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Los denominados
«Padres Apostólicos» acerca de la segunda venida del
Señor William Kelly |
Una
breve examinación será suficiente para
probar el valor de estos escasos restos de antigüedades cristianas a fin de comprobar la
veracidad de lo que proponen. Lo asombroso es que cualquier persona de
discernimiento espiritual que los haya leído con cuidado, los
estimará de mínimo valor, especialmente en lo que respecta a la
Segunda Venida. Es realmente penoso el interés en ellos, teniendo en
cuenta que estos escritos constituyen un testimonio del rápido apartamiento y de la profunda caída de
la enseñanza apostólica. ¿Puede algo ser más
evidente o sorprendente que la inconmensurable distancia que separa los
más antiguos escritos respecto de las Escrituras? Los mismos
Apócrifos del Antiguo Testamento —meros productos literarios
humanos— no difirieron tanto de las Escrituras hebreas del Antiguo
Testamento, como lo hicieron, en cambio, Bernabé, Clemente de Roma y
Hermas, de los apóstoles Pablo, Pedro y Juan.
Y, sin
embargo, desde antiguo estas producciones literarias primitivas, eran
leídas en las congregaciones cristianas ¡como si fuesen
Escrituras! Clemente de Alejandría cita incluso a la más
heterodoxa e insensata de las tres como Escritura también. Incluso el
uncial Sinaítico tiene como apéndice
del Nuevo Testamento, a Bernabé y a Hermas. Y el uncial Alejandrino tiene anexado a Clemente de Roma. Pero cuando
uno lee estas obras humanas, así como toda otra obra literaria antigua,
encuentra un agudo contraste en dignidad, santidad, amor y autoridad con las
inspiradas Epístolas. Estas reliquias antiguas no son más que la
palabra del hombre, que evidencian no sólo debilidad, sino que son trampas para la fe.
Si
hombres capaces las han puesto sobre las nubes, ello tan sólo demuestra
que la tradición tiene el poder de enceguecer a los hombres, y de que no
todos tienen fe. Sin embargo, un hombre piadoso de nuestros días se
atreve a decir: «Gracias a la providencia de Dios poseemos estos escritos
antiguos.» Una infatuación como ésta de parte de un
clérigo evangélico sólo puede atribuirse a su apasionado
celo por la esperanza judía en contra de la esperanza cristiana. Toda
forma de judaización tiende siempre a contiendas y amarguras.
¡Qué cosa extraña que alguien se dirija primero a la
«Didaché» o
«Enseñanza de los doce Apóstoles»! De ella se halla
la editio princeps (primera edición) de Bryennios (Constantinopla, 1883), la de Hitchcock
y Brown (New York, 1884), además de la de H. de Roumestin (Parker and Co., Oxford y Londres, 1884),
y el pequeño volumen del Dr. C. Bigg con al
menos igual discernimiento críticamente como cualquier otro. El
título más completo es bastante más temerario: «La
enseñanza del Señor a
los gentiles por medio de los doce apóstoles.» Se trata de una
magra compilación que comienza con los dos caminos, el de la vida y el
de la muerte, que ocupa seis capítulos, casi la mitad del pequeño
tratado, sin mencionar una sola palabra que muestre cómo se comunica la
vida o cómo los pecados son perdonados.
Luego
sigue un absurdo capítulo acerca del bautismo, que prescribe un ayuno
precedente; y otro capítulo sobre el ayuno en general. La gran
diferencia con «los hipócritas» parece ser que ellos ayunan
el segundo y el quinto día de la semana, mientras que el ayuno correcto
es en el cuarto y sexto (o
preparación). Tampoco deben orar como «los
hipócritas», sino como lo mandó el Señor, ¡y
tres veces por día! Si hacemos una recorrida por una parte del
capítulo nueve acerca de la Eucaristía, leemos: «Como este
fragmento [de pan] estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno,
así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu
reino.» ¿Puede haber un pensamiento más pobre?
El
hecho notable es que los doce apóstoles son presentados como si
olvidasen la suprema importancia de la muerte de Cristo, tanto en el bautismo
como en la Cena del Señor. Por otro lado, el nombre de David aparece
extrañamente en los capítulos 9* y 10 donde hallamos «los
cuatro vientos». Después de tantas palabras extravagantes en los
capítulos 11 a 13, en el capítulo 14 aparece la cita de Malaquías 1:10 y 14, totalmente pervertida, tal como
los católicos pervierten tan notoriamente la misa. Es la vieja
incredulidad de sustituir a la Iglesia por Israel. ¿Acaso nuestro
hermano se figura que de oriente a occidente el nombre de Jehová es
aún grande entre las naciones, o acaso eso no será posible sino
hasta que el Señor vuelva en gloria? ¿No está él
tan seguro como aquellos a quienes insensatamente atribuye la
«teoría moderna» de que sólo entonces, y nunca antes,
“en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre, y oblación
pura será presentada, porque grande será mi nombre entre las
naciones, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 4:11, versión del autor)?
Por eso ningún
apóstol aplicó jamás esta predicción al
cristianismo en el Nuevo Testamento. Es sólo la falsa
interpretación de la espuria Didaché;
porque los doce apóstoles verdaderos nunca realmente aprobaron tal cosa.
Pero ello convenía al orgullo y a la ignorancia de la iglesia
Católica, incluso antes del papado. Matthew
Henry quizás sabiamente pasa por alto el versículo, porque los no
conformistas prestan escasa atención a la profecía; pero W. Lowth, T. Scott y tal vez todos los
demás comentaristas siguen temerariamente el antiguo error en forma
unánime. El difunto Dr. Pusey naturalmente
hizo esfuerzos por demostrarlo, considerando sólo a los judíos
del pasado y del presente. Pero su argumento se cae por sí solo; porque
el profeta no habla de ninguna
«nueva revelación de Él mismo», sino más bien
de la antigua promesa que será cumplida en gracia y en poder, no
sólo para los judíos, sino también entre las naciones,
cuando Jehová reine sobre toda la tierra, el solo Jehová y su
nombre será uno en aquel día. No hay excusa alguna para entender
mal este brillante porvenir, aún futuro, dentro de la verdaderamente
nueva y más profunda revelación de Su nombre como Padre, que el
Señor Jesús dio a conocer (Juan 4:21-23) para la hora que
“ahora es”, cuando los verdaderos adoradores adorarán al
Padre en espíritu y en verdad.
Pero remitámonos
al último capítulo de la «Didaché»
(capítulo 16), «aún más relevante»,
según se dice. Sin duda que Mateo 24, en ese lugar, aparece mezclado con
otros pasajes bíblicos que hablan de la venida del Señor, ya
visible o invisible para la humanidad. «Entonces aparecerán las
señales de la verdad»
(¡!). «Primeramente la señal de una abertura en el cielo,
después la señal del sonido (o voz) de trompeta; y, en tercer
lugar, la resurrección de los muertos; pero no de todos, sino, como
está dicho: ‘Vendrá el Señor, y todos los santos con
él.’»
Ahora bien, Mateo 24:30
habla, no de la señal de la aparición de «una abertura en
el cielo», sino del Hijo del Hombre en el cielo como señal de Su
venida a la tierra, lo que hace que todas las tribus de la tierra (o del
país) se lamenten. Pero incluso la «Didaché»
cita Zacarías 14:5 respecto de todos los santos que vienen con Él en este mismo tiempo.
Ahora bien, ésta es nuestra tesis, y necesariamente implica la previa
transformación de los santos a fin de venir como conviene a Su
aparición en gloria. La misión de Sus ángeles (en el v.
31) con un gran sonido de trompeta no puede ser para reunir a Él a
aquellos santos glorificados, todos los cuales vienen con Él, sino para
el subsiguiente acto de reunir
—después de Su aparición— a los elegidos de Israel de
los cuatro vientos, los que hasta entonces se hallan dispersos por toda la
tierra. No hay traza alguna aquí de “la final trompeta”,
cuando los santos muertos resucitarán y serán transformados, a
fin de venir con Él a su debido tiempo para reunir a los elegidos de
Israel al gran Rey en Sion. Pues nosotros deberemos
haber sido arrebatados antes, para que cuando Él sea manifestado en gloria,
nosotros también seamos entonces manifestados junto con Él en
gloria. No hay ningún arrebatamiento en Mateo 24. Tampoco este pasaje
habla de la tercera señal de la resurrección de los santos
muertos. A la verdad, ningún pasaje de la Escritura se refiere a esto
como «una señal». Ellas son suscitadas con el objeto de
aparecer con Él cuando Él aparezca “y el mundo vea al
Señor viniendo en las nubes del cielo”.
Si se
argumentase que Apocalipsis 20:4 habla de la Primera Resurrección
(después de la aparición del Señor en gloria, del juicio
de la bestia y del falso profeta con los reyes de la tierra y de sus
ejércitos, y después también de que Satanás haya
sido atado), no sólo ello se admite, sino que además se insiste
en su importancia. Puesto que demuestra que existen etapas en esa
resurrección, al igual que en la presencia de Cristo. De ese
versículo aprendemos que la compañía general de los santos
glorificados (todos los santos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hasta
que Cristo venga por ellos) componen a aquellos que emergen del cielo como los
seguidores del Cordero. Ellos ahora son vistos sentados sobre tronos, y
habiéndoseles dado el juicio; luego suceden dos clases especiales de
santos, que sufrieron el martirio en el primero y en el último
períodos de la crisis del Apocalipsis, los que, en su condición
fuera del cuerpo, vuelven a vivir, a fin de reinar con Cristo por mil
años, al igual que la compañía general que ya había
sido entronizada. Todos estos constituyen la Primera Resurrección. Es
falso, y totalmente contradictorio con este pasaje, que los que padecen los
dolores del Apocalipsis resucitan simultáneamente con la primera
compañía.
¿Es
demasiado decir respecto de la verdad aquí revelada que tanto la Didaché como los cristianos en su extensión,
se hallan todavía en absoluta ignorancia? ¿Cómo no
podría creerse esto, si el Apocalipsis lo deja ver en los más
claros términos? Estos viejos escritos son muy defectuosos y, por su
ignorancia de las Escrituras, a menudo son contrarios a la verdad; y lo mismo
podemos decir de los escritos modernos. La Escritura sola es la norma, y el
cristiano no es dejado sin una Guía divina que more en él para
guiarlo a toda verdad. Creamos toda la Palabra de Dios, y no aceptemos una
parte de ella mientras omitimos otra.
(Continuará)
Artículo
completo en inglés:
http://www.stempublishing.com/authors/kelly/7subjcts/apostoli.html