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RESTRICCIONES IMPUESTAS PARA HABLAR EN LA ASAMBLEA William Kelly |
“Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por
dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. Y si no hay intérprete,
calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios. Asimismo, los profetas
hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que
estuviere sentado, calle el primero (1.ª Corintios 14:
27-30).
Vemos ciertamente que en 1.ª Corintios 14:27-30 se establecen reglas restrictivas en
lo que respecta a hablar en la asamblea. El mismo desorden de la iglesia en Corinto
dio lugar para el provecho de todos a partir de entonces: “Si habla alguno en
lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno [o, por
separado]; y uno interprete. Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y
hable para sí mismo y para Dios. Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y
los demás juzguen” (1.ª Corintios 14:27-29).
El apóstol acababa de establecer
el gran principio: “Hágase todo para edificación” (v. 26). Y a continuación
aplica el principio a dos casos típicos o representativos: por un lado, a
hablar en una lengua, y, por el otro, a la profecía oral. Empieza con aquello
que más afectaba a la vana mente griega —hablar en una lengua—, por cuanto éste
era un abierto y sorprendente testimonio del poder divino. Dejaba atónita a la
gente. Pero en la asamblea, si se hallaba sola, no edificaba. Por lo tanto, si
aquel que tenía “una lengua” no podía interpretarla, o no había un intérprete
allí, él debía permanecer en silencio y contentarse con hablar para sí mismo y
para Dios: una excelente lección allí donde hubiere el deseo de manifestar ese
don. Y aun cuando hubiere un intérprete, la edificación requería que no
hablasen más de dos o a lo sumo tres.
A continuación, el apóstol se
vuelve hacia el acto de profetizar, el cual tenía el carácter más elevado de
directa edificación, y ordena que “los profetas hablen dos o tres, y los demás
juzguen”, no que los demás agreguen su pequeña contribución, que sólo podría
causar distracción, en lugar de edificar, impidiendo el provecho de lo que
proviene de Dios. Bajo esta regla surge la enseñanza de cualquier tipo en la
asamblea para edificación, animación, consolación, exhortación, advertencia o
cualquier otro objetivo de carácter espiritual. Que participen más de “dos o
tres”, aun cuando estuviesen dotados de los más importantes dones de Dios, es
prohibido en los términos más claros y absolutos.
La cuestión es si nosotros creemos
que la gracia de Dios todavía preserva el hecho de reunirse en una asamblea, y
si, por la misericordia divina, apreciamos y abrazamos tan notable privilegio,
a pesar de su ausencia generalizada. ¿Nos sujetamos a los “mandamientos del
Señor” (v. 37) en estas cosas, como lo hacemos en todas las demás? Tememos que
muchos olvidan esto, creyendo que la ruina prevaleciente abre la puerta a la
flexibilidad y a la voluntad propia. Tal vez algunos también han oído, no
muchos años atrás, a no menos de ocho hermanos hablar en público, manteniendo
ocupada a una asamblea que profesa ser cristiana, y que más bien se jacta de
esta plétora de palabras, como si ello fuese una prueba de celo, simplicidad o
la libertad que el Espíritu del Señor genera. Ello en realidad indica su falta
de inteligencia en someterse a la inspirada Palabra que bien podrían conocer,
pero que fallan en reconocer, así como su amor por permitir que sus voces sean
oídas en ocasiones tan solemnes como ésas, las cuales tienen el expreso
propósito de hacer que los demás declaren “que verdaderamente Dios está entre
vosotros” (v. 25).
Los versículos 34 a 36 constituyen
otra regla prohibitiva: “Las mujeres callen en las congregaciones; porque no
les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y
si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso
que una mujer hable en la congregación. ¿Acaso ha salido de vosotros la palabra
de Dios, o sólo a vosotros ha llegado?”
Tales son las reglas que Dios
estableció para Su asamblea. Como cristianos, ¿seríamos capaces de preferir, o
aun de tolerar, una asamblea independiente de Dios, donde el hombre habla como
le place? ¡Cuán necesario se hace juzgarnos a nosotros mismos, especialmente si
ejercemos el derecho a juzgar a otras personas! ¿Hay acaso algo más excelente
que la obediencia?
«Se me pregunta si en lo que se llama una reunión de
asamblea, u otra reunión de carácter similar, es conforme a las Escrituras que deban
hablar más de dos personas. ¿Qué se establece en cuanto a esto? Claramente que
dos, o a lo sumo tres, hayan de hablar (1.ª Corintios
14:27-29). Cuando participa un número mayor a éste, debo disponerme a marcharme
lo más rápido como me sea posible. Aquí se está equivocado acerca de la
libertad de uno. Sólo tenemos libertad para hacer lo que el Señor dice; y
podemos ver la sabiduría del Señor en esta limitación. Puede haber tiempo de
sobra para que hablen una docena de hermanos; pero, sin embargo, la orden es
clara: “dos, o a lo más tres”. No
puede haber ninguna duda en cuanto a lo que esto significa. No significa por
cierto que no puede haber una docena de oraciones pronunciadas por diferentes
hermanos, sino que el sentido claro es que el hablar formalmente, incluso para
aquellos que profetizaban, tenía sus límites. Y seguramente que los dones
menores no tienen mayor libertad que aquellos mayores. Los profetas tenían el
don más elevado y, sin embargo, se les dice que sólo podían hablar “dos o tres”. El claro significado de
esto es que jamás debieran participar, bajo ninguna excusa, más de dos o tres. Demasiado
mucho de una cosa es algo tan malo como demasiado poco. Si tuviéramos una
cantidad mayor incluso de algo que es bueno, ello podría caernos mal y dejarnos
enfermos. Por eso debemos dejar lugar para una digestión adecuada. Y de ahí la
sabiduría en la restricción del número de participantes. Es evidente, pues —lo
que a mí me resulta demasiado claro— que no solamente se nos presentan los
hechos y el “mandamiento del Señor” (1.ª Corintios
14:37), sino que también se nos dan buenas razones para estas restricciones. Hay
una sabiduría perfecta en esto. No hay, en toda la Biblia, nada que sea una
palabra arbitraria. Todas las reglas y directivas, mandamientos y preceptos,
están llenos de la sabiduría divina.»
W. Kelly, Lectures on the Epistle of Jude, pág.
37-38