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LOS PODERES CIVILES |
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EL
ORIGEN DE SU AUTORIDAD Y LOS
DEBERES DE LOS CRISTIANOS HACIA ELLOS, JUNTO
CON UNAS NOTAS SOBRE LA PENA DE MUERTE William Kelly |
“Sométase
toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de
parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas” (Romanos 13:1)
El gobierno humano tiene su origen en la autoridad
que Dios confirió a Noé. Antes del diluvio no existió en la tierra la administración
de la justicia propiamente dicha. Adán había recibido un dominio extremadamente
amplio, pero no el poder sobre la vida. “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre
a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar,
en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal
que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre” (Génesis 1:26-28).
Ninguna autoridad había sido delegada al hombre, ni siquiera para privar de la
vida al animal más inferior. Por eso, el asesinato mismo de Abel por parte de
su hermano no atrajo la venganza sobre el culpable, aunque la conciencia de
Caín le hizo temer la retribución de parte de “cualquiera” que lo hallara. La
sangre de Abel clamaba desde la tierra a Jehová, quien puso una señal en Caín,
“para que no lo matase
cualquiera que le hallara” (Génesis 4:15).
Un largo
período de abultado y desenfrenado pecado siguió; y finalmente Noé, pregonero
de justicia, fue suscitado para advertir a los impíos durante ciento veinte
años, luego de los cuales Dios borró la corrupción y la violencia de esta raza
en las aguas del diluvio.
Establecimiento
del gobierno civil
Después de esta catástrofe, Dios confió una cosa
nueva al hombre. A Noé y a sus hijos se les confirma lo que se le atribuyó a
Adán respecto del dominio sobre todo ser vivo, pero les fue conferido en otro
cargo totalmente nuevo. Todo ser vivo que se moviese, así como las verdes
hierbas, servirá de alimento para ellos, a excepción de la sangre de ellos.
“Porque ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de mano de todo
animal la demandaré, y de mano del hombre; de mano del varón su hermano
demandaré la vida del hombre. El que derramare sangre de hombre, por el hombre
su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre[1]. Mas vosotros fructificad y multiplicaos…” (Gen.
9:5-7). Noé y sus hijos son ahora hechos responsables de la vida de sus
semejantes. Evidentemente, el mundo fue entonces puesto bajo nuevas condiciones,
las cuales, sustancialmente, continúan hoy y deberán subsistir hasta que los
caminos de Dios, nuevos y todavía futuros, hayan de cambiar la faz de todas las
cosas, lo que puede deducirse de la lectura de 2.ª Pedro 3 y de otras
escrituras. El principio, pues, del mandato divino encargado a Noé y a sus
hijos, permanece verdadero y obligatorio hasta que el día del Señor venga.
Pero ¿cuál es la característica principal de este mandato?
Claramente es la espada, es decir, el poder de la vida y de la muerte es
confiado a manos del hombre. El edicto del autor de toda vida es: “El que derramare sangre
de hombre, por el hombre su sangre
será derramada” (Génesis 9:6).
Tal es la verdadera fuente y la base del
gobierno civil. Éste no es el producto de un contrato social; no se desarrolló
gradualmente a través de las relaciones de familia, ni tampoco se originó en
una usurpación hecha por un hombre o por una clase de hombres. Dios le ha dado
existencia y, por consecuencia, el gobierno civil jamás dejará de depender de
Su autoridad, independientemente de que el hombre lo reconozca o no.
Hay un aspecto de este mandato que
permanece muy prominentemente, y es precisamente la responsabilidad del hombre
en el ejercicio de la pena capital.
En la tierra, después del diluvio, la autoridad divina se manifiesta para
ejercer la pena de muerte. Dios demanda la muerte del asesino, lo cual se basa
en el hecho de que Él hizo al hombre a Su
imagen. Pero si bien la razón de
esta pena sumaria reservada al homicida existía desde Adán en adelante, el
poder de su ejercicio no fue delegado al hombre sino sólo después que Noé
atravesó el diluvio.
La noción de que el gobierno civil es,
de alguna manera o en algún grado, un derecho inherente al hombre, es, pues,
carente de fundamento. Es un derecho de Dios, que después del diluvio Él ha
tenido a bien confiar al hombre. Y aquellos que están investidos de esta
autoridad están obligados a ejercerla, en sujeción a Dios, siendo responsables
de rendirle cuenta de su justo ejercicio (Salmo 82).
Es naturalmente fácil pretender que
Dios ha retirado o anulado esta orden dada a Noé y a su familia. Pero pregunto:
¿cómo, dónde y cuándo? Y en vano esperamos la sombra de una prueba.
Las
promesas a Abraham
Sin duda, Dios reveló otros
pensamientos y otras esperanzas a la fe de Abraham y a su simiente, pero sin
tocar lo que tenía que ver con el pacto con Noé. Dios entró en una nueva
relación con los patriarcas: era la de un pacto de gracia y de promesa, como lo demuestran Romanos 4 y
Gálatas 3, el cual no estaba en conflicto con el pacto anterior suscripto,
sellado y entregado, por así decirlo, a Noé y a sus hijos.
El pacto noéico era un pacto entre Dios y la tierra en general; el de
Abraham, un pacto especial entre Dios y
su propio pueblo. Por el primero, la maldad del mundo se mantuvo refrenada;
por el otro, los errantes patriarcas marcharon como extranjeros en el país que
se les había prometido a ellos y a su simiente, como una posesión eterna.
Los términos del primer pacto
amenazaban, de ser necesario, con la muerte judicial la violencia humana; los
del segundo, conducían a los hombres que abrazaban sus esperanzas, a volverse
peregrinos en la tierra bajo la conducción de un conocido y Todopoderoso Amigo.
El gobierno civil actuaba y operaba en su propia esfera, abarcando a todas las
familias de la tierra. El llamamiento de Abraham y de su simiente tenía su
dominio propio y particular, más reducido en su extensión. Mas entre ambos no había
ninguna confusión, y menos todavía contradicción.
Gobierno
nacional
Es cierto que, una vez que la nación
de Israel fue liberada de Egipto, el principio del gobierno —que fue primero encomendado a Noé—, y el del llamamiento de Dios —manifestado
primeramente en Abraham—, se vieron combinados. Respecto de este pueblo
elegido, separado de todas las naciones como Su testigo contra la idolatría,
Dios desarrolló sus caminos como Gobernador. Pero, lamentablemente, en Sinaí,
en vez de confesar sus pecados, y de fundarse en las promesas absolutas hechas
a sus padres, los hijos de Israel aceptaron las condiciones de su propia
obediencia a la ley de Jehová (Éxodo 19).
El resultado histórico fue la ruina de
la nación en todas las diversas circunstancias en que ella se situó: la ley
violada antes de que fuese traída del Monte, Dios mismo rechazado, el fracaso
bajo los sacerdotes, bajo los profetas, bajo los reyes, “hasta… que no hubo ya
remedio” (2.º Crónicas 36:16), y Dios finalmente entregó al pueblo en manos de
sus enemigos gentiles para ser sus siervos.
Mas durante su existencia nacional en
Canaán, nadie podía pretender que Dios haya relevado a los israelitas de la
responsabilidad que tenían de castigar al homicida con la muerte.
Los tiempos
de los gentiles
Cuando el pueblo elegido perdió su
carácter nacional, durante la cautividad en Babilonia, Dios separó el principio
del gobierno terrestre de aquel de su llamamiento, al transferir el primero
a los gentiles. En consecuencia, los cuatro grandes imperios del mundo
aparecieron sucesivamente, tal como lo habían predicho y atestiguado Daniel y
otros inspirados autores.
El último de estos cuatro imperios
gentiles de la profecía —el Imperio Romano— poseía el poder cuando nuestro
Señor nació y murió. Dios entonces comenzó a llamar y a reunir a su Iglesia, de
entre judíos y gentiles, para ser un solo cuerpo aquí abajo, pero sin un
estatuto nacional como el que le había dado a la simiente de Abraham.
Y es claro y cierto, desde los Hechos
de los Apóstoles y el resto del Nuevo Testamento, que la Iglesia no interfirió
jamás en nada con el gobierno del mundo que Dios había puesto desde el
principio en manos de magistrados.
Los cristianos tuvieron, sin duda, que
oír y soportar el reproche de poner el mundo al revés, y de actuar contra los
decretos de César; pero estas acusaciones eran falsas. El reino de Cristo no es
de este mundo. Desde un principio los creyentes conocieron este carácter del
reino, manifestándolo y actuando en consecuencia. Ellos recordaban las propias
palabras del Señor: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan
17:16), y aguardaban su regreso de los cielos, con la seguridad de que los que
padecían con él, reinarían también con Él cuando viniese en su reino celestial.
Aquellos que pertenecían a la Iglesia
de Dios, jamás resistían a las autoridades civiles por la fuerza, y en sus
enseñanzas, buscaron mantener, y no debilitar, esta función de las autoridades
de administrar la justicia, que Dios había asignado desde antiguo. Justo
reconocimiento, respeto y sujeción debían ser rendidos a todos aquellos que
detentaban este oficio, y ellos lo rendían conforme a sus deberes.
Por causa de este tema el apóstol
Pablo escribió a los creyentes de Roma, la ciudad imperial de entonces: “Sométase
toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de
parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien
se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten,
acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para
infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la
autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios
para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada,
pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo
cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino
también por causa de la conciencia, etc.” (Romanos 13:1-5). El emperador reinante
era un pagano y perseguidor; pero está claro que la hostilidad del poder supremo no afectaba la obligación cristiana.
El lenguaje del Espíritu Santo es bastante amplio en sus términos para reducir
al silencio toda contestación, fundada en la forma en que el que detenta la
autoridad la ejerce. La Palabra inspirada dice: “no hay autoridad sino de parte de Dios, y
las que hay, por Dios han sido establecidas” (Romanos 13:1). ¿Puede uno
concebir algo más definido en su autoridad, por un lado, y más comprensible en
su forma, por otro? ¿Qué puede ser más opuesto a toda forma de movimiento
revolucionario?
Esta exhortación apostólica era
excelente y oportuna; escrita en el momento y en el lugar justos. Porque los
judíos bajo el Imperio estaban turbulentos, y los cristianos eran muy mal
vistos por las autoridades. Parece probable que a ciertos creyentes en Roma, no
librados aún de sus antiguas asociaciones judaicas, les resultaba difícil
reconocer y respetar como dadas por Dios, a las autoridades a quienes veían sumidas
en la degradación espiritual y moral del paganismo.
Bajo tales circunstancias, uno habría
podido suponer a priori que si Dios no había transferido el poder del gobierno
del mundo a la Iglesia, Él habría tenido que revocar ese poder que había confiado
a los gentiles. Pero no; la puerta está cerrada a toda excusa de
insubordinación. Las autoridades existentes “por Dios han sido
establecidas”, y así se dirige la Palabra de Dios a todos aquellos que están
oprimidos por leyes injustas.
Sumisión del creyente a las autoridades; sus límites
La forma particular de gobierno
establecida no es de importancia esencial para la responsabilidad del
cristiano. Ya sea despótico o constitucional, aristocrático o democrático,
monárquico o republicano; ya sea pagano o islámico, católico o protestante en
cuanto a su profesión religiosa, el principio o la regla de obediencia
permanece intacto en lo que respecta a los hombres y la tierra.
El cristiano está así obligado por
este precepto a rendir obediencia y honor al poder gobernante, sin importar su
cualidad (ya sea a la reina en Inglaterra, al emperador en Francia, al zar en
Rusia, al sultán en Turquía, etc.) Y este mismo deber de obediencia se aplica a
todas las autoridades subordinadas.
El único límite impuesto a la
sujeción a “las autoridades” existentes, lo constituye el hecho de que el
cristiano debe obediencia absoluta a Dios.
Por eso, cuando la obediencia a un gobierno terrenal implica desobediencia a
Dios —cosa rara felizmente—, apenas precisa decirse que el cristiano debe
“obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Pero si se diera el caso que el
cristiano se viera obligado a no obedecer a las autoridades, él no debe sin
embargo resistirlas. Resistir a la autoridad, es resistir a lo establecido por
Dios (Romanos 13:2). La alternativa para el cristiano que no puede obedecer un
mandamiento humano que implica la desobediencia a la voluntad de Dios, es soportar, no resistir.
Pero en general permanece cierto
el hecho de que hacia aquel que hace el bien, el magistrado, bajo el gobierno
que fuere, es “servidor de Dios para tu bien”. Pablo decía eso al pensar en el
poder arbitrario e idólatra que dominaba entonces el mundo. Pero, por otro
lado, “si haces lo malo, teme; porque no
en vano lleva la espada” (Romanos 13:4).
Vemos, pues, al apóstol, mucho
tiempo después que Cristo fue extensamente predicado entre las naciones, instar
a los santos de Roma a someterse a las autoridades existentes, a dar “a César
lo que es de César”.
Naturalmente que si César hubiese
buscado corromper la fe, o destruir la adoración de la Iglesia de Dios; si
Nerón hubiese ordenado a los creyentes cristianos renegar del Señor, ya
positivamente como Nabucodonosor, ya negativamente como Darío, el deber de los
cristianos habría sido claro y simple. Ellos no meramente no debían protestar,
sino que debían padecer “por causa de la justicia”. En todos los casos, no
debían dar a César las cosas de Dios.
Pero
si el Estado les demandaba un servicio, por más penoso y desagradable que
fuese, el cristianismo les enseñaba a someterse a él, siempre que no se tratara
de algo positivamente pecaminoso. Insultados y perseguidos, ellos debían orar
por los reyes y por todas las autoridades “para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad
y honestidad”, dice el apóstol en 1.ª Timoteo 2:2.
Supongamos, sin embargo, que en
lugar de hacer el bien y de recibir alabanza de la autoridad, un hombre hace el
mal. ¿Qué entonces? “Teme; porque no en vano lleva la espada.” Seguramente que
si aquel que detenta el poder no hubiese de usar la espada, la lleva en vano.
Bien podría también, no llevarla en absoluto; porque una amenaza hueca es una
prueba de debilidad, que lleva al
menosprecio público a quien detenta la autoridad. El apóstol Pablo, no
obstante, no prevé ningún abandono semejante de su deber por parte del
magistrado, sino que advierte a aquellos que podrían estar dispuestos al mal,
que él es servidor de Dios, “vengador para castigar al que hace lo
malo”.
Confirmación del mandato dado a Noé
La fuerza de todo el pasaje de
Romanos 13 es tan clara como la luz del mediodía. Demuestra que la autoridad de
la espada delegada a Noé y a sus hijos como representantes del gobierno sobre
la tierra, no es más anulada o neutralizada por la gracia de la revelación cristiana, que lo que lo había sido por la
justicia de la ley de Moisés.
Prueba que el cristiano está
obligado a respetar la espada de la justicia civil, independientemente de las
manos que la puedan empuñar. Aun si el magistrado fuese un infiel, si hubiese
deshonrado su oficio al escuchar la voluntad del pueblo en vez de atender la
voz de Dios como fuente de su autoridad, el cristiano no está menos obligado
por ello a reconocer en él la autoridad de Dios, y de respetarle como servidor de Dios en las cosas del mundo,
es decir, en las cosas de César.
Es un peligroso error, pues,
suponer que el cristianismo priva a un gobierno de su autoridad de castigar con
la espada a aquellos que hacen el mal. Como lo vimos, Pablo, en la era
cristiana, reconoce plenamente ese poder como algo que continúa existiendo, y
describe a aquel que lo detenta como autorizado por Dios para vengar el mal.
Hablar de gracia, corrección, etc.
como el único o principal objetivo cuando la ley es violada y un hombre es
acusado de homicidio, por ejemplo, es hacer patente la mayor confusión de ideas
que se tiene sobre este tema. Porque si bien la gracia constituye la idea central del plan de Dios para salvar a
los pecadores mediante la cruz, la
justicia es y debe ser el fundamento de todo gobierno terrenal, judío o
gentil.
Sin duda, en el Evangelio, Dios puede justificar y, de
hecho, justifica —no sólo perdona,
sino que justifica— al primero y principal de los pecadores mediante la
redención que es en Cristo Jesús. Pero de allí a concluir que un gobernante de
este mundo debería actuar conforme a este principio hacia los criminales, es, a
mi juicio, simplemente menospreciar tanto la revelación como la razón.
El Sermón del monte
Algunos ven en este aspecto del
gobierno una dificultad a causa de Mateo 5:38-39 y de otros textos similares: “Pero yo os digo: No
resistáis al que es malo…”. Esta dificultad se debe a una falta de comprensión
del sentido de estos pasajes; pues ningún creyente siquiera insinuaría que una
parte de la Palabra de Dios contradice otra.
Como lo hemos visto, Romanos 13 enseña
claramente que quien detenta el poder debe ser reconocido como uno que no lleva
la espada en vano; como vengador para ejecutar la ira sobre aquel que hace lo
malo; en una palabra, como ministro de Dios en las cosas de la tierra, así como
Pablo y Apolos eran ministros de Dios en las cosas celestiales (1.ª Corintios
3:5).
Este capítulo de Romanos pone
formalmente al creyente en una posición de sujeción a las autoridades
existentes, afirma la autoridad que Dios les ha conferido, y finalmente hace de
ellas, para el creyente, no una cuestión de ira solamente, sino también de conciencia.
Los discursos que el Señor
profirió en Mateo 5 corren en una dirección totalmente diferente, pero que está
totalmente de acuerdo con la enseñanza del apóstol. El Señor aquí instruye a
sus discípulos en su camino individual como aquellos
que Le siguen, y no en su relación con los gobernantes y reyes. Él les
enseña que su vocación es andar en la gracia, de forma activa o pasiva. Esta
línea de conducta es puesta en contraste con la de los judíos, que eran
llamados a actuar siguiendo la justicia
de la ley. El Sermón del monte está en relación con la vida privada y la
conducta de los discípulos de Cristo, y no con los deberes públicos de las
autoridades oficiales, con los cuales ellos no tienen nada que ver. Sería
absurdo aplicar tal pasaje a un gobierno o a un tribunal del mundo. Si se
aplicara de esta manera, resultaría que los magistrados deberían tratar con
dulzura y recompensar al culpable que compareciera ante ellos, en vez de
castigarlo. Mas todo está claro en la Escritura si sabemos distinguir las cosas
que difieren.
Conclusión
1.ª Pedro 2 relaciona y refuerza
ambas verdades dentro de un estrecho compás. Por un lado, en los versículos 13
y 14 se nos exhorta a someternos por causa del Señor “a toda institución
humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él
enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien”. Por
un lado, se nos dice que merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia
delante de Dios sufre molestias padeciendo injustamente. “Pues ¿qué gloria es,
si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y
lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios” (v. 20). Los
últimos versículos (19 y 20) saben tan fuertemente a Mateo 5, como los primeros
(13 y 14) a Romanos 13. Ellos enseñan verdades diferentes pero en armonía. Y en
la época actual debemos tener presente cada una de ellas, como se le encargó a
Tito: “Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que
obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. Que a nadie difamen, que no
sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los
hombres” (Tito 3:1-2), pues no faltan aquellos que “siguiendo la carne, andan en
concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces,
no temen decir mal de las potestades superiores” (2.ª Pedro 2:10). ¡Que el Señor
guarde a los suyos en la senda de la obediencia!
W. Kelly
NOTAS
[1] N. del A.— ¿Se podrá creer que algunos han ido tan
lejos hasta tratar estas palabras como una mera predicción, y no como un
solemne permiso y encargo de parte de Dios?