La santificación, ¿qué es?

Procurar paz y consuelo a aquellos que, aunque verdaderamente convertidos, no han echado mano de un Cristo completo, y que, en consecuencia, no gozan de la libertad del Evangelio, es el objeto que nos proponemos al considerar el importante y profundamente interesante tema de la santificación.

Creemos que un número importante de aquellos de quienes buscamos la prosperidad espiritual, sufren considerablemente a razón de ideas defectuosas o erróneas sobre esta cuestión vital. En algunos casos, la doctrina de la santificación es tan enteramente mal comprendida que la verdad de la perfecta justificación del creyente delante de Dios se ve seriamente comprometida.

Por ejemplo, a menudo hemos oído de algunas personas que hablan de la santificación como de una obra progresiva, en virtud de la cual nuestra vieja naturaleza se tiene que ir mejorando gradualmente; y también hemos oído expresar el pensamiento de que hasta que este proceso no alcance su punto culminante —es decir, hasta que la caída y corrupta naturaleza humana no haya sido santificada por completo—, no estamos en condiciones de entrar en el cielo.

Ahora bien, por lo que respecta a esta creencia, sólo diremos que la Escritura, al igual que la auténtica experiencia de todos los creyentes, es enteramente contraria a la misma. La Palabra de Dios no nos dice ni una sola vez que el Espíritu Santo tenga por objeto la mejoría, ya de forma gradual, ya de cualquier otra forma, de nuestra vieja naturaleza, naturaleza que, al nacer, heredamos del caído Adán. El inspirado apóstol declara expresamente que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1.ª Corintios 2:14). Este solo pasaje es claro y concluyente sobre este punto. Si “el hombre natural” es incapaz de “percibir” y de “conocer las cosas del Espíritu de Dios”, ¿cómo este “hombre natural” podría ser santificado por el Espíritu Santo? ¿No es evidente que hablar de la santificación de nuestra naturaleza es ir en contra de la directa enseñanza de 1.ª Corintios 2:14?

Podríamos citar otros pasajes para demostrar que el objeto de las operaciones del Espíritu, no es el de mejorar o santificar la carne, pero no es menester multiplicar las citas. Una cosa enteramente arruinada, jamás puede ser santificada. Hagamos lo que queramos con ella, está arruinada; y el Espíritu Santo, con toda seguridad, no descendió para santificar una ruina, sino para conducir al pecador arruinado a Jesús. En lugar de cualquier intento por santificar la carne, oímos que “el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:17). ¿Podríamos suponer al Espíritu Santo haciendo la guerra contra aquello que debería estar gradualmente mejorando y perfeccionando? Por otra parte, ¿no cesaría el combate tan pronto como el proceso de mejoramiento hubiese alcanzado su apogeo? Pero ¿acaso vemos que el combate del creyente cese alguna vez entretanto esté en el cuerpo?
Esto nos conduce a la segunda objeción contra la errónea teoría de la santificación progresiva de nuestra naturaleza, esto es, la que se deriva de la auténtica experiencia de todos los creyentes. Lector, ¿es Ud. un verdadero creyente? Si es así, yo le preguntaría si alguna vez ha obtenido alguna mejora de su vieja naturaleza. ¿Es ella una pizca mejor ahora que al comienzo de su carrera cristiana? El creyente, por la gracia, sí puede —o debería— subyugarla más plenamente; pero esta naturaleza no es de ningún modo mejorada. Si no la hace morir, ella estará tan dispuesta como siempre a aflorar y a manifestarse en toda su vileza. “La carne” en un creyente, no es nada mejor que “la carne” en un incrédulo. Perded de vista esta verdad, y difícilmente podríais calcular las terribles consecuencias de ello. Si el creyente olvida que el yo debe ser juzgado, pronto aprenderá, mediante una amarga experiencia, que su vieja naturaleza es tan malvada como siempre, y que siempre será exactamente la misma hasta el fin.

Es difícil concebir cómo aquel que es llevado a esperar una mejora gradual de su naturaleza, puede gozar de un instante de paz; pues si tan sólo se considerase a sí mismo a la luz de la santa Palabra de Dios, no puede sino ver que su vieja naturaleza —la carne— es exactamente la misma que cuando andaba en las tinieblas morales de su estado de inconversión. Es cierto que su condición y su carácter han sufrido un gran cambio a raíz de la posesión de una nueva naturaleza —una “naturaleza divina” (2. ª Pedro 1:4)— y a causa de la morada del Espíritu Santo en él para hacer efectivos los deseos de aquélla. Pero no bien la vieja naturaleza actúa, encuentra que es tan contraria a Dios como siempre.

No dudamos de que la tristeza y el desaliento, de los que muchos cristianos se quejan, tienen su origen, en gran parte, en una concepción errónea de este punto importante de la santificación. Ellos buscan lo que jamás podrán encontrar. Buscan un fundamento de paz en una naturaleza santificada, en vez de hacerlo en un sacrificio perfecto; en una obra progresiva de santificación, en vez de buscarlo en una obra cumplida de expiación. En su opinión, es presuntuoso creer que sus pecados son perdonados entretanto su vieja naturaleza no sea completamente santificada; y al ver que ese objetivo no es alcanzado, no tienen una positiva seguridad de perdón, y son, por consecuencia, miserables. En una palabra, ellos buscan “un fundamento” totalmente diferente de aquel que el Señor dijo haber establecido, y, por consecuencia, no tienen absolutamente ninguna certidumbre. Lo único que parece ofrecerles un rayo de consuelo, es el éxito aparente de algún esfuerzo en su lucha por obtener una santidad personal. Si han tenido un día tranquilo, si son favorecidos por un tiempo de dulce comunión, si se hallan en una disposición de calma y de devoción, están prestos a exclamar: “No seré jamás conmovido, porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte” (Salmo 30).

Pero, ¡ay! estas cosas proveen un pobre fundamento para la paz del alma. Ellas no son Cristo; y hasta tanto no veamos que nuestra posición delante de Dios es en Cristo, no tendremos una paz asegurada. Sin duda, el alma que realmente ha echado mano de Cristo, aspira a la santidad; pero si ha comprendido lo que Cristo es para ella, habrá acabado con todo pensamiento acerca de una naturaleza santificada. Ella ha hallado en Cristo su todo, y el deseo primordial de su corazón, es crecer a Su semejanza. Ésta es la verdadera santificación práctica.
A menudo sucede que ciertas personas, al hablar de la santificación, tienen pensamientos rectos acerca de ella, aun cuando no se expresen según la enseñanza de la Escritura. Y hay muchos también que ven un solo lado de la verdad referente al tema de la santificación, pero no el otro; y aunque nos pese ofender a alguien por una palabra, es sin embargo siempre muy importante, al hablar de cualquier punto de la verdad, y particularmente de un punto tan vital como el de la santificación, hablar conforme a la divina integridad de la Palabra. Procederemos, pues, a citar, para nuestros lectores, algunos de los principales pasajes del Nuevo Testamento que desarrollan esta doctrina. Estos pasajes nos enseñarán dos cosas, a saber:

Primero: Qué es la santificación
Segundo: Cómo se efectúa la santificación

1. Qué es la santificación

El primer pasaje sobre el cual llamaremos vuestra atención es 1.ª Corintios 1:30: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” Aquí aprendemos que Cristo “nos ha sido hecho” estas cuatro cosas. Dios nos ha dado en Cristo un cofrecito precioso, y cuando lo abrimos con la llave de la fe, la primera joya que brilla ante nuestros ojos es la “sabiduría”; la segunda, la “justicia”; la tercera, la “santificación”; y la cuarta, la “redención”. Todas estas cosas las tenemos en Cristo. De la misma manera que tenemos una, tenemos todas. Y ¿cómo obtenemos todas estas cosas? Por la fe. Pero ¿por qué el apóstol menciona la redención a lo último? Porque ella comprende la liberación final del cuerpo del creyente, del poder de la mortalidad, cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios lo levantará de la tumba, o lo transformará, en un abrir y cerrar de ojos. ¿Acaso este acto será progresivo? Claro que no. Tendrá lugar “en un abrir y cerrar de ojos”. Ahora el cuerpo se encuentra en un determinado estado, y “en un momento” estará en otro. En el brevísimo lapso de tiempo, expresado por el rápido movimiento del párpado, el cuerpo pasará de la corrupción a la incorrupción, de la deshonra a la gloria, de la debilidad a la fuerza. ¡Qué cambio! Será inmediato, completo, eterno y divino.
Pero ¿qué tenemos que aprender del hecho de que la “santificación” se halle agrupada con la “redención”? Aprendemos que lo que la redención será para el cuerpo luego, la santificación lo es para el alma ahora. En una palabra, la santificación, según el sentido en el cual es empleado aquí el término, es una obra inmediata, completa, eterna y divina. La una es más progresiva que la otra. La una es tan inmediata como la otra. La una es tan completa e independiente del hombre como la otra. No hay duda de que cuando el cuerpo haya sufrido este glorioso cambio, habrá alturas de gloria para recorrer, profundidades de gloria para penetrar y vastos campos de gloria para explorar. Todas estas cosas nos ocuparán durante la eternidad. Pero la obra que nos hará aptos para gozar de semejantes escenas será cumplida en un momento. Así es en cuanto a la santificación: los resultados prácticos de la misma deberán desarrollarse continuamente; pero el hecho mismo, tal como es mencionado en este pasaje, es llevado a cabo en un santiamén.
¡Qué inmenso alivio sería para miles de almas fervorosas, que están en la ansiedad y el combate, si pudieran verdaderamente echar mano de Cristo como su santificación! ¡Cuántos cristianos se esfuerzan inútilmente por lograr una santificación propia! Ellos vinieron a Cristo para la justicia, después de haber hecho muchos esfuerzos inútiles para obtener una justicia propia. Y ahora buscan la santificación de una manera totalmente diferente. Han obtenido “la justicia sin las obras”, y se imaginan que deben obtener la santificación por las obras. Han obtenido la justicia por la fe, y se imaginan que deben arribar a la santificación por propios esfuerzos. Es así como pierden su paz. No ven que obtenemos la santificación precisamente de la misma manera que obtenemos la justicia, puesto que Cristo “nos ha sido hecho” tanto lo uno como lo otro.
¿Acaso obtenemos a Cristo por nuestros esfuerzos? No, sino por la fe. “Al que no obra”, dice la Escritura (Romanos 4:5). Esto se aplica a todo lo que obtenemos en Cristo. No estamos autorizados por ningún concepto a distinguir de 1.ª Corintios 1:30 “la santificación”, para ponerla sobre otra base totalmente diferente de todas las otras bendiciones que despliega este pasaje. No tenemos ni sabiduría, ni justicia, ni santificación, ni redención en nosotros mismos; ni podríamos procurarlas por mucho que podamos hacer; pero Dios ha hecho que Cristo sea todo esto para nosotros. Al darnos a Cristo, nos ha dado todo lo que está en Cristo. La plenitud de Cristo es para nosotros, y Cristo es la plenitud de Dios.
Además, en Hechos 26:18 se habla de los gentiles convertidos “para que reciban remisión remisión de pecados, y herencia entre los que son santificados mediante la fe” (V.M.). Aquí, la fe es el instrumento por el cual se dice que somos santificados, porque ella nos pone en relación con Cristo. Tan pronto como el pecador cree en el Señor Jesús, queda ligado a Él. Es hecho uno con Cristo, completo en Él y acepto en Él. Ésta es la verdadera santificación y la verdadera justificación. No es un proceso; no es una obra gradual ni progresiva. La Palabra es muy explícita. Ella dice: “Los que son santificados mediante la fe en mí.” No dice “los que serán santificados” ni “los que están siendo santificados”. Si tal fuese la doctrina, la Palabra lo expresaría de esa forma.
Sin duda, el creyente crece en el conocimiento de esta santificación, en la conciencia de su poder y de su valor, de su influencia y de sus resultados prácticos; y la experimenta y la goza cada vez más. A medida que “la verdad” esparce su divina luz en su alma, entra más profundamente en la inteligencia de estas palabras: “ser santificado”, es decir, “ser puesto aparte” para Cristo, en medio de este mundo malo. Todo esto es verdadero, hermosamente verdadero; pero cuanto más vemos la verdad, más claramente comprendemos que la santificación no es propiamente una obra progresiva, cumplida en nosotros por el Espíritu Santo; sino que es el resultado de nuestra unión con Cristo por la fe; unión en virtud de la cual venimos a ser participantes de todo lo que Él es. Es una obra inmediata, completa y eterna. “Yo sé que cuanto hace Dios es lo que para siempre será; nada se le puede añadir, ni nada se le puede quitar” (Eclesiastés 3:14; V.M.). Ya sea que justifique o que santifique, “para siempre será”. Un sello de eternidad es puesto a cada una de las obras de Sus manos. “Nada se le puede añadir”, y, bendito sea su Nombre, “nada se le puede quitar”.
Hay pasajes que presentan el tema bajo otro aspecto, y que requiere también ser considerado con más detalle. Me refiero al resultado práctico en el creyente de su santificación en Cristo. En 1.ª Tesalonicenses 5:23, el apóstol ora así por los santos a quienes se dirige: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” Aquí la palabra se aplica a una santificación que admite grados. Los tesalonicenses, al igual que todos los creyentes, tenían una perfecta santificación en Cristo; mas en cuanto a su gozo y a su manifestación práctica, ella no estaba cumplida sino en parte, y el apóstol ora para que ellos sean santificados por completo.
En este pasaje, es digno de notar que no se dice nada de “la carne”. Nuestra naturaleza caída y corrupta es siempre tratada como una cosa arruinada para siempre. Ella ha sido pesada en la balanza y hallada ligera. Ha sido medida por la regla divina y no ha alcanzado la medida. Se le aplicó una plomada perfecta, y fue hallada torcida. Dios la hizo a un lado. Su fin “ha llegado delante de Él” (Génesis 6:3; V.M.). La condenó y le dio muerte (Romanos 8:3). Nuestro viejo hombre ha sido crucificado, muerto y sepultado (Romanos 6:8). Presentar las pruebas llevaría un volumen. ¿Iríamos a imaginar, pues, un instante que Dios el Espíritu Santo haya descendido del cielo con el objeto de exhumar una naturaleza condenada, crucificada y sepultada, a fin de santificarla? Basta mencionar tal idea para que sea abandonada para siempre por todo hombre que se someta a la autoridad de la Escritura. Cuanto más atentamente estudiemos la Ley, los Profetas, los Salmos y el Nuevo Testamento, tanto más claramente veremos que la carne es enteramente incorregible. Ella es absolutamente inservible. El Espíritu Santo no la santifica, sino que da al creyente el poder para mortificarla. Se nos habla de “despojar el viejo hombre” (Colosenses 3:9). Este precepto jamás nos habría sido dado, si el Espíritu Santo hubiese tenido por objeto santificar este “viejo hombre”.
Esperamos que nadie nos imputará el menor deseo de rebajar el nivel de la santidad personal, ni de debilitar las santas aspiraciones del alma al progreso en esa pureza que todo cristiano debiera desear ardientemente. ¡Que Dios no lo permita! Si hay algo que tenemos sobre todo en el corazón, es el deseo de promover, tanto en nosotros como en nuestros hermanos, esa plena pureza personal, ese tono elevado de santidad práctica, esa entera separación de corazón respecto de todo mal moral bajo toda forma posible. Por eso suspiramos, por eso oramos y en eso deseamos crecer día a día.
Pero, al mismo tiempo, estamos plenamente convencidos de que una verdadera santidad práctica, jamás puede estar fundada sobre una base legal, y de ahí que insistamos en llamar la atención de nuestros lectores respecto de 1.ª Corintios 1:30. Es de temer que muchos que, en alguna medida, han abandonado el terreno legal en lo que concierne a “la justicia”, se queden atrás todavía en lo que concierne a “la santificación”. Creemos que ésta es la trampa y el error de miles de cristianos, y es nuestro ardiente deseo verlo corregido. El pasaje que tenemos ante nosotros, si sólo fuese recibido en el corazón por la fe, corregiría totalmente este grave engaño.
Todos los cristianos inteligentes están de acuerdo en cuanto a la verdad fundamental de “la justicia sin las obras”. Todos admiten plena y perfectamente que no podemos, mediante ningún esfuerzo, lograr una justicia propia delante de Dios; pero no todos ven tan claramente que, en la Palabra, la justificación y la santificación se hallan precisamente sobre el mismo fundamento. No podemos operar más nuestra santificación de lo que podemos operar nuestra justificación. Sí podemos intentar hacerlo, pero veremos tarde o temprano que nuestros esfuerzos son completamente vanos. Podemos hacer votos, tomar resoluciones, trabajar y combatir; podemos acariciar la esperanza de que mañana seremos mejor que hoy; pero, al fin de cuentas, seremos constreñidos a ver, a sentir y a reconocer que, en el asunto de la santificación, somos tan completamente “débiles” (Romanos 5:6) como lo demostramos ser en el asunto de la justificación.
¡Oh, qué precioso alivio para el alma sufriente que, tras buscar la satisfacción o el reposo a lo largo del camino de la santidad personal, descubre, tras años de luchas inútiles, que eso mismo tras lo cual suspira, se halla guardado y a su disposición en Cristo, a saber, una santificación completa que ha de gozarse por la fe! Tal cristiano puede haber luchado con sus hábitos, con sus malos deseos, con su carácter, con sus pasiones; puede haber estado haciendo los más laboriosos esfuerzos por para subyugar la carne y para crecer en santidad interior, pero, ¡ay, ha fracasado![1] Él descubre, con profundo dolor, que no es santo, y sin embargo lee que “sin santidad nadie verá al Señor” (Hebreos 12). No, obsérvese bien, sin una cierta medida, o cierto grado alcanzado de santidad, sino sin la santidad misma, la que todo cristiano posee desde el momento que cree, ya sea que lo sepa o no. En la palabra “salvación” está tan bien comprendida la perfecta santificación, como “la sabiduría, la justicia y la redención”. Él no ha obtenido a Cristo por sus esfuerzos, sino por la fe; y cuando echó mano de Cristo, recibió todo lo que está en Cristo.
Así pues, mirando a Cristo, permaneciendo en Él, por la fe, él encuentra el poder para obtener la victoria sobre sus concupiscencias, sus pasiones, su carácter, sus hábitos, sus circunstancias y las influencias que le rodean. Es menester que mire a Jesús para todo. Él no es más capaz de someter una sola concupiscencia, que de borrar todo el catálogo de sus pecados o de producir una perfecta justicia o de resucitar un muerto. “Cristo es todo y en todos.” La salvación es una cadena de oro que se extiende de eternidad a eternidad, y cada eslabón de esta cadena, es Cristo. Es Cristo desde el comienzo hasta el fin.
Todo esto es simple para la fe. La posición del creyente está en Cristo, y si él está en Cristo para una cosa, lo está para todas. Yo no estoy en Cristo para la justicia, y fuera de Cristo para la santificación. Si soy deudor a Cristo para la justicia, lo soy igualmente para la santificación. No soy deudor al legalismo, ni para lo uno ni para lo otro. Tengo lo uno y lo otro por gracia, por medio de la fe, y todo eso en Cristo. Sí, todo —absolutamente todo— en Cristo. Desde el momento que el pecador viene a Cristo, y cree en Él, es sacado completamente del viejo terreno de la naturaleza; pierde su vieja posición legal con todas sus pertenencias, y es considerado como en Cristo. Ya no está más “en la carne”, sino “en el Espíritu” (Romanos 8:9). Dios no le ve más que en Cristo y como a Cristo. Viene a ser uno con Cristo para siempre. “Como él es, así somos nosotros en este mundo” (1.ª Juan 4). He aquí la posición absoluta, asegurada y eterna del más débil niñito en la familia de Dios. No hay sino una sola y misma posición para todo hijo de Dios, para todo miembro de Cristo. Su conocimiento, su experiencia, su fuerza, sus dones, su inteligencia pueden variar, pero su posición es una. Todo lo que poseen de justicia o de santificación, ellos lo deben a lo que son en Cristo; por consiguiente, si no tienen una santificación perfecta, tampoco tienen una justicia perfecta. Pero 1.ª Corintios 1:30 nos enseña positivamente que Cristo “ha sido hecho” lo uno y lo otro a todos los creyentes. No dice que tenemos la justicia y «una medida de santificación». Tendríamos, en tal caso, tanta autoridad bíblica para poner la palabra «medida» delante de justicia como delante de santificación. El Espíritu de Dios no la ha puesto delante de una ni de otra. Ambas son perfectas, y son nuestras en Cristo. Dios jamás hace algo a medias. No hay tal cosa como una «semijustificación»; no, no existe nada parecido; tampoco hay nada semejante a una «semisantificación». La idea de un miembro de la familia de Dios, o del Cuerpo de Cristo, que fuese completamente justificado, pero solo santificado a medias, es a la vez contraria a la Escritura, y extremadamente ofensiva a todos los sentimientos de la naturaleza divina.
Es bastante probable que los conceptos erróneos que generalmente se tienen acerca de la santificación, se deban, en gran parte, al hábito de confundir dos cosas que son esencialmente diferentes, a saber: la posición y la marcha del creyente o, como a veces se dice, posición y condición. La posición del creyente es perfecta, eterna, inmutable, divina, por cuanto es el don de Dios en Cristo. Su andar es imperfecto, vacilante y caracterizado por la debilidad personal. Su posición es absoluta e inalterable. Su condición práctica puede presentar diversas imperfecciones, entretanto está en su cuerpo, y rodeado de diversas influencias contrarias que afectan diariamente su condición moral. Si, pues, su posición es medida por su marcha, su posición por su condición, lo que es a los ojos de Dios por lo que es a los ojos de los hombres, el resultado será necesariamente falso. Si yo razono según lo que soy en mí mismo, en lugar de razonar según lo que soy en Cristo, deberé necesariamente llegar a una falsa conclusión.
Deberíamos prestar mucha atención a esto. Somos muy propensos a razonar partiendo de nosotros mismos hacia Dios, cuando debería ser al revés: tomando a Dios como punto de partida para recibir de Él nuestros argumentos. Deberíamos recordar estas palabras del Señor: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9).
Dios no puede pensar en su pueblo, hablar de su pueblo ni actuar hacia los suyos sino sólo según lo que ellos son en Cristo. Él les ha dado esta posición. Ha hecho de ellos lo que son. Hechura suya somos. Por eso, hablar de los suyos como justificados a medias, sería arrojar deshonra sobre Dios; y hablar de los suyos como santificados a medias, sería exactamente lo mismo.
Este curso de pensamientos nos conduce a otra importantísima prueba derivada de las autoritativas y concluyentes páginas de la inspiración: se trata de 1.ª Corintios 6:11. En los versículos precedentes, el apóstol pintó un horroroso cuadro de la humanidad caída, y les dijo abiertamente a los santos de Corinto que ellos habían sido parecidos a este retrato. “Y esto erais algunos.” He ahí un trato franco. No había palabras lisonjeras; ello no era recubrir la pared con lodo suelto; no se ve ningún intento por ocultar una parte de la verdad en cuanto a la entera e irreparable ruina de la naturaleza humana. “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.”
¡Qué notable contraste entre los dos lados del “mas” del apóstol! Por un lado, todos tenemos la degradación del estado moral del hombre, y, por el otro, la perfección absoluta de la posición del creyente delante de Dios. En verdad se trata de un maravilloso contraste; y recuérdese que el alma pasa en un santiamén de un lado de este “mas” al otro. “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido” ahora una cosa totalmente diferente. Tan pronto como ellos recibieron el evangelio de Pablo, fueron “lavados, santificados y justificados”. Fueron hechos aptos para el cielo, y si no lo hubiesen sido, ello habría sido una tacha sobre la obra divina.

“Está todo limpio”, dijiste tú Señor;
¿Alguna sospecha abrigará el corazón?
“Palabra fiel” la tuya, de seguro es,
Y una obra cumplida, no menos también.

Esto es divinamente cierto. El creyente menos experimentado “está todo limpio”, no como una cosa que ha logrado, sino como un resultado necesario de estar en Cristo. “Estamos en el verdadero” (1.ª Juan 5). ¿Alguno podría estar en Cristo, y al mismo tiempo no estar sino santificado a medias? Seguramente que no. El cristiano fiel crecerá, sin duda, en el conocimiento y la experiencia de lo que es realmente la santificación. Conocerá siempre mejor su poder práctico, el efecto moral sobre sus hábitos, sus pensamientos, sus sentimientos, sus afectos y sus asociaciones; en una palabra, comprenderá y desplegará la poderosa influencia de la santificación divina sobre toda su marcha, su conducta y su carácter. Pero, junto con esto, él fue tan plenamente santificado a los ojos de Dios desde el momento que quedó unido a Cristo por la fe, como lo será cuando haya de exponerse a los rayos de la presencia divina, y reflejar esta gloria que emana del trono de Dios y del Cordero. Él está en Cristo ahora, y estará en Cristo después. Su esfera y sus circunstancias serán diferentes. Sus pies se posarán sobre las calles de oro puro del santuario celestial, en lugar de estar sobre las áridas arenas del desierto. Estará en un cuerpo de gloria en vez de estar en un cuerpo de humillación; pero en cuanto a su posición, a su aceptación, a su plenitud en Cristo, a su justificación y a su santificación, todo ha sido perfectamente cumplido y determinado desde el momento que creyó en el Nombre del unigénito Hijo de Dios; tan firmemente determinado como siempre, por cuanto es Dios quien lo hizo, y como Dios podía hacerlo. Todo esto es lo que parece desprenderse de forma incontestable y necesaria de 1.ª Corintios 6:11.
Es de suprema importancia comprender claramente la diferencia que existe entre una verdad y su aplicación práctica o su resultado. Esta distinción es continuamente mantenida en la Palabra de Dios. “Ya habéis sido santificados”. He aquí la verdad absoluta, en cuanto al creyente, considerado en Cristo; mientras que la aplicación práctica de esta verdad en el creyente, y sus resultados en el creyente, la encontramos en pasajes tales como éstos: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25-26). “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo” (1.ª Tesalonicenses 5:23).

2. Cómo se efectúa la santificación

Pero ¿cómo tiene lugar esta aplicación, y cómo se obtiene este resultado? Por el Espíritu Santo, por medio de la Palabra escrita. Por eso se dice: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Y también: “Dios os ha escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2.ª Tesalonicenses 2:13). Asimismo en Pedro: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu” ( 1.ª Pedro 1:2). El Espíritu Santo lleva a cabo la santificación práctica del creyente sobre la base de la obra cumplida de Cristo, y el modo en que lo hace es aplicando al corazón y a la conciencia la verdad tal como es en Jesús. Él desarrolla la verdad en cuanto a nuestra posición perfecta delante de Dios en Cristo; y, dando energía al nuevo hombre en nosotros, nos hace capaces de rechazar todo lo que sería incompatible con esta posición perfecta. Un hombre que “ha sido lavado, santificado y justificado”, no debería entregarse más a nada que sea contrario a la santidad, ni debería dar más rienda suelta a su temperamento, a sus pasiones y a sus concupiscencias. Él es separado para Dios, y debería limpiarse “de toda contaminación de carne y de espíritu” (2.ª Corintios 7:1). Posee el santo y feliz privilegio de aspirar a la santidad personal más elevada. Su corazón y sus hábitos debieran ser traídos y mantenidos bajo el poder de esta gran verdad, a saber: que él “ya ha sido lavado, santificado y justificado”.
Ésta es la verdadera santificación práctica. No es una tentativa de mejorar nuestra vieja naturaleza. No es un vano esfuerzo por reconstruir una ruina irreparable. No; es simplemente el Espíritu Santo que, mediante la poderosa aplicación de “la verdad”, hace al nuevo hombre capaz de vivir, de moverse y de tener su existencia en esa esfera a la cual pertenece. Aquí, indudablemente, habrá progreso. Tendrá lugar un crecimiento en el poder moral de esta preciosa verdad, un crecimiento en capacidad espiritual para someter y tener en sujeción todo lo atinente a la naturaleza, un creciente poder de separación del mal que nos rodea, una creciente aptitud para ese cielo al cual pertenecemos, y hacia el cual marchamos, una creciente capacidad de gozarnos en sus santos ejercicios. Todo esto tendrá lugar mediante el misericordioso ministerio del Espíritu Santo, quien se sirve de la Palabra de Dios para desplegar ante nuestras almas la verdad, en cuanto a nuestra posición en Cristo, y a la marcha que condice con esa posición. Pero compréndase bien que la obra del Espíritu Santo en la santificación práctica, día a día, reposa sobre el hecho de que los creyentes “son santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). El Espíritu Santo tiene por objeto conducirnos al conocimiento, la experiencia y la manifestación práctica de lo que era verdad de nosotros en Cristo desde el mismo momento que creímos. En esta obra hay progreso; pero en cuanto a nuestra posición en Cristo, ella es eternamente cumplida.
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Y también: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo” (1.ª Tesalonicenses 5:23). En estos pasajes, tenemos el gran lado práctico de la cuestión. Aquí vemos presentada la santificación, no meramente como algo que es absoluta y eternamente verdadero de nosotros en Cristo, sino también como algo que se cumple en nosotros, día a día, hora tras hora, por el Espíritu Santo, mediante la Palabra. Considerado desde este punto de vista, la santificación es, obviamente, algo progresivo. Yo debería estar más avanzado en santidad personal el próximo año que el presente. Debería, por la gracia, progresar cada día en santidad práctica. Pero —permitidme pregutaros— ¿qué es esto? ¿Qué es esto sino el cumplimiento, en mí, de lo que fue verdadero de mí, en Cristo, desde el momento que creí? La base sobre la cual el Espíritu Santo cumplió la obra subjetiva en el creyente, es la verdad objetiva de la perfección eterna de éste en Cristo.
Asimismo leemos: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Aquí la santificación nos es presentada como algo que hay que “seguir”, algo que hay que alcanzar con activo empeño, algo que todo verdadero creyente suspirará por cultivar.
¡Que el Señor nos introduzca en el poder de estas verdades! ¡Quiera Él que no permanezcan alojadas en la región de nuestro intelecto como doctrinas y dogmas, sino que entren y permanezcan en el corazón, como realidades influyentes, poderosas y sagradas! ¡Dios quiera que conozcamos el poder santificante de la verdad (Juan 17:17); el poder santificante de la fe (Hechos 26:18); el poder santificante del Nombre de Jesús (1.ª Corintios 1:30; 6:11); el poder santificante del Espíritu Santo (1.ª Pedro 1:2); la gracia santificante del Padre (Judas 1)!
Y ahora, a Dios el Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sean gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. ¡Amén!

La biblia. Su suficiencia y supremacía

Sabemos de algunas personas que querrían persuadirnos con vehemencia de que las cosas están tan completamente cambiadas desde que la Biblia fue escrita, que sería necesaria para nosotros otra guía distinta de la que nos proporcionan sus preciosas páginas. Esas personas nos dicen que la sociedad no es la misma ahora que la de entonces; que la Humanidad ha realizado progresos; que ha habido tal desarrollo de los poderes de la naturaleza, de los recursos de la ciencia y de las aplicaciones de la filosofía que sostener la suficiencia y supremacía de la Biblia en una época como la actual, sólo puede ser tildado de bagatela, ignorancia o tontería.

Ahora bien, aquellos que nos dicen estas cosas pueden ser personas muy inteligentes e instruidas, pero no tenemos ningún reparo en decirles que, a este respecto, yerran “ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29). Por cierto que deseamos rendir el debido respeto al saber, al genio y al talento siempre que se encuentren en su justo lugar y en su debida labor; pero, cuando hallamos a tales individuos ensalzando sus arrogantes cabezas por encima de la Palabra de Dios, cuando les hallamos sentados como jueces, mancillando y desprestigiando aquella incomparable revelación, sentimos que no les debemos el menor respeto y les tratamos ciertamente como a tantos agentes del diablo que se esfuerzan por sacudir aquellos eternos pilares sobre los cuales ha descansado siempre la fe del pueblo de Dios. No podemos oír ni por un momento a hombres —por profundos que sean sus discursos y pensamientos— que osan tratar al Libro de Dios como si fuera un libro humano y hablar de esas páginas que fueron compuestas por el Dios todosabio, todopoderoso y eterno, como si fueran producto de un mero mortal, débil y ciego.

Es importante que el lector vea claramente que los hombres o bien deben negar que la Biblia es la Palabra de Dios, o bien deben admitir su suficiencia y supremacía en todas las épocas y en todos los países, en todos los períodos y en todas las condiciones del género humano. Dios ha escrito un libro para la guía del hombre, y nosotros sostenemos que ese libro es ampliamente suficiente para ese fin, sin importar cuándo, dónde o cómo encontremos a su destinatario. “Toda la Escritura es inspirada por Dios… a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (griego: a[rtiov”)[1], enteramente preparado para toda buena obra” (2.ª Timoteo 3:16-17). Esto seguramente es suficiente. Ser perfecto y estar enteramente preparado debe necesariamente implicar la independencia del hombre de todos los argumentos humanos de la Filosofía y de la pretendida Ciencia.

Sabemos muy bien que al escribir así nos exponemos a la burla del instruido racionalista y del culto e ilustre filósofo. Pero no somos lo suficientemente susceptibles a sus críticas.

Admiramos en gran manera cómo una mujer piadosa —aunque, sin duda, muy ignorante— contestó a un hombre erudito que estaba intentando hacerle ver que el escritor inspirado había cometido un error al afirmar que Jonás estuvo en el vientre de una ballena[2]. Él le aseguraba que tal cosa no podría ser posible, ya que la historia natural de la ballena demuestra que ella no podría tragar algo tan grande. «Bueno —dijo la mujer— yo no conozco demasiado acerca de Historia Natural, pero sé esto: si la Biblia me dijera que Jonás se tragó el gran pez, yo le creería.» Ahora bien, es posible que muchos piensen que esta pobre mujer se hallaba bajo la influencia de la ignorancia y de la ciega credulidad; pero, por nuestra parte, preferiríamos ser la mujer ignorante que confiaba en la Palabra de Dios antes que el instruido racionalista que trataba de menoscabar la autoridad de esta última. No tenemos la menor duda en cuanto a quién se hallaba en la posición correcta.

Pero no vaya a suponerse que preferimos la ignorancia al saber. Ninguno se imagine que menospreciamos los descubrimientos de la Ciencia o que tratamos con desdén los logros de la sana Filosofía. Lejos de ello. Les brindamos el mayor respeto en su propia esfera. No podríamos expresar cuánto apreciamos la labor de aquellos hombres versados que dedicaron sus energías al trabajo de desbrozar el texto sagrado de los diversos errores y alteraciones que, a través de los siglos, se habían deslizado en él, a causa del descuido y la flaqueza de los copistas, de lo cual el astuto y maligno enemigo supo sacar provecho. Todo esfuerzo realizado con miras a preservar, desarrollar, ilustrar y dar vigor a las preciosas verdades de la Escritura lo estimamos en muy alto grado; pero, por otro lado, cuando hallamos a hombres que hacen uso de su sabiduría, de su ciencia y de su filosofía con el objeto de socavar el sagrado edificio de la revelación divina, creemos que es nuestro deber alzar nuestras voces de la manera más fuerte y clara contra ellos y advertir al lector, muy solemnemente, contra la funesta influencia de tales individuos.

Creemos que la Biblia, tal como está escrita en las lenguas originales —hebreo y griego—, es la Palabra misma del sabio y único Dios verdadero, para quien un día es como mil años y mil años como un día, quien vio el fin desde el principio, y no sólo el fin, sino todos los períodos del camino. Sería, pues, una positiva blasfemia afirmar que «hemos llegado a una etapa de nuestra carrera en la cual la Biblia ya no es suficiente», o que «estamos obligados a seguir un rumbo fuera de sus límites para hallar una guía e instrucción amplias para el tiempo actual y para cada momento de nuestro peregrinaje terrenal». La Biblia es un mapa perfecto en el cual cada exigencia del navegante cristiano ha sido prevista. Cada roca, cada banco de arena, cada escollo, cada cabo, cada isla, han sido cuidadosamente asentados. Todas las necesidades de la Iglesia de Dios para todos aquellos que la conforman, han sido plenamente provistas. ¿Cómo podría ser de otro modo si admitimos que la Biblia es la Palabra de Dios? ¿Podría la mente de Dios haber proyectado o su dedo haber trazado un mapa imperfecto? ¡Imposible! O bien debemos negar la divinidad, o bien admitir la suficiencia del «Libro». Nos aferramos tenazmente a la segunda opción. No existe término medio entre estas dos posibilidades. Si el libro es incompleto, no puede ser de Dios; si es de Dios, debe ser perfecto. Pero si nos vemos obligados a recurrir a otras fuentes para guía e instrucción referente a la Iglesia de Dios y a aquellos que la conforman —cualesquiera sean sus lugares— entonces la Biblia es incompleta y, por ende, no puede ser de Dios en modo alguno.

La tradición

Querido lector, ¿qué debemos hacer entonces? ¿Adónde debemos recurrir? Si la Biblia no es el manual divino y, por tanto, no es plenamente suficiente, ¿qué queda? Algunos nos sugerirán que recurramos a la tradición. ¡Ay, qué guía miserable! Tan pronto como nos hayamos internado en el amplio campo de la tradición, nuestros oídos se verán sobresaltados por causa de diez mil extraños y discordantes sonidos. Puede ser que nos encontremos con una tradición que parezca muy auténtica, muy venerable, digna de todo respeto y confianza y nos encomendemos así a su guía; pero, no bien lo hagamos, otra tradición se cruzará por nuestro camino reclamando con fuerza nuestra atención y conduciéndonos en una dirección totalmente opuesta. Así sucede con la tradición. La mente se aturde y uno se acuerda del alboroto en Éfeso, respecto del cual leemos que “unos, pues, gritaban una cosa, y otros otra; porque la concurrencia estaba confusa” (Hechos 19:32). El caso es que necesitamos una norma perfecta, y esto sólo puede hallarse en una revelación divina, la cual, como lo creemos, debe ser hallada en las páginas de nuestra tan preciosa Biblia. ¡Qué tesoro! ¡Cómo debemos bendecir a Dios por este don! ¡Cómo debemos alabar su nombre por su gran misericordia, la que no dejó a su Iglesia pendiente de la voluble tradición humana, sino de la segura luz divina! No necesitamos que la tradición asista la revelación, sino más bien utilizamos esta última para poner a prueba a aquélla. Darle lugar a la tradición humana para que acuda en auxilio de la revelación divina, es lo mismo que si prendiéramos una débil vela con el objeto de ayudar a los potentes rayos solares del mediodía.

La conveniencia

Pero existe aún otro muy engañoso y peligroso recurso presentado por el enemigo de la Biblia y, lamentablemente, aceptado por miles de integrantes del pueblo de Dios. Se trata de la conveniencia o del muy atractivo argumento de hacer todo el bien que podamos, sin prestar la debida atención a la manera en que hacemos tal bien. El árbol de la conveniencia es un árbol muy extendido, el cual produce los más atractivos frutos. Pero, ¡ah, querido lector, recuerde que esos frutos se sentirán amargos como el ajenjo al final! Sin duda, hacer todo el bien que podamos es algo bueno, pero reparemos con cuidado de qué manera lo hacemos. No nos engañemos a nosotros mismos por la vana ilusión de que Dios aceptará alguna vez servicios basados en una positiva desobediencia a su palabra. “Mi ofrenda a Dios”, decían los antiguos, a la vez que pasaban por alto descaradamente el claro mandamiento de Dios, como si Él fuese a sentir agrado en una ofrenda presentada de acuerdo con tal principio. Hay una íntima relación entre el viejo “Corbán” y la moderna «conveniencia», pues “nada hay nuevo debajo del sol” (Eclesiastés 1:9). La solemne responsabilidad de obedecer la Palabra de Dios era evadida mediante el plausible pretexto de “es Corbán”, o “mi ofrenda a Dios” (Marcos 7:7-13).

Así sucedió antiguamente. El “Corbán” de los antiguos justificó —o procuró justificar— un sinnúmero de transgresiones a la ley de Dios; y la «conveniencia» de nuestros tiempos seduce a otros tantos para que traspasen el límite trazado por revelación divina.

Ahora bien, reconocemos totalmente que la conveniencia ofrece los atractivos más codiciables. Parece algo muy placentero hacer mucho bien, lograr los fines de una benevolencia totalmente desinteresada, lograr resultados tangibles. No sería asunto fácil, por cierto, estimar debidamente las atrapantes influencias de tales cosas o la inmensa dificultad de arrojarlas por la borda. ¿Nunca nos hemos visto tentados, mientras nos manteníamos sobre la estrecha senda de la obediencia, a contemplar fuera de ella los brillantes campos de la conveniencia, a uno y otro lado, y exclamar: «¡Ay, estoy sacrificando mi utilidad por una idea!»? Sin duda; pero entonces, ¿qué ocurriría si tuviésemos un fundamento para esa «idea», así como lo tenemos para las doctrinas fundamentales de la salvación? La pregunta es: ¿Cuál es la idea? ¿Está ella basada sobre “así ha dicho el Señor”? (Amós 5:16). Si es así, entonces aferrémonos a ella tenazmente aunque diez mil partidarios de la conveniencia estuvieren profiriendo contra nosotros el penoso cargo de ciego fanatismo. Hay un inmenso poder en la respuesta breve pero tajante dada a Saúl: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1.º Samuel 15:22). La palabra de Saúl fue sacrificios, en cambio la de Samuel fue obediencia. Sin duda el balido de las ovejas y el bramido de los bueyes eran apasionantes y llamativos. Ellos serían considerados como pruebas sustanciales de que algo estaba siendo hecho; mientras que, por otro lado, la senda de la obediencia parecía estrecha, silenciosa, solitaria e infructuosa. Pero, ¡qué penetrantes aquellas palabras de Samuel: “El obedecer es mejor que los sacrificios”! ¡Qué victoriosa respuesta a los más elocuentes defensores de la conveniencia! Palabras concluyentes, de lo más convincentes, las cuales nos enseñan que es mejor mantenerse firme como una estatua de mármol sobre la senda de la obediencia que lograr los fines más deseables mediante la transgresión de un claro precepto de la Palabra de Dios.

Pero nadie vaya a suponer que uno debe ser como una estatua en aquella senda de la obediencia. Lejos de ello. Hay servicios preciosos y extraordinarios para ser realizados por los obedientes, servicios que sólo pueden ser desempeñados por hombres así y que deben toda su preciosidad al hecho de ser fruto de la simple obediencia[3]. Ciertamente, esos servicios bien pueden no hallar lugar en el registro público de la ocupada y agitada actividad del hombre; pero ellos están registrados en lo alto y serán publicados a su debido tiempo. Como nos decía a menudo un querido amigo: «El cielo será el lugar más seguro y feliz para oír acerca de nuestra obra aquí abajo.» No perdamos esto de vista, y prosigamos nuestro camino con toda sencillez, acudiendo a Cristo, el Señor, para toda guía, poder y bendición. Que Su bendita aprobación sea suficiente para nosotros. Que no se nos halle mirando de reojo con la intención de conseguir la aprobación de un pobre mortal, cuyo aliento está en sus narices, ni anhelando hallar nuestros nombres en medio del reluciente registro de los grandes hombres de la época. El siervo de Cristo debe poner su mirada lejos de todas estas cosas. Su gran ocupación es obedecer. Su objetivo no debe ser hacer todo lo posible, sino simplemente hacer lo que se le ordena. Esto hace que todo sea claro y, además, hará de la Biblia algo precioso como la depositaria de la voluntad del Maestro, a la cual él debe acudir continuamente para saber lo que tiene que hacer y cómo lo debe hacer. Ni la tradición, ni la conveniencia, serán de utilidad para el siervo de Cristo. La pregunta vital es: “¿Qué dice la Escritura?” (Romanos 4:3).
Esto lo resuelve todo. No debe haber ninguna apelación respecto de una decisión de la Palabra de Dios. Cuando Dios habla, al hombre le corresponde la sumisión. De ninguna manera es esto una cuestión de obstinada adhesión a las ideas propias del hombre. Es justamente todo lo contrario. Es una adhesión reverente a la Palabra de Dios. Que el lector advierta esto claramente. Con frecuencia sucede que, cuando uno está decidido, a través de la gracia, a obrar de acuerdo con la Escritura, será declarado dogmático, intolerante e impetuoso; y, sin duda, uno tiene que velar por su temperamento, espíritu y estilo, aun cuando procure obrar de conformidad con la Palabra de Dios. Pero téngase muy presente que la obediencia a los mandamientos de Cristo es justo lo contrario de la arrogancia, del dogmatismo y de la intolerancia. No es de extrañar que, cuando un hombre consiente dócilmente en confiar su conciencia al cuidado de sus semejantes y en sujetar su inteligencia a las opiniones de los hombres, se lo considere como persona apacible, modesta y liberal; pero, no bien se someta con reverencia a la autoridad de la Santa Escritura, será tenido como alguien confiado en sí mismo, dogmático y de mentalidad estrecha. Que así sea. Viene rápidamente el tiempo en el cual la obediencia será llamada por su verdadero nombre y halle su reconocimiento y recompensa. El creyente fiel debe sentirse contento de esperar ese momento y, mientras lo aguarda, debe sentirse satisfecho de permitir que los hombres lo llamen como les plazca. “Jehová conoce los pensamientos de los hombres, que son vanidad” (Salmo 94:11).

El racionalismo

Pero debemos finalizar nuestro tema, por lo cual añadiremos solamente, a modo de conclusión, que existe una tercera influencia hostil contra la cual el amante de la Biblia tendrá que estar en guardia. Se trata del racionalismo o la supremacía de la razón humana. El fiel discípulo de la Palabra de Dios deberá resistir a este audaz intruso con la más firme entereza. Éste tiene la presunción de colocarse como juez de la Palabra de Dios y resolver en qué parte es digna de Dios y en qué parte no, prescribiendo límites a la inspiración. En vez de someterse con humildad a la autoridad de la Escritura, la cual se remonta de continuo a una región a la cual la pobre y ciega razón jamás la puede seguir, el racionalismo, con todo orgullo, procura hacer descender a la Escritura por debajo de Su verdadero nivel y acomodarla al de él. Si la Biblia declara algo que no concuerde aun en lo más mínimo con las conclusiones del racionalismo, entonces —se alega— tiene que tener alguna falla. Si Dios dice algo que la pobre, ciega y pervertida razón no puede conciliar con sus propias conclusiones —las cuales, nótese, las más de las veces son los absurdos más groseros— Él es excluido de su propio libro.

Y esto no lo es todo. El racionalismo nos priva de la única norma perfecta de verdad y nos conduce hacia una región en la cual prevalece la más tenebrosa incertidumbre. Procura socavar la autoridad de un libro del cual podemos creer todo y conducirnos hacia un campo de especulación en el cual no podemos estar seguros de nada. Bajo el dominio del racionalismo, el alma es como una embarcación desprendida de sus amarras de seguridad en el puerto de la revelación divina y que se verá bamboleada como un corcho sobre la turbulenta y devastadora corriente del escepticismo universal.

Ahora bien, no esperamos convencer a un consumado racionalista, aun cuando el mismo condescendiera a examinar nuestras modestas páginas, lo cual es algo muy improbable. Ni podríamos esperar ganar para nuestro modo de pensar al decidido defensor de la conveniencia, o al ardiente admirador de la tradición. Ni tenemos la competencia, ni el tiempo libre, ni el espacio para entrar en tal línea de argumento como sería necesario si fuésemos a procurar tales fines. Pero estamos deseosos de que el lector cristiano perciba, a partir de la lectura cuidadosa de este artículo, de un modo más profundo la preciosidad de su Biblia. Deseamos fervientemente que las palabras LA BIBLIA: Su suficiencia y supremacía, se graben, en amplios y profundos caracteres, en la tabla del corazón del lector (véase Proverbios 7:3).

Sentimos que tenemos un solemne deber que cumplir, en un tiempo como el presente, en el cual la superstición, la conveniencia y el racionalismo están todos en plena actividad, como tantos otros agentes del diablo, en sus esfuerzos por socavar los fundamentos de nuestra santísima fe. Ésta la debemos a aquel bendito volumen inspirado del cual hemos bebido corrientes de vida y paz para dar nuestro débil testimonio a la divinidad de cada una de sus páginas, para dar expresión, de esta forma permanente, a nuestra profunda reverencia a su autoridad y a nuestra convicción por su suficiencia divina para todas las necesidades, ya sea del creyente individualmente o de la Iglesia colectivamente.

Instamos seriamente a nuestros lectores a valorar las Santas Escrituras más que nunca, y también, en los más acuciantes términos, a que se guarden de toda influencia —sea de la tradición, de la conveniencia o del racionalismo— que tienda a debilitar su confianza en aquellos oráculos celestiales. El espíritu y los principios que hoy prevalecen hacen que sea imperioso asirnos tenazmente a la Escritura, atesorarla en nuestros corazones y sujetarnos a su santa autoridad.

¡Quiera Dios Espíritu, el autor de la Biblia, producir en el escritor y en el lector de estas líneas un amor más ardiente por esa Biblia! Quiera Él acrecentar nuestro conocimiento práctico con su contenido y conducirnos a una sumisión más completa a sus enseñanzas en todas las cosas, para que Dios sea glorificado aún más en nosotros a través de Jesucristo nuestro Señor.

La separación del mal es el principio divino de la unidad

La unidad es una necesidad presente ante el avance del mal.

Todo cristiano sensato siente hoy la falta de unidad. Todos sentimos el poder del mal que nos acecha. Las seducciones del pecado se aproximan tan cerca, sus rápidos y gigantescos progresos son tan evidentes, y afectan de una manera tan íntima los sentimientos particulares que caracterizan a toda clase de cristianos, que no es posible que sean ciegos a lo que pasa alrededor de ellos, por poco que aprecien la verdadera fuerza y el carácter de este mal. Mejores y más santos sentimientos también despiertan en ellos la conciencia de un peligro común que los amenaza, peligro que amenaza la causa de Dios —en tanto ésta es confiada a la responsabilidad del hombre— por parte de aquellos que nunca ahorraron ni ahorrarían esfuerzos por destruirla. Y dondequiera que el Espíritu de Dios obre para hacer apreciar a los santos la gracia y la verdad, esta acción tiende y conduce a la unión, porque no hay más que un solo Espíritu, una sola verdad y un solo cuerpo.

Los sentimientos que produce la conciencia del progreso del mal, pueden ser diversos. Algunos, aunque sean pocos en número, tal vez todavía confían en los baluartes en que tanto tiempo se han apoyado, baluartes cuya fuerza residía solamente en el respeto que demandaban, el cual ya no existe más. Otros confían en un poder imaginario de la verdad, poder que la verdad nunca ha ejercido sino en una manada pequeña, porque Dios y la obra de su Espíritu estaban allí. Otros pusieron su esperanza en una unión que jamás ha sido todavía un instrumento de poder a favor del bien, es decir en una unión por acuerdo y de convención. Otros todavía se sienten obligados a abstenerse de participar en una unión semejante, por motivo de acuerdos ya existentes, o de ciertos prejuicios, de manera que la unión tienda a formar nada más que un partido. Pero el sentimiento de peligro es universal. Uno siente que aquello que por mucho tiempo fue tenido en menos como mera teoría, ahora se hace, prácticamente, sentir demasiado como para poder ser negado; si bien la inteligencia de la Palabra, que había hecho prever el mal a aquellos que fueron objetos de esta burla, puede ser todavía rechazada y despreciada.

Dónde se encuentra la verdadera unidad

Pero este estado de cosas conlleva dificultades y peligros de una clase particular para los santos, y conduce a buscar dónde está el camino del fiel, y dónde se encuentra la verdadera unidad. Debido a la excelencia misma y al precio de la unidad, aquellos que por mucho tiempo apreciaron el valor y comprendieron la obligación de mantenerla, que pesa sobre los santos, corren peligro de dejarse guiar por el impulso de aquellos que se negaron a ver estas cosas cuando les fueron presentadas a la luz de las Escrituras; están expuestos a dejarse inducir a abandonar los principios y el camino mismo que su comprensión más clara de la Palabra divina los había conducido a abrazar, previendo la tormenta venidera. Esta preciosa Palabra les había enseñado que la tormenta se aproximaba, y, mientras la estudiaban con calma, les había mostrado el camino que ella traza para el creyente en ese tiempo, y la verdad para todos los tiempos. Ahora se les insta a abandonar este camino para seguir la vía que sugiere a la mente del hombre el peso de los temores que habían anticipado; se los quiere empujar a una vía que, aunque pueda tener su fuente en un impulso bueno, no era trazada por la Palabra de Dios cuando ésta era escudriñada en paz. Pero ¿debían los fieles desviarse de la senda que la inteligencia, generalmente rechazada, de la Palabra les enseñó, para seguir la luz de aquellos que no quisieron ver?

Los peligros de la unidad a cualquier costo

Éste, sin embargo, no es el único peligro al cual están expuestos los santos; mi objetivo tampoco es detenerme en los peligros, sino considerar el remedio. Hay en la mente del hombre una tendencia constante a caer en el sectarismo, y a establecer una base de unión que es exactamente lo contrario a lo que acabo de hacer alusión, a saber, un sistema de una clase o de otra, al cual la mente se aferra y alrededor del cual los fieles y otros se reúnen, un sistema que, pretendiendo estar basado en el verdadero principio de la unidad, considera como cisma todo lo que se separa de él, asociando el nombre de unidad a lo que no es el centro y plan divinos de la unidad. Dondequiera que esto suceda, se verá que la doctrina de la unidad se convierte en la sanción de alguna especie de mal moral, de algo contrario a la Palabra de Dios; y la autoridad de Dios mismo, que se vincula a la idea de unidad, viene a ser, merced a este último pensamiento, un medio de comprometer a los santos a permanecer en el mal. Además, uno es forzado a perseverar en este mal a causa de todas las dificultades que encuentra la incredulidad para separarse de aquello en que está establecida, de aquello a lo que se aferra el corazón natural, y que, en general, es la esfera en que los intereses temporales encuentran su satisfacción.

Ahora bien, la unidad es una doctrina divina y un principio de Dios; pero como el mal es posible dondequiera que la unidad se asume por sí misma a fin de constituir una autoridad decisiva, en cuanto el mal entre, la obligación forzosa de unidad liga al mal, porque la unidad, donde existe el mal, no debe ser quebrantada. Tenemos de esto un ejemplo notorio en el catolicismo. La unidad de la Iglesia, allí, constituye el gran fundamento del razonamiento papista, y esta unidad sirvió de pretexto para mantener el mundo, podemos decirlo así, en todas las atrocidades que fueron sancionadas, prevaliéndose del nombre del cristianismo, de una autoridad para asociar a las almas con el mal, hasta que su propio nombre se volvió vergonzoso para la conciencia natural del hombre. La base de la unidad puede pues, encontrarse, en alguna medida, en el liberalismo que surge como consecuencia de la falta de principios; o en la estrechez de una secta formada sobre la base de una idea; o, tomada en sí misma, puede basarse en la pretensión de ser la Iglesia de Dios, y así, en principio, favorecer tanta indiferencia respecto del mal como convenga al cuerpo o a sus dirigentes tolerar, o hasta donde Satanás los pueda arrastrar.

¿Qué unidad es la que Dios realmente reconoce?

Si, pues, el nombre de unidad es tan poderoso en sí mismo, y en virtud de las bendiciones que también Dios mismo ha vinculado a ella, nos conviene comprender cuál es la unidad que Dios realmente reconoce. Esto es lo que me propongo examinar, reconociendo que el deseo de esta unidad es algo bueno, y que varias de las tentativas hechas para llegar a ella, contienen elementos de piedad, aun cuando los medios empleados no aporten a nuestro juicio la convicción de que son de Dios.

Nadie puede negar que es necesario que Dios mismo sea el centro y la fuente de la unidad, y que sólo él puede serlo tanto en poder como por derecho. Un centro de unidad fuera de Dios, cualquiera que sea, es por ende una negación de su Deidad y de su gloria, un centro independiente de influencia y de poder, y Dios es el justo, verdadero y único centro de toda verdadera unidad. Todo lo que no depende de este centro es rebelión. Pero esta verdad tan simple, y tan necesaria para el cristiano, ilumina inmediatamente nuestro camino.

La caída del hombre es lo contrario de esto. El hombre era una criatura subordinada, y, además, “figura de aquel que había de venir”; quiso ser independiente, y es, en el pecado y la rebelión, el esclavo de un rebelde más poderoso que él, ya en la dispersión de las voluntades propias particulares, ya en la concentración de estas voluntades en el dominio del hombre en la tierra. Es menester, pues, que demos un paso más; es necesario que Dios sea un centro de bendición, así como de poder, cuando se rodea de huestes o multitudes unidas y moralmente inteligentes. Sabemos que castigará a los rebeldes con eterna destrucción fuera de Su presencia, abandonándolos al tormento sin esperanza de su odio y de su egoísmo individuales y privados de todo centro; pero es necesario que el mismo Dios sea un centro de bendición y santidad, ya que él es un Dios santo, y es amor. La santidad en nosotros —a la vez que, por su naturaleza, es separación del mal—, consiste precisamente en tener a Dios, al Santo —que también es amor— por objeto, centro y fuente de nuestros afectos. Él nos hace participantes de su santidad (porque él es esencialmente separado de todo mal, que él como Dios conoce, pero como lo contrario de lo que él mismo es); pero en nosotros, la santidad debe consistir en que nuestros afectos, nuestros pensamientos y toda nuestra conducta tengan su centro en él, y deriven de él, manteniendo esta posición en una entera dependencia de él. Más tarde me referiré al establecimiento y al poder de esta unidad en el Hijo y en el Espíritu: pero hago hincapié aquí en la grande y gloriosa verdad misma que constituye el objeto de estas páginas.

El gran principio de la unidad es verdadero incluso en cuanto a la Creación.

El gran principio de la unidad es verdadero incluso en cuanto a la Creación. Ella fue formada en la unidad, y Dios era el único centro posible. Será nuevamente restaurada a la unidad, teniendo a Cristo, su centro, por Cabeza: el Hijo, por quien y para quien fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:16). La gloria del hombre (y también su miseria como hombre caído) es ser hecho así un centro, en la posición que se le asignó —”la imagen de Aquel que ha de venir”—;[1] pero, lamentablemente, una vez que cayó, la falsificación de aquél en un estado de rebelión en esta misma posición. Que yo sepa (y no me atrevo a decir más), los ángeles nunca fueron constituidos el centro de ningún sistema; pero el hombre, sí. Era su gloria ser el señor y el centro de este mundo inferior —teniendo a Eva asociada, pero dependiente, como compañera y ayuda—. Él era la imagen y la gloria de Dios (1.ª Corintios 11:7). Su dependencia le hacía mirar hacia arriba, y en esto está la verdadera gloria y la bienaventuranza para todos, excepto Dios. La dependencia mira hacia arriba, y es así exaltada por encima de sí misma; la independencia no puede sino mirar hacia abajo (porque no puede, en una criatura, llenarse de sí misma), y se degrada. La dependencia es la verdadera grandeza de una criatura, cuando el objeto de que depende es el que corresponde. El estado primitivo del hombre no era la santidad en el sentido propio de esta palabra, porque el mal no era conocido. El estado del hombre (aunque un estado de creación feliz y bendecida) no era un estado divino; era un estado de inocencia. Pero esta inocencia se perdió cuando el hombre quiso ser independiente. Si el hombre vino a ser como Dios, conociendo el bien y el mal, se volvió como tal con una conciencia culpable, el esclavo del mal que conocía, y en una independencia en la cual no podía mantenerse, al tiempo que había perdido moralmente a Dios para depender de Él.

La unidad, tras la entrada del pecado, se basa en la separación del mal

Con este estado —pues debemos volver ahora a la presente cuestión práctica de la unidad— con el hombre en este estado, Dios tiene que tratar, si se ha de alcanzar una unidad real y verdadera que Dios pueda reconocer. Ahora bien, es necesario aún aquí que Dios sea el centro, no solamente en poder creador, pues el mal existe, el mundo yace en maldad, y el Dios de unidad es el Dios santo. La separación, la separación del mal, viene a ser, pues, la base necesaria y el único principio —no digo el poder— de la unidad. Porque es necesario que Dios sea el centro y el poder de esta unidad, y el mal existe, y es necesario que aquellos que deben formar parte de la unidad de Dios estén separados de esta corrupción, porque Dios no puede unirse de ninguna manera al mal.

No hay unidad práctica sin separación del mal

La separación del mal, insisto, es, pues, el gran principio fundamental de toda unidad verdadera. Sin esta separación, la unidad asocia más o menos la autoridad de Dios al mal, y es rebelión contra Su autoridad, como lo es toda autoridad independiente de Él. Bajo sus formas más modestas, es una secta; bajo su forma más completa, es la gran apostasía, y una de las características de esta apostasía, ya como poder eclesiástico, ya como poder secular, la constituye la unidad; pero una unidad basada en la sujeción del hombre a lo que es independiente real o abiertamente de Dios, porque lo es de su Palabra; una unidad que no está basada en la sujeción a Dios, al Dios santo, según su Palabra[2], y por el poder del Espíritu que actúa en aquellos que son unidos, y por la presencia de aquel que es el poder personal de la unión en el cuerpo. Pero esta separación de la que hablo, aún no está establecida por el poder judicial de Cristo, que separa, no el bien del mal, ni lo precioso de lo vil, sino lo vil de lo precioso, desterrando el mal de delante de él por un juicio que ata la cizaña en manojos y los echa en el horno de fuego, recogiendo de Su reino a todos los que sirven de tropiezo: Satanás mismo y sus ángeles serán arrojados, y todas las cosas a continuación serán reunidas en uno en Cristo, en los cielos y en la tierra. Entonces el mundo, no la conciencia, será librado del mal, no por el poder y el testimonio del Espíritu de Dios, sino por el juicio que no permitirá el mal, sino que en seguida cortará a todos los malos.

No estamos ahora, lo repito, en los días de esta separación judicial del mal respecto del bien en el mundo, como el campo que pertenece a Cristo, mediante el exterminio y la destrucción de los malos. Pero la unidad no es por eso abandonada ni borrada del pensamiento de Dios, ni tampoco puede Dios reconocer la unión entre el bien y el mal. Hay un solo Espíritu y un solo cuerpo. Él congrega en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (Efesios 4:4; Juan 11:52).

Ahora bien, el principio general es éste: Dios obra en medio del mal para producir una unidad de la cual Él es el centro y la fuente, y que, en la dependencia, reconoce Su autoridad. No realiza aún esta unidad por la expurgación judicial de los malos. Él no puede unirse con los malos, ni reconocer una unidad que les sea de provecho.

¿Cómo, pues, se lleva a cabo el principio de separación para la unidad?

¿Cómo, pues, se formará esta unidad? Dios separa a “los llamados”, del mal: “salid de en medio de ellos, y apartaos…, y yo os recibiré… y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”, como está escrito: “habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2.ª Corintios 6:16-18).

El principio de unión se pone de relieve claramente aquí. Dios dice: “salid de en medio de ellos, etc.” No habría podido formar una verdadera unidad en torno a él de otra manera. Puesto que el mal existe —y que incluso es nuestra condición natural— no puede haber unión que tenga por centro y poder al Dios Santo, sino por la separación del mal. La separación es el primer elemento de unidad y de unión, como ya lo venimos repitiendo.

Veamos ahora más de cerca la manera en que esta unidad se efectúa y en qué se basa. Es necesario, para formarla, que haya un poder intrínseco de unión, que la mantenga unida a un centro, así como un poder que separa del mal, y, una vez determinado este centro, rehusar todos los otros. El centro de unidad es necesariamente único y sin rival. El cristiano no tiene que buscar mucho aquí; este centro, es Cristo, el objeto de los consejos divinos, la manifestación de Dios mismo, el único y solo vaso de poder mediatorio, teniendo el derecho de unir la Creación, como aquel por quien y para quien todas las cosas fueron hechas, y de unir la Iglesia, por ser su Redentor, su Cabeza, su gloria y su vida (compárese Colosenses 1). Cristo tiene una doble primacía: es “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23). Esto se cumplirá en su tiempo.

Nos ocupamos, por el momento, del período intermedio, de la unidad de la propia Iglesia, y de su unidad en medio del mal. Ahora bien, no puede haber ningún poder moral que sea capaz de unir lejos del mal, excepto Cristo. Él solo, quien es la gracia y la verdad perfectas, descubre todo el mal que separa de Dios, y del cual Dios separa. Él solo, de parte de Dios, puede ser el centro de atracción que atrae a sí mismo a todos en los cuales Dios actúa así. Dios no reconocerá ningún otro. No hay otro de quien se pueda dar testimonio, que esté moralmente calificado para concentrar todos los afectos que son de Dios y que tienen a Dios por objeto. La misma redención hace este hecho necesario y evidente: No puede haber sino un solo Redentor; no puede haber sino uno solo a quien un corazón redimido pueda entregarse, y sobre el cual un corazón divinamente regenerado pueda concentrar todos sus afectos, Él solo, el centro y la revelación del amor del Padre. También Él es el centro del poder para realizar todo esto. “En él mora toda la plenitud” (Colosenses 1:19). El amor, y Dios es amor, se conoce en él. Él es la sabiduría de Dios y el poder de Dios, y más aún, es el poder separador de atracción, porque Él es la manifestación de todo esto y el que lo cumple en medio del mal. Y esto es lo que nosotros, pobres y miserables seres que estamos en este mal, necesitamos; y es esto, si podemos expresarnos así, lo que Dios necesita para su gloria separadora en medio del mal. Cristo se sacrificó a sí mismo para establecer a Dios, en amor separador, en medio del mal. Había más que eso: la obra de Cristo tenía un alcance mucho mayor; pero hablo aquí de lo que se relaciona con mi tema actual.

Así Cristo viene a ser, no solamente el centro de unidad para el universo en su glorioso título de poder, sino —como el revelador de Dios, como el que ha sido reconocido y establecido por el Padre y como el que atrae a los hombres— que viene a ser un centro especial y particular de afectos divinos en el hombre, un centro alrededor del cual, como único centro divino de unidad, los hombres están reunidos; pues, en efecto, si Cristo es el centro, es necesariamente el único centro: “El que conmigo no recoge, desparrama.”

Tal era, en cuanto al tema que nos ocupa, el objeto mismo y el poder de la muerte de Cristo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). De una manera más especial, él se dio a sí mismo no solamente para “la nación”, sino “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:51-52). Pero, aquí también, encontramos esta separación de un pueblo particular: “Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). Él era el modelo mismo de la vida divina en el hombre, en la separación del mal que lo rodeaba por todas partes. Era el amigo de los publicanos y los pecadores, haciendo oír a los hombres los dulces acentos de la gracia por un amor tierno y familiar; pero Él fue siempre el hombre separado; y es tal como centro y Sumo Sacerdote de la Iglesia: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores”, y agrega la Escritura: “hecho más sublime que los cielos”.

La unidad une a un Cristo celestial

Podemos observar aquí de paso que el centro y objeto de esta unidad es celestial. Un Cristo vivo sobre la tierra vino a ser un instrumento para mantener la enemistad, dado que se sometió él mismo a la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas (Gálatas 4:4; Efesios 2:15). Así pues, aunque la gloria divina de su persona se extendiera necesariamente sobre este muro de separación, como una rama fértil de gracia hacia los pobres gentiles que pasaban por afuera (Génesis 49:22; Marcos 7:27) (y no podía ser de otra manera, ya que allí donde había fe, Cristo no podía negar que él mismo era Dios; ni podía negar lo que Dios era, es decir, amor), sin embargo, como hombre nacido de mujer, nació “bajo la ley”. Pero por su muerte, derribó la pared intermedia de separación, e hizo de ambos, judíos y gentiles, uno solo, reconciliando a ambos en un solo cuerpo a Dios, haciendo la paz. Por lo tanto, Cristo vino a ser el centro y el único objeto de unidad, por el hecho de haber sido “levantado”, y finalmente “hecho más sublime que los cielos.”

Observemos de paso aquí, que la mundanalidad destruye siempre la unidad. La carne no puede ascender al cielo, ni descender en amor a todas las necesidades. Ella anda en la comparación separadora de su propia importancia: “Yo soy de Pablo…” (1.ª Corintios 1:12). “¿No sois carnales y andáis como hombres?” (1.ª Corintios 3:3). Pablo no había sido crucificado por los corintios; ni habían sido bautizados ellos en el nombre de Pablo. Sus pensamientos habían descendido al nivel terrenal, y esto mismo había sido hecho de la unidad. Pero el glorioso Cristo celestial los abrazó a todos en una sola palabra: “¿Por qué me persigues?” (Hechos 9:4). Esta separación de todo lo que no era él, fue más lenta entre los judíos, porque habían sido exteriormente el pueblo de Dios, un pueblo separado; pero después de haberles mostrado todo lo que eran, el inspirado apóstol dijo a los discípulos: “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13). El Señor quería que hubiese, como resultado, un solo rebaño y un solo Pastor, y Él llevó afuera a sus propias ovejas y fue delante de ellas (Juan 10).

De hecho, tan pronto como mostramos que la unidad es el pensamiento de Dios, la separación del mal será la consecuencia necesaria; pues ella existe como principio en el llamado de Dios antes de la propia unidad. La unidad es Su propósito, y puesto que Dios es el único centro legítimo, la unidad debe ser el resultado de un santo poder; pero la separación del mal es la naturaleza misma de Dios. Así cuando Dios llama a Abraham públicamente, le dice: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre” (Génesis 12:1).

Pero prosigamos. Según lo que vimos, es evidente que el Señor Jesús ascendido es el objeto alrededor del cual la Iglesia se agrupa en la unidad: Él es la cabeza y el centro de la Iglesia. Éste es el carácter de la unidad de los que son de Cristo y su separación del mal y de los pecadores. Sin embargo, no habían de ser retirados del mundo, sino guardados del mal, y santificados por la verdad, habiendo sido el mismo Jesús puesto aparte con este fin (Juan 17). Por eso, el Espíritu Santo fue enviado aquí abajo, no solamente para la manifestación pública del poder y la gloria del Hijo del Hombre, sino para identificar a los llamados con su Cabeza celestial, y para separarlos del mundo en el cual debían permanecer; y el Espíritu Santo vino a ser aquí abajo el centro y el poder de la unidad de la Iglesia en nombre de Cristo, habiendo Cristo derribado la pared intermedia de separación, reconciliando a ambos en un cuerpo mediante la cruz. Los santos, así “congregados en uno”, formaron la morada de Dios por el Espíritu (Efesios 2). El Espíritu Santo mismo vino a ser el poder y el centro de la unidad —aunque en el nombre de Jesús— de un pueblo separado tanto de entre los judíos como de los gentiles, y librado de este presente siglo malo, para estar unido a su Cabeza gloriosa. Por medio de Pedro, Dios visitó a los gentiles para sacar de ellos un pueblo para Su nombre; y en medio de los judíos, había un remanente según la elección de la gracia, como Pablo mismo, uno de ellos, fue separado de Israel y de los gentiles, a quienes fue enviado.

La realización práctica de la unidad y el poder del Espíritu Santo

Tal invariablemente fue el testimonio. “Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). La separación del mal es necesariamente el primer principio de comunión con Él. Cualquiera que ponga esto en tela de juicio es mentiroso y, por tanto, del maligno; contradice el carácter de Dios. Si la unidad depende de Dios, debe ser separación de las tinieblas. Sucede lo mismo con nuestra comunión los unos con los otros. “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1.ª Juan 1:7). Notemos que no hay aquí ningún límite; la Escritura dice: “como Dios está en luz”. En esta luz el bendito Señor nos colocó mediante su preciosa redención, y por ella ha de formarse todo el carácter de nuestra marcha y de nuestra unión. No podemos tener ninguna comunión con Dios fuera de la luz. Para los judíos era diferente, porque su separación —aunque fue una verdadera separación y, por lo tanto, la misma en principio—, fue solamente una separación exterior en la carne, el camino del Lugar Santísimo aún no se había manifestado, ni siquiera para los santos, aunque, según los consejos de Dios, debían tener su lugar allí en virtud del sacrificio que debía ofrecerse.

Sucede lo mismo con la “comunión los unos con los otros”. “¿Qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” Y luego, dirigiéndose a los santos, el Espíritu Santo agrega: “Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2.ª Corintios 6:14 y siguientes). De otra manera, provocamos a celos al Señor, como si fuésemos más fuertes que él. Agregaré que la Cena del Señor es el símbolo y la expresión de esta unidad, porque “siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo: pues todos participamos de aquel mismo pan” (1.ª Corintios 10:17). Vemos aquí muy claramente que, como la unidad de Israel estaba basada en la liberación y en el llamamiento que separó a Israel de los gentiles y en el mantenimiento de esta separación, así también la unidad de la Iglesia está basada en el poder del Espíritu Santo descendido del cielo, que aparta del mundo, para Cristo, a un pueblo particular en medio del cual mora: Dios mismo habita así y anda en medio de ellos, pues hay “un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación” (Efesios 4:4). El nombre mismo de Espíritu Santo, ¿no nos enseña la misma lección? Pues la santidad, es la separación del mal. Además, cualquiera que sea nuestra imperfección en la realización práctica de esta separación, ella tiene siempre necesariamente su principio y su medida en la “luz”, “como Dios está en luz”, habiéndose manifestado el camino del Lugar Santísimo, y descendido el Espíritu Santo para permanecer en la Iglesia aquí abajo, en poder de separación celestial, como centro y poder presente de unidad, exactamente lo que había sido antes el “Shekinah” —la nube de la presencia divina— en Israel. Él establece la santidad de la Iglesia y su unidad en su separación para Dios, según Su propia naturaleza divina, y según el poder de esta presencia. Tal es la Iglesia, y tal es la verdadera unidad. Un santo no puede, inteligentemente, reconocer ninguna otra, aunque pueda reconocer deseos y esfuerzos para hacer el bien, allí donde no se logra el bien.

La unidad y la disciplina

Podría terminar aquí mis observaciones, habiendo desarrollado el grande, aunque sencillo principio, que deriva de la misma naturaleza de Dios, a saber, que la separación del mal es el principio divino de unidad. Sin embargo, una dificultad que se vincula a mi tema principal se presenta aquí. Suponiendo que el mal se introduzca en el cuerpo así formado ahora en la tierra, el principio ¿seguiría siendo igualmente verdadero? Y en este caso, ¿cómo podrá la separación del mal mantener la unidad? Aquí podemos mencionar el misterio de la iniquidad (2.ª Tesalonicenses 2); pero el principio de que hablamos, que deriva de la naturaleza misma de Dios que es santo, no puede abrogado. La separación del mal es la consecuencia necesaria de la presencia del Espíritu de Dios, en toda circunstancia, en lo que concierne a la conducta y a la comunión; pero aquí sufre una determinada modificación. La presencia revelada de Dios es siempre judicial, allí donde existe, porque el poder contra el mal se vincula con la santidad que lo rechaza. Asimismo, en Israel, la presencia de Dios era judicial; el gobierno de Dios, que no permitía el mal, se ejercía. Así también, aunque de otra forma, en la Iglesia. La presencia de Dios allí también es judicial; “ellos no son del mundo”, excepto en testimonio, porque Dios aún no está revelado en el mundo, y, por lo tanto, no arranca la cizaña de ese campo (Mateo 13); mas ella juzga “a los que están dentro”. Por eso la Iglesia debe quitar de en medio de ella al malo (1.ª Corintios 5:13), y mantener así su separación del mal. La unidad es mantenida por el poder del Espíritu Santo y por una buena conciencia; y para que el Espíritu no sea contristado, y la bendición práctica no se pierda, se exhorta a los santos a que miren bien, no sea que “alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). Cuán dulce y bendito es este huerto del Señor cuando es mantenido en este estado, y florece exhalando el perfume de la gracia de Cristo. Pero, lamentablemente, sabemos que la mundanalidad se introduce y el poder espiritual declina; el gusto por esta bendición se debilita porque no se disfruta en el poder del Espíritu Santo; la comunión espiritual con Cristo, la Cabeza celestial, decae, y cesa el ejercicio vivo del poder que rechaza el mal de la Iglesia. El cuerpo no es suficientemente vivificado por el Espíritu Santo para responder al pensamiento de Dios. Pero Dios no se deja nunca sin testimonio. Él conduce al cuerpo a la conciencia del mal mediante uno u otro testimonio, por la Palabra o por juicios o por ambos medios sucesivamente, para recordarle su energía espiritual, y llevarle a mantener la gloria de Dios y el lugar de esta gloria. Si el cuerpo rehusara responder a la verdadera naturaleza y al carácter de Dios, y a la incompatibilidad de esta naturaleza con el mal, de modo que viniera a ser realmente un falso testigo para Dios, entonces el primero e inmutable principio reaparece: es necesario separarse el mal.

La unidad que se mantiene después de una separación como ésa, se convierte en un testimonio de la compatibilidad del Espíritu Santo con el mal, lo que equivale a decir que ella, en su naturaleza, es “la apostasía”; ella mantiene el nombre y la autoridad de Dios en su Iglesia y lo asocia con el mal. No es la apostasía abierta y profesada de la incredulidad reconocida y confesada, sino la negación de Dios según el verdadero poder del Espíritu Santo, al tiempo que se hace uso de su nombre. Esta unidad es el gran poder del mal, indicado en el Nuevo Testamento, vinculado a la Iglesia profesante y a la apariencia de piedad. Debemos apartarnos de esta iniquidad. Este poder del mal en la Iglesia se discierne espiritualmente, y es abandonado cuando se tiene la conciencia de la imposibilidad de efectuar cualquier remedio, o bien, si hay un testimonio público visible, este testimonio es entonces la condenación abierta de ello. Así pues, antes de la Reforma, Dios arrojó luz a muchos que mantuvieron un testimonio respecto de este mismo mal en la Iglesia profesante, manteniéndose aparte de ella; algunos dieron testimonio y, sin embargo, permanecieron en su seno. Cuando surgió la Reforma, este testimonio fue dado abierta y públicamente, y el cuerpo profesante del catolicismo romano se volvió abierta y confesadamente apóstata, lo cual se hizo evidente en el Concilio de Trento, y tan apóstata como le fuera posible serlo a un cuerpo cristiano profesante. Pero dondequiera que el cuerpo rehúse poner fuera el mal, este cuerpo, en su unidad, niega el carácter santo de Dios, y entonces la separación del mal es el camino del fiel, y la unidad que haya abandonado es el mayor mal que pueda existir allí donde se invoca el nombre de Cristo. Es probable que algunos santos permanezcan en los sistemas unidos al mal, como algunos, de hecho, permanecieron en el Catolicismo, allí donde no hay poder para reunir a todos los santos juntos; pero el deber del fiel, en casos como éstos, le está claramente trazado por los principios elementales del cristianismo, aunque, sin duda, su fe pueda verse ejercitada por ello. “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19). Es posible que “el que se aparta del mal se hace presa de todos” (Isaías 59:15, versión JND); pero queda claro que eso no cambia en nada el principio; es cuestión de fe. El que se separa en semejantes casos, está en el verdadero poder de la unidad según Dios.

Conclusión

Así pues, la Palabra de Dios nos enseña cuál es la verdadera naturaleza, objeto y poder de la unidad; nos da así la medida por la cual podemos juzgar lo que tiene la pretensión de ser esta unidad y por la cual distinguimos el carácter; y, además, nos proporciona el medio de mantener los principios fundamentales de la unidad, según la naturaleza y el poder de Dios, por el Espíritu Santo, en la conciencia, allí donde esta unidad pueda no realizarse al mismo tiempo en poder.

La naturaleza de la unidad surge de la naturaleza de Dios; porque Dios debe ser el centro de la verdadera unidad, y Dios es santo; y él nos introduce en la unidad separándonos del mal. Su objeto es Cristo: él es el único centro de la unidad de la Iglesia, objetivamente como su Cabeza. El poder reside en la presencia del Espíritu Santo aquí abajo, enviado como el Espíritu de verdad, de parte del Padre por Jesús (Juan 14). Su medida, es una marcha en la luz, como Dios está en luz, la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo; y, podemos añadir: por el testimonio de la Palabra escrita, especialmente la Palabra apostólica y profética del Nuevo Testamento. Esta unidad está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (del Nuevo Testamento), siendo Jesucristo mismo la piedra del ángulo. El medio de conservarla, es echando fuera el mal, judicialmente si fuera necesario, para mantener por el Espíritu, la comunión con el Padre y con el Hijo. Si el mal no es quitado, entonces la separación de aquellos que no lo quitan, viene a ser un asunto de conciencia. Es necesario volver, aunque fuese solo, a la unidad esencial e infalible del cuerpo, en sus principios eternos de unión con la Cabeza, en una naturaleza santa por el Espíritu. El camino del fiel se torna así claro. Sin duda Dios asegurará, por su eterno poder (no aquí abajo, quizás, sino ante sus ángeles) la justificación de aquellos que han reconocido debidamente Su naturaleza y Su verdad en Jesucristo.

Creo que estos principios fundamentales, que he tratado de sacar a luz aquí, son de la más imperiosa necesidad para el creyente que desea andar fiel y enteramente con Dios. Puede ser doloroso y difícil mantenerse alejados de la unidad latitudinaria [3]; ella, en general, tiene una apariencia agradable; es, en determinadas condiciones, respetable en el mundo religioso; no pone a prueba la conciencia de nadie, y permite la voluntad de todos. Es mucho más difícil llegar a una decisión en cuanto a ella, por cuanto a menudo está acompañada de un verdadero deseo del bien, y asociada a la naturaleza amable. Rehusarse a andar en ese camino, parece ser rígido, estrecho y sectario; pero cuando el fiel tiene la luz de Dios, debe andar claramente en esa luz. Dios justificará sus caminos a su debido tiempo. El amor hacia todos los santos es un deber (Efesios 1:15); andar en sus propios caminos, no lo es; y el que no recoge con Cristo, desparrama. No puede haber sino una sola unidad; una confederación o alianzas, incluso para bien, no son esta unidad, aunque puedan tener la apariencia. La unidad que profesa ser la de la Iglesia de Dios, mientras el mal existe y no es quitado, es algo todavía más serio. Se la verá siempre asociada al principio clerical, porque el clero es imprescindible para mantener la unidad cuando el Espíritu Santo no es su poder, y de hecho que el clero toma el lugar del Espíritu, guía, manda, gobierna en Su lugar, bajo el nombre de sacerdocio o de ministerio, reconocido como un cuerpo distinto, como una institución aparte. Esta falsa unidad no se mantendría sin el apoyo del clero.