LA INNOVACIÓN

El único cambio legítimo es volver a las Escrituras

 

William Kelly

 

 

 

Querido hermano,

 

El aislamiento no es la única trampa para el cristiano en las actuales condiciones anómalas de la cristiandad. La innovación es otro recurso del que la incredulidad echa mano, adaptado a una diferente forma de pensamiento, pero no menos deshonroso para Dios y peligroso para el hombre.

 

La tradición, incluso en el infundado sentido en que el catolicismo romano la concibe, es menos ofensiva para una mente piadosa. Porque ella asume haber gobernado siempre, aunque no esté escrito, desde el principio de la iglesia; pretende que la autoridad de Dios se ha mantenido intacta hasta nuestros días. La doctrina auténtica y autoritativa del Concilio de Trento, es que, en su comunión —y solamente en la suya— se preservan la verdad y la disciplina exactas y plenas de los labios de Cristo recibida a través del Espíritu Santo desde los apóstoles (Concilio Trident., Sess. IV). Agregan —lo que es una imposibilidad absurda—, que nadie puede atreverse a interpretar la misma Escritura contra el unánime consentimiento de los Padres. Porque, aunque esto pueda sonar justo y bello a quienes no conocen sino poco más allá de un compendio de controversias teológicas, aquellos que están en alguna medida familiarizados con las obras de los Padres, deben estar al tanto de las diferencias de todos éstos en cuanto a casi toda verdad de la Escritura que discuten. Y esto no es todo, pues los Padres ignoran no solamente las bendiciones más fundamentales del Evangelio para el cristiano, sino también los privilegios más elevados y más característicos de la Iglesia. La teoría, sin embargo, es que la verdad sostenida de forma ininterrumpida desde el principio, pertenece a ellos.

 

Ahora bien, es cierto que al recibir a Cristo, el cristiano tiene la verdad. Él —no la iglesia— es el camino, la verdad y la vida (Juan 14). El Padre, de su voluntad, hizo nacer creyentes por la palabra de la verdad (Santiago 1:18). La verdad, que es el Hijo, hace al discípulo libre (Juan 8:32-36). Pero, si se declara que los hijitos tienen la unción del Santo y saben todas las cosas (1.ª Juan 2:20), la Escritura, “toda Escritura” —no solamente el Antiguo Testamento, sino más aún el Nuevo Testamento— es la salvaguardia especial, así como el medio, divinamente inspirado, y útil para enseñar, para convicción, para corrección, para instrucción (2.ª Timoteo 3:16-17). Ésta es la única forma en que el hombre de Dios puede ser completo, plenamente apto para toda buena obra; y la iglesia —al ser la depositaria de la última palabra de Dios, así como de la primera— es, tanto en privilegio como en responsabilidad, “columna y baluarte de la verdad” (1.ª Timoteo 3:15). En ningún otro cuerpo aquí abajo, judío o gentil, se encuentra esto. Si Cristo es la verdad, la asamblea o iglesia de Dios tiene el deber de manifestarlo de forma legible e inamovible.

 

Sabemos que Cristo anduvo como nuestro único modelo perfecto. Nunca hombre alguno honró tanto la Palabra de Dios, como lo hizo el Verbo Eterno aquí abajo cuando fue hecho carne (Juan 1:14). Vedlo, incluso como un niño de doce años, sentándose en medio de los maestros, oyéndoles y haciéndoles preguntas; y todos los que lo oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas (Lucas 2). Él, que era “Señor de todos” (Hechos 10:36), vino a obedecer, y, a pesar de estar acostumbrado a mandar, por lo que padeció, “aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). Cuando fue tentado por el diablo, las cosas no fueron diferentes: incluso cuando tuvo hambre, después de cuarenta días de abstinencia en el desierto, él no quiso convertir una piedra en pan sin una palabra de Dios. Menos todavía rendiría homenaje excepto a Jehová, Dios de Israel, por todos los reinos de la tierra habitable. A Dios solamente Cristo serviría. Tampoco pondría a Dios o a sus promesas a prueba, como si no estuviese seguro de Su fidelidad; pero aquí, como siempre, el Señor se fundamentó en “escrito está”; y si Satanás hizo de esto un mal uso, El Señor lo corrigió y derrotó con “escrito está también” (Mateo 4:7). Él fue siempre dependiente y obediente. Siempre enfrentó la debilidad de los amigos, sus prejuicios o su obstinación; así como la oposición, la hipocresía y el odio de sus enemigos: a cada uno de ellos, ya sean, fariseos, saduceos, herodianos; sacerdotes, gobernantes, escribas o intérpretes de la ley, él los enfrentó con la Palabra de Dios. Si los alguaciles —como todos, pero más lo debían hacer los más insensibles y perversos— reconocieron que “¡jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”, Jesús mismo se puso como el más elevado testimonio de la palabra escrita de Dios, incluso de los escritos de Moisés, más allá de Sus propias palabras habladas (Juan 5:45-47).

 

Como lo hizo durante Su vida, así también en la muerte, el Señor obedeció y honró las Escrituras inflexiblemente. En su sufrimiento más profundo, él expresó su sentimiento de abandono en las palabras escritas por su Espíritu en David mil años antes, cuando encomendó su espíritu al Padre en el lenguaje de otro salmo. Momentos antes de partir, y sabiendo que todas las cosas estaban ya consumadas, dijo, para que la Escritura se cumpliese: “Tengo sed”. Entonces le acercaron a la boca una esponja embebida en vinagre y puesta en un hisopo; y entonces dijo: “Consumado es”, e inclinando la cabeza, entregó su espíritu: ¡Palabras nunca usadas respecto de ningún otro hombre, solamente apropiadas para Aquel que, aunque verdadero hombre, era verdadero Dios! ¡Qué cuidado se tenía en probar el valor divino de la Palabra escrita! Ni un solo hueso del Señor debía ser quebrado, tal como lo proclamaba una Escritura, mientras que otra predecía: “Mirarán al que traspasaron” (Juan 19:28-37).

 

Ahora los que creemos somos santificados por el Espíritu para la obediencia y la aspersión de la sangre de Jesús (1 Pedro 1:2). No estamos bajo la ley como los judíos; somos llamados para obedecer como el mismo Señor, en la relación consciente de hijos de Dios. Su palabra es una ley de libertad para nosotros, como participantes de una naturaleza divina; porque Cristo es nuestra vida. Por lo tanto, la palabra de Dios es nuestro directorio y nuestro mapa; como Cristo es el verdadero objeto, y el Espíritu Santo la energía. Dios, así, en las Escrituras, ha provisto para sus hijos, para sus siervos, para su iglesia, en todas las posibles necesidades, dificultades y peligros. Él revela en ellas toda verdad; prescribe todo servicio que es bueno. No se pasa por alto una doctrina perversa, ni un camino torcido. Hay un “mandamiento” para el principiante; y también está la “palabra” para el más maduro. Los ejemplos y las advertencias abundan. La marcha y la adoración que agradan a Dios, y que es debida solamente a él, están claramente presentadas ante nosotros en sus inspiradas páginas. Porque así como nuestra vida en amor hacia arriba o hacia abajo es también una vida de obediencia en el Espíritu, así también ella requiere necesariamente Su palabra, para que todo pueda ser hecho según Su voluntad.

 

Así vemos que el Señor dijo a Saulo de Tarso (quien preguntó en el momento de su conversión cuál era Su voluntad): “Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas” (Hechos 22:10). Al margen de lo que hayan podido ser su lugar y su poder de apóstol, Pablo ofrece al cristiano un bendito ejemplo de obediencia, y encargó a los santos que lo imitaran, como él también imitaba a Cristo (1 Corintios 11:1) Una vez más Juan urge el mismo principio en 1.ª Juan 2. La obediencia es el primero y el más perentorio ejercicio de vida, como lo leemos en los versículos 3-6. El amor es esencial, pero sólo viene a continuación en los versículos 7-11; porque las primicias son siempre debidas a Dios. Y si este orden no se cumple, no podemos amar rectamente, y hasta puede convertirse este amor en un peligro y un engaño.

 

Habíamos aprendido que éste era el principio que nos salvaguardaría en la presente ruina de la cristiandad. Se lo buscó y enseñó al estar congregados simplemente al nombre del Señor Jesús. Otros, si lo reconocían o no, se habían apartado de la Palabra de Dios y ya no creían en la presencia de su Espíritu, para la sujeción a Él. Siempre existe el peligro de desviarse hacia objetos personales o hacia los intereses de un partido; los cuales, una vez alcanzados tras haberse sometido a ellos, agregan otra secta a las ya tantas existentes Consideremos a los apóstoles cuando se reunieron para decidir la gran cuestión de imponer la ley a los gentiles que habían creído (Hechos 15). Ni Pedro ni Pablo, sino Santiago se refirió a “las palabras de los profetas” como estando en concordancia con lo que Dios había ahora obrado al tomar de las naciones un pueblo para su nombre. Aunque eran hombres inspirados, no obstante se apoyaban sobre la Palabra escrita de Dios. Y como tenemos el pensamiento final de Dios en el Nuevo Testamento, ¡qué infatuación sería volverse de la voluntad de Dios ahora revelada en plenitud para nuestra guía, hacia cualquier cosa que sea producto del hombre! No sólo se trata de que la Escritura es suficiente, sino de que por ella el hombre de Dios puede ser completo: ella constituye la principal salvaguardia en estos postreros y peligrosos días.

 

Cuando Cristo no es el centro, y la Palabra de Dios no es la autoridad absoluta por el Espíritu, no es ninguna sorpresa que los santos hayan de legislar, o bien para evitar un peligro o para agrandar sus fronteras. Pero “la Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35). Esto es abandonar realmente lo divino por lo humano, volverse de la fe a la vista. La innovación es un apartamiento de la verdad, que resulta fatal para cualquiera que está sobre el terreno en el que Dios insiste para la iglesia o para el servicio del Señor.

 

Por primera vez viene la réplica desde adentro, para decir que aquellos que se congregan al nombre del Señor debieran ser los últimos en lamentarse de innovaciones, puesto que —se hace la acusación— ellos son los más grandes de todos los innovadores. Nunca se dijo algo más perverso e indigno que esto. Porque la entera posición que hemos asumido, es un retorno a la voluntad del Señor, tanto individual como colectivamente. Hemos renunciado a todo cambio que hoy prevalece tanto en las grandes como en las pequeñas sociedades religiosas de la cristiandad, con el solo objeto de obedecer la Palabra, confiando en la presencia y en la acción del Espíritu para glorificar al Señor. Que los adversarios de la obediencia cristiana intenten descalificar el retorno a la Palabra de Dios, es comprensible. Ellos, naturalmente, dan por sentado que las cosas tal como están dispuestas en su propia compañía es lo correcto; y pretenden tener el poder de hacer tantos nuevos planes y arreglos como lo consideren conveniente. Luego osan estigmatizar a aquellos que vuelven al principio para hacer la voluntad de Dios tal como Él la reveló a sus apóstoles (2 Pedro 3:2), no porque la acusación sea justa, sino porque consideran que esa acusación es muy ofensiva para aquellos que solamente quieren ser fieles, y muy probablemente es hecha para agradar a las multitudes que juzgan según las apariencias y que prefieren la comodidad presente.

 

Pero ¿no es un hecho humillante y penoso, aunque significativo, que alguien que ocupó siempre el lugar de la reunión al nombre del Señor, se olvide a tal grado de la verdad, que termine adoptando el lenguaje de los enemigos? Porque la réplica no sólo se emplaza sobre un terreno falso y carece de inteligencia hasta el extremo; sino que abandona la Palabra de Dios y la sustituye por el presente estado de la cristiandad como la norma por la cual juzgar. Pues ese pobre sarcasmo equivale a decir que es innovación dejar a los católicos romanos y a los anglicanos, a los presbiterianos y a los congregacionalistas y que los que abandonan los sistemas no debieran lamentarse de nuevas innovaciones. ¿Dónde está la fe, dónde la obediencia que debemos a nuestro Dios, en tales esfuerzos inútiles por engañar a las almas? Seguir al Señor y a sus apóstoles es todo lo contrario de la innovación; y la adopción por algunos de ese infame reproche pone al descubierto “un corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo” (Hebreos 3:12).

 

De similar espíritu es la aplicación que hemos oído últimamente del consejo de Gamaliel al sumo sacerdote y al concilio, quienes intentaron matar a los apóstoles. “Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios” (Hechos 5:38-39). Era el sentido común, y quizás la conciencia, de un rabino incrédulo que advertía a sus compañeros cegados por la furia; pero tanto él como ellos estaban sumidos en las tinieblas en cuanto al pensamiento de Dios. Porque sabemos demasiado bien cómo los desvíos más groseros de la verdad, tales como el catolicismo romano y tantos otros sistemas perversos, pueden perdurar por siglos y prosperar exteriormente, en vez de destruirse en poco tiempo. ¡Piense tan sólo en los cristianos que caen tan bajo hasta el punto de citar lo que nos dice la Escritura acerca de los cuidados providenciales de Dios al obrar como lo hizo entre aquellos de afuera, como Gamaliel y los otros, para refrenar lo que quedaba de la furia del hombre, aun cuando, no obstante, no haya sido hecho para alabarle! ¡Piense cómo se pervierte la Escritura a fin de impedir la inalienable e imperativa obligación de los hijos de Dios, de rechazar todo servicio que carezca de Su autoridad, expresada ya bajo la forma de precepto, de ejemplo o de principio! Lo que Dios quiere se halla revelado en la Palabra; lo que no está revelado, no tiene ningún derecho a reclamar nuestra obediencia, puesto que está fuera del ámbito de la fe. Es algo puramente humano y sin ley; y “la ausencia de ley es pecado” (1 Juan 3:4).

 

Afectuosamente en Cristo,

 

W. Kelly


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