La doctrina de la eleccion puesta fuera de su lugar

“No reducirás los límites de la propiedad de tu prójimo, que fijaron los antiguos” (Deuteronomio 19:14).

“Quitad los tropiezos del camino de mi pueblo” (Isaías 57:14).

¡Qué tiernos cuidados y qué benigna consideración exhalan de estos pasajes! Los antiguos límites no debían ser movidos de su lugar; pero los tropiezos sí debían ser quitados. La heredad del pueblo de Dios debía permanecer enteramente y sin modificación alguna, mientras que los tropiezos debían ser diligentemente removidos de su camino. La porción que Dios le había dado a cada uno debía ser gozada, mientras que, al mismo tiempo, el camino en que cada uno era llamado a andar, debía mantenerse libre de toda ocasión de tropiezo.

Ahora bien, creemos que, a juzgar por las recientes comunicaciones, somos llamados a prestar atención al espíritu de esos antiguos preceptos. Algunos de nuestros lectores nos han escrito comentándonos de sus dudas y temores, de sus dificultades y peligros, de sus conflictos y ejercicios espirituales, y deseamos ser instrumentos en las manos de Dios para ayudarles a determinar los límites que Él, por el Espíritu Santo, ha fijado, y remover así los tropiezos que el enemigo pone en su camino.

Podemos ver cómo el enemigo ha estado usando manifiestamente como tropiezo la doctrina de la elección fuera de su lugar. La doctrina de la elección, en su lugar correcto, en vez de ser un tropiezo en la senda de las almas deseosas de escudriñar más la verdad, se verá que más bien constituye un límite establecido desde antiguo, incluso por los mismos apóstoles inspirados de nuestro Señor Jesucristo, en la heredad del Israel espiritual de Dios.

Pero todos sabemos que una verdad puesta fuera de su lugar, es más peligroso que un positivo error. Si un hombre se levanta y declara temerariamente que la doctrina de la elección es falsa, sin duda rechazaríamos sus palabras; pero tal vez no estemos bien preparados para hacer frente a uno que, si bien admite que la doctrina de la elección es cierta e importante, la pone fuera de su lugar divinamente designado. Y esto último es justamente lo que tanto suele hacerse, lo cual causa daño a la verdad de Dios y echa un manto de oscuridad sobre las almas de los hombres.

¿Cuál es, pues, el verdadero lugar de la doctrina de la elección? Su verdadero lugar, su lugar divinamente asignado es éste: esta doctrina está dirigida exclusivamente para aquellos dentro de la casa; para el establecimiento de los verdaderos creyentes. En lugar de esto, el enemigo la pone fuera de la casa, para tropiezo de las almas ansiosas por descubrir la verdad. Prestad atención a las siguientes palabras pronunciadas por un alma profundamente ejercitada: «Si tan sólo supiera que soy uno de los elegidos, sería plenamente feliz, porque entonces podría aplicar con absoluta confianza los beneficios de la muerte de Cristo a mí mismo.».

Éste, sin duda, sería el lenguaje de muchos si sólo fuesen a dejarse llevar por sus propios sentimientos. Están haciendo un mal uso de la doctrina de la elección, la cual es una doctrina bienaventuradamente cierta en sí misma —un muy valioso “límite”—, pero que el enemigo ha convertido en un “tropiezo”. Es sumamente necesario que uno deseoso de conocer la verdad tenga en cuenta que puede aplicarse a sí mimo los beneficios de la muerte de Cristo únicamente como un pecador perdido, y no como «uno de los elegidos».

El punto de vista correcto desde el cual obtenemos un panorama salvador de la muerte de Cristo, no es la elección, sino la conciencia de nuestra ruina. Gracia inefable es ésta, puesto que yo sé que soy un pecador perdido; pero no sé que soy uno de los escogidos hasta no haber recibido, mediante el testimonio y la enseñanza del Espíritu, las buenas nuevas de salvación por la sangre del Cordero. A mí se me predica la salvación —una salvación tan libre como los rayos del sol, tan plena como el océano y tan permanente como el trono del Dios eterno—, no como uno de los elegidos, sino como un pecador completamente perdido, culpable y arruinado; y cuando he recibido esta salvación, hay una prueba concluyente de mi elección.

“Porque conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección; pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre” (1.ª Tesalonicenses 1:4-5). La elección no es mi garantía para aceptar la salvación; sino que la recepción de la salvación constituye la prueba de la elección. Pues ¿cómo sabe un pecador que es uno de los elegidos? ¿Dónde ha de indagar? Si no es asunto de fe, entonces tendría que ser un asunto de revelación divina. Pero ¿dónde se halla revelado? ¿Dónde consta que el conocimiento de la elección sea un requisito previo e indispensable para la aceptación de la salvación? En ningún lugar de la Palabra de Dios. Mi único título para la salvación, lo constituye el hecho de que soy un pobre pecador culpable que merece el infierno. Si espero por algún otro título, sólo me veré removiendo un muy valioso límite de su propio lugar, y poniéndolo como tropiezo en mi camino. ¡Qué insensato es hacer esto!

Pero en realidad es más que insensato; es una positiva oposición a la Palabra de Dios; no sólo a las citas que aparecen al principio de este artículo, sino al espíritu y a la enseñanza de todas las Escrituras. Oigamos la comisión que el Salvador resucitado dio a sus primeros heraldos: “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). ¿Hay acaso alguna insinuación en estas palabras, algún punto, sobre el cual basar una cuestión acerca de la elección? ¿Acaso habrá alguno de los que se les predica este glorioso evangelio, llamado a resolver una cuestión previa acerca de la elección? Seguramente que no.

“Todo el mundo” y “toda criatura” son expresiones que ponen a un lado toda dificultad, y vuelven la salvación tan libre como el aire, y tan amplia como la familia humana. No se dice: “Id a una determinada parte del mundo, y predicad el evangelio a cierto número de gente.” No; esto no estaría en armonía con esa gracia que debiera ser proclamada al mundo en toda su extensión. Cuando se trataba de la ley, ella se dirigió a un cierto número de personas, dentro de un determinado sector; pero cuando el Evangelio debía ser proclamado, su poderoso alcance debía ser “Todo el mundo”, y su objeto “Toda criatura”.

De nuevo, oigamos lo que el Espíritu Santo dice mediante el apóstol Pablo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1.ª Timoteo 1:15). ¿Hay algún margen aquí que permita suscitar una cuestión acerca del título de uno a la salvación? En absoluto. Si Cristo Jesús vino al mundo a salvar pecadores, y si yo soy un pecador, luego tengo el derecho de aplicar a mi propia alma los beneficios del precioso sacrificio de Cristo. Antes de que pueda excluirme de esto, yo debería ser algo más que un pecador. Si en alguna parte de las Escrituras se declarase que Cristo Jesús vino a salvar únicamente a los elegidos, entonces es claro que, de una u otra manera, yo debería demostrarme a mí mismo que pertenezco a ese número, antes que pueda hacer míos los beneficios de la muerte de Cristo. Pero, gracias a Dios, no hay nada de esto, absolutamente nada que se le parezca, en todo el esquema del Evangelio.

“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Y ¿no es eso lo que precisamente soy? Por cierto que sí. Pues bien, ¿no es desde el punto de vista de uno perdido que debo considerar la muerte de Cristo? Sin duda que sí. ¿No puedo acaso, mientras contemplo ese precioso misterio desde allí, adoptar el lenguaje de la fe, y decir: “el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20)? Sí, un amor sin reservas, absolutamente incondicional, tanto como si yo fuese el único pecador sobre la faz de la tierra.

Nada puede ser de mayor alivio y consuelo para el espíritu de uno que busca ansiosamente descubrir la verdad, que reparar en la manera en que la salvación le es ofrecida en la misma condición en que está, y sobre el mismo fundamento en que se encuentra. No hay un solo tropiezo a lo largo de toda la senda que conduce a la gloriosa herencia de los santos, herencia establecida por límites que ni los hombres ni los demonios pueden jamás remover.

El Dios de toda gracia no ha dejado nada sin hacer, nada sin decir, que pudiese dar pleno reposo, perfecta seguridad y absoluta satisfacción al alma. Él ha puesto de manifiesto la condición y el carácter de aquellos por quienes Cristo murió, en términos tales que no dejan el menor lugar a la duda ni a la objeción. Atendamos a estas ardientes palabras: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.” “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Romanos 5:6, 8, 10).

¿Puede haber algo más claro o más explícito que estos pasajes? ¿Se hace uso acaso de algún término que pudiese suscitar alguna duda en el corazón de un pecador en cuanto a su pleno e indisputable título a los beneficios de la muerte de Cristo? ¡No! ¿Soy “impío”? Por ellos Cristo murió. ¿Soy “pecador”? A los tales Dios encomienda su amor. ¿Soy “enemigo”? A ellos Dios los reconcilia por la muerte de su Hijo.

Todo así resulta tan claro como un rayo de sol; y queda así enteramente removido el tropiezo teológico causado por el hecho de poner fuera de su propio lugar la doctrina de la elección. Yo obtengo los beneficios de la muerte de Cristo como pecador. Como uno que está totalmente perdido obtengo una salvación libre y permanente. Todo lo que necesito para aplicar a mí mismo el valor de la sangre de Jesús, es conocerme como un pecador culpable. No me ayudará en lo más mínimo en este asunto el hecho de que se me diga que soy uno de los elegidos, puesto que Dios no se dirige a mí en ese carácter en el Evangelio, sino en un carácter totalmente distinto, a saber, como un pecador perdido.

Pero entonces, algunos pueden sentirse dispuestos a preguntar: «¿Quiere usted poner a un lado la doctrina de la elección?» ¡Dios no lo permita! Sólo queremos verla en su justo lugar. Queremos verla como un límite, no como un tropiezo. Creemos que el evangelista no debe ocuparse en predicar la elección. Pablo nunca predicó la elección. Enseñó la elección, pero predicó a Cristo. Esto marca toda la diferencia. Creemos que nadie que se halle de alguna manera impedido por la doctrina de la elección puesta fuera de su lugar, puede ser un verdadero evangelista. Hemos notado que se han causado serios daños a dos clases de gente por el hecho de predicar la elección en lugar de Cristo: a los pecadores descuidados se los ha descuidado aún más, mientras que a las almas ansiosas tras la verdad se las ha puesto aún más ansiosas. Tristes resultados son éstos, por cierto, y deberían bastar para despertar muy serios pensamientos en las mentes de aquellos que desean ser predicadores exitosos de esa libre y plena salvación que brilla en el evangelio de Cristo, y que deja a todos los que lo oyen sin la menor excusa. La principal ocupación del evangelista en su predicación, es la de presentar el perfecto amor de Dios, la eficacia de la sangre de Cristo y el fiel registro inspirado que ha dejado el Espíritu Santo. Su espíritu debiera estar enteramente libre de toda traba, y el Evangelio que predica, tan claro como el horizonte sin nubes. Debe predicar una salvación presente, libre para todos, y firme como las columnas que sostienen el trono de Dios. El Evangelio muestra el corazón de Dios abierto, que halla expresión en la muerte de su Hijo, puesto por escrito mediante el Espíritu Santo.

Si se atendiera a esto con más cuidado, habría mayor poder para responder a las tan reiteradas objeciones de los descuidados, así como para calmar las profundas ansiedades de las almas ejercitadas y cargadas. Los primeros no tendrían ningún motivo justo de objeción; los últimos, ninguna razón de temor. Cuando las personas rechazan el Evangelio alegando los eternos decretos de Dios, rechazan lo que está revelado apoyándose en lo que está oculto. ¿Qué pueden ellos saber acerca de los eternos decretos de Dios? Simplemente nada. ¿Cómo puede entonces lo que es secreto alegarse como razón para rechazar lo que está revelado? ¿Por qué rechazar lo que puede conocerse, apoyándose en lo que no se puede? Es obvio que los hombres no actúan así en los casos en que desean creer un asunto. Dejemos simplemente que alguien quiera creer algo, y no lo veremos ansioso por hallar un motivo de objeción. Pero, lamentablemente, los hombres no quieren creer a Dios. Ellos rechazan Su precioso testimonio que es tan claro como el sol del mediodía, y arguyen como pretexto, los divinos decretos que se hallan envueltos en impenetrables tinieblas. ¡Cuánta insensatez, ceguera y culpabilidad!

Y en cuanto a las almas ansiosas que se atormentan con cuestiones acerca de la elección, anhelamos mostrarles que no es conforme al pensamiento de Dios que susciten semejantes dificultades. Dios se dirige a ellas exactamente en el mismo estado en que él las ve y en que ellas pueden verse a sí mismas. Se dirige a ellas como pecadores, y esto es precisamente lo que son. Desde el momento en que un pecador asume su lugar como tal, lo que hay para él no es sino salvación. Esto es demasiado simple para una alma simple. Suscitar cuestiones acerca de la elección, no es sino pura incredulidad. Es rechazar lo que está revelado basándose en lo que está oculto. Es rechazar lo que puedo saber basándome en lo que no puedo.

Dios se ha revelado en la faz de Jesucristo, a fin de que le conozcamos y confiemos en él. Además, él ha hecho plena provisión mediante la expiación en la cruz para todas nuestras necesidades y culpas. De ahí que, en vez de aturdirme con la pregunta: «¿Seré uno de los elegidos?», tengo el bendito privilegio de descansar en el perfecto amor de Dios, en la plena suficiencia de Cristo, y en las fieles letras que el Espíritu Santo nos dejó en la Biblia.

Debemos terminar este artículo, aunque existen otros tropiezos que anhelamos verlos removidos de la senda de los hijos de Dios, así como otros tantos límites que son lamentablemente perdidos de vista.

¿Libre albedrío o “no depende del que quiere”?

La pregunta que planteo es muy importante para definir qué creemos del pecado, de la gracia soberana de Dios y de la responsabilidad del hombre. ¿Enseña la Biblia que el hombre tiene un «libre albedrío»? ¿O más bien enseña que está muerto en delitos y pecados, necesitando que la gracia soberana le de vida?

¿Qué es el «libre albedrío»? Muchos, aparte de la Filosofía, enseñan la doctrina del «libre albedrío», esto es, una supuesta capacidad del hombre natural de no estar enteramente perdido, sino de poder (y querer, por cierto) arrepentirse y creer a Dios. Se dice que el hombre cuenta con la capacidad moral de tomar decisiones agradables a Dios y de hacer la elección de dirigir su alma a Dios en obediencia a Él, y que estas decisiones son realizadas libremente por la voluntad del hombre natural.

Pregunta clave para ver qué cree Ud. sobre este tema

A la luz de las Escrituras, preguntamos: ¿Puede, es capaz, un pecador nacido de Adán, que no ha nacido de nuevo, desear el don de la salvación? ¿quiere, un inconverso, ser salvo? Si Ud. responde afirmativamente, entonces tiene la noción «arminiana» de estas doctrinas de la gracia; mientras que si responde negativamente, ello significa que es de percepción «calvinista». Pero dejemos para más adelante estos términos pertenecientes a escuelas teológicas, y centrémonos en la enseñanza bíblica del asunto.

Veamos una serie de notas sobre este importante tema de la gracia, que seguramente ayudarán a entenderlo más ampliamente.

Introducción

La mente natural es incapaz de reconciliar la verdad bíblica de que el hombre natural no tenga un libre albedrío, y sea a su vez tenido como responsable por Dios de obedecerle. Entiéndase por libre albedrío la libertad del albedrío o voluntad para elegir el bien.
Pero para que la criatura sea capaz de tomar la voluntaria decisión de arrepentirse, creer a Dios y obedecerle, es menester que primero desee hacerlo, que quiera creer. Nadie puede tomar una decisión de creer a Dios sin primero quererlo. La cuestión es si el hombre natural, está dotado de esta facultad (1.ª Corintios 2:14). El hombre nacido de nuevo, que ha recibido la vida de Dios en él, y que es una nueva criatura, evidentemente sí tiene la nueva facultad de elegir el bien, el buen deseo de creer y obedecer a Dios, pero veamos qué pasa con el hombre aún no regenerado. Leamos Romanos 8:7

“Los designios (griego: phronema = mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden”

La carne no puede querer a Dios en ningún sentido. Además, es incapaz de ello: “no puede”. Esta Escritura no sólo señala esta verdad, sino también que es la mente de la carne la que predispone y controla al hombre natural en sus acciones.

DOS ERRORES COMUNES

Hay dos grupos de citas bíblicas que se presentan en pro y en contra, pues se han formado históricamente dos escuelas de pensamiento sobre este tema.
Una escuela teológica (comúnmente llamada hoy “arminianismo”) enseña que el hombre es un ser responsable, y que será castigado eternamente por desobedecer el Evangelio. Las citas son numerosas. Por ejemplo:

“Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30)

“…para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 1:9).

El Evangelio es predicado y Dios manda a toda criatura a creer en él. Hasta aquí está todo bien, y podemos decir ¡amén! a esta gran verdad bíblica y a todas las citas que enseñan esto. Pero la inferencia del sistema es que estos textos señalarían que el hombre es capaz de obedecer, de arrepentirse y creer, lo cual aplastaría el otro grupo de textos bíblicos que señalan que no es así. Por lo tanto, creemos en la verdad señalada por esta escuela teológica, pero no en su inferencia.

La otra escuela opuesta, por otro lado (comúnmente denominada «calvinista») cita otro grupo de textos que indican que el hombre es incapaz, impotente de querer ir a Dios en obediencia a la fe. Que si del hombre dependiera, éste jamás podría ir a Dios, por más que fuese expuesto a la luz de las Escrituras que le muestran su miseria, ruina y tenebroso estado totalmente perdido bajo el pecado, y que sólo la gracia soberana de Dios puede salvarlo por el poder del Espíritu Santo.
Hasta aquí, todo es correcto, la Biblia lo demuestra claramente. Pero la inferencia de que el hombre no es responsable debido a su incapacidad de dirigir su alma a Dios con fe, es escrituralmente errónea. La enseñanza es correcta, la inferencia, incorrecta.

EQUILIBRIO DE LA VERDAD

La fe, que viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17) cree ambos grupos de textos bíblicos. Tanto calvinistas como arminianos denuncian que esto es lógicamente inconsistente, pues aceptar ambos sería, según ellos, una contradicción. Por tal motivo, cada una de las dos escuelas resuelve la alegada contradicción a su propia manera racional: con las inferencias lógicas que deducen de ambos grupos de pasajes.

Lo cierto es que la Palabra de Dios enseña tanto que el hombre no es un ser libre en su albedrío para decidir el bien, sino sólo el mal (es decir, que el hombre es impotente y esclavo de su albedrío), como que es totalmente responsable de obedecer la Palabra de Dios. Quiero aclarar en qué sentido digo que el hombre no tiene «libre albedrío», tal como lo define la Filosofía natural: quiero significar que el pecador sin haber nacido de nuevo carece de la capacidad moral de tomar decisiones o hacer una elección de manera que dirija su alma a Dios en obediencia a él. Decisiones que son el libre producto de su voluntad. Estas decisiones y capacidad para obedecer a Dios, la tiene perfectamente el hombre renacido, pues ha sido dotado de una nueva voluntad, de la naturaleza divina que “no practica el pecado”. Pero no puede decirse lo mismo del viejo hombre, que sólo inclina su albedrío hacia la desobediencia y el rechazo de Dios en incredulidad.
Os invito, pues, a leer una serie de estudios sobre este tema, donde veremos las bases bíblicas que sustentan lo dicho. Dios mediante, dividiremos los estudios así:

1. El hombre está moral y espiritualmente muerto (Efesios 2)
2. El hombre es responsable: aunque responsabilidad no implica capacidad
3. Dios da vida en forma soberana (Efesios 2:5; Juan 5:21; 6:63; Santiago 1:18, etc.).
4. ¿Por qué predicar el Evangelio si no hay libre albedrío? (2.ª Timoteo 2:10)
5. Endurecimiento (caso de Faraón)
6. Un poco de historia sobre la soberanía de Dios en la salvación y el «libre albedrío»

EL HOMBRE ESTÁ MORAL Y ESPIRITUALMENTE MUERTO

“1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe. 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:1-10).

La «seguridad eterna» del creyente es una verdad íntimamente relacionada con el tema que tratamos, y es enseñada también en la Escritura (p. ej., Juan 10:27-29). Pero esta doctrina también resulta del hecho de que el hombre no tiene «libre» albedrío. Pues la Escritura establece con meridiana claridad que el hombre no renacido “está muerto en delitos y pecados” (Efesios 2:1), y que es Dios quien salva soberanamente y da vida (Efesios 2:1,5) y fe (Efesios 2:8), y, además, es quien guarda con seguridad (1.ª Pedro 1:5 y Judas 24).
Ahora bien, estamos de acuerdo con aquellos de arminiana persuasión en el hecho de que la doctrina de la «seguridad eterna del creyente» es incompatible con «el libre albedrío» tal como aquellos lo entienden (como “poder propio de decisión”). Es simple, si de la decisión del hombre depende el hecho de salvarse, una vez “salvos” por voluntad propia, bien se puede “dejar de ser salvos” por voluntad propia también. Lógicamente perfecto.
Pero la Escritura, lo repetimos, declara nuestro estado anterior al nuevo nacimiento como de “muertos en delitos y pecados”. ¿Creeremos esto tal cual está? Pero pregunto: ¿Cómo puede un hombre “muerto” creer? La respuesta simple, a la luz de esta explícita Escritura, es que un hombre muerto es incapaz de creer por su propia voluntad. Pues este hombre natural, está “muerto en delitos y pecados”; ¿cómo, pues, podrá creer la Palabra de Dios, y querrá obedecerla? Muerto, significa eso mismo: muerto. Por eso en ese mismo versículo 1 de Efesios 2 encontramos una aclaración: aquellos que estaban muertos, fueron hechos vivos por Dios. Es evidente que nada puede ser vuelto vivo, si no estuviese muerto primero. El hecho es que el pecador perdido está moral y espiritualmente muerto delante de Dios.

LA ANALOGÍA CON LA MUERTE DE LÁZARO

La analogía de esto con Lázaro es sorprendente. En Juan 11:43, el Señor clamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!”. Fue una voz alta, pero no porque Lázaro oyese mejor, pues estaba muerto; sino que lo fue en beneficio de la multitud que estaba alrededor (v. 42). ¿Cómo oyó Lázaro, si estaba muerto? ¿Cómo pudo obedecer la Palabra del Señor? ¿Acaso la orden del Señor implicó capacidad de respuesta/obediencia en el muerto Lázaro? ¿Acaso la voluntad de Lázaro cooperó en alguna medida con nuestro Señor para su reavivamiento? Obviamente que no.
Cristo pronunció la palabra de poder, y Lázaro recibió la vida. Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Y así como el Señor manda al muerto físicamente, así también manda a los muertos espirituales (2.ª Corintios 4:6; Efesios 2:1-8).
Doy gracias a Dios porque estando yo muerto en delitos y pecados, Él puso vida y fe en mí por medio de su Palabra, pues de lo contrario yo habría perecido eternamente.

OTRO ASPECTO DE MUERTE EN ROMANOS

Romanos tiene una perspectiva diferente de Efesios. Ve al hombre como vivo en pecado, pero esclavo del pecado (la carne), el cual opera en él; como sujeto a la ley del pecado y de la muerte (Romanos 6 y 7)
Esto muestra a la voluntad como completamente hostil hacia Dios. Romanos muestra que la voluntad se aleja de Dios y se dirige hacia el pecado invariablemente. Que el hombre no es libre en su albedrío, y que tiene por fin la muerte.

Efesios, en cambio, ve al hombre como muerto en pecados, y por ende con la necesidad de reavivamiento por parte de Dios. Esto muestra que el albedrío o voluntad está muerto de todo movimiento en dirección a Dios.

Ambos puntos de vista del estado del hombre perdido bajo el pecado (Romanos y Efesios) son simultáneamente ciertos, y muestran la irremediable ruina del hombre, a menos que Dios intervenga soberanamente dando vida y luz, allí donde hay muerte y tinieblas.
La enseñanza bíblica, pues, a la luz de estos textos, es que el hombre natural está moralmente muerto para con Dios y es incapaz de obedecerle con fe.

RESPONSABILIDAD ANTE DIOS DE TODO HOMBRE:
EL HOMBRE ES RESPONSABLE DE SUS ACTOS

Para tratar de debilitar el hecho de que el hombre perdido está “muerto en delitos y pecados”, los arminianos citan pasajes bíblicos que suponen que el hombre es un ser determinado libremente por su albedrío. Se suelen multiplicar los textos como prueba de esto, los que, en realidad no prueban la libertad del albedrío del hombre perdido. Además, nadie antes de la cruz siguió viviendo, lo que demuestra que el alegado libre albedrío no ha podido producir un resultado positivo. (Un autor arminiano cita, por ejemplo: Isaías 55:1; Mateo 11:28; Deuteronomio 30:19; Ezequiel 18:30; Mateo 11:21; Juan 3:18,19; Romanos 1:26, 28; Romanos 14:12; Romanos 2:6; Mateo 23:37; 1.ª Timoteo 2:4; Juan 5:40; Juan 8:24; Juan 1:12). Pero hay muchos textos bíblicos que demuestran que el hombre en realidad no tiene libertad de albedrío.

LAS ESCRITURAS DEMUESTRAN RESPONSABILIDAD, PERO NUNCA CAPACIDAD

¿Cómo debemos entender el grupo de pasajes que citan los arminianos? En primer lugar debemos observar que esos pasajes no nos dicen que el albedrío del hombre sea libre de decidir el bien.

Hay que tener en cuenta que los arminianos están en lo correcto en afirmar que el hombre es responsable. Pero su error estriba en la inferencia de que este hecho implica capacidad de determinación.
Es de suprema importancia advertir este punto. Pues se citan numerosos pasajes que demuestran que el hombre perdido es responsable ante Dios de obedecerle, pero se pretende, a partir de esto, haber demostrado con las Escrituras que el hombre tiene libertad de albedrío. Pero en realidad lo único que se ha demostrado con estas citas es que el hombre es RESPONSABLE. Pero la inferencia lógica que deduce de ello (“capacidad de determinarse a sí mismo”), es simplemente contraria a otras numerosas Escrituras que prueban explícitamente que no hay tal capacidad.
No es preciso comentar cada uno de los textos citados por los arminianos, pues todos tienen el mismo denominador común: enfocan la responsabilidad del hombre perdido. Pero sí me voy a detener en el versículo tal vez más citado en apoyo de su posición: Deuteronomio 30:19 (comparen este versículo con: Ezequiel 3:21; 18:9, 21…; 20:11,21; 33:11; 2.º Crónicas 6:36; Salmo 130:3; proverbios 20:9).

¿PRUEBA DEUTERONOMIO 30:19 QUE EL HOMBRE ES CAPAZ DE ELEGIR LA VIDA ETERNA?

“… Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando a Jehová tu Dios, y siguiéndole a él…” (Deuteronomio 30:19,20).

Quienes citan esta escritura, ¿creen que “escoger la vida”, significa la vida eterna? Por empezar, el hombre en este contexto se hallaba, no bajo la gracia, sino bajo la ley. Lo que quiere decir esto en realidad es que si uno guardaba la ley, su vida natural habría de continuar: no moriría, no pagaría la paga del pecado que es la muerte (Romanos 6:23). Guardando la ley perfectamente, uno escogía la vida. Pero esto no podía dar vida divina ni producir el nuevo nacimiento en una alma. Así está escrito:

“¿Luego la ley de Dios es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley” (Gálatas 3:21).

“Vivificar” en este versículo es la misma palabra griega (aunque en otra forma verbal) que aparece en Efesios 2:5, y se trata de DAR VIDA a quienes están muertos en delitos y pecados. La Escritura afirma, pues, que la ley NO DA VIDA. De modo que cuando Dios dijo “escoged la vida”, estaba hablando de la continuidad de la vida natural.

DIOS DIO LA LEY, PERO ¿IMPLICA ESO QUE EL HOMBRE FUERA CAPAZ DE CUMPLIRLA?

La posición que sostienen los arminianos es que el hombre tiene libre albedrío y es, pues, capaz de cumplir lo que Dios dice. Pero examinemos esto a la luz de la ley.
Dios dio la ley a Israel para que la cumpliese. Ahora bien, siguiendo el razonamiento del sistema arminiano, podríamos argüir:

¿Qué clase de Dios es éste que manda a los hombres a hacer lo que ellos no son capaces de hacer?

La respuesta que se ofrece es que Dios no manda nunca al hombre a que éste haga lo que no puede hacer, es decir, que Dios, según los arminianos, siempre “respeta” el supuesto «libre albedrío» del hombre pecador, que Dios nunca haría algo que violase la libertad del albedrío humano. Pero la ley es la PRUEBA de que esta inferencia es incorrecta.

Sigamos un poco más con Deuteronomio.
El hecho patente es que ningún pecador jamás escogió la vida. Ningún pecador guardó la ley nunca. ¿Pruebas de ello?: todos han muerto físicamente. La dificultad no se halla en la ley (Romanos 7:10-12). La verdad es que el pecador perdido no puede escoger nunca la vida. Es más, no se tata sólo de que la muerte universal da testimonio del hecho de que el hombre no puede guardar la ley, sino de que la incapacidad del pecador perdido se halla expresamente esrablecida en la Escritura:

“Por cuanto los designios (lit. “la mente”) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7).

“Ni tampoco pueden” son palabras que claramente expresan incapacidad. Dios, pues, dio la ley a Israel y le mandó que la guardase, pero sabía perfectamente que ello era imposible (hasta que llegara Cristo, el Hombre Perfecto, el único que guardó la ley sin tacha). Y ahí tenemos la prueba de que Dios manda a hacer cosas al hombre que éste no puede cumplir, que demuestran su incapacidad. Y ello prueba también que el hombre no puede obedecer, pero que, sin embargo, es responsable de obedecer.

Los judíos eran responsables de guardar la ley por cuanto Dios les ordenó que lo hicieran. Ellos ni lo hicieron ni lo pudieron hacer. Responsabilidad moral no necesariamente implica capacidad de cumplimiento. Ahora bien, la noción de que responsabilidad implica habilidad, constituye un elemento esencial del sistema arminiano, y sin este punto, todo el sistema construido sobre la base del supuesto libre albedrío humano colapsa.

Yo creo, pues, que es un hecho demostrado que Dios demanda del hombre lo que el hombre no puede cumplir. El hombre fue probado desde Adán hasta la cruz, demostrando su total fracaso, su incapacidad de obedecer a Dios y de escoger la vida. En la cruz, con el rechazo definitivo de Cristo, la prueba termina. EN Cristo, ahora, la cosa cambia.
Pero siempre recalco el hecho de que a pesar de que el hombre no pueda cumplir, es, no obstante, tenido igualmente por responsable ante Dios.

INCAPACIDAD PARA PAGAR NO NOS LIBERA DE NUESTRA RESPONSABILIDAD

El hombre es responsable de obedecer, y es culpable de desobedecer, y su voluntad es hostil y perversa con respecto a Dios. Estas tres cosas son ciertas y es la enseñanza de la Biblia.
El hombre es moralmente depravado, incluso en su propia voluntad o capacidad de tomar decisiones para con Dios. El hombre ha fallado, a lo largo de la Historia, bajo toda prueba que Dios lo colocó: Adán, la era antediluviana, Israel, en fin, el hombre siempre demostró su incapacidad y fracaso. Tal es la lección del Antiguo Testamento, y muchos parecen no haberla aprendido. Negar el fracaso y la incapacidad humana, o decir que Dios no puede violar la voluntad de un pecador, equivale a elevar al hombre y rebajar a Dios. En nuestro próximo estudio, Dios mediante, examinaremos un conjunto de pasajes que demuestran que la única salida para el pecador perdido es que Dios lo fuerce a entrar por el camino de la salvación contra su propia voluntad (Lucas 14:23).

LA BIBLIA ENSEÑA LAS DOS VERDADES: EL HOMBRE ES ESCLAVO DE SU ALBEDRÍO Y A SU VEZ RESPONSABLE

La mente se cuestiona cómo puede un hombre ser tenido por responsable de sus pecados si no cuenta con libertad de albedrío. El hecho simple es que Dios lo tiene por responsable. Si la Biblia enseña esto, nuestro deber es creer ambas cosas, sin forzar la lógica ni inventar dificultades contra la revelación escrita. Reconozco que nuestra mente carnal se revela contra ambos hechos. Pero cada uno constituye una de las caras de la misma moneda: equilibrio de la verdad.

Pongamos un ejemplo de la vida práctica para ilustrar este principio:

«Los arminianos sostienen que nuestra responsabilidad depende de nuestro poder. Si yo le presté 100.000 dólares a alguien, y esa persona se los mal gastó en su totalidad, es obvio que no puede pagar, pero ¿acaso su incapacidad lo exime de su responsabilidad? ¡No! La responsabilidad depende del derecho de la persona que le ha prestado el dinero, no de la capacidad que ha malgastado injustamente el dinero» (J.N.Darby)

Veamos otro ejemplo ilustrativo del principio:

«Un hombre robó una oveja, y no tiene el menor deseo, ninguna “buena voluntad” de devolverla. Su firme decisión es quedarse con la oveja y comérsela. Mata a la oveja, y se come la mitad. Y piensa seguir comiéndose y disfrutar de la otra mitad. Tal es su albedrío, su propia decisión y voluntad.

De repente, un policía abre la puerta y lo sorprende comiendo una pierna de la oveja, y con media oveja guardada en la heladera. El representante de la ley se dispone a arrestar al ladrón, cuando éste le argumenta: “Oh, no, mi estimado; confieso que robé la oveja. ¿No se da cuenta que ya la maté, que me comí la mitad, y que la otra mitad la tengo guardada en la heladera? ¿No ve que no tengo el más mínimo deseo de devolver ni siquiera lo que queda?” Ahora bien, ¿Podría mencionarme algún policía que dijera: “Oh, veo que puesto que Ud. no tiene el menor deseo ni la voluntad de devolver la oveja, ya no hay más responsabilidad”?» (C.H.M.)

EL LLAMADO DEL EVANGELIO OBLIGA A LA RESPONSABILIDAD

Para terminar esta parte, diré que el llamado del Evangelio también pone al hombre perdido bajo responsabilidad.

“Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden: a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida” (2.ª Corintios 2:15,16).

El Evangelio ha de ser obedecido (2 Tesalonicenses 1:8; Hechos 17:30), y el pecador que lo oye y lo desobedece es tanto más culpable. Para ellos es “olor de muerte para muerte”.

El pecador, pues, está muerto en delitos y pecados, y aunque su inclinación moral sea hacia lo malo delante de Dios y no puede creer, el llamado del Evangelio se dirige a su responsabilidad y sólo trae a luz cómo la muerte está operando en él.

DIOS DA VIDA SOBERANAMENTE

Puesto que el pecador está moralmente muerto, Dios tiene que intervenir soberanamente y “dar vida” al hombre. Ésta es la doctrina que encontramos en el capítulo 2 de la epístola a los Efesios (y que podemos comparar con Juan 5:21 y 6:63):

“Estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:5).

“Dar vida” es vivificar aquello que no tiene vida en ningún sentido, lo que está muerto. No incluye ninguna forma de cooperación del albedrío humano con Dios en esta milagrosa y soberana obra. Más bien es Dios el que inicia y el que OBRA “de su propia voluntad” (Santiago 1:18).
Dios pone fe en una persona como don (Efesios 2:8). Acerca de un verdadero creyente, Dios declara expresamente así:

“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).

De modo que Dios llama a los muertos en pecados a la vida soberanamente, dándoles fe, a través de la Palabra: Romanos 10:17; Efesios 2:8). Somos hechura suya (Efesios 2:10). No se dice que la salvación sea la obra de Dios en cooperación con la obra nuestra, sino SUYA. Muchos no se dan cuenta de que tan pronto como introducimos la cooperación humana, aunque sea en el menor grado, elevamos el yo y, por consecuencia, deshonramos y rebajamos a Dios.

(Esto ha sido muy bien ilustrado en el “cántico de los redimidos en el cielo”. Se dice que en la eternidad habrá “dos cánticos”:

El que cree que “la salvación es de Jehová” solamente, cantará:

“¡Digno es el Cordero, que nos salvó”

Mientras que los que creen que han colaborado en la obra redentora con su decisión y su fe, cantarán:

“¡Digno es el Cordero, Y TAMBIÉN nosotros!”

ESCRITURAS QUE DEMUESTRAN LA TOTAL INCAPACIDAD Y RUINA DEL HOMBRE

Hay escrituras que excluyen expresamente el albedrío humano, y que establecen que es el albedrío divino el que produce el nuevo nacimiento. Veamos algunas de ellas:

“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de VOLUNTAD DE LA CARNE, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).

“NO PUEDE el hombre recibir NADA, si no le fuere dado del cielo” (Juan 3:27).

“NINGUNO PUEDE venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44).

“NINGUNO PUEDE venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65; compárese con 17:2).

“¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque NO PODÉIS escuchar mi palabra” (Juan 8:43).

“El Espíritu de verdad, al cual el mundo NO PUEDE recibir” (Juan 14:17).

“Por cuanto los designios (lit. mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, NI TAMPOCO PUEDEN” (Romanos 8:7).

“Y los que viven según (lit. “en”) la carne NO PUEDEN agradar a Dios” (Romanos 8:8).

“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que TODO designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo SOLAMENTE el mal” (Génesis 6:5).

“Porque el intento del corazón del hombre es MALO desde su juventud” (Génesis 8:21; compárese Eclesiastés 9:3).

“Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y PERVERSO; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9).

“Estabais MUERTOS en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).

“El mundo entero está bajo el maligno” (1.ª Juan 5:19).

“No hay justo, NI AUN UNO… no hay quien HAGA LO BUENO, no hay NI SIQUIERA UNO” (Romanos 3:10-20; compárese con Salmo 14:2-3).

“…Los hombres AMARON MÁS las tinieblas que la luz, porque sus obras eran MALAS” (Juan 3:19).

“Y TODOS a una comenzaron a excusarse… Vé pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá… Y FUÉRZALOS A ENTRAR, para que se llene mi casa” (Lucas 14:18-23).

“Así que NO DEPENDE DEL Q UE QUIERE, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Romanos 9:16).

“Él, de SU VOLUNTAD, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18).

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10).

De estos textos bíblicos, resulta claro, pues, que la Escritura niega que el hombre tenga un “libre” albedrío (esto es, que sea moralmente libre para escoger el bien por un acto de su propia voluntad), y afirma, en cambio, que un pecador perdido nace de nuevo POR UN ACTO SOBERANO DE LA VOLUNTAD DE DIOS QUE IMPLANTA EN ÉL UNA NUEVA NATURALEZA Y FE, DANDO VIDA ALLÍ DONDE SÓLO HAY MUERTE.

Alguno podrá decir: “Pero ¿no es también cierto que cuando un pecador se convierte a Dios, él LO QUIERE?” Sí, naturalmente que sí. Él quiere y tiene el profundo deseo de ser salvo y de obedecer a Dios y de servirle. Pero, si esto no es fruto de su propio libre albedrío como pecador perdido, ¿qué es? La Biblia tiene la respuesta precisa:

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).

He aquí la explicación de cómo aquellos que son salvos en Cristo, han de ocuparse en su propia salvación: es Dios mismo quien obra en ellos el QUERER. Él les da un NUEVO ALBEDRÍO, y opera en ellos por la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús (leer también Romanos 8:2).

Pero la pregunta entonces es: “¿Cómo, pues, se comunica o produce este nuevo albedrío o voluntad, esta nueva naturaleza?” Y la respuesta de la Escritura es simple: Es la operación directa del Espíritu de Dios:

“El viento sopla de donde QUIERE, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

Ahora bien, ¿no sería absurdo decir que la nueva naturaleza fue generada por acción del libre albedrío de nuestro “viejo hombre” viciado por el pecado? De nuevo, ¿qué dicen las Escrituras?: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad para que fuésemos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18). ¿Vemos la diferencia? También está escrito: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer” (1.ª Pedro 1:3). “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios” (v. 23).

CONCLUSIÓN

Para resumir, un conocido escritor cristiano lo presentó de la siguiente manera:

“¿Habrá alguno que todavía objete y diga que no es posible reconciliar las dos cosas: la impotencia del hombre y la responsabilidad del hombre? El tal tenga en cuenta que no nos incumbe reconciliarlas. Dios lo ha hecho al incluir ambas verdades una al lado de la otra en su eterna Palabra. Nos corresponde sujetarnos y creer, no razonar. Si atendemos a las conclusiones y deducciones de nuestras mentes, o a los dogmas de las antagónicas escuelas de teología, caeremos en un embrollo y estaremos siempre perplejos y confusos. Pero si simplemente nos inclinamos ante las Escrituras, conoceremos la verdad. Los hombres pueden razonar y rebelarse contra Dios; pero la cuestión es si el hombre ha de juzgar a Dios o Dios ha de juzgar al hombre. ¿Es Dios soberano o no? Si el hombre ha de colocarse como juez de Dios, entonces Dios no es más Dios. “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).
Ésta es la cuestión fundamental. ¿Podemos responder a ella? El hecho claro es que esta “dificultad” referente a la cuestión de poder y responsabilidad es un completo error que surge de la ignorancia de nuestra verdadera condición y de nuestra falta de absoluta sumisión a Dios. Toda alma que se halla en una buena condición moral, reconocerá libremente su responsabilidad, su culpa, su completa impotencia, su merecimiento del justo juicio de Dios, y que si no fuera por la soberana gracia de Dios en Cristo, ella sería inevitablemente condenada. Todos aquellos que no reconocen esto, desde lo profundo de su alma, se ignoran a sí mismos, y se colocan virtualmente en juicio contra Dios” (C. H. Mackintosh).

¿POR QUÉ HABRÍAMOS DE PREDICAR EL EVANGELIO SI NO HAY LIBRE ALBEDRÍO?

Un predicador del Evangelio puede presentar la siguiente objeción:

«Si creyese que el hombre no estuviera facultado con libre albedrío y con poder para aceptar el Evangelio, nunca podría predicar de nuevo. Pues no podría decir: ‘el que quiera, tome’ (Apocalipsis 21:6). ¿Qué sentido tiene decir una cosa así?»

Puesto que ésta es una muy común objeción, analicémosla de cerca.
Ya vimos principalmente en el Evangelio de Juan y en las Epístolas que el Señor y sus apóstoles sostuvieron que “no depende del que quiere, sino de Dios que muestra misericordia”, que los que son nacidos de nuevo, lo son “de agua y del Espíritu”, y en ningún sentido lo son por la voluntad humana. Esta verdad nunca confundió ni desanimó a ningún predicador: nunca los discípulos plantearon que puesto que el nuevo nacimiento no es por el libre albedrío del hombre sino del de Dios, entonces nunca podremos predicar de nuevo. La objeción de “¿qué sentido tiene predicar?” Se desvanece en seguida si leemos los Hechos de los Apóstoles y vemos cómo se expandía el Evangelio, y creemos la verdad de esta Escritura: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1.ª Corintios 1:21). Y en Romanos 10:14 dice: “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique.” “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). Dios nos concede el enorme privilegio de proclamar el gratuito perdón de los pecados a través de Jesucristo. Y él da fe por medio del Espíritu a través del agua de la Palabra de Dios que es predicada por nosotros. Por la Palabra del que dijo “Sea la luz”, vino la luz y la vida: el poder de la nueva creación. Lo cierto es que es un gran privilegio ser instrumentos en las manos de Dios.

George Whitefield, Charles Spurgeon, por ejemplo, fueron grandes predicadores de multitudes. Consabido es que no creían en el libre albedrío. ¿Podría alguien objetar su trabajo para el Señor?

El apóstol Pablo predicó la gracia de Dios, y también dijo:

“Todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2.ª Timoteo 2:10).

LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA RESPONSABILIDAD DEL HOMBRE EN EL CASO DE FARAÓN: ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN

Debemos aclarar que no es correcto concluir de nuestra serie de estudios, que además de que Dios eligiera a ciertas personas, haya un decreto de reprobación contra otras; es decir, que haya un decreto divino de predestinación de algunas personas al castigo eterno (tal es la doctrina calvinista, al menos extrema). Pero la manera en que la Escritura trata con los incrédulos se halla más bien en contraste con la inferencia deductiva calvinista, al igual que lo que dice sobre el libre albedrío humano en contraste con la inferencia deductiva arminiana de la supuesta “capacidad” del hombre natural.

¿Hay algo de parte de Dios que impida la libre elección del hombre para salvarse? La Palabra de Dios tiene la respuesta precisa:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

“Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).

“Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:11).

“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13; Véase también 2.ª Corintios 5:19-21).

¿Qué lugar tiene, pues, la voluntad de Dios en este asunto?

“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Juan 6:40).

“Dios quiere que TODOS los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1.ª Timoteo 2:4).

“El cual se dio a sí mismo en rescate por TODOS” (1.ª Timoteo 2:6).

“Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Apocalipsis 21:6).

“Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).

Éstas, y muchas otras Escrituras, prueban contundentemente que no hay nada de parte de Dios que impida o estorbe que TODOS los hombres vengan a Cristo si quieren. Procuremos no dejar de lado ningún versículo de la Biblia. No hay la menor necesidad de hacerlo, si nuestro único deseo es buscar la verdad.

¿ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN? CASO DE FARAÓN

La mente humana razona de la siguiente manera: Si por la elección de Dios desde la eternidad de algunas personas, sólo cierto número de pecadores serán salvos, la inferencia lógica es que el número restante, por algún decreto similar de Dios, será reprobada y eternamente perdida.

En el endurecimiento de Faraón, algunos han pretendido basar bíblicamente este razonamiento deductivo, que, desde ya diremos, no es bíblico, sino todo lo contrario, como lo acabamos de ver en los textos anteriores.

Este apartado lo hemos publicado aparte, y para leerlo haga click aquí:

Responsabilidad del hombre y soberanía de Dios: Endurecimiento de Faraón W.K.

Un poco de historia sobre la soberanía de Dios en la salvación y el «libre albedrío»

Agustín (354-430 A. D.)

Es natural para la razón del hombre natural creer que éste está dotado de libre albedrío, es decir, de la capacidad de elegir entre el bien y el mal, de donde se sigue que el hombre tiene la capacidad propia de elegir el bien. Ya los maniqueos en la época de Agustín sostenían un predeterminismo según el cual existe en el hombre el principio del bien, que se opondrá al mal. Esto provoca una reacción en Agustín, quien inicia su controversia contra los maniqueos y produce escritos sobre el libre albedrío, el pecado original y la naturaleza del ser humano, quien también, en relación con esto, escribe sobre la gracia de Dios y la predestinación. Estas últimas obras surgieron como consecuencia de los pelagianos.

Pelagio

Pelagio (354-después de 418 A. D.), junto con su amigo y discípulo Celestio, fue un monje británico cuyo sistema teológico (denominado “pelagianismo”) enfatizaba la primacía del esfuerzo humano en la salvación del alma. Pelagio sostenía que el hombre era esencialmente bueno y que Dios lo había hecho libre y capaz de elegir entre el bien y el mal. Su razonamiento era que Dios no podía mandar algo imposible de realizar. Con su doctrina, Pelagio negaba el estado caído y de ruina del hombre. Esto afectaba su doctrina de la predestinación. Pelagio sostenía que la predestinación se basaba en la presciencia divina, es decir, él creía que la predestinación era condicional, dependiente de las acciones humanas las cuales Dios veía de antemano, y no admitía una predestinación soberana e incondicional de Dios. Estas ideas provocaron la oposición de su contemporáneo, Agustín, quien, para refutarlo, desarrolló detallados tratados sobre la gracia y la predestinación.
Para Agustín, el hombre, tras la caída, se volvió incapaz de hacer bien alguno y, a partir de entonces, quedó sujeto al mal, y su libertad fue sólo para pecar. Este pecado original pasó a todos los hombres, y cada descendiente de Adán pasó a ser miembro de una “masa de perdición”, como él la llamaba.
Para Agustín, el hombre en su estado natural de pecado no puede dar ningún paso hacia la condición de redimido por sí solo: sólo por la gracia de Dios es posible la salvación, y sin ella el hombre no puede ni quiere acercarse a Dios. Para Agustín la gracia es irresistible, pues ella actúa en la voluntad y la mueve a querer el bien. Así, pues, la salvación es exclusivamente obra de la gracia.
Aquí entra en juego otro tema relacionado con la gracia de Dios: la predestinación. Para Agustín, la predestinación de algunos para la gloria es una verdad irrefutable. Si la salvación es gratuita e inmerecida, es decir, que no depende de mérito alguno de parte del que la recibe, se sigue que ella proviene del acto libre y soberano de Dios.
Es digno de destacar, no obstante, que Agustín no enseñó una doble predestinación. Los elegidos, para él, son arrancados de la “masa de perdición” por un acto soberano de Dios. Los que son condenados, continúan en esa masa, pero no por decisión divina, sino por sus propios pecados. Toda la doctrina agustiniana de la gracia y la predestinación testifica de la primacía de Dios en la salvación.

Semipelagianismo

Las enseñanzas de Agustín en torno a la gracia y a la predestinación pronto encontraron oposición dando lugar a largas controversias. Esta oposición vino a llamarse semipelagianismo: si bien los semipelagianos rechazaban las doctrinas de Pelagio, no aceptaban la doctrina agustiniana en su totalidad, lo que implicaba reconocer alguna participación del hombre caído en la salvación, tal como se deja ver en sus escritos.
Es muy importante prestar atención a los argumentos de los semipelagianos, pues los mismos han subsistido hasta nuestros días, constituyendo siempre una amenaza a la fe bíblica que fue bien defendida por Agustín.
A diferencia de Pelagio, los semipelagianos creían que el pecado original, como un principio corruptor en el hombre, es de alcance universal. Pero también creían que la gracia de Dios era necesaria para vencer este principio corruptor. De aquí surge el principio del semipelagianismo: Dios y el hombre colaboran o son copartícipes en la salvación: el hombre, a diferencia del pelagianismo, no puede salvarse sin la gracia de Dios, pero el primer paso hacia la salvación ¾aceptar la gracia de Dios¾ no lo da la gracia, sino el hombre por propia decisión. Para los semipelagianos, el hombre nace en estado de pecado, pero su corrupción innata no llega tan lejos de manera de afectar la capacidad natural de su voluntad para tomar la iniciativa en la aceptación de la salvación.

Initium fidei: el principio del semipelagianismo

Es importante, lo repetimos, entender el argumento semipelagiano, pues es vital en la comprensión de la soberanía de Dios en la salvación. Juan Casiano ¾un semipelagiano que se opuso a Agustín¾ llamó a este supuesto principio o poder innato en el hombre caído (que lo faculta para dar el primer paso hacia la aceptación de la salvación) initium fidei («el inicio de la fe»). Ese paso, según los semipelagianos, es exclusivamente nuestro, y no depende en absoluto de la gracia de Dios, la cual, para ellos, no es así irresistible. Fausto de Riez ¾otro semipelagiano¾ también llamó a esta supuesta capacidad innata del hombre caído para desear la salvación credulitatis affectus («sentimiento de credulidad»), y algunos hoy día también consideran a la fe como un sentido más de que fue dotado el hombre natural, así como la vista, el olfato o el tacto, capaz de responder ante el llamado divino. Fausto de Riez sostenía que el “inicio de la fe” depende de la libertad humana que nos da la capacidad natural de inclinarnos hacia Dios. El libre albedrío, para él, tiene poder no sólo para pecar, sino también para elegir el bien.
Para Agustín, por el contrario, «el inicio de la fe» radica en la gracia de Dios, que es conferida según la predestinación eterna.

El semipelagianismo no niega la intervención divina en la salvación, la cual constituye un elemento esencial

Todavía hay otro punto: para los semipelagianos, el hombre inconverso, por propia voluntad, es perfectamente capaz de desear aceptar el Evangelio de la salvación, pero no sin la intervención o ayuda divina. Éste es otro punto crucial de la doctrina semipelagiana, pues ellos nunca hablan de una decisión del hombre caído por Cristo aparte de esa divina intervención, y esto los diferencia de las doctrinas de Pelagio.
Es difícil definir exactamente la manera en que el semipelagianismo concibe esta intervención o ayuda divina, pues la misma cobra distintos matices según los autores a lo largo de la historia, unas veces como el poder interno del Espíritu convenciendo al pecador de su perdición eterna, y otras como la simple predicación exterior del Evangelio o la lectura de las Escrituras, sin ningún poder interno de parte de Dios en el hombre. De cualquier manera, el semipelagianismo se basa en el siguiente razonamiento: Dios sería injusto si no hubiera dotado al hombre caído con la capacidad innata de dar al menos el primer paso per se hacia la salvación una vez que oye el Evangelio. También razonan de esta manera: Si la salvación dependiera inicial y unilateralmente de la libre y soberana elección de Dios, sin la participación activa de la voluntad humana, los no salvos podrían argumentar que fueron condenados por el mero hecho de haber nacido. Dios, así, para los semipelagianos, no sería un Dios justo, por lo que el hombre, para ellos, debe de tener una participación dinámica en la salvación del alma.
En cuanto a la predestinación, como cabía esperarse, y en armonía con su doctrina sobre el libre albedrío, el semipelagianismo reafirmó la doctrina pelagiana de una predestinación basada en la presciencia y que toma en cuenta las acciones humanas, siendo así no absoluta sino condicional.
El resultado del semipelagianismo fue la negación de la acción sobrenatural de la gracia libre, soberana e inmerecida de Dios sobre la voluntad humana para la salvación.

El sínodo de Orange

Agustín, tras su muerte, tuvo no sólo oponentes, sino también seguidores que defendieron su posición (tal es el caso, por ejemplo, de Próspero de Aquitania).
Pero recién en el año 529 el sínodo reunido en Orange condenó formalmente el pelagianismo y algunas proposiciones del semipelagianismo. A continuación resumimos sus cánones más relevantes en relación con nuestro tema:

¾ En cuanto a la naturaleza humana: el pecado de Adán corrompió a todo el género humano, el cual no recibe la gracia de Dios porque la pide, sino viceversa.
¾ El punto de partida de la fe ¾initium fidei¾ no corresponde a la naturaleza humana, sino a la gracia de Dios.
¾ La gracia no se basa en mérito alguno, y sólo por ella el hombre es capaz de hacer el bien, pues todo lo que tiene aparte de ella es miseria y pecado.
¾ El libre albedrío ha sido corrompido por el pecado.
¾ No hay tal cosa como una predestinación de algunos para el mal: Adán abandonó su estado original por su propia iniquidad; los fieles, en cambio, dejan su estado de iniquidad por la gracia de Dios.

Aunque no se mencione la predestinación, en el sínodo se estableció que la decisión soberana de Dios es la que cuenta, y no una determinada presciencia divina que conoce de antemano las actitudes y acciones de los hombres, supuestamente buenas.

Desde Agustín hasta la Reforma

Entre Agustín y los reformadores, las tinieblas más profundas habían invadido a la Iglesia, a pesar de que Dios siempre mantuvo un testimonio de su gracia.
Podemos decir sin titubeos que Agustín fue el gran “campeón de la gracia” la que solo salva al pecador sin las obras y la que lo renueva para poder cumplir obras agradables a Dios. Con sólo leer sus “Confesiones” podemos advertir la impotencia que experimentó antes de su conversión como prisionero del poder del pecado, y cómo comprobó que la gracia de Dios sola pudo liberarlo de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:2).
Sin duda, Agustín fue el instrumento maravillosamente escogido y preparado por Dios para combatir el error fatal de aquellos que se oponían a la fe: error que rebajaba la gracia de Dios y exaltaba al hombre, y que, lamentablemente subsiste hoy todavía entre un gran número de personas en el mundo cristiano.
Los escritos de Agustín sobre este tema, siglos más tarde, fueron de provecho y bendición para los reformadores, tales como Martín Lutero, a quien Dios escogió para hacer brillar nuevamente la luz de su Palabra y la gran verdad de la salvación sólo por gracia, en virtud de la obra de Cristo.
En el período que sigue hasta la Reforma, muy poco es lo que encontramos acerca de la relación entre la libertad del hombre y la soberanía de Dios en la salvación, excepto algunas disputas dispersas, como las que tuvieron lugar durante el renacimiento carolingio del siglo IX, por lo que no nos detendremos a considerar los detalles. Cabe destacar que la Iglesia Católica, principalmente en su doctrina sobre el pecado del hombre, aunque concedió amplia libertad de pensamiento en este campo, adoptó las nociones semipelagianas; y el semipelagianismo (salvo excepciones, como Tomás de Aquino, que siguió a Agustín en la doctrina de la predestinación) constituyó el pensamiento dominante, al menos entre los dirigentes de la Iglesia, hasta la Reforma, cuando, a través de hombres escogidos por Dios para sacar a luz las verdades de las Escrituras, vuelve a cobrar vigor la verdad que Agustín había expuesto y defendido en el siglo V.

La Reforma (siglos XVI y XVII)

Lutero y su controversia con Erasmo por el libre albedrío

Erasmo, el humanista y sacerdote católico, decidió atacar a Lutero a fines del siglo XVI mediante un tratado De libero arbitrio (Sobre el libre albedrío), en el cual defendía el libre albedrío humano y reivindicaba la supuesta capacidad de que está dotado el hombre natural para aceptar y decidir el bien por sus propios medios. Era el punto de vista tradicional de los pelagianos y semipelagianos, que Agustín había combatido tan vigorosa y fielmente.
Lutero, entonces, como respuesta al tratado de Erasmo, compuso un tratado titulado De servo arbitrio (La esclavitud del albedrío), en el cual explicó que el pecado había destruido la libertad humana, y que el hombre ya no es más dueño de su albedrío, sino que éste es esclavo del pecado, y la voluntad humana ahora no puede decidir más que hacer el mal.

Calvino (1509-1605)

Los reformadores, en general, estuvieron de acuerdo con Agustín. Calvino, como se puede apreciar en su obra Institución de la religión cristiana, sostenía, siguiendo a Agustín, que el hombre nace en estado de pecado, heredado por todo el género humano desde Adán. Los reformadores reafirman el concepto agustino de la Total Depravación del hombre, es decir, que la corrupción se extiende a todas las facetas del ser humano, y la voluntad no constituye ninguna excepción, pues también se ha corrompido, y, estando atada al pecado, no hay uno solo de nosotros que busque a Dios. Para Calvino, Dios elige soberanamente, implicando con esto que lo hace de forma independiente de Su presciencia, es decir, que la elección por parte de Dios no depende del conocimiento anterior que Dios tiene de las acciones humanas futuras. Es Dios quien da a quienes él quiere el oír la Palabra, y los electos así pueden tener la seguridad de la salvación, al ser ésta independiente de la voluntad humana.
A diferencia de Agustín, Calvino enseñó una doble predestinación, es decir, que Dios no sólo decide el destino de sus elegidos para gloria, sino que también elige a aquellos que han de sufrir eterna perdición. (Esto es puramente deducción de la lógica deductiva, la que fue empleada por el calvinismo para sus conclusiones teológicas).

Arminianismo y Calvinismo

En el siglo XVII surge una reacción contra las enseñanzas de Calvino, y una reivindicación de las nociones del semipelagianismo. A este movimiento teológico se le llamó entonces arminianismo, y se opuso a la doctrina reformada de la predestinación, afirmando que la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre son compatibles.

El movimiento debe su nombre a Jacobo Arminio (1560-1509), un teólogo reformado holandés que se involucró públicamente en un debate con Francisco Gomaro respecto a la interpretación calvinista sobre los decretos divinos referentes a la elección y a la reprobación.

Pero el movimiento conocido como arminianismo fue más divergente que Arminio de la teología reformada. Para tener una noción de las enseñanzas del arminianismo, es útil repasar la Remonstrancia (1610), un documento firmado por 46 ministros, y que fuera sometido luego a revisión por el Sínodo de Dort (1618-19), que lo condenó.
Los cinco puntos pueden resumirse así:

¾ Sobre la predestinación, estaba condicionada a la fe del hombre o a su incredulidad. Es decir, no depende de la iniciativa divina, sino de la presciencia con respecto a quiénes creerían y quiénes no.

¾ Sobre el alcance de la expiación, Cristo murió por todos los hombres, pero su sacrificio es eficaz únicamente para aquellos que creen. No hay tal cosa como una expiación limitada a los elegidos.

¾ En cuanto a la depravación total, si bien afirmaban que el hombre en estado de pecado no puede por sí mismo ni pensar ni desear hacer el bien, ello no significa que la gracia sea irresistible: sin la ayuda del Espíritu Santo, el hombre es incapaz de responder a la voluntad de Dios.

¾ En lo que se refiere a la gracia irresistible, para los remonstrantes la gracia, en cuanto a su manera de operar, no es irresistible.

¾ Por último, en cuanto a la perseverancia de los santos (es decir, la seguridad eterna), afirmaban que los creyentes son capaces de resistir al pecado, pero siempre subsiste la posibilidad de caer de la gracia (es decir, la salvación puede perderse).

El sínodo de Dort dio también sus opiniones sobre cada uno de los cinco puntos, condenando a los remonstrantes, los cuales, no obstante, fueron tolerados por 1630. De todos modos, puede advertirse claramente cómo el arminianismo (en este caso “remonstrante”) constituye un mero resurgimiento del viejo semipelagianismo, con los mismos argumentos que se presentaron doce siglos antes, reclamando una vez más, según su lógica, que la supuesta “dignidad del hombre” requiere una plena libertad de la voluntad o albedrío, lo que equivale a decir que el paso inicial de la salvación, no es de Dios, sino que proviene de la decisión del hombre natural “con la participación” de la gracia divina interviniente: el antiguo principio semipelagiano del “initium fidei”, que ya hemos repasado.

Para terminar este resumen, observemos que los términos “arminianismo”y “calvinismo” se refieren a sistemas teológicos. Si bien Calvino se basó en un principio esencial que inspiró toda su doctrina, a saber, la soberanía absoluta de Dios, él mismo se dejó llevar por la lógica, alcanzando deducciones opuestas a la revelación divina, desarrollando una larga y lamentable teoría de doble predestinación absoluta. De la gran verdad de la elección absoluta de Dios, él dedujo que Dios había fijado desde la eternidad la suerte de cada criatura. La gracia de Dios, para Calvino, no sería ofrecida para todos los hombres, sino únicamente para los elegidos, lo cual le colocó en oposición formal con la Escritura: Tito 2:11, la que afirma que la salvación se ofrece a todos los hombres sin excepción. La aplicación de la lógica a la verdad bíblica es lo que dio lugar posteriormente a un sistema teológico basado en razonamientos deductivos: el calvinismo.

El calvinismo como sistema empezó a ser desarrollado por su sucesor Teodoro de Beza (1519-1605), quien sistematizó las enseñanzas de Calvino aplicando aún más que aquél los principios de la lógica deductiva hasta llegar a conclusiones extremas que escapan y hasta contradicen la verdad Escrituraria. Este extremo es más bien conocido como hipercalvinismo, pues sus conclusiones lógicas anulan la verdad de la responsabilidad del hombre de responder al Evangelio, lo que lo terminan convirtiendo en un simple títere.

Pero hasta aquí este resumen. Este tema se relaciona con la verdad de la eterna seguridad del creyente y con su elección desde la eternidad. Estas verdades —que hacen depender la salvación únicamente de la gracia soberana y eterna de Dios y no de la elección de la pobre criatura caída que aborrece la gracia—, están íntimamente relacionadas entre sí, y se han de entender y aceptar en conjunto para ser coherentes con la gracia soberana (de lo contrario se cae en absurdos, por ejemplo, al creer que Dios nos salvó soberanamente, pero que de nuestra elección depende si seguimos siendo salvos o nos perdemos eternamente). Continuaremos el tema en otra oportunidad, Dios mediante.

Los denominados “Padres Apostólicos” acerca de la segunda venida del Señor

Una breve examinación será suficiente para probar el valor de estos escasos restos de antigüedades cristianas a fin de comprobar la veracidad de lo que proponen. Lo asombroso es que cualquier persona de discernimiento espiritual que los haya leído con cuidado, los estimará de mínimo valor, especialmente en lo que respecta a la Segunda Venida. Es realmente penoso el interés en ellos, teniendo en cuenta que estos escritos constituyen un testimonio del rápido apartamiento y de la profunda caída de la enseñanza apostólica.

¿Puede algo ser más evidente o sorprendente que la inconmensurable distancia que separa los más antiguos escritos respecto de las Escrituras? Los mismos Apócrifos del Antiguo Testamento —meros productos literarios humanos— no difirieron tanto de las Escrituras hebreas del Antiguo Testamento, como lo hicieron, en cambio, Bernabé, Clemente de Roma y Hermas, de los apóstoles Pablo, Pedro y Juan.

Y, sin embargo, desde antiguo estas producciones literarias primitivas, eran leídas en las congregaciones cristianas ¡como si fuesen Escrituras! Clemente de Alejandría cita incluso a la más heterodoxa e insensata de las tres como Escritura también. Incluso el uncial Sinaítico tiene como apéndice del Nuevo Testamento, a Bernabé y a Hermas. Y el uncial Alejandrino tiene anexado a Clemente de Roma. Pero cuando uno lee estas obras humanas, así como toda otra obra literaria antigua, encuentra un agudo contraste en dignidad, santidad, amor y autoridad con las inspiradas Epístolas. Estas reliquias antiguas no son más que la palabra del hombre, que evidencian no sólo debilidad, sino que son trampas para la fe.

Si hombres capaces las han puesto sobre las nubes, ello tan sólo demuestra que la tradición tiene el poder de enceguecer a los hombres, y de que no todos tienen fe. Sin embargo, un hombre piadoso de nuestros días se atreve a decir: «Gracias a la providencia de Dios poseemos estos escritos antiguos.» Una infatuación como ésta de parte de un clérigo evangélico sólo puede atribuirse a su apasionado celo por la esperanza judía en contra de la esperanza cristiana. Toda forma de judaización tiende siempre a contiendas y amarguras. ¡Qué cosa extraña que alguien se dirija primero a la «Didaché» o «Enseñanza de los doce Apóstoles»! De ella se halla la editio princeps (primera edición) de Bryennios (Constantinopla, 1883), la de Hitchcock y Brown (New York, 1884), además de la de H. de Roumestin (Parker and Co., Oxford y Londres, 1884), y el pequeño volumen del Dr. C. Bigg con al menos igual discernimiento críticamente como cualquier otro. El título más completo es bastante más temerario: «La enseñanza del Señor a los gentiles por medio de los doce apóstoles.» Se trata de una magra compilación que comienza con los dos caminos, el de la vida y el de la muerte, que ocupa seis capítulos, casi la mitad del pequeño tratado, sin mencionar una sola palabra que muestre cómo se comunica la vida o cómo los pecados son perdonados.

Luego sigue un absurdo capítulo acerca del bautismo, que prescribe un ayuno precedente; y otro capítulo sobre el ayuno en general. La gran diferencia con «los hipócritas» parece ser que ellos ayunan el segundo y el quinto día de la semana, mientras que el ayuno correcto es en el cuarto y sexto (o preparación). Tampoco deben orar como «los hipócritas», sino como lo mandó el Señor, ¡y tres veces por día! Si hacemos una recorrida por una parte del capítulo nueve acerca de la Eucaristía, leemos: «Como este fragmento [de pan] estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino.» ¿Puede haber un pensamiento más pobre?

El hecho notable es que los doce apóstoles son presentados como si olvidasen la suprema importancia de la muerte de Cristo, tanto en el bautismo como en la Cena del Señor. Por otro lado, el nombre de David aparece extrañamente en los capítulos 9* y 10 donde hallamos «los cuatro vientos». Después de tantas palabras extravagantes en los capítulos 11 a 13, en el capítulo 14 aparece la cita de Malaquías 1:10 y 14, totalmente pervertida, tal como los católicos pervierten tan notoriamente la misa. Es la vieja incredulidad de sustituir a la Iglesia por Israel. ¿Acaso nuestro hermano se figura que de oriente a occidente el nombre de Jehová es aún grande entre las naciones, o acaso eso no será posible sino hasta que el Señor vuelva en gloria? ¿No está él tan seguro como aquellos a quienes insensatamente atribuye la «teoría moderna» de que sólo entonces, y nunca antes, “en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre, y oblación pura será presentada, porque grande será mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 4:11, versión del autor)?

Por eso ningún apóstol aplicó jamás esta predicción al cristianismo en el Nuevo Testamento. Es sólo la falsa interpretación de la espuria Didaché; porque los doce apóstoles verdaderos nunca realmente aprobaron tal cosa. Pero ello convenía al orgullo y a la ignorancia de la iglesia Católica, incluso antes del papado. Matthew Henry quizás sabiamente pasa por alto el versículo, porque los no conformistas prestan escasa atención a la profecía; pero W. Lowth, T. Scott y tal vez todos los demás comentaristas siguen temerariamente el antiguo error en forma unánime. El difunto Dr. Pusey naturalmente hizo esfuerzos por demostrarlo, considerando sólo a los judíos del pasado y del presente. Pero su argumento se cae por sí solo; porque el profeta no habla de ninguna «nueva revelación de Él mismo», sino más bien de la antigua promesa que será cumplida en gracia y en poder, no sólo para los judíos, sino también entre las naciones, cuando Jehová reine sobre toda la tierra, el solo Jehová y su nombre será uno en aquel día. No hay excusa alguna para entender mal este brillante porvenir, aún futuro, dentro de la verdaderamente nueva y más profunda revelación de Su nombre como Padre, que el Señor Jesús dio a conocer (Juan 4:21-23) para la hora que “ahora es”, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.

Pero remitámonos al último capítulo de la «Didaché» (capítulo 16), «aún más relevante», según se dice. Sin duda que Mateo 24, en ese lugar, aparece mezclado con otros pasajes bíblicos que hablan de la venida del Señor, ya visible o invisible para la humanidad. «Entonces aparecerán las señales de la verdad» (¡!). «Primeramente la señal de una abertura en el cielo, después la señal del sonido (o voz) de trompeta; y, en tercer lugar, la resurrección de los muertos; pero no de todos, sino, como está dicho: ‘Vendrá el Señor, y todos los santos con él.’»

Ahora bien, Mateo 24:30 habla, no de la señal de la aparición de «una abertura en el cielo», sino del Hijo del Hombre en el cielo como señal de Su venida a la tierra, lo que hace que todas las tribus de la tierra (o del país) se lamenten. Pero incluso la «Didaché» cita Zacarías 14:5 respecto de todos los santos que vienen con Él en este mismo tiempo. Ahora bien, ésta es nuestra tesis, y necesariamente implica la previa transformación de los santos a fin de venir como conviene a Su aparición en gloria. La misión de Sus ángeles (en el v. 31) con un gran sonido de trompeta no puede ser para reunir a Él a aquellos santos glorificados, todos los cuales vienen con Él, sino para el subsiguiente acto de reunir —después de Su aparición— a los elegidos de Israel de los cuatro vientos, los que hasta entonces se hallan dispersos por toda la tierra. No hay traza alguna aquí de “la final trompeta”, cuando los santos muertos resucitarán y serán transformados, a fin de venir con Él a su debido tiempo para reunir a los elegidos de Israel al gran Rey en Sion. Pues nosotros deberemos haber sido arrebatados antes, para que cuando Él sea manifestado en gloria, nosotros también seamos entonces manifestados junto con Él en gloria. No hay ningún arrebatamiento en Mateo 24. Tampoco este pasaje habla de la tercera señal de la resurrección de los santos muertos. A la verdad, ningún pasaje de la Escritura se refiere a esto como «una señal». Ellas son suscitadas con el objeto de aparecer con Él cuando Él aparezca “y el mundo vea al Señor viniendo en las nubes del cielo”.

Si se argumentase que Apocalipsis 20:4 habla de la Primera Resurrección (después de la aparición del Señor en gloria, del juicio de la bestia y del falso profeta con los reyes de la tierra y de sus ejércitos, y después también de que Satanás haya sido atado), no sólo ello se admite, sino que además se insiste en su importancia. Puesto que demuestra que existen etapas en esa resurrección, al igual que en la presencia de Cristo. De ese versículo aprendemos que la compañía general de los santos glorificados (todos los santos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hasta que Cristo venga por ellos) componen a aquellos que emergen del cielo como los seguidores del Cordero. Ellos ahora son vistos sentados sobre tronos, y habiéndoseles dado el juicio; luego suceden dos clases especiales de santos, que sufrieron el martirio en el primero y en el último períodos de la crisis del Apocalipsis, los que, en su condición fuera del cuerpo, vuelven a vivir, a fin de reinar con Cristo por mil años, al igual que la compañía general que ya había sido entronizada. Todos estos constituyen la Primera Resurrección. Es falso, y totalmente contradictorio con este pasaje, que los que padecen los dolores del Apocalipsis resucitan simultáneamente con la primera compañía.

¿Es demasiado decir respecto de la verdad aquí revelada que tanto la Didaché como los cristianos en su extensión, se hallan todavía en absoluta ignorancia? ¿Cómo no podría creerse esto, si el Apocalipsis lo deja ver en los más claros términos? Estos viejos escritos son muy defectuosos y, por su ignorancia de las Escrituras, a menudo son contrarios a la verdad; y lo mismo podemos decir de los escritos modernos. La Escritura sola es la norma, y el cristiano no es dejado sin una Guía divina que more en él para guiarlo a toda verdad. Creamos toda la Palabra de Dios, y no aceptemos una parte de ella mientras omitimos otra.