EL LIBRO DE ESTER
W. Kelly
Dios no es nombrado en este libro
El
libro de Ester es una de las pocas porciones dispersas en la Palabra de Dios
que son notables por la ausencia del nombre de Dios. Esto ha sorprendido con
frecuencia a muchos; los judíos mismos no fueron capaces de entenderlo, y buen
número de cristianos no está mucho mejor; tanto es así, que no ha faltado la
costumbre —sobre todo en estos últimos tiempos— de tratar al libro con cierta
medida de desconfianza, como si la ausencia del nombre del Señor fuese una
razón justificada de que el libro no puede ser de Dios.
Ahora
bien, espero demostrar que el hecho de que el nombre de Dios no figure allí es
parte de la excelencia del libro; porque hay ocasiones en las que Dios vela su
gloria. No hay ocasión en la cual Él no obre, pero no siempre permite que su
nombre sea oído o que sus caminos sean advertidos.
Veremos
que el hecho de que el nombre de Dios esté ausente es precisamente lo que el
carácter del libro requiere; y ello, en lugar de debilitar el derecho de Ester
a ocupar su lugar en el santo Volumen, más bien mostrará la perfección de los
caminos de Dios, hasta en un hecho tan excepcional como la ausencia de su
nombre en todo un libro.
Debemos
comprender, entonces, qué es lo que Dios tiene en vista: Él aquí está hablando
de su antiguo pueblo bajo circunstancias en las cuales no podía pronunciar Su
nombre en relación con ellos, debido a que el pueblo se hallaba en una posición
totalmente irregular. Propiamente hablando, en el libro de Ester ellos no
tienen ninguna posición en absoluto. No podríamos decir exactamente lo mismo
con respecto a aquellos judíos que subieron desde Babilonia de acuerdo con el
permiso que les otorgó Ciro, el persa, conforme a las profecías. Lo cierto es
que ni siquiera en lo que respecta al remanente Dios le llama "pueblo
mío" (véase Oseas 1:9, 10). Al permitir a Nabucodonosor que arrasara las
tierras de la casa de David y de las tribus que todavía continuaban siendo
fieles a su compromiso, Dios les quitó su título por un corto tiempo, y ese
título aún no les ha sido restituido. No obstante, está a buen resguardo. Dios
tiene el propósito de restablecerlos en la tierra de su heredad; pero el título
de propiedad, por de pronto, ha desaparecido. Esto no significa que se haya
perdido, sino que está reservado. Dios lo guarda en secreto para ellos.
Reintegración futura del pueblo
Cuando
llegue el día en que Israel sea reintegrado, Dios los introducirá gradualmente
en el lugar que les corresponde y en la relación debida, y entonces vendrán los
días del cielo en la tierra.
Pero
estaba lejos todavía de ser así, ni siquiera con el remanente que subió desde
Jerusalén. Allí, como sabemos, el libro de Esdras los muestra centrados en
torno al altar de Dios y construyendo Su casa; y el libro de Nehemías los
presenta realzando su distinción. Si bien ellos habían perdido su título, no
habían perdido a su Dios. Aun cuando Dios no los había de llamar "pueblo
mío", ellos, al menos, lo llamarían a Él "nuestro Dios". La fe
podía apropiarse de lo que Dios era para ellos cuando Él no podía llamarlos
"pueblo mío". Por consiguiente, ellos construyeron los muros de
Jerusalén para que su pueblo pudiera tener, aun en su debilidad, el sentido de
su separación para Él. Esto caracterizó toda su vida; no solamente su vida
religiosa, sino su vida entera. En el libro de Esdras se considera la vida
religiosa del pueblo. En Nehemías se tiene en vista toda su vida consagrada a
Jehová. Pero el libro de Ester presenta un aspecto completamente diferente:
¿Qué fue de los judíos que no subieron a Jerusalén? ¿Qué fue de aquellos que
permanecieron sordos al permiso de Ciro o no valoraron la libertad de subir a
la tierra en la cual los ojos de Dios se posaron y en la que todavía Él, de
acuerdo con sus propósitos, habrá de exaltar Su nombre, a su Hijo, el Mesías,
así como también al pueblo de su elección, entonces en verdad para ser
manifiestamente reconocidos por Él?
El
libro de Ester es la respuesta a tal pregunta. Nos muestra que, aun cuando Dios
no podía reconocerlos de ninguna manera, y que ellos tampoco le reconocían
públicamente; aun cuando no había ninguna señal de parte de Dios ni de parte
del pueblo, y el nombre de Dios, por consecuencia, permanece enteramente en
secreto —pues no se lo menciona ni una sola vez en todo el libro—, aun cuando
ocurre todo esto se ve la mano y la
actuación secreta de Dios en favor de su pueblo, por más que este último se
hallara en la condición más irregular. Ésta es la naturaleza del libro, y la
solución, creo yo, de la dificultad en cuanto al hecho de que el nombre de Dios
no se mencione ni una sola vez en él. Veremos abundante confirmación de lo que
acabo de afirmar cuando examinemos el libro. Hasta ahora no he hecho más que
una somera alusión a su carácter para poder considerarlo con más detenimiento a
medida que los varios incidentes se desarrollen ante nosotros.
La grandeza de Asuero y de su
imperio
De
repente nos encontramos en un notable banquete ofrecido por el rey Asuero,
quien, supongo, es aquel conocido en la historia profana como Jerjes. No tiene
mayor importancia saber si este rey fue Jerjes o Artajerjes, o siquiera otro
que haya sido propuesto como la verdadera posibilidad. Debemos recordar que el
título de «Asuero» era de aplicación general, así como el de «Faraón» fue de
uso general en Egipto y «Abimelec» entre los filisteos; es decir, hubo muchos
Faraones y muchos Abimelec. De la misma manera, entre los persas hubo varios
que llevaron el nombre de «Asuero». A qué Asuero se refiere nuestro libro es
una incógnita; no obstante, no es una cuestión de importancia; si lo fuera,
Dios nos lo hubiera dicho. Presumo, empero, que se trató realmente de Jerjes,
en parte por el carácter del hombre: un hombre de recursos prodigiosos,
infinita riqueza, inmensa exuberancia y vanidad; un hombre, incluso, poseedor
del carácter más caprichoso y arbitrario. Advertiremos estas cualidades en la
conducta que observó para con su esposa, así como también en su conducta hacia
los judíos. Veremos, pues, la historia de una parte notable del reinado de este
caprichoso monarca; porque si hubo un rey persa que pudo haber sido
supuestamente de mano dura para con los judíos, fue éste. Darío fue un gran
admirador de Ciro y, por consiguiente, un gran amigo de los judíos. Jerjes no
fue amigo de nadie, sino de sí mismo. Fue sencillamente un hombre que vivió
para agradarse a sí mismo, para satisfacer sus gustos y pasiones conforme a los
copiosos recursos que la providencia de Dios había colocado en sus manos y que
él derrochó en su propia lujuria, tal como, lamentablemente, la mayoría de los
hombres lo hacen.
Desobediencia y destitución de
Vasti
Este
libro nos presenta, pues, a Jerjes en una época del Imperio Persa cuando el
mismo se hallaba compuesto no solamente por 120 provincias, como sucedía en
tiempos del reinado de Darío, el meda, y de Ciro, el persa. En el libro de
Daniel encontramos que, a raíz de las conquistas, fueron anexionadas más tarde
siete provincias. Jerjes reinó, pues, en un tiempo en el que el Imperio Persa
se hallaba en la cima de su gloria y de sus recursos, y él tenía toda la pompa
y circunstancias del Imperio a su alrededor, todas las grandezas y sátrapas de
su vasto Imperio.
Bajo
estas circunstancias él manda llamar a Vasti, quien se niega a acudir. Esto
enfureció al arbitrario y caprichoso monarca. Vasti desobedeció al rey. Se negó
conforme al singular deseo de retraimiento que caracterizaba a la mujer persa.
Se negó a satisfacer sus deseos. Él quería exhibir su belleza ante todo el
mundo, y ella no aceptó. La consecuencia fue que el rey procuró el consejo de
sus nobles, y uno de ellos le sugirió, con audacia, la destitución de Vasti.
Éste es, en efecto, el primer gran paso en la providencia de Dios que nos
presenta este libro, a raíz del cual se desenvuelven todos los acontecimientos
notables.
La esposa judía sustituye a la
gentil
Esto,
de por sí, es de lo más interesante; pero aún hay más que esto. El libro de
Ester no es tan sólo un libro que trata sobre providencia, sobre la secreta
providencia de Dios cuando Él no podía mencionar Su nombre en favor de su
pueblo, en favor de los judíos en su pobre y dispersa condición entre los
gentiles; sino que, aparte de eso, el libro constituye un tipo de los grandes
designios de Dios que están aún por acontecer; porque ¿con qué comienza
principalmente el libro? Con esto: la
esposa gentil del gran rey es depuesta y se produce el hecho singular de que
una judía toma su lugar. Personalmente no puedo dudar de que esto es
precisamente lo que sucederá cuando el gentil haya demostrado su desobediencia
y haya fracasado en cuanto a exhibir la belleza que debería verse en su
testimonio de Dios ante el mundo. Concretamente, esto es lo que está sucediendo
ahora; es decir, el gentil, en el tiempo presente, es el que ocupa una determinada
posición ante Dios en la tierra. El judío, como lo notaréis, no es el testigo
actual de Dios, sino que lo es el gentil. Y el gentil ha fracasado totalmente.
Conforme al lenguaje del capítulo 11 de Romanos, las ramas del olivo silvestre
—el gentil— serán desgajadas, y el judío será nuevamente injertado. Pues bien,
Vasti es la esposa gentil depuesta a causa de su desobediencia y de su fracaso
en cuanto a exhibir su belleza ante el mundo. Esto es precisamente lo que la
cristiandad debió haber hecho. El gentil, pues, será cortado y destituido, y el
judío será restablecido (Romanos 11:22-24). Esto es lo que representa el
llamamiento de Ester. Ella se convierte en el objeto de los afectos del gran
rey y desplaza a Vasti, quien nunca más es restablecida. Pero hago simplemente
esta casual observación para mostrar la relación típica de este libro con el
desarrollo de los grandes consejos de Dios en las Escrituras.
Ester, hija adoptiva de Mardoqueo,
primo suyo
Ahora
vuelvo a explicar un poco los hechos que el libro señala como el gran
desarrollo de la secreta providencia, cuando el nombre de Dios no puede ser
mencionado. Dios puede obrar donde no puede proclamarse a sí mismo, y esto se
halla notablemente ilustrado por el hecho de que, cuando se impartió la orden
para que las jóvenes doncellas fuesen buscadas para que el rey hiciese su
elección, entre otras "había en Susa residencia real un varón judío cuyo
nombre era Mardoqueo hijo de Jair, hijo de Simei, hijo de Cis, del linaje de
Benjamín; el cual había sido transportado de Jerusalén con los cautivos que
fueron llevados con Jeconías rey de Judá, a quien hizo transportar
Nabucodonosor rey de Babilonia. Y había criado a Hadasa, es decir, Ester, hija
de su tío, porque era huérfana; y la joven era de hermosa figura y de buen
parecer. Cuando su padre y su madre murieron, Mardoqueo la adoptó como hija
suya. Sucedió, pues, que cuando se divulgó el mandamiento y decreto del rey, y
habían reunido a muchas doncellas en Susa residencia real, a cargo de Hegai,
Ester también fue llevada a la casa del rey, al cuidado de Hegai guarda de las
mujeres. Y la doncella agradó a sus ojos, y halló gracia delante de él"
(cap. 2:5-9).
Ester, elegida reina
Y
cuando le llegó el turno a las diferentes doncellas y, entre otras, a Ester,
ella no sólo halló gracia en los ojos del eunuco del rey, sino, más aún, a los
ojos del mismísimo rey. "Fue, pues, Ester llevada al rey Asuero a su casa
real en el mes décimo, que es el mes de Tebet, en el año séptimo de su
reinado" (cap. 2:16). Puedo observar, de paso, que esto constituye una
notable confirmación de las memorias de Asuero pertenecientes a la época de
Jerjes, ya que en el tercer año de su reinado —como nos relata la Historia—
Jerjes celebró un gran concilio de todos los grandes de su Imperio. El objetivo
político fue su tentativa de conquistar Grecia, y él volvió nuevamente en el
séptimo año de su reinado, exactamente las mismas fechas que se consignan en
este libro de Ester. Durante ese tiempo, él se ausentó de su país y estuvo
ocupado en ese vano esfuerzo, el cual culminó en la más completa destrucción de
la flota persa y la expulsión de sus tropas por el relativamente pequeño poder
de los griegos. Pero, sea como fuere, simplemente hago esta observación para
demostrar la maravillosa manera en que la providencia de Dios preserva hasta
las fechas y el modo en que los hechos concuerdan.
Éste,
de todos modos, no es más que un pequeño detalle; pero el hecho sobresaliente
es que la judía fue preferida a todas
las otras. La judía solamente es quien será la desposada del gran Rey en la
tierra. Sabemos lo que significa «el gran Rey». Supongo que todos vosotros
estaréis enterados de que «el gran rey» era un título especial del monarca
persa. Ahora bien, la Escritura utiliza la expresión "el gran Rey"
con referencia al Señor (véase Salmo 48:2). No puedo dudar, pues, de que haya
un propósito deliberado en esta manera típica, precisamente, de hablar de Él.
Ester,
entonces, se convierte en la desposada —la reina— del gran rey después que la
gentil fue depuesta a causa de su desobediencia; y el rey, entonces, hace una
gran fiesta. Dispone una disminución de tributos para las provincias, como
sabemos que habrá de ocurrir. Cuando el judío sea favorecido, ello será como
"vida de entre los muertos" (Romanos 11:15), sea cual fuere la gracia
presente de Dios (y sabemos que es infinitamente rica); pero en lo que toca a
la tierra, ha sido enteramente echada a perder a causa de la mundanería, del
egoísmo y de la vanidad del hombre. Todas estas cosas han destruido el carácter
del reino de Dios en lo que respecta a su testimonio en la tierra. No cabe duda
de que Dios lleva a cabo su propósito celestial, pero éste nada tiene que ver
con este libro. La figura de las cosas celestiales no se encuentra aquí. Se
trata solamente de la tierra y del aspecto terrenal de la cristiandad, la cual
habrá de ser hecha a un lado cuando se convoque a los judíos, lo que no habrá
de tardar. Ellos, entonces, vendrán a ser la esposa permanente del Rey.
Mardoqueo denuncia una conspiración
contra Asuero
Aquí,
al final del segundo capítulo, se nos dice que Mardoqueo no sólo se sienta a la
entrada del rey, sino que también viene a ser el medio para hacer saber al gran
rey que se prepara un atentado contra su vida. Dos de los camareros del rey que
cuidaban la puerta procuraron ponerle las manos encima al rey, pero el asunto
se conoció. Se hizo la investigación, y ambos fueron colgados de un árbol.
Nosotros bien sabemos que todo transgresor en aquel día venidero será
descubierto y aniquilado «ipso facto».
No existirá más la incertidumbre de la ley. En aquel día "para justicia
reinará un rey" (Isaías 32:1). Se descubrirá y castigará a todos aquellos
que alcen sus manos contra el Señor.
Amán enaltecido
En
el tercer capítulo tenemos una escena muy diferente. "Después de estas
cosas el rey Asuero engrandeció a Amán hijo de Hamedata agagueo, y lo honró, y
puso su silla sobre todos los príncipes que estaban con él" (cap. 3:1).
Esto
sólo es un tipo, sólo una sombra y no la verdadera imagen. En el día milenario
no habrá ningún Amán. Hasta que ese día venga, al margen del vívido cuadro de
las bendiciones venideras, siempre habrá una sombra oscura; un enemigo; uno que
trata de frustrar todos los planes de Dios; y, de todas las razas de la tierra,
hubo una que fue particularmente hostil para con el pueblo de Dios: Los amalecitas; tanto que Jehová juró y
convocó a su pueblo a librar la guerra perpetua contra esa raza. La habría de
borrar de debajo del cielo. Los amalecitas fueron el especial objeto del más
recto juicio de Dios debido al odio que tenían hacia Su pueblo. Ahora bien,
este Amán no sólo pertenecía a Amalec, sino incluso a la familia real de
Amalec. Era descendiente de Hamedata el agaguita, como se dice, y Asuero
engrandece a este noble al más alto puesto. Sin embargo, en medio de todos
estos altísimos honores, ¡había una espina!: Mardoqueo no le hizo reverencia.
La consecuencia fue que Mardoqueo vino a ser un objeto de reproche. Los sirvientes
del rey le preguntaron: "¿Por qué traspasas el mandamiento del rey?"
(cap. 3:3); y luego de persistir en esta actitud, el hecho llega a oídos de
Amán, "porque ya él les había declarado que era judío" (cap. 3:4).
Amán, enemigo implacable del pueblo
judío
Ahí
radicaba el secreto. Dios no aparece. ¡En la historia no hay insinuación de que
Dios haya hablado acerca de Amán! No obstante, aquí estaba la razón secreta;
pero la única razón pública que aparece es que Mardoqueo era un judío. "Y
vio Amán que Mardoqueo ni se arrodillaba ni se humillaba delante de él; y se
llenó de ira. Pero tuvo en poco poner mano en Mardoqueo solamente, pues ya le
habían declarado cuál era el pueblo de Mardoqueo; y procuró Amán destruir a
todos los judíos que había en el reino de Asuero, al pueblo de Mardoqueo"
(cap. 3:5, 6); y Amán efectúa esto de la siguiente manera: informa al rey —como
era el noble principal y preferido— que había "un pueblo esparcido y
distribuido entre los pueblos en todas las provincias... sus leyes son
diferentes de las de todo pueblo, y no guardan las leyes del rey, y al rey nada
le beneficia el dejarlos vivir. Si place al rey, decrete que sean destruidos; y
yo pesaré diez mil talentos de plata a los que manejan la hacienda, para que
sean traídos a los tesoros del rey" (v. 8, 9).
La orden de exterminio de los
judíos sellada por el rey
El
rey, conforme al carácter que ya he descrito, dificultó muy poco la tremenda
petición de Amán. Tomó su anillo de su mano, lo dio a Amán y le dijo que
guardara su plata, y encargó a los escribas que llevaran a cabo su demanda, de
modo que los correos fueron a través de todas las provincias del rey. Los
persas, como es sabido, fueron los iniciadores del sistema postal que nosotros
hemos continuado hasta hoy. "Y fueron enviadas cartas por medio de correos
a todas las provincias del rey, con la orden de destruir, matar y exterminar a
todos los judíos, jóvenes y ancianos, niños y mujeres, en un mismo día, en el
día trece del mes duodécimo" (cap. 3:13). El rey y su ministro se sentaron
a beber, pero la ciudad de Susa estaba perpleja.
Bien
pudo haber un gran lamento proveniente de los judíos. Su destino estaba
sellado. Así parecía. Tanto más cuanto que siempre fue uno de los axiomas del
Imperio Persa que, una vez aprobada una ley, nunca era revocada "conforme
a la ley de Media y de Persia, la cual no puede ser abrogada" (Daniel 6:8,
12). Podría parecer, pues, que nada hubiera podido salvar al pueblo. El
soberano de 127 provincias había dado su palabra real, firmada con su sello y
enviada por correo a lo largo y a lo ancho del Imperio. El día estaba fijado y
el pueblo señalado. La destrucción parecía segura; pero Mardoqueo rasga sus
ropas, se viste de cilicio y, en medio de la ciudad, llora con un fuerte y
amargo llanto (cap. 4:1). Si bien el nombre de Dios no está escrito ni aparece,
los oídos de Dios, no obstante, oyeron.
La intervención de Mardoqueo
Mardoqueo
se allegó hasta la puerta de acceso al palacio del rey, pues nadie podía entrar
vestido de cilicio. Se colocó entonces delante de la puerta sin traspasarla, y
Ester oyó. Le relataron lo que acontecía y la reina se sintió profundamente
afligida, aunque conocía poco acerca de la verdadera causa de la aflicción.
Ester envía uno de los camareros y Mardoqueo le relata todo cuanto le había
ocurrido, de cuánto Amán había prometido pagar y de la inminente destrucción
que caería sobre los judíos.
Se nos dice que Ester, a raíz de esto, da a
Hatac orden de explicar a Mardoqueo lo desesperante de la situación. El
objetivo era que ella fuese e hiciese súplicas al rey. Pero ¿cómo? Una de las
leyes del Imperio Persa establecía que nadie podía introducirse en la presencia
del rey. Éste debía mandar a buscar, pero no lo había hecho con la reina en
treinta días. Era contra la ley aventurarse a ello. Por consiguiente, Mardoqueo
le envía a Ester un muy claro y duro mensaje: "No pienses —le dijo— que
escaparás en la casa del rey más que cualquier otro judío. Porque si callas
absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte
para los judíos" (cap. 4:13, 14). Ni una palabra acerca de Dios. Permanece
velado. Mardoqueo piensa en Dios, pero el secreto de Dios se preserva de un
modo tan perfecto que Mardoqueo sólo alude a él vagamente en estos notables
términos: "...respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los
judíos"; porque Dios miraría hacia abajo desde los cielos; pero Mardoqueo
sólo habla del lugar y no de la persona. "Mas tú y la casa de tu
padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?"
(cap. 4:14).
Ester,
pues, toma conciencia del estado real de la situación. Capta perfectamente el
sentimiento de Mardoqueo hacia el pueblo y su confianza en la liberación que
vendría "de otra parte". Por eso le ruega a Mardoqueo: "Vé y
reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí, y no comáis ni
bebáis en tres días, noche y día." Ella también, como dice, hará lo mismo:
"Yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver
al rey" (cap. 4:16). Ni una sola palabra acerca de los perfumes ahora. Ni
una palabra acerca de las suaves fragancias con que antes ella se había
preparado para entrar en la presencia del rey. Ella tenía que someterse a ello,
pues tal era la orden del rey; pero ahora, aun cuando no menciona a Dios, es
evidente dónde está su corazón. Va con el más singular preparativo —pero
admirable en tal momento—: con ayuno,
una gran señal de humillación ante Dios; pero, aun aquí, Dios no es mencionado.
No se puede dudar de que Dios está por encima —de que está por detrás— de la
escena; pero todo lo que aparece es meramente el ayuno del hombre y no el Dios
ante quien se ayunaba. "Y si perezco, que perezca." Su decisión
estaba tomada.
La intervención de Ester
Por
consiguiente, al tercer día Ester se puso sus vestiduras reales, "y entró
en el patio interior de la casa del rey, enfrente del aposento del rey; y
estaba el rey sentado en su trono en el aposento real, enfrente de la puerta
del aposento. Y cuando vio a la reina Ester que estaba en el patio, ella obtuvo
gracia ante sus ojos; y el rey extendió a Ester el cetro de oro que tenía en la
mano" (cap. 5:1, 2), porque la fe en la bondad de Dios era grande. Todo lo
que aparece es meramente humano, pero la mano invisible estaba allí. Ella la
buscó y la halló. "Entonces vino Ester y toco la punta del cetro. Dijo el
rey: ¿Qué tienes, reina Ester, y cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino
se te dará." A lo que responde Ester: "Si place al rey, vengan hoy el
rey y Amán al banquete que he preparado para el rey" (cap. 5:2-4). Dios le
dio sabiduría. Ella no reveló de inmediato lo que era una carga tan pesada para
su corazón. "El que creyere, no se apresure" (Isaías 28:16). El Dios
invisible que era el objeto de su confianza ejercitó su alma para esperar. Ella
no sólo convida al rey al banquete, sino también a Amán. Cuántas veces ocurren
hechos similares. De la misma manera procede el Señor cuando le da a Judas el
pan mojado antes de la terrible traición que lo condujo a la cruz. Nada podía
suponer Amán acerca de lo que Dios, quien no aparece, estaba reservándole. Y,
en el banquete, el rey nuevamente vuelve a la pregunta, porque sabía
perfectamente que había algo más que el banquete en la mente de la reina Ester.
"¿Cuál es tu petición, y te será otorgada? ¿Cuál es tu demanda? Aunque sea
la mitad del reino, te será concedida" (cap. 5:6).
Nuevamente
la reina solicita que ella pueda contar con la presencia de ellos en otro
banquete. "Y mañana haré conforme a lo que el rey ha mandado." Así
que ese día Amán se va "contento y alegre de corazón"; pero, cuando
ve que Mardoqueo, el judío, no se levantaba ni se movía por él, se llena de
indignación contra aquél. No obstante, Amán se contiene. Cuando regresa a su
casa y cuenta a su esposa y amigos acerca de la gloria de sus riquezas, de la
multitud de sus hijos, de todas las cosas con que el rey le ha engrandecido y
cómo le ha promovido por sobre los príncipes y siervos del rey, menciona como
coronación de todos los honores especiales recibidos la invitación de la reina
Ester a un banquete al cual había asistido nada menos que el propio rey.
"Y también para mañana" —dice él— "estoy convidado por ella con
el rey. Pero todo esto de nada me sirve" —tal era el odio y la amargura de
su corazón— "cada vez que veo al judío Mardoqueo sentado a la puerta del
rey". La esposa, con la debilidad propia de su naturaleza, sugiere que se
haga una horca para este perverso Mardoqueo. "Hagan una horca de cincuenta
codos de altura, y mañana dí al rey que cuelguen a Mardoqueo en ella; y entra
alegre con el rey al banquete" (cap. 5:14). El asunto agradó mucho a Amán,
y así se hizo.
Dios obra
Pero
el Dios invisible estaba obrando esa noche. El rey no podía dormir (cap. 6:1);
de no haber sido así, habría habido una amarga fiesta para Ester antes de la
fiesta con el rey. "Aquella misma noche se le fue el sueño al rey."
Él solicitó los archivos del reino. La providencia de Dios estaba actuando. Se
halló escrito que Mardoqueo había denunciado a los camareros traidores, y el
rey pregunta: "¿Qué honra o qué distinción se hizo a Mardoqueo por esto? Y
respondieron los servidores del rey, sus oficiales: Nada" (v. 3). En ese
mismo momento, Amán llega a la corte. Quería ver al rey para pedirle la vida de
Mardoqueo. Nada sabía de lo que estaba en el corazón del rey, y éste, lleno de
lo que estaba en su propio corazón, es providencialmente inducido a preguntar
qué debía hacer en favor de aquel a quien deseaba honrar. "¿Qué se hará al
hombre cuya honra desea el rey?" (v. 6).
Amán cae en su propia trampa
Amán
no había pensado en ningún otro sino en él mismo. Por eso cayó en su propia
trampa. Convencido de que él mismo era el hombre cuya honra deseaba el rey, y
sin escatimar nada, sugiere al rey los más altos honores, los mayores que se
hayan conferido jamás a un súbdito. "Para el varón cuya honra desea el
rey, traigan el vestido real de que el rey se viste, y el caballo en que el rey
cabalga, y la corona real que está puesta en su cabeza; y den el vestido y el
caballo en mano de algunos de los príncipes más nobles del rey, y vistan a
aquel varón cuya honra desea el rey, y llévenlo en el caballo por la plaza de
la ciudad, y pregonen delante de él: Así se hará al varón cuya honra desea el
rey" (v. 7-9). Y el rey al instante dice a Amán: "Date prisa, toma el
vestido y el caballo, como tú has dicho, y hazlo así con el judío Mardoqueo,
que se sienta a la puerta real; no omitas nada de todo lo que has dicho."
¡Oh,
qué caída! ¡Qué horror de horrores debe de haber llenado el corazón de ese
hombre perverso, pues aquel a quien él más odiaba de entre todos los hombres
vivientes era el mismo a quien, como principal noble del Imperio, se veía
obligado a rendir este honor conforme a sus propias sugerencias! De todos
modos, era imposible alterar la palabra del rey. "Y Amán tomó el vestido y
el caballo, y vistió a Mardoqueo, y lo condujo a caballo por la plaza de la
ciudad, e hizo pregonar delante de él: Así se hará al varón cuya honra desea el
rey" (v. 11). Muy diferentemente volvió Amán a su esposa y sus amigos ese
día. "Amán se dio prisa para irse a su casa apesadumbrado y cubierta su
cabeza. Contó luego Amán a Zeres su mujer y a todos sus amigos, todo lo que le
había acontecido. Entonces le dijeron sus sabios, y Zeres su mujer: Si de la
descendencia de los judíos es ese Mardoqueo delante de quien has comenzado a
caer, no lo vencerás, sino que caerás por cierto delante de él" (v. 12,
13). Tal es el sentimiento secreto del gentil con respecto al judío. Puede
marchar todo muy bien para el gentil mientras el judío es echado fuera de la
presencia de Dios, pero, cuando llegue el día señalado para exaltar al judío,
la grandeza del gentil tendrá entonces que desaparecer de la faz de la tierra.
El judío es el futuro señor aquí abajo. Él será la cabeza y el gentil la cola
(Deuteronomio 28:13, 44).
Amán, traidor descubierto y
ejecutado «ipso facto»
Así
el banquete prosigue (cap. 7) y el rey y Amán se encuentran, porque no había
tiempo que perder. El camarero había convocado a Amán al banquete, y ahora el
rey, por tercera vez, requiere de la reina su petición: "¿Cuál es tu
petición, reina Ester, y te será concedida? ¿Cuál es tu demanda? Aunque sea la
mitad del reino, te será otorgada. Entonces la reina Ester respondió y dijo: Oh
rey, si he hallado gracia en tus ojos, y si al rey place, séame dada mi vida
por mi petición" ¡¿Cómo?! ¿Tal es el estado de cosas que la reina ruega
por su vida? "Séame dada mi vida por mi petición, y mi pueblo por mi
demanda. Porque hemos sido vendidos, yo y mi pueblo, para ser destruidos, para
ser muertos y exterminados. Si para siervos y siervas fuéramos vendidos, me
callaría; pero nuestra muerte sería para el rey un daño irreparable" (v.
3, 4). Ester había pulsado la cuerda correcta. No sólo todos los afectos del
rey estallaron ante ese insulto que había sido hecho a aquella a la que él
amaba por encima de todos en el reino, sino aún más: existía la audaz
presunción de que habría de intentarse la destrucción de la reina y de todo el
pueblo de la reina sin siquiera el conocimiento del rey. ¿Quién podía ser el
traidor?
"Respondió
el rey Asuero, y dijo a la reina Ester: ¿Quién es, y dónde está, el que ha
ensoberbecido su corazón para hacer esto? Ester dijo: El enemigo y adversario
es este malvado Amán. Entonces se turbó Amán delante del rey y de la reina.
Luego el rey se levantó del banquete, encendido en ira, y se fue al huerto del
palacio." Bien sabía Amán que esa era la sentencia de muerte pronunciada
sobre él. "Y se quedó Amán para suplicarle a la reina Ester por su vida;
porque vio que estaba resuelto para él el mal de parte del rey" (v. 7). Y
cuando el rey vuelve, lo encuentra a Amán, en su agonía, caído sobre el lecho
donde yacía Ester, y el rey se imagina lo peor. La palabra sale de su boca y
sus servidores cubren el rostro de Amán para su inmediata ejecución. Y Harbona,
uno de los camareros, propone al rey la horca que estaba ya hecha en la
propiedad de Amán, lo que también cuenta con el beneplácito del rey.
"Entonces el rey dijo: Colgadlo en ella. Así colgaron a Amán en la horca
que él había hecho preparar para Mardoqueo; y se apaciguó la ira del rey"
(v. 9, 10).
Nuevo decreto imperial salvando «in
extremis» a los judíos
Pero
esto no fue todo. Dios no solamente hizo que el cruel adversario de su pueblo
cayese en sus propias redes, sino que cuidará de los judíos a lo largo de todos
los dominios del rey, donde estaban todavía sujetos a sentencia de muerte. La
liberación no era aún completa. El enemigo principal había sido destruido, pero
ellos estaban aún en peligro; y entonces Mardoqueo viene ante el rey (cap. 8).
"Porque Ester le declaró lo que él era respecto de ella." El rey se
quita su anillo y se lo da a Mardoqueo. El
judío, en consecuencia, asume entonces el lugar del gobierno en la tierra;
sus enemigos son destruidos, pero todavía tienen que ser vindicados y
completamente liberados por todo el Imperio. Y Ester se echa a los pies del rey
y le suplica con lágrimas que quite el mal de Amán, y el rey nuevamente
extiende el cetro de oro y Ester explica que los correos que salieron con las
cartas del rey estaban llevando destrucción a los judíos por todas sus
provincias. El rey responde: "He aquí yo he dado a Ester la casa de Amán,
y a él han colgado en la horca, por cuanto extendió su mano contra los judíos.
Escribid, pues, vosotros a los judíos como bien os pareciere, en nombre del
rey, y selladlo con el anillo del rey; porque un edicto que se escribe en
nombre del rey, y se sella con el anillo del rey, no puede ser revocado"
(v. 7, 8).
¿Cómo,
pues, había de encararse este asunto? De la siguiente manera: a todo el
Imperio, por medio de nuevos correos, fueron enviadas cartas por las cuales
"el rey daba facultad a los judíos que estaban en todas las ciudades, para
que se reuniesen y estuviesen a la defensa de su vida, prontos a destruir, y
matar, y acabar con toda fuerza armada del pueblo o provincia que viniese
contra ellos y aun sus niños y mujeres, y apoderarse de sus bienes". Y así
fue hecho. "Y salió Mardoqueo de delante del rey", ahora con todos
los atributos del honor real. "Y los judíos tuvieron luz y alegría, y gozo
y honra. Y en cada provincia y en cada ciudad donde llegó el mandamiento del
rey, los judíos tuvieron alegría y gozo, banquete y día de placer" (v. 16,
17).
Venganza de los judíos
Así,
en efecto, fue hecho (cap. 9). Los judíos se reunieron y pusieron la mano sobre
todos los que buscaban sus vidas. Nadie les pudo resistir. Es el tipo evidente
del día en que el judío será nuevamente restablecido a su debido y propio lugar
en toda la tierra. Y "Mardoqueo era grande en la casa del rey, y su fama
iba por todas las provincias; Mardoqueo iba engrandeciéndose más y más. Y
asolaron los judíos a todos sus enemigos a filo de espada, y con mortandad y
destrucción, e hicieron con sus enemigos como quisieron" (cap. 9:4, 5). Y
así tenemos el relato. Pero hay más: "Y dijo el rey a la reina Ester: En
Susa capital del reino los judíos han matado a quinientos hombres y a diez
hijos de Amán. ¿Qué habrán hecho en las otras provincias del rey? ¿Cuál, pues,
es tu petición? y te será concedida; ¿o qué más es tu demanda? y será hecha. Y
respondió Ester: Si place al rey, concédase también mañana a los judíos en
Susa, que hagan conforme a la ley de hoy; y que cuelguen en la horca a los diez
hijos de Amán" (cap. 9:12, 13). Muchos son los que no pueden entender
esto. ¡Y no es de extrañar! Pues los tales toman a Ester como tipo de las
relaciones de Dios con la Iglesia. De inmediato uno ve cuán tremenda confusión
sobreviene por ello. No es así. El gentil es depuesto y el judío llamado; pero
la justicia constituirá el carácter
del reino venidero. La gracia es lo
que conviene a la Iglesia ahora. Sería, pues, del todo ininteligible hacer que
Ester represente a la Iglesia ahora. La ejecución de la justa venganza sería
del todo incompatible con el llamamiento del cristiano, con la posición de la
Iglesia. Pero con el judío llamado a participar del reino venidero —de los
honores del reino— es exactamente lo que ocurrirá a su tiempo. Entonces —cuando
el Mesías reine, y Jerusalén sea su reina— se cumplirá la palabra: "La
nación o el reino que no te sirviere perecerá" (Isaías 60:12).
Así
fue en ese día. Vemos, pues, que siempre que nos apropiamos de la verdad, la
Palabra de Dios se acomoda en su debido lugar. Nosotros lo entendemos y
distinguimos entre cosas que difieren; dividimos rectamente la palabra de
verdad. Cuando, por el contrario, en nuestra ansiedad aplicamos a nosotros
cosas que no condicen con nuestra posición, caemos en un grave error y
destruimos el propio lugar de la Iglesia de Dios y nuestra participación de los
afectos celestiales de Dios. Nuestro propio lugar, ahora, es actuar de
conformidad con Aquel que está a la diestra de Dios. Pero, cuando el Señor Jesús
deje el cielo para venir a la tierra, cuando venga a reinar, entonces el
carácter de su reino será la justicia, de acuerdo con el Salmo 45. Por eso, la
ejecución de los diez hijos de Amán no da lugar a la más mínima dificultad
cuando esto se comprende, porque el Señor no sólo herirá al principio, sino que
habrá una repetición del golpe: habrá una cabal aniquilación del adversario y
de todos los que rindan obediencia fingida. El Señor se encargará de ellos en
ese día que habrá de venir.
Regocijo del pueblo judío
Y
así mandó el rey que se hiciera, y los judíos se congregaron para otro día. No
sólo los que estaban en Susa: "En cuanto a los otros judíos que estaban en
las provincias del rey, también se juntaron y se pusieron en defensa de su
vida, y descansaron de sus enemigos, y mataron de sus contrarios a setenta y
cinco mil; pero no tocaron sus bienes" (cap. 9:16). Así, pues, la alegría
y el gozo llena el corazón de los judíos. Y Mardoqueo escribe y envía cartas a
todas las provincias y, de este modo, la alegría se esparce por sobre toda la
tierra. Y no sólo eso, sino que los judíos, como se nos dice, establecieron una
fiesta con motivo de esta notable intervención de la providencia de Dios.
Mardoqueo enaltecido
El
libro termina, en el capítulo 10, con un relato de la grandeza del reinado del
rey, y también de la de Mardoqueo, su ministro. "Porque Mardoqueo el judío
fue el segundo después del rey Asuero, y grande entre los judíos, y estimado
por la multitud de sus hermanos, porque procuró el bienestar de su pueblo y
habló paz para todo su linaje" (v. 3). Así, dignamente, se cierra este muy
notable libro. El judío, librado de todas sus angustias, es conducido al lugar
más cercano al gran rey y, en lugar de ser víctima del odio del gentil, tiene
autoridad plena para ejecutar venganza sobre todos los que quisieron aniquilar
la simiente de Abraham.
Conclusión
¡Quiera
el Señor concedernos el deleite que se halla en los caminos de Dios! ¡Que
podamos leer su Palabra y sacar provecho de ella en toda sabiduría e inteligencia
espiritual! Aplicar este libro a nosotros sería engañarnos, pues nosotros lo
entendemos y sabemos que no hallaremos ningún provecho de esta forma. Vemos el
lugar que habrá de ocupar el antiguo pueblo de Dios cuando el orgulloso gentil
sea destituido a causa de su desobediencia, y el judío restituido, con toda la
hermosura que Dios puede poner sobre él, dentro de su debido lugar ante el
mundo.
Éstas
son las perspectivas que nos ofrece este libro. Se notará además que su hermoso
carácter se halla completamente preservado desde el principio hasta el final;
todo esto fue dado durante el día nublado (el día de la oscuridad, de la
dispersión, del no reconocimiento del judío). El nombre de Dios está
absolutamente ausente de él. Se trata del poder secreto de Dios que obra a
través de circunstancias que podrían parecer desesperantes o fatales. Pero ¡qué
consuelo para nosotros!: Nosotros también tenemos que ver con la misma
providencia de Dios, aunque no por cierto obrando para el mismo fin; porque el
propósito de Dios no es darnos ocasión de venganza sobre el enemigo, ni
exaltarnos con la grandeza terrenal, pero tenemos que ver con el mismo Dios;
sólo que —¡a Dios gracias!— Él no nos desconoce, como lo hace con Israel. Nos
ha traído a una relación que no se puede perder jamás, relación que depende de
Cristo y que ha sido sellada por el Espíritu Santo. Consecuentemente, Él nunca
se rehúsa a que le invoquemos como "nuestro Dios y Padre", ni jamás
deja de reconocernos como los hijos de su amor.
Como
se ve, el libro no se aplica de ningún modo a nosotros en lo que toca a Ester y
al fin que persigue; pero, seguramente, estamos justificados al tomar todo el
consuelo de la poderosa mano de Dios. Cuando los hombres no ven más que las
circunstancias que pasan a nuestro alrededor, sabemos que "a los que aman
a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su
propósito son llamados" (Romanos 8:28). Quizá podemos no ver el camino,
pero conocemos, vemos y podemos acercarnos al Dios que controla todas las cosas
a nuestro favor.
En
resumidas cuentas, la providencia de
Dios es una verdad universal, hasta que el día venga cuando los designios
de Dios sean hechos públicos y manifiestos, y su nombre sea invocado por su
pueblo. Será la parte de Israel. Sabemos que ahora ellos están dispersos, que
ahora se hallan en una situación totalmente anómala, pero que el día vendrá
cuando Dios pondrá a un lado al gentil y, una vez más, introducirá a Israel; y
nuestros corazones pueden regocijarse; pues ello no significará ninguna pérdida
para nosotros, aun si ése fuera el motivo. Pero, de hecho, no será ninguna
pérdida para nosotros, pues estaremos con el Señor Jesús en lo alto, y sólo
después de esto —sólo después que el Señor nos haya llevado consigo al cielo—
Dios juzgará al gentil y volverá a llamar al judío.
APÉNDICE
SÍNTESIS DEL LIBRO DE ESTER
Resalta
aún más en este libro —si lo comparamos con el de Esdras y el de Nehemías— el
especial designio de Dios, del cual la omisión de su nombre constituye una
parte esencial. Ello tiene el propósito de señalar que cuando el pueblo
—considerado ya como «Lo-ammi», véase Oseas 1:9— se hallaba entre los gentiles
en circunstancias tales que el nombre de Dios no podía ser mencionado, Su
secreta providencia en favor de ellos se manifiesta en forma indefectible. Esto
es tan patente y cierto, que no se precisa ninguna prueba detallada. No
obstante, se advierte en todo el libro un latente y profundo sentimiento
religioso, como por ejemplo en el horror del agaguita por el judío, en el ayuno
de Ester y en la fiesta de Purim. Se trataba ciertamente de lo que la gente
denomina una «iglesia invisible» en el más pleno sentido.
Podemos
agregar que el hecho de que la versión griega de los LXX —o «Septuaginta»— haya
introducido el nombre de Dios —además de numerosas adiciones al texto hebreo—
no hace sino destruir ese silencio que tanto desconcierta al canónigo Rawlinson
así como a tantísimas personas. Cuando el pueblo se hallaba en un estado tal
que Dios no podía reconocerlos, Él, invisible e innominado, cuida de ellos.
¿Cómo podía Dios reconocer a una hija de Israel casada con el gran rey? El
libro de Ester contempla la dispersión, así como el de Esdras y el de Nehemías
centraron su atención en el remanente que había vuelto a Jerusalén. Ester,
pues, es único en su género e invaluable a lo largo de sus diez capítulos.
Como
tipo, el libro nos muestra a la esposa gentil hecha a un lado —la cual había
fracasado en manifestar su belleza— y a la judía establecida en el lugar de
aquélla. El enemigo podrá arder en ira en su último intento de malicia
destructiva; pero todo termina en su propia ruina y en la de sus instrumentos,
para regocijo de Israel y de las naciones que se hallan bajo el justo gobierno
a lo largo del vasto imperio. ¡Cómo Cristo no habrá de administrar el reino
para gloria de Dios Padre!
W. Kelly