El amor es el poder que reúne

Pero tenemos otros privilegios. El amor de Dios en Cristo no es solamente un objeto que reúne, sino que es una actividad que reúne. El amor necesita un objeto; actúa y se manifiesta. Así es cómo Dios ha actuado. El concepto de Dios que el paganismo ha elaborado es totalmente distinto. Éste concibe las profundidades silenciosas del propio conocimiento como mero intelecto, aunque supone erróneamente que la materia es igualmente eterna, y que recibe de Dios nada más que forma; pero que entonces vino a ser activo para generar pensamientos y, objetivamente complacido con ellos, vino a ser activo en creación para producirlos según verdad. Con este esquema, los paganos con razón hicieron de las primitivas tinieblas la madre de todas las cosas. Pero tal no es nuestro Dios.

Jesús reveló a Dios; y así conocemos a Dios como “amor”, y también como “luz”. ¡Bienaventurado conocimiento! Tal como se nos da en la Palabra, es la vida eterna; y esta vida, como lo vimos, se ocupa de conocer al Padre y al Hijo. Pero podemos decir también que conocemos esta otra verdad preciosa y excelente: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17). Es la actividad del amor la que constituye el poder de reunión. Él mismo se entregó… “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Incluso para Israel: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37). Aquí, no tenemos sino un objeto que atrae y que santifica, que produce la comunión, sino que es la actividad del amor que actúa, que se entrega, con el fin de reunir; y en esta obra podemos tener nuestra parte. Es ésta la que, al mismo tiempo que santifica y que mantiene la santidad de Dios, nos revela a Dios y reúne a las almas cansadas.

Ahora bien, allí solamente radica el principio y el verdadero poder de reunión: no digo el principio sobre el cual se reúnen los almas, ya que queda claro que lo están sobre el principio de la santidad, de la separación del mal, que es la única manera en que se mantiene la comunión; de no ser así ¡las tinieblas tendrían comunión con la luz! Pero el amor reúne, y esta verdad es para el cristiano tan evidente como lo es el hecho de que el amor reúne para la santidad y sobre ese principio; porque ¿cuando que la mente del hombre se separaría del mal y abandonaría el mal en el cual vive, y que es su naturaleza, desgraciadamente, en cuanto a sus deseos naturales y en cuanto a la esfera en la cual vive? ¡Nunca! Desgraciadamente, su voluntad y sus codicias están allí, su pensamiento es enemistad contra Dios. Este hecho es lo que la presentación de la gracia en Jesús demostró de una manera tan solemne.

La ley nunca fue dada para reunir; era la norma de conducta de un pueblo ya relacionado con Dios, un medio para convencer de pecado. El pecado no reúne hacia Dios, ni tampoco la ley; y uno y otro son todo lo que constituye la condición del hombre, a menos que la gracia obre. Además, sólo la gracia revela plenamente a Dios, y, por consecuencia, sin la gracia, no se manifiesta el objeto alrededor del cual debemos reunirnos. Sólo la gracia alcanza el corazón para conducirlo a Dios: todo, fuera de esto, sólo es responsabilidad y fracaso.

Es Cristo quien reúne, y en esto conocemos el amor, en que dio su vida por nosotros. La propia verdad, de hecho, nunca no se conoce hasta que viene la gracia. La ley por Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo (Juan 1:17). La ley decía al hombre lo que debía ser. No le decía lo que era. Le hablaba de vida, si obedeciera, y de maldición, si desobedecía; pero no le decía que Dios es amor. La ley hablaba de responsabilidad; decía: “haz esto y vivirás”. Era perfecta en su lugar, pero no decía ni lo que el hombre es, ni lo que Dios es: eso permanecía oculto; pero eso es la verdad. La verdad no es lo que debería ser, sino lo que es, la realidad de todas las relaciones existentes tal como son, y la revelación de aquel que, si existen relaciones, deben ser el centro. Ahora bien, era imposible que estas cosas fuesen comunicadas sin la gracia; ya que el hombre es un pecador perdido, y Dios es amor. Por otro lado, ¿cómo podía decirse que toda relación se ha roto (pues el juicio no es una relación, sino la consecuencia de la ruptura de una relación) sino por la revelación de que esta gracia formó una nueva relación sobre el principio mismo de la gracia por el poder divino? Ésta es la razón por la que leemos: “El, de su voluntad, nos hizo nacer [lit.: engendró] por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”; esa simiente incorruptible de la palabra. Por lo tanto, Cristo es la verdad; ya que desde su llegada, se revelan el pecado, la gracia, el mismo Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo mismo, tal cual son; lo que es el hombre en perfección, en su posición de relación con Dios; lo que es el alejamiento de Dios, en el cual el hombre cayó; lo que es la obediencia, y la desobediencia, lo que es la santidad, lo que es el pecado, lo que es Dios, lo que es el hombre, lo que es el cielo, y la tierra: todo se pone en su lugar con relación a Dios, y con la más entera revelación de Sí mismo, al mismo tiempo que sus consejos, de los cuales Cristo es el centro.

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