. Dios tiene siempre en vista el bien del alma, su restauración en plenitud de gozo y de comunión, y Él jamás retira Su mano en tanto no se logre este resultado. La disciplina según Dios, efectuada en Su temor, tiene el mismo propósito en vista, de lo contrario no es de Dios.

 

Pero si bien una asamblea local subsiste realmente en su responsabilidad propia y personal, y sus actos, si son de Dios, obligan a las demás asambleas, como en la unidad de un solo cuerpo, este hecho, no obstante, no elimina otro hecho que es de la mayor importancia y que muchos parecen olvidar, a saber, que las voces de hermanos de otros lugares tiene tanta libertad como la de los hermanos locales para hacerse oír en medio de ellos a fin de discutir los asuntos de una reunión de santos, aunque no pertenezcan localmente a esta reunión. Negarles este privilegio sería, de hecho, una seria negación de la unidad del cuerpo de Cristo.

 

Aparte de esto, la conciencia y el estado moral de una asamblea local pueden ser tales que manifiesten ignorancia, o al menos una comprensión muy imperfecta de lo que se debe a la gloria de Cristo y a Él mismo. Todo esto hace el entendimiento tan débil que ya no hay más poder espiritual para discernir entre el bien y el mal. Puede que haya también en una asamblea prejuicios, predisposiciones o la influencia de uno o varios individuos, lo que puede descarriar el juicio de la asamblea y hacer que ella incurra en un juicio injusto y cause un grave perjuicio a un hermano.

 

Cuando esto sucede, es una verdadera bendición que hombres espirituales y sabios de otras asambleas, intervengan y procuren despertar la conciencia de la asamblea, y también es una bendición si vienen a pedido de la asamblea o de aquellos para quienes el asunto constituye la principal dificultad del momento. En este caso, su intervención, lejos de verse como una intrusión, debiera ser recibida y reconocida en el nombre del Señor. Actuar de cualquier otra manera, sería seguramente aprobar la independencia y negar la unidad del Cuerpo de Cristo.

 

Sin embargo, aquellos que vienen de otros lados y actúan de este modo, no deberían actuar aparte del resto de la asamblea, sino con la conciencia de todos.

 

Cuando una asamblea ha rechazado toda amonestación y ha declinado aceptar la ayuda y el juicio de otros hermanos, cuando se agotó toda paciencia, una asamblea que ha estado en comunión con ella, está justificada para anular su acción errónea y para aceptar a la persona que fue rechazada, si ellos cometieron un error en cuanto a la persona. Pero cuando nos vemos forzados a tal extremo, la dificultad se convierte en una cuestión de rechazo de comunión con la asamblea que actuó mal, y que, de esta manera, rompió ella misma su comunión con el resto de aquellos que actuaron en la unidad del cuerpo. Tales medidas sólo pueden ser adoptadas después de muchos cuidados y paciencia, para que la conciencia de todos pueda acompañar la acción como siendo de Dios.

 

Llamo la atención a estos asuntos, porque cuando una asamblea rehúsa admitir la intervención de aquellos que, estando en comunión, vienen de otras partes, ello demuestra una tendencia a establecer la independencia de acción en cada asamblea local. Pero toda acción, tal como lo he reconocido desde el principio, pertenece primeramente a la asamblea local.

 

J. N. Darby

 

Edición original en francés; traducido del Messager Évangélique, edición de 1872, págs. 453-457


NOTAS

 

[1] N. del T.— επι το αυτό = epi to auto, se traduce a veces por: reunidos, juntos, etc., según las circunstancias o el contexto, p. ej., Hechos 1:15; 2:1, 44, 47; 4:26, etc. Kelly expone en esta carta ampliamente su significado general y explica cada caso en detalle.

 

[2] N. del A. — Tras escribir esta carta me encontré con la siguiente nota sobre el versículo en las «Works» (Obras) del piadoso y erudito Dr. John Lightfoot (edición de Pitman, volumen VIII, pág. 61):

 

«Esta expresión griega επι το αυτό es de uso frecuente y variado en la Septuaginta. A veces significa la reunión de personas en la misma compañía; así también de las bestias: a veces su concurrencia en la misma acción, aunque no en la misma compañía o lugar; otras veces su concurrencia en la misma condición, y otras veces su asociación conjunta, aunque en varias compañías. Como los hombres de Joab y de Abner, aunque se sentaron a cierta distancia, a uno y otro lado del estanque de Gabaón, sin embargo dijeron: συνανταν επι το αυτό. Y en este sentido debe la expresión entenderse en esta historia; porque es imposible de imaginar o de concebir que todos esos millares de creyentes, que ahora estaban en Jerusalén, se mantenían todos en una sola compañía y grupo, y no en partes separadas; pero ¿qué casa podría contener esa multitud? Más bien ellos se mantenían en varias compañías o congregaciones, según sus lenguas, nacionalidades u otras referencias, los juntaba. Esto que los mantenía juntos y unidos, se debía a que ellos se mantenían aparte de los incrédulos, y porque estaban en la misma profesión y práctica de los deberes de la religión; por lo tanto, esto se describe como επι το αυτό, aunque estaban en varias compañías o congregaciones.»

 

He omitido las referencias del autor, como naturalmente aparecen incluidas en la lista mucho más completa de la Septuaginta, que se da en otra parte en esta carta.

 

[3] N. del T.— A partir de la cuarta carta, y hasta la séptima, se ha tenido que hacer una adaptación y resumen debido a las diversas referencias del autor —a veces extensas y detalladas— a lugares, personas, eventos y circunstancias que no son ya conocidos para nosotros, y que, por no revestir así mayor importancia, se han omitido, conservándose, en estos casos, sólo la sustancia del pensamiento del autor.

 

[4] N. del T.— En esta carta Kelly hace referencia a las acciones independientes que llevó a cabo la reunión de Park Street (Islington, Londres, Inglaterra) cuando el 19 de agosto de 1879 escribió e hizo circular por todas partes —como si fuese la única reunión en la ciudad— una «Declaración» en la que rechazaba la comunión a un hermano y a la asamblea que habían tratado su caso localmente y puesto a consideración en la reunión general de hermanos en el que hubo pleno consenso —la cual fue desconocida—, así como a todos aquellos que no se sometieran a su «Declaración», la cual, a finales del mes se vio obligada a revocar mediante la emisión de un segundo documento ante la falta de aceptación generalizada de la misma en todo el país. Más tarde, en abril de 1881, en otro acto de independencia, Park Street aceptó aisladamente —y con el desacuerdo de muchos— una carta de recomendación procedente de Guildford Hall, (Ramsgate, Kent, Inglaterra), pero lo volvió a hacer sin la consulta previa y el común acuerdo de todos los hermanos del lugar, tal como era la costumbre para guardar la unidad práctica. Para preservar la unidad de acción de las reuniones y evitar caer en el mal de la independencia de acción, Kelly sostiene que era necesario seguir manteniendo una reunión general de hermanos de toda la ciudad una vez por semana para tratar todo tipo de cuestiones que hacen a la vida en común de la asamblea en la ciudad. De esta manera, con la reunión general conjunta, Kelly quería prevenir que volviera a surgir un nuevo espíritu de independencia como había ocurrido con Park Steet (donde, casualmente, J. N. Darby se reunía, aunque ya era muy avanzado en años entonces). Pero ya antes de 1881, Park Street venía asumiendo un inapropiado rol de primacía en asuntos de comunión, no sólo en el área de Londres, sino en toda la Gran Bretaña. El amado G. V. Wigram expresó su preocupación acerca de esta tendencia antes de su partida con el Señor en 1879. J. N. Darby también expresó su preocupación acerca de esta centralización o control centralizado (véase más abajo qué significa esto) que se arrogaba esta reunión.

 

Sin embargo, ésa no fue la razón principal de W. Kelly, sino que sus fundamentos eran más bien bíblicos que prácticos, pues él demuestra contundentemente, por medio de las Escrituras, que en una ciudad, no existen “asambleas”, sino que la Biblia habla de “la” asamblea en tal o cual ciudad, pese a que pudieran haber más de un solo lugar de reunión en la misma ciudad. Según Kelly, cuando se trata de una ciudad como Corinto, Filipos, Antioquía, Éfeso, etc., los asuntos eclesiásticos se deben administrar espiritualmente como una unidad única a fin de evitar la acción independiente de una de las tantas reuniones que pudiere haber en esa ciudad. Kelly cree que el mejor método para asegurar la acción en comunión es mantener regularmente una reunión conjunta de hermanos de todas las reuniones, y él aporta sólidas bases bíblicas en apoyo de su tesis. Estaban aquellos que decían que debía haber un gran salón central que aloje a todos los hermanos de la ciudad, pero no existían entonces en Londres salones de semejante envergadura para tal fin, si tenemos en cuenta que en ese entonces habría unas cincuenta reuniones en la ciudad con unos cien hermanos en cada una, además de hermanas y niños, y la mayoría de ellos eran pobres y con dificultades económicas para trasladarse.

Es interesante saber que aquellos que siguieron a Park Street también tomaron luego la misma decisión de tener reuniones centrales de administración; pero en su caso, lo hicieron, no para evitar la acción independiente de las reuniones, sino para asegurar el poder dominante de Park Street (el control centralizado) el cual se ejerció de nuevo en 1890 cuando forzaron la separación de W. J. Lowe, en 1908 sobre el «asunto Glanton» y en 1920 sobre J. S. Giles. Por ese entonces, el líder del grupo, que secundó a F. E. Raven (James Taylor Sr.), propuso su herejía, heredada de Raven, de que el Hijo de Dios no era eterno, sino que fue Hijo en el tiempo; en 1929, transfirió la sede del poder a Nueva York (Estados Unidos); y, como resultado, aquellos que habían caminado con Lowe no tuvieron ninguna dificultad en unirse en las reuniones centrales de cuidado y administración en Londres, después de la feliz reconciliación que tuvo lugar en 1927.

 

Pero así como la cuestión de Betesda mostró el error de la independencia, así también con Park Street surgió luego el mal opuesto del centralismo (esto es, la tendencia de que un pequeño grupo de hermanos locales líderes tomen las decisiones entre bastidores para todas las asambleas, ejerciendo dominio sobre ellas) con una pequeña élite de individuos a modo de sínodo que dictaminan sobre los asuntos de comunión (esta situación de ilegítimo poder centralizado —y no la de independencia— es la que a veces, y con justa razón, ha levantado la voz de protesta contra ese grupo bajo el cargo de «regentes» de las asambleas). Huelga decir que este control centralizado constituye un fatal peligro que carece del más mínimo fundamento bíblico, y, a la luz de las Escrituras, es tan perverso como el modelo opuesto de una acción deliberadamente independiente. El único principio que reconoce la Escritura, si se quiere poner en práctica Efesios 4:1-3, es el de la acción en comunión de todos los santos congregados al nombre del Señor: una marcha colectiva común que pone en práctica los principios bíblicos del “un cuerpo” y de la separación conjunta de “toda especie de mal” (1.ª Tesalonicenses 5:22) y de iniquidad o injusticia (2.ª Timoteo 2:19), incluido el mal eclesiástico de la independencia.

 


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