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LOS VEINTICUATRO
ANCIANOS DEL APOCALIPSIS Cabezas del
real sacerdocio celestial Un seguimiento de la Iglesia en el
Apocalipsis Notas de William Kelly |
“Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los
tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con
coronas de oro en sus cabezas” (Apocalipsis 4:4).
En Apocalipsis 4:4, el profeta ve
que, alrededor del trono central de Dios, hay otros tronos. La razón por la
cual aquí se prefieren tronos a «asientos o sillas», se debe a que una parte
esencial de la visión tiene por objeto mostrar que las personas sentadas allí
poseían dignidad real. La misma palabra significa trono y silla, y la elección
de la acepción viene determinada únicamente por el contexto: No diríamos de una
persona de condición humilde que se sienta en un trono, ni tampoco de un
soberano que cuando gobernaba se sentaba en una silla. Debemos juzgar a la luz
del tema principal de que se trata.
Alrededor del trono de Dios, pues,
en la escena de una gloria tal que quizás ningún hombre jamás vio antes, hay
otros tronos con ancianos sentados en ellos, es decir, con personas dotadas de
sabiduría de lo alto, las que tenían acceso a los pensamientos y consejos de
Dios. Ellos además están vestidos con vestiduras blancas, lo que se corresponde
con su carácter sacerdotal, mientras que sus coronas tienen que ver con su
dignidad real. Claramente los ancianos son santos que están glorificados en el
hogar celestial, alrededor del gran trono central antes de que comience el
juicio del mundo.
El número de los ancianos es
veinticuatro, lo que se corresponde con las veinticuatro clases del sacerdocio
en Israel. Cuando el precursor del Señor debía nacer, su padre Zacarías era
sacerdote de la clase u orden de Abías (Lucas 1:5). En el capítulo 24 de 1.º de
Crónicas podemos ver estas divisiones, y hallamos que la octava era aquella de
que se habla aquí. El sacerdocio estaba dividido en estas clases a fin de que
cada una según su turno tomase la obra del sacerdocio, y cada clase tenía su
propio sacerdote principal. El Sumo Sacerdote no es mencionado aquí: pero
sabemos perfectamente Quién es. Pero tenemos concretamente los veinticuatro
ancianos que responden a estas veinticuatro clases del sacerdocio, o más bien a
las cabezas o jefes representantes (v. 4).
Pero surge entonces una interesante
cuestión: Si estos ancianos coronados y entronados representan a los santos
celestiales, como pocos lo negarían, ¿cuándo y a qué condición se aplica la
visión? Esta visión ¿se refiere a
1.
aquellos
que partieron para estar con Cristo, o
2.
prefigura
el reino manifiesto de Cristo y a sus santos durante el milenio?
Ahora bien, parece cierto que estas
dos preguntas debieran ser contestadas negativamente, y que el tiempo de este
capítulo cuatro de Apocalipsis y, por consecuencia, el intervalo durante el
cual los ancianos están así ocupados en el cielo, tiene lugar después que el
estado separado[1] llegó a su fin en lo que toca a
ellos, y antes del comienzo del reino milenario.
Esto se debe a dos consideraciones:
(1) Es obvio que el símbolo de los
veinticuatro ancianos implica la suma de las cabezas del sacerdocio celestial:
no una parte, por grande que fuere, sino el
total. No había más que ese número de clases. En la visión, están
completas; y en la realidad, simbolizada por aquélla, nunca podría darse esa
situación de plenitud mientras los santos estén ausentes del cuerpo y presentes
así con el Señor. Durante este estado de cosas, habrá siempre miembros de la
iglesia en la tierra. Porque “no todos dormiremos” (1.ª Corintios 15:51). Y
cuando, en la venida del Señor, los muertos en Cristo resuciten primero,
“nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente
con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos
siempre con el Señor” (1.ª Tesalonicenses 4:17). Es decir, el símbolo,
correctamente entendido e interpretado, requiere que todos los miembros de
Cristo estén juntos y en la misma condición; y como esto no puede jamás ser
cierto en cuanto a los espíritus separados del cuerpo, necesariamente se sigue
que la visión será cumplida sólo una vez que “todos seremos transformados” (1.ª
Corintios 15:51), y estemos con el Señor.
(2) Pero es claro, que,
independientemente de lo que fuere presentado anticipadamente en los cánticos
de los ancianos, o de otros que arrebatan, por así decirlo, el estribillo de
sus acentos, tanto las acciones de los ancianos como del escenario celestial
completo, en que ellos tienen una parte tan prominente desde el capítulo cuatro
hasta el capítulo diecinueve, suponen que el reinado sobre la tierra no llega
como un hecho literal hasta que Cristo y sus santos han dejado el cielo para el
juicio de sus enemigos en la tierra. Pero el pleno complemento de los ancianos
ya tuvo lugar previamente, un considerable tiempo atrás: nadie puede negar que
los ancianos están en el cielo antes
y durante los sellos, las trompetas y las copas. La inferencia es perfectamente
clara: los santos, que ellos representan, deben estar en conjunto en el cielo
antes de que estos juicios empiecen a cumplirse. El milenio no llega hasta
Apocalipsis 20; los ancianos, que simbolizan a los santos glorificados, están
con el Señor en sus cuerpos transformados mucho tiempo atrás. Cuando el Señor
descienda del cielo para destruir a la bestia, ellos le siguen, y junto con Él
subsiguientemente reinan por mil años (Apocalipsis 19:14).
Otros, no tengo dudas, se unirán con
ellos en ese reino: éstos no estarán en sus cuerpos glorificados hasta
Apocalipsis 20, teniendo que sufrir después del arrebatamiento de la Iglesia
bajo el poder de la bestia, etc. Pero Apocalipsis 4 da a entender que el
arrebatamiento entonces habrá tenido lugar, y que los santos arrebatados son
vistos como un real sacerdocio que, al tener la mente de Cristo, tienen interés
en las pruebas, padecimientos, testimonio y esperanzas de aquellos que les
siguen, como testigos para Dios, durante la hora de la prueba que entonces
vendrá sobre el mundo entero para probar a los que moran sobre la tierra.
La diferencia con Ezequiel
Hay una solemne conexión con esto en
el libro de Ezequiel, donde vemos mencionados a veinticinco hombres (Ezequiel
8:16); y a mi juicio, parece que eran el total de las cabezas del sacerdocio:
los veinticuatro jefes además del sumo sacerdote. Pero ¿dónde estaban ellos
ahora? Lamentablemente, ellos fueron los promotores de la idolatría y de la
maldad perpetrada en el templo de Jehová. Estaban allí, no como aquellos cuyas
ropas hablaban de la sangre que limpia, sino como aquellos que corrompen las
santas normas de Dios y como aquellos que contaminan a Israel, conduciendo al
pueblo a la apostasía; de modo que, si debía infligirse el juicio, se debía
comenzar por la casa de Dios. Existe un tácito contraste entre la escena que
aquí se describe, y la que aparece en Ezequiel. Allí tenemos a las criaturas
vivientes primero, símbolo de los juicios ejecutivos de Dios, de Su poder
judicial que pone fin al mal. El resultado terrenal de la acción de estas
criaturas vivientes, como se ve en Ezequiel, sería la destrucción de Jerusalén;
pero esto era simplemente lo que el hombre vio.
Adoración inteligente de los ancianos
“Los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el
trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas
delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra
y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y
fueron creadas” (Apocalipsis 4:10-11).
Uno de los rasgos más sobresalientes
de esta escena para el alma, es el hecho de que los ancianos simbolizan a los
santos celestiales en gloria: las cabezas del sacerdocio celestial vistas en lo
alto en sus benditas ocupaciones. Pero obsérvese que cuando ellos son vistos
allí por primera vez, se muestran perfectamente familiarizados con el
escenario: no hay apresuramiento ni ningún afán. Los ancianos están sentados en
sus tronos con toda calma. Nadie tiembla ni aun en la presencia de Dios. Los
truenos, relámpagos y juicios bien podían proceder del trono de Dios, pero no
obstante ellos se hallan sentados tranquilamente en sus tronos: no se produce
ni un solo movimiento. ¿Qué es lo que los mueve? Ellos permanecían
absolutamente imperturbables por el terror: el juicio no los sacudía de sus
tronos. Pero cuando los cuatro seres vivientes dan gloria y honor y gracias al
que está sentado en el trono, los veinticuatro ancianos se postran y adoran.
Honor es directamente rendido por los ejecutores del juicio a Aquel que está
sentado en el trono, los ancianos adoran. ¡Qué satisfacción en Dios muestra
esto! ¡Qué certeza de que el pecado llegó a su fin! Dios seguramente se
disponía a juzgar, pero él no juzgará a aquellos que son hechos Su justicia en
Cristo. Ellos están en simpatía con Él; y cuando las criaturas vivientes se
dirigen a Dios y le atribuyen gloria y honor y gracias, es entonces cuando se
levantan de sus tronos y se encuentran postrados ante Él. Y vemos aún más que
eso: en el homenaje que rinden, los ancianos echan sus coronas delante del
trono diciendo: “Señor, digno eres de
recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y
por tu voluntad existen y fueron creadas”; ellos entran en Su dignidad
personal de una manera que no lo hacen las criaturas vivientes, y con mayor
inteligencia espiritual. Ellos son ancianos; entienden aquí la gloria creadora
y providencial de Dios, así como en el capítulo 5 vemos que ellos entran en la
honra y la obra del Cordero.
Esta gloria ya nos es dada a
nosotros hoy. Seguramente no tendremos tal lugar entonces si no hemos obtenido
su título que nos da derecho a ella sobre la tierra. Es nuestra ahora por la
fe, aunque entonces la tendremos en su plenitud. ¿Qué es lo que hace que los
ancianos estén tan calmos en medio del juicio?: Lo que Dios ha hecho por ellos
mediante la cruz de Jesús. Pero Dios ha hecho esto ahora. En Cristo se hizo una
obra tan perfecta en la tierra como lo podría ser en el cielo. Él no hará una
obra diferente o mejor allá arriba, si bien puede ser gozada más allá. Pero
Dios ha revelado esta escena a los suyos para que ellos ahora entren en ello
inteligentemente, y sean adoradores conforme a su espíritu, aun en la tierra,
viendo la gloria que será suya en el cielo.
Los santos que oran
“Y cuando hubo tomado el libro, los
cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos cayeron sobre sus rostros, delante del Cordero, teniendo cada cual un arpa,
y tazones de oro llenos de incienso, que son las oraciones de los santos. Y
cantaban un cántico nuevo, diciendo: ¡Digno eres de tomar el libro y de abrir
sus sellos, porque fuiste inmolado, y has adquirido para Dios con tu misma
sangre, hombres de toda tribu, y
lengua, y pueblo, y nación; y los has hecho para nuestro Dios reyes y
sacerdotes; y reinarán sobre la tierra! Y mirando yo, oí la voz de muchos
ángeles que estaban alrededor del
trono, y de los seres vivientes y de los ancianos; y era el número de
ellos era millones de millones, y millares de millares; los cuales decían a
gran voz: ¡Digno es el Cordero que ha sido inmolado de recibir el poder, y la
riqueza, y la sabiduría, y la fortaleza, y la honra, y la gloria y la
bendición…! y los cuatro seres vivientes decían: ¡Amén! Y los ancianos cayeron sobre sus rostros, y adoraron”
(Apocalipsis 5:8-14, Versión Moderna).
En el servicio del tabernáculo en el
desierto, los sacerdotes usaban trompetas de plata para propósitos santos.
David primero introdujo el arpa, separando a los hijos de Asaf, de Hemán y de
Jedutún, para los cánticos en la casa del Señor con címbalos, salterios y arpas
(1.º Crónicas 25). Éstos, como los sacerdotes, fueron divididos en veinticuatro
clases, de modo que la alusión es obvia, con esa medida de diferencia
característica del Apocalipsis. Servicios sacerdotales y corales se mezclan
aquí en perfección. ¿Acaso no sirve esto también para demostrar que sólo de los
ancianos se dice que tienen arpas y copas de incienso? En el capítulo 15, las
cuatro criaturas vivientes les dan a los ángeles las siete copas de oro llenas
de la ira divina. Todo está así en armonía: los ancianos son las cabezas del
sacerdocio real, así como los querubines aguardan la ejecución de los juicios
de Dios, aunque ambos se unen (capítulo 5) en el más pleno homenaje rendido al
Cordero.
Pero ¿quiénes son estos “santos” que
oran? Los ancianos, o la iglesia, estaban en el cielo, y en pleno coro de
alabanza. ¿De quiénes son pues estas oraciones? Ellas vienen de santos que
padecerán cuando la iglesia esté en lo alto. Los ancianos son los santos
celestiales que han sido removidos del escenario terrenal previamente, y que
incluyen probablemente a los santos del Antiguo Testamento. Ellos se sitúan en
el lugar de la adoración y de la alabanza, mientras que la oración implica
necesidad. Si los ancianos tuviesen que ver con la oración, lo es con la
oración de otros, y no de ellos mismos. Además, ellos cantan un cántico nuevo,
el de la redención por la sangre del Cordero, diciendo: “Digno eres… porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre…”.
El mejor texto y el verdadero sentido
Un muy importante cambio tiene lugar
en este versículo, perfectamente conocido para toda persona medianamente
familiarizada con las Escrituras originales. Aquellos que han estudiado los
manuscritos más antiguos y otros testigos del texto de este libro, todos están
de acuerdo en el hecho de que el texto reza así: “y los has hecho para nuestro Dios reyes (o un reino) y sacerdotes”
(v. 10). ¿Quiénes son éstos referidos como “los”, que son hechos reyes y
sacerdotes “para nuestro Dios”? Ellos no hablan de sí mismos.
Ciertamente estoy preparado para ir
más lejos, y me veo obligado a declarar mi primera impresión de que en el v. 9
la palabra “nos” fue introducida por copistas que supusieron que los ancianos
estaban celebrando su propia bendición[2].Pero los ancianos están en un reposo
tan perfecto acerca de sí mismos, que pueden estar ocupados por los demás. Por
consecuencia, yo creo que el verdadero sentido es éste: “Tú eres digno de tomar
el libro… porque tú fuiste inmolado, y has adquirido para Dios por tu sangre de
toda tribu, y lengua, y pueblo, y nación; y los has hecho para nuestro Dios
reyes y sacerdotes; y reinarán sobre la tierra” (v. 9-10). Los ancianos hablan
acerca de los santos cuyas oraciones estaban ofreciendo. Así como estaban
ocupados con las oraciones de los santos, así también aquí alababan al Señor
por Su bondad hacia los santos que aún se hallaban en la tierra. Estos últimos
dan a entender que Él, al haber tomado a los santos celestiales arriba, no ha
concluido con las riquezas de Su gracia; que, aun en medio de Sus juicios, Él
tendrá un pueblo adquirido, que habrá de participar de la gloria del reino como
un real sacerdocio, en vez de ser devorado mediante los engaños del anticristo.
Otros santos en la tierra
Estos compañeros anticipados son
probablemente los mismos que vemos en el capítulo 6 como “las almas bajo el
altar, de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios…” (v. 9)[3] en el capítulo 14: “Bienaventurados
de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor” (v. 13), y en el
capítulo 15: “los que habían alcanzado la victoria sobre la bestia…” (v. 2).
Hay otras alusiones también en el resto del libro de Apocalipsis a los justos. Claramente
eran santos de Dios en la tierra en conflicto o en tribulación, después que los
ancianos ―quienes, como vimos, representan a la iglesia o a los santos
celestiales―, fueron trasladados al cielo. En cuanto a los santos que
obtuvieron la victoria sobre la bestia, ellos “cantan el cántico de Moisés
siervo de Dios, y el cántico del Cordero” (15:3). Obsérvese el carácter
combinado de la escena. Es cierto que se trataba del cántico del Cordero; pero
también del cántico de Moisés: eran en parte terrenal y en parte celestial.
Asimismo, en el capítulo 20:4, se dice: “Y vi tronos, y se sentaron sobre
ellos”. Éstos son los ancianos, que ya fueron resucitados o transformados,
sentados sobre los tronos. “Y vi las almas de los decapitados por causa del
testimonio de Jesús y por la palabra de Dios”; este segundo grupo se refiere a
aquellos cuyas almas Juan había visto bajo el altar en el capítulo 6; y, por
último, tenemos a “los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que
no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos”. Esta tercera compañía
son las personas que habían cantado el cántico de victoria en el capítulo 15.
De esta manera, las dos clases que habían padecido después del arrebatamiento
de la iglesia, se unen con los demás en gloria, y todos reinan juntamente con
Cristo.
Se observará cuán plenamente todo
concuerda con el cántico del capítulo 5. Los ancianos están en el cielo, en el
gozo de Dios y del Cordero, pero hay santos en la tierra que oran, y los
ancianos arriba en el cielo se ocupan de las oraciones de aquellos, y celebran
la honra y la obra del Cordero por causa de otros que reinarán sobre la tierra
así como ellos mismos.
Los ángeles se distinguen de los ancianos, y alaban, pero no cantan
Un detalle más: los ángeles se
mencionan en el v. 11 y se distinguen de los ancianos (lo que prueba
contundentemente que los ancianos no son ángeles, como algunos han sugerido).
Ahora bien, los ángeles aquí, en vista de la redención obtenida por el Cordero,
abordan, no el nuevo cántico, sino el hecho de que es digno de recibir el
poder, y las riquezas, y la sabiduría, y la fuerza, y el honor, y la gloria, y
la bendición. Proclaman a alta voz el derecho al poder de Aquel a quien el
hombre despreció e inmoló. “Digno [no “eres tú”, sino] es el Cordero que fue
inmolado” (v. 11,12). Los ángeles no cantan por Su redención, porque ellos no
fueron adquiridos, y no tienen nada que ver con ello, si bien son sustentados
por el poder de Dios. Pero aquellos que han conocido sus necesidades como
pobres pecadores, bien pueden cantar el cántico nuevo. Los ángeles hablan de Su
dignidad y de Su muerte, pero no entonan las profundas y gozosas notas de
aquellos que fueron comprados por Su sangre.
Los ancianos en el capítulo 7 de Apocalipsis
Los ancianos, que fueron mencionados
por última vez en el capítulo 5:11, vuelven a aparecer en el capítulo 7:11-13:
“Y todos los ángeles estaban en pie
alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se
postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios… 13 Entonces
uno de los ancianos habló, diciéndome: Estos que están vestidos de ropas
blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido?”
Al principio del capítulo 7 se
mencionan primeramente las tribus de
Israel, que no constituyen ninguna clase mística, como dice la teoría
antijudaica que se vale del método alegorizador: ¿cuál podría ser el
significado de un Rubén, un Gad, un Aser, etc, supuestamente místicos?. Nadie
de los que conozco pretende asignar un significado claro, excepto personas al menos
muy imaginativas. Pero en vano uno espera que le asignen un significado a cada
tribu. Entiendo que la especificación de las tribus es inconsistente con
cualquier otro sentido que no sea el literal.
De nuevo entonces, la contradistinción es tan clara y positiva como las mismas
palabras pueden hacerlo, entre los sellados de Israel y la innumerable multitud
de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas. De modo que, la teoría
mística, cuando se la examina de cerca, no puede escapar al cargo de absurda;
pues ella identifica a los israelitas sellados con los gentiles que llevan
palmas en las manos, a pesar del evidente y expreso contraste que yace sobre la
superficie del capítulo. Los sellados aquí son israelitas literales, no sólo de
Israel, sino Israel, el Israel de Dios.
Pero, durante la Gran Tribulación,
Dios también va a salvar a una multitud de gentiles (v. 9), y en cuanto a eso,
ningún número específico aparece, como en el caso de Israel. Esa multitud de
que aquí se habla, es distinta de, y hasta está en contraste con, la iglesia.
Los ancianos representan a los santos celestiales como las cabezas del
sacerdocio. Aquí vemos a la multitud gentil y a los ancianos asignándoseles partes distintas dentro de la
misma escena. Vemos a los ancianos haciendo una cosa y a la multitud
haciendo otra. Sobre todo, nótese que la manera en que Dios habla de esta
multitud la separa tanto de la iglesia de Dios como de los santos del Antiguo
Testamento. Aquí se dice claramente que se trata de santos gentiles que han salido
de “la” gran tribulación: indicando un período de tiempo especial de
tribulación, el que de otros pasajes deducimos que es un tiempo aún por venir
(compárese Jeremías 30:7; Daniel 12; Mateo 24, etc.) distinto de “grandes
tribulaciones” como, por ejemplo, la que se menciona en el mensaje dirigido a
la asamblea de Tiatira en el cap. 2:22. Y Dios muestra aquí una multitud de gentiles salvos: no de judíos, pues a
éstos los hemos visto justo antes, ni de cristianos, pues éstos estarán
entonces en el cielo: son un cuerpo de gentiles llamados después del
arrebatamiento de la iglesia, que tendrán que estar en la gran tribulación,
pero que serán preservados a través de ella.
¿Qué partes, pues, estarán presentes
en la escena de la gran tribulación? Primero, una parte judía, de que se habla
en los Profetas y en los Evangelios, el objeto de los cuidados de Dios, quien
tratará tiernamente con un remanente de Israel y los liberará de sus angustias.
En segundo lugar, en Apocalipsis 7:9 oímos de una multitud gentil. Pero ninguna
de estas dos partes es la Iglesia. Nunca vemos a Dios que trate así con los
judíos y con los gentiles como tales, y que, al mismo tiempo, forme la iglesia;
pues Dios entonces tendría al menos dos, si no tres, objetos, y no objetos
diversos simplemente, sino opuestos, de especial afecto en la tierra al mismo tiempo, con formas y objetos de
acción diferentes, lo que sería una confusión. En este tiempo de tribulación,
cuando el Señor reconozca a los judíos (o al remanente piadoso) en cierta
medida, la iglesia no estará en la escena. Los objetos de liberación serán los
judíos electos y los gentiles electos, cada cual distinguido del otro, y no la
iglesia de Dios, donde tanto judíos como gentiles están unidos y toda
distinción nacional desaparece. Ya vimos pruebas de la remoción de la iglesia
en los capítulos 4 y 5. Aquí, en este capítulo 7, tenemos prueba indirecta, por
cuanto tenemos a los judíos sellados y a los gentiles salvados, y estos últimos
expresamente distinguidos de los ancianos o santos celestiales. La multitud
gentil se dice que están vestidos de ropas blancas, con palmas de victoria en
las manos, pero no cantan el nuevo cántico; tampoco vemos nada parecido al
elevado y exultante tono del capítulo 5, ni ninguna intercesión por los demás,
y ni una palabra acerca de ser hechos reyes y sacerdotes para Dios. Nada de lo
que ellos dicen se eleva a la altura del gozo y de la inteligencia que se ven
en los ancianos, ni nada de lo que se dice de ellos los coloca en un mismo
plano con los ancianos. Nunca se presentan con coronas ni sentados en tronos
como ellos. Los gentiles, momentos antes de entrar al milenio, claman con alta
voz: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al
Cordero” (v. 10). Ellos son personas salvas, pero la atribución se limita al
título que Él toma sobre el trono y al Cordero.
En el v. 13 hallamos a los ancianos
mirando sobre la escena. ¿Cómo podría ellos mirarse a sí mismos? Sin embargo,
ése sería el caso si se supusiera que los ancianos y las innumerables
multitudes gentiles representan ambos a la iglesia. Tenemos dos partes
distintas. Si los ancianos fuesen la iglesia, la multitud gentil no lo podría
ser al mismo tiempo; y si la multitud fuese la iglesia, entonces los ancianos
no lo podrían ser. Sé muy bien que un hombre puede aparecer en una foto tomada
de sí mismo con un juego de ropa en una ocasión y con otro estilo de vestido en
otra, digamos, una formal, y otra informal, por ejemplo. Pero lo que no podemos
es tener un retrato de un hombre tomado con dos diferentes juegos de ropas al
mismo tiempo, de modo de mostrar caracteres distintos, y cumplir funciones
opuestas juntamente.
En la iglesia de Dios, que está
siendo llamada al presente, no hay judíos ni gentiles. Tan pronto como hallamos
que se mantiene la distinción entre ambos, no puede estar la iglesia. Siempre
que se separa a los judíos de los gentiles, nos hallamos fuera del terreno de
la iglesia. Antes de la muerte y resurrección de Cristo, Dios no estaba
formando a judíos y gentiles en un cuerpo. Por eso, cuando el Señor Jesús
estuvo en la tierra, prohibió a sus discípulos que fuesen a los gentiles o que
entrasen a las ciudades samaritanas (Mateo 10:5). Pero cuando él, que es el
principio, el primogénito de entre los muertos, estaba por formar la iglesia,
les encargó a sus discípulos que fuesen por todas partes y predicasen el
Evangelio a toda criatura, en lugar de ir a buscar meramente a aquellos que
eran dignos en Israel. Así, pues, un completo cambio se evidenció en los
caminos de Dios, no como si él no conociese el fin desde el principio, sino con
vistas a nuevas manifestaciones de Su gloria en Su Hijo. Así también, cuando el
presente llamamiento finalice, Su gracia fluirá a través de nuevos canales,
como lo hemos visto.
Espero haber demostrado, pues,
claramente que el tema de este capítulo no es la iglesia, sino Israel y los gentiles bendecidos como
tales. Cierto es que uno no necesita dudar en decir que, si alguien supusiese
que Apocalipsis 7 trata acerca de la iglesia, ello indicaría que el tal no
tiene una verdadera noción de la naturaleza y el llamamiento de la iglesia;
ninguna concepción adecuada de lo que el Espíritu Santo relaciona con el cuerpo
de Cristo aquí abajo. La iglesia de Dios es esencialmente un cuerpo celestial
que pone enteramente a un lado toda distinción entre judíos y gentiles. El
alcance, si no el objeto, de este capítulo 7 muestra que estas distinciones
reaparecen en el tiempo especificado allí mismo. Tenemos, pues:
·
Primero, una compañía de Israel,
·
Segundo, una innumerable multitud de entre los gentiles, y
·
Tercero, una clase de redimidos formados de
entre judíos y gentiles, y muy familiar para nosotros a lo largo de este libro:
los ancianos coronados, que son
vistos como un cuerpo totalmente aparte y distinto.
Así pues, en este capítulo tenemos
claramente la distinción de 1.ª Corintios 10:32: “los judíos, los gentiles, y
la iglesia de Dios”: judíos sellados y gentiles salvados, para la tierra, como
creo, y la iglesia junto con los santos del Antiguo Testamento preservados para
la gloria celestial. Mientras que a los elegidos de las doce tribus se les dice
habérseles mostrado gran misericordia, y a los gentiles también, de quienes se
habría podido pensar que se habían olvidado (v. 14-17), aunque no se trata del mismo
privilegio elevado de que nosotros gozaremos.
Los ancianos en Apocalipsis 11:16
“El séptimo ángel tocó la trompeta,
y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a
ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.
Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios en sus tronos,
se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios, diciendo: Te damos gracias,
Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has
tomado tu gran poder, y has reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira ha
venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos
los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los
grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra” (Apocalipsis 11:16-18).
Viene pronto el día cuando ya no
habrá más tribulación y paciencia, sino poder y gloria, y todo será traído bajo
sujeción a Cristo, y “él reinará por los siglos de los siglos” (v. 15). Cuando
esto se oye en los cielos, los veinticuatro ancianos caen de sus tronos (11:
16). ¡Qué dulzura es esto! Antes, cuando se le atribuyó la gloria a Dios, o
cuando el Cordero apareció, los ancianos caían sobre sus rostros delante de Él (5:8). Ellos estaban
listos para todo aquello que exaltara a la deidad. Si se trata del Creador
(capítulo 4), ellos se postran delante de Aquel que estaba sentado en el trono;
o si ellos oyen del Cordero inmolado quien está por revelar los secretos del
porvenir (capítulo 5), ellos caen delante de Él y proclaman Su dignidad.
Así también aquí, la séptima y
última trompeta suena ahora anunciando que “los reinos del mundo han venido a
ser de nuestro Señor y de su Cristo” (11:15), e inmediatamente los veinticuatro
ancianos se postran sobre sus rostros, dando gracias a Dios, por cuanto Él
había tomado su gran poder y había reinado.
Los ancianos en Apocalipsis 19 y las bodas del Cordero
En Apocalipsis 14:3 los ancianos
vuelven a ser mencionados en el cielo, y luego aparecen bajo ese símbolo por
última vez en el capítulo 19, donde ya se ve a la Esposa.
En este capítulo 19 —una porción más
brillante y feliz del libro— el verdadero y justo juicio e Dios ha caído sobre
Babilonia —la que había pretendido representar a Dios en Su gracia y Su verdad,
y se había arrogado exclusivamente el nombre de la iglesia, la esposa de
Cristo—, y ella es puesta afuera para siempre, librándose el cielo de una
pesada carga que tenía desde hacía mucho tiempo y que corrompía la tierra, y
llenándose de gozo.
El cielo fue llamado a regocijarse:
“Oí una gran voz de gran multitud en el cielo… otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el
humo de ella sube por los siglos de los siglos” (v.1-3).
¿De quién exactamente provienen
estos acentos de alabanza y de regocijo? La Biblia es clara aquí, y no nos deja
con un vago rumor. Aparecen allí los veinticuatro ancianos, quienes tienen
entendimiento de la mente de Cristo, y las cuatro criaturas vivientes, que
desde el principio estuvieron asociadas con los juicios providenciales de Dios,
o al menos con cierta parte de ellos. Éstos “cayeron sobre sus rostros y
adoraron a Dios que estaba sentado en el trono, diciendo: ¡Amén! ¡Aleluya!”
(19:4).
No sólo ha llegado el fin del tiempo
de la Gran Ramera, sino también la consumación de la bendición de la esposa. Es
importante observar que éste no es el momento cuando el Señor viene para
recibir a la iglesia celestial. Es una escena que tiene lugar en el cielo, y no
es el Señor Jesús reuniendo a sus santos en el aire (1.ª Tesalonicenses 4:17).
Unos versículos más adelante (a partir del 11) vemos los cielos abiertos, y a
Cristo que sale de él, y a los santos siguiéndole. Nada, pues, puede ser más
simple o cierto que la inferencia de que los santos estaban previamente allí.
Ellos debieron haber estado antes en el cielo, para poder seguir a Cristo desde
allí cuando viene a juzgar. Ahora bien, pregunto: ¿cómo es que ellos lograron
estar allí? No se dice que sean en ese momento arrebatados a la casa del Padre.
Tenemos a las viejas partes familiares en el cielo. Pero nos encontramos con un
hecho nuevo: La novia se casa en el cielo, aquella por quien Cristo reserva la
gracia y la gloria más resplandecientes. Ella se prepara. Y ahora se anuncia,
no meramente el cántico del triunfo, a causa del triunfo sobre el mal, sino las
bodas del Cordero. “Gocémonos y alegrémonos.” Es la gracia que fluye hacia los
demás. “Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y
resplandeciente” (v. 8). En cuanto a la otra mujer, tenía algo de lino fino también,
con sus perlas y demás adornos (18:12). Pero nunca se dijo que a babilonia le
fuera concedido. No se dice cómo lo
obtuvo. Pero a la esposa del Cordero, le fue concedido que se vistiese de lino
fino. El lino fino son las justicias de los santos (v. 8). Dios no olvida la
obra de fe ni el trabajo de amor.
Los convidados a las bodas
Luego tenemos a “los que son
llamados a la cena de las bodas del Cordero” (v. 9), o sea, los huéspedes que
son convidados y distinguidos de la esposa (compárese Juan 3:29). Antes de
seguir hagamos una pausa. ¿Es demasiado suponer que la novia, la esposa del
Cordero, constituye un símbolo diferente, es decir, que representa a una clase
de santos diferente de aquellos que son invitados a sus bodas? ¿Qué es lo que
Dios quiere significar mediante estos dos diferentes símbolos? En cuanto a la
novia, la esposa del Cordero, son pocos los que tendrían la menor dificultad en
entenderlo. Casi todos ven en ella a la Iglesia, aquella que el Nuevo
Testamento presenta continuamente como la esposa celestial del Señor
Jesucristo. Uno se dirige naturalmente a Efesios 5 donde se pone de manifiesto
esta relación, y se desarrolla el hecho de que ella es la plenitud de los
afectos de Cristo. Obsérvese de paso que no se trata meramente de una cuestión
de una época futura, puesto que el Espíritu Santo muestra que ésta es una
relación establecida ahora. “Cristo
amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). Es verdad
desde el mismo momento que Dios comenzó a formar la iglesia en la tierra por la
presencia del Espíritu Santo enviado del cielo.
La iglesia es siempre considerada
como un cuerpo real y subsistente, porque dondequiera que está el Espíritu
Santo, ahí está la iglesia. El Espíritu Santo fue enviado aquí abajo, y su
presencia personal es lo que forma la iglesia. Ésta es la razón por la cual no
se habla directamente de aquellos santos que partieron para estar con Cristo
como si fuesen la iglesia. Por cierto que individualmente ellos son miembros de
la iglesia, pero las Escrituras que hablan de la iglesia contemplan su
existencia como el cuerpo de Cristo en la tierra. Es común oír que los hombres
hablen de la iglesia visible e invisible, de la iglesia militante y triunfante,
y piensen que si los cristianos parten para estar con Cristo, allí más
particularmente, y en el más acertado momento, allí es donde está la iglesia.
Sin embargo, la Palabra de Dios nunca habla así, sino que habla de la iglesia
de aquellos que son llamados precisamente aquí abajo, y que son bautizados por
un solo Espíritu en un solo cuerpo (1.ª Corintios 12:13). Sin duda, cuando
todos estén reunidos realmente en el cielo, entonces allí será la iglesia, y
así se habla de ella en Efesios 5:27, y tal vez en unos pocos pasajes más. Pero
en la Escritura en general, cuando se habla de la iglesia, se refiere a la
verdadera iglesia de Dios en la tierra en cualquier momento dado. El Espíritu
Santo estaba allí, y dondequiera que el Espíritu Santo habita, él liga y une el
cuerpo en uno. Ésta es una verdad de peso, que lleva aparejadas las más graves
consecuencias.
Porque, reitero, somos introducidos
en esta relación con Cristo en este tiempo presente. No se trata de que tenemos
simplemente la esperanza de ser hechos la esposa de Cristo pronto, sino que somos la esposa de Cristo ahora. Pronto
tendremos las bodas o la verdadera consumación, cuando todos los miembros sean
introducidos. Pero el gran hecho, el
hecho bendito y práctico, para nuestras almas es que somos introducidos en esta
posición de unión ahora mismo. No se
trata solamente de que los afectos sobre los que se funda el matrimonio sea
algo cierto; sino que es más que esto: el Espíritu Santo está en la tierra
uniendo a los santos a Cristo en el cielo, y haciéndoles tan verdaderamente uno
como siempre lo serán. Cuando Cristo venga, todos los obstáculos serán
removidos: se pondrá de lado todo lo que Satanás emplea para hacernos olvidar
nuestra relación con Cristo, y nuestros viles cuerpos serán transformados
conforme al cuerpo de Su gloria. Pero es importante recordar que nuestra unidad
con Cristo como Su cuerpo depende de la presencia del Espíritu Santo, quien nos
ha ligado definitivamente con Cristo en el cielo. Somos uno con Cristo ahora.
Aquí, pues, el Espíritu Santo parece
mostrar que hay otros que habrán de estar allí, no como la esposa, sino como
invitados, por decirlo así. Éstos son los llamados a la cena de las bodas del
Cordero. Recordemos a Juan el Bautista hablando de sí mismo como “el amigo del
Esposo” (Juan 3:29). Creo que aquellos que se mencionan aquí como los invitados
a la cena de las bodas del Cordero se corresponden de alguna manera con los
amigos del Esposo. Los amigos del Esposo no son ángeles, pues no se diría de
ellos que son “llamados a las bodas”. Nunca se caracteriza a los ángeles como
“llamados” por cuanto los ángeles escogidos siempre permanecieron en su primer
estado. El llamamiento de Dios viene a aquellos que se hallan en un bajo estado
a fin de liberarlos de él. Todos en general hemos tenido la costumbre de asumir
que si un hombre es un santo de Dios, él necesariamente ha de pertenecer a la
iglesia, y que hay una única bendición común para todos los santos de todas las
épocas. Aquí encontramos que se establece claramente lo contrario, lo cual se
ve apenas sobre la superficie del pasaje. Tenemos aquí una cena de bodas, y a
una señalada especialmente para el especial regocijo, llamada la esposa, la
esposa del Cordero (compuesta por miríadas de gente, pero reconocida aquí en
unidad de bendición, estando unida bajo un solo término, el de “la esposa”,
para mostrar que tienen la misma porción de amor y bendición). Pero esto no es
cierto de todos los santos, pues hay otros que no se hallan en esta posición;
ellos están presentes como invitados a las cenas de las bodas del Cordero, no
como Su esposa (véase Los
convidados a las bodas del Cordero).
Los ejércitos que estaban en el
cielo y que descienden con el Señor
“Y los
ejércitos que [estaban] en el cielo, vestidos de lino finísimo, blanco y
limpio, le seguían en caballos blancos” (19:14).
El Señor
no viene solo a la tierra para juicio. Cuando venga del cielo abierto, habrá
ejércitos que le seguirán. Se agregan correctamente las palabras “que estaban”
en el cielo para completar el sentido del griego. El sentido sería exactamente
el mismo ya sea que se lea el versículo con el verbo o sin él.
El significado es «santos», y no
«ángeles»
No tengo
dudas de que habrá ángeles en el séquito de Cristo, pues en otros pasajes de la
Escritura se mencionan a los ángeles que vienen con él, y no a los santos, como
por ejemplo en 2.ª Tesalonicenses 1:7. Pero en este pasaje de Apocalipsis se
menciona a los santos y no a los ángeles. Tales son los caminos del Señor. Él
no declara las cosas como lo hace El siempre tiene en vista un objeto moral y,
por ende, sólo revela esa parte de la verdad que se relaciona con el tema
particular de que se trata. En Mateo 25, donde se ve al Hijo del hombre sentado
en el trono de su gloria, se menciona a todos los ángeles estando con Él. ¿Y
por qué? Porque los ángeles tienen una especial relación con él como la Cabeza
de la gloria humana (véase Mateo 23:41; 16:27; Lucas 9:22). Si el gobernante de
una nación saliera en alguna ocasión política de importancia, lo haría
acompañado de sus ministros de estado. Pero si fuese a visitar a su ejército,
no sería necesario que esos oficiales estuviesen en esa ocasión, sino que
requeriría la presencia de las grandes autoridades militares. Si esto es así
entre las cosas de los hombres, mucho más se vería un orden apropiado en las
cosas de Dios. El Señor es llamado Hijo del hombre en relación con Su gloria
respecto a la tierra; y cuando toma el mundo bajo Su gobierno, tiene a sus
ángeles a quienes emplea como los mensajeros de Su poder. Pero en Apocalipsis
19, él no es llamado “el Hijo del hombre”, sino “la Palabra de Dios”, y los
ángeles no son mencionados en relación con ese nombre. Como la Palabra de Dios,
Cristo se da a conocer. Aquí él expresa a Dios bajo el carácter de juicio. Se
había dado a conocer con el carácter de gracia, como lo vemos en el Evangelio
de Juan. Así pues, vemos que el Señor Jesús es la expresión de todos los
caminos de Dios, ya en perfecta gracia, ya en perfecto juicio.
Cristo y los santos resucitados
aparecen
Aquí,
pues, los ejércitos que le siguen desde el cielo son santos. Este mismo
capítulo decide el asunto, según creo; por cuanto en el v. 8 el lino fino con
el que estaban vestidos los santos (y la misma palabra,
βυσσινον, se usa tanto en el v. 14 como
en el v. 8) se dice que son “las justicias (o acciones justas) de los santos”.
Puede que otros estén allí, pero no podrían ser mencionados apropiadamente
cuando el Señor es descrito como la Palabra de Dios. Mientras que la mención de
las huestes de santos celestiales es muy importante; y por esta razón: el
capítulo nos ofrece la más profunda relación de los santos con Cristo. Tenemos
a la esposa de Cristo, las bodas del Cordero y la consumación del gozo de la
iglesia en el cielo. En lo que respecta al mundo, ningún extraño se entremete
con ese gozo.
Pero ahora
Dios va a poner fin a toda la maldad del hombre y de Satanás en la tierra. Por
eso la Palabra de Dios viene del cielo; y aquellos que fueron los compañeros de
Su rechazo, son ahora los compañeros de Su juicio. Como se dice en el capítulo
17:14: “El Cordero los vencerá… y los que están con él son llamados y elegidos
y fieles”. Se había anunciado que, cuando viniese la batalla, Él no estaría
solo, sino que los santos estarían con Él, los que son llamados por la gracia,
elegidos y fieles; en consecuencia, aquí se los ve así. “Los ejércitos que
estaban en el cielo, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían”.
Bien pueden no ser todos los que le sigan, pero es de gran importancia ver que
ellos son santos.
Lectures on the Book of Revelation,
(extractos),1858-9
Sinopsis
Apocalipsis 4:4
Otro objeto notable cae bajo la
visión de Juan en este capítulo 4 de Apocalipsis: alrededor del trono hay
veinticuatro tronos, y sobre los tronos, veinticuatro ancianos4] sentados, vestidos de ropas blancas,
y con coronas de oro sobre sus cabezas. Isaías no vio tal compañía en su
capítulo 6; tampoco Ezequiel desde el comienzo del capítulo primero ni en
ninguna otra parte de su libro; Esteban tampoco alude a ello en su visión del
capítulo 7 de los Hechos, ni Pablo en 2.ª Corintios 12. Daniel sí vio tronos
erigidos (y no «derribados»); pero éstos estaban vacíos. Juan aquí, y en este
momento, los vio ocupados con veinticuatro ancianos, los jefes de las
veinticuatro clases del sacerdocio (1.º Crónicas 24). Estos ancianos ejercían
funciones sacerdotales en el capítulo 5:8. Pero también constituyen un real
sacerdocio. Llevan puestas coronas de oro, y están sentados en tronos, y sus
vestiduras están a tono con ello. ¿Habrá alguna duda de que se trata de los
santos glorificados en el cielo?
Las Escrituras, obsérvese bien,
nunca hablan así de almas separadas de su cuerpo ni de los ángeles. Las cabezas
simbólicas del sacerdocio real y celestial están completas. Desde el capítulo 4
de Apocalipsis hasta el capítulo 19, cuando el reino viene en poder, y los
enemigos son hechos el escabel de los pies de Cristo, el número permanece
inalterable. Desde el principio hasta el fin hay veinticuatro ancianos: no se
agrega ni uno más; mientras que si se quisiese significar que son almas de
santos separadas de sus cuerpos, ¿cuántas más, desde el día que Juan las vio,
deberían haberse ido agregando continuamente? Los ancianos, pues, representan,
no a los que están sin vestidos y que partieron para estar con Cristo, sino el
pleno complemento de aquellos de quienes lo mortal ha sido absorbido por la
vida: los santos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, transformados en
la venida de Cristo, y tomados para estar con él en la casa del Padre. Su
venida entre Apocalipsis 3 y 4 encaja precisamente con los hechos existentes y
con la visión de lo que sigue. ¿Qué otra cosa da cuenta de la desaparición de
las iglesias? ¿Qué otra cosa explica la visión de los representantes simbólicos
en plenitud de los santos destinados a la gloria celestial, quienes acompañarán
a Cristo cuando venga con sus santas miríadas para ejecutar juicio contra todos
los impíos (véase Apocalipsis 19:14)?
Algunos sin duda se asombran de que
no haya ninguna visión del traslado de los santos al cielo, salvo tal vez de
forma mística en Apocalipsis 12, tal como lo veremos oportunamente. El capítulo
14 de Juan había hablado claramente del traslado; 1.ª Tesalonicenses 4 y 5
habían revelado los diferentes caracteres de la venida del Señor y de Su día; y
2.ª Tesalonicenses 2 había mostrado la verdadera correlación de estos últimos
dos, con el objeto de corregir las enseñanzas de los falsos maestros que
procuraban alarmar a los santos mediante el rumor de que el día del Señor ya
había venido, y para hacer recordar de nuevo a los santos la esperanza de Su
venida y su reunión con él en lo alto antes de que llegue el día de terror y de
juicio para la tierra. Por lo tanto, la visión de los veinticuatro ancianos
entronizados y coronados en el cielo, debe comunicar la más clara prueba de que
Cristo ya había venido y tomado a los suyos al cielo antes de que esta visión
pudiese darse.
Otra consideración de no poca monta,
y que confirma esta observación, es el hecho de que el carácter judicial del
Apocalipsis excluye ese evento maravilloso, el cual es un acontecimiento de
soberana gracia, y enteramente independiente de la visión de juicios con
revelaciones parentéticas de gracia de tanto en cuando en medio de los juicios.
En este libro, el traslado no se halla descrito,
sino presupuesto del modo más claro,
y se halla tan fuertemente confirmado,
que cualquier otra hipótesis es prácticamente insostenible.
Apocalipsis 19
“Y los veinticuatro ancianos y los
cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba
sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!” (19:4).
Por última vez, los veinticuatro
ancianos aparecen ante nosotros; es decir que los santos celestiales son
todavía vistos como las cabezas del sacerdocio glorificado, y también con el
poder de la administración del gobierno de Dios. Pero una voz salió del trono,
diciendo: “Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así
pequeños como grandes. Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo
de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque
el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina[5]!
Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del
Cordero, y su esposa se ha preparado” (v. 5-7).
Los ancianos, como de costumbre,
comprenden los pensamientos de Dios. El juicio de la gran Babilonia, la ramera,
se vincula con las bodas del Cordero en el cielo, y los preparativos de la
novia para compartir Su aparición en gloria también, así como el reinado del
Señor Dios Todopoderoso a punto de iniciarse sobre la tierra. Ahora se nos
presenta el símbolo de la esposa; es ella la que aparece ante nuestros ojos
(junto con los invitados) y, entonces, tanto los veinticuatro ancianos como los
seres vivientes desaparecen.
¿Acaso esto significa, entonces, que
los ancianos y los seres vivientes tomados juntos deberían ser ahora
considerados como la esposa? ¿Que los santos representados anteriormente bajo
la primera de estas figuras, lo son desde este momento bajo el nombre y la
figura de la esposa? A mi juicio, a duras penas eso tiene este significado
exactamente. Los ancianos son las cabezas celestiales del sacerdocio,
comprendiendo a los santos del Antiguo Testamento y a los del Nuevo en el
estado glorificado; de ninguna manera ellos representan solamente a la Iglesia,
el cuerpo de Cristo. Cuando el Cordero que fue inmolado, y que ha redimido o
adquirido, para Dios, por su sangre, de toda tribu, lengua, pueblo y nación, es
celebrado en el cielo, los cuatro seres vivientes, hasta entonces completamente
distintos, se unen a los ancianos. Los santos glorificados no son sacerdotes
reales solamente, sino que administran el poder en el mundo venidero de una
manera muy superior a los ángeles actualmente. Por ello, desde del capítulo 5,
los cuatro seres vivientes se hallan íntimamente asociados con los ancianos,
tal como los encontramos al final del capítulo 19.
Mas ahora, cuando estos símbolos
desaparecen, cuando no se ven más sobre la escena ni a los ancianos ni a los seres
vivientes, por el hecho de tener lugar una nueva acción de Dios —es decir, la
consumación del gozo de la Iglesia—, entonces no solamente la esposa nos es
presentada, sino que en seguida se hacen presentes con ella una nueva clase de
santos.
Había un solo requisito, hasta donde
la Escritura habla y nos lo da a conocer. Todos los santos han de ser
manifestados ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba las cosas
[hechas] en [o por medio de] el cuerpo (2.ª Corintios 5:10). Por pura gracia, ellos
fueron transformados y trasladados al cielo (1.ª Tesalonicenses 4:17). Pero la
rectitud tiene también su lugar, antes de las bodas, así como en la
manifestación con Cristo, cada cual en su debido lugar. En efecto, leemos así
que “Su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de
lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas
de los santos” (Apocalipsis 19:7-8). Esto a veces no se comprende bien. No se
dice “la justicia”, sino “las justicias” o “las acciones justas” de los santos.
No se trata de la justicia de que han sido revestidos en Cristo, sino de un
reconocimiento, incluso en ese momento, de todo aquello que moralmente ha sido
según Dios, de todo lo que ha sido fruto, sin ninguna duda, de la acción del
Espíritu de Cristo. Y si bien es cierto que se trata de lo que pertenece a cada
santo, no obstante el bendito pensamiento aquí expresado no es que la Iglesia
lo tiene solamente en el sentido de que cada individuo que la compone lo posee
como su parte propia, sino que la esposa, es decir, la Iglesia en la gloria, lo
tiene en su conjunto. El individuo goza también del fruto de su trabajo; esto
es cierto en su lugar, tal como lo veremos; y el punto importante resulta ser
cuando se trata de una cuestión de recompensa; pero cuando se trata de la
esposa en el cielo, tal es la manera en que se presenta, en conjunto, vestida
de las acciones justas de los santos. Lo que el Espíritu de Dios muestra en el
versículo 8, no es, pues, la justicia que nos viene por otro, la que nos es
imputada, y por la cual somos tenidos por justos, sino una justicia personal y
efectiva. Sin duda, tenemos también la otra justicia, porque para poder
subsistir delante de Dios, es necesario lo que no se halla sino sólo por Cristo
y en Cristo, lo que es de un carácter totalmente distinto y más elevado cuando
se lo compara con las justicias de los santos.
Después de haber visto a la esposa
así preparada, se nos dice: “Y me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son
llamados a la cena de las bodas del Cordero” (v. 9).
Estas palabras nos proveen de un
amplio terreno para afirmar lo que ya adelantamos anteriormente: que los
veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes no representan únicamente a
la Iglesia. En efecto, cuando estos símbolos desaparecen para dar lugar al de
la esposa, vemos al mismo tiempo aparecer a los convidados al banquete de las
bodas del Cordero. ¿Quiénes son estos invitados? Los invitados, o los que son
llamados a la cena de las bodas del Cordero, se refieren claramente a los
santos del Antiguo Testamento. Están presentes allí, en calidad, no de la
esposa, sino de los invitados a las bodas del Cordero. No podemos ver en ellos
a los santos del período apocalíptico, por la sencilla razón de que, como lo
demuestra el capítulo siguiente, los mártires que sufren hasta la muerte
todavía no han resucitado de entre los muertos. Éstos todavía permanecen en la
condición de espíritus separados. Pero no se habla así de los convidados a las
bodas.
Parece, pues, un hecho incontrovertible
que los ancianos y los seres vivientes comprenden tanto a los santos del
Antiguo Testamento como a la Iglesia o esposa de Cristo. En consecuencia,
cuando la esposa aparece, el resto, o sea, los santos del Antiguo Testamento
que habían estado incluidos dentro de los veinticuatro ancianos y los seres
vivientes, son presentados ahora, pues, como formando una compañía aparte. Esto
para algunos puede parecer un poco difícil, pero de nada sirve eludir las
dificultades. Debemos enfrentar lo que parece difícil, inclinándonos ante la
Palabra y procurando aprender por medio de todo. No arreglamos las dificultades
mediante conclusiones predeterminadas o apresuradas, que sólo complican la
verdad, ya que nos vemos obligados a dar cuenta de la presencia de los otros
santos en la cena de las bodas del Cordero, quienes aparecen como invitados, y
no en calidad de la esposa. Este hecho en general ha sido completamente
ignorado, o se ha hecho alguna insatisfactoria inferencia que no puede
satisfacer sino embrollar la profecía…
“Y los ejércitos que [estaban] en el
cielo, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos
blancos” (v. 14). Aprendemos aquí quiénes son las personas que constituyen su
séquito. Son santos glorificados, y no ángeles (aunque los puede haber allí
también sin duda). Esto se halla confirmado por el capítulo 17:14, donde se nos
dijo que cuando Él venga, habrá santos que lo acompañan. Cuando la bestia ose
combatir contra el Cordero, el Cordero la vencerá, y los que están con él “llamados
y elegidos y fieles”, términos que, en su conjunto, son enteramente
inaplicables a los ángeles. Los ángeles no son jamás “llamados”, aunque bien
pueden ser “elegidos”; y aunque el epíteto de “santos” le son dados en las
Escrituras, no se habla en ninguna parte de ellos como “fieles”. En efecto,
esta expresión que supone el efecto y el ejercicio de la fe, conviene
esencialmente al hombre: “fiel” es lo que pertenece a un hombre de Dios. En
cuanto al término “llamados”, no puede evidentemente aplicarse a los ángeles,
porque el llamado dirigido a una persona supone que ella es sacada de una
determinada condición a fin de ser llevada hacia otra mejor. Éste no podría ser
el caso de un ángel. Los ángeles caídos no son llamados, y los santos ángeles
no tienen necesidad de serlo; éstos son simplemente guardados. El llamado es el
fruto de la actividad de la gracia de Dios para con el hombre, y no tiene lugar
excepto después de la caída. Incluso cuando el hombre era inocente en el jardín
de Edén, no había ninguna necesidad de “llamado” para él. Pero desde el momento
que pecó, la Palabra de Dios vino a él, y entonces el hombre caído fue llamado
por gracia, por medio de la fe.
Es, pues, evidente, por la
comparación de estos dos versículos, 17:14 y 19:14, que los santos en un estado
glorificado son representados aquí siguiendo al Señor cuando baja del cielo.
Ellos no son vistos aquí como la esposa; esta figura sería completamente
inadecuada para la escena que es puesta ante nuestros ojos ahora. Cuando el Rey
avanza cabalgando para obtener la victoria en el juicio de los hombres y de un
mundo rebelde, los santos lo acompañan, no en calidad de esposa, sino de
ejércitos o huestes que están en el cielo, incluyendo también, sin ninguna
duda, a los convidados al banquete de bodas. Así pues, todos los santos
glorificados, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, toman su lugar en el
séquito del Señor.
Revelation Expounded, pág. 82-85;
220-228; 1906
NOTAS
[1] N. del T.― El «estado separado» o intermedio se refiere a la condición del alma separada del cuerpo por acción de la muerte, hasta que vuelva a unirse al cuerpo en la resurrección por el poder de Dios. Para los santos, se trata de una condición de bendición, o sea, del paraíso, la inmediata presencia de Dios tras la muerte (Lucas 23:43; 2.ª Corintios 12:1-4); mientras que para los malvados, su parte es en el infierno, donde sufrirán el castigo eterno y consciente (Lucas 16: el rico y Lázaro).
[2] N.
del A.― No puede negarse que las verdaderas lecturas de Apocalipsis
5:9-10 son, en algunos casos, raramente difíciles de determinarse. De cinco,
hay cuatro manuscritos unciales disponibles, siendo uno de los más antiguos
deficiente en lo que va del capítulo 3:19 al capítulo 5:16. Las versiones
antiguas, por otro lado, están en desacuerdo, así como los editores del texto.
No hay, sin embargo, ninguna duda de que nos veamos obligados a leer αυτους
“los” (y no
ημας, “nos”) en el v. 10, sobre la base de la autoridad
de los cuatro unciales (el palimpsesto de París es aquí deficiente y no nos
aporta este dato), cuatro cursivos y muchas versiones antiguas. Pero evidentemente,
esa sustitución, correcta y cierta como lo es, de “los” por “nos” en el v. 10
oscurece o destruye la conexión con el versículo precedente , si “nosotros” se
supone sustentar su fundamento en el v. 9. Y esto es tanto más notable, puesto
que ambas cláusulas forman parte del mismo cántico en boca de los mismos
personajes. Porque no hay nada más incongruente que decir: “nos redimiste… y los hiciste”, cuando no se ha hecho
ninguna referencia entre las cláusulas a ninguna otra clase de personas. En
consecuencia, se han propuesto las más extrañas soluciones al problema...
N. del T.― Para quienes estén interesados en ver las razones críticas de por qué Kelly adoptó “los” en lugar de “nos”, pueden descargar sus notas críticas en inglés en Notas (MS Word) 5-11, donde trata con detalle este tema, aportando eruditamente las pruebas internas así como externas que llevan a adoptar la mejor lectura. En castellano, la versión Reina-Valera sigue el Texto Recibido aquí, mientras que la Biblia de las Américas, la Versión Moderna y otras, han corregido los términos a base de las mejores autoridades textuales.
[3] N. del T.― Respecto del quinto sello, podemos decir:
1) En el v. 11, Juan logra ver “almas": almas de personas que habían estado en el cuerpo, y que habían experimentado, pues, la muerte. Esto refuta a quienes no creen que tras la muerte, el alma se separa del cuerpo, y queda plenamente consciente en la forma desincorporada. No basamos la doctrina a partir de esto, sino de otros pasajes más amplios, pero esto es un apoyo más a la verdad de la conciencia del alma después de la muerte.
2) El v. 12 nos hace pensar al menos en dos cosas: Primero, que son mártires: murieron por causa de Jesucristo. Segundo: que no pertenecen en absoluto a la Iglesia.
Este segundo punto lo basamos en dos consideraciones:
El clamor de venganza no es propio de la dispensación de la gracia, pero sí es adecuado para la dispensación de juicio (la Gran Tribulación). Si comparamos los distintos sentimientos de almas pertenecientes a dos dispensaciones diferentes, veremos:
(I) VENGANZA (en los Salmos) y el Apocalipsis: "Se alegrará el justo cuando viere la venganza; Sus pies lavará en la sangre del impío". "Exalten a Dios con sus gargantas, Y espadas de dos filos en sus manos, para ejecutar venganza entre las naciones, Y castigo entre los pueblos (Salmo 58:10; 149:6,7).
(II) GRACIA: "Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió" (Hechos 7:59-60).
Es perfectamente apropiado para la dispensación de juicio que un creyente clame venganza por sus enemigos, como lo hacía David y tal como lo vemos en los salmos imprecatorios (que muchos no entienden o aplican mal a sí mismos, a la Iglesia o a su nación para justificar una «guerra santa»). Pero este espíritu de venganza es contrario a la gracia, y por eso en esta dispensación, vemos a Esteban orando en otro espíritu diferente. Pero los santos de la Tribulación, que constituyen el remanente judío creyente, y que pasa por "la angustia de Jacob" sufren el martirio y se los ve bajo el altar del sacrificio, y clamando por venganza sobre sus enemigos.
Lo que vemos es que cada creyente ora según el tiempo que le toca vivir y conforme a los principios dispensacionales que rigen para cada época.
Por último es interesante distinguir a estos santos de la Tribulación de los santos celestiales que forman la Iglesia. Estos últimos no pasan por la Tribulación, y lo podemos ver aquí en estas palabras comparativas:
"Las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos" (Apocalipsis 6:9-11).
Estos santos mueren en la Tribulación y sufren el martirio de parte "de los que habitan sobre la tierra” (κατοικουντων επι της γης). Mientras que a la iglesia, en tanto está sobre la tierra, se le promete que será “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra" (la misma expresión griega: κατοικουντας επι της γης).
Así pues, entonces a los judíos creyentes del tiempo de la Tribulación (o de "la prueba que viene sobre el entero mundo habitado") les toca pasar el martirio y clamar venganza por sus enemigos. Mientras que a los santos celestiales de la Iglesia, el Señor les promete ser guardados de la hora terrible de esa prueba.
[4] N. del A.― Parece que el término “ancianos” es un término eminentemente descriptivo en consonancia con los redimidos celestiales. Puesto que ya se lo ve aplicado apropiadamente en Hebreos 11 a los santos del Antiguo Testamento, quienes, aunque obtuvieron testimonio por la fe, no recibieron la promesa, habiendo Dios previsto, o provisto, alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen perfeccionados aparte de nosotros (Hebreos 11:39-40). Aquí en Apocalipsis se los ve conjuntamente hechos perfectos; y, seguramente, si bien el término es un término de dignidad —debido a aquellos que huyeron de la sabiduría del presente siglo para echar mano de la sabiduría que viene de lo alto—, los que ahora tienen la mente de Cristo pueden bien ser llamados así también por el Espíritu. Ambos son ancianos en el sentido de primicias de Cristo antes de la gran cosecha que ha de seguir un día por venir.
[5] N. del A.― Se trata del aoristo griego, el cual, en un caso como éste, resulta difícil representarlo correctamente en nuestro idioma; porque ni «reinó» ni «ha reinado» transmiten claramente el hecho de que Dios acaba de entrar en su reino; estas palabras más bien implican que la acción era ya pasada. La expresión griega anticipa que Él reinaba efectivamente.