LA DIVINA INSPIRACIÓN

DE LAS ESCRITURAS

 

William Kelly

 

 

 

 

 

 

Contenido

 

·                  Acerca del autor

 

·                  Prólogo a la edición española

 

·                  Prefacio

 

·                  Introducción

 

·                  La autoridad divina

 

·                  La doctrina apostólica de la inspiración

 

·                  La uniformidad de la inspiración

 

·                  El elemento humano

 

·                  El designio divino (*)

 

·                  Conclusión

 

 

Prólogo a la edición española

                                                                                 

Hablar acerca de la Biblia es algo que, por su elevación, escapa a las capacidades naturales del hombre, salvo que esté especialmente dotado por Dios para tal fin. William Kelly llena, y con mucho, este requerimiento. Dotado, además del poder del don de Dios, de un fino poder de lógica y de gran erudición, este siervo del Señor ha sabido combinar estas facultades —el don de gracia y el talento natural, los que de más está decir que le fueron dados por Dios— con una absoluta e incondicional sumisión a la autoridad de la Palabra escrita, y esto se echa de ver al leer no sólo esta gran obra acerca de la inspiración sino cualquiera de sus escritos.

 

Quien tenga en cuenta sólo la gloria de Dios como meta, por erudito e inteligente que fuere, pondrá sus conocimientos al servicio y a la causa de Dios, al margen de todo prejuicio e interés particular. Hay, por supuesto, muchos cristianos, hoy como ayer, que llevan a las Escrituras a las aulas académicas para tratarlas desde un punto de vista puramente intelectual, como un libro de texto para someterlo a la acción de razonamientos teológicos mediante la aplicación de métodos lógicos, y no, después que ellas han trabajado nuestras conciencias renovadas, para la obediencia a lo que Dios dice. Es evidente que quien lea las Escrituras verá que ése nunca fue el propósito de Dios al dejarnos su Palabra escrita. Así, de manos impías, religiosas pero infieles, han surgido, en lo que a la inspiración se refiere, diversas teorías a lo largo de los siglos, que pretenden explicar cómo Dios inspiró a los escritores de la Biblia. Sin embargo, ésta es categórica en afirmar que:

 

“Toda Escritura es inspirada por Dios” (2.ª Timoteo 3:16).

 

El mundo cristiano trata de toda forma posible de brindar explicaciones racionales de cómo Dios inspiró la Biblia. Le place argumentar, razonar, filosofar, hacer teología. De ahí han surgido diversas teorías, que, en realidad, no sólo no explican nada, sino que deshonran al Autor de las Escrituras, quien no ha tenido a bien explicar al hombre su poder, sino que lo deja manifiesto para que el hombre simplemente se acerque por fe y adore. Al igual que los primeros capítulos del Génesis que nos hablan de la Creación como un hecho que trasciende la razón humana, la inspiración no está exenta del mismo carácter. ¿Qué podríamos decir, por ejemplo, acerca de cómo tuvo lugar la encarnación del Hijo de Dios, o la unión de sus dos naturalezas —divina y humana— en una sola Persona? Se trata de hechos concretos, de hechos reales, de la gloria misma de Dios, pero que escapan al dominio de la razón. A Dios no le ha placido explicarnos cómo tuvo lugar la inspiración, lo mismo que con respecto a la Creación o a la encarnación. Simplemente debemos limitarnos al qué, al hecho de que los escritos canónicos fueron divinamente inspirados. Sobre esto, por ejemplo, el autor dice:

   

 «Especular acerca de cómo tuvo lugar la inspiración es entrometerse en lo que no ha sido revelado y, por ende, algo imprudente e inconveniente. No se nos dice cómo Dios inspiró a los escritores de las Escrituras. Es probable que nadie lo haya podido saber excepto aquellos que estuvieron bajo el influjo de esta energía divina. Las teorías conocidas como «mecánica» y «dinámica» acerca de la inspiración, están fuera de lugar y no explican nada. Así como 1.ª Corintios 2 mantiene el principio, la necesidad y el hecho de las palabras enseñadas por el Espíritu, así también 2.ª Timoteo 3:16 habla, no sólo de la revelación ante la mente, sino de la “Escritura”; y determina que ella es “inspirada por Dios”. Ésta es la verdad de suprema importancia que se transmite. Es Dios mismo en la Escritura el que remueve toda duda acerca de la Escritura, e incluso acerca de cada parte de ella. No se puede concebir otra declaración más clara y concluyente. El lenguaje en que está expresada es tan claro y simple como espiritualmente trascendente su objetivo. Y el concepto que comunica es del más absoluto interés y valor práctico.»

 

Poco importa, pues, entrar en la discusión de las teorías rivales acerca de la inspiración, pues lo importante no es el mecanismo de la inspiración —el cual no es revelado y, por ende, no es de interés para el hombre— sino el hecho de la inspiración. Cuando dejamos la razón, en este ámbito, para escuchar la voz de Dios, entonces le damos paso a la fe, y ésta descansa segura en la convicción de que “toda Escritura es divinamente inspirada”.

 

F. H. Arrué

 

 

Prefacio

 

     De toda cuestión discutida en la cristiandad, ninguna tiene mayor trascendencia que el verdadero carácter de las Escrituras y lo que ellas reclaman respecto de sí mismas. Tampoco ha sido tan extensamente negada su autoridad divina a lo largo de todo el mundo como en nuestros días; no meramente por parte de reconocidos escépticos, sino por los cristianos profesantes de prácticamente todas las denominaciones y por muchos de sus más distinguidos representantes. Mas cuando el enemigo viene como río, el Espíritu del Señor no deja de levantar bandera contra él (Isaías 59:19).

     En esta obra es el deseo de mi corazón brindar ayuda a las almas que buscan la luz de Dios que la inspiración provee a todos los que tiemblan a su Palabra. He presentado pruebas fehacientes de que Dios habla en ella a cada conciencia y a cada corazón, dirigiéndose más particularmente a Israel en el Antiguo Testamento, y al cristiano en el Nuevo, aunque toda Escritura es alimento para él.

     Los hombres podrán rehusarse a escuchar o escuchar para desdeñar, pero hacen esto en detrimento suyo, porque Dios no puede ser burlado. La huella de iniquidad de semejante incredulidad es más profunda después que los hombres han profesado el nombre del Señor que cuando la Palabra escrita fue confiada por primera vez a la responsabilidad humana. Tal es el espíritu de apostasía difundido por el gran enemigo de Dios y del hombre antes que la apostasía misma se haya establecido como un hecho público, lo cual está cerca.

     Pese a esta perspectiva tan sombría y siniestra —anunciada ciertamente por la Escritura, 2.ª Tesalonicenses 2:3— hay hijos de Dios diseminados por toda la tierra que reconocen con acción de gracias Su fidelidad al frustrar los ataques de Satanás y de sus instrumentos para la confirmación de su fe y el más profundo gozo en la Escritura y en el Cristo revelado en ella por el Espíritu Santo. ¡Ojalá que el lector pueda ser ayudado, a través de la gracia, a compartir un privilegio que se declara a sí mismo divino!: el mejor antídoto contra aquella incredulidad que debilita —cuando no destruye por completo— la divina energía de cada verdad revelada.

     A la tradición humana no le he dado importancia, y menos todavía —en lo posible— a las especulaciones de los hombres basadas en lo que consideran «probable». La escuela tradicional es una forma de racionalismo, así como la neocrítica es otra; la una agregándole a la Palabra de Dios y la otra quitándole, para Su deshonra. La crítica legítima es el servidor de la fe que procura eliminar errores de transcripción; pero ella recibe sin discusión cada palabra que fue originalmente escrita. Lo que se conoce como «investigación científica» se erige en su vano orgullo contra la divina autoridad de Cristo, quien es el que estableció lo que aquélla osa negar.

 

Londres, abril de 1903         

 

 

 

Introducción                                                                                                

 

     Ningún cristiano sensato pondrá en duda la trascendental importancia que tiene la inspiración, no sólo en sí misma, sino también por la influencia que ejerce en toda cuestión que se suscite sobre asuntos atinentes a Dios.

     El hecho de que también necesitemos una nueva naturaleza, una conciencia limpia y un corazón purificado por la fe, no implica menosprecio alguno a la Escritura. Tampoco podemos dejar de agregar el Espíritu Santo que nos fue dado, a fin de que conozcamos al único Dios verdadero y a Jesucristo a quien Él envió (Juan 17:5). Porque ésta es la vida eterna, inseparable del objeto de nuestra fe, del gozo del Padre y del testimonio del Espíritu Santo. “El que cree, tiene vida eterna”, vida en Cristo el Hijo, tan verdaderamente como la tenía el apóstol Juan, quien escribió expresamente a toda la familia de Dios, tanto a niños como a padres en Cristo, a fin de que supiesen que, creyendo en el Nombre de su Hijo, tienen vida eterna (1.ª Juan 5:13).

     Una vez que estamos, pues, seguros de poseer esta porción de incalculable valor, estamos en condiciones de apreciar las Escrituras como conviene a hijos de Dios. ¡Qué contraste entre la gracia abundante que resplandece en Cristo —la Palabra personal—, que todo creyente disfruta, y el espíritu de incertidumbre que impera entre los bautizados, el cual les impide apropiarse de estas verdades que Dios ha comunicado! ¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! ¿Acaso no bendijiste, oh Padre, a cada uno de tus hijos en los cielos en Cristo? ¿Acaso no se cuestiona la mayoría hoy en día si son tuyos o no? ¿Acaso no están en duda acerca de si sus pecados les han sido realmente perdonados por amor de tu Nombre? Y ¿no es esta penosa inseguridad tan evidente en el tercer o en el cuarto siglo después de Cristo como en la actualidad? ¿Y a qué se debe esto si no a que las almas de entonces —como las de ahora— eran en general tan débiles tanto para creer en el Documento escrito de Dios —la Sagrada Escritura— como para recibir la salvación de Dios por medio de Cristo y de su obra? ¡Qué triste es que un santo parezca estar siempre aprendiendo y nunca sea capaz de llegar al conocimiento de la verdad!

     No cabe duda de que, por la gracia de Dios, hay en todo el mundo creyentes de corazones simples —los cuales en conjunto representan una gran multitud— que descansan con absoluta confianza en la gracia y la verdad que vinieron por medio de Jesucristo; los que aceptan por sí mismos y atestiguan por todos los demás creyentes la absoluta confiabilidad del amor de Dios y de la redención en Cristo; que reconocen la presencia del Espíritu Santo con y en nosotros para siempre. Más allá de lo que nuestra mente pueda imaginar, los habrá habido, escondidos, en todas las épocas, desde que nuestro Señor murió y resucitó, los que se beneficiaron por la fe; en tanto que los líderes más renombrados demuestran, por lo que dejaron, cuán rápidamente y hasta qué extremo la profesión cristiana se apartó de sus verdaderos privilegios y regocijos divinos. Pues sería intolerable dudar de que aquellos que expresan a través de sus obras lo que prevaleció, fuera tan real en épocas pasadas del catolicismo como lo es en tiempos anglicanos o puritanos cercanos a nosotros. ¡Lejos esté de nosotros semejante pensamiento! La caída de la gracia fue profunda y vasta; la verdad se hallaba oscurecida debido a las lóbregas tradiciones de los hombres, ya antiguos, ya modernos. La Escritura es clara en cuanto a la prontitud con que se produjeron tales cambios, incluso entre los más instruidos confesores de Cristo. Hombres inspirados —Pablo, Pedro, Juan y Judas— nos preparan para profundos alejamientos sin consignar una sola promesa de restauración —y menos todavía de progreso— para la cristiandad. Estos hechos acentúan la importancia suprema de la Palabra escrita, la cual, tanto antes como ahora, constituye nuestra norma de verdad y nuestro único medio para su recuperación, aplicada por el Espíritu de Dios, para remover todo obstáculo y para que Cristo nos dé, una vez más, la luz; sí, para que Él pueda ser formado en nosotros.

     Por lo tanto, es triste, humillante y cierto que Dios haya sido deshonrado a través de los tiempos cristianos por la incredulidad de los creyentes en sus bendiciones mayores, por aquellos que han llevado el Nombre del Señor, tal como se nos advirtió de falsos maestros entre ellos al igual que se lo hizo de los falsos profetas en Israel. Por los maestros y por lo que se enseña en nuestros propios días adviértase el descarado y creciente desarrollo de lo que es nada menos que una positiva y sistemática infidelidad. Esto asume el nombre eufemístico de «Alta Crítica», y pretende basarse —según se alega— en investigaciones más íntegras sobre la historia literaria de las Escrituras. Si les hemos de escuchar, no está en conflicto con la cristiandad en su conjunto ni con ningún artículo de fe. Pero en realidad es un sistema tan imaginativo para el proceso que ellos llaman «la construcción —al menos de los primeros libros— de la Biblia», como la hipótesis darviniana de excluir a Dios de la creación de las especies en el mundo natural, la cual atribuye este proceso al Tiempo —el gran dios del difunto Sr. Darwin— y a la Selección Natural —su diosa—. Cuando las almas son, pues, seducidas a abandonar la divina autoridad de las Escrituras y a negar su inspiración en cualquier medida, no es ningún consuelo advertir que los propios engañadores se engañan a sí mismos. Y efectivamente tampoco hay algo más notable que el hecho de que hombres seducidos para no creer a la Palabra de Dios se presenten sin reserva como los individuos más crédulos.

     Tomemos un ejemplo claro y suficiente. Hay pocas cosas en que los «altos críticos» sean más unánimes o jubilosos que con respecto a la teoría de Astruc acerca de un documento elohístico y otro jehovístico, y a las temerarias consecuencias deducidas de tal hipótesis. Pero si bien aplicada al Pentateuco la teoría aparenta tener cierto sentido, ¿cómo puede mantenerse si se la aplica a Job, a los Salmos, a los Proverbios, al Eclesiastés o a los Profetas —por ejemplo Jonás? ¿Acaso Esdras y Nehemías —o los escritores inspirados de estos libros— compilaron las crónicas de sus propios días a partir de documentos elohísticos o jehovísticos? Si la teoría se sostuviese, llevaría irremediablemente a este absurdo. La verdad de Dios —transmitida por la admirable propiedad con que la inspiración emplea estos nombres divinos —Elohim y Jehová—, así como otros nombres más, se pierde por completo a causa de conjeturas tan superficiales. Pero esta breve introducción no constituye una ocasión adecuada para considerar los detalles y las pruebas absolutas del disparate racionalista, por un lado, y de la sabiduría y belleza divinas manifestadas en la selección de los nombres divinos en toda la Escritura, por el otro; desde el Génesis hasta el Apocalipsis, así como en los libros de Moisés.

     Estas consideraciones hacen necesario que volvamos a examinar con urgencia el tema de la inspiración, y con una medida de precisión y comprensibilidad tal que sólo la gracia puede proveer a fin de guardar a las almas en este día cada vez más malo. El cristiano necesita certeza divina en sus relaciones con Dios. La «probabilidad» es todo lo que el hombre, como tal, busca o puede tener por cuanto no conoce a Dios. Pero los creyentes siempre han anhelado y han asumido el terreno enteramente diferente de la certeza divina de acuerdo con la Palabra de Dios. La tuvieron y fueron bendecidos en ella por la fe, mucho antes de que existiera tan siquiera una sola palabra de la Escritura. Abel la conoció, como también Enoc y Noé antes del diluvio, sin mencionar a los otros ilustres «antiguos» de Hebreos 11 por las diferentes características de su fe. Así es para con todos los que son enseñados por Dios. Todo descansa sobre su Palabra —al margen del resultado especial en cada uno por la gracia—. Esta certeza operó mucho antes de que existiera un pueblo de Dios como Israel. Se mantuvo vigorosa cuando, a pesar de la ruina temporaria de los judíos, Dios formó la iglesia —el cuerpo de Cristo— haciendo un llamamiento de entre los gentiles así como a un remanente de Israel. Por lo tanto, todo creyente, al igual que en la antigüedad —solamente que ahora con privilegios inmensamente superiores— se halla sobre el terreno de la certeza divina, y no sobre una «probabilidad», por más reforzada o fuerte que sea.

     Aquí es donde el partido de los Tractarios o tractaristas demostró la debilidad de su posición. Esto es lo que el Dr. J. H. Newman nos hace saber en su Apología. El Sr. J. Keble, con todos sus melodiosos esfuerzos, no fue, en principio, mejor. Eran todos iguales, hallándose sobre el mismo plano que se inclinaba hacia el catolicismo, siendo el primero más consistente que el segundo al ir finalmente a Roma. De ahí el intento de Newman por suplementar la «probabilidad» —«la guía de la vida», págs. 61, 62— con fe y amor interiores para darle así más fuerza (pág. 69). Puede que así sea para la vida natural, la cual tiene a la conciencia como monitor. La cuestión se plantea con respecto a nuestra nueva vida en Cristo, la cual escapa al dominio de la filosofía. Pero ninguna conjunción de ayudas concurrentes o convergentes de ningún tipo puede elevar la probabilidad hasta la certeza absoluta. El testimonio de Dios recibido por la fe provee la certeza divina, y únicamente él la puede dar.

     El Cardenal, aun cuando declaraba situarse en el extremo opuesto del pensamiento, se hallaba de hecho en el mismo atolladero que su escéptico hermano, el profesor F. W. Newman. Es lo que sucede con todos los racionalistas, sean éstos supersticiosos o profanos. Sus bases son humanas, no divinas. Allí se encuentran los «altos críticos» con todos los que renuncian a Dios por el hombre. El razonamiento puede predominar aquí, la imaginación o los sentimientos religiosos allá, así como otros recurren a especulaciones eruditas. Pero no se trata en ningún caso de la fe de un elegido de Dios, aun cuando sean creyentes seducidos los que condesciendan a ello. Lo que la Palabra —y ahora se trata de la Palabra escrita— produce mediante la operación viviente del Espíritu Santo en el corazón del creyente es la certeza divina. Pero eso es precisamente lo que la «Alta Crítica» tiende a destruir, aún más directamente que las tupidas malezas de la superstición, que ahogan la buena semilla.

     Tales son las dos escuelas que hoy en día forcejean por el poder. Convergen —como lo hemos visto— en el incansable esfuerzo por tratar de separar al hombre de la simple y absoluta sujeción a la Palabra de Dios por la fe. De esto ellas son igualmente celosas. Ambas por igual la mancillan, aunque ésta solamente es la fe que le conviene al hombre, la única que honra a Dios. Porque ella halla su centro divino en Cristo, una plena purificación por Su obra, los ejercicios de la vida en Su servicio, y su gozo en Su amor y en el del Padre por el poder del Espíritu Santo. Y esto no lo es todo. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1.ª Corintios 12:13), y allí tenemos nuestro lugar y comunión como adoradores —no menos que como santos— los unos con los otros. Aquellos que están sobre el terreno de la «probabilidad», nunca pueden respirar libremente esta atmósfera pura: nunca han podido emerger de la neblina de la naturaleza. Ellos ponen en evidencia su situación de tinieblas por su incapacidad —sea ésta natural o la de racionalistas religiosos— hasta para comprender el significado de un pasaje tal como: “Los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado” (Hebreos 10:2); por más que se trate simplemente de la posición común del cristiano a este respecto (pero para ambas clases ininteligible), porque es el fruto de la obra perfeccionadora de Cristo, dada a conocer únicamente al cristiano, más allá del intelecto del hombre y por encima de su conciencia, si bien la fe se regocija por su certeza divina. La confianza (uno no podría decir fe) en la iglesia no puede comunicar esta certeza más de lo que es capaz de hacerlo la confianza en la alta o baja crítica: Lo que la da es la voluntad de Dios ahora declarada, la obra de Cristo ahora concluida y aceptada, y el testimonio del Espíritu Santo ahora recibido con plena certidumbre de fe de acuerdo con las Escrituras. Por lo tanto, todo gozo y paz al creer es desconocido para el hombre sumido en las tinieblas de la superstición así como para el trivial alto crítico.

 

 

 

LA AUTORIDAD DIVINA

 

El relato de la Creación

 

     Abrimos la Biblia. Sus primeras palabras son o bien una revelación o bien una impostura; o la Palabra de Dios o la conjetura del hombre arrogándose Su autoridad. Un término medio aquí es imposible.

     El primer y, por su alcance, el más grande milagro se revela aquí: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” No se fija ninguna fecha específica. Es expresamente indefinida. Muchos confundieron el versículo 3 con el 1, unos con sentimientos hostiles hacia la revelación; otros, amistosos. Ambos estaban inexcusablemente equivocados al haber pasado por alto descuidadamente la Escritura que tienen a la vista. Ya que estas palabras de Dios —aun cuando no hubiere otras que las confirmen— afirman, en el versículo 1, la creación original del Universo, y luego, en el versículo 2, su condición caótica. La tierra, cuando fue llamada por primera vez a la existencia, no fue creada “vacía y desierta” (Isaías 45:18). Podría haberlo sido si hubiéramos de atender a los hábiles geólogos. Tal era de hecho su situación antes de que comenzaran los días del mundo humano, los cuales comenzaron no con la creación de la luz, sino con la renovada actividad de ésta tras la ruina y las tinieblas. “Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.” Por lo tanto, el versículo 2 no describe la creación de Dios como el versículo 1, sino un estado de absoluto contraste con ella, cuando resultó el desorden total para la tierra. Ni uno ni otro hecho requieren tampoco más que un simple comentario pasajero, por tratarse de cuestiones de orden físico que no pertenecen de ninguna manera directa a la esfera de las relaciones morales de Dios con el hombre. No obstante eso, era importante tener brevemente revelados hechos de profundo interés, los cuales escapan por completo a la percepción del hombre, el cual se extravió en pos de sueños contenciosos de «materia eterna» en el oeste, o de «emanaciones» en el este, no siendo ambos sino ilusiones y falsedades al igual que «la evolución» —el tema de moda en nuestros tiempos— la cual seduce no menos ciertamente a las almas incautas. Cualesquiera sean los detalles que Génesis 1 nos pueda suministrar, nada va más allá de la formación del mundo tal como fue preparado para la raza humana; y, eventualmente, para Cristo, el Hombre de los consejos de Dios. No se trata de las especulaciones de algún «Descartes hebreo» o de un Newton, sino del relato que Dios mismo hizo de su propia obra a su siervo y profeta Moisés. Dios, por su condescendencia, se dignó en amor a comunicar lo que el hombre no podía descubrir por sí mismo, pero que sí le correspondía saber.

     La ciencia es impotente para hablar del principio de las cosas. Así lo reconocen filósofos inductivos, avergonzados, como bien puedan estarlo, de todos los cosmogonistas, egipcios, fenicios, griegos, orientales o cualesquier otros. Ahí está la revelación de Dios, simple, majestuosa y completa para Su objetivo, sin hallar tan siquiera un rival a través de los siglos. Contra tal revelación, el orgullo del hombre no puede alegar nada salvo sus propios errores de apresuramiento y de falsa interpretación. ¿Cómo habría podido escribirse semejante capítulo si no por revelación divina? Indagad, vosotros hombres de ciencia; revolved todos vuestros archivos; escudriñad todos los informes y publicaciones de las sociedades científicas más renombradas. ¿Acaso los más sabios no se consideraron meros niños que juntan guijarros dispersos sobre la costa del océano? ¿Acaso ellos no reconocieron con reverencia este inspirado relato de la Creación?

     Pero ¿no existe lo que algunos por su necedad denominan un «segundo relato» en Génesis 2? El primer capítulo revela simplemente aquello que Elohim “creó para hacer”, finalizando con el sabat, al cual bendijo y santificó (cap. 2:1-3).

     Luego, a partir del versículo 4, Jehová Elohim presenta al hombre formado de manera especial y en relación moral con Él mismo, y no meramente a la cabeza de la Creación, como en el capítulo 1. La consecuencia de ello es que recién aquí, y no antes, tenemos el jardín del Edén con todos los árboles deliciosos y buenos como alimento, como así también los árboles de solemne importancia para la humanidad: el de la vida y el de la responsabilidad, constituyendo este último una prueba moral aplicada a una condición de inocencia. Vemos, pues, al hombre ejerciendo su señorío sobre toda la creación inferior —aunque sin nadie semejante que le ayudase—, y, seguidamente, la peculiar formación de la mujer a partir del hombre. Estas cosas —y otras más— pertenecen a Dios como gobernador moral (Jehová Elohim) y, en consecuencia, requieren una nueva sección de la Escritura con un nuevo y apropiado nombre divino.

 

La caída del hombre

 

     ¡Cuán rápidamente la caída trajo aparejada la muerte y la ruina sobre el hombre, quien fue excluido del paraíso! Pero la gracia reveló al segundo Hombre —la simiente de la mujer— para destruir a la vieja serpiente, al tentador. Queda claro entonces que, Génesis 2:4, lejos de tratarse de otra e inconsistente narración —como algunos alegan—, da comienzo, como un nuevo tema, a la prueba moral de Adán, en la cual su mujer también desempeña un papel crucial en aquella escena del paraíso formado, produciendo el mejor resultado según la sabiduría de Aquel que puso a prueba al hombre.

     Por lo tanto, el capítulo 3, bajo el mismo título divino, revela el resultado, tan glorificante para Dios como humillante para la criatura, pero que constituye la clave necesaria para todos los que seguirían luego aquí abajo, teniendo así la esperanza asegurada del vencedor de Satanás: un Salvador herido que debía nacer de mujer. Prosigue así lo que había comenzado en el capítulo 2.

    No hay en toda la Biblia, salvo en la Persona y en la obra de Cristo, un hecho tan trascendental como el de la caída, ni una revelación más esencial que la de Génesis 2 y 3. Solamente Dios podía darnos la verdad tal como nos es dada a conocer allí. Es algo monstruoso concebir que la pareja culpable fuesen los testigos adecuados de todo lo dicho y hecho allí ¿Quién más sino sólo Dios?

     Aquí tenemos, pues, la pura y simple verdad, aún más profunda desde el punto de vista moral que el capítulo 1, la cual revela en Cristo la gracia de Dios hasta lo sumo, la gloria de Dios en su persona a través de la liberación final del hombre, siendo, en consecuencia, de suprema importancia para la salvación, bienestar y felicidad del creyente.

 

 

El relato del Génesis no tiene parangón

    

     Todo se revela en hechos simples, tal como un niño podría comprenderlo, si bien entraña principios más verdaderos y profundos que cualquiera de las ideas desarrolladas por el mayor filósofo de la humanidad. En esto estriba la diferencia esencial entre la verdad revelada y todos sus rivales: Tómese el vedismo, el brahmanismo, el budismo, el lamaísmo o cualquier otra cosa que se enseñe en algún otro lugar de la India y en los países aledaños; tómese el confusionismo, el taoísmo y el foísmo en China; tómese el sabeísmo, el jovismo, el fetichismo antiguo y moderno: ¿Acaso alguno de estos sistemas puede alegar un solo hecho como base? La religión de la Biblia —Antiguo y Nuevo Testamento, judaísmo o cristianismo— descansa sobre realidades concretas, y no sobre meras ideas de la mente humana.

     Ya se trate de un propósito parcial de naturaleza moral mediante la ley en relación con un pueblo particular, o bien de la plena revelación de la gracia y la verdad en el Señor Jesucristo a nivel mundial, la Palabra de Dios era la divina comunicación de hechos inmensamente importantes. Los racionalistas —que pretenden ser cristianos— dedican todos sus esfuerzos a desacreditar, dislocar y destruir precisamente los escritos divinamente inspirados que guardan relación con tales eventos, al igual que los filósofos paganos de la antigüedad. Yo, al igual que el caído Adán, nací y viví excluido de Dios. La revelación, la revelación de Dios, su Palabra, es el único medio posible para que Dios me sea dado a conocer. Ahora bien, el racionalismo —al igual que el paganismo o su filosofía— no tiene ningún sentido correcto de la caída, ni del pecado, ni del remedio de Dios para ello en Cristo. Aquí, en la primera revelación nomás, tenemos estos hechos inequívocamente expuestos en su relación con el actual gobierno en la tierra, con la luz suficiente para que la fe alcance cosas más elevadas y eternas, como lo vemos en Abel, Enoc, etc.

     Tampoco las cosas cambian con la ley, ni mucho menos con las promesas; pues estas últimas no eran una mera aspiración proveniente del corazón de los padres por el Espíritu, sino una objetiva revelación hecha a Abraham, Isaac y Jacob; y aún más manifiestamente lo fue la entrega de la ley por medio de Moisés a los hijos de Israel. Ni el más mínimo detalle fue dejado a merced del ingenio de aquel gran hombre; cada cosa era presentada y reglamentada por los mandamientos de Jehová.

     Lo mismo ocurre en el cristianismo, donde tenemos la revelación dada a nosotros por el Espíritu Santo de lo que está enteramente fuera del alcance del ojo, del oído y del corazón del hombre. La Palabra escrita es la norma inquebrantable, así como el medio más excelente, de comunicarlo todo. Todo se halla establecido sobre hechos seguros e infinitos; por cuanto la encarnación, el ministerio, la muerte expiatoria, la resurrección y la ascensión del Señor Jesús constituyen grandes realidades. Indudablemente, ahora que la conciencia de los creyentes fue purificada, bien pueden ejercitar sus corazones y sus mentes aun hasta lo sumo por la Palabra y el Espíritu de Dios. No obstante, aquéllos constituyen hechos —atestiguados por el testimonio divino para gloria de Dios mediante el hombre y para el hombre— que también se cumplen en el hombre por la fe y el amor, por la experiencia y la obediencia, por una vida de servicio y de adoración. A duras penas puede haber un contraste más fuerte que el que existe entre la ley y el Evangelio, entre el llamamiento terrenal y el llamamiento celestial. Pero al menos tienen en común una cosa: que sus fundamentos son realidades, no meros pensamientos de la mente; y estos hechos nos son comunicados con la conocida certeza de la mente y la Palabra de Dios, tal como el Espíritu Santo solamente los podía dar.

     Por lo tanto, podemos observar que no existe ningún reclamo formal en el inicio de la Biblia. Lo grande de este mundo puede presentarse, naturalmente aunque no necesariamente, con un pomposo toque de trompetas. No así el relato divino. ¿Quién otro podía hablar de la Creación sino Dios; o relatarla en forma adecuada, según la relación que se exprese, sino Él mismo, empleando su nombre de relación para con su pueblo? ¿Quién sino Él, de una u otra forma, podía hacernos conocer plenamente la causa, historia y consecuencias del diluvio? ¿Quién otro podía hablar de lo que llevó al surgimiento de las naciones, de las lenguas, etc. o al llamamiento de Abram y de los padres que le siguieron en Su pueblo escogido y separado? Con todo, aquí, por todas partes, vemos que “Elohim dijo” e hizo; y lo mismo con Su nombre “Jehová”, donde fuera conveniente y siempre que se lo requería. Aquel que niega su verdad absoluta y su divina autoridad es un enemigo.

 

El Éxodo

 

     Luego sigue el Éxodo, donde lo primero que aparece es la redención de Su pueblo, con la amarga esclavitud y opresión que precedió y que trajo el juicio sobre sus enemigos, como también Su morada en medio de ellos, la que seguidamente, con la ley, habría de tener lugar; pero no sin las sombras de las cosas excelentes que habrían de venir. Aquí, pues, tenemos Su nombre de relación especialmente empleado (cap. 6:3). En este libro vemos aún más abundantemente que “Jehová dijo” e hizo. Empero, ya sea históricamente, o cuando tiene lugar Su naturaleza, es “Dios” como tal, es decir, Elohim. No hay hombre ni documento variable que tenga lo más mínimo que ver con esto, sino Su propia sabiduría en la Palabra inspirada. El libro del Éxodo ha de ser una novela o una impostura como el Corán, si no fuese Dios mismo por medio de Moisés. Sus particularidades (como las que se reservan para el capítulo treinta, donde parecen estar fuera de lugar el altar del incienso, el dinero de la expiación, el aceite de la santa unción y el compuesto santo para Jehová) emanan del profundo designio de Dios, en vez de ser fruto del disparate de las leyendas o de la incapacidad de un redactor, a quienes con atrevida ligereza e ignorancia la imbecilidad de la «Alta Crítica» se los atribuye. Las repeticiones, como la del día de reposo, etc., que ellos consideran como prueba patente de varios escribas, se deben a un mismo designio divino; y de ellas solamente aprenden y se benefician quienes se inclinan ante la autoridad divina.

    

El Levítico

 

     En el Levítico es aún más manifiestamente “Jehová” quien habla desde el comienzo hasta el final, prácticamente sin nada histórico en su contenido, pero manifestando de igual manera la autoridad divina. Trata del acceso a Él y, en consecuencia, comienza con los sacrificios, las ofrendas y el sacerdocio. A continuación se ocupa de las cosas inmundas y de tal condición; de la verdad central del día de la expiación y de la sangre reservada para Dios; luego de las malas relaciones y de las santas; de días de fiesta, etc.

 

Números

 

     Números es un libro demasiado complejo para ser comentado en una nota tan breve como la presente; pero trata de un pueblo durante su viaje, y sus hechos morales característicos son seleccionados por la inspiración del Espíritu para el permanente registro de Dios, por sobre toda la sabiduría del autor o la de cualquier hombre en cualquier época. El apóstol, en 1.ª Corintios 10, revela el carácter típico de los acontecimientos que se registran, para lo cual solamente Dios era competente, por no decir nada de los copiosos y especiales mandatos dados a Moisés, a Aarón y a ambos, o de las asombrosas predicciones que Jehová pronunció a través de Balaam, el que fue obligado a bendecir a Israel.

 

 

El Deuteronomio

 

     Deuteronomio no solamente tiene la misión de repasar lo visto en los anteriores libros de una forma que va más allá del pensamiento humano, sino que se anticipa a la posesión de la tierra, e insiste solemnemente en la obediencia a la Palabra de Jehová, y de acuerdo con un pacto diferente del de Horeb. Pero no necesitamos decir más que expresar el horror que un creyente inalterado por el espíritu del mundo siente o debería sentir por la blasfema negación del testimonio que da el Nuevo Testamento de Moisés como el autor del libro y de su divina autoridad.

 

Todos los libros de la Biblia poseen la misma autoridad divina

 

     Sería demasiado echar un vistazo a cada libro, tal como lo hemos hecho con los que componen el Pentateuco. Pero todos los demás libros del Antiguo Testamento —así como del Nuevo— poseen la misma autoridad de Dios. Por esa razón, las Escrituras del Antiguo Testamento son llamadas en su conjunto por el apóstol Pablo “los oráculos de Dios” (Romanos 3:2), así como Esteban afirma que Moisés recibió “oráculos vivientes” (Hechos 7:38, NTI, Lacueva), no «leyendas muertas», para suministrar al pueblo de Dios. Y el Señor Jesús, una vez que resucitó, dijo a los discípulos: “Éstas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lucas 24:44). Esto abarca todo el Antiguo Testamento hebreo tal como los judíos nos lo presentan.

 

Apócrifos griegos

 

     En esto la Iglesia Latina demostró ser un guardián infiel al agregar textos griegos apócrifos al canon, los cuales hasta el mismo Jerónimo en su Prologus galeatus admitió no estar correctamente incluidos. Una infidelidad similar se vio también en los primeros días al leerse públicamente escritos no inspirados, para luego adjuntarlos como apéndice a las copias del Nuevo Testamento griego. Pero ni siquiera Roma quiso comprometerse con una impostura tan grosera como ésta.

 

Los testimonios del Nuevo Testamento son numerosos y contundentes

 

     Hay todavía más pruebas en el Nuevo Testamento. El gran apóstol Pablo, en su primera epístola a Timoteo, cita Deuteronomio 25:4 y Lucas 10:7 como “la Escritura” (5:18). Podría haber citado Mateo 10:10 de uno que era apóstol como él; fue guiado por Dios para citar a uno que era profeta, no apóstol —Lucas—. Pues somos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (Efesios 2:20). La cita de Timoteo acuña a Lucas no como un mero amanuense que expresa la mente de Pablo (de acuerdo con la tradición de Eusebio), sino como un autor inspirado a quien el apóstol cita cuando escribe por el Espíritu. Así también, 2.ª Pedro 3:15-16 nos muestra al apóstol de la circuncisión refiriéndose, en este inspirado documento, a las epístolas de Pablo como parte de las Escrituras. Aprendemos así lo infalible y previsible que es esta alusiva provisión divina, la que para algunos puede parecer casual, pero que es el fruto de la infinita sabiduría, y que tiene más peso para la fe que un universo de razonamientos humanos. Efectivamente, el carácter intrínseco del Nuevo Testamento se pone en evidencia tan inequívocamente, que únicamente la soberbia de la incredulidad de parte de judíos o gentiles puede aceptar que el Antiguo sea divino dudando acerca del Nuevo como si lo fuese menos.

 

 

 

 

LA DOCTRINA APOSTÓLICA DE LA INSPIRACIÓN

 

     No quedamos a merced de hechos, por más trascendentes que sean, ni tampoco de declaraciones incidentales, por más abundantes, claras y confiables que sean. El Nuevo Testamento establece la más precisa y concluyente doctrina sobre un tema de tan crucial importancia. Porque no sólo concierne al hombre, sino a la gloria de Dios y al carácter de Su Palabra en ambos Testamentos, según se los llama. “Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas” (Salmo 138.2). Analicemos algunos de estos testimonios.

 

El testimonio de Cristo

 

     El propio Señor en Juan 14-16 preparó el camino, no para nuevas promesas, sino para la más plena revelación de la verdad mediante el don del Espíritu Santo que sería dado en Pentecostés. Dicha revelación comprendería el poder de disfrutar de todo privilegio y de proveer a todas las necesidad de la nueva creación, a fin de que los hijos de Dios —otrora dispersos— fuesen ahora congregados en uno. “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 15:12-14). El Señor ya había anunciado que el Paráclito —o Abogado—, el Espíritu Santo, a quien el Padre habría de enviar en su nombre, habría de enseñarles todas las cosas, y de traer a su memoria todo lo que Él les había dicho. En Pentecostés vino y cumplió todo esto.

 

1.ª Corintios 2

 

    1 Corintios 2 es notablemente completo a la vez que preciso. El Antiguo Testamento mantuvo “cosas secretas” pertenecientes a Dios, las que entonces no habían sido reveladas. Así lo expresó la ley (Deuteronomio 29:29); y el más grande de los profetas —Isaías— reconoció que no les correspondía a ellos correr el velo (Isaías 64:4). El apóstol hace referencia a esto último, contrastando el silencio del pasado con lo que el Espíritu Santo estaba ahora revelando: “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo” (v. 10-16, Reina-Valera 1960).

      Aquí, en efecto, tenemos el caso completo en detalle. Dios, por su Espíritu, reveló lo que se hallaba oculto, aun Sus profundidades, las que solamente Él conoce. Nosotros —dice el apóstol— recibimos Su Espíritu a fin de que sepamos tal cual son las cosas que Él nos concedió libremente. Primero tiene lugar la revelación de la verdad, de Sus consejos. Segundo, el conocimiento que se da a otros de lo que Dios reveló: “Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, exponiendo [cosas] espirituales mediante [palabras] espirituales.”

  En tercer lugar, viene la condición espiritual necesaria para aprehenderlas. Porque el hombre natural no puede recibir ni conocer lo que se examina espiritualmente. Es el Espíritu de Dios quien obra en el cristiano —el tercer paso que recién describimos— tal como obró en el primero y en el segundo. Vemos pues así el poder de la gracia de Dios por su Espíritu, primero al revelar cosas divinas; luego al comunicarlas verbalmente y, por último, al producirse la verdadera recepción o comunión. De esta forma, nosotros tenemos la mente de Cristo, como no así siquiera los profetas de la antigüedad.

     La cuestión principal estriba en la palabra que la Versión Autorizada en inglés vierte “comparando” (y la versión Reina-Valera “acomodando”) en el v. 13. Como sin duda éste es su significado en 2.ª Corintios 10:12, fue una tentación natural darle el mismo significado aquí. Pero es evidente que las palabras cambian de significado según el contexto en que se encuentren; y como la misma no vuelve a aparecer en el Nuevo Testamento, tendremos que buscar su uso en la Septuaginta o similares, por cuanto el sentido de “comparar” es absolutamente inapropiado al proceso intermedio al cual se está refiriendo el apóstol (dar a conocer lo que Dios reveló), aunque bien podría formar parte de aquello que pertenece a la recepción o entendimiento de lo que ya había sido escrito. Ahora bien, en la Septuaginta, el término en sus formas afines se aplica con más preponderancia a la exposición o explicación de lo que Dios tuvo a bien revelar (Génesis 40:8, 12, 16, 18, 22; 41:12, 15) como en una visión o un sueño (Daniel 2:2, 5, 6, 7, 9, 16, 24, 25, 26, 30, 36, 45; 4:3, 4, 6, 14, 15, 16, 17, 21; 5:7, 8, 13, 16, 18, 20, 28; 7:16)[1]. Como de todos modos en nuestro texto no se trata de un sueño ni de una visión que hayan de ser interpretados, el sentido, naturalmente, admite una más amplia modificación y, por ello, en este caso requiere “comunicar” o algo equivalente.

     Esto, en consecuencia, está perfectamente de acuerdo con el sentido de la cláusula y el requerimiento del contexto. Pues la cláusula no se ocupa de la aprehensión espiritual por parte del hombre de lo que es propuesto, sino de transmitírselo mediante palabras enseñadas por el Espíritu. Éstas, pues, expresamente no fueron libradas a merced de la sabiduría ni la capacidad del hombre. No sólo se vieron, mediante el Espíritu, conceptos divinos, sino que además la fraseología (la manera de expresarse con las palabras) fue asimismo enseñada por el Espíritu. En este lugar, pues, “comparar” no es lo apropiado, y es, por lo tanto, inadmisible. Y si bien “interpretar”, “exponer” o “determinar” pueden transmitir sustancialmente el sentido, ninguno de estos verbos parece darlo —en ese lugar— de una manera tan precisa como “comunicar”. Los términos asociados adquieren también una fuerza definida, libres de la obligación de expresar diferentes significados que no agregan nada importante. Pues “comparar” abre la puerta a agregados o modificativos vagos e inciertos. En tanto que con “comunicar”, el sentido queda fijado en “[cosas] espirituales mediante [palabras] espirituales”. El apóstol ya había hablado de las cosas de Dios —designadas aquí “cosas espirituales”—, y también se había ocupado de las palabras enseñadas por el Espíritu. Ambas cosas ahora se reúnen brevemente para comunicar “[cosas] espirituales mediante [palabras] espirituales”. Sería prematuro decir en el versículo 13: “a hombres espirituales”, pues el apóstol aborda esta cuestión recién en el versículo siguiente.

    

2.ª Timoteo 3:16

 

     Su última epístola (la segunda a Timoteo) brindó al apóstol la ocasión apropiada para establecer la clara y plena resolución dogmática del Espíritu Santo acerca de las Escrituras (2.ª Timoteo 3).

     Pablo había sido erigido no sólo como “ministro del Evangelio”, sino también como “ministro de la Iglesia”, para completar la Palabra de Dios, como lo dice en Colosenses 1:23-25. Le escribe a Timoteo en vista de los tiempos difíciles que habrían de prevalecer en los últimos días. Había ya entonces hombres que presentaban sus inicuas características, de los cuales era necesario apartarse. Por cuanto si bien tenían forma de piedad, negaban su poder. Hallaban su prototipo en aquellos que resistieron a Moisés, y su insensatez había de ser manifiesta a todos, como también la fue la de aquéllos. Empero Timoteo había seguido estrictamente la enseñanza de Pablo, su conducta, propósito, fe, longanimidad, amor, paciencia, persecuciones, padecimientos; los que le sucedieron en Antioquía, en Iconio y en Listra; y cuantas persecuciones soportó, liberándole el Señor de todas. Pero los malos hombres e impostores irían de mal en peor, engañando y siendo engañados. “Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién[es] [2]has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2.ª Timoteo 3 14-15).

     Aquí aprendemos que el testimonio de la Iglesia no es en modo alguno su salvaguardia; porque precisamente en él salta a la vista el horrible espectáculo de una mera apariencia de cristianismo —en realidad, de un paganismo moralizado— al cual hay que agregarle hipocresía, que desecha o encubre sólo las líneas de conducta más groseras (cf. Romanos 1).

     El hombre de Dios no se apoya en nadie desconocido, sea grande o pequeño. Timoteo era perfectamente consciente de quiénes había aprendido la verdad, esto es, de los apóstoles; así como bien sabía qué clase de vida era la de aquel con quien mantenía la más estrecha intimidad. Pues ¿qué sentido tiene la enseñanza si no se relaciona con la práctica? Aquí ésta se mantenía a pesar de las persecuciones y los padecimientos, con las evidentes liberaciones concedidas por el Señor en toda circunstancia. Pues efectivamente todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución.

     Así, pues, si comparamos la última revelación —el Nuevo Testamento— con la anterior —el Antiguo Testamento— podemos apreciar una marcada diferencia. Porque los testigos e instrumentos de la última fueron contemporáneos, presentando finalmente —y conjuntamente— la verdad por el Espíritu después de la venida y redención de Cristo; mientras que los antiguos escritores habían hecho su trabajo poco a poco —gradualmente—, extendiéndose el mismo por un período de más de mil años, a pesar de lo cual mantuvieron siempre una marcadísima unidad.

 

Las Sagradas Escrituras

 

     Pero ¿no era acaso el Antiguo Testamento lo que Timoteo conoció desde su niñez? Incuestionablemente. ¿Y acaso alguien con un corazón lleno de maligna incredulidad buscaría por eso cuestionar o denigrar el Nuevo Testamento? Que el tal aprenda que el apóstol, a la vez que sostiene los antiguos oráculos de Dios como “Sagradas Escrituras” (iera grammata), es cuidadoso en afirmar, mediante los más amplios términos, la divina autoridad de toda —o, en rigor, de “cada[3] — Escritura, no solamente de la perteneciente al Antiguo Testamento, sino también al Nuevo. Pues él reserva la palabra adecuada —grafh (Escritura)— la cual declara que en todas sus partes es “inspirada por Dios” —o soplada, alentada por Dios— como no lo es ningún otro escrito. La palabra se aplica, en este único sentido, en singular y plural, a los cuatro Evangelios, los Hechos y las Epístolas Apostólicas.

     El sentido más general se expresa mediante gramma (escrito), que puede significar “cuenta” (Lucas 16:6-7) o “letra” en sentido abstracto (Romanos 2:27, 29; 7:6; 2.ª Corintios 3:6), “caracteres alfabéticos” (Lucas 23:38; 1.ª Corintios 3:7; Gálatas 6:4), “epístolas” (Hechos 28:28), “letras” o instrucción (Juan 7:15; Hechos 26:24) o “escritos” (Juan 5:47), los cuales requerían el epíteto iera (sagrados, etc.) para considerarlos Escrituras. Pero grafh —según el uso que se le da en el griego del Nuevo Testamento—, no tiene otro significado, aun sin el artículo, ni aquí ni en ningún otro lugar, que el que tiene también en nuestro idioma.

 

“Toda Escritura es inspirada por Dios” ¿Cuál es la construcción correcta, la restrictiva o la predicativa?

 

     “Toda Escritura [es] soplada por Dios, y útil... (2.ª Timoteo 3:16-17). La Versión Revisada inglesa —al igual que otras versiones— toman el vocablo “inspirada por Dios”, no como el predicado, sino como un calificativo del sujeto; la cláusula entonces rezaría así: “Toda Escritura inspirada por Dios [es] también útil.” Pero ¿quién dirá que éste es el significado natural? ¿Quién puede negar que dicha construcción entrañe una doble torpeza, tanto al quitar la sobreentendida cópula (“es”) del lugar donde corresponde encontrarla, como al colocarla en un lugar donde no puede sino discordar con la armoniosa corriente de la oración? Ninguna de las construcciones citadas por el deán Alford en su Greek Testament, ya sea dentro o fuera del Nuevo Testamento, se aproxima a la nuestra. Una que se le acerca, en cierto respecto, es 1.ª Timoteo 4:4, en donde sería intolerable hacer que kalon (bueno) forme parte del sujeto. Tal vez Hebreos 4:13 esté aún más cerca, y aquí nadie duda de que “desnudas y abiertas” constituya el verdadero predicado, y, si es así, entonces “inspirada por Dios y útil” debería ser tomado de esta forma aquí.

     La verdad parece ser que la conjunción kai, aunque indudablemente genuina, fue pasada por alto en las versiones antiguas, tales como la Menfítica, la Peschitta siríaca, y la mayoría de las copias latinas, además de la Vulgata Clementina; así como también por algunos Padres griegos y latinos. Este error, podemos decir, requería que “inspirada por Dios” perteneciera al sujeto. Otras copias latinas (al igual que las versiones Gótica, Siríaca Harcleana, Armenia y Etiópica) interpretan kai en el sentido de también, como si introdujese el predicado. Si se lo tomara de esta manera aquí, kai resultaría débil, y es tan superfluo que pasó fácilmente al olvido; en tanto que, cuando se lo toma correctamente, posee una fuerza enfática o suplementaria, tal como en Lucas 1:36; Romanos 8:29, 34 y Gálatas 4:7. A aquellos que sostienen esa construcción, ciertamente les convendría poder presentar una oración donde aparezca —o realmente pueda existir— una separación similar entre dos adjetivos claramente ligados por una conjunción.

     Mas aun cuando esto fuera gramaticalmente posible, ¿puede esta versión sostenerse sobre la base de evidencias internas? Porque si theopneustos fuese considerado parte del sujeto, debería entenderse o bien como un supuesto o bien como una condición. Si se da por supuesto que la Escritura es inspirada por Dios, nada ganan los que están a favor de tan áspera construcción. El sentido, ya sea que supongamos o que afirmemos la inspiración de toda Escritura, es sustancialmente el mismo. Pero si el objetivo fuese entender una condición (i.e. “si divinamente inspirada”, en lugar de “siendo divinamente inspirada”), tendríamos en contra el reconocido hecho de que grafh, en el Nuevo Testamento, es un término propio de la Escritura y no se aplica a ningún otro escrito. Por eso la construcción condicional, en lo que a su aplicación se refiere, contradice el uso conocido, y requeriría el sentido totalmente desautorizado de un mero “escrito”: “Todo escrito, si es inspirado por Dios, es también útil...”

     Si entendiéramos grafh como se debiera —en el sentido de “Escritura”— y tomáramos el adjetivo “inspirada por Dios” como parte del sujeto, no ganaríamos nada excepto una frase extrañamente incoherente, aun cuando sustancialmente esté de acuerdo con su sentido natural: “Toda Escritura, siendo inspirada por Dios, es también útil...”, tal como la entendió Orígenes mucho tiempo atrás, pero no así Atanasio ni Gregorio de Niza ni Crisóstomo, quienes la tomaron de igual forma que la Versión Autorizada y la Reina-Valera.

     La Versión Revisada inglesa, intencionalmente o no, es ambigua: “Toda Escritura inspirada por Dios [es] también útil...”. Si la intención con esta construcción no fue suscitar una duda, ¿por qué entonces se la dejó expresada de esa forma? Suponiendo que tal fue la intención, ¿podríamos concebir un objeto más opuesto al contexto? Pues el Espíritu de Dios provee aquí la invaluable y necesaria salvaguardia contra los tiempos difíciles de los últimos días; y tras detenerse en el hecho del privilegio que tenía Timoteo de haber conocido desde bebé las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, el apóstol corona todo con el principio universal (el que se aplica tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento, y a lo que todavía faltaba escribirse con tal carácter): “Toda Escritura [es] inspirada por Dios, y útil para enseñar...”

     El apóstol presenta en primer lugar —como lo más reverente y digno— la relación de “toda Escritura” con Dios —el Autor de esta como de toda dádiva incomparable—. Luego, sus usos provechosos para la bendición del hombre de Dios. Pues así como ninguna criatura excepto el hombre, en virtud de su espíritu, es capaz de conocer las cosas del hombre, de igual modo nadie puede conocer las cosas de Dios salvo por el Espíritu de Dios, el cual las reveló y las comunicó; y Él también faculta al creyente para discernirlas, como ya lo hemos visto. La Escritura nos enseña en nuestra ignorancia, nos convence de obstinación y de error, nos corrige cuando desatendemos o nos desviamos, y nos disciplina en justicia tanto interior como exteriormente, a fin de que ante Dios seamos completos en todo respecto, y estemos equipados, también plenamente, para toda buena obra.

     Un instruido dignatario, en el pasaje de referencia, dice que la palabra “inspirada por Dios” «no excluye errores verbales o posibles inexactitudes históricas, así como errores relativos a la transmisión y transcripción humanas». Pero ¿no es éste un doble error de gravísima importancia? Primero porque hace de la Palabra escrita una garantía divina de falta de verdad, tanto en los orígenes de ésta como en su propagación; en segundo lugar, es difícil decir cómo pudo él mezclar los dos temas; pues los disparates clericales que leemos nada tienen que ver con la cuestión de la inspiración divina, sino únicamente con el uso responsable de su fruto por parte del hombre. Lo primero es una virtual negación de “inspirada por Dios”, a menos que el Dios de verdad pueda mentir: si Él aprueba erratas en asuntos triviales, ¿por qué no habría de hacer lo mismo en cosas mayores? Pero “la Escritura no puede ser quebrantada” dijo el Señor. La fe es indigna de un compromiso. “Escrito está” fue la respuesta del Señor a las tentaciones de Satanás, y ello constituye la guía y la norma para todos los santos desde que la gracia dio las Escrituras. No se trata de una cuestión del espíritu del hombre, sino del Espíritu de Dios, el cual es, sin lugar a dudas, capaz de resguardar la verdad en forma absoluta, tal como lo dan por hecho y lo afirman el Señor y los apóstoles en todas partes. Implicar semejante debilidad en el hombre tal como es, más allá del poder de Dios, constituye no la plena inspiración que se enseña en la Biblia, sino una débil inspiración. Pero cuando se busca a la filosofía como la aliada de la verdad divina, la consecuencia no puede ser sino vacilante, inconsistente y desconcertante. “Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29). Ése es un comentario particularmente vago sobre una versión así del texto: “Toda Escritura es también inspirada por Dios...”. Nadie puede dudar de que una traducción tan vacilante y extraña incite a realizar una interpretación titubeante, aun cuando ni se murmure que sostengan que alguna parte de la Escritura es no inspirada. No obstante, “toda Escritura es inspirada” es la clara y perentoria declaración del apóstol, la cual requiere una versión y un comentario de sonido no incierto.

     En el pensamiento y en las discusiones ordinarias acerca de la inspiración, no siempre se recuerda que el apóstol, con autoridad, demanda aquélla para “toda Escritura”. Esto va más lejos de lo que los hombres pronunciaron de parte de Dios, movidos o llevados adelante por el Espíritu Santo (2.ª Pedro 1:21). Porque a nosotros se nos enseña en este pasaje no sólo lo que el Espíritu Santo dio mediante sus instrumentos vivientes, sino que lo que está escrito por Él cuenta ahora con igual autoridad divina. Es triste ver con qué facilidad los cristianos permiten la compatibilidad de este poder divino con inexactitudes históricas o de cualquier otra naturaleza, algo que es muy natural para el espíritu del hombre. Pero el apóstol Pablo, en este pasaje, no deja lugar alguno para desviaciones ni incertidumbres. O se presupone que “toda Escritura” es inspirada por Dios (como algunos arguyen) o se afirma que lo es (como otros creen). ¿Acaso Él se olvida de excluir errores verbales? ¿Acaso Él es capaz de caer en inexactitudes históricas o de cualquier otra naturaleza?

 

Inspiración plenaria

 

     Esta acusación de hecho deja a Dios afuera, tal como lo hace cualquier medida de escepticismo. Se detiene en la debilidad y en la ignorancia del hombre, lo que nunca un creyente debiera olvidar ni por un solo instante. Mas la divina inspiración de “toda Escritura” da a la fe la certeza de que ninguna de tales inexactitudes atañen a la palabra escrita tal como vino de Él. Y esto es todo lo que significa la inspiración plenaria. Ésta no excluye de ninguna manera errores de transcripción, traducción o interpretación. Pero admitir la divina inspiración plenaria de palabra y luego anularla con los hechos, es un abuso del lenguaje que tiene por objeto engañar a los simples y complacer al enemigo. Pues así como Dios no puede mentir, tampoco puede dar en prenda su inspiración a fin de aprobar errores por pequeños que fuesen. Él utilizó hombres de Dios como vehículos para llevar adelante Su propósito de dar su Palabra; empleó sus mentes y corazones, lo mismo que su lenguaje y estilo. Pero Él comunicó Su propia sabiduría con el objeto de cumplir Sus propósitos más allá de la medida del instrumento, y en absoluta exclusión de error.

     Pues el hecho de que alguien sostenga que la inspiración plenaria admite «dejar librados» a hombres inspirados a su propia merced en alguna medida, es en realidad dejar a Dios afuera, y exhalar calor y frío con el mismo aliento. Es contradecir abierta y absolutamente el canon apostólico aquí establecido. No solamente los escritores fueron movidos por el Espíritu Santo, sino que “toda Escritura es inspirada por Dios”. Las Escrituras no son un mero accidente, ni tampoco un simple ordenamiento providencial que puede presentar naturalmente defectos. Si el propósito de Dios fue darnos su Palabra, el Espíritu Santo obró para llevarlo a cabo en una sabiduría, poder, orden y fin que Él mismo dejó ver. Uno puede entender que la incredulidad sea ciega aun a la gracia y a la verdad que vinieron por Jesucristo, y que sólo vea discrepancias y disparates en los Evangelios, mientras que la inteligencia espiritual halla la más profunda demostración de la mente divina y un perfecto resultado producido para la gloria de Cristo ante los ojos de la fe. ¡Qué extraño y penoso que uno que oye esa palabra y cree a Aquel que envió al Señor no advierta que de todas las teorías, ninguna es menos satisfactoria, sostenible ni reverente! Porque ella implica que el Espíritu Santo que inspiró a los evangelistas, trajo a sus memorias hechos y palabras de forma imperfecta, acuñando así memorias engañosas con la autoridad de la Palabra de Dios. ¿Puede haber algo más inexplicable que el hecho de que haya tenido que haber nada menos que una Persona divina para semejantes recopilaciones, suponiendo que sean inconsistentes entre sí así como defectuosas en cuestiones menores?

     Éste no es el lugar para demostrar no sólo lo infundada que es esta incredulidad, sino la admirable verdad divina que el Espíritu Santo presentó en estos inspirados relatos de nuestro Señor así como en cualquier otra parte de la Biblia. Nos llevaría volúmenes enteros, y puede ser hallada por los que indagan seriamente. Pero semejantes especulaciones nunca debieron haber surgido ni por un instante. Su fuente es el mal, aunque buenos hombres pueden verse atrapados por ellas. “Toda Escritura es inspirada por Dios.” Nosotros, como creyentes, estamos facultados para afirmar que Él es verdadero; así lo es su Palabra. Estamos obligados por simple fe a negar errores o discrepancias en las Escrituras tal como Él las escribió. Podemos no ser capaces de contestar toda objeción o de aclarar toda dificultad que pueda reunir una ingeniosa mala voluntad o inclusive la debilidad; pues esto depende de nuestra inteligencia, que puede ser pequeña. Pero si creemos en la declaración del apóstol sobre la Biblia, de que es “el mandamiento del Señor” (tal como él lo demanda generalmente y para cosas menores en 1.ª Corintios 14), tenemos la seguridad de descansar en la apacible certeza de que “toda Escritura es inspirada por Dios”.

     De esta misma manera nuestro Señor actuó con amigos o con enemigos. Así les enseñó a los suyos, de la misma manera que había enfrentado al gran enemigo. “Está escrito” fue la respuesta concluyente a la tentación y a la pregunta; y si las Escrituras fuesen pervertidas, “está nuevamente escrito” constituye la mejor y más breve refutación. ¡Qué ejemplo para nosotros, que somos tan propensos para confiar en nuestra habilidad dialéctica para defendernos o para disecar la ignorancia y los errores de un adversario! El creyente más simple puede confiar en la Palabra y en el Espíritu de Dios. Esto lo honra a Él y a su Palabra, y constituye el más humilde, santo y seguro fundamento para nosotros.

     En vano, pues, los hombres arguyen que en las Escrituras hay muchas cosas que los escritores pueden haber sabido —y que probablemente supieron— por medios ordinarios, y que para ciertas cosas tuvieron que haber sido dotados de forma sobrenatural; y que para otras cosas, asimismo, requirieron nada menos que una revelación directa. Esta teoría apunta nada más y nada menos que a rebajar inconscientemente las Escrituras, y ponerla en todo lo posible al alcance de las capacidades del ser humano. Ahora bien, ningún creyente necesita cuestionar el uso que Dios hace de los medios según Su agrado, ni elevarse por encima de ellos, aunque lo haga para Su gloria. Mas “toda Escritura es inspirada por Dios” zanja toda cuestión. Tenemos en la Escritura palabras hipócritas de hombres perversos, y sus rebeldías. Hasta tenemos las tentaciones de Satanás y sus acusaciones; pero “toda Escritura es inspirada por Dios”. En la Escritura, presentar el hecho más insignificante, registrar la más simple palabra, fue tan ciertamente objeto de la divina inspiración como lo fue la revelación del “misterio” o de la futura gloria del cielo y de la tierra. Ya con documentos o sin ellos, la introducción en las Escrituras se calificaba como “inspirado por Dios”: de lo contrario se hubiese infringido la regla apostólica. Pero, como lo dijo nuestro Señor: “La Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35).

     Así como Jehová magnificó Sus dichos por sobre todo su Nombre, así también nuestro Señor sostiene que de todos los testimonios, la palabra escrita —las Escrituras— es el de mayor autoridad. Toda Escritura —aun cada parte de ella— es inspirada por Dios y, como tal, permanecerá para siempre, constituyendo el verdadero fin de toda controversia para aquellos que creen; mientras que aquellos que no creen habrán de conocer sus pecados e insensatez en el juicio.

     No se trata en absoluto de si los escritores sabían o no lo que escribían (pues ambas cosas pueden hallarse de forma abundante en las Escrituras), mas la cuestión es si ellos fueron inspirados por Dios para escribirlas. Y “toda Escritura” es inspirada de esa manera. Únicamente esto hace que sea la Palabra de Dios, no su verdad dada a conocer ni su utilidad, sino el hecho de que Él la inspiró; y es lo que tenemos en toda Escritura.

     Algunos escritores pueden ser sublimes, mientras que otros, simples; unos pueden ser sentimentales y otros severos; pero todos son inspirados por Dios; y la sencilla prueba de ello es que forman parte de las Escrituras. En el Nuevo Testamento encontramos amplias y marcadas diferencias, como por ejemplo entre la epístola de Santiago y las de Pablo, y entre el Evangelio de Marcos y el de Juan. Pero todos son igualmente inspirados, desde el momento que sus escritos forman parte de las Escrituras. La inspiración de Dios es un hecho, y no admite grados diversos.

     Está perfectamente dentro del poder del Espíritu Santo al dar la Palabra de Dios, adoptar el estilo individual de cada escritor. Pero ningún esfuerzo de parte del escritor podía hacer que sus palabras fuesen la Palabra de Dios. Aun ante cualquier adversario el Señor les dijo a los doce que no se preocupasen por cómo o por qué hubiesen de hablar, pues a la hora de las necesidades les sería dado lo que habían de hablar. “Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (Mateo 10:20). ¡Cuánto más esa energía divina se requeriría y sería dada cuando no se tratase ya de la defensa de sus seguidores, sino de la comunicación del pensamiento y de la voluntad de Dios para los suyos y para siempre!

 

 

UNIFORMIDAD DE LA INSPIRACIÓN

 

     Nos hemos detenido lo más extensamente posible en lo que el gran apóstol reclama para “toda Escritura”, debido a que ello realmente resuelve, para el creyente, todos los cuestionamientos que la inquieta y activa mente del hombre puede llegar a plantear. Por cuanto no estamos ahora debatiendo con el ateo ni tampoco con el deísta, los cuales niegan abiertamente una revelación de parte de Dios, sino confrontando las dificultades suscitadas entre los cristianos profesantes, por más que éstas a menudo sean originadas por verdaderos escépticos. Las dudas hoy son más culpables que en los días de nuestro Señor, quien reprochó a los saduceos por no conocer las Escrituras ni el poder de Dios (Mateo 22:29). Pues no sólo el Señor había venido como la luz verdadera para iluminar a todo hombre y para darnos entendimiento para conocer al que es verdadero, sino que el Espíritu Santo enviado del cielo agregó seguidamente el libro entero de la revelación final de Dios. Y precisamente en una de estas últimas comunicaciones de la verdad divina —en la segunda epístola a Timoteo— vemos que Dios atestigua Su propia inspiración de “toda Escritura”.

     Así debía ser y así fue dispuesto en vista de la necesidad del hombre, y especialmente para salvaguardia de los creyentes, quienes pronto habrían de quedarse sin la presencia viviente de los apóstoles. Pero desde el comienzo de la revelación, Dios se tomó el cuidado de que aquellos que leyesen u oyesen su Palabra tuviesen la certeza de que se trataba de Su verdad, escrita por Su poder y con Su autoridad, a fin de que Su pueblo le crea y le obedezca. Así, pues, en el último libro del Pentateuco —el Deuteronomio— leemos: “No añadiréis a la palabra que yo os mando...” (Deuteronomio 4:2). En los profetas vemos lo mismo que en la ley: “Habla Jehová”, aunque por medio de Isaías (1:2); “Palabras de Jeremías....” a quien vino “Palabra de Jehová” (Jeremías 1:1, 2), y lo mismo ocurre con los demás. En los Salmos no se advierte ninguna diferencia, como dice su principal escritor: “El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua” (2.º Samuel 23:2).

     El Señor Jesús, cuando estuvo aquí abajo, expuso las Escrituras en la más clara luz, de la manera más simple y sobre las más firmes bases. Repelió la tentación de Satanás, pronunciando: “Escrito está”; y cuando Satanás hizo uso de la Palabra, el Señor contestó mediante su uso correcto: “Escrito está también” (Mateo 4:3 y 7). Es admirable e instructivo que todas estas contestaciones hayan sido tomadas del Deuteronomio, el libro que revela la obediencia de la fe cuando el pueblo debió verse arruinado por su fracaso bajo la ley. Jesús se refirió a la historia más antigua como la Palabra de Dios (Génesis 2). Asimismo preparó a sus discípulos para las nuevas comunicaciones de gracia y de verdad que el Espíritu Santo habría de realizar cuando Él partiese (Juan 14-16). Todas ellas las tenemos ahora en lo que comúnmente se llama «El Nuevo Testamento». Así lo declaran los mismos apóstoles (Romanos 16:25-26; 1.ª Corintios 2; 14:36; 2.ª Corintios 13:2-3; Colosenses 4:16; 1.ª Tesalonicenses 2:13; 5:27; Hebreos 1:1-2; 2:1-4; 12:25; 2.ª Pedro 3:2, 15, 16; 1.ª Juan 4:6). 2.ª Timoteo 3:16 ya ha sido considerado. Aunque con apariencia «ocasional y fragmentaria», los escritos del Nuevo Testamento poseen una verdadera integridad incuestionablemente divina.

     La razón de por qué los hombres —e incluso hombres piadosos— han condescendido a pensamientos humanos que deshonran la Palabra de Dios, y han abierto la puerta a males escépticos cada vez más impíos, lo constituye el hecho de que no se sostiene por simple fe este divino carácter de todas las Escrituras.

     Así como el Antiguo Testamento está compuesto por la ley, los Salmos y los profetas, así también el Nuevo consta de los Evangelios y los Hechos, de las Epístolas y del Apocalipsis. La base del Nuevo la constituyen la gracia y la verdad que vinieron por Jesucristo, quien tras partir envió al Espíritu Santo como el otro Paráclito para que esté con y en nosotros para siempre. Las Epístolas, asimismo, constituyen una parte tan característica del Nuevo Testamento como los Evangelios. Ellas complementan esas memorias con la verdad dogmática (la que los santos no podían sobrellevar antes de la redención). En los Hechos tenemos históricamente las actividades del Espíritu Santo cuando descendió personalmente y se hizo presente.

     Por ello, el contraste con los Salmos o con la parte poética del Antiguo Testamento es mayor; y son precisamente las Epístolas (la más familiar e íntima de todas las composiciones) las que para nosotros están en directo contraste con aquéllos. En ellas ya no están más los manantiales que anticipan la venida del Mesías, sus padecimientos y su reinado en Sion, con gemidos y llantos; lo que fluye en ellas, en cambio, es la comunicación de corazón a corazón en el Espíritu, de la gracia y la gloria del Hijo de Dios que ya vino y se fue, pero que pronto volverá otra vez para tenernos consigo en la casa del Padre, así como para aparecer y reinar —una vez que estemos con Él— en aquel día. No ha de sorprendernos que un nuevo andar (Efesios 2:10) y una más elevada y cercana adoración acompañen a la nueva relación tan plenamente revelada en las Epístolas. Lo más análogo al Antiguo Testamento lo constituye el libro del Apocalipsis, que tan sólo responde a los profetas, el que va más alto que ellos a la vez que los confirma, completándolo todo para gloria de Dios y del Cordero.

 

La variedad en las Escrituras no implica «grados de inspiración»

 

     El desarrollo de todas las cosas, ya en el Antiguo o en el Nuevo Testamento, da ocasión a la más grata variedad en las comunicaciones de Dios a través de Sus instrumentos escogidos. Pero esto sólo manifiesta tanto más sorprendentemente la unidad del divino Autor. “Toda Escritura es inspirada por Dios.” No hay noción más falsa o superficial que querer inferir de la variedad de temas y formas de las Escrituras una diferencia en el grado de inspiración. Ni los hechos ni la doctrina revelados avalan una idea tan infundada, irrazonable y peligrosa. Las Escrituras pronuncian que “toda Escritura es inspirada por Dios”. Uno puede comprender cavilaciones o incredulidad acerca de sus partes o aun de su totalidad cuando el escepticismo es extremo; pero para uno que admite que las Escrituras provienen de Dios, una inspiración variable es negada por la autoridad divina.

     Esto basta para demostrar, sin más ni menos, el chocante error del difunto Dr. Wilson, Obispo de Calcuta, en su obra: Evidences of Christianity (Pruebas del cristianismo; pág. 508):

 

«Por la inspiración de la sugestión se entiende esas comunicaciones del Espíritu Santo tal como lo sugiere y detalla minuciosamente cada parte de las verdades transmitidas. La inspiración de la dirección se refiere a esa asistencia que dejó a los escritores describir la verdad revelada a su manera, dirigiendo sólo la mente en el ejercicio del poder de la misma. La inspiración de la elevación añadió mayor fuerza y vigor a los esfuerzos de la mente, lo que de otra manera el escritor jamás habría podido alcanzar. La inspiración de la superintendencia era ese atento cuidado que preservaba en general de escribir cualquier cosa con sentido derogatorio con respecto a la revelación con que se relacionaba.»

 

     La Biblia no enseña en ninguna parte tales tipos de inspiración. Ella sólo habla de la pura y simple inspiración de Dios, y lo afirma de “toda Escritura” por igual. El primer tipo de las inspiraciones del Dr. Wilson es la única verdadera inspiración, aun cuando no se lo declare plenamente. Las otras tres no son la inspiración de ninguna Escritura, sino simplemente la dirección, elevación y superintendencia que Sus siervos buscan —y no en vano— cada día. Pero ninguna de estas tres es verdadera inspiración, pues ésta transmite la mente y voluntad de Dios con la misma perfección con que excluye todo error humano.

     Los doctores Dick (Essay on Inspiration), Pye Smith (Scr. Test. to the Messiah i.), Henderson (Lectures on Inspiration, 36 sec.) y otros, han presentado una similar hipótesis de diferentes grados de inspiración, influenciados en parte por el renombrado y respetable Dr. Doddridge (Works v.) de época más antigua. Hay una variante: Henderson establece cinco grados de inspiración, mientras que Doddridge no más de tres. Pero todos concuerdan en la hipótesis de diferencias que contradicen la autorizada declaración del apóstol, sin el menor apoyo de ninguna otra Escritura.

 

Fuentes de esta hipótesis

 

     ¿A qué fuentes, pues, debemos atribuir estas incrédulas especulaciones? Parece que se debieron principalmente a Moisés Maimónides (1135-1204 d. de J. C.) de quien Baruch Spinoza tomó mucho prestado, seguido en ello al menos por Le Clerc, mientras que Grocio las derivó directamente de canales judaicos. Maimónides, en su Moreh Nebochim (Guía de los perplejos) concibe once «grados de profecía». El judeo-portugués Isaac Abarbanel (1437-1508 d. de J. C.) redujo éstos a tres grados de inspiración para el Antiguo Testamento, en correspondencia con las tres divisiones del santuario y su corte: la Tora, los Nebiim y los Quetubim, es decir, la Ley, los Profetas y el resto del Antiguo Testamento o Hagiógrafos (Escritos). Es cierto que Moisés disfrutó personalmente de la presencia divina como ningún otro profeta ordinario lo hizo: Números 12 y Deuteronomio 34 son explícitos en cuanto a esto. Juan el Bautista (y tenemos la autoridad de nuestro Señor para ello) fue un profeta, y mayor que un profeta. Ninguno nacido de mujer fue mayor que él; no obstante, no escribió ni una sola línea ni obró milagro alguno. Pero quienquiera que haya escrito, la inspiración es un hecho, y no admite medidas variables. “Toda Escritura es inspirada por Dios”; y Dios es igualmente verdadero en todo tiempo y mediante todas las personas que utilizó para escribir o aun para hablar su Palabra. La posición del esquema judaico de que lo más bajo en la escala de lo inspirado debe atribuirse al Espíritu Santo, es ciertamente una posición monstruosa; pues el Espíritu Santo —como lo sabemos— es el agente divino en el hombre de toda inspiración divina, y Él no difiere de sí mismo.

     Tal, pues, es el oscuro foso de donde los judíos extrajeron su principal teoría sobre los libros del Antiguo Testamento. Esos hombres aún permanecen en la incredulidad por la cual las ramas fueron desgajadas del olivo de la promesa. Tal vez no pueda atribuirse ningún otro origen a las bajas y degradantes influencias que en nuestros días actúan para una mayor impiedad entre los cristianos profesantes. ¿Puede haber algo más humillante para aquel que ama a Cristo y a la Iglesia? ¡Qué importante es aferrarse a Dios y a la Palabra de su gracia! Esto —y en el fondo nada más que esto— es capaz de edificarnos (en vez de dejarnos expuestos a cualquier viento de doctrina) y también de darnos herencia entre todos los santificados. Es la verdad —la Palabra del Padre— la que santifica a Sus hijos. El error —todo error— corrompe. ¿Qué error más ponzoñoso puede haber —después de la heterodoxia sobre la Persona y la obra de Cristo— que deshonrar la Palabra de Dios: el principal medio para hacernos conocer la verdad divina? ¡Cuán inminente y trascendente es el peligro de corromper con humanitarismo las Escrituras!

 

 

 

EL ELEMENTO HUMANO

 

     Nadie duda de que la Escritura, sin excepción, posea un elemento humano. En ella, Dios habla y escribe de forma permanente al hombre y, por ende, en lenguaje humano; pues, de otra manera, sería ininteligible. Como regla general, se empleó el hebreo para el llamado Antiguo Testamento y el griego para el Nuevo. En seguida podemos advertir la sabiduría de Dios al escribir así al hombre por intermedio del propio hombre (salvo la solemne excepción de las dos tablas de piedra sobre las que Dios escribió directamente con su dedo; véase Deuteronomio 5:22; 9:10 y 10:4). Por un lado, la ley con toda su variedad de significado en el lenguaje de su antiguo pueblo, y, por el otro, el Evangelio con toda la plenitud de la gracia y la verdad en la principal lengua de los gentiles.

 

La inspiración trasciende las teorías mecánica y dinámica

 

     Sin embargo, Dios tuvo a bien hacer mucho más que emplear meramente el lenguaje humano. Él obró sobre el hombre y en el hombre con el objeto de realizar Sus propósitos. De modo que la teoría de una inspiración «mecánica» carece de fundamento, del mismo modo que el postulado de «dinámica» es frío e insuficiente. Los autores inspirados lo fueron por Su bondad, y son mucho más que Su simple pluma o siquiera Sus amanuenses, como ha sido propuesto. Dios, además de su lenguaje, utilizó sus mentes y sus afectos. En ciertas partes de la Escritura hubo efectivamente dictado, como en Sus promesas y en Sus amenazas, en Sus predicciones, Sus ordenanzas, estatutos y juicios. Vemos esto en la segunda mitad del Éxodo y en casi la totalidad del Levítico, en gran parte de los Números, y aun en otro tanto del Deuteronomio, de tan particular carácter. Lo mismo ocurrió con los profetas, quienes tuvieron que investigar, al igual que sus lectores, qué tiempo o qué suerte de tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, cuando daba testimonio de antemano de los padecimientos que pertenecían a Cristo y de las glorias después de éstos; “A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo” (1.ª Pedro 1:11-12).

 

El Espíritu Santo operó a través de dones para la edificación

 

     En los tiempos del Nuevo Testamento, tal como lo aprendemos de 1.ª Corintios 14, los hombres no debían hablar en lenguas sin que hubiese un don de interpretación. Si no había intérprete, los tales, aunque dotados del don de lenguas, debían permanecer en silencio en la asamblea, por cuanto todas las cosas debían ser hechas para edificación, pues, de lo contrario, el propio espíritu del hombre estaba sin fruto. Lo grandioso era hablar con el espíritu y también con el entendimiento. Por eso el apóstol daba gracias a Dios de que hablaba en lenguas más que todos ellos; pero en la asamblea él prefería hablar cinco palabras con su entendimiento, para instruir también a otros, que diez mil palabras en lengua. ¡Qué reproche a la puerilidad de los corintios tan embelesados con las manifestaciones de poder! ¡Qué fortalecimiento del santo amor que todo lo puede aprender y al que pueden ser animados!

     Todo esto, naturalmente, no era inspiración; pero aporta un principio para estimar de forma inteligente las variadas maneras que el Espíritu Santo adoptó también en esa obra de las lenguas. Tampoco alguien juicioso puede pasar por alto, por un lado, que cuando se trataba del poder de Dios que operaba de forma inequívoca y sobresaliente por medio de una lengua, ello estaba muy lejos de ocupar el lugar más elevado de la asamblea: sin la presencia de un intérprete, la lengua quedaba excluida, y no tenía más derecho per se a estar allí que el que tenía la operación de un milagro, el cual era una señal para los incrédulos, no para los creyentes. Por tal motivo, tanto las lenguas, los milagros y otros dones similares son clasificados juntos como los más bajos en la escala de estos dones divinos (1.ª Corintios 12 y 14). Por otro lado, la profecía tiene el mayor valor, pues el que ejercita este don habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación; edifica a la iglesia, algo que no puede hacer el que habla en lengua, a menos que hubiese juntamente también interpretación. Así, pues, Dios otorgó el mejor lugar cuando su Espíritu introdujo el claro elemento de provecho para los demás. Los poderes, aunque provengan claramente de Dios, están subordinados a la bendición, orden y amor espiritual.

 

La inspiración se sirve de toda la variedad del elemento humano que abunda en la Escritura

 

     Lo mismo ocurre con los frutos de la inspiración: la Palabra escrita en todas sus partes posee la misma autoridad divina. Todas son del Espíritu, y todas —en su lugar, y para el fin que cumplen— expresan la mente de Dios. La Escritura dice poco acerca del modo en que Dios obró en cada caso; pero lo poco que se dice muestra que no todos fueron favorecidos con el mismo grado de intimidad en cuanto a la manera, en tanto que se tomó la más absoluta precisión para afirmar que “toda Escritura es inspirada por Dios”. Algunos pueden exhibir simplicidad, otros majestad; unos son modelos de laconismo, otros son ricos y copiosos; unos están familiarizados con la vida humana, con sus dificultades, peligros, desengaños y trampas; otros se ocupan de los juicios de la conciencia y de los afectos hacia Dios. Asimismo también, unos son históricos (como el Génesis), pero con el trascendente objetivo de darnos el pensamiento de Dios y los principios de Su gobierno moral como no se hallan en ninguna otra parte. Y esto, evidentemente, no es sino una pequeña parte de su alcance, pues el Génesis incluye los gérmenes de prácticamente todo lo que Dios habrá de hacer hasta que el tiempo se funda en la eternidad, tal como es desarrollado en otra parte por los profetas. Otros, como los libros de los Reyes, son libros históricos que presentan la conducta de Sus gobernantes ungidos y de Su pueblo bajo la ley, donde hay episodios (raros en hombres de fe) de reyes, sacerdotes, profetas, y donde los caminos del hombre son consignados tal como eran, y por encima de él los caminos de Dios tal como ningún historiador terrenal lo relató ni lo pudo relatar jamás. 

En todo esto el elemento humano ocupa un lugar muy amplio; pero la inspiración hace que todo ello sea la Palabra de Dios, y por eso la Biblia es única.

    

El elemento humano en el libro de Job

 

     Tomemos un caso completamente diferente y un libro que no tiene nada que ver con Israel, aunque se encargó de resolver problemas individuales aplicables a ese pueblo. El libro de Job nos presenta a un hombre piadoso que fue atacado por el invisible adversario, y derribado de forma repentina desde su posición de honor y abundancia a una pérdida, desgracia y padecimiento personal tal como jamás se permitió a hombre alguno experimentar, más que por causas que parecían ordinarias. ¿Fue Dios indiferente? Al contrario (y para demostrar expresamente no sólo a Job sino a todos cuantos pudiesen ser puestos a prueba aquí abajo que Él es capaz de dominar justamente ahora al enemigo para bien de los Suyos) Él mismo fue quien dio inicio a las acciones mediante Su misericordioso reparo del santo ante los envidiosos y maliciosos oídos de Satanás. Job necesitaba juzgarse a sí mismo ante Dios como nunca lo había aprendido aún, e inclinarse ante Dios con confianza. La presión de sus amigos consigue lo que no pudieron hacer las crueles estratagemas de Satanás; y Job irrumpe en impaciencia, así como sus amigos en injustos juicios. Eliú interviene cuando quedan reducidos al silencio del enfado (pero Job permanece aún inquebrantable), y demuestra que si el mundo actual está lo más lejos posible de ser una manifestación segura del gobierno divino, Dios, no obstante, lleva adelante Su gobierno de las almas de una manera eficaz e infalible. Y Jehová mismo, en su majestad, pone fin a la controversia mediante una respuesta a Job que lo humilla en el polvo, aunque se presenta lleno de misericordia y de gracia. También avergüenza y censura a los amigos que se consideraban justos (y que estimaban a este hombre de dolores un hipócrita), los que ahora dependían de la intercesión de Job quien fue bendecido doblemente más al final que a sus comienzos. Aquí el elemento humano abunda de la más instructiva manera. Dios no aprobaba todo lo que Job decía, y menos aún lo que pronunciaban sus amigos con su orgullo y satisfacción propia, sin mencionar a Satanás y a la mujer de Job. Pero la inspiración nos da el relato completo en perfección, a fin de que sepamos en qué situación se hallaba cada uno de ellos, y para darnos el pensamiento de Dios y Su propósito desde el principio hasta el fin. Sólo Él pudo haber provisto el escenario, donde las ofrendas del sacrificio tenían su lugar apropiado y un gobierno justo regía a pesar de todas las apariencias en contrario.

 

Dios, en ocasiones, se adapta a la infancia de la humanidad

 

     El estilo de la historia también es notable. ¡Qué conmovedor es oír a Jehová en Génesis adaptándose a la infancia de la humanidad! “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día” (Génesis 2:18; 3:8). Oigamos también Sus reconvenciones cuando Adán y Eva pecaron, y cómo Su misericordia hacia el hombre se gloría frente al juicio en Su maldición de la Serpiente. Oigámoslo con Caín cuando éste alimentaba la ira que pronto habría de dar muerte a su santo y justo hermano, y aún después de ese impío asesinato. ¡Qué dolor aparece en Su corazón a causa de la raza humana en Génesis 6:5-7! ¡Con qué presteza vemos que reconoce el holocausto de Noé tras el diluvio, cuando dijo en Su corazón: “Nunca más habré de maldecir la tierra por causa del hombre”! ¡Qué cuidados tan grandes por la vida del hombre, sea quien fuere el que derramare su sangre! Y “estará el arco iris en las nubes, y lo veré” Nótese que Él lo mira, y no solamente el hombre desde aquí abajo. Compárese también Génesis 11:6-7; 18:20-21. Lo mismo vemos en relación con Su pueblo en Éxodo 2:23-29; 3:7-9 antes de su liberación de Egipto.

 

El elemento humano y el divino son perfectamente conciliados en la Escritura

 

     No se implica que esté faltando la majestad divina. Las palabras iniciales de la Biblia, simples, sublimes y absolutamente verdaderas, proclaman la mente inspiradora, lo mismo que las palabras de la obra del primer día que despertaron la admiración del pagano Longino. Pero “la filantropía” de Dios —tal como la llama el apóstol— no podía permanecer oculta desde el principio hasta el tiempo de su plena revelación; y esto no sólo en Sus obras y caminos, sino en Su Palabra. Sólo el más torpe de los lectores podría dejar de advertir las variedades de estilo que impregnan ambos Testamentos. Desde Moisés hasta Malaquías, cada lector preserva intactas sus particularidades; y ocurre exactamente lo mismo desde el Evangelio de Mateo hasta el Apocalipsis de Juan. Éste es un hecho patente, en presencia de otro hecho aún más maravilloso: un poderoso propósito que proviene de Alguien evidentemente divino, llevado a cabo en y por medio de muchos agentes diferentes con la más marcada diversidad de posición y caracteres, de tiempo y de lugar. Éste es precisamente el elemento humano, el cual es mantenido y gobernado por el divino; y  cuando vemos su admirable resultado en las Escrituras, el creyente siente que es absolutamente digno de Dios y que está lleno de gracia hacia el hombre. La dificultad, de hecho, ahora que conocemos este elemento humano como una realidad subsistente, estribaría en concebir alguna otra modalidad proveniente de Él que pudiera satisfacer Su mente y Su amor de esa manera. Sólo así el hombre es elevado moralmente y mejor iluminado; sólo así se asegura la gloria de Dios, mientras Su gracia tiene el más amplio alcance y ejercicio. Nosotros no tenemos nada que reconciliar: Dios lo ha hecho perfectamente en la Escritura. Nuestra parte es creer y ser bendecidos en una verdadera y viva comunión con el Bendecidor: una bendición imposible de alcanzar para el hombre, salvo en Cristo por medio de la Palabra y del Espíritu de Dios.

 

El Nuevo Testamento sella la veracidad del Antiguo, y en él el elemento humano brilla con su máximo esplendor

 

     Nuestro asombro aumenta sobremanera cuando recordamos la marcada y radical diferencia que existe entre los dos volúmenes —por llamarlos así— hebreo y griego: el primero se caracteriza por la ley y la tierra; el segundo, por el Evangelio y el cielo. No obstante, se trata del mismo Dios vivo y verdadero, sólo que ahora se revela en el Hijo encarnado, y mediante el Espíritu Santo enviado del cielo. Por eso el Nuevo Testamento adquiere un carácter humano aún más pronunciado y más profundo que el Antiguo Testamento. Porque no sólo el Hijo se hizo hombre —y jamás lo dejará de ser—, sino que por Su redención, el Espíritu Santo se digna morar en el creyente como nunca antes lo hizo ni lo pudo hacer, y actúa como Espíritu de comunión, y no meramente como Espíritu de profecía (Apocalipsis 19). La asamblea, o iglesia, además, es el templo de Dios, su morada en virtud del Espíritu, el cual habita allí. Además, al ser bautizada por Él, es el cuerpo de Cristo. En consecuencia, el elemento humano resplandece como nunca lo hizo en la antigüedad, con el más profundo interés y con la más rica interioridad de la gracia, y sólo en segundo lugar en importancia respecto del divino, porque en su perfección los conocemos y los tenemos a ambos en el Señor Jesucristo. Él es el verdadero Dios y la vida eterna (1.ª Juan 5:20); y esto lo tenemos en Él. Pero también somos “miembros de Su cuerpo”, pues “Él es la cabeza de la Iglesia” (Efesios 5:30; 23).

     Ahora bien, el Antiguo Testamento revela un estado de cosas bajo el reino de Dios completamente distinto del Evangelio y de la Iglesia, en donde no hay judío ni griego, esclavos ni libres, varón ni mujer, sino que todos son uno en Cristo Jesús (Gálatas 3:28). Mientras que, en la edad que ha de venir, Israel será restaurado y exaltado, y Sion habrá de tener el principal dominio, y todas las naciones habrán de ser bendecidas, y el mundo entero será puesto bajo el reinado de manifiesto poder y gloria, de Aquel que es a una el Mesías, el Hijo del hombre y Jehová. Y el Nuevo Testamento confirma el mismo porvenir bendito para la tierra y todas sus familias en aquel día; pero él sólo revela la porción celestial de los glorificados, y las bodas de la Iglesia con el Novio celestial, compartiendo la herencia juntamente con Aquel que es el Heredero de todas las cosas.

     Todo esto, por tanto, provee un fundamento y una ocasión inigualables para el elemento humano en los consejos y caminos de Dios, lo cual se ve asimismo reflejado en las inspiradas comunicaciones del Nuevo Testamento. Las Epístolas constituyen, pues, la forma apropiada en que Dios revela sus pensamientos y designios, así como el cristiano mismo es epístola de Cristo, lo mismo que del apóstol, conocida y leída por todos los hombres, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón (1.ª Corintios 3:2-3).

     Sin embargo, el Antiguo Testamento anunció la venida del Nuevo y la ruina del pueblo elegido a causa del rechazo del Mesías, lo que originó su necesaria caída, y abrió así el camino para la exaltación de Cristo en lo alto, para el llamamiento de los gentiles mediante el Evangelio y la formación de la Iglesia en unión con la Cabeza por el Espíritu venido del cielo. Por tal motivo también el nuevo volumen inspirado autentica la nueva obra que proseguirá hasta que el Señor venga, pero sella la veracidad del Antiguo Testamento, al cual reemplaza para el cristiano y la Iglesia. No obstante, asegura que la ley y los profetas habrán de cumplirse verdaderamente en el día que rápidamente se acerca, cuando Cristo no esté más oculto, sino que haya de aparecer para congregar en uno todas las cosas en Él, las que están en los cielos y las que están en la tierra.

 

El elemento humano es una expresión empleada por algunos para atribuir errores humanos a la Escritura

 

     Es evidente, pues, que, de una u otra forma, el elemento humano constituye una de las características de la inspiración; que es aún más «profético» en el Nuevo Testamento que en el Antiguo, y que es sólo secundario en interés e importancia respecto del divino. Mas es una expresión empleada por algunos para insinuar que la Escritura está expuesta a errores humanos en ciertos aspectos, por no decir en todos; así como los hombres se aprovechan de la Encarnación del Hijo de Dios para destruir y socavar la gloria personal de Cristo. Tal incredulidad, en ambos casos, es totalmente infundada e indigna. La Escritura es muy explícita en guardar a las almas de deshonrar al Hijo de Dios o a su Palabra de esa manera; y tanto más cuanto las apariencias dan pie a quienes buscan esta ocasión. Porque las Escrituras, al igual que el Señor Jesús, constituyen una gran prueba moral. Y aquellos que no desean la voluntad de Dios pueden en seguida encontrar motivos contra ambos en conformidad con esa voluntad que, según lo declara la Escritura, es “enemistad contra Dios” (Romanos 8:7). Atribuir defectos humanos a la Escritura es negar su divina inspiración.

     Veamos ahora algunos pasajes que se emplean a menudo para empañar la divina inspiración y resaltar la falibilidad humana:

 

1. La genealogía de Jesucristo según Mateo

 

     Como ejemplo importante para demostrar la incrédula cavilación, consideremos la genealogía que tenemos en el primer capítulo del Evangelio según Mateo. La pseudocrítica pretende que dicha genealogía sea una compilación de ignorancia y de error. A menudo se ha supuesto que Mateo simplemente adoptó el registro judío existente. Las lagunas que se dejaban en estas genealogías eran perfectamente entendidas y no causaban ninguna dificultad cuando no había dudas en cuanto a la línea de descendencia, ni daban ningún motivo valedero para una acusación de discrepancia con otras listas. Compárese Esdras 7:1-5 con 1.º Crónicas 6:1-15 para el linaje de Aarón (véanse las lagunas). El Espíritu Santo inspirador, aquí en Mateo, lo mismo que en otros lugares, tuvo libertad para hacer omisiones de acuerdo con la voluntad de Dios. Pero la genealogía del Evangelio según Mateo, posee características de un propósito que únicamente podemos hallar en las Escrituras. Ella comienza declarando al Señor como “hijo de David, hijo de Abraham”: los principios del reino —tal como Dios lo estableció para siempre— y de las promesas. Luego, desde Abraham hasta David, se presentan catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia otras catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta el nacimiento de Cristo, catorce generaciones más.

     Es consabido que se han omitido tres generaciones de las series intermedias. Nadie que sea sincero puede concebir que Mateo —cuyo Evangelio manifiesta una sobresaliente y profunda familiaridad con la ley, los Salmos y los profetas— no fuera perfectamente consciente de que entre Joram y Uzías se omitieran los nombres de Ocozías, Joás y Amasías. Ni siquiera un israelita sin ninguna luz podía ignorar un hecho tan patente. En consecuencia, dichas omisiones respondían a un propósito particular, y no se debieron de ninguna manera razonable a un descuido o confusión de parte de Mateo. Tenían por objeto ordenar la línea con no más de dos veces siete generaciones en cada una de sus tres secciones: La primera desde Abraham hasta David (el comienzo de la línea de la promesa hasta el rey elegido por Dios); la segunda abarca el transcurso del reino hasta su completa perversidad y humillación en Babilonia; y en la tercera división, vemos la fidelidad de Dios, a pesar de todo, para preservar la línea real hasta el Hijo de la virgen de acuerdo con la profecía. Puesto que algunos eslabones de la cadena tenían que ser omitidos para llevar a cabo este propósito, ¿quiénes mejor que estos tres descendientes del advenedizo y asesino Atalía podían ser omitidos? Los judíos mismos bien pudieron haber hecho esto en algunos de sus registros, sin ser ignorantes, seguramente, de lo que hacían, pero con un motivo moral. Si esto fue así o no, no lo podemos asegurar, ya que los registros se perdieron cuando Jerusalén fue destruida. Pero la omisión es clara para este fin particular y hasta el punto de dejar los eslabones de interés para catorce generaciones. Al margen de cuál haya sido el motivo del escritor, el hecho subsiste ante todo; y el carácter del Evangelio refuta por completo la imputación de que ello se haya podido deber a una falta de cuidado, inteligencia y honestidad. Si Mateo fue inspirado para presentar la genealogía, es imposible que Dios pudiese mentir o errar.

     Pero la prueba del propósito divino en esta genealogía aparece también en otros aspectos. ¡No podemos imaginar a alguien que por razones puramente humanas haya sido capaz de seleccionar a mujeres tales como las que se mencionan al principio de la cadena! ¡No es posible imaginar a un judío que por propia elección insertara sólo a éstas en su genealogía del Mesías! ¡No se mencionan mujeres de renombre para los judíos en el linaje del Mesías tales como Sara, Rebeca, Lea o Raquel; sino que “Judá engendró de Tamar a Farez y a Zara”! Por cierto que no se puede atribuir a ningún accidente el traer a la luz del Nuevo Testamento una historia tan escandalosa, corriendo el riesgo de deshonrar al Mesías. Y ¿es “según la costumbre de los hombres” proclamar el hecho de que “Salomón engendró de Rahab a Booz”; o de que “Booz engendró de Rut a Obed” (Mateo 1:5)? Y cuando descendemos hasta “el rey David”, ¿qué puede uno decir al recordar la principal vergüenza que mancilló su vida: “David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías”? ¡Una mujer incestuosa, otra prostituta, otra moabita y, para finalizar, una adúltera! ¡Nunca se vio una elección semejante, y frente a tantas mujeres admirables y santas que fueron obviadas!

     No; resulta increíble que un sacerdote o escriba haya alguna vez emitido como documento legal semejante registro genealógico. Además, no se puede concebir que el mismo Mateo haya alguna vez pensado hacerlo o se haya atrevido a hacerlo sin el poder del Espíritu inspirador que operara en él para ese fin. Ello a primera vista es lo más opuesto que pueda haber a todo instinto natural. Nada puede explicarlo excepto el directo y profundo propósito de Dios, quien tuvo a bien revelarnos a nosotros las profundidades del pecado que abundó entre los ancestros del Mesías, calma pero expresamente señalados, a fin de que veamos en Su redención, la gran verdad de que “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia por Cristo para gloria de Dios”. Mas si el Espíritu Santo es el verdadero autor, y el resultado es la Palabra de Dios, ¿quiénes y qué son aquellos que prueban ventura en sus despreciables e impías críticas?

     Nuevamente, el mismo espíritu de incredulidad objeta la genealogía de Mateo con el argumento de que es de la línea de José; ¡mientras que la que ellos quieren es la de María! Aquí se pone de manifiesto una extrema ignorancia; pues para satisfacer a un judío inteligente, era necesario que la genealogía descendiese de Salomón, y ello era posible sólo a través de José. Si nuestro Señor no hubiese heredado legalmente su título —su derecho al trono de David—, no habría podido ser el Hijo de David en la línea directa real. Y precisamente a Mateo le correspondía demostrar que Jesús, sin ninguna duda, era el Heredero desde Salomón, cuya sucesión fue confirmada por Jehová con juramento: el verdadero y esperado Hijo de David, el que era el Señor de David, pero nacido de la virgen, lo que lo distinguía de todos los demás; Emanuel, aunque Jehová, el que salvaría a su pueblo de sus pecados.

     La genealogía de Lucas, por otro lado —la cual es algo completamente erróneo considerarla como la genealogía de José, ya que puede demostrarse que es la genealogía de María[4]  — era esencial como prueba de que nuestro Señor era Hijo de María, no de forma legal sino real. Jesús era Hijo de Dios e Hijo del Hombre en una sola Persona: “Luz para revelación de los gentiles, así como gloria del pueblo de Dios, Israel” tal como lo ilustra todo este Evangelio. Él era verdaderamente hombre ¿cómo sino habría alcanzado a la humanidad toda, o aun a Israel, como Salvador? También era verdaderamente Dios: de lo contrario nunca se hubiera revelado adecuadamente en Su vida, ni servido eficazmente en Su sangre expiatoria y en su muerte, como lo testifican todos los evangelios, y sobre todo el de Juan. Así, pues, conforme a la ley, Cristo era el heredero de José; mientras que tanto natural como sobrenaturalmente era Hijo de María; y sobre todo era el Unigénito Hijo de Dios por la eternidad. Este último carácter lo señala Juan, quien no presenta ninguna genealogía terrenal al igual que Marcos, aunque por una razón totalmente diferente: Juan presenta a Jesús como Dios, por lo que está muy lejos de una genealogía; Marcos, en cambio, presenta a Jesús como el Siervo de Dios que satisface todas las necesidades del hombre, entre las cuales nadie busca una genealogía.

 

2. Los Evangelios Sinópticos comparados

 

     El siguiente caso que podemos revisar aquí es el que se refiere a la inextricable dificultad que han hallado algunos críticos al comparar los Evangelios Sinópticos, y sobre todo al partir de la suposición de que los escritores que se sucedieron unos a otros tuvieron a su disposición el Evangelio o los Evangelios que les precedieron. La conclusión a la que llegan es que los evangelistas tuvieron una tradición oral o enseñanza común, mientras que cada uno fue dejado en libertad para relatar su propia historia con todas las modificaciones propias de la debilidad humana, sin faltar también veracidad. Permítaseme citar al difunto deán Alford a modo de ejemplo de la teoría postulada, la que para él era no sólo algo típico, sino particularmente claro e innegable por sus frecuentes alusiones a ello.

 

«Las verdaderas discrepancias entre nuestras historias evangelísticas son muy pocas, y éstas casi todas del mismo tipo. Son simplemente el resultado de la entera independencia de los relatos. Principalmente consisten en diferentes ordenamientos cronológicos expresados o implicados. Un ejemplo de ello lo constituye la transposición antes observada de la historia del paso por el país de los gadarenos, que en Mateo 8:28 y siguientes precede a toda una serie de eventos que en Marcos 5:1 y sig. y en Lucas 8:26 y sig. están a continuación. Tal es, de nuevo, la diferencia de posición entre el par de incidentes relatados en Mateo 8:19-22 y el mismo par de incidentes que hallamos en Lucas 9:57-60.»[5]

 

     Él presenta todas estas cosas como «verdaderas discrepancias», lamentándose, por un lado, de que haya enemigos que quieran destruir la verdad valiéndose de ellas, y, por otro, de los ortodoxos que pretenden armonizarlo todo a costa de la hermosura y naturalidad comunes.

     Ahora bien, ¿a qué se debe que un hombre que amó sinceramente al Señor y a su Palabra se haya sentido impulsado a tan desdichado dilema?: A que él dejó de sostener con resolución y firmeza que “toda Escritura es inspirada por Dios”, y permitió, fuera de este principio, la idea de que los escritores, “conjuntamente con otros, fueron abandonados a la guía de sus facultades naturales”. Pero esto no es inspiración divina. No está a la altura de la graciable guía del Espíritu Santo que todo cristiano busca o debería buscar cada día. Si Alford hubiese limitado sus ideas a la «mucha variedad» —es decir, a las discrepancias en puntos de menor importancia— no habría podido resistir las demandas de otros que lo aplican a cualquiera o a toda declaración, aunque sea de la mayor importancia. El deán, pues, abandona el inquebrantable principio que la fe halla en la divina inspiración de “toda Escritura”.

     ¿Puede haber un obstáculo más insuperable que impida que los diferentes ordenamientos, que son igualmente inspirados, hayan de ser recibidos implícitamente como la Palabra de Dios y como absolutamente verdaderos? ¿Por qué atribuir tales diferencias de orden entre los Evangelios a la debilidad humana? ¿Por qué no hacerlo a la sabiduría de Dios? Uno puede simpatizar con un creyente que dice: «Aquí hay una dificultad para la cual no encuentro solución; por eso esperaré, mientras investigo con oración, en Aquel que lo dio por su Espíritu para mi consuelo e instrucción.» Por lo tanto, como estoy seguro de que todo es absoluta e igualmente verdadero, espero aún (si a Él le place) que la aparente discrepancia quede aclarada, tal vez por mi propia lectura o quizás más probablemente por medio de otro creyente. Pues somos miembros los unos de los otros, y por eso al Espíritu le agrada ayudar. Lejos esté de mí hacer culpable a la Palabra de Dios de lo que es mera culpa de mi propio abandono espiritual. En este caso, más allá de pretender bajo ningún concepto el poder del Espíritu para enfrentar toda cuestión difícil o para responder todas las objeciones posibles, permítaseme decir que la clave principal la constituye el propósito especial de cada Evangelio (el cual puede ser distinguido, por gracia, a partir de sus propios contenidos).

     Mateo a menudo fue guiado por Dios a apartarse del mero orden de los acontecimientos a fin de dar lugar al más profundo propósito del Espíritu de presentar el cambio dispensacional que tuvo lugar a partir de la presencia del Mesías-Jehová y de su rechazo por parte de los judíos. Lucas fue guiado a actuar de forma similar al presentar los principios morales que brillaban en las palabras y en los caminos de Cristo como el Santo nacido de mujer, el Hijo de Dios, el Hombre entre los hombres en la tierra. La cronología en estos casos quedó subordinada y eclipsada ante el objetivo de mayor peso que tenía el Espíritu Santo. En ocasiones ordinarias fue preservada, y podemos comprobarlo invariablemente en los evangelios de Marcos y de Juan, en los cuales el propósito divino no interfiere con el simple orden de los acontecimientos.

     Mateo 8 comienza primero con el leproso judío sanado; luego sigue con la sanación del siervo del centurión. Sin embargo, el episodio del leproso tuvo lugar antes que el Señor subiese a la montaña en los capítulos 5, 6 y 7, como lo podemos comprobar al comparar Marcos 1. El siervo del centurión no fue sanado hasta que el Señor descendió de la montaña. Vemos también que la suegra de Pedro recuperó sus fuerzas después de la fiebre, y naturalmente también la multitud de enfermos y poseídos fue restaurada después de la puesta del sol de ese mismo sábado, como lo demuestra sin ninguna duda el mismo capítulo de Marcos. Pues en su Evangelio, se especifica el día y se guarda el orden de los acontecimientos; lo que no es así en la porción de Mateo que estamos examinando, en donde solamente tenemos “y”, “y”, “y”, sin ninguna fijación de tiempo, excepto al relacionar los versículos 16 y 17 con los versículos 14 y 15. Además, queda perfectamente claro a partir de Marcos 4:35 que el paso a través del lago y la tempestad que obedeció la reprensión del Señor tuvieron lugar a la noche del día que el Señor profirió las grandes parábolas de Mateo 13, y que los dos endemoniados fueron liberados en la otra orilla después de esto, siendo Marcos y Lucas inspirados a tratar más detenidamente el caso más desesperante de Legión. No hay siquiera una sombra de discrepancia; por cuanto Mateo declara los hechos sin referencia alguna de tiempo, y lo hace en el orden apropiado para presentar un despliegue del poder del Señor en un detallado testimonio sobre la tierra que muestra el cambio dispensacional que era inminente. Marcos los presenta en el orden que sucedieron en el ministerio del Señor; lo cual nos permite ver cuánto se apresuran aquellos que quieren poner un relato en contra del otro. El propósito del Espíritu explica cada uno de ellos y todos.

     Podemos agregar que Lucas 9 parece indicar que «el par de incidentes» que ilustran la posición de Cristo en Marcos 8 ocurrió históricamente después de la transfiguración presentada en el capítulo 17 de Mateo. Por esa razón no tenemos ninguna referencia al tiempo en el primer Evangelio. Esto destruye todas las razones para la acusación de «verdaderas discrepancias». Es indigno de un creyente que algo de esa naturaleza resulte en un injustificable insulto a la Escritura, debido al propio apresuramiento e ignorancia.

 

3. El prefacio del Evangelio según Lucas

 

     Hay un pasaje al que aluden continuamente aquellos que sostienen que la misma Escritura niega su propio carácter divino y que lo único que pretende es una simple diligencia en el uso de medios humanos para arribar a la historia auténtica. Se trata del bien conocido prefacio al Evangelio según Lucas. ¿Acaso justifica semejante conjetura? ¿Acaso contradice aunque sea en lo más mínimo a 2.ª Timoteo 3:16? ¿No es un Evangelio tan plenamente inspirado como una Epístola? ¿Acaso no son ambos Palabra de Dios por igual? Y la Palabra de Dios ¿no es acaso inspirada tanto de hecho como de nombre?

     “Puesto que muchos tomaron entre manos publicar un relato acerca de los asuntos que están plenamente establecidos (o creídos) entre nosotros, conforme nos entregaron los que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, pareció bien también a mí, habiendo seguido con exactitud todas las cosas desde el principio, escribirte con orden, excelentísimo Teófilo, para que conozcas plenamente la certidumbre acerca de las cosas (o palabras) en las cuales fuiste instruido” (Lucas 1:1-4, versión del autor).

     ¿Acaso puede haber un testimonio más sorprendente de un propósito divino y de un carácter especial? Este Evangelio, más que cualquier otro, desarrolla los caminos y las palabras del “hombre Cristo Jesús quien se dio a sí mismo en rescate por todos” (1.ª Timoteo 2:6), y no del Mesías rechazado por los judíos ni del Siervo para las necesidades del hombre y especialmente del Evangelio, ni tampoco del Verbo divino hecho carne, el Unigénito Hijo. En el evangelio según Lucas, Jesús es presentado de forma preeminente como el Hijo del Hombre entre los hombres, y por eso su linaje desciende hasta Adán, aunque se demuestra asimismo con cuidado que es el Hijo de Dios como ningún otro. Aquí podemos apreciar la hermosa reseña no sólo del niño recién nacido, sino de su juventud. También tenemos el sábado en la sinagoga de Nazaret, donde Él leyó la primera parte de Isaías 61, cerrando el libro (o el rollo) exactamente donde tuvo cumplimiento ese día. Frente a las expresiones de incredulidad de los israelitas, Él les recordó el largo período de hambre que padecieron cuando la gracia de Dios alcanzó a la viuda de Sarepta gentil, y acerca del sirio que fue limpiado cuando hubo muchos leprosos en Israel.

     Es en este Evangelio donde aprendemos más que en cualquier otro lado acerca de la oración del Señor. Sólo aquí encontramos a la viuda de Naín quien le dio a su único hijo, el que fue resucitado del lecho de muerte y devuelto a su madre. Aquí se consigna la conmovedora historia de la mujer arrepentida en la casa de Simón el fariseo, perdonada, salvada y en paz. Aquí leemos respecto a muchas mujeres bendecidas de diversas maneras a las cuales Jesús les permitió que le ministrasen de sus bienes. En este evangelio se nos dice que Juan y Jacobo fueron reprendidos debido a su falta de gracia hacia ciertos samaritanos. Aquí encontramos la misión de los setenta y el llamado del Señor a gozarse en los privilegios celestiales antes que en el poder sobre el enemigo. Aquí el Señor enseña Quién es mi prójimo mediante el buen samaritano. Aquí se anuncia la buena parte de María a la ansiosa y bulliciosa Marta. Aquí el rico insensato es puesto al descubierto con el objeto de reprochar a aquellos que querían hacer de Cristo un partidor de herencias. Aquí la actitud de esperar al Señor se presenta como superior al hecho de trabajar para él, aunque los suyos son llamados a ambas cosas.

     Aquí a los hombres que parlotean de juicios se les advierte que si no se arrepienten, todos perecerán igualmente. Aquí se nos presenta la gran cena, y el desprecio del hombre por la bondad de Dios que lo convida. Aquí vemos las parábolas combinadas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo, y también el amor y el gozo del Padre para salvación. Aquí nos encontramos con los prudentes que lo sacrifican todo en vista del futuro. Aquí la luz de lo invisible nos muestra a Lázaro cambiando la más extrema pobreza de la tierra por el seno de Abraham, y al hombre rico su suntuosa comodidad por tormentos indescriptibles. Aquí el recaudador de impuestos es justificado antes que el fariseo que confiaba en sí mismo. Aquí el Hijo del Hombre trae la salvación al rico Zaqueo. Y aquí mismo, más adelante, los gozosos discípulos alaban a Dios diciendo: “¡Paz en el cielo, y gloria en las alturas!”, así como al principio las huestes celestiales atribuyeron “gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”. Sólo en Lucas tenemos la conmovedora seguridad de la negación de Simón Pedro, de su restauración mediante la intercesión del Señor y de su subsiguiente confirmación de sus hermanos. Únicamente aquí leemos acerca del ángel que apareció para fortalecer a Cristo y de Su sudor de sangre. Aquí vemos a las hijas de Jerusalén puestas sobre aviso; sólo aquí tenemos al ladrón convertido que estuvo con Él en el Paraíso ese día. Aquí, al final, tenemos la caminata del Jesús resucitado a Emaús. Aquí tenemos la predicación del Evangelio a todas las naciones, el arrepentimiento y la remisión de pecados en Su nombre, comenzando con Jerusalén. Y aquí vemos la ascensión del Señor desde Betania al cielo entretanto bendecía a los suyos en la tierra.

     Así, pues, tenemos distintos hechos y palabras que indican un propósito definido y, sin duda, un propósito mucho más profundo que la mente de Lucas, aunque Dios obró poderosamente en sus afectos y en su entendimiento, tal como lo hizo en cada uno de los hombres inspirados. Pero a Lucas particularmente le fue confiada la tarea de seguir a Cristo moralmente y en Su gracia hacia los hombres de forma universal. Por tal motivo, su prefacio exhala el aroma de ese propósito; y él menciona los motivos que le animaron a escribir a otro condiscípulo, en lugar de emprender su tarea sin hacer ninguna mención acerca de sí mismo ni de Teófilo. El elemento humano está, pues, aquí en su apogeo como a lo largo de todo el evangelio. Éste es precisamente el carácter especial con que Dios tuvo a bien investir al médico amado —quien es distinguido junto con otros de los de la circuncisión en Colosenses 4— a quien utilizó para escribir a un joven cristiano que era gentil. Por eso este evangelio, aunque comienza con “al judío primeramente” —al igual que el apóstol Pablo—, rápidamente se desliga de las trabas judaicas, y revela en el Salvador lo que Dios es en gracia para el hombre.

     Esto es precisamente lo que ocurre con el prefacio, la introducción y la dedicación a Teófilo con su título gentil. Lucas, antes que comparar su relato de nuestro Señor con la composición de los demás, más bien lo contrasta. Si los “muchos” que emprendieron la tarea la hubieran llevado a cabo con la certeza que se requería, no habría habido ninguna necesidad de él. Pues los otros habrían emitido sus informes, de acuerdo con la tradición de aquellos que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra. Tampoco Lucas los censura ni a ellos ni a sus relatos. Pero también a él le pareció bien, habiendo seguido todo con exactitud desde el principio, escribir de una manera ordenada para que Teófilo conociese la certeza acerca de las cosas en que fue instruido.

     Lucas no nos relata de qué manera obtuvo su pleno y exacto conocimiento de toda esta historia de infinito interés e importancia, como tampoco lo hizo ninguno de los escritores inspirados. Pero él abre su mente y su corazón de una manera que le es peculiar, aunque en perfecta armonía con el Evangelio en todas sus partes, de modo de llevar el sello del Espíritu Santo que opera en él sin errores para ese objetivo. “Toda Escritura es inspirada por Dios”, y el Evangelio de Lucas no constituye ninguna excepción. Mas si los benignos y piadosos motivos del escritor aparecen en el prefacio de una manera inusitada, también se hace evidente la absurdidad y superflua estrechez de los críticos al pervertir ese hecho, hermosamente característico, con el fin de rebajar la divina autoridad de este libro de la Escritura que fue escrito por su intermedio. Al contrario, esto constituye una prueba adicional y poderosa, entre paréntesis, de cómo Dios le inspiró para llevar a cabo la tarea de una manera que escapa a las capacidades del hombre, el cual falla incluso en verla una vez hecha.

     Tampoco hay fundamento alguno, como puede señalarse aquí, para sostener que Lucas diga que derivó sus conocimientos de lo que fue entregado por otra gente, como lo hicieron los que emprendieron los relatos mencionados, los que evidentemente no fueron los evangelios que poseemos. Lucas, al igual que los demás evangelistas, escribió su evangelio con pleno conocimiento de su exactitud. Pero no era lo usual que los hombres inspirados hablasen de ese divino poder que los facultó, a cada uno y a todos, para comunicar la verdad mediante palabras enseñadas por el Espíritu Santo. La verdad brilla en su propia luz, y no precisa de ninguna vela humana para ser vista. Es la luz que proviene de Dios, si bien el ciego es incapaz de verla, pues solamente el benigno poder de Dios puede abrir sus ojos.

 

4. 1.ª Corintios 7

 

     1.ª Corintios 7 ha sido citado con demasiada confianza por ir aún más lejos, y ¡por contradecir la inspiración! Si esto fuera cierto resultaría extraño, ya que la epístola a los Corintios no sólo constituye una de las comunicaciones más importantes del Nuevo Testamento, sino que comienza expresamente con la reivindicación que hace el autor de su autoridad apostólica. Por eso constituye una de esas epístolas que el apóstol Pedro clasifica entre las “Escrituras” (2.ª Pedro 3:15-16). No obstante, puesto que esto se alega para probar que los apóstoles «a veces admiten francamente que no están hablando por inspiración», nos vemos obligados a refutar esa perversión.

     Cualquier deducción de esa índole inferida del v. 6 es absolutamente infundada: “Mas esto digo por vía de concesión, no por mandamiento.” Lo que quiere significar el apóstol es que lo que dice aquí no es en carácter de mandamiento, sino como concesión. No impone ninguna obligación a los santos con respecto al consejo dado en el v. 5, sino que es algo que les recomienda. Fue inspirado para hablar así. El error estriba en el sentido del permiso que el Señor le dio para escribir, por lo cual él quiere decir que no se trataba de una obligación para ellos, sino que era algo para su discreción delante del Señor. Compárese 2.ª Corintios 8:8.

     El versículo 10 también es aducido e igualmente mal comprendido: “Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido.” Los racionalistas, a partir de estas palabras, pretenden hacer una distinción entre inspirado y no inspirado. En tanto que el apóstol está llamando la atención al hecho de que el Señor mismo había resuelto personalmente esta cuestión, y por eso ahora tal cosa no fue dejada en manos de Su siervo (véase Mateo 19:6 y Marcos 10:12). Esto se torna notablemente claro en el v. 12: “Y a los demás yo digo, no el Señor.” Pues el caso que ahora se planteaba, no había sido reglamentado por el Señor, como puede advertirse en los evangelios. Por lo tanto, el apóstol, por el Espíritu Santo, resuelve el caso en virtud de la autoridad que le fue conferida. Pero ello tenía que provenir —y de hecho era así— del Señor, aunque Él mismo no lo haya decidido personalmente. El problema se originó a raíz de los matrimonios mixtos (la unión de un creyente con un incrédulo) que surgían a medida que el Evangelio se difundía. Luego, conforme al Antiguo Testamento, el judío estaba obligado a abandonar al cónyuge gentil. El apóstol, en contraste, muestra que ahora interviene la gracia; por lo que, si un hermano tiene una esposa inconversa y ella consiente en habitar con él, él no la ha de dejar; y la mujer que tiene un marido incrédulo que consiente en habitar con ella, no debe dejar al marido. Aquí, pues, por no decir en todo lugar, se requería la autoridad divina de una manera absoluta. ¿Sería posible, pues, que esta determinación no fuese nada más que el «elemento humano»?

     El mismo hecho de que el Señor, cuando estuvo en la tierra, no se haya referido a esta situación, hacía resaltar aún más la autoridad del apóstol, el cual, bajo el Evangelio, reemplaza lo que la ley demandaba de un hombre o de una mujer judía en circunstancias análogas a las de antaño. Dios ya no reconoce más la debilidad o los acuerdos parciales de la ley. Ahora reina la gracia. La verdad es pronunciada conforme al Dios plenamente revelado; y el apóstol —no el Señor en persona— era aquí el portavoz, del mismo modo que la Epístola es la comunicación inspirada a fin de que la tengamos aquí en forma viva, tal como tuvimos la otra para nuestra guía permanente en los evangelios. Está claro, pues, que a duras penas cabe la posibilidad de que exista una refutación más convincente de la pretensión racionalista que el verdadero poder de los v. 10 y 12 que tenemos ante nosotros. No solamente que aquí no existe la más remota intención de rebajar el carácter y el peso de lo que el apóstol escribe, en comparación con el Señor, sino que el pasaje pone de manifiesto, de una manera singularmente sorprendente, la autoridad conferida al apóstol en consonancia con la libertad del Evangelio para remover las trabas impuestas por la ley sobre el antiguo pueblo de Dios cuando se contraía matrimonio con gentiles. No fue el Señor cuando estuvo en la tierra, sino Pablo quien ahora, por su autoridad derivada del cielo, abroga las restricciones judaicas, las cuales, sin esta palabra apostólica, seguramente habrían entorpecido la cuestión e impedido la voluntad del Señor en la Iglesia. “Esto ordeno en todas las iglesias” (v. 17). ¿Puede haber otra prueba más poderosa?

     Hay todavía otra situación, no con respecto a la conducta mutua de los creyentes en el estado marital, ni tampoco acerca de la condición mixta de los cónyuges (un matrimonio constituido por un creyente y un incrédulo), sino respecto de las vírgenes o de los solteros en lo que resta del capítulo. Aquí el apóstol declara que no tiene mandamiento del Señor, sino que da su juicio, como quien recibió misericordia del Señor para ser fiel (v. 25), concluyendo con las siguientes palabras al final: “Y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios” (v. 40).

     Aquí también es igualmente absurdo suponer que el apóstol transmita una sola palabra que derogue su propia autoridad apostólica. Pero este último caso constituye un interesante ejemplo de lo que muchos dejaron de ver en los caminos de Dios con respecto a su Palabra. Todo lo que está escrito allí es inspirado, tanto la última parte del capítulo como la primera. Pero así como el apóstol había mostrado en la primera parte que el Señor había establecido los principios generales del matrimonio, y él mismo había resuelto el caso especial de los matrimonios mixtos, así también aquí, en la última parte del capítulo, fue inspirado a dar a los solteros no un mandamiento del Señor, sino su propio juicio. Con toda seguridad el apóstol fue facultado a formarlo y a expresarlo, si alguna vez algún hombre pudo hacerlo. No obstante, la intención de Dios al inspirar de esta manera al apóstol era distinguir este caso particular de un mandamiento del Señor, lo cual, en todos los demás asuntos irrestrictos, declara que lo que escribía era tal (cap. 14:37).

     Por lo tanto, en la Escritura, como regla, tenemos “los mandamientos del Señor”. Pero lo que tenemos aquí es lo que la inspiración distingue cuidadosamente como un claro juicio espiritual dado como tal por el fiel apóstol a los fieles para su provecho y guía. Por el propósito de Dios, dicho juicio no fue impuesto inflexiblemente sobre la conciencia, sino presentado a los santos con el excepcional valor de uno que trabajó más que cualquier otro en el Evangelio; de uno que reveló la naturaleza, el carácter y la esperanza de la Iglesia como ningún otro, ni siquiera apóstol, lo hizo. La incredulidad de los racionalistas quisiera hacer de toda la Escritura lo que constituye el carácter de este excepcional pasaje: no el mandamiento del Señor, sino la santa opinión que un eminentísimo siervo del Señor da de una importante cuestión que atañe a la práctica cristiana, y que nos fue transmitida a nosotros. Ellos solamente no alcanzan a ver que la inspiración admite un juicio piadoso encomendado a nuestra consideración, del mismo modo que admite las palabras de hombres mundanos y perversos, y aun de Satanás mismo, casos todos éstos que ninguna persona juiciosa supondría que fuesen los “mandamientos del Señor”. Pero todas esas palabras son inspiradas por Dios de igual manera, por el hecho de ser «Escritura», pues “toda Escritura es divinamente inspirada”. Ahora bien, la naturaleza del caso determina que el registro de consejos perversos o de seres perversos no puedan ser los mandamientos del Señor. Por eso el apóstol claramente exceptúa de la categoría lo que pronuncia de su propio juicio espiritual. En este caso, sería perverso no recibirlo como tal. Y peor todavía sería negar que lo que escribió sin ninguna restricción semejante son los mandamientos del Señor. La excepción confirma la regla. Pablo discrimina su juicio en este caso particular para que sea lo que realmente es, y lo que Dios destinó que fuese. Todo lo demás es el mandamiento del Señor. Pero aun un juicio caracterizado de esta manera como el suyo es Escritura, y “toda Escritura es inspirada por Dios”.

 

5. 1.ª Timoteo 5:23 y 2.ª Timoteo 4:13

 

     Estos dos versículos constituyen un preciso ejemplo de textos que la incredulidad considera indignos de inspiración divina. Será de interés y provecho considerar, en nuestra medida como creyentes, por qué Dios tuvo a bien darle a cada uno de ellos un lugar en su Palabra. Para los neocríticos, detalles vulgares como éstos, que faltan por completo en el elemento teológico, parecen estar por debajo de la operación del Espíritu Santo para una utilidad permanente.

     Se notará que ambos versículos se encuentran en las Epístolas Pastorales, y en las dos dirigidas por el apóstol Pablo al consiervo hacia quien tenía el más profundo afecto. La epístola a Tito no tiene esas comunicaciones tan afectuosas y familiares, y ello estaba a tono con su carácter. Asimismo existe una ligera diferencia con la epístola a Filemón, lo cual es de una exquisita belleza moral en su lugar. Todas estas epístolas son de sumo valor para la instrucción o preparación en justicia que Dios se propuso dar por medio de estas Escrituras. Cada una de ellas, en variadas formas, ilustran el poder del Espíritu Santo que mora y obra en el hombre y también en su propio cuerpo que ahora es hecho miembro de Cristo y templo del Espíritu Santo que está en él y que tiene de Dios (1.ª Corintios 6:15). Él ya no es suyo, sino que fue comprado con un precio, y por ello ha de glorificar a Dios en su cuerpo. Esto, entre paréntesis, que parece extraño y de bajo nivel a los ojos naturales o filosóficos, llevó a la temprana corrupción del texto mediante la adición de las palabras «y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1.ª Corintios 6:20). Pero no cabe la menor duda de que en el texto genuino estas últimas palabras están omitidas, lo cual se halla ampliamente atestiguado por los mejores manuscritos, la mayoría de las versiones antiguas y otros excelentes testigos. Tampoco debemos abrigar ninguna duda acerca de la doctrina general del cuerpo del creyente, el cual ahora es para Dios, tal como lo reclama la Escritura (Romanos 5:12, 13, 19; 12:1; 2.ª Corintios 4:7, 10, 11; Filipenses 1:20). Pretender la santidad de espíritu a la vez que se le otorga licencia al cuerpo, no fue ninguna particularidad de los paganos ni de los gnósticos. La Escritura no da cabida alguna para semejante antinomianismo. El cuerpo es para el Señor, y en él mora el Espíritu Santo. Dios es sabio. El hombre no puede mejorar la Escritura, pero le ocasiona daños a través de sus agregados y correcciones.

     Lo que tenemos ahora es el don, el don del Espíritu dado en Pentecostés, el cual comunica su carácter distintivo a la inspiración del Nuevo Testamento. Esto se expone en las Epístolas, las que siguen minuciosamente el infinito hecho del Hijo de Dios que revela al Padre y que cumple la redención, que propaga el Evangelio y edifica la Iglesia, tal como lo relatan los evangelios. Hubiese sido realmente extraordinario si al elemento humano no se le hubiese otorgado un lugar nuevo y más rico que nunca, precisamente cuando Dios se estaba dando a conocer plenamente a sí mismo y había realizado esa obra en que fue perfectamente glorificado. Cristo constituye la clave y la perfecta manifestación de ambos, lo cual no habría sido posible si no hubiese sido verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, y si no se hubiese manifestado como tal.

     Tomemos la epístola a los Romanos. Allí el apóstol desarrolla de forma elaborada la justicia de Dios frente a la probada injusticia del hombre, así como el andar santo —la práctica cristiana— al cual es llamado el cristiano. Sin embargo, desde este inmenso ámbito de verdad y gracia divinas, el último capítulo se vuelve hacia las más conmovedoras salutaciones de amor con tan cordial interés individual en cada una de ellas, que no tienen parangón. Y ello se torna más sorprendente aún si consideramos que la epístola a los Romanos fue escrita a todos los santos de la metrópoli del mundo, a la cual el apóstol todavía no había visitado. No obstante, en su epístola los sentimientos del apóstol lo movieron a entrar en detalles característicos del servicio de los santos, muchos de los cuales eran hombres y mujeres humildes, honrados y amados a causa del nombre de Cristo por aquel que era tanto Su mayor servidor como el que mayores cosas padeció por amor a Su nombre. ¿No era esto algo verdaderamente divino? No obstante, ¿en qué otra parte resalta más el elemento humano? Esta porción final de Romanos es igualmente la Palabra de Dios, sobre la cual alguien bien ha dicho: «Nada es demasiado grande para el hombre, nada demasiado pequeño para Dios.» Así como Él se permite tales cosas, también obra eficazmente en Cristo y por medio de Su Espíritu.

     No vemos variación alguna en las cartas confidenciales que el apóstol dirigió a su verdadero y amado hijo en la fe. El mandamiento de mayor peso se le imparte a Timoteo en la primera epístola, no sólo con respecto al orden piadoso, sino también a la verdad fundamental, pero también junto con instrucciones para tomar decisiones apropiadas en su posición pública y con afectuosa solicitud por su salud corporal y sus frecuentes enfermedades. Lo mismo vemos en medio de los peligros aún más solemnes que contempla la segunda epístola, sumado al hecho de la pronta partida del apóstol. Los afectuosos cuidados de Timoteo respecto de lo que el apóstol quería en ese tiempo es algo plenamente tenido en cuenta, como el amor siempre lo hace (2.ª Timoteo 4:13). Tales episodios estarían sin duda fuera de lugar en las órdenes impartidas por un obispo o en una encíclica papal; mas ellos ponen de manifiesto de forma admirable el clima totalmente diferente de la Escritura, y en particular del Nuevo Testamento. El Espíritu Santo allí, obrando en el hombre, se complace en combinar el celo por los eternos principios de la naturaleza y gloria de Dios en el Evangelio y en la Iglesia como testigo de Su verdad, con la consideración hacia un fervoroso hombre de Dios, no sea que se someta exageradamente a escrúpulos abstinentes y renuncie a esa libertad de uso de que goza la criatura, y que requería su bienestar físico. En esas circunstancias, aun cuando la inminente e irreparable ruina de la profesión cristiana fue notificada junto con las santas e infalibles salvaguardias para los más difíciles tiempos, el mismo Espíritu no deja de mostrar que Sus participaciones en los más pequeños detalles de la vida son perfectamente compatibles con las últimas palabras, tan solemnes, del gran apóstol. ¿Acaso no hallamos el mismo principio en el encargo que hizo el Salvador a su discípulo antes de morir (Juan 19:27)?

     Examinemos cada pasaje:

 

“Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades” (1.ª Timoteo 5:23).

     

 “Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos” (2.ª Timoteo 4:13).

 

     En el primer texto, la sabiduría divina vence la mórbida tendencia de un siervo verdaderamente devoto. El cuerpo es para el Señor, como el Señor para el cuerpo. Así, pues, como la impureza es mala, también el ascetismo es impertinente, aunque la carne puede gloriarse en el último, del mismo modo que puede ser indulgente en lo primero. Cristo solamente mantiene la santidad y la libertad; y el apóstol fue inspirado aquí para exhortar a Timoteo con este principio. Un rabí o un teólogo podrán considerar una referencia de esta naturaleza por debajo de la dignidad de un mandato divino para todos los tiempos. Mas con eso los tales no hacen más que poner al desnudo la vana arrogancia del vaso de barro. Aquí tenemos el tesoro dentro de éste. Aquí reconocemos la condescendencia del amor de Dios, del mismo modo que la majestad de Su verdad y la pureza de Sus caminos, en el mismo contexto, recalcadas mediante las palabras que inspiran reverencia con vigorosa fuerza: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad” (1.ª Timoteo 5:21).

     El segundo texto proporciona una lección que debemos aprender, frente a semejante crisis en la vida del apóstol y al entregar su mensaje final, por el Espíritu, al mismo querido colaborador en un tono de la más profunda gravedad y sobre una verdad que tenía por objeto ser el sustentáculo permanente de los piadosos en tiempos en que los engañadores irían de mal en peor, engañando y siendo engañados. El apóstol estaba nuevamente prisionero, ya para ser derramado, y habiendo llegado el tiempo de su liberación, esperaba la corona de justicia que el Señor le daría, y no sólo a él, sino también a todos los que aman Su aparición. Le dice a Timoteo que sea diligente para venir a él pronto, pero también que traiga consigo el capote que dejó con Carpo en Troas. Además le dice que venga antes del invierno (v. 21). ¿No nos da esto un conmovedor vistazo de por qué él quería “el capote”? Dios no se olvidaba de las necesidades de su siervo ni de las nuestras. ¿No tenemos nada que aprender si el apóstol carecía de medios para obtener un capote nuevo o si consideraba que era de Dios más bien pedir el viejo? Tampoco “los libros” dejan de constituir una guía para nosotros. No creo que el apóstol tuviera en mente ni las “sagradas letras” del Antiguo Testamento (cap. 3:15), ni el genérico “Escritura” del v. 16, sino que más bien pensaba en sus “libros” de tipo corriente. El apóstol no era ningún fanático, sino, tal como esto lo demuestra, todo lo contrario, y particularmente en un momento como ése. “Los pergaminos” era lo que más deseaba. Eran necesarios para un uso más permanente, y probablemente aún no habían sido escritos, es decir, que estaban en blanco. ¿Los desearía para copiar sus epístolas, ahora que vislumbraba la inminencia de su partida? Grande es la gracia del Señor al otorgar lo que aquí se transmite, no como una nota privada, sino en una de sus epístolas, la cual es una de aquellas que el apóstol Pedro describe como “Escrituras” (2.ª Pedro 3:16). Tal es el elemento humano de la Palabra de Dios.

 

6. Comparación entre la segunda epístola de Pedro y la de Judas

 

     Ahora podemos comparar la segunda epístola de Pedro con la de Judas. La «erudita» ignorancia se complace en poner una en contra de la otra, rebajando a una de ellas —si no a las dos— y negando la divina inspiración de ambas en todo sentido adecuado. En épocas relativamente tempranas, la incredulidad operó en las activas mentes de Orígenes, de Eusebio de Cesarea, de Teodoro de Mopsuestia y de muchos más. Tampoco debemos sorprendernos de esto, pues todos éstos no fueron menos atrevidos en sus especulaciones acerca de la persona de Cristo lo mismo que con respecto a la revelación en general. Es fácil sentir dificultades y suscitar dudas. Se requiere desconfianza en uno mismo y fe en Dios a fin de obtener la divina solución para las primeras y la disipación de las segundas. En todo caso, el incontestable peso de la verdad revelada es tan enorme en todas las discutidas epístolas del Nuevo Testamento —no sólo en contra de los primeros escritos espurios, sino también de lo mejor de lo que quedó de los escritos posapostólicos— que desacreditar los primeros es tan inexcusable como aceptar los últimos. Las circunstancias pueden ser adversas, y las influencias pueden llevar a las almas a este o a aquel lugar por un tiempo. Pero así como los escritos que componen el Nuevo Testamento fueron recibidos desde un primer momento como divinamente inspirados sin el menor cuestionamiento, así también frente a un estado de profundo decaimiento y degeneración, las objeciones y los razonamientos de la incredulidad desaparecieron por su propia insignificancia. Hoy, como entonces, hay individuos que los hacen revivir, hasta que el furor del librepensamiento en los tiempos modernos envalentonó a los hombres en todo lugar a hacerse la ilusión de que la fe en la revelación está prácticamente extinta de la tierra. ¡Qué poco enterados están de que éstos son los precursores de esa oscura y destructora hora que aguarda a la cristiandad cuando haya llegado la apostasía y haya sido revelado el hombre de pecado! Sin embargo, a Pablo se le encomendó revelar esto en una de sus primeras epístolas. Él suministró la luz de Dios; y ellos desplegaron la oscuridad de la fosa, antes que aquel día venga.

     El hecho es que estas dos epístolas llevan las indelebles marcas de la inspiración divina. No podemos dudar de que sus escritores estuvieran familiarizados el uno con el otro, y ambos lo estaban con el Antiguo Testamento así como con la revelación cristiana. Los hechos y las verdades que llenan ambas epístolas estaban habitualmente ante sus almas hasta que el Espíritu Santo vio conveniente apuntar sus comunicaciones de esta forma permanente. Ningún creyente sensato puede sorprenderse de que no haya un pequeño terreno común de solemne advertencia y de urgente importancia. Pero es del más profundo interés trazar esa diferencia de propósito espiritual que solamente Dios hizo o pudo haber efectuado alguna vez. El racionalismo falla por completo en discernirla. Empero las pruebas de ello son intrínsecas y también claras, como también irresistibles en la medida de nuestra fe. Así debía ser en un libro moral como la Biblia, sobre la cual las demostraciones matemáticas no sólo serían absurdas e imposibles, sino también destructivas de su carácter y objeto. No cabe duda de que cada una de ambas epístolas confirma a la otra, siendo ambas perfectamente verdaderas y considerando ocasionalmente los mismos hechos y verdades. Pero ellas fueron dadas por Dios con la trascendental misión de revelar Su mente de distintas maneras con la mayor gravedad, lo cual una sola —perfecta para su propio propósito— no podría haber hecho.

     Ambas epístolas tratan acerca de la creciente ruina de la cristiandad. Pedro como una cuestión de injusticia hacia Dios, y Judas de apartamiento de Su gracia.

     Advertimos en seguida que las dos epístolas de Pedro se caracterizan por el lugar que se le da al gobierno moral de Dios. La primera se relaciona principalmente con el creyente, el que fue redimido y vuelto a nacer para una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de los muertos, y quien atraviesa el desértico mundo como extranjero y peregrino, padeciendo por causa de la justicia y del nombre de Cristo. La segunda epístola tiene que ver más bien con las dificultades creadas por la rebelde maldad no sólo del mundo, sino de aquellos que llevaron de forma falsa y en injusticia el nombre del Señor, y con el pendiente, seguro y eterno juicio de Dios.

     Judas se ocupa del más estrecho escenario —pero con un mal más profundo— de hombres impíos que se introdujeron en secreto, convirtiendo la gracia de nuestro Dios, y negando a nuestro único Amo y Señor Jesucristo. Se trata más particularmente de apostasía, y no de injusticia general como en la epístola de Pedro, la cual evidentemente la encontramos particularmente en la profesión cristiana.

     Por eso en su segunda epístola, lo único que dice Pedro de los falsos maestros es que niegan al Amo que los compró. Ellos rechazan el título universal que tiene el Soberano Amo por adquisición. En consecuencia, así como los santos recibieron junto con los apóstoles una fe de igual precio por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo y fueron exhortados a añadir las cualidades morales convenientes a ello, los falsos maestros son advertidos del justo e inminente juicio de Dios. Así, los ejemplos seleccionados son vistos a la luz de ello. Dios no perdonó a los ángeles que “pecaron”, ni tampoco al mundo antiguo, cuando vino el diluvio sobre los “impíos”; aunque preservó a Noé, junto con otros siete, pregonero de “justicia”. Después también redujo a cenizas a Sodoma y Gomorra, rescatando a Lot, hombre “justo”; y en forma subsiguiente, Balaam es considerado largamente como uno que amó el salario de la “injusticia”. En el capítulo 3 —donde Pedro predice que al final de los días habrá burladores— se pone de manifiesto de forma vívida el día del Señor y la completa disolución de toda la naturaleza, sobre cuya solidez edifican los hombres antes descriptos, y a Dios que introduce nuevos cielos y nueva tierra en los que mora la “justicia”.

     Judas, en cambio, llama la atención sobre el hecho de que el Señor, habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, en segundo lugar destruyó a aquellos que no creyeron. Pedro no habló de éstos, sino Judas, quien se ocupa del apartamiento de la gracia y no de la simple oposición a la justicia. Por tal motivo, cuando habla de los ángeles, se refiere a aquellos que no guardaron su propio estado original. Fueron apóstatas. Y cuando luego oímos de Sodoma y Gomorra, de la misma manera que aquéllos, los describe como quienes van en pos de otra carne. Judas señala al arcángel Miguel en contraste con la blasfemia o maldición. Asimismo, en el v. 14, así como en Caín y Coré lo mismo que en Balaam, se nos presenta un cuadro muchísimo más completo de la apostasía cristiana. En la contradicción de Coré, donde la apostasía está claramente establecida, ellos han de perecer. También aquí solamente tenemos la profecía de Enoc sobre el terrible fin; pues ese santo hombre, en su visión, vio al Señor viniendo en juicio. Y Judas nos muestra a Aquel que puede presentar a los santos con exultación y sin mancha delante de su gloria; ello nos muestra la particular esperanza, y no la bendición general de la que Pedro habló con tanta propiedad.

     No sería nada difícil establecer una comparación detallada de las minuciosas pruebas verbales de los diferentes propósitos que ocupan las dos epístolas. Pero esto suministraría pruebas que interesarían principalmente a los estudiosos, por lo que su lugar más adecuado se hallaría en un comentario exegético de ese tipo. Mi propósito aquí no va más allá de aportar pruebas —pasadas por alto por quienes presumen de mucha erudición, pero totalmente accesibles a todo creyente— de que no existe la más remota razón para suponer que Pedro haya tomado prestado de Judas o vice versa. Al contrario, existe la más irrefutable certeza, por sus propias palabras, de que el Espíritu Santo dio a cada uno de ellos su línea característica, contribuyendo ambas con su solemne y unido testimonio, y cada una en particular con sus diferencias de propósito y aspecto del más elevado valor, a fin de darnos la completa verdad de Dios. Los aspectos más sobresalientes son amplios para lo que ahora nos hemos propuesto. Los detalles, si los presentáramos con honestidad e inteligencia, suministrarían un cúmulo de confirmación.

 

7. La segunda y tercera epístolas de Juan

 

     Concluiremos este capítulo con un breve análisis de la segunda y tercera epístolas de Juan. Varios años atrás recuerdo al Cardenal Weisman (por entonces rector del English College de Roma), en su celo por el catolicismo, desafiando a los cristianos con respecto a estas dos epístolas. ¿Cómo demostrar mediante hechos internos su inspiración? ¿Por qué no pudieron haber sido escritas por un hombre muy santo y piadoso, sin ninguna ayuda proveniente de esa operación especial del Espíritu Santo?[6]

     Es así cómo el católico romano asume, en principio, similar terreno que el ateo. En su ansiedad por exaltar las pretensiones de su propia secta —la cual pretende que sea la iglesia de Dios— él niega el intrínseco poder de la Escritura, el cual se manifiesta por sí solo. El ateo de hecho lo rechaza de forma absoluta y lo niega más que el hombre en cuestión. El católico romano considera a la Iglesia como el resguardo de la palabra escrita, de modo que la Escritura queda así subordinada a la autoridad eclesiástica.

     Uno cree el testimonio de Dios en virtud de la esencia de la fe, porque es Él el que habla y escribe. Si uno requiere a alguien más como garante a fin de creer a su Palabra, ello no es otra cosa que creer al garante antes que a Dios. En efecto, es frustrar el mismo objetivo y el fin deseado de la fe: poner al alma que cree a su Palabra en inmediata relación con Dios. Es cierto que Él se revela a sí mismo en Cristo; pero ¿acaso esto constituye un estorbo? Todo lo contrario, pues Cristo sobre todo impulsa y lleva perfectamente a cabo esa inmediata asociación con Dios, al estar Dios y el hombre en una sola persona. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios. Mediante el cual —dice 1.ª Pedro 1:21— creemos en Dios, quien le resucitó de entre los muertos y le dio gloria, para que nuestra fe y esperanza sean hacia Dios. Si Cristo no fuese Dios, habría interpuesta una barrera que mantendría el alma lejos de Dios. Mas como imagen del Dios invisible y como Unigénito Hijo, Jesús nos muestra no sólo a Dios en su naturaleza, sino al Padre en el más rico don de Su amor y en la más profunda cercanía de Su relación, a fin de que por Su muerte y resurrección conozcamos a Su Padre y a nuestro Padre, a Su Dios y a nuestro Dios.

     “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”, dijeron aquellos a quienes Sus enemigos habían enviado para prenderle (Juan 7:46). Mas ¿qué puede ser más sorprendente que el propio testimonio que da el Señor de las Escrituras por las cuales los hombres reclaman la convalidante o aprobadora autoridad de la iglesia? “¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?” (Juan 5:44-47). Así, pues, cuando el Señor les enumera los testigos a los judíos respecto de por qué debían creer en Él, Él, categóricamente da el más elevado lugar, por encima de las palabras habladas, a la palabra escrita, sosteniendo su tan peculiar carácter permanente y divino. No creer a la Escritura es virtualmente afirmar que Dios no fue capaz de hacer que ella fuerce la conciencia para recibirla como Suya sin necesidad de que la autoridad de la Iglesia lo aprobase. La Iglesia tiene la obligación de ser testigo y guardián de la Palabra de Dios, y más aún por cuanto fue de indecible bendición por intermedio de ella; pero de ahí a erigirse en su garante necesario y autoritativo, no es otra cosa que descarada arrogancia e incrédula profanidad.

     ¿Cómo, pues, estas dos breves epístolas llevan en sí la prueba de su carácter divino, así como lo hacen del “discípulo amado”? Ambas constituyen un par, tal como las epístolas a los Efesios y a los Colosenses. No obstante, poseen la auténtica marca de originalidad, en forma y sabiduría provenientes de lo alto, en su objetivo y ejecución. Ambas insisten solemnemente en la verdad, en el amor y en la obediencia; y simplemente porque Cristo es todo, tanto para el escritor como para los lectores y los santos. La gloria del Padre y del Hijo, la confesión de Jesucristo venido en carne, es aún más perentoriamente urgida en la segunda epístola que en la tercera. No obstante, la segunda epístola se dirige a una señora elegida y a sus hijos, mientras que la tercera, a Gayo, el amado. Esto se debe a que en el primer caso el fundamento estaba en tela de juicio; mientras que en el último no había un peligro de esa naturaleza, sino un hombre turbulento y egoísta, el cual se oponía al libre servicio para Cristo en la verdad, mientras que Gayo es exhortado a proseguir en la verdad en la cual se había apoyado desde el principio.

     Es bien sabido que, ya desde los primeros tiempos hasta hoy, existen dudas entre los eruditos[7] acerca de la persona a quien fue escrita la segunda epístola. Esto no ha de sorprendernos, pues Dios no ha querido darnos a conocer el nombre de esta señora más de lo que ha querido hacerlo con el de la mujer pecadora en Lucas 7, sobre quien se han derrochado tantas conjeturas tontas. El griego empleado es clarísimo para expresar “a una señora elegida”, a quien el apóstol amaba en verdad junto a sus hijos. Pero no estaba previsto que fuese nombrada; mientras que el solemne deber impuesto a cualquiera sí tenía el objeto de ser perpetuado siempre que surgiera el mismo peligro. Por eso, mientras que la injuriada gloria de Cristo reclamaba este servicio de parte del apóstol —bajo el humilde y conmovedor título de “el anciano”—, mientras una señora y sus hijos eran el objeto de un inspirado mandamiento del Espíritu Santo (para destruir todo argumento de que ellos tenían que ser seguramente eximidos de esta penosa prueba de lealtad a Cristo), la Palabra escrita omitió expresamente registrar el nombre en tan penoso caso y suprema obligación. No se trata de “la” sino de “una señora elegida”.

     No obstante, aunque la experiencia del apóstol pudo no haber sido mucha, no necesitaba estar familiarizado ni ser conocedor de los artificios de la heterodoxia para aprovecharse de una mujer y de personas jóvenes. No olvidemos que justamente aquellos tiznados de anticristos, parecían tan justos y celosos en otro tiempo como los demás. Uno de los más espantosos en nuestra propia época comenzó su carrera como clérigo con una ferviente labor evangelística y con numerosas almas convertidas. Si visitaba un hogar cristiano que acostumbraba honrarle a él y a su obra, después que el fatal error se puso de manifiesto, ¡qué natural le habría sido entrar en el mismo hogar con las antiguas condiciones, y qué normal también para ellos dar la bienvenida a uno de quien personalmente sólo conocían lo bueno! «No soy más que una simple mujer, no un hermano y menos un anciano: ¿Quién soy yo para ponerme en el lugar de un juez y juzgar a un querido siervo de Dios? Y mis hijos, tan jóvenes en la fe, ¿acaso habrán de rechazar su bondadosa visita? Seguramente que no hacemos mal al demostrar amor, ya que el pobre hermano ha tenido que soportar tan terrible censura de parte de los hermanos.» ¡Oh, no! El anciano fue inspirado por Dios para cortar de cuajo toda excusa semejante de debilidad, recordándole a la señora y a sus hijos la infinita excelencia de Cristo, y animándolos a cobrar valor en la lucha, tal como lo requerían la verdad y el amor, y a no someterse de ninguna manera al enemigo. “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina [la verdad de la persona de Cristo], no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras” (v. 10-11).

     La tercera epístola, en circunstancias totalmente diferentes, se apoya sobre los mismos principios de Cristo. Al igual que la segunda epístola, se trata de la vida eterna manifestada en el andar de la verdad, el amor y la obediencia. Gayo prosperaba en su alma; por lo que “el anciano” le desea que prospere no “por encima de”, sino “respecto de todas las cosas”, y que también tenga salud, pues en tal caso no se trataría de ningún abuso. En la obra del Señor y entre sus obreros ocurren frustraciones. Gayo, a pesar de las dificultades y de las pruebas, perseveró en afectuosa ayuda. “El anciano” se regocijaba sobremanera en el testimonio dado no sólo a su andar cierto en la verdad que él conocía, sino también a su fiel identificación en amor con los hermanos que trabajaban, y esto siendo extranjeros, encaminándoles de una manera digna de Dios; y más especialmente por cuanto salieron por amor del Nombre, no tomando nada de los gentiles. Y no sólo eso, sino que el apóstol va aún más lejos al punto de decir con énfasis: “Nosotros, pues, debemos acoger [o dar la bienvenida] a tales personas, para que cooperemos con la verdad” (v. 8) ¡Qué gracia la del apóstol!

     Ahora bien, la refinada propiedad que aquí se advierte es tan manifiesta como en la epístola precedente. Por un lado, una mujer —o, mejor dicho, “una señora” en particular— necesita velar sobre lo que podrían llegar a insinuarle sus sentimientos, y sobre lo que creía que podía esperarse de ella. Sería guardada y guiada mirando a Cristo, allí donde contaba con el testimonio suficiente de que por ese lugar operaba el engañador y anticristo. Cerrar la puerta en y por Su nombre convertiría su casa en un fuerte impenetrable que habría de resguardarla a ella y a sus hijos. ¿Acaso no debían a Cristo lealtad suprema? Tengamos en cuenta también que un hombre no es tan vivaz en sus afectos y, por ende, está menos expuesto a ceder ante ellos. Es apto para confiar en su propio juicio y propenso a cerrar sus entrañas de misericordia ante el temor de ser engañado. Pero Gayo, que era un buen hombre, perseveraba en el amor a la vez que andaba en la verdad; por eso, continuar adelante es mucho más que comenzar con todo el fervor. Tampoco debía acobardarse ante la imperiosa y parcial aspereza de un integrante de la asamblea como Diótrefes, quien amaba el primer lugar y parloteaba con palabras malignas contra alguien como el apóstol, oponiéndose violentamente a los hermanos que estaban de paso y que llevaban el nombre de Cristo por todas partes. Esto era suficientemente desgarrador; pero le permite pensar en uno que hacía el bien como Demetrio, de quien todos daban testimonio, y aun la verdad misma; así como el mismo Juan; y Gayo sabía que su testimonio era verdadero.

     En estas dos epístolas tenemos, pues, una admirable provisión de inspirada sabiduría para la guía individual en “los últimos tiempos”; mientras que en la primera epístola, Dios nos dio la más completa revelación de Cristo en lo que respecta particularmente a su Persona, pero también a Su obra, ante la proliferación de anticristos. Cuando tal mal osa introducirse, hasta una señora y sus hijos son llamados a actuar de la manera más decidida, no sea que se constituyan en presa de encubrimiento de traición. Se les advierte, pues, que no reciban ni siquiera en la casa a quien no trajera la doctrina de Cristo, por hermosas que fueran las apariencias. Cristo no admite compromiso alguno. Una señora y sus hijos no deben eludir su responsabilidad. Pero el amado Gayo es exhortado por su nombre a recibir a aquellos que hacían lo bueno en el nombre de Cristo. Ninguna delicadeza hacía falta aquí para mantener silencio respecto de su persona. Y así como estaba obrando fielmente y en amor, que no se canse, sino que sea aún más celoso en su benévola consideración por los mensajeros de Cristo. Debía imitar no lo malo —flagrante como era lo de Diótrefes—, sino lo bueno, lo cual —y bien sabía que era de Dios— podía verlo en Demetrio. Bueno es, pues, cuando verificamos cuántos engañadores han “salido [nótese que no se dice que han «entrado»] en el mundo”, no estar en la desesperación, sino en nuestra atalaya. Pero regocijémonos de que en el tiempo más oscuro, somos consolados por el amor y la fidelidad de un Gayo y un Demetrio; y así como ellos tienen la aprobación apostólica, así también, pues, la tienen “los amigos” para saludar y ser saludados. En resumidas cuentas, tenemos instrucciones para tiempos de excesivo y creciente peligro en cuanto a recibir a unos y rechazar a otros. Para Gayo esto es algo imperativo y de incalculable valor.

     Para el Cardenal, todo esto puede parecer salvaje y no canónico. Él pregunta (entre tantas otras cosas de las que no necesitamos hablar) si esto no podría encuadrarse en el ámbito de un hombre santo y piadoso. Para él, la autoridad divina sin la de la Iglesia, es nula. ¡Ay, el ritualismo enceguece prácticamente de la misma manera que el racionalismo, puesto que ambos se oponen a la verdad que es según la piedad! Empero estas dos epístolas atestiguan de manera sorprendente, no la ausencia del elemento humano, sino el poder de la divina inspiración que adapta la verdad —con la aprobación apostólica y con un discernimiento profético que rebasa por completo los límites de la criatura— a las exigencias de cada caso particular, siendo uno de ellos fundamental, mas ambos de gran trascendencia.

 

 

EL DESIGNIO DIVINO

 

     Entre las marcas características de la Palabra de Dios, ninguna es más admirable ni trascendente que el designio que el Espíritu Santo ha tenido a bien grabar de forma indeleble en cada uno de los diversos libros de la Escritura así como en el conjunto de la colección. Y esto no sólo en el Antiguo Testamento y en el Nuevo por separado, sino en ambos como partes constitutivas de lo que al menos nosotros los cristianos denominamos «la Biblia». Hay faltas de transcripción tanto en el hebreo como en el griego. Hay defectos y errores de traducción tanto en las versiones antiguas como en las modernas. Y los errores abundan aún más en los comentarios, desde los más primitivos existentes hasta los de nuestros días. Pero todas estas imperfecciones juntas —por más que alguna pueda ocultar el testimonio de un detalle— son incapaces de empañar —salvo en una pequeña medida— la exquisita belleza de las Escrituras que el ojo del creyente instruido percibe. «Por siempre cantando mientras iluminan, la mano que nos hizo es divina.» Y esto va mucho más allá de la órbita del cielo —de donde uno de nuestros poetas empleó las palabras—; pues lo que es material se hunde detrás de la expresión de las palabras, la mente, los benignos afectos y los gloriosos propósitos de Dios para Sus hijos y Su pueblo, y para todas las naciones también, las cuales hallan su centro, objetivo y cumplimiento en Cristo, el Hijo de su amor y el Señor de todo.

     Huelga decir que la incredulidad falta en no oír a Dios en su Palabra. Así lo testifica la misma Escritura, y así ella misma lo ha demostrado desde que se escribió y difundió en toda edad, país y lengua. No podía ser de otra manera con toda la raza humana alejada de Dios. El apóstol Pablo escribe a los romanos: “Por cuanto los designios [lit.: la mente o el pensamiento] de la carne son enemistad contra Dios” (Romanos 8:7); y a los corintios: “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1.ª Corintios 1:21). ¿Quién no se maravilla cuando lee las abrumadoras palabras dirigidas a los efesios: “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis [vosotros los gentiles] en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros [los judíos] vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira” (Efesios 2:1-3)? Y a los colosenses les dice: “Y a vosotros... que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras” (Colosenses 1:21). Existe, pues, una repugnancia innata a Dios y a su Palabra en cada hijo de Adán; y de aquí vemos la absoluta necesidad del nuevo nacimiento, tal como nuestro Señor le aseguró a Nicodemo: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3-5). Y si no creían cuando el Señor les decía cosas terrenales, ¿cómo creerían si les dijere las celestiales? Pues el reino de Dios comprende ambas, siendo Cristo el Heredero de todas las cosas, el cual está ahora en lo alto, y pronto será manifestado como Cabeza sobre todas las cosas.

     Mas todo esto y, más aún, el fundamento de todo —que estriba en su gloria personal y en la eficaz obra de reconciliación por su muerte—, es desconocido así como despreciado por la arrogante incredulidad del hombre. Ésta no ve en la Escritura (por decir el Pentateuco, el cual constituye el fundamento mismo del Antiguo Testamento, y el cual es sostenido asimismo como divino en el Nuevo) más que una obra de retacitos de antiguas leyendas humanas, las cuales por más que se agrupen todas juntas en los días de Samuel o aun en los de Josías, si no más tarde todavía, ni siquiera conforman, si no una impostura, al menos una novela o una fábula. Mas esta infundada incriminación de los viejos deístas ingleses constituye un fraude absolutamente abominable, satinados a la fecha por la perniciosa ingenuidad y la voluminosa aunque exánime erudición de sus modernos sucesores, principalmente en Alemania y Holanda, sin mencionar a sus discípulos de habla inglesa.

     “Dice el necio en su corazón: No hay Dios. Se han corrompido, e hicieron abominable maldad; no hay quien haga bien. Dios desde los cielos miró sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios. Cada uno se había vuelto atrás; todos se habían corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno” (Salmo 53:1-3). Así es como tratan a su Palabra aquellos que se autotitulan «altos» —aunque en realidad escépticos— críticos. Ellos excluyen a Dios de la autoría de las Escrituras. Ninguno de ellos acepta honestamente el fallo del Señor dado por intermedio del apóstol Pablo: “Toda Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2.ª Timoteo 3:16). Ésta es una cláusula que afirma de forma expresa la divina inspiración, no sólo para los escritores, sino que lo dice de cada jota, aun la que todavía faltaba escribirse, como Escritura. Él ya había hablado así del Antiguo Testamento en el v. 15, el cual es distinguido mediante el empleo de un término diferente a fin de dar luego el mayor énfasis. De esta manera incorpora cada parte de lo que la gracia estaba proveyendo como la última comunicación de Dios. Naturalmente que la palabra que Timoteo conocía se aplica a lo que fue escrito antiguamente; pues las Escrituras, como otras dádivas de Dios, son encomendadas al cuidado de los Suyos, los cuales son siempre propensos a fracasar en guardar intacto —lo mismo que a comprender debidamente y a transmitir a los demás— el santo depósito. La legítima función del crítico consiste, pues, en remover tales intrusiones humanas a fin de que el lector pueda tener la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, la cual no se encuentra en ningún otro libro excepto en la Biblia; no, ni en todos los demás libros juntos.

     Ahora bien, los neocríticos comienzan con la mentira preliminar de que las Escrituras no son en ningún sentido real la Palabra de Dios. En consecuencia, se privan ellos mismos y a sus seguidores de toda confianza en lo que está escrito, aun cuando no surja ninguna duda respecto del texto original. Como ellos no creen verdaderamente que Dios inspiró toda Escritura, menos todavía, por no decir nunca, buscan o esperan la revelación de Dios mismo en ella, ya en su maravillosa unidad, ya en cada parte que contribuye de forma consistente y perfecta a ese gran objetivo, lo cual puede advertirse a lo largo de los diversos caminos de Dios con el hombre, tanto antes que el pecado se introdujera, como después, cuando no estaban ni la ley de Dios ni el gobierno del hombre ordenado por Él; cuando fueron hechas las promesas a los padres y cuando Moisés dio la ley a sus hijos; cuando se instituyó el sistema levítico y lo acompañaron las sombras de los bienes venideros; cuando estuvieron los jueces hasta Samuel, y se establecieron los reyes; cuando los profetas se hicieron más evidentes y pronunciados, desarrollando de parte de Dios lo que Moisés había predicho de una manera más general, desde el primer juicio de Israel —luego del apartamiento de Judá en pos de los ídolos y de todo otro juicio de parte de Jehová— hasta que “no hubo ya remedio” (2.º Crónicas 36:16) y vinieron los tiempos de los gentiles cuando Su pueblo vino a ser Lo-ammi (esto es, no pueblo mío) y cuando el poder mundial fue conferido mientras tanto a los cuatro imperios. Bajo el cuarto imperio —el Imperio Romano— fue enviado el Mesías, presentado asimismo con todas las evidencias de la gracia, la verdad y el poder de Dios en humillación, pero por esto mismo rechazado por todos y, lo peor de todo, aun por el remanente judío que había regresado bajo el segundo imperio desde la cautividad en Babilonia. Así se cumplió la palabra de los profetas en cuanto a los gentiles que, sin buscar a Dios, le hallaron, y en cuanto a los judíos que perdieron su lugar por de pronto como pueblo rebelde a quien Él extendió Sus manos todo el día (compárese Isaías 65:1-2 con Romanos 10:20-21).

     En consecuencia, el Señor Jesús —el Mesías, el Unigénito Hijo de Dios— puso de manifiesto no sólo el estado de perdición y de maldad del hombre, sino el de los judíos —más culpables todavía—. Pues en la cruz —la cual constituyó la más profunda prueba de su combinada iniquidad—, Cristo cumplió plenamente la voluntad de Dios, en virtud de la cual hemos sido y somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre (Hebreos 10:10). El Evangelio de la gracia de Dios hacia toda la humanidad, y la Iglesia (el cuerpo de Cristo por el bautismo del Espíritu Santo enviado del cielo) son las benditas consecuencias que requería esa nueva revelación de Dios comúnmente llamada el Nuevo Testamento. Éste confirma plenamente como divino al Antiguo Testamento en todo respecto, cumpliendo notablemente las profecías referentes a la persona del Mesías, Dios y hombre; Su andar, misión y servicio únicos; Su muerte, también única, no sólo a causa del aborrecimiento del hombre, sino en la gracia expiatoria de Dios; Su resurrección y ascensión, y Su retorno para resucitar a los muertos, para restaurar el reino a Israel y para bendecir a la tierra y a todas las naciones, una vez que haya acabado con los más elevados poderes espirituales del mal.

     Empero el Nuevo Testamento, además de confirmar la verdad del Antiguo Testamento, revela al cristiano y a la Iglesia los misterios del reino, mostrando un estado de cosas completamente diferente del de antaño, y más aún los misterios concernientes a la Iglesia, completamente incompatibles con la posición de Israel, ya en el pasado o en el futuro. Esto, pues, sólo se hace efectivo y comienza a verse cuando ese pueblo en su conjunto perdió por un tiempo sus privilegios al sumar la cruz de Cristo a su idolatría. A la verdad, bajo la ley, y aún más extensamente bajo el gobierno de Dios, la responsabilidad del hombre trasciende a lo largo del Antiguo Testamento, aunque también hay un testimonio profético a Su propósito en Cristo.

     Mas el Nuevo Testamento nos presenta al Hijo de Dios que ha venido; a un Hombre que es a la vez el verdadero Dios y la vida eterna. Esto introduce el más grande de los cambios. Ya no se trata como en el Antiguo Testamento, de un Dios oculto que habita en densas tinieblas, sino de Dios manifestado en Cristo, el que es Hijo como no lo es ni lo puede ser ningún otro; la Palabra hecha carne. Su muerte —como sacrificio por el pecado— va más lejos todavía: no se trata solamente de Dios en el hombre que fija tabernáculo entre los hombres, lleno de gracia y de verdad, sino del velo rasgado, del pecado juzgado en la cruz, y del hombre —al menos del creyente— traído ante Dios, con todas sus ofensas perdonadas, purificado una vez por todas y de manera completa a fin de no tener más conciencia de pecados, y en quien mora desde entonces y para siempre el Espíritu de Dios. Tal es el cristiano; y éstos no son todos los privilegios que podrían mencionarse. Esto confiere un más cercano, más íntimo carácter al Nuevo Testamento en general. Pero la divina autoridad pertenece igualmente tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. Su autoridad es en virtud de que Dios habla en ambos a través de Sus instrumentos. Si no lo oímos a Él, no tenemos ninguna fe viviente. Un tratado o un sermón, un cura o un predicador, pueden ser los medios para presentar la verdad a mi alma; pero si no creí a Dios, mi fe es humana y vana. Somos nacidos de Dios al recibir a Cristo, el cual constituye el objeto y espíritu de la Palabra, como lo asevera el apóstol en 2.ª Corintios 3:17: “Porque el Señor es el espíritu” (lo cual, según el contexto, hace referencia al v. 6: no la letra sino el espíritu del Antiguo Testamento).

     Cuando los hombres se apoyan en la redención que es en Cristo Jesús, reciben el Espíritu Santo que los guía a toda la verdad. Sin duda, nosotros sólo conocemos en parte. Sin embargo, aun a los bebés espirituales se les asegura que conocen todas las cosas (1.ª Juan 2). Ya veremos que cada libro (teniendo en cuenta que tal como los dos de Samuel y su continuación en los Reyes, etc. van juntos) tiene su propio designio que lo impregna, ya en el Antiguo Testamento, ya en el Nuevo. La prueba de ello lo constituye el propio contenido de cada uno, tal como será presentado, por la gracia, para cada libro en particular. Extendernos, como debiéramos, en toda su amplitud para ese fin, demandaría indudablemente numerosos y espaciosos volúmenes, aun cuando uno contare con la capacidad espiritual necesaria para tan seria y ardua tarea. En la presente obra sólo podrá dedicarse un breve espacio a ese objetivo; es decir, que lo único que se intentará realizar por el momento es dar un breve panorama de los diversos escritos que componen la Biblia. No obstante, tal esquema cuenta con la ventaja de que las pruebas que aporta la Escritura en cada caso se presentarán libres de las nubes de los comentarios que tan a menudo sobrecargan y disfrazan el texto.

     Por lo tanto, las Escrituras no tienen una característica más sobresaliente que el designio que Dios ha estampado en sus diversos libros, independientemente de que se trate del Antiguo Testamento o del Nuevo. La parte poética lo atestigua de igual manera que la prosa; la profética, tan claramente como la histórica. No es absolutamente improbable que los diversos escritores hayan estado inconscientes de toda intención de su parte de efectuar tal resultado. Es tanto más instructivo y seguro que un Autor animante y dirigente presidiera sobre cada una de las varias partes, comunicándoles un carácter particular y, al mismo tiempo, haciendo que todo contribuya al propósito común de revelar Sus consejos de gloria y Sus caminos de gracia, mientras daba a conocer plenamente la debilidad y la maldad de la criatura para resistir Su voluntad y hacer la propia. Pues el hecho de que ello no constituya meramente un hecho superficial, sino que sea la razón fundamental que sustenta de forma indeleble y profunda el conjunto de las Escrituras, es la inevitable convicción que se produce en el cristiano tras un cuidadoso análisis de la Biblia en su conjunto y una inteligente comparación de las partes que la componen.

     Presentaremos al lector pruebas claras, abundantes y espontáneas —las cuales aparecerán sucesivamente y a su debido tiempo— de que las Escrituras desde el principio hasta el final están regidas por un propósito moral que revela la sabiduría y la bondad de Dios que se eleva por encima del fracaso de la criatura, y especialmente del pecado del hombre, dando ocasión a los recursos y al triunfo de Su gracia en Cristo para el cielo y la tierra, para el tiempo y la eternidad, para el hombre, Israel, los santos de la antigüedad, la Iglesia y las naciones. ¿Quién sino Dios podría haber anunciado tan vasto y trascendente propósito desde el primer escrito, el que constituye la introducción a todos los libros que siguen a través de varias generaciones, no sólo los compuestos en hebreo (con pequeñas partes en arameo), sino también los que, tras un considerable espacio de tiempo, aparecieron en griego, revelando en esa sola generación del Nuevo Testamento al Hijo de Dios venido, el Evangelio, y la Iglesia, siendo el último libro —el Apocalipsis— la adecuada respuesta al primero, cerrando también de forma manifiesta el completo compás de la inspiración?

     Ningún lector que se sujete a la verdad pondrá en duda el hecho de que en el Pentateuco —o los cinco libros de Moisés— tenemos el firme y amplio fundamento del Antiguo Testamento. Estos cinco libros reciben el nombre de la Tora o la Ley, por ser ésta la institución de Dios dada plenamente en el Éxodo y en el Levítico, con los suplementos añadidos por las jornadas de Números y el ensayo moral del Deuteronomio en vista de la entrada en la tierra de Canaán a través del Jordán.

     Los Profetas —Anteriores y Posteriores, tal como los judíos distinguían los libros que siguieron a la ley de los propiamente proféticos a los que nosotros atribuimos ese nombre— dan testimonio del creciente apartamiento de la ley, y ofrecen la brillante visión del reino del Mesías, no sólo para el restaurado pueblo de Israel, sino para todas las naciones de la tierra. Luego, las huestes de los que están en las alturas serán castigadas en lo alto, y los reyes de la tierra lo serán en la tierra. Entonces, Jehová será exaltado, y los habitantes del mundo aprenderán justicia. Se alegrarán el desierto y el lugar solitario, y el yermo se gozará y florecerá como la rosa.       

     Los Salmos constituyen la tercera división, cuya parte principal (al igual que en las demás secciones) confiere su título a varios libros de carácter emocional y ético. Aquí también encontramos una clase de escritos que dan testimonio con tanta fuerza como los demás del gran designio de Dios en su Palabra: la ruina del primer hombre, y la bienaventuranza del Segundo para todos aquellos de la arruinada raza que pusieran su confianza en Él (Salmo 2:12). En los profetas hallamos el testimonio formal de un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá, que reemplaza al de la ley, cuando la promesa hecha a los padres se haya de realizar en la verdadera Simiente.

     Sería inútil atribuir al Nuevo Testamento —aun en el menor grado— cualquier imitación del Antiguo Testamento. La nueva revelación tiene el poder característico de un testimonio divino dado al Hijo de Dios: el Hombre Cristo Jesús que fue manifestado aquí abajo y que ascendió al cielo tras cumplir la gran obra de la expiación en favor del hombre y para gloria de Dios. Sin embargo, cuando uno presta atención a la nueva colección en comparación con la antigua, no puede dejar de hallar las pruebas indubitables de un plan común, el cual no es mencionado por un solo escritor, sino que se hace evidente cuando tenemos a todos ante nosotros. Pues de hecho hay una base similar presentada de manera histórica: No el primer Adán, sino el Segundo con la nueva creación que depende de Él y que está asociada con su Cabeza; y en lugar de la ley (dada asimismo un día de Pentecostés), el Espíritu Santo enviado del cielo para permanecer para siempre. Aquí solamente está la “perfección”, la cual no fue posible por la ley, aunque ésta hizo sentir su necesidad, siendo su sombra y hasta su anticipo.

     Luego, pasando por los Evangelios y los Hechos, llegamos a las Epístolas, las cuales corresponden —y aún más que ello— a los Quetubim o «Escritos» del Antiguo Testamento. Desarrollan la gracia y la verdad en Cristo, en su obra y en sus oficios, con la esperanza bienaventurada, todo lo cual hace mella en el corazón, en el andar y en la adoración de los santos.

     Por último, tenemos ese maravilloso libro de Apocalipsis, gran parte del cual es precedido en los evangelios así como en la analogía del Antiguo Testamento. En él, todas las revelaciones proféticas de la Escritura son coordinadas y completadas, no sólo hasta el establecimiento del reino del Señor Jesús, el cual llenará los cielos y la tierra para gloria de Dios, sino directamente hasta la infinita culminación de todo en la eternidad, cuando el mal sea juzgado definitivamente y para siempre, y se hayan establecido nuevos cielos y nueva tierra, en donde la justicia, en lugar de reinar por poder, habrá de morar de forma inquebrantable y absolutamente perfecta, siendo Dios todo y en todos.

     Existe, pues, entre los dos volúmenes —el Antiguo y el Nuevo— una clarísima correspondencia, a pesar de que muchas otras cosas difieren, sin que ninguno de los escritores haya realizado el menor esfuerzo en favor de ello en ninguno de los dos. ¿Qué otra cosa podría poner más en evidencia, sin la menor sombra de duda, esa mente divina única de infinita pureza y bondad, de luz y amor, que comunica en las Escrituras aquellos propósitos —que de hecho llevará a cabo— dignos de Sí mismo y de su Hijo, y llenos de bendición para todos los que creen, pero de juicio eterno para los que no le aman y desprecian su Palabra?

 

 

CONCLUSIÓN

 

Habiendo concluido la demostración del plan o designio divino en los diversos libros del Antiguo y Nuevo Testamento, ruego a Dios que Él bendiga al lector en la lectura de esta obra.

 

Es común, en este tipo de tratados, hacer observar algunas objeciones comúnmente esgrimidas en contra de las Escrituras por parte de la incredulidad. Si fuese a añadir un número mínimamente completo de ellas al presente volumen, ello aumentaría muy considerablemente su tamaño. Puesto que ya sobrepasa las 600 páginas[  ], creo que es mejor dejar que las claras verdades presentadas produzcan su propia impresión en el corazón del lector, a las cuales no tienen ningún derecho legítimo de destruir las dificultades que puedan plantearse sobre el tema; y más aún si tenemos en cuenta que las verdades más absolutas que Dios haya podido revelar ―ya sea en temas concretos, como, por ejemplo, la Creación, o en forma de principios abstractos― siempre están necesariamente expuestas a tales cuestionamientos. Esto jamás debiera ser así una vez que Dios ha hablado o ha hecho que su palabra fuese comunicada mediante escritura. Pero esto es justamente lo que el escepticismo pone en tela de juicio o rechaza. La crítica legítima ha de procurar reunir reconstruir el verdadero texto a partir de documentos confiables, los cuales difieren más o menos en el tiempo, debido a la debilidad o al error humano. Pero ella parte de suponer, y correctamente, que hay un depósito divino original.

 

Ninguna persona inteligente confundiría esta cuestión con la divina inspiración: las variantes de lectura pertenecen a la definida región de la responsabilidad humana, así como la Escritura lo es a la gracia divina. El problema para la verdadera crítica consiste en emplear todos los medios, así externos como internos, a fin de recuperar lo que fue originalmente escrito. Lo que se llama «Alta Crítica» es esencialmente espuria, al negar o bien que Dios sea el autor, o bien pretendiendo descaradamente hablar en nombre de Él, para decir lo menos. Los mismos cristianos corren el peligro de prestar atención al terreno que asumen estos enemigos de la palabra escrita, cuando afirman que ésta en ninguna parte reclama autoridad divina. Tampoco se dan a través de toda la Biblia en general tan sólo pruebas deductivas de su inspiración; ni todo termina en la prueba concluyente de la reverencia que mostró a las Escrituras hasta entonces escritas nuestro Señor, “el Señor de todos”. El hecho de que la divina inspiración es algo que se reclame como atributo de “toda Escritura”, y no meramente para toda Escritura existente hasta el momento en que el apóstol Pablo escribiera su última epístola, es una verdad dogmática. Pues ésa es nada menos la fuerza de 2.ª Timoteo 3:16: ““Toda Escritura [es] inspirada por Dios, y útil…” Si el significado de esto hubiese querido ser el conjunto de libros hasta entonces existente (sin incluir el Nuevo Testamento), el agregado del artículo definido tendría que haber sido un requisito indispensable, tal como podemos apreciarlo en el v. 14, el que habla solamente del Antiguo Testamento. La ausencia del artículo en el v. 16 es exquisitamente apropiada, como en el v. 14 su agregado, para acreditar con la misma fuente y carácter todo lo que Dios haya tenido a bien conceder hasta que el canon fuese completado.

 

El apóstol ya había hecho, por cierto, en una fecha anterior, sustancialmente el mismo reclamo en 1.ª Corintios 2. Cuando los oráculos hebreos cesaron, el Nuevo Testamento reveló todo lo que convenía a la gloria y a la bondad de Dios comunicar: : “Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, comunicando espirituales mediante espirituales” o, si llenamos la brecha, “[cosas] espirituales mediante [palabras] espirituales.” Claramente advertimos que las palabras eran del Espíritu Santo, tan positivamente como los pensamientos. Tal es la propiedad esencial de la Escritura. Así pues, todo provenía del Espíritu Santo, la revelación, la comunicación y también la recepción. El racionalismo niega a Dios en todas en todas estas etapas, y las atribuye al espíritu humano, el cual podrá ser equiparado con el de Dios por parte de él, pero en realidad está en tinieblas y anda en tinieblas, sin saber en lo más mínimo adonde va, por cuanto las tinieblas cegaron sus ojos.

 

Asimismo, la tarea de traducción del texto bíblico, al igual que la edición del texto a partir de los varios testimonios, y que la interpretación y exégesis, son tareas que pertenecen a la esfera del uso responsable de la Escritura por parte del hombre, y difieren completamente del hecho de la divina inspiración. No cabe duda de que la convicción de que Dios inspiró “cada Escritura” habrá de actuar poderosamente en el espíritu de cada creyente que emprenda una labor tan seria, y está escrito con el propósito de hacerle sentir su dependencia de Dios en el uso de toda diligencia y de todos los medios, en la debida forma, para alcanzar el fin previsto. Pero la inspiración, como lo dice uno de los instrumentos empleados para ello, significa que “hombres hablaron de Dios, movidos (o llevados adelante) por el Espíritu Santo” (2.ª Pedro 1:21). Por eso la Escritura no es producto del espíritu ni de la voluntad del hombre, sino de Dios, como en reiteradas ocasiones lo demuestra claramente nada menos que el mismísimo Señor, haciendo alusión a la autoridad divina y final. De aquí podemos advertir el peligro y el mal de aquellos que, independientemente de la causa del error, introducen su propio pensamiento y no el de Dios cuando se trata de editar el texto crítico, de traducir o de interpretar. Lo que Dios ha comunicado es capaz de hacer a uno sabio para salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús. “¿No está escrito?” (Marcos 11:17), y cuando se aplica de forma valedera este principio, es absolutamente concluyente a Su juicio, quien habrá de juzgar a los vivos y a los muertos. “Y la Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35).

 

¡Qué grande es este privilegio! En su última parte (Nuevo Testamento) se trata de la revelación de Dios ―no meramente de parte de Dios, sino de Él mismo, y de Dios que nos habla “en un Hijo” (Hebreos 1:2); no meramente en el Primogénito, sino en el Unigénito―, la revelación del Padre y el Hijo por el Espíritu Santo. ¡Vemos la gracia también de su Hijo que se digna en hacerse hombre, para que nosotros podamos tener lo que es absoluto, hecho relativo a nosotros en los tiernos afectos del mismo hombre, y más todavía de Uno que fue y que es Dios al igual que su Padre! De ahí el cambio total producido en nosotros al mirar las cosas, visibles o invisibles, conforme a Dios, cuando las más grandes descienden hasta nuestros corazones, y lo menos es que aprendemos que estamos cerca del amor de Dios: «nada es demasiado grande para nosotros, nada demasiado pequeño para Dios», como lo expresó uno que ya partió a la presencia del Señor. Cristo solamente, Cristo plenamente, da cuenta de ambos. Y la Escritura es la verdadera «Casa del Tesoro», así como la norma de todo. Y el Espíritu fue enviado desde el cielo para hacer eficaz todo esto en nosotros en todo respecto.

 

Ninguna tradición podría servir para tan maravillosa tarea. “Mas el Consolador (o más bien, Abogado), el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). Y esto no lo es todo. El Espíritu habría de revelar también la gloria de Cristo en lo alto. “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio” (Juan 15:26-27). Palabras del más profundo interés aparecen todavía en Juan 16:12-15: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.”

 

El resultado permanente de Su presencia e inspiración es, podríamos decir, el Nuevo Testamento, ese inestimable y último don de Dios en su forma peculiar. Pero el carácter de la inspiración en el Nuevo Testamento se torna, en consecuencia, tanto más elevado e íntimo. Todo hombre espiritual debe tener este sentimiento, al comparar los Salmos —los cuales expresan el corazón de los santos del Antiguo Testamento— con las Epístolas del Nuevo Testamento, las cuales exhalan el perfume del Espíritu que mora y anima al cristiano y a la Iglesia. Pero ambos «Testamentos» constituyen la Palabra de Dios por igual: no existe ninguna diferencia en lo que respecta a la autoridad divina.

 

W. Kelly

 


NOTAS

[1] La oración destacada es la propia versión del autor del original griego, cuyas razones se exponen a continuación.

 

[2] N. del T.— Si bien en la versión Reina Valera se traduce el singular, el vocablo griego original está en plural. Véanse Nuevo Testamento interlineal de Francisco Lacueva, el texto griego de Nestle sobre el que basa su traducción, y también The Greek New Testament, editado por K. Aland et al.

 

[3] N. del T.— En lo que respecta a nuestra versión Reina-Valera, la revisión de 1909 reza así: “Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para...”, lo cual coincide perfectamente con la versión de Kelly. La revisión de 1960, en cambio, sin estar en el original, agrega el artículo definido delante de “Escritura”, el cual es nuevamente omitido por la revisión de 1977 de editorial CLIE. Respecto de este detalle, citamos al autor en su comentario a las dos epístolas a Timoteo en el pasaje de referencia: «El texto confiere carácter divino a cada parte de la Biblia, excluyendo, naturalmente, aquellas palabras o cláusulas que, sobre la base de pruebas adecuadas, puede demostrarse que son interpolaciones. En primer lugar, es importante observar que el sujeto de la oración está sin el artículo (pasa grafh). El sentido, pues, no es “toda la Escritura”, sino “toda (o cada) Escritura”. Si el artículo hubiese sido insertado, las palabras que siguen habrían sido el predicado de lo que se afirma únicamente del conocido cuerpo existente de los Santos Escritos (el Antiguo Testamento). La ausencia del artículo tiene el efecto de caracterizar de la misma manera cada parte de la palabra inspirada que habría de incorporarse, al igual que la existente hasta entonces. ¿Es Escritura? Entonces, “es inspirada por Dios y útil...” Esto se afirma de cada jota.» (An Exposition of the Two Epistles to Timothy, págs. 289-290).

 

[4] La verdadera forma de considerar Lucas 3:23 es ésta: “Y Jesús mismo, cuando comenzó, era como de treinta años (siendo, como se suponía, hijo de José); de Elí, de Matat, de Leví...”. María, como hasta el Talmud lo admite, era hija de Elí de la descendencia de Natán. “Siendo, como se suponía, hijo de José” es el paréntesis correcto. Es natural que Satanás procure hacer que las dos genealogías, la de José y la de María, se contradigan, las cuales son evidentemente diferentes, aunque ambas necesarias para la verdad. El error de la mayoría estriba en haber visto la mención de José no como un paréntesis —lo que evidentemente es—, sino como punto de partida de la línea sucesoria que en realidad comienza con Elí, el padre de María.

 

[5] The Greek Testament, Proleg. I. 12, quinta edición.

 

[6] Conferencias sobre las doctrinas y prácticas de la Iglesia Católica Romana (Londres, Hodson, 1836), conferencia ii. 28. Pero al descubrir que esto no estaba «autorizado», y que luego una edición fue aprobada por el autor, cito también de ésta (vol. i. 38. Londres: Joseph Booker, 61, New Bond Street, 1836): «Quisiera preguntar: ¿Qué señal interna de inspiración podemos descubrir en la tercera epístola de San Juan para demostrar que la inspiración a veces acordada haya sido conferida aquí? ¿Hay acaso algo en esta epístola que un buen y virtuoso pastor de las épocas primitivas no haya podido haber escrito? ¿Puede haber algo superior en sentimiento o doctrina a lo que pudiesen haber redactado un Ignacio o un Policarpo?»

 

[7] Capellus, Grocio, de Lyra, el Obispo Middleton, Wetstein, Wolff y otros, consideraron Eclecta como un nombre propio; mientras que Bengel, Benson, Carpzov, de Wette, Fritzche, Heumann, Jachmann, Lange, Lücke, Rosenmüller, al igual que la Peshitto siríaca, tomaron Kyria (señora) como nombre propio. En cambio Beza, Aretas, Baum-Crusius, Corn-a-lap, Doddridge, Lardner, Mill, al igual que las versiones Autorizada y Revisada inglesas, Heidegger, Lutero, Piscator, Wells y otros, prefirieron tomar toda la expresión “a la señora elegida” como el nombre propio; y algunos han sugerido que se trata de Drusia, Marta o María, la madre del Señor. Los Padres griegos y latinos se inclinaron por aplicarla a la iglesia en general, mientras que los modernos, a una iglesia particular en determinado lugar. Incluso el deán Alford en su tercera edición registra “señora” en sus notas, pero en su Prolegómeno da su voto en favor de Kyria. J. D. Michaelis ha sugerido la descabellada idea ¡de una iglesia elegida reuniéndose en el día del Señor!

 

[*] N. del T.— Por su extensión, y para mantener el carácter introductorio del tema de la Inspiración, se ha traducido sólo la introducción de este capítulo («El designio divino»). El resto consiste en un muy valioso y sucinto comentario sobre cada uno de los libros de la Biblia, presentando el carácter y los lineamientos generales de cada libro; especialmente útil como introducción a su estudio y entendimiento, ofreciendo un panorama completo y breve de la Biblia. Dios mediante, la intención es ofrecer el libro completo.


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