¿TESOROS EN LA TIERRA O EN EL CIELO?
Mateo
6:19-21
W. Kelly
Cristo, como ninguno, conocía perfectamente a todos los
hombres, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre (Juan
2:24-25). El hombre busca tesoros en la
tierra. No necesariamente esos tesoros que lo atraen son oro o bienes
materiales. Pueden ser placeres, poder o posición social. Algunos ponen su
corazón en obtener fama en las letras o en erudición, en ciencias o en arte.
Otros se enamoran de la poesía, de la oratoria o de la Filosofía. La posición
del juez o del abogado en el Tribunal, el ejército o la armada, el gobierno
civil o la política, la filantropía o incluso el púlpito, ordinariamente
hablando, alimentan la ambición de otros tantos. Estos objetos, y todo otro
similar, que atraen el corazón del hombre, son
tesoros en la tierra y están por debajo de la fe a la cual es llamado el
cristiano: la fe en el Dios invisible y eterno. “No améis al mundo, ni las
cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está
en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos
de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.
Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece
para siempre” (1.ª Juan 2:15-17).
Oigamos las palabras del Salvador acerca de la trampa más
común para el hombre: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el
orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el
cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni
hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”
(Mateo 6:19-21).
Los tesoros en el
cielo son las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de
Dios (Colosenses 3:1). En estas cosas hemos de poner nuestra mente, no en las
cosas que están en la tierra (Colosenses 3:2). Porque hemos muerto con Cristo
de las mejores cosas de la tierra, de los rudimentos del mundo que Israel tenía
como su religión; y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (v. 3). La
cruz de Cristo puso fin a todas aquellas sombras y ordenanzas; y, en
consecuencia, el mundo le es crucificado al cristiano, y él al mundo (Gálatas
4:14). Si él verdaderamente es de Cristo, es de carácter celestial al estar
unido a Cristo, aunque esté todavía sobre la tierra, y lleve la imagen de Adán,
terrenal, hasta que Él venga (1.ª Corintios 15:47-49).
No os dejéis persuadir por los incrédulos gestos de
desprecio y burlas de aquellos que tratan de rebajar al nivel de los demás
objetos mundanos vuestros verdaderos objetos. Estos últimos están muy por
encima del mundo, o de la tierra habitada por venir, bendita como lo será
cuando Cristo y sus santos reinen sobre ella. Nuestra propia porción está en el
cielo, y con Cristo allí. Que ningún engaño os prive de lo que os revela el
Espíritu Santo enviado del cielo, sobre lo cual las Epístolas hablan de una
manera mucho más amplia a comparación de lo que los discípulos eran capaces de
sobrellevar cuando su Señor estaba aún aquí abajo, como él nos lo dice (Juan
16:12).
El más sabio de los hombres no tiene la capacidad de juzgar
lo que Dios quiere para sus hijos ahora. El Nuevo Testamento es más claro que el
agua en cuanto a que Él quiere tener a los suyos como no pertenecientes al
mundo; efectivamente, el Señor declara de forma explícita que ellos no son del
mundo de la misma manera que Él no es del mundo (Juan 17:14). “Como está
escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre,
son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a
nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo
de Dios” (1.ª Corintios 2:9-10). Éstos son tesoros que el Señor nos llama a
guardar en el cielo. Y nada puede dañarlos, como sí se puede hacer con los
tesoros de la tierra por acción de la corrupción o de la violencia.
No digamos que semejante meta está fuera del alcance del
creyente. Lo estaría, por cierto, si no contáramos con la gracia de Dios que
nos da el poder para realizarlo. Pero tenemos a Cristo como Cabeza en lo alto,
“de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y
ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Colosenses 2:19). Su gracia
basta para uno que atraviesa las circunstancias más quebrantadoras. Y si
tenemos tal Abogado en lo alto, tenemos a uno no menos divino para obrar en
nosotros aquí abajo a fin de que seamos fortalecidos en el hombre interior (Efesios
3:16). Fue así como otrora uno fue capaz de gloriarse en la debilidad —nunca de
pecados— para que el poder de Cristo haga su morada en él (2.ª Corintios 12:9).
Unas últimas palabras para los que no conocen al Salvador
todavía. Si aduces que tienes dudas acerca de la salvación de tu alma,
¿cómo podrías dejar pasar este día sin
resolver este punto delante de Dios? Él envió a su Hijo para ti, para que
puedas vivir por Él, y para que él, el Señor Jesús, muera por ti, sí, por tus
pecados. Mira a Dios en el nombre del Salvador crucificado para tus
necesidades, para tus culpas y para tu ruina espiritual. Jesús nunca rechazó a
todo aquel que, consciente de sus pecados, recurriese a Él. El Padre quiere que
honres así al Hijo, quien declara solemnemente: “De cierto, de cierto os digo:
El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto,
de cierto os digo: Viene la hora, y ahora
es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren
vivirán” (Juan 5:24-25). No seas, pues, incrédulo, sino creyente; confía en la
gracia de Dios y todo lo que te falta te será dado en el mismo amor. Es Su gozo
bendecir al creyente.
W. K.