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“Todo
Israel será salvo” Breve
historia de la interpretación de Romanos 11:26 W.
Kelly |
No hay
expresión más importante en el Nuevo Testamento para determinar el significado
exacto de la profecía del Antiguo Testamento que ésta. La escuela alegórica de
los antiguos desde Orígenes hasta los modernos de nuestros días, están aquí
lejos de la verdad de Dios. De hecho, éste es como un sistema puramente fútil,
que tiene sus raíces en la incredulidad, y su efecto dogmático es debilitar la
confianza en la simple palabra escrita, mientras que su resultado práctico es
no sólo privar al antiguo pueblo de Dios de su esperanza, sino también rebajar
y oscurecer nuestra propia esperanza al sustituir la posición terrenal de
Israel (confundida y arruinada debido a una así llamada «espiritualización»)
por la separación para Cristo y nuestra unión con él en el cielo, el cual es el
verdadero lugar del cristiano y de la Iglesia. Puede que sorprenda a algunos
saber que Orígenes —sin duda uno de los más capaces y más eruditos padres
griegos de la antigüedad— dice que Sion, en este contexto, representa al Padre
(¡!). Otros pueden ser más sobrios; pero ninguno entendió la verdad de una
manera mejor que él, aunque no hayan dado rienda suelta a semejantes vuelos
extravagantes de la imaginación. Uno esperaría, por ejemplo, algo mejor de
Teodoreto, lo mismo que de Crisóstomo, pero me veo obligado a demostrar qué
precaria es la enseñanza que, después de afirmar verdaderamente que los judíos
creerán al concluir la obra de la que se habla entre los gentiles, nos dice que
“todo Israel” significa simplemente «aquellos que creen», ya de entre los
judíos o de entre los gentiles. Incluso Jerónimo niega temerariamente esta
magra expectativa de bendición para Israel al final (Comm. Esai. xi.), ¡y él
quiere que todo se entienda con respecto a la primera venida!
Tampoco
los reformadores se pudieron limpiar de
la ignorancia y el prejuicio de los Padres, en parte por su terror de la
violencia y el fanatismo de los anabaptistas en sus sueños de un quinto reino,
sueños que después de todo son mucho más afines con las teorías de Roma y de
los Padres que con las santas esperanzas celestiales dadas en la Palabra
escrita. Pues se observará que tales visionarios buscaban una Sion propia en la
tierra, tal como, en un sentido distinto, sus adversarios interpretan los
profetas respecto de la iglesia. Todos estuvieron equivocados, aunque en
sentidos diferentes; y así lo estarán también todos aquellos que no vean que la
porción de la Iglesia es una porción celestial
con Cristo en Su venida, quien restaurará a su antiguo pueblo al goce de
todas las bendiciones y gloria prometidas en
la tierra, cuando las naciones serán solamente entonces bendecidas en su
conjunto, aunque de una forma subordinada. Pero los santos resucitados reinarán
con Cristo sobre la tierra. Nosotros somos bendecidos en los lugares celestiales en Él.
Por eso
podemos entender las vacilaciones de Lutero. Mientras que Calvino siempre se
equivocó en esto, y como ejemplo basta su interpretación de este texto, donde
él hace que “todo Israel” signifique el conjunto de los salvados, teniendo los
judíos tan sólo el lugar superior como el primogénito [*].
Beza, del
lado protestante, y Estius del lado católico, han explicado el versículo mucho
más correctamente y mostraron el contraste entre πας ’Ισραήλ (“todo
Israel”) en el futuro, con el endurecimiento απο μέρους, que
estrictamente significa “en parte” (y no un mero calificativo de una severa
declaración), especificando también la expresión “hasta que” como el punto del
tiempo en el cual sucede el gran cambio. Decir como Calvino que “hasta que” (αχρις ου)
no caracteriza esto, sino que es meramente equivalente a “para que”, muestra el
fuerte prejuicio de un buen hombre cuyo conocimiento de la lengua griega era
imperfecto, y hasta qué punto no comprendió el verdadero sentido del capítulo
que tenía ante él, debido a esa sabiduría gobernada por la propia presunción
contra la cual el apóstol advierte a los gentiles aquí.
El hecho
de que “la plenitud de los gentiles” no
puede significar la conversión universal del mundo a Cristo, es
perfectamente cierto tan sólo deduciéndolo del previo razonamiento del apóstol
en la porción central del capítulo, donde él dice: “Y si su transgresión es la
riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?” (v. 12), mostrando
cómo los estaba provocando a celos para salvar a algunos de ellos; “porque si
su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida
de entre los muertos?” (v. 15). Y esto, como ya se ha demostrado, armoniza con
el constante testimonio de la Ley, de los Salmos y de los Profetas, los que
invariablemente hacen de la bendición de Israel como creación, la condición
―y, bajo Dios, el medio― de la bendición de toda la tierra (un
nuevo estado de cosas), lo cual no es el Evangelio ni la Iglesia como los
conocemos hoy (los cuales son inconsistentes con ello), sino el Reino en su
manifestación de gloria cuando, en el más amplio sentido, toda carne verá la
salvación de Dios. Aquí los comentaristas son, debo decir, penosamente faltos
de entendimiento. El esfuerzo de algunos antiguos, y de modernos como Grotius y
Hammond, para ver el cumplimiento del versículo en los tiempos de los apóstoles
es, de todos los esquemas, el más absurdo, y el más opuesto al texto en
cuestión.
Puede
agregarse que, si bien el deán Alford tomó el término “Israel” en su propio
sentido, él, como los demás, debilita mucho la fuerza de la verdad al acabar
con la aseveración de que el asunto aquí tratado es la recepción de los judíos dentro de la iglesia de Dios. No es así.
La cuestión del árbol de olivo se distingue totalmente de la Iglesia, aunque
indudablemente hay ramas ahora en el olivo desde Pentecostés que también son
miembros del Cuerpo de Cristo, de la Asamblea de Dios. Pero el árbol de olivo
es otra idea totalmente distinta, y comprende los caminos de Dios sobre la base
de la promesa desde Abraham a través del Israel de antaño, la profesión gentil
hoy, e Israel nuevamente en la era milenaria, y no se trata de creyentes
solamente, sino que tiene que ver con la responsabilidad conforme a los
privilegios otorgados, con el juicio ejecutado contra las ramas judías infieles
del árbol, a fin de dar entrada a los gentiles, tal como será ejecutado también
contra los gentiles desobedientes cuando Dios otorgue arrepentimiento a Israel
y remisión de pecados en la aparición de Cristo y de su reino.
Si el apóstol empleó la versión Septuaginta de los dos
pasajes en Isaías (Isaías 59:20 y 27:9; compárese también Jeremías 31), en el
texto griego, como consta ahora, la frase no es “a” Sion —como consta en el
texto hebreo—, ni “de” Sion —como consta en la Epístola—, sino
ενεκεν (“por amor de”), excepto en dos copias a
las que hacen referencia Holmes y Parsons en su gran edición de la LXX, una de
las cuales es ciertamente una corrección, y la otra probablemente lo sea. El
hecho de que Orígenes, Crisóstomo y Teodoreto citen conforme al Nuevo
Testamento, no decide nada contra el texto común de la Setenta. Y esto se halla
confirmado por el simple hecho de que Orígenes —quien había citado al profeta
cuando interpretaba el Salmo 14 según la forma de citación del apóstol— da en
su “Hexapla” el texto de la LXX, tal como está ahora, mientras que vemos a
Aquila y Símaco ajustándose precisamente al hebreo. Resulta evidente para mí
que los últimos versículos del Salmo 16 y el Salmo 52, justifican plena y
literalmente al apóstol, quien fue dirigido por el Espíritu santo a utilizar el
Antiguo Testamento de una manera que les parece vaga y relajada a los
apresurados, descuidados o incrédulos, demasiado dispuestos a considerar a un
hombre inspirado como a sí mismos, pero dotado en realidad de la más amplia
sabiduría y la más fina exactitud para transmitir el pensamiento de Dios tal
como está contenido en Su palabra, no en un único texto solamente, sino
extraído de muchos que, entrelazados, convergen en uno. El Libertador vendrá a
Sion, desde la cual, subsiguientemente, “enviará la vara de su poder” (Salmo
110:2) para la plena liberación de su pueblo, “el día que aparte de Jacob la
impiedad” y lo coloque para siempre bajo el Nuevo Pacto.
Así pues,
si el endurecimiento de Israel (si bien, podemos bendecir a Dios por ello, es sólo
en parte) era entonces cierto, y aún hoy lo sigue siendo, anunciado desde tanto
tiempo, el mismo profeta y, podemos agregar, el resto de los profetas anticipan
el día brillante para la tierra cuando “todo Israel”, como tal, será salvo. El πλήρωμα
—plenitud o pleno complemento— de los gentiles, que ahora creen, habrá entrado; y así, el
tanto tiempo culpable y castigado pueblo de Jehová, se volverá al Señor y le
reconocerá en el crucificado Nazareno, su Señor y su Dios, tal como lo hizo Tomás,
quien, en esto, representa al pueblo, viéndole y creyéndole (Juan 20).
W.
Kelly, Notes on the Epistle to the Romans,
pág. 229-233
NOTAS
[*] N. del A.― «Multi accipiunt de populo Judaico,
acsi Paulus diceret instaurandum adhuc in eo religionem ut prius; sed ego
Israelis nomen ad totum Dei populum extendo, hoc sensu: Quum Gentes ingressae
fuerint, simul et Judaei ex defectione se ad fidei obedientiam recipient: atque
ita complebitur salus totius Israelis Dei, quem ex utrisque colligi oportet:
sic tamen ut priorem locum Judaei obtineant, ceu in familia Dei primogeniti.» (Comm.
in loc.). Tampoco son sus razones más sanas que sus conclusiones; pues Calvino
considera que el sentido místico es más apropiado porque Pablo quería señalar
aquí la consumación del reino de Cristo, «quae in Judaeis minime terminatur sed
totum orbem comprehendit». El argumento en realidad va a confirmar lo que se
niega; porque la Iglesia es esencialmente una elección de entre los judíos y
los gentiles, y nunca puede abarcar el mundo entero; mientras que la salvación
de todo Israel en la venida de Cristo para reinar, inaugura y caracteriza Su
reino sobre toda la tierra. Compárese Zacarías 12 y 14.