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El abuso en el juzgar a
los demás Mateo 7 William Kelly – F. B. Hole |
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Bajo toda circunstancia, esta
gran verdad es obligatoria para la conciencia: “No juzguéis, para que no seáis
juzgados” (Mateo 7:1). Pero, por otro lado, puede cometerse fácilmente abuso
de este principio a causa del egoísmo del hombre. Si alguien persiste en una
mala acción y se vale de este pasaje para negar el derecho de los hermanos
para juzgar su conducta, es claro que tal persona pone en evidencia una falta
de conciencia y de discernimiento espiritual. Sus ojos están cegados por el
yo, y él simplemente convierte las palabras del Señor en una excusa para
pecar. El Señor de ninguna manera quiso
debilitar la fuerza del santo juicio que hay que ejercer respecto del mal. Al
contrario, Él, a su debido tiempo, demandará solemnemente de los suyos lo
siguiente: “¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?” (1 Corintios 5:12).
La falta de los corintios consistía en el hecho de que no juzgaban a aquellos
que estaban en su medio. Es claro, pues, que existe un sentido en el cual
tengo el deber de juzgar, y otro sentido en el cual no lo tengo. Hay casos en
que, si no juzgara, menospreciaría la santidad del Señor, y hay otros casos
en que el Señor nos prohíbe emitir juicios, y nos advierte que si lo hacemos,
traemos juicio sobre nosotros mismos. Ésta es una cuestión muy práctica para
el cristiano: cuándo se debe juzgar y cuándo no nos corresponde hacerlo. Todo
lo que se manifiesta de forma clara, es decir, todo lo que Dios presenta ante
los ojos de los suyos, de modo que se trata de algo consabido o respecto de
lo cual hay un testimonio que no puede ponerse en tela de juicio, los
creyentes tienen ciertamente la obligación de juzgar. En una palabra,
nosotros somos siempre responsables de aborrecer todo aquello que ofende a
Dios, ya sea que se lo conozca directa o indirectamente; porque “Dios no
puede ser burlado” (Gálatas 6:7), y los hijos de Dios no debieran ser gobernados
por meros detalles insignificantes, de los cuales las maquinaciones del
enemigo pueden fácilmente sacar ventaja. Ahora bien, ¿qué quiso decir el
Señor con estas palabras: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”? Él no se
refiere a aquello que es claro, sino a lo que permanece oculto; a aquello
que, en caso de existir, Dios aún no ha puesto en evidencia ante los ojos de
los suyos. No somos responsables de juzgar lo que no conocemos, sino que, por
el contrario, tenemos el deber de velar contra el espíritu de presumir el mal o de imputar motivos
sin plena certeza. Puede ser que haya un mal, y del
más grave carácter, como en el caso de Judas. El Señor dijo de él: “Uno de
vosotros es diablo” (Juan 6:70), y dejó expresamente en el secreto a los
discípulos en cuanto a los detalles. Y notemos de paso que sólo el evangelio
de Juan nos muestra que el conocimiento que tenía el Señor de Judas Iscariote
era el de una persona divina. Y Él lo dice mucho antes de que algo saliera a
luz. En los demás evangelios todo está reservado hasta la víspera de Su
traición, pero Juan fue guiado por el Espíritu Santo a recordar que el Señor
les había dicho que era “así desde el principio”, y, si bien él lo sabía
(Juan 6:64), los discípulos sólo podían confiar en el conocimiento que el
Señor tenía de ello; porque si el Señor tuvo paciencia para con él, ¿no
debían ellos hacer lo mismo? Si Él no les dio instrucciones de cómo tratar
con el mal, ellos debían esperar. Tal es siempre el recurso de la fe, la que
nunca obra con apresuramiento, sobre todo en un caso tan solemne. “El que
creyere, no se apresure” (Isaías 28:16). Nada está oculto para Dios, todo
está en sus manos, y la palabra clave es paciencia,
hasta que llegue el tiempo de tratar con todo lo que sea contrario a Él. El Señor
permite que Judas se manifieste plenamente tal como es, y entonces ya no se
trataba más de ser tolerante para con el traidor. Si bien existen ciertos
casos de mal que debemos juzgar, también hay asuntos que el Señor no le pide
a la Iglesia que los resuelva. Debemos tener cuidado de no
comparecer ante Dios, para que no seamos hallados en detalle, punto por punto
—cuando no en lo principal— contra Dios. No debemos quebrar lo que está
herido, cediendo a sentimientos personales o de partido. Corremos peligro de
caer en esto. El efecto inevitable de un espíritu crítico, propenso a juzgar
a los demás, es que terminamos siendo juzgados nosotros mismos. Por lo
general se habla mal de un alma que tiene un hábito censor. “Porque con el
juicio con que juzgáis, seréis juzgados” (v. 2). En seguida el Señor presenta un
caso particular: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano,
y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (v. 3). Es decir,
cuando existe esta predisposición a juzgar, hay un mal aún más serio, a
saber, un mal en el espíritu que no es habitualmente juzgado en la presencia
del Señor, que vuelve a la persona preocupada y deseosa de demostrar que los
demás también están equivocados. “¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacarte la
paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?” (v. 4). La astilla,
naturalmente, era algo pequeño, pero se hacía de ella algo muy grande,
mientras que la viga —que era algo realmente enorme— era pasada por alto. El
Señor, de la manera más enfática, pone en evidencia el peligro de tener un
suspicaz espíritu judicial o crítico. Y muestra que la manera de obrar
rectamente, si deseamos el bien de los Suyos y que sean librados del mal, es
comenzar por juzgarnos a nosotros mismos. Si realmente deseamos sacar la paja
del ojo de nuestro hermano, ¿cómo debemos hacerlo? Comencemos por confesar y
corregir las graves faltas que hay en nosotros mismos, de las que tan poco
conscientes somos: esto es digno de Cristo. ¿De qué manera trata el Señor con
ello? ¿Acaso dice de la paja en el ojo de nuestro hermano: «llevad el caso
ante jueces»? ¡De ninguna manera! Uno debe examinarse a sí mismo. El alma
debe comenzar por ahí. Cuando uno juzga el mal que su conciencia conoce, o
que puede aprender en la presencia de Dios en caso de que la propia
conciencia no lo conozca ahora, si comenzamos por eso, entonces veremos
claramente lo que concierne a los demás; tendremos un corazón apto para
introducirnos en las circunstancias de los demás, y un ojo purificado de todo
aquello que inhabilita el corazón para tener el mismo sentimiento de Dios
respecto de los demás. “¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y
entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (v. 5). Esto,
en principio, bien puede hallarse en un creyente; pero cuando el Señor dice:
“¡Hipócrita!”, él hace alusión al mal en su forma más plena; pero aun en
nosotros mismos, experimentamos este mal en alguna medida, y ¿puede algo ser
más contrario a la simplicidad y a la piadosa sinceridad? La hipocresía es el
más odioso de los males que puede hallarse bajo el nombre de Cristo, algo
ante lo cual hasta la misma conciencia natural del hombre se retuerce y
rechaza. “¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás
bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.” Una y otra vez podemos comprobar
que cuando la propia viga se ha ido, la paja en el otro no se ve más porque
ha desaparecido. Y cuando el corazón está puesto en el Señor, ¿acaso nos
lamentaríamos de reconocer que estábamos equivocados respecto de nuestro
hermano? ¿Acaso no deberíamos regocijarnos al hallar la gracia del Señor en
mi hermano, si sólo descubriésemos, ejerciendo el juicio propio, que yo mismo
solamente estaba equivocado? Claro que esto será penoso para uno, pero el
amor de Cristo en el corazón del creyente se complace en saber que evita así
traer una deshonra más sobre Cristo. Éste, pues, es el primer gran principio
que nuestro Señor manda aquí. Uno debe velar diligentemente contra el hábito
de juzgar a los demás. Ello trae amargura al espíritu que da rienda suelta a
este hábito, y vuelve al alma incapaz de tratar con los demás rectamente;
pues hemos sido puestos en el mismo cuerpo y, como lo muestra el apóstol
Pablo, con el expreso propósito de ayudarnos los unos a los otros, y todos
somos miembros los unos de los otros. W. Kelly, Lectures on the Gospel of Matthew,
cap. 7 «El
juzgar a un hermano es una tendencia que se halla profundamente arraigada en
nuestros corazones. La Palabra no prohíbe juzgar cosas o enseñanzas, sino
que, contrariamente, anima a que lo hagamos, como lo podemos ver, por
ejemplo, en 1 Corintios 2:15; 10:15. Pero el juicio de las personas, está
prohibido. A la Iglesia se le demanda que juzgue a aquellos que están dentro,
en ciertos casos, como podemos ver en 1 Corintios 5 y 6. Pero, con esta
excepción, juzgar a las personas es prerrogativa del Señor. Y si, a pesar de
que el Señor prohíbe juzgar, incurrimos en ello, dos penas seguirán con toda
seguridad, como él lo indica aquí. En primer lugar, nosotros mismos vendremos
a juicio, y seremos medidos tal como hemos medido a los demás. En segundo
lugar, seremos llevados a la hipocresía. No bien comenzamos a juzgar a los
demás, nos volvemos ciegos a nuestros propios defectos. El pequeño defecto en
nuestro hermano lo vemos aumentado bajo la lupa de nuestros propios ojos, sin
ser conscientes de que tenemos el gran defecto de una naturaleza que
deteriora nuestra vista espiritual. La más provechosa forma de juicio para
cada uno de nosotros es el juicio de
uno mismo.» F. B. Hole, Matthew, cap. 7 Sobre el
tema: El juzgar a los demás C. H. M. Juzgarse
a sí mismo C. H. M. |