Las obras, frutos de la vida divina

“Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Si algo pudiese aumentar el valor de esta amorosa exhortación, sería el hecho de que la hallamos al final de la Epístola a los Gálatas. A lo largo de esta notable Epístola, el inspirado apóstol corta de raíz todo el sistema de justicia legal. Demuestra, de manera irrefutable, que ningún hombre puede ser justificado a los ojos de Dios por las obras de la ley, cualquiera sea su naturaleza, ya morales, ya ceremoniales.

El apóstol declara que los creyentes no están en ninguna forma bajo la ley, ni para tener la vida, ni para ser justificados, ni para su andar práctico. Si nos colocamos bajo la ley, la consecuencia de ello es que debemos renunciar a Cristo, al Espíritu Santo, a la fe, a las promesas. En resumidas cuentas, si, de la forma que fuere, nos emplazamos sobre un terreno legal, debemos abandonar el cristianismo, y nos hallamos todavía bajo la maldición de la ley.

Ahora bien, no vamos a citar los pasajes ni a tocar este lado del tema en esta ocasión. Simplemente llamamos la seria atención del lector cristiano respecto de las palabras de oro del versículo que hemos citado al comienzo de este escrito, las cuales sentimos que resaltan con incomparable belleza y con un poder moral particular al final de esta epístola a los Gálatas, en la cual toda la justicia humana es enteramente hecha trizas y arrojada por la borda.

Es siempre necesario considerar los dos lados de un tema. Todos nosotros somos tan terriblemente propensos a no ver sino un solo lado de las cosas, que nos resulta moralmente saludable que nuestros corazones sean puestos bajo la plena acción de toda la verdad. ¡Ay, es posible abusar de la gracia!, y a veces podemos olvidar que, si bien delante de Dios somos justificados por la fe sola, una fe real debe manifestarse por las obras.

Tengamos en cuenta que si bien la Escritura denuncia las obras de la ley y las reduce a añicos de la manera más absoluta, ella, en cambio, insiste de manera cuidadosa y diligente, en numerosos pasajes, en las obras de la fe, fruto de la vida divina.

Sí, querido lector, debemos dirigir seriamente nuestra atención a esto. Si profesamos poseer la vida divina, esta vida debe manifestarse de una manera más tangible y eficaz que las meras palabras o que una mera profesión de labios hueca. Es perfectamente cierto que la ley no puede dar la vida y que, por consecuencia, es aún más incapaz de producir obras de vida. Ni un solo fruto de vida fue, ni será, jamás recogido del árbol del legalismo. La ley sólo puede producir obras muertas, respecto de las cuales debemos tener la conciencia purificada, al igual que de las malas obras.

Todo esto es muy cierto. Las santas Escrituras lo demuestran a lo largo de sus inspiradas páginas, y no nos dejan ninguna duda respecto de este tema. Pero lo que ellas demandan es que haya obras de vida, obras de fe, en cuyo defecto es menester concluir que la vida está ausente. ¿Qué valor tiene el hecho de profesar que se tiene vida eterna, de hablar bellamente acerca de la fe, de defender las doctrinas de la gracia, si al mismo tiempo toda la vida práctica se encuentra caracterizada por el egoísmo bajo todas sus formas?

El apóstol Juan dice: “El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1.ª Juan 3:17). El apóstol Santiago dirige también a nuestros corazones una muy seria y saludable cuestión: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:14-17).

El autor de la epístola insiste en ella sobre las obras de vida, frutos de la fe, de una manera tal que debería hablar de la forma más solemne y eficaz a nuestros corazones. Es espantoso ver entre nosotros tanta profesión hueca, tantas palabras superfluas, sin poder y sin valor.

El Evangelio que poseemos —¡a Dios gracias!— es maravillosamente claro. Comprendemos claramente que la salvación es por gracia, por medio de la fe, y no por obras de justicia o de la ley. ¡Oh, qué bendita verdad, y nuestros corazones alaban a Dios por ello! Pero una vez que somos salvos, ¿no deberíamos vivir como tales? La vida nueva, ¿no debería manifestarse por los frutos? Si ella está allí, la vida debe manifestarse; y si ella no se manifiesta, ¿podríamos decir que está allí?

Observemos lo que dice el apóstol Pablo: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Aquí tenemos, por así decirlo, lo que podemos llamar el lado superior de esta gran cuestión práctica. Luego, en el versículo siguiente, viene el otro lado, el que todo cristiano serio y sincero será dichoso de considerar: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (v. 10).

Tenemos aquí plena y claramente ante nosotros el tema entero. Dios nos ha creado para andar en un camino de buenas obras, y ese camino de buenas obras ha sido preparado por Él para que nosotros andemos en ellas. Todo es de Dios, desde el comienzo hasta el fin; todo es por gracia y todo es por fe. ¡Loado sea Dios porque que ello sea así! Pero recordemos que es absolutamente vano disertar acerca de la gracia, de la fe y de la vida eterna, si las «buenas obras» no se manifiestan. De nada aprovecha que nos jactemos de grandes verdades, de nuestro profundo, variado y extenso conocimiento de las Escrituras, de nuestra correcta posición, de habernos separado de esto y de aquello, si nuestros pies no marchan en el sendero de las “buenas obras que Dios preparó de antemano” para nosotros.

Dios reclama la realidad. No se contenta con bellas palabras que hablan de una elevada profesión. Nos dice: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1.ª Juan 3:18). Él —¡bendito sea su Nombre!—, no nos amó “de palabra ni de lengua”, sino “de hecho y en verdad”; y espera de nosotros una respuesta clara, plena y precisa; una respuesta manifestada en una vida de buenas obras, que produce dulces frutos, según lo que está escrito: “llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Filipenses 1:11).

Amados, ¿no creéis que nuestro supremo deber sea aplicar nuestro corazón a este importante tema? ¿No debiéramos aplicarnos diligentemente a estimularnos al amor y a las buenas obras? Y ¿cómo puede ser esto más efectivamente llevado a cabo? ¿Acaso no es andando nosotros mismos en amor, transitando fielmente el sendero de las buenas obras en nuestra vida personal? En lo que respecta a nosotros, estamos hartos de discursos huecos, de una profesión sin obras. Tener elevadas verdades en los labios y una vida cotidiana de una baja condición práctica, constituye uno de los más alarmantes y escandalosos males de nuestro tiempo presente. Hablamos de la gracia, pero faltamos en la justicia práctica; faltamos en los más simples deberes morales de nuestra vida privada de cada día. Nos jactamos de nuestra posición privilegiada, mientras que somos deplorablemente relajados y flojos con nuestra condición y con nuestro estado.

¡Quiera el Señor, en su infinita bondad, avivar el fuego de nuestros corazones para procurar buenas obras con un celo más profundo, de modo que adornemos más y mejor la doctrina de Dios nuestro Salvador en todas las cosas (Tito 2:10)!

* * *

P.S.— Es muy interesante e instructivo comparar la enseñanza relativa a “las obras”, según Pablo y según Santiago, ambos divinamente inspirados. Pablo repudia enteramente las obras de ley. Santiago, en cambio, insiste celosamente en las obras de fe. Cuando este hecho es entendido, toda dificultad se desvanece, y vemos brillar claramente la divina armonía de la Escritura. Muchos no lograron comprenderlo, y se han visto así muy perplejos por la aparente contradicción entre Romanos 4:5 y Santiago 2:24. Huelga decir que tenemos allí la más bella y perfecta armonía. Cuando Pablo declara: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”, él se refiere a las obras de la ley. Cuando Santiago dice: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe”, él se refiere a las obras de vida, de fe.

Esto se halla ampliamente confirmado por los dos ejemplos que da Santiago para probar su punto: el de Abraham que ofrece a su hijo, y el de Rahab que esconde a los espías. Si sustraemos la fe de estos dos casos, ambos serían obras malas. Si, por el contrario, los consideramos como el fruto de la fe, ellos manifiestan la vida.

¡Cuánto brilla la sabiduría infinita del Espíritu Santo en todos estos pasajes! Él vio de antemano el uso que se haría de ellos. Entonces, en vez de elegir obras buenas de forma abstracta, elige, sobre un período de cuatro mil años, dos obras que habrían sido malas si no hubiesen sido el fruto de la fe.

La perseverancia final. La seguridad eterna del creyente

El tema de la perseverancia final, si bien, a nuestro juicio, es un tema muy simple, ha dejado perplejas a muchas personas; y las cuestiones que Ud. trae a nuestra consideración, así como los pasajes de la Escritura que aduce, prueban abundantemente que su mente no está del todo clara ni definida acerca de este punto. Sin embargo, es posible que Ud. tenga por objeto más bien ser útil a otros que instruirse a sí mismo, provocando una discusión de esta doctrina, a la luz de la Palabra. En cualquier caso, siempre será una bendición para nosotros compartir con nuestros lectores y con nuestros corresponsales la luz que el Señor, en su gracia, ha tenido a bien comunicarnos sobre temas que son de interés común para todos aquellos que aman la verdad.

Al intentar responder su interesante carta, tenemos que hacer tres cosas, a saber: En primer lugar, establecer la doctrina de la perseverancia final o, en otros términos, la doctrina de la seguridad eterna de todos los miembros de Cristo. En segundo lugar, responder las preguntas que nos presentó, y que, lo reconocemos, los oponentes de la doctrina de la perseverancia final habitualmente esgrimen. Y, en tercer lugar, explicar los pasajes que ha citado y que parecen presentarle grandes dificultades. ¡Quiera el Espíritu Santo enseñarnos y darnos una mente enteramente sumisa a la autoridad de las Escrituras, a fin de que seamos capaces de formar un sano juicio sobre el tema que ahora habremos de examinar!

I. La doctrina de la perseverancia final o la seguridad eterna del creyente

Primeramente, pues, en cuanto a la doctrina de la perseverancia final, nos parece extremadamente clara y simple si uno la considera en su relación inmediata con Cristo, como, por cierto, toda doctrina debiera ser considerada. Cristo es el alma, el centro y la vida de toda doctrina. Una doctrina separada de Cristo, no es más que un dogma sin vida y sin poder, una mera idea en la mente, un simple artículo en un credo. Ésta es, pues, la razón por la cual debemos considerar cada verdad en sus relaciones con Cristo. Debemos hacer de Él siempre nuestro punto de vista y nuestro punto de partida. Sólo si nos mantenemos cerca de Cristo, y si desde este gran punto central consideramos todos los demás puntos, podremos formarnos una idea verdaderamente correcta y justa de ellos. Si, por ejemplo, hago del yo mi punto de vista, y desde este punto considero la cuestión de la perseverancia final, puedo estar seguro de que no arribaremos sino a una visión enteramente falsa del tema, puesto que, de esta manera, se tratará de una cuestión de mi perseverancia final, y todo lo que dependa de mí, debe ser necesariamente incierto.

Pero si Cristo es mi punto de partida, y si, desde este centro, examino el tema, la vista que tendré —puedo estar seguro— será correcta, puesto que entonces se tratará de una cuestión de la perseverancia de Cristo; pues bien, yo estoy perfectamente seguro de que él perseverará y de que ningún poder del mundo, de la carne o del diablo podrán jamás impedir que Cristo persevere hasta el fin para la salvación de aquellos a quienes compró con su propia sangre, porque él “puede también salvar perpetuamente (literalmente: ‘hasta lo sumo’, completa o perfectamente) a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). Ésta es seguramente la perseverancia final, independientemente de cuáles puedan ser las dificultades o los poderes hostiles que surjan contra ella: “Él puede salvar hasta lo sumo”. El mundo con sus miles de trampas está contra nosotros; pero, afirma la Palabra, “Él puede”. El pecado en nosotros con sus miles de operaciones está contra nosotros; pero, “Él puede”. Satanás con sus miles de maquinaciones, está contra nosotros; pero, “Él puede”. En una palabra, se trata del poder de Cristo, no del nuestro; se trata de la fidelidad de Cristo, no de la nuestra; se trata de la perseverancia final de Cristo, no de la nuestra. Todo depende de Él en este importante asunto. Él compró sus ovejas, y seguramente las guardará lo mejor que pueda; y, si tenemos en cuenta que “toda potestad le es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), sus ovejas deben estar perfectamente y para siempre seguras. Si alguna cosa pudiese tocar la vida del más débil cordero de su rebaño, entonces no podría decirse de Cristo, que tiene “Toda potestad”.

Es, pues, de la mayor importancia considerar la cuestión de la perseverancia final como inseparablemente ligada a Cristo. Entonces, las dificultades desaparecen; las dudas y los temores se desvanecen; el corazón es afirmado, la conciencia aliviada, el entendimiento iluminado. Es imposible que uno que forma parte del cuerpo de Cristo perezca jamás; y el creyente es parte de este cuerpo: “Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Efesios 5:30).

Cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo estaba escrito en el libro del Cordero que fue inmolado, desde antes de la fundación del mundo, y nada ni nadie puede borrar lo que está escrito en ese libro. Oigamos lo que nuestro Señor Jesucristo dijo de aquellos que son Suyos: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie [hombre, diablo o cualquier otro] las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-29).

Con toda seguridad, pues, la perseverancia final se halla comprendida en estas palabras; y, adviértase, además, que no es la perseverancia de los santos solamente, sino la del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Sí, querido amigo, ésta es la manera en que quisiéramos que Ud. considerase el tema en cuestión. Es la perseverancia final de la santa Trinidad. Es la perseverancia del Espíritu Santo al abrir los oídos de las ovejas. Es la perseverancia del Hijo al recibir a todos aquellos cuyos oídos han sido así abiertos. Y, finalmente, es la perseverancia del Padre al guardar, en su propio nombre y en la palma de su eterna mano, el rebaño comprado por la sangre de su Hijo. Esto está demasiado claro. Debemos o bien admitir la verdad —la verdad consoladora y sustentadora de la perseverancia final—, o bien ceder a la blasfema proposición que atribuye al enemigo de Dios y del hombre el poder de proseguir, con éxito y hasta el fin, la lucha que sostiene contra la santa y eterna Trinidad. No existe término medio entre estas dos posibilidades. “La salvación es de Jehová” (Jonás 2:9), desde el principio hasta su consumación. Es una salvación gratuita, incondicional y eterna. Desciende a las partes más bajas hasta alcanzar al pecador, en toda su culpa, su ruina y su degradación, para elevarlo allá arriba donde Dios habita en toda su santidad, su verdad y su justicia; y esta salvación es eterna. Dios el Padre es la fuente; Dios el Hijo es el canal; y el Espíritu Santo es el poder por el cual esta salvación se aplica al alma y se goza. Todo es de Dios, del principio al fin; desde el fundamento del edificio hasta la piedra más alta, desde la eternidad hasta la eternidad. Si así no fuese, sería una presuntuosa necedad hablar de perseverancia final; pero, puesto que es así, sería una incredulidad presuntuosa pensar en otra cosa.

Es cierto que, tanto antes como después de la conversión, diversas y numerosas dificultades se presentan en el camino. Tenemos muchos adversarios poderosos; pero precisamente por esta razón debemos mantener la doctrina de la perseverancia final enteramente libre del yo y de todo lo que pertenece a él, y hacerla reposar simplemente en Dios. Cualesquiera que sean las dificultades, y no obstante todos los adversarios, la fe puede siempre decir triunfante: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Y más todavía: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:31; 35-39).

En estos pasajes, de nuevo, la perseverancia final se enseña de la manera más clara y fuerte posible. “Ninguna cosa creada nos podrá separar.” Ni el yo, bajo ninguna de sus formas; ni Satanás, con todos sus artificios y maquinaciones; ni el mundo, con todos sus atractivos o sus desprecios, podrán jamás separar el “nos” de Romanos 8:39 del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Sin ninguna duda, hay personas que pueden ser engañadas, y ellas engañar a otras. Casos de conversiones simuladas pueden presentarse. Puede haber personas que parecen correr bien durante un tiempo, y después fallar. Las flores de la primavera pueden no venir acompañadas de los frutos maduros y dulces del otoño. Todas estas cosas pueden ocurrir y, además, los verdaderos creyentes pueden faltar en muchas cosas. Pueden tropezar y caer en su marcha. Pueden tener más de un motivo para juzgarse a sí mismos y para humillarse en los detalles de la vida práctica. Pero, dejando el mayor margen posible para todas estas cosas, la importante y preciosa doctrina de la perseverancia final permanece, no obstante, inquebrantable e intacta sobre su eterno y divino fundamento: “Yo les doy [a mis ovejas] vida eterna [no temporaria ni condicional]; y no perecerán jamás.” Y leemos también: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). La gente puede razonar según sus propias ideas y basar sus argumentos, en casos que se presentan de vez en cuando, en la historia de los cristianos profesantes; mas, en cuanto a nosotros, considerando el tema desde un punto de vista divino, y basando nuestras convicciones en la segura e infalible Palabra de Dios, sostenemos que todos aquellos que pertenecen al “nos” de Romanos 8, a las “ovejas” de Juan 10, y a “la Iglesia” de Mateo 16, están tan seguros como Cristo puede hacer que lo estén, y nosotros creemos que ésta es la suma y la sustancia de la doctrina de la perseverancia final.

II. Respuestas breves y puntuales a preguntas planteadas

En segundo lugar, querido amigo, responderemos breve y puntualmente a las preguntas que nos plantea.

1. «¿Podrá un creyente ser salvo, sin importar en qué camino de pecado pueda vivir y morir?» Un verdadero creyente será infaliblemente salvo; pero consideramos que la salvación incluye, no solamente una plena liberación de las consecuencias futuras del pecado, sino también del poder y de la práctica del pecado en el tiempo presente. Por eso si nos encontramos con alguno que vive en el pecado, y, sin embargo, presume de su seguridad de salvación, lo consideramos como un antinomiano[1], y de ningún modo como una persona salva. “Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). El creyente puede caer, pero será levantado; puede se sorprendido, pero será restaurado; puede errar, pero será traído de vuelta, porque Cristo “puede salvarlo hasta lo sumo”, y ninguno de sus pequeños perecerá.

2. «¿Puede el Espíritu Santo morar en un corazón que se entrega sin restricciones al mal y a pensamientos impuros?» El cuerpo del creyente es el templo del Espíritu Santo (1.ª Corintios 6:19). Esta importante verdad es el fundamento sólido sobre el cual reposa toda exhortación a la pureza y a la santidad del corazón y de la vida. Somos exhortados a no contristar al Espíritu Santo (Efesios 4:30). «Entregarse» al mal y a pensamientos impuros, no es en absoluto la marcha cristiana. El cristiano puede verse asaltado, afligido y acosado por malos pensamientos y, en tales, casos, sólo tiene que mirar a Cristo para obtener la victoria. La marcha que conviene al cristiano está expresada de la siguiente manera en la primera epístola de Juan: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca” (1.ª Juan 5:18). Éste es el lado divino de la cuestión. ¡Lamentablemente, sabemos que también está el lado humano! Pero juzgamos el lado humano por el divino. No rebajamos el punto de vista divino al nivel del punto de vista humano, sino que tenemos siempre por punto de mira el lado divino a pesar del lado humano. No deberíamos jamás estar satisfechos con nada que sea inferior a 1.ª Juan 5:18. Sólo teniendo siempre en vista el verdadero modelo, podremos esperar alcanzar una altura moral más elevada. Hablar de tener el Espíritu, y, no obstante, «entregarse» al mal y a pensamientos impuros es, a nuestro juicio, el antiguo nicolaitismo (Apocalipsis 2:6, 15), o el moderno antinomianismo[1].

2. «Si es así, ¿no dirán los demás entonces que cada uno puede vivir como bien le parece?» Ahora bien, ¿cómo le gusta a un verdadero cristiano vivir? Como Cristo, tanto como sea posible. Si alguien hubiese dirigido esta pregunta a Pablo, ¿cuál habría sido su respuesta?: 2.ª Corintios 5:14-15 y Filipenses 3:7-14 nos proporcionan la respuesta. Es de temerse que aquellos que hacen este tipo de preguntas, no conocen sino poco de Cristo. Comprendemos que una persona pueda hallarse atrapada en los lazos de un sistema teológico que no contempla más que un solo lado de la verdad, y que esté perpleja por los dogmas opuestos de la teología sistemática; pero creemos que aquel que saca de la libertad, de la soberanía y de la firmeza eterna de la gracia de Dios, una excusa para vivir en el pecado, no conoce nada del cristianismo, ni tiene “parte ni suerte en este asunto”, sino que se encuentra en una condición peligrosa y verdaderamente horrible.

En cuanto al caso que usted aduce de un joven que oyó a un ministro declarar en su sermón que «una vez niño, uno es siempre niño», y que tomó ocasión de eso para entregarse y vivir abiertamente en el pecado, no es más que un ejemplo entre mil. Creemos que el ministro tenía razón en lo que dijo, y que el joven estuvo equivocado en lo que hizo. Juzgar las palabras del primero por los actos del último sería un grave error. ¿Qué pensaría yo de mi hijo, si él dijese: «una vez hijo, siempre hijo» y, por tanto, puedo proceder a romper los vidrios de mi padre y a cometer todo tipo de desmanes?

Juzgamos el enunciado del ministro por la Palabra de Dios, y lo declaramos verdadero; juzgamos la conducta del joven por la misma regla, y declaramos que es mala. El asunto es muy simple. No tenemos ninguna razón para creer que el desdichado joven haya realmente gustado alguna vez la verdadera gracia de Dios, porque, si así hubiese sido, él habría amado, cultivado y practicado la santidad. El cristiano tiene que luchar contra el pecado, pero luchar contra el pecado y revolcarse en el pecado, son dos cosas totalmente opuestas. En el primer caso, podemos contar con la simpatía y la gracia de Cristo para nuestra ayuda; en el otro, se blasfema de hecho el nombre de Cristo por el hecho de que tal conducta hace a Cristo ministro de pecado.

Consideramos que es un grave error juzgar la verdad de Dios por las acciones de los hombres. Todos los que lo hacen deberán llegar a una falsa conclusión. Precisamente se requiere hacer lo contrario para estar en la verdad. Echemos mano de la verdad de Dios primero, y después juzguemos todas las cosas por esta verdad. Tomemos la regla divina, y que ella sea para nosotros la medida de todas las cosas. Tomemos la balanza del santuario, y midamos el peso de todas las cosas y de cada uno. No debemos regular la balanza según el peso de cada uno, sino que el peso justo de cada uno debe ser juzgado tal como lo marca la balanza divinamente calibrada. Aunque diez mil profesantes renunciaran a su profesión para vivir y morir abiertamente en el pecado, ello no sacudiría nuestra confianza en la doctrina divina de la perseverancia final. La misma Palabra que prueba la verdad de esta doctrina, prueba también la falsedad de la profesión de los tales. “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros” (1.ª Juan 2:19). “El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19).

III. Explicación de pasajes generalmente aducidos por aquellos que procuran destruir la doctrina de la perseverancia final

Vamos, en tercer lugar, a examinar los diversos pasajes de las Escrituras que, como Ud. dice, habitualmente aducen aquellos que quieren hacer zozobrar la doctrina de la perseverancia final. Pero, antes de hacerlo, consideramos importante establecer un principio fundamental que, a nuestro juicio, es de gran utilidad en la interpretación de la Escritura en general. Este principio es muy simple: Ningún pasaje de la Escritura puede, bajo ningún concepto, contradecir otro. Si se diera el caso, pues, de alguna contradicción aparente, ella no podría provenir sino de nuestra falta de inteligencia espiritual. Si, por ejemplo, alguien fuese a citar Santiago 2:24 en defensa de la doctrina de la justificación por las obras, podría ser que yo no fuera capaz de responder. Es muy posible que millares de personas, como Lutero, se hayan visto tristemente perplejas por este pasaje. Ellas han podido experimentar la más clara y plena seguridad de su justificación, no por alguna obra que hayan hecho, sino simplemente “por la fe en Jesucristo”, y, sin embargo, ser completamente incapaces de explicar estas palabras de Santiago: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).

Ahora bien, ¿cómo debe uno enfrentar una dificultad como ésa? No se entiende realmente al apóstol Santiago. Uno se encuentra muy perplejo por la aparente contradicción entre Santiago y Pablo. ¿Qué se puede hacer? Nada más que aplicar el principio recién mencionado: que ningún pasaje de la Escritura puede, bajo ningún concepto, contradecir otro. Podríamos también considerar que no es posible una colisión entre dos cuerpos celestiales que circulan cada uno en su órbita asignada por el Creador, como tampoco ver dos autores inspirados contradecirse en sus aserciones. Ahora bien, leo en Romanos 4:5 palabras tan claras como éstas: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.” Aquí encontramos que las obras quedan completamente excluidas como fundamento de la justificación, y la fe sola es reconocida. Asimismo en el capítulo 3:28, leemos: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin [o, aparte de] las obras de la ley” (griego: χωρις εργων νομον). Y de nuevo: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Romanos 5:1). En la epístola a los Gálatas, tenemos una enseñanza enteramente similar, expresada en estas palabras: “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros [los judíos] también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo (griego: εκ πιστεως) y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16).

En todos estos pasajes, y en muchos otros más, las obras son cuidadosamente excluidas como fundamento de la justificación, y el lenguaje de estos textos es tan simple y claro que aun “el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará” (Isaías 35:8). Si, pues, no podemos explicar Santiago 2:24, debemos o bien negar la inspiración del pasaje, o bien recurrir a nuestro principio, a saber, que ningún pasaje de la Escritura puede jamás contradecir otro, y con una confianza inquebrantable y una tranquilidad perfecta, continuar en nuestro gozo en la gran verdad fundamental de la justificación por la fe sola, completamente aparte de toda obra de ley.

Después de haber llamado la atención de mi lector respecto del famoso pasaje de Santiago 2:24, no será superfluo quizá añadir de paso algunas palabras que podrán facilitarle la comprensión. El versículo 14 contiene una pequeña palabra que nos proporciona la clave de todo el pasaje. “¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras?”, pregunta el inspirado apóstol (Santiago 2:14). Si él hubiese dicho: «¿De qué aprovechará si alguno tiene fe»?, la dificultad sería insuperable, y el desconcierto desesperado. Pero esta importante palabra —“dice”— remueve toda dificultad, y expone, de la manera más simple, la doctrina que el apóstol tiene en vista. Podríamos también preguntar: «¿De qué aprovechará si alguno dice que posee cien mil dólares de renta anual, si no los posee?»

Ahora bien, sabemos que la palabra “dice” es constantemente omitida por aquellos que citan de memoria Santiago 2:14. Algunos hasta se han atrevido a afirmar que esta palabra no se halla en el original. Pero cualquiera que tiene nociones de griego, no tiene más que leer el pasaje para verificar que la palabra λέγη (legue = dice) ha sido puesta allí por el Espíritu Santo, y que todos nuestros principales críticos y editores del Nuevo Testamento la han dejado; apenas podríamos concebir, en un pasaje, una palabra de más vital importancia. Creemos que la influencia de esta palabra se hace sentir de un extremo al otro en todo este contexto donde aparece. No sirve de nada que un hombre diga meramente que tiene fe; pero si realmente la tiene, hay para él “provecho” para el tiempo y para la eternidad, ya que la fe lo une a Cristo y lo pone en posesión plena e inalienable de todo lo que Cristo ha hecho y de todo lo que Él es para nosotros delante de Dios.

Esto nos conduce a otro aspecto del tema que contribuirá más a desvanecer las aparentes contradicciones entre los dos inspirados apóstoles, Pablo y Santiago. Hay una diferencia muy sustancial entre las obras de la ley y las obras de la fe. Pablo, con un santo celo, excluye las primeras; mientras que Santiago recomienda con insistencia las últimas. Pero nótese con cuidado que son sólo las primeras las que Pablo excluye, así como son sólo las últimas las que Santiago recomienda. Las obras de Abraham y de Rahab no fueron obras de ley, sino obras de fe, de la vida divina en ellos. Ellas eran el fruto natural y genuino de la fe, aparte de la cual, ellas no habrían poseído absolutamente ninguna virtud justificadora.

Es digno de notar que, en la historia de cuatro mil años antes de Cristo, el Espíritu Santo, por el apóstol, haya hecho elección de obras tales como las de Abraham en Génesis 22 y la de Rahab en Josué capítulo 2, más que alegar algunos de los numerosos actos de caridad o de benevolencia, si bien seguramente pudo haber seleccionado fácilmente muchos de ellos a partir de de la inmensa masa de materiales que tenía a su disposición. Parece que, previendo el uso que el enemigo haría del pasaje que ahora estamos considerando, el Espíritu Santo eligió con cuidado dos ejemplos similares en apoyo de su tesis, que prueban, sin lugar a ninguna duda, que él insiste a favor de las obras de fe, y no a favor de las obras de ley; de manera que la inapreciable doctrina de la justificación por la fe, aparte de las obras de la ley, permanezca enteramente intacta.

Finalmente, si alguno deseara saber cuál es la diferencia entre las obras legales y las obras de la fe, podemos decir simplemente que las obras de ley son aquellas que se llevan a cabo con el objeto de obtener la vida; las obras de fe, en cambio, son el fruto natural y genuino de la vida divina que uno posee. Pero, ¿qué se debe hacer para obtener la vida? “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna” (Juan 5:24). Es menester que tengamos la vida antes de poder hacer la obra más insignificante; y obtenemos la vida, no “diciendo” que tenemos fe, sino que, teniéndola realmente, obtenemos la vida; y cuando tenemos la vida, seguramente manifestaremos los preciosos frutos de la fe, para la gloria de Dios.

Así pues, podemos no solamente creer implícitamente que Pablo y Santiago deben estar de acuerdo, sino que claramente vemos que lo están.

Habiendo así procurado definir nuestro principio e ilustrarlo mediante ejemplos, dejamos que Ud., querido amigo, lo aplique en los diferentes casos difíciles y desconcertantes que se le puedan presentar al estudiar la Escritura, mientras que nosotros intentaremos explicar, en la medida que el Señor nos dé la capacidad, los importantes pasajes de la Escritura que Ud. nos ha presentado.

(1) La primera cita está tomada de la segunda Epístola de Pedro: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina” (capítulo 2:1). La dificultad de este pasaje surge, probablemente, de estas palabras: “Negarán al Señor que los rescató”[2]. Pero no existe realmente ninguna dificultad en estas palabras. El Señor tiene un doble derecho sobre cada uno, hombre, mujer y niños, bajo la bóveda celeste. Un derecho basado en la Creación (Juan 1, Colosenses 1 y Hebreos 1), y un derecho basado en la redención, como Hijo del hombre, por el cual compró todo (en Mateo 13:44 se ve que el campo es comprado para obtener el tesoro que está en él, y previamente en el v. 38 se dice que el campo es el mundo). A esto último se refieren las palabras del apóstol. Los falsos maestros no solamente negarán al Señor que los hizo, sino también al Señor que los compró. Es importante prestar atención a este punto; ello nos ayudará a aclarar más de una dificultad. El Señor Jesús ha adquirido un derecho sobre todos los miembros de la familia humana. El Padre le dio poder sobre toda carne (Juan 5:27-27). De ahí el pecado de aquellos que lo niegan. Sería un pecado que se lo negara como Creador. Es un pecado mayor negarle como Redentor. No se trata en absoluto de una cuestión de regeneración o nuevo nacimiento. El apóstol no dice que «negarán al Señor que los hizo nacer de nuevo». En este caso, ciertamente habría una dificultad; pero tal como el pasaje está construido, deja enteramente intacta la doctrina de la perseverancia final.

(2) El segundo pasaje se encuentra al final del mismo capítulo (v. 20-22). “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero… Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.” La difusión del conocimiento de las Escrituras y de la luz del Evangelio puede ejercer —y ejerce frecuentemente— una asombrosa influencia sobre la conducta y el carácter de personas que jamás han conocido y experimentado el poder salvador, vivificador y liberador del evangelio de Cristo. Es casi imposible que una Biblia abierta circule o que un evangelio gratuito sea predicado, sin que sean acompañados de resultados sorprendentes, en los que, sin embargo, se verá que falta por completo el gran resultado esencial: el nuevo nacimiento. Se pueden dejar muchos hábitos groseros, renunciar a diversos actos de impureza, bajo la influencia de un “conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo” puramente intelectual, sin que el corazón haya sido jamás realmente alcanzado para salvación. Ahora bien, se verá siempre que aquellos que escapan de la influencia de la luz evangélica —si bien esta influencia nunca se extendió más allá de su conducta exterior— se hunden en el mal mucho más profundamente que antes de haber sufrido esta influencia, y se entregan más que nunca a excesos de mundanalidad y de insensatez; “su postrer estado viene a ser peor que el primero” (v. 20). El diablo halla todo su deleite en arrastrar al otrora profesante en un fango más profundo que aquel en el cual se revolcaba en los días de su ignorancia y de su indiferente necedad. De ahí la urgente necesidad de insistir, a todos aquellos con quienes nos relacionamos, sobre la importancia de volver segura su profesión, de tal manera que el conocimiento de la verdad no actúe solamente sobre su conducta exterior, sino que alcance el corazón y comunique esa vida que, una vez que se la posee, jamás se puede perder. No hay nada en este pasaje que pueda horrorizar a la oveja de Cristo, sino que hay más bien serias advertencias para aquellos que, aunque hayan revestido por un tiempo la apariencia exterior de ovejas, jamás han sido interiormente diferentemente que como el perro y la puerca.

(3) Ezequiel 18:24, 26: “Mas si el justo se apartare de su justicia y cometiere maldad, e hiciere conforme a todas las abominaciones que el impío hizo, ¿vivirá él? Ninguna de las justicias que hizo le serán tenidas en cuenta; por su rebelión con que prevaricó, y por el pecado que cometió, por ello morirá… Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo, morirá.” Con esto podemos relacionar su alusión a 2.º Crónicas 15:2: “Jehová estará con vosotros cuando vosotros estéis con él. Si le buscáis, él se dejará hallar; pero si le abandonáis, él os abandonará.” Nos sentimos constreñidos, querido amigo, a decir que aquellos que aducen pasajes de la Escritura tales como éstos, como si afectaran en alguna medida la verdad de la perseverancia final de los miembros de Cristo, dan evidencias de una triste falta de inteligencia espiritual. Estos pasajes, así como otros innumerables textos análogos del Antiguo Testamento, al igual que muchos pasajes similares del Nuevo, nos exponen el tema profundamente importante del gobierno moral de Dios. Ahora bien, ser simplemente un objeto del gobierno de Dios es una cosa, y ser un objeto de su gracia inmutable, es otra. Nunca debemos confundirlos. Tratar a fondo este tema, desarrollando y haciendo referencia a los diversos pasajes que lo ilustran y le dan vigor, demandaría un volumen. Aquí sólo nos limitaremos a añadir que, según nuestra íntima persuasión, ninguno que no distinga correctamente entre el hombre bajo el gobierno y el hombre bajo la gracia, podría comprender la Palabra de Dios. En el primer caso, el hombre es considerado como marchando aquí abajo en una posición de responsabilidad y de peligro; en el segundo caso, es considerado como asociado con Cristo en lo alto, en una posición de privilegios inalienables y de eterna seguridad. Los dos pasajes del Antiguo Testamento a los que Ud. nos remitió, se relacionan enteramente con el gobierno de Dios y, en consecuencia, no tienen absolutamente nada que ver con la cuestión de la perseverancia final.

(4) Mateo 12:45: “Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación.” La última frase de este pasaje explica todo el contexto. Nuestro Señor describe la condición moral del pueblo judío. El espíritu de idolatría había salido de ellos, pero sólo por un tiempo, y para volver de nuevo con una fuerza y una energía siete veces mayores, de manera que su postrer estado vendrá a ser infinitamente peor que todo lo que habrá tenido lugar hasta entonces en su maravillosa historia. Este pasaje, tomado en una acepción secundaria, bien puede aplicarse a un individuo que, habiendo sufrido cierto cambio moral y manifestado un grado de mejora en su conducta exterior, luego retrocede y se vuelve más abiertamente corrompido y más vicioso que nunca.

(5) 2.ª Juan 8-9: “Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo.” En el versículo 8 el apóstol exhorta a la señora elegida y a sus hijos a que miren por sí mismos, de manera de no perder nada del fruto de su ministerio. La señora y sus hijos debían ser una parte de su recompensa en el día de gloria venidero, y el apóstol deseaba ardientemente presentarlos exentos de faltas en presencia de esta gloria, a fin de recibir su plena recompensa. El versículo 9 no requiere ninguna explicación. Es de una simplicidad solemne. Si alguno no permanece en la doctrina de Cristo, él no posee nada. Dejemos escurrir la verdad en cuanto a Cristo, y no tendremos ninguna seguridad respecto de nada. El cristiano tiene con toda seguridad necesidad de andar con vigilancia para escapar de las múltiples trampas y tentaciones que lo rodean; pero ¿cómo será esta vigilancia mejor obtenida o mantenida: poniendo su pie sobre la arena movediza de sus propias obras, o fijándolos firmemente sobre la roca de la salvación eterna de Dios? ¿Cuál es la posición más favorable para el ejercicio de la vigilancia y de la oración: aquella en la cual uno vive en la duda y el temor perpetuos, o aquella en la cual uno reposa con una confianza ingenua en el inmutable amor de un Dios salvador? Creemos poder anticipar su respuesta, querido amigo.

(6) Apocalipsis 3:11: “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.” En este pasaje hay dos cosas que deben considerarse: primero, que se trata de un mensaje dirigido a una asamblea, y, segundo, no dice: «Que ninguno tome tu vida.» Un siervo puede perder su recompensa; pero un hijo no puede jamás perder su vida eterna. Se evitarían una multitud de dificultades si se prestase atención a esto. Una cosa es la relación de hijo; y muy otra es la relación de discípulo. Una cosa es la seguridad en Cristo, y muy otra el testimonio para Cristo. Si nuestra seguridad fuese a depender de nuestro testimonio, o nuestra relación de hijos dependiese de nuestra fidelidad como discípulos, ¿dónde estaríamos? Es cierto que cuanto más conozco mi seguridad y más gozo de mi relación de hijo, tanto más también mi testimonio será efectivo, y más fiel seré como discípulo; pero éstas son dos cosas que no deben jamás confundirse.

En fin, querido amigo, Ud. dice: «Todos los textos que hablan de perseverar hasta el fin, y de vencer, significan, se piensa, que porque existe la posibilidad de no perseverar y de no vencer, es también posible no ser finalmente salvo.» A esto respondemos simplemente que siempre será un placer para nosotros examinar de cerca con Ud. cada uno de los pasajes a los cuales ha hecho alusión de una manera general, y de probar, por la gracia de Dios, que ninguno de estos pasajes, rectamente interpretados, militan en el menor grado contra la preciosa verdad de la perseverancia final; sino que, al contrario, cada uno de ellos contiene en sí mismo o en su contexto inmediato, la prueba que armoniza perfectamente con la verdad de la seguridad eterna del más débil cordero de todo el rebaño que Cristo compró con su propia sangre[3].

¡Quiera el Señor establecer siempre más firmemente nuestras almas en su verdad, y “preservarnos para su reino celestial”, para la gloria de su santo nombre!

La ley y la gracia

Hay dos versículos que arrojan una luz tal sobre este tema que nos vemos obligados a citarlos en seguida:

“Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).

“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

El primer versículo nos muestra el gran cambio dispensacional que tuvo lugar con la venida de Cristo. El segundo, nos muestra el resultado de ese cambio en lo que concierne al creyente. Bajo el nuevo régimen, el creyente obtiene libertad de la esclavitud del pecado.

En un sentido, la ley y la gracia son similares. Ambas nos presentan una norma muy elevada; aunque en esto la segunda sobrepasa a la primera. En todo otro respecto, la ley y la gracia son diametralmente opuestas.

La ley de Moisés fue dada en el monte de Sinaí (Éxodo 19 y 20). Dios entonces —quien apenas era conocido, por cuanto habitaba en densas tinieblas— estableció explícitamente Sus justas y santas demandas. Si los hombres obedecían, serían bendecidos; si desobedecían caían bajo la solemne maldición de la ley (Gálatas 3:10). La ley, de hecho, fue quebrantada, y la maldición merecida antes del tiempo en que las tablas de piedra alcanzasen al pueblo (Éxodo 32). El capítulo siguiente nos dice cómo Dios trató en gracia con ellos. Bajo la ley no mitigada por la gracia, ellos debían haber perecido de inmediato.

La gracia, por otro lado, significa que Dios se ha revelado plenamente a nosotros en su Hijo, y todas sus justas y santas demandas han sido satisfechas en la muerte y resurrección de Cristo, de modo que la bendición está abierta a todos. A todos los que creen se les otorga el perdón de pecados y el don del Espíritu Santo, de modo que hay poder para conformarlos a la norma, la cual, bajo la gracia, es nada menos que Cristo mismo.

La misma esencia de la ley es, pues, demanda; mientras que la esencia de la gracia es provisión.

Bajo la ley, Dios, por decirlo así, se presenta ante nosotros diciendo: «¡Dame, ríndeme tu amor y tu debida obediencia!». Bajo la gracia, en cambio, Él se presenta con las manos totalmente extendidas diciendo: «¡Toma, recibe mi amor y mi poder salvador!»

La ley dice «Haz y vive»; la gracia dice «Vive y haz».

Ahora los creyentes, como lo hemos visto, no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Veamos cómo sucedió esto. Leamos Gálatas 4:4-5:

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.”

Lo que produjo el cambio es, en una palabra, la redención. Pero eso implicó la muerte del Redentor. Él debió ser hecho maldición por nosotros muriendo en el madero (Gálatas 3:13). Por tal razón el creyente está facultado a considerarse como “muerto a la ley” (Romanos 7:4). Él murió en la muerte de su Representante, el Señor Jesucristo. La ley no murió; por el contrario, nunca su majestad fue tenida más en alto que cuando Jesús murió bajo su maldición. Dos cosas, no obstante, sucedieron. Primero, una vez que la ley fue magnificada y su maldición llevada, Dios suspendió Su ira y proclamó la gracia a toda la humanidad. En segundo lugar, el creyente murió a la ley en la Persona de su gran Representante. Él, para usar el lenguaje de la Escritura, murió para ser “de otro, del que resucitó de los muertos” (Romanos 7:4), es decir, él está ahora bajo el control de otro Poder, y ese poder radica en una Persona: en el Hijo de Dios resucitado.

Con estas dos cosas se relacionan dos grandes hechos:

Primero, la ley no es el fundamento de la justificación del pecador. Él es justificado por gracia, por la sangre de Cristo, por fe. Esto se encuentra detalladamente explicado en los capítulos 3 y 4 de la epístola a los Romanos. Segundo, la ley no es la regla de vida para el creyente. Cristo es su regla de vida. Nuestros vínculos son con Cristo y no con la ley, tal como lo hemos visto (Romanos 7:4). Esto se halla perfectamente demostrado en los capítulos 3 y 4 de la Epístola a los Gálatas.

Los cristianos gálatas habían comenzado bien. Fueron convertidos bajo la predicación del Evangelio de la gracia de Dios mediante el apóstol Pablo. Luego vinieron los dañinos judaizantes —quienes eran “celosos por la ley”— y enseñaron la circuncisión y a guardar la ley. Los gálatas cayeron precisamente en esta trampa.

La respuesta de Pablo es virtualmente ésta: que la ley fue un sistema provisorio (Gálatas 3:17), añadido para poner de manifiesto las transgresiones de Israel (v. 19), y para actuar como ayo “hasta Cristo” (v. 24), como debiera traducirse. Una vez que vino Cristo, que la redención se cumplió, y que el Espíritu fue dado, el creyente deja la posición de niño menor de edad, o la de siervo, para venir a ser hijo de la casa divina, siendo así puesto en la libertad de la gracia (Gálatas 4:1-7).

Puesto que la plataforma de la gracia, sobre la cual hemos sido emplazados, es mucho más elevada que la ley, a la que hemos abandonado, volver atrás, aunque sea sólo en pensamiento, de la una a la otra, es caer. “De la gracia habéis caído” es lo que les dice el apóstol a quienes hacen esto (Gálatas 5:4).

La parábola del hijo pródigo ilustra este punto. Su pensamiento más alto no se elevaba por encima de la ley cuando dijo: “Hazme como a uno de tus jornaleros” (Lucas 15:19). Sin embargo, fue recibido en plena gracia, y, una vez dentro, le fue dado el lugar de hijo. Supóngase, no obstante, que unos días después, con el argumento de querer conservar los afectos del padre así como el lugar y los privilegios tan libremente otorgados, él comienza a trabajar como un sirviente de la casa, conformándose rígidamente a las leyes que deben cumplir los criados domésticos; ¿qué pasaría entonces? Él así habría “caído de la gracia”, y habría afligido tristemente el corazón de su padre, ya que ello hubiera sido equivalente a un voto de «desconfianza» en él.

¡Qué importante es, pues, para nosotros, “tener el corazón afirmado con la gracia”! (Hebreos 13:9).

¿Qué podemos decir de la idea de que la gracia vino con el objeto de ayudarnos a guardar la ley, de modo que vayamos al cielo de esa manera?

Sencillamente que esto es totalmente opuesto a la Escritura. En primer lugar, la idea de que guardar la ley faculta a una persona a ir al cielo es una falacia. Cuando el intérprete de la ley le preguntó al Señor: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”, él fue referido a la ley y, después de haber dado un correcto resumen de sus demandas, Jesús respondió: “Bien has respondido; haz esto, y vivirás” (Lucas 10:25-28). No se dice ni una palabra acerca de ir al cielo. La vida sobre la tierra es la recompensa por guardar la ley.

En segundo lugar, la gracia fue introducida, no para ayudarnos a guardar la ley, sino para traernos salvación de su maldición por Otro que llevó esta última por nosotros. El capítulo 3 de Gálatas nos muestra esto muy claramente.

Si se requiere no obstante una confirmación adicional, léase Romanos capítulo 3, y nótese que cuando la ley ha declarado culpable a un hombre y ha hecho cerrar su boca (v. 9-19), la gracia, a través de la justicia, justifica “sin la ley” (v. 20-24).

Léase también 1.ª Timoteo. La ley fue hecha para condenar a los impíos (v. 9-10). El evangelio de la gracia presenta a Cristo Jesús quien “vino al mundo para salvar a los pecadores” (v. 15), y no, nótese bien, a ayudar a los pecadores a guardar la ley para que así puedan salvarse a sí mismos.

Si la ley no fue dada para que la guardemos y seamos así justificados, ¿para qué entonces fue dada?

Dejemos que la Escritura misma conteste:

“Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice… para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Romanos 3:19).

“Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase” (Romanos 5:20).

“Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones” (Gálatas 3:19).

La ley, como toda otra institución de Dios, logró significativamente su propósito. Fue perfectamente capaz de declarar culpable y cerrar la boca del religioso más obstinado y presuntuoso. Sólo la gracia lo puede salvar.

¿Ha puesto a un lado la gracia entonces a la ley, y la ha anulado para siempre?

La gracia, personificada en Jesús, ha llevado la maldición de la ley quebrantada, redimiendo así de su maldición a todos los que creen (Gálatas 3:13).

Además, nos ha redimido de estar bajo la ley misma, y ha puesto todas nuestras relaciones con Dios sobre una plataforma totalmente nueva (Gálatas 4:4-6).

Ahora bien, si el creyente ya no está más bajo la ley, sino bajo la gracia, no debemos suponer que la ley misma es anulada ni puesta de lado. Su majestad nunca fue más tenida en alto que cuando Aquel justo sufrió como Sustituto bajo su maldición, y multitudes retrocederán de terror ante su acusación en el día del juicio (Romanos 2:12).

¿Qué daño se produce en un cristiano que adopta la ley como regla de vida?

Un gran daño. Al hacerlo, el cristiano “cae de la gracia” (Gálatas 5:4), porque la gracia no sólo lo salva, sino que también le enseña (Tito 2:11-14).

Al vivir guardando la ley, el cristiano rebaja la norma divina. Cristo, y no la ley, es la norma del creyente. Éste además se apodera así de un poder de motivación erróneo. Uno por recelo puede intentar, aunque insatisfactoriamente, guardar la ley, y tratar de regular el poder de la “carne” dentro de sí. Pero el Espíritu Santo es el poder que controla la carne y que conforma al creyente a Cristo (Gálatas 5:16-18).

Por último, él hace violencia a las relaciones en que está por la gracia de Dios. Aun cuando es un hijo en la libertad de la casa y del corazón del Padre, ¡él insiste en ponerse bajo el código de reglas formulado para hacerse cumplir en el recinto de los domésticos!

¿No hay nada de malo en todo esto? Creemos que sí.

Si se enseñara que el cristiano no está bajo la ley, ¿no conduciría eso a todo tipo de males?

Lo haría en el caso de que una persona profesara ser cristiana sin haber nacido de nuevo, o mostrara arrepentimiento, sin estar bajo la influencia de la gracia y sin haber recibido el don del Espíritu Santo.

Puesto que nadie es cristiano sin estas características, el caso toma un matiz diferente, y razonar de la manera sugerida no hace más que poner de manifiesto una deplorable ignorancia de la verdad del Evangelio.

El argumento se reduce simplemente a esto: que la única manera de que los cristianos pueden vivir vidas santas es guardando la ley, como si ellos tuviesen tan sólo una especie de naturaleza puerca, y la única manera de guardarlos fuera del fango fuese con palos. La verdad es que aunque la carne está todavía en el creyente, él también tiene la nueva naturaleza, y con ella Dios lo identifica. El creyente tiene el Espíritu de Cristo como guía, y de ahí que pueda ser puesto con seguridad bajo la gracia; porque después de todo es la gracia la que domina.

Si la gente quiere contender con esto, su contienda es contra la Escritura citada al principio.

“El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

Hombres inconversos pueden tratar de hacer uso de la gracia como excusa para el mal, pero ésa no es ninguna razón para negar la verdad declarada en ese versículo. ¿Qué verdad hay en la Biblia de la que los hombres perversos no hayan cometido abusos?

¿Indica la Escritura la manera en que la gracia mantiene al creyente en orden, a fin de que pueda vivir una vida que agrade a Dios?

Efectivamente. Tito 2:11-15 nos proporciona la respuesta:

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie.”

En el cristianismo la gracia no solamente salva, sino que además enseña; y ¡qué maestro efectivo resulta ser! Ella no llena nuestras cabezas de frías reglas y reglamentos, sino que somete nuestros corazones bajo la influencia del amor de Dios. Aprendemos lo que agrada a Dios tal como se ve manifestado en Jesús. Y, al tener el Espíritu Santo, comenzamos a vivir una vida sobria, justa y piadosa.

Hay una gran diferencia entre los hijos de una familia mantenidos en orden por temor al azote a causa de su mala conducta, y aquellos que viven en un hogar donde reina el amor. El orden puede reinar en el primer caso, pero terminará en una gran explosión antes que los niños entren en años. En el segundo caso, no sólo hay obediencia, sino también una respuesta gozosa a los deseos del padre, fruto de los correspondientes afectos.

Dios gobierna a sus hijos sobre la base del principio del amor, y no sobre el principio del castigo con la vara.

¡Que vivamos nuestras vidas cristianas con la feliz conciencia de esto!

F. B. Hole

NOTAS

N. del T.— Dada la proliferación actual de diversos movimientos judaizantes, podemos agregar algunos puntos esenciales relacionados con este tema:

(1) La ley no fue dada a los gentiles, sino al pueblo de Israel. Romanos 9:4 dice: “que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas”. El apóstol Pablo dejó claro que los gentiles, en contradistinción de los judíos que estaban bajo la ley, “no tienen ley” (Romanos 2:14. Compárese Romanos 3:19 y 1.ª Corintios 9:20-21). Levítico 26:46 deja perfectamente establecido este punto: “Estos son los estatutos, ordenanzas y leyes que estableció Jehová entre sí y los hijos de Israel en el monte de Sinaí por mano de Moisés.”

(2) Romanos 10:4 establece que “el fin (telos) de la ley es Cristo”. Este versículo ha dado lugar a diversas opiniones. Una de ellas dice que Cristo es el cumplimiento de la ley, es decir, que Cristo vino para cumplir la ley (Mateo 5:17). Si bien es cierto que Cristo cumplió la ley, no es lo que en este contexto se dice. No hay ninguna razón válida para confundir telos (fin) con pleroma (cumplimiento). Otros toman telos con el sentido de «objeto» o «propósito». Pero el significado más simple tal como lo determina el contexto, es el de «terminación», es decir, que Cristo puso fin o terminó con la ley (véase desde 9:30, donde se contrasta la ley con la fe, la justicia de uno con la justicia de Dios). En 2.ª Corintios 3:7, se califica a los Diez Mandamientos (grabado con letras en piedras) específicamente como un “ministerio de muerte” (en el v. 6 dice que “la letra mata”), y en el v. 9 se describe como “ministerio de condenación”, en contraste con el “ministerio del Espíritu” (v. 8), el cual da vida en vez de muerte, y se describe también como “ministerio de justificación”. Los mandamientos escritos en las tablas de piedra, pues, quedaron abolidos y reemplazados por el “ministerio del Espíritu”. Gálatas 6:2 deja ver que la ley de Moisés fue reemplazada por “la ley de Cristo”: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” Ésta es la ley para nosotros los cristianos, y no la ley de Moisés, porque aunque esta última era la ley de Dios —y siempre habrá de ser la medida con la que Dios trata con el hombre natural— Él trata en este contexto con aquellos que viven en el Espíritu; y la ley del Sinaí nunca fue dada al hombre espiritual, sino a un pueblo en la carne, en el viejo hombre, a Israel. La ley mosaica trata con el hombre natural y, por lo tanto, con lo que es malo en él. ¿Quién puede decirle al nuevo hombre: “No matarás”, o “No hurtarás”? ¿Acaso el nuevo hombre alguna vez tiene malos deseos o comete adulterio? La mera noción lleva la marca sobre sí de que toda la teoría es falsa. La ley de los Diez Mandamientos jamás fue dirigida en absoluto al nuevo hombre. El nuevo hombre puede hacer uso de ella; pero esto es totalmente diferente de tomarla como el lenguaje que expresa su propia responsabilidad delante de Dios. “La ley de Cristo” no consiste en reglas legales. Ella está en contraste con la ley de Moisés, la cual trataba con el hombre en la carne, mientras que la ley de Cristo trata con el nuevo hombre, que vive en el Espíritu y que debiera andar en el Espíritu, pero que también tiene la vieja naturaleza, debiendo, pues ser fortalecido en la nueva, con los ojos “puestos en Jesús”. Cristo estuvo siempre ocupado de los demás. Tomar la ley dada en Sinaí es tener a Dios exigiendo lo que condena a un pecador. Y Dios no se manifestó en Sinaí como “Padre”. La ley de Sinaí, pues, fue dada a la nación rebelde y culpable de Israel, demandando de ella perfecta obediencia. Ahora un “nuevo pacto” ha sido introducido, lo que significa que el antiguo quedó abrogado por lo nuevo.

(3) La ley mosaica constituye una unidad. Los hombres se esfuerzan por dividir lo que la Escritura denomina “la ley” (con artículo definido) en varias partes o «leyes» (ceremonial, moral y judicial), pero, insistimos, aunque podamos considerar la ley teóricamente desde varios puntos de vista, toda la Biblia considera a la ley mosaica como una unidad indivisible. Si es ceremonial o moral, no tiene mayor importancia, pues nosotros, como cristianos, no estamos “bajo la ley, sino bajo la gracia”. Somos salvos por la fe de Cristo, no por las obras de la ley moral ni ceremonial. Es verdad que la ley moral debe condenar al pecador en mayor grado que la ceremonial. Para un gentil, el hecho de ser circuncidado, como en el caso de los gálatas, significa abandonar la gracia, perder a Cristo, y venir a ser deudor de cumplir toda la ley (Gálatas 5:3). Pero la Biblia insiste en el hecho de que la ley es una sola, y quebrantar cualquier parte de ella, equivale a quebrantar toda la ley. Santiago es claro en este punto: “Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la ley” (Santiago 2:8-11). Toda la ley debía guardarse: “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordene” (Deuteronomio 4:2). Nosotros podemos hablar de «ley moral», pero la Escritura no usa ese lenguaje, sino que ésta es parte de LA ley, la cual es una sola.

(4) Antinomianismo. Lo que vulgarmente se conoce como «antinomianismo», es la maldad de hacer de la libertad un pretexto para la malicia (y por la Escritura sabemos que la carne es perfectamente capaz de hacerlo), es decir, es el razonamiento natural de la mente (carente de la base bíblica) que cree que si no guardáramos la ley (los diez mandamientos principalmente), entonces seríamos «antinomianos» y tendríamos «libertad» para hacer lo que agrada a la carne, y que la única forma de evitarlo es guardando la ley.

Ahora bien, este razonamiento vimos que falla al no hacer de Cristo (sino de la ley mosaica) la sustancia de la enseñanza moral y doctrinal para todo lo que necesita un cristiano, como lo revela la Escritura. Todo cristiano debe andar conforme a los preceptos del Nuevo Testamento y también extraer con discernimiento, y a la luz del Nuevo siempre, toda la luz divina para su andar en la tierra, en cualquier lugar de la Escritura.

Romanos 6:14 —“no estáis bajo la ley”—es interpretado a veces con la idea de que, estando bajo la gracia, solamente somos liberados de las rigurosas exigencias de la ley. La gracia se convierte así en una especie de ley mitigada, que sería justamente lo que agradaría a la carne, o sea una ley que prescribe pero que no tiene poder para condenar, lo que es antinomiano en principio, ya que conduce a la relajación moral. Esto se produce por mezclar la ley y la gracia, lo que destruye el verdadero carácter y el alcance de ambas. La verdad es que Cristo redimió a los que creyeron estando bajo la ley de la maldición de ésta; pero Él jamás anuló la maldición de la ley. Nuestra bendición es por fe a fin de que pueda ser por gracia. Pero la ley, como dice la Escritura, no es de fe. Así como fuimos justificados por la fe, andemos así también por la fe, “porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia”. Aquel que se abstiene de homicidio simplemente porque la ley prohíbe el homicidio, es un hombre perverso, y no un creyente.