El amor y la santidad

Tengo en el corazón presentar algunas notas sobre un tema que, creo, es de importancia para el momento actual; y, al hacerlo, tengo presente el espíritu de un tratado sobre el cual las circunstancias han llamado la atención, y he revisado este tratado desde el punto de vista práctico. Me veo más urgido a hacerlo por cuanto he leído, hace algún tiempo, en el periódico «The Present Testimony» (El testimonio presente), si mi memoria no me falla, un artículo que ponía el tema sobre un terreno que no he hallado del todo exacto, en que no consideraba, según mi parecer, más que un solo lado del tema.

Lo que creo que es importante comprender, es que el poder activo que reúne es siempre la gracia, el amor. La separación del mal puede volverse necesaria. En ciertas condiciones particulares de la Iglesia, cuando el mal ha entrado, esta separación puede caracterizar, en una gran medida, la senda de los fieles. Puede suceder que, mientras las mismas convicciones actúen en un mismo momento en muchos, la separación del mal forme un núcleo de personas reunidas. Pero esta separación no es nunca, en sí misma, un poder de reunión. La santidad puede atraer a una alma, cuando esta alma ya está en movimiento por sí misma. Pero el poder para reunir está en la gracia, en el amor viviente que actúa, en “la fe que obra por el amor”. La historia de la Iglesia de Dios en todos los tiempos es la demostración de la verdad de este principio. Reunir es el poder formativo de la unidad, allí donde ella no existe. Doy por sentado aquí que Cristo es reconocido como el centro. Si el mal existe, el poder que reúne puede congregar aparte del mal; pero el poder que reúne, lo repito, es el amor.

El tratado al que he hecho alusión al principio, y sobre el cual deseo pasar revista, a causa de las circunstancias, no es ignorado: «La separación del mal es el principio divino de la unidad.» Espero tener gracia para reconocer el error donde crea que lo haya, y sé que lo debo al Señor; pero el tema que me ocupa aquí es un poco más amplio. Ese tratado considera la condición de la Iglesia de Dios en general, y no a unos miembros de ella en particular; pero como una cierta parte de la verdad corrige un mal, así también otra porción de esta verdad, por su operación en el alma, puede ensanchar la esfera del bien y fortalecer su actividad.

Hay, en la naturaleza de Dios, dos grandes principios reconocidos por todos los santos, la santidad y el amor. El uno, me atrevo a decir, es la necesidad de su naturaleza, imperativo, en virtud de esa naturaleza, para todos los que se acercan a Dios: el otro es su energía. Uno caracteriza la naturaleza de Dios; el otro es su naturaleza propia y el móvil de la actividad de su naturaleza. Dios es santo; no se dice que sea amante, sino que es amor. Lo es en el principio esencial y la actividad de su ser; hacemos de Él un juez por el pecado, pues Dios es santo y tiene autoridad; pero Él es amor, y nadie lo ha hecho tal. Si hay amor en cualquier otra parte fuera de Dios, este amor es de Dios, puesto que Dios es amor. El amor es la preciosa y activa energía de su ser. En el ejercicio de esta energía, Él reúne hacia sí mismo, para la felicidad eterna de aquellos que son así congregados, el despliegue y la manifestación de este amor en Cristo, y Cristo mismo siendo el gran poder y el centro de la reunión. Los consejos de Dios, bajo esta relación, son “la gloria de su gracia”; la aplicación de esos consejos a pecadores y los medios que emplea a tal efecto, son “las riquezas de su gracia”. Y en los siglos venideros, mostrará “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:7).

Antes de entrar en el examen del tema que tengo ahora directamente en vista, permitidme, de paso, decir unas palabras sobre el bello pasaje de la epístola a los Efesios a que me acabo de referir, porque este pasaje revela la plenitud de los pensamientos de Dios cuando introduce en la unidad de que habla esta epístola. Somos bendecidos en Cristo; y Dios mismo es el centro de la bendición, y eso bajo dos aspectos, a saber, en su naturaleza y en su relación con los que son bendecidos. Es a la vez “Dios” y “Padre” en relación con Cristo mismo, considerado como Hombre delante de Él, aunque sea el Hijo amado (véase Efesios 1:3-7). Él es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según las propias palabras de Jesús a sus discípulos, cuando iba a subir al cielo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17), con la sola diferencia de que, aquí, en la epístola a los Efesios, la unidad de los santos en Cristo es introducida, mientras que, en Juan, Cristo habla de los discípulos como de sus “hermanos”. En este doble carácter, pues, que Dios reviste respecto a Cristo mismo, Él nos bendijo con toda bendición espiritual, sin excluir ninguna, en los lugares celestiales, la más excelente y elevada esfera de bendición, allí donde Él habita. No se trata de que las bendiciones sean enviadas a nosotros a la tierra, sino de que nosotros mismos somos elevados allá a lo alto, a los lugares celestiales, y de la manera más excelente y gloriosa, en Cristo Jesús, excepto Su derecho divino a estar sentado en el trono del Padre. ¡Porción maravillosa, gracia dulce y bendita, que se torna simple para nosotros en la medida que nos habituamos a morar en la perfecta bondad de Dios, al cual le es natural ser todo lo que él es, y quien no podría ser otra cosa!

En el versículo 3 del primer capítulo de Efesios, tenemos al “Dios de nuestro Señor Jesucristo”, según la gloria de la naturaleza divina, introduciendo en su propia presencia en Cristo lo que habrá de ser el reflejo de esta gloria, según su designio eterno. Porque la Iglesia en los pensamientos de Dios (y, se puede agregar, en su vida en la Palabra), es antes del mundo en el cual ella se manifiesta. Aquí, se trata de la naturaleza de Dios. Hemos sido escogidos en Cristo “antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor”. Dios es santo, Dios es amor, y en sus caminos, cuando obra, es intachable.

Luego, hay una relación con Cristo; y la relación de Cristo es la de “Hijo”. Así pues, en Él, hemos sido predestinados para la adopción como hijos para Dios mismo, según Su beneplácito, según el placer y la bondad de su voluntad. Se trata de relación aquí. Dios es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, así como su Dios. Ésta es la gloria de su gracia, son sus propios pensamientos y propósitos, para la alabanza de los cuales somos nosotros. Nos manifestó su gracia en el “Amado”. Pero, en realidad, nos encuentra en la condición de pecadores; y él conduce a pecadores a esta posición. ¡Qué pensamiento! Y aquí su gracia resplandece de otra manera. En él, Cristo, el Hijo, “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, lo que necesitamos para entrar en esta posición en la cual estaremos para alabanza de la gloria de su gracia, y eso, según las riquezas de su gracia; porque Dios se manifiesta en la gloria de su gracia, y nuestras necesidades encuentran su respuesta en las riquezas de su gracia.

Así estamos delante de Dios. Lo que sigue en el capítulo se refiere a “la herencia” que nos pertenece por esta misma gracia, lo que está a nuestra disposición. No me detengo en este tema, sino que, como lo hice en otra parte, solamente observo que el Espíritu Santo es las arras de la herencia, pero no del amor de Dios. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Estas dos relaciones, de Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, contienen y manifiestan una abundante riqueza de bendición; se las encuentra frecuentemente en la Escritura.

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