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“Viene con las nubes, y todo ojo le verá” Las dos etapas de la venida del Señor |
“Al que nos amó, y nos
lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para
Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.
He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron;
y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén”
(Apocalipsis 1:5-7).
El testimonio del
creyente
Después de la salutación del versículo 4 del capítulo uno
del Apocalipsis (“Gracia y paz a vosotros…”), tenemos una interrupción: se
trata de la voz de los santos celestiales
que irrumpen en acentos de alabanza (v. 5 y 6).
Ahora, en el versículo 7, hallamos estas solemnes y benditas
palabras: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le
traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí,
amén.” Ésta no es una parte del cántico, sino un testimonio completamente
diferente de él. Y a menudo encontramos estas dos cosas: aquello que forma la
comunión de un santo de Dios, y luego aquello que es o que debiera ser su
testimonio.
La comunión de unos con otros constituye un elemento muy
importante de felicidad cristiana. Pero es la presentación de Cristo y el
conocimiento de Él y de nuestra porción en Él lo que produce el sentimiento de
comunión y mueve a la adoración. Además de esto, el creyente es instruido por
Dios acerca de lo que va a acontecer al mundo. Y ésta es una parte de nuestro
testimonio, pero no el tema con el cual el corazón debería estar plenamente
ocupado. Con una persona que meramente se detiene en la profecía, uno puede
hallar temas interesantes y solemnes, pero no mucha comunión de corazón.
Porque, por más cierto que sea su juicio de los acontecimientos por venir, por
más sana que sea su expectación del futuro, la gracia de Cristo solamente
conduce a la comunión. Sería un completo error menospreciar las profecías, y
aquel que lo hiciere, caerá seguramente en una u otra trampa. Pero si el
cristiano está siempre ocupado con los detalles de la profecía, nunca habrá
poder para la adoración celestial; ni tampoco esto necesariamente libera a un
hombre de los caminos del mundo. Un hombre puede tener impresiones bastante
correctas acerca de los judíos, de los juicios sobre Babilonia y sobre la
bestia, etc., y puede no obstante no andar en separación del mundo. Pero cuando
el corazón está puesto en Cristo, y estas cosas predichas se introducen como una
suerte de trasfondo, entonces todas ellas hallan su propio nivel. El Espíritu
Santo nos conduce a toda verdad, glorificando a Cristo, y mostrándonos también
“las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13).
La esperanza y la
profecía
En 2.ª Pedro 1:19 se dice, hablando de la palabra profética,
“a la cual hacéis bien en estar atentos”. Es importante que veamos lo que está
por venir, y que no nos entreguemos a una senda fácil aquí abajo. Saber que el
Señor viene a juzgar el mundo habitado nunca debiera ser un consuelo para
aquellos que nadan a lo largo de su corriente. Pero hay algo más que bien puede
ser las delicias del alma: el día que esclarece y el lucero de la mañana que
sale en el corazón. Pedro no habla aquí del día que llega para el mundo, sino
que afirma que la palabra profética es una admirable lámpara hasta que tengamos
la luz celestial y el lucero del alba surja en nuestros corazones. Es el
corazón que despierta a esperanzas mejores que las de Israel, y de Cristo mismo
que viene por nosotros como la porción que le es propia. ¿Cuántos hay hoy, como
entonces, y naturalmente sobre todo entre cristianos judíos, que no se elevan
sobre una esperanza, formada por las profecías del Antiguo Testamento, que es
verdadera e importante, pero que no es la esperanza celestial que nos es dada a
nosotros? Nunca presenta esto la Escritura como un mero evento profético. La
forma que asume nuestra bendita esperanza es Cristo esperado y conocido como
Aquel que puede venir en cualquier momento para reunirnos junto consigo mismo.
El apóstol Pablo es quien, además de presentar plenamente la aparición y el
reino, saca a luz especialmente la esperanza de la Iglesia. Juan también
contempla a Cristo como el Esposo, como lo que es para el corazón, cuando concluye
el testimonio general del Apocalipsis o Revelación en cuanto a Sus caminos
judiciales y a Su gobierno.
Viene con las nubes
Cuando el Señor viene a recibirnos a nosotros, no se dice
que viene “con las nubes”. Cuando él ascendió, le recibió una nube. Así también
ocurrirá con nosotros: seremos arrebatados juntos en las nubes al encuentro del
Señor. Pero en Apocalipsis 1:7, él es manifestado para juicio del mundo, y
especialmente de los judíos. “He aquí que viene con las nubes.” Ésta es una
revelación conocida por y de la que dan testimonio los santos celestiales,
quienes no pueden sino amar Su aparición como aquello que romperá el yugo del
mal por el mundo, y asegurará la gloria y la bendición de Dios a toda la
creación aquí abajo. Pero no es el propio gozo peculiar de ellos en comunión.
“Sí, amén”
Nuestra inseparable
asociación con Cristo
En la epístola a los Colosenses la asociación de los santos
con Cristo es plenamente traída a luz en los capítulos 2 y 3. Él es mi vida, y
yo estoy identificado con él. De esta manera, así como Cristo mi Salvador es
muerto al mundo, así también con él yo he muerto al mundo. De ahí que no sólo
está mi tesoro allí, sino que la misma religión del mundo es juzgada, por
cuanto Cristo fue echado fuera por la religión del mundo. Y cuando él, nuestra
vida, se manifieste, entonces nosotros también seremos manifestados con él en
gloria (Colosenses 3:4). Así también aquí, cuando él venga con las nubes, todo
ojo le verá. Pero no ocurrirá lo mismo cuando él venga para reunir a los suyos
hacia sí y llevarlos arriba (2.ª Tesalonicenses 2:1). Dios está reuniendo a los
amigos de Cristo alrededor del nombre de Cristo ahora. La iglesia es un cuerpo
que es llamado mientras Cristo no es visto, y el cristiano, quien tiene su
porción en él ahora, está escondido con él. “Vuestra vida está escondida con
Cristo en Dios” (Colosenses 3:3).
Nuestra aparición con
Cristo
Luego somos arrebatados para encontrarnos con él. Después de
eso, Dios nos trae con él en Su revelación del cielo. Y ahora no se trata de
testigos escogidos, sino que “todo ojo” le verá entonces, y especialmente los
judíos, que se caracterizaron por haberle traspasado (compárese Zacarías 12:10
con Juan 19:37), y “todas las tribus de la tierra se lamentarán a causa de él”.
Las palabras tienen el sentido igualmente de «la tierra»; en cuyo caso la
cláusula introduciría no sólo a los judíos, sino al entero
δωδεκαφυλον, es decir,
de las doce tribus de nacionalidad de Israel. Que el lector juzgue lo que mejor
satisfaga el contexto, así como la enumeración del versículo. No es ciertamente
las doce tribus en aquellos que le traspasaron, sino de Israel distinguido del
más directo culpable de Judá, al menos que sea todavía más extenso.
En este versículo 7, pues, no se trata del Señor que viene a
encontrar a los suyos y a reunirlos consigo en el aire; sino de que “todo ojo
le verá… y todas las tribus de la tierra se lamentarán a causa de él”. Cuando
el Señor viene a trasladar a la iglesia, será un evento totalmente distinto.
Dios nos ha unido ya desde ahora por el Espíritu a Cristo en el cielo conforme
a toda la eficacia de Su muerte y resurrección. En lo que respecta al espíritu,
esto es cierto ahora, y será cierto del cuerpo mismo cuando Cristo venga. La
resurrección de Cristo me llama a vivir enteramente para Dios, como la muerte
de Cristo me hace tan ciertamente muerto en principio al mundo como si ya
estuviese sepultado. En la práctica, lamentablemente, debemos reconocer
tristemente nuestras faltas. Sin embargo, el apóstol afirma: “vuestra vida está
escondida con Cristo…”. Hemos recibido nada menos que la vida de Cristo. En
tanto que Cristo permanezca escondido, nosotros también lo estamos. Pero el
tiempo está cerca cuando esto ya no habrá de ser así. “Cuando Cristo, vuestra
vida, se manifieste, entonces vosotros también apareceréis con él en gloria”
(Colosenses 3:4). Cuando Cristo venga a recibir a la iglesia, ningún ojo le
verá sino sólo aquellos por quienes él viene. El momento que el mundo vea a
Cristo será cuando él venga en gloria, trayendo a sus santos con él, revelados
desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego tomando venganza
contra aquellos que no conocen a Dios (los gentiles), y contra los que no
obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo (los judíos) (2.ª Tesalonicenses
1:7-8). Si el mundo fuese a ver a Cristo viniendo solo en gloria antes que la
iglesia sea arrebatada hacia él, la
inseparable asociación de la que el apóstol Pablo hizo tanto hincapié a los
colosenses, dejaría de ser verdad. Pero la Escritura no puede ser quebrantada.
El mundo no puede jamás ver a Cristo viniendo a recibir a los santos, por
cuanto entonces ellos deben haberle visto sin ellos y antes que ellos; mientras
que el mismo momento de Su aparición ha de ser la época de nuestra aparición
con él. Y esto no se apoya meramente en alguna palabra aislada, sino que es la
doctrina de todo el pasaje. La misma verdad está expuesta y confirmada por
otras pruebas por todo el Nuevo Testamento.
Los dos aspectos de la
segunda venida del Señor
Con Cristo, por su muerte, hemos muerto definitivamente al
mundo; unidos con él resucitado, nosotros resucitamos, y debemos pues tener
nuestros corazones puestos en las cosas celestiales antes que las veamos. Es
más, Cristo no siempre ha de estar oculto. Él está por ser manifestado; y
cuando lo sea, nosotros también lo seremos junto con él. Es claro, pues, que
Cristo y la Iglesia deben de haber estado juntos antes de ser manifestados al
mundo, si han de aparecer juntos.
En Apocalipsis 19:11 esto se nos enseña más allá de toda
duda: “Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo
montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea….Y los
ejércitos celestiales, vestidos de lino
finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. El caballo es un
emblema del poder agresivo; el caballo blanco, de este poder exitoso o
victorioso. Aquí vemos al señor Jesús que viene en juicio, esencialmente el
mismo tiempo cuando viene con las nubes. Estos ejércitos que Juan ve en la
visión profética, que le siguen desde el cielo, vestidos de lino finísimo, no son ángeles. El texto
dice explícitamente que el lino finísimo (del griego:
βυσσινον) son “las acciones justas de
los santos” (19:8: la misma palabra aparece de nuevo en el v. 14). Ahora bien,
ha de observarse que, si bien los ángeles se describen en el capítulo 15:6 como
estando “vestidos de lino limpio y resplandeciente”, para ellos se usa una
palabra diferente (λίνον). De ahí que los santos
celestiales son aquellos que en el capítulo 19 se describen como “los ejércitos
celestiales”, etc. Ellos estaban, pues, en el cielo antes de que se abriera el
paso para que Cristo venga en juicio; estos santos celestiales habían sido
arrebatados para encontrar al señor antes; y ahora ellos le siguen desde cielo
cuando él viene. No dudo de que también haya ángeles en su séquito, como se
deduce de otros pasajes, pero no se habla de ellos aquí.
Hay, pues, dos importantes y diferentes etapas de la segunda
venida del Señor. Primeramente, él vendrá a recibir a los suyos, y la iglesia
debiera estar siempre esperando este momento. Y en segundo lugar, él vendrá a
juzgar al mundo, una vez que haya llevado arriba a los santos celestiales y la
maldad llegue a su colmo. Luego, de repente, los cielos se abrirán, y el Señor
Jesucristo vendrá y la iglesia junto con él, apareciendo juntos en las nubes
del cielo con poder y gran gloria. ¿Se pregunta cómo sucederá? A Israel no se
le dijo cómo habría de ser liberado de Egipto. Jehová los iba a liberar; pero
Él no explicó el método antes de que la liberación tuviera lugar. Y el Señor va
a tomar a la iglesia al cielo mediante su venida. Además de esto, él juzgará la
maldad del mundo; pero entonces la iglesia vendrá junto con él desde el cielo.
W. Kelly, Lectures on the Book of
Revelation, págs. 10-15
APÉNDICE
Dos etapas de la venida del Señor
El Señor Jesucristo nos dejó dicho que vendrá otra vez precisamente para arrebatarnos hacia sí a fin de llevarnos
a la casa del Padre, donde “estaremos siempre con el Señor”.
Así lo prometió él mismo:
“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si
así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para
vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí
mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3).
En primer lugar, Él dice que se va.
En segundo lugar, dice que volverá otra vez.
En tercer lugar, dice que “nos tomará a sí mismo”.
Y en cuarto lugar, dice que nos llevará a la Casa del Padre, donde él nos preparó
lugar.
El Señor no dice que vendrá a la tierra en relación con nosotros, sino que dice
más bien que “nos tomará a sí mismo para llevarnos al cielo”.
Es evidente que en un primer momento, el Señor viene otra vez por los suyos, pero no desciende al monte
de los Olivos, lo que aguarda su aparición en gloria, cuando regrese con sus santos.
Veamos un poco más detalladamente estas dos etapas o fases de su segunda
venida.
Lo que
comúnmente se llama «segunda venida», no constituye un solo evento, como parecerían
querer ver los lectores superficiales o aquellos que aman simplificar las cosas
que difieren sin fijarse que hay evidentes diferencias en carácter e intervalos
de tiempo. Repasemos estas dos etapas del «retorno del Señor»:
1.ª
Etapa: Los santos arrebatados hacia arriba (harpazo)
“Porque el
Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios,
descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego
nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el
aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1.ª Tesalonicenses
4:16-17).
“He aquí,
os digo un misterio: No
todos dormiremos; pero todos seremos
transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la
final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados
incorruptibles, y nosotros seremos
transformados” (1.ª Corintios 15:51-52).
Ahora bien,
en este caso, la Escritura nos revela de forma diáfana, que Cristo no desciende a la tierra, sino al aire por encima de nosotros, y desde allí llama a los suyos a
encontrarse arriba con él, y para estar con él.
Estos pasajes nos revelan que los creyentes de
esta época de la Iglesia, junto con los muertos que han resucitados
previamente, serán arrebatados hacia arriba: o sea, que no se quedan en la
tierra, por lo que el mundo de abajo (la tierra) sigue su curso en el tiempo
hasta encontrar los juicios de la ira de Dios contra él.
Con
relación a esta palabra griega que aparece en 1.ª Tesalonicenses 4:17,
“harpazo”, traducida por “arrebatar”, Vine, en su Diccionario expositivo de
palabras del Nuevo Testamento” (in loc.)
dice:
«Este verbo
comunica que se ejerce una fuerza de una manera súbita, como en Mateo 11:12:
“lo arrebatan”; 12:29: “saquear”; en 13:19: “arrebata”; para tomar por la
fuerza, ver también su uso en Juan 6:15; 10:12, 28, 29; Hechos 23:10; en Judas
23: “arrebatándolos del fuego”… Arrebatar, se dice del acto del Espíritu del Señor con respecto a
Felipe en Hechos 8:39; de Pablo al ser llevado al Paraíso, 2 Corintios 12:2, 4;
del arrebatamiento de los santos al retorno del Señor: 1 Tes. 4:17; del
arrebatamiento del niño varón en la visión de Apocalipsis 12:5».
2.ª Etapa: Cristo
desciende a la tierra y se posa sobre el monte de los Olivos
“Varones
galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido
tomado de vosotros al cielo, así
vendrá como le habéis visto ir al cielo. Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén,
camino de un día de reposo” (Hechos 1:11-12).
“Y se
afirmarán sus pies en aquel día sobre
el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente;
y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el
occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia
el norte, y la otra mitad hacia el sur” (Zacarías 14:4).
Estos
pasajes, entre varios más, afirman que Cristo volverá a la tierra, y que estará de pie en el mismo monte de los Olivos
donde sus pies lo tocaron por última vez antes de ascender a su Padre. En esta
segunda etapa, no hay aquí ningún arrebatamiento de santos hacia arriba.
Comparando,
pues, los diferentes pasajes, teniendo en cuenta además las profecías del
Antiguo Testamento, y considerando las diferencias entre Israel y las naciones
gentiles que demarca toda la Escritura, podemos entender que la clave para
entender “los tiempos” es que lo que se llama comúnmente «la segunda venida» no es un solo evento, sino que abarca dos manifestaciones o etapas distintas:
la primera cuando el Señor eleve violentamente (harpazo) a su Iglesia y la lleve a la casa del Padre, junto con
los santos resucitados que durmieron en él; y el segundo, la venida en gloria
propiamente dicha, cuando el Señor vuelva a la tierra posándose sobre el monte
de los Olivos.
Ningún
lector del Antiguo Testamento advierte con una lectura superficial, y aun más
profundamente, que iba a haber dos
venidas del Mesías separadas por un intervalo de tiempo, ni podrá encontrar
ningún versículo que detalle explícitamente que iba a haber dos venidas, como
muchos exigen que lo haya. Asimismo ocurre con respecto a la Segunda venida, la
cual está separada por un intervalo de tiempo en dos etapas, lo que deja el
margen para que, dentro de ese intervalo, encaje toda la profecía sin cumplir.
Ed.